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Prefacio a la traducción de “Le sommeil et les rêves. Des hallucinations hypnagogiques”, de Alfred Maury

Andrés Vargas-Abellán

El espíritu de la traducción

Dice una conocida máxima italiana que el traductor es un traidor.[1] Que hay algo de imposible en el pasaje exacto de una determinada frase de un mundo idiomático a otro. De una pérdida de referentes y de su innegable sombrilla de sentido. La cuestión encrudece cuando esta traición refiere a una praxis tan dependiente del signo, la letra, la cifra, la literalidad, etc., como lo es el psicoanálisis. Pero un traductor no es necesariamente un traidor del tipo de Judas Iscariote. Al contrario, su buena intención puede ser su único pecado. La ignorancia o el conocimiento del contexto político y sociohistórico es fundamental para determinar los objetivos detrás de una traducción. En adelante, busco exponer las ignorancias y los conocimientos que reposan detrás de este trabajo, dar cuenta de la particularidad de esta traición.

En psicoanálisis las disputas alrededor de las traducciones son constantes. Bien es sabida la opinión de que Ballesteros es altamente literario o que la traducción de José Luis Etcheverry tiene el problema de ser una traducción dependiente del inglés y totalizadora. La labor de traducir a Freud está lejos de terminar. Un ejemplo clarísimo son las ediciones bilingües y críticas de Lionel F. Klimkiewicz y Juan Carlos Cosentino que implican que aún existe trabajo por hacer y rehacer. Volver a la letra y a los manuscritos es solo uno de los nuevos horizontes que se abren al volver a la obra freudiana. Otra vía fundamental de este ejercicio es la lectura y traducción de los antecedentes del cuerpo teórico de Freud.

Por otra parte, a diferencia de posturas que buscan menospreciar la obra de S. F.[2], argumentando su “inactualidad”, o peor, “obsolescencia”, la apuesta por la revisión de antecedentes reafirma la potencia singular de tan enorme legado. Freud, como todo clásico, «nunca termina de decir lo que tiene que decir».[3] Dando un paso extra, nunca terminaremos de leer lo que Freud tiene por decir. Ya que, como lo explicita Calvino, «[t]oda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera».[4] Esta no es la excepción. La traducción de Alfred Maury es en principio una flecha hacia esa diana. Se trata de destacar lo inagotable de una obra de esta investidura.

Alfred Maury y su posteridad

Louis Ferdinand Alfred Maury nace en 1817 y muere en el año 1892. Erudito en múltiples campos tales como la arqueología, la medicina y la fisiología[5]; conocido por ser gran amigo de Gustave Flaubert[6], miembro de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, estudioso del Medievo y representante indudable de la creencia en el progreso técnico científico, está hoy en día casi condenado en el olvido. La excepción es el texto que hoy convoca, pero, sobre todo, a raíz de la aparición de ese trabajo en La interpretación de los sueños de Sigmund Freud.

Le sommeil et les rêves es el texto más leído de Alfred Maury. Innegable es que su despliegue y éxito fue gracias al impacto que tuvo en la psiquiatría de su época, ya que este trabajo da un lugar central a los sueños y los propone como un objeto de estudio atinado e interesante. La relación del sueño con la vigilia, la relación del sueño con la imaginación y sus efectos con la conciencia y el interés en los sueños hipnagógicos son algunos de los tropos centrales dentro de su obra. Por tanto, es referente a ellos que nos interesa insertar el diálogo como antecedente del descubrimiento de lo inconsciente y su vía regia.

Freud cita dos textos de Maury: Nouvelles observations sur les analogies des phénoménes du réve et de l’aliénation mentale (1853) y Le sommeil et les rêves (1878) en la Interpretación de los sueños (1900)[7]. Sin embargo, nos interesa lo que corresponde al estudio de las alucinaciones hipnagógicas, que es el material traducido en este trabajo. Por motivos de pertinencia, me limitaré a trabajar lo relativo a este fenómeno. Es fundamental destacar que el aporte de Maury excede por mucho nuestro objetivo. Desde el índice presente en la página 693, sabemos que las referencias son diversas y abarcan las siguientes partes de la obra: «(34, 36, 39, 42-3, 51-2, 57, 60, 78, 80, 82-4, 95-6,100, 110-2, 114, 204, 492-3, 513)».[8] Queda a discreción del lector abordar la totalidad de las referencias.

Como tuvimos ocasión de ver, las referencias son múltiples, por lo que es necesario establecer reducción. Existen momentos en el texto donde Maury tendrá un lugar de mayor relevancia. Lo podemos desglosar de la siguiente manera:

  1. Para el estudio de la relación entre la vigilia y el sueño: “Maury (1878, p. 51) dice con fórmula concisa: «Nous révons de ce que nous avons vu, dit, désiré ou fait»”.[9]
  2. Para el estudio del material del sueño y la memoria del sueño: “Que el sueño disponga de recuerdos que son inasequibles durante la vigilia es un hecho tan asombroso, y su importancia teórica es tanta, que llamaré más la atención sobre ello comunicando todavía otros sueños «hipermnésicos». Cuenta Maury [1878, p. 142] que en cierta época solía frecuentarlo durante el día la palabra Mussidan. Él sabía que era el nombre de una ciudad francesa, pero nada más. Una noche soñó que conversaba con cierta persona que le dijo venir de Mussidan; preguntóle dónde quedaba esa ciudad, y la respuesta fue que Mussidan era cabecera de distrito en el Département de la Dordogne. Ya despierto, Maury no dio crédito alguno a la información contenida en el sueño; pero el atlas geográfico le mostró que era totalmente correcta. En este caso se refirma el mayor saber del sueño, pero la fuente olvidada de ese saber no se descubrió[10].
  3. La relación del sueño con los recuerdos infantiles: “Maury cuenta (1878, p. 92) que en su niñez viajaba a menudo desde Meaux, su ciudad natal, hasta Trilport, situada no muy lejos, donde su padre dirigía la construcción de un puente. Cierta noche un sueño lo trasladó a Trilport y lo hizo jugar de nuevo en las calles de la ciudad. Un hombre se le acercó; llevaba una especie de uniforme. Maury le preguntó su nombre; él se presentó, dijo llamarse C. y era el guardián del puente. Una vez despierto, y dudando todavía de la realidad de ese recuerdo, Maury preguntó a una vieja servidora que lo acompañaba desde su infancia si podía recordar a una persona de ese nombre. «Claro que sí –fue la respuesta–; era el guardián del puente que su padre de usted construyó por entonces». Un ejemplo igualmente bello, que confirma la seguridad de los recuerdos de infancia que afloran en el sueño, nos relata Maury [ibid., pp. 143-4], de un señor F. cuya niñez había trascurrido en Montbrison. Este hombre decidió, veinticinco años después de su alejamiento de allí, volver a visitar su lugar de nacimiento y a viejos amigos de la familia que desde entonces no había visto. La noche anterior a su partida soñó que estaba en viaje, y llegando a Montbrison encontró a un señor cuyo rostro le resultaba desconocido; le dijo que era el señor T., amigo de su padre. El soñante sabía que de niño había conocido a un señor de ese nombre, pero en la vigilia no recordaba para nada su apariencia. Días después llegó en la realidad a Montbrison, reencontró el lugar del sueño que le había parecido desconocido y a un señor en quien al punto reconoció al señor T. del sueño. La persona real solo estaba más vieja de lo que el sueño la mostró”.[11]
  4. La especificidad de la relación entre el sueño y el estímulo sensorial: “Pero la consideración científica no puede detenerse aquí; para ella es motivo de ulteriores indagaciones la observación de que el estímulo que impresiona los sentidos durante el dormir no emerge en el sueño en su figura real, sino que es remplazado por alguna otra representación que mantiene con él una relación cualquiera. Ahora bien, esa relación que liga el estímulo con el resultado del sueño es, en las palabras de Maury, «une affinité quelconque, mais qui n’est pas unique et exclusive».[12] [13] [14]
  5. Las alucinaciones hipnagógicas y la sensación subjetiva: La principal prueba del poder de las excitaciones sensoriales subjetivas para excitar sueños la proporcionan las alucinaciones llamadas «hipnagógicas», que Johannes Müller (1826) ha descrito como «fenómenos visuales fantásticos». Son imágenes a menudo muy vividas y cambiantes, que en el período de adormecimiento suelen aparecérseles a ciertas personas de manera enteramente regular, y pueden perdurar unos momentos aun después de abiertos los ojos. Maury, que era propenso a ellas en sumo grado, les consagró un profundo análisis y afirmó su conexión y hasta su identidad con las imágenes oníricas (como ya lo había hecho, por lo demás, Müller [ibid., pp. 49-50]). Para que surjan, dice Maury, se requiere una cierta pasividad anímica, una disminución del esfuerzo de atención (1878, pp. 59-60). Pero, si se tiene la disposición, basta caer por un segundo en ese letargo para ver una alucinación hipnagógica, después de la cual el sujeto quizá se despabilará; y este juego puede repetirse muchas veces, hasta que el dormir le pone término. Y si el despertar no sobreviene mucho tiempo después es frecuente, según Maury, que puedan identificarse en el sueño las mismas imágenes que antes de dormirse habían aparecido como alucinaciones hipnagógicas (ibid., pp. 134-5). Así le sucedió a Maury cierta vez con una serie de figuras grotescas, de rostros deformados y extraños peinados, que le habían importunado con increíble pertinacia antes de dormirse y con las cuales, una vez despierto, recordó haber soñado. Otra vez, en que sentía hambre porque se había sometido a una dieta estricta, vio hipnagógicamente una fuente y una mano armada con tenedor que tomaba alimentos de ella. En sueños se vio ante una mesa ricamente puesta y oyó el ruido que hacían los comensales con sus tenedores. En otra ocasión, en que se durmió con una dolorosa inflamación de los ojos, tuvo la alucinación hipnagógica de pequeñísimos, microscópicos signos que debía descifrar por sí solo con gran esfuerzo; después de una hora despertó, y recordó un sueño en que aparecía un libro abierto de caracteres diminutos que él había debido leer trabajosamente. A semejanza de estas imágenes, también alucinaciones auditivas de palabras, nombres, etc., pueden emerger hipnagógicamente y después repetirse en el sueño como una obertura –que anuncia los leit-motiv de la ópera de la cual es el comienzo–”.[15]
  6. El sueño de la guillotina: “En [4] p. 52 relaté el sueño de Maury, quien, alcanzado en la nuca por una varilla, despertó con un largo sueño, una novela completa del tiempo de la Gran Revolución. Puesto que ese sueño nos es presentado como coherente y explicado todo él por el estímulo despertador que sobrevino sin que el durmiente pudiera saberlo, no parece quedarnos sino una hipótesis: que todo este complejo sueño se compuso y tuvo que producirse en el breve lapso que media entre la caída de la varilla sobre las vértebras cervicales de Maury y su despertar, forzado por ese golpe. No nos atreveríamos a atribuir semejante rapidez al trabajo del pensamiento en la vigilia, y así llegaríamos a conceder al trabajo del sueño el privilegio de una notable aceleración en su discurrir. En contra de esta conclusión, que muy pronto se hizo popular, nuevos autores (Le Lorrain, 1894 y 1895; Egger, 1895, entre otros) han levantado la más viva objeción. En parte ponen en entredicho la exactitud del informe que Maury da del sueño, y en parte intentan mostrar que la rapidez de nuestro pensamiento de vigilia no le va en zaga a la que puede concederse sin exageración a la operación onírica. La discusión envuelve cuestiones de principio cuya solución no me parece próxima. Pero debo confesar que, por ejemplo, la argumentación de Egger justamente sobre este sueño de Maury, el de la guillotina, no me sonó para nada convincente. Yo propondría la siguiente explicación: ¿acaso sería tan improbable que el sueño de Maury figurase una fantasía que él conservaba en su memoria ya lista desde hacía años, y que fue evocada –me gustaría decir aludida– en el momento en que tomó conocimiento del estímulo despertador? De ser así se disiparía en primer lugar toda la dificultad que supone el que una historia tan larga haya podido componerse, con todos sus detalles, en el brevísimo lapso de que el soñante disponía; ya estaba compuesta. Si esa madera del dosel le hubiera caído a Maury en la nuca estando despierto, quizás habría dado lugar a este pensamiento: «Es justamente como si me guillotinaran». Pero, como fue alcanzado por la varilla mientras dormía, el trabajo del sueño aprovechó rápidamente el estímulo que se le ofrecía para producir un cumplimiento de deseo, como si pensara (esto ha de tomarse por entero en el sentido figurado): «Ahora se me presenta una buena oportunidad para hacer verdadera la fantasía de deseo que yo me formé en tal o cual época a raíz de mis lecturas». Me parece indiscutible que la novela soñada se asemeja precisamente a las que suelen formar los jóvenes a raíz de impresiones que les provocan fuerte excitación. ¿Quién no se sentiría cautivado –y tanto más un francés, e historiador de la cultura– por esas descripciones de la época del Terror en que la nobleza, sus hombres y sus mujeres, la flor de la Nación, mostraban cómo se podía morir con ánimo sereno, y aun frente a la cita fatal conservaban la frescura de su espíritu y la finura de sus maneras? ¡Cuán tentador verse en la fantasía en medio de ellos, como uno de esos jóvenes que se despedían de las damas con un besamanos en el momento de subir impertérritos al cadalso! O, si el motivo principal del fantasear fue la ambición, encarnarse en una de aquellas potentes individualidades que, por la sola fuerza de sus ideas y de su oratoria llameante, dominaban la ciudad en la cual en ese tiempo palpitaba convulsivamente el corazón de la humanidad toda, ellos, los que por convicción enviaban a la muerte a millares de hombres y emprendían la remodelación de Europa, aunque su cabeza no estaba segura y un día caían bajo el filo de la guillotina. ¿No es tentador ponerse en los papeles de los girondinos o del héroe Danton? Que la fantasía de Maury fue de esa índole, una fantasía de ambición, parece indicarlo el rasgo «en presencia de una enorme multitud», conservado en el recuerdo. Ahora bien, a esta fantasía íntegra, lista desde hacía tiempo, no necesitó Maury repasarla mientras dormía; bastó con que, por así decir, ella fuese «tocada». Entiendo lo siguiente: Cuando se atacan un par de compases y alguien, como en el Don Juan, dice: «Son de las Bodas de Fígaro, de Mozart», en mí bulle al unísono un tropel de recuerdos, ninguno de los cuales puede un instante después elevarse a la conciencia. Esa clave actúa como la avanzada desde la cual una totalidad se pone en movimiento a un mismo tiempo. No hace falta que ocurra de otro modo en el pensamiento inconsciente. Por el estímulo despertador, es excitada esa avanzada psíquica que abre el acceso a la fantasía íntegra de la guillotina. Pero esta no se repasa todavía durmiendo, sino solo en el recuerdo del que despertó. Despierto, se recuerda ahora en sus detalles la fantasía que se agitó en el sueño como una totalidad. Y no hay medio alguno para asegurarse de que se recuerda realmente algo soñado. Esta explicación, a saber, que se trata de fantasías ya listas que son excitadas como un todo por el estímulo despertador es aplicable también a otros sueños, sobrevenidos frente a un estímulo así. Por ejemplo, el sueño del cañoneo, que Napoleón tuvo ante la explosión de la máquina infernal”.[16]

Explicitadas estas interlocuciones, debemos destacar en principio el modo de lectura que Freud pone en marcha. No se trata de una repetición del trabajo de Maury, sino de una relectura. Las múltiples narraciones de sueños e hipótesis del funcionamiento psíquico son articulados de una manera que permiten redescubrir su valor científico.

A diferencia del juicio de valor de A. M.[17] que sentencia: “11 n’y a pas de réves absolument raisonnables et qui ne contiennent quelque incohérence, quelque anachronisme, quelque absurdité.[18] [19] Dejando al sueño en el orden de lo azaroso y la apariencia, dando especial énfasis a la actividad de vigilia sobre la durmiente. Freud destaca: “Maury […] establece, en cuanto al nexo de las imágenes oníricas con los pensamientos de la vigilia, una comparación muy impresionante para el médico: La production de ces images que chez l’homme éveillé fait le plus souvent naitre la volante, correspond, pour l’intelligence, a ce que sont pour la motilité certains mouvements que nous offrent la chorée et les affections paralytiques…”.[20] [21] Aunque en lo siguiente se dé cuenta del error que cometió su referente: Por lo demás, el sueño es para él «toute une série de dégradations de la faculté pensante et raisonnante […]»”. [22] [23] Dejando expuesto el error.

S.F. lo tiene claro, este juicio de valor “empaña” la contundencia de los resultados de Maury. Carece de la perspicacia para dar cuenta de la necesidad que se sobrepone a la casualidad. No se trata de simples facultades degradas, sino de fenómenos que están en la base del funcionamiento psíquico. Dice Freud: No obstante, el valor de todas estas agudas observaciones para un conocimiento de la vida onírica se empaña por el hecho de que Maury no quiere ver en esos fenómenos que tan bien describe sino la prueba del automatisme psychologique, que, a su entender, gobierna la vida onírica. Concibe este automatismo como el opuesto total de la actividad psíquica”.[24] Un ejemplo conciso refiere a la lectura de las presencias terroríficas o inmorales en los sueños de Maury. Allí donde A.M. solo supone un automatismo psíquico, Freud lee que se trata de una sofocación de lo inmoralidad que responde a otras fuerzas activas de la psique –la censura psíquica–.

Las alucinaciones hipnagógicas[25] en esta línea son los propulsores de una tesis ya establecida por Freud, los estímulos internos (subjetivos) son de una fuerza mayor a las percepciones de la conciencia. El ejemplo destacado en el inciso “e” es tan claro como un sueño infantil. A raíz de que Maury estaba hambriento, es decir, sobre la fuente del hambre, se proyecta en la alucinación los preludios de una satisfacción de deseo: “… una mano armada con tenedor que tomaba alimentos de ella”. No es en vano que Freud destaca que las alucinaciones hipnagógicas son “como una obertura –que anuncia los leit-motiv de la ópera de la cual es el comienzo–”. Es decir, contienen esos atractores internos que son la base del modelo asociativo freudiano. Son capaces de llegar a nuestra percepción consciente, demostrando así una vía en la cual lo inconsciente puede entrar en escena en la conciencia.

Por último, será de notar que tanto las alucinaciones hipnagógicas como el sueño de la guillotina dan aportes al enigma de la temporalidad de los sueños y lo inconsciente. Las alucinaciones hipnagógicas son vívidas y pueden acontecer con un alto monto afectivo (el terror, por ejemplo); sin embargo, se sitúan en el umbral entre el sueño y la vigilia. Son fracciones de segundo donde –dice Maury– la imaginación sobrepasa al juicio de la razón. El sueño de la guillotina es aún más contundente, la caída de la varilla sobre el cuello permite, en cuestión de instantes, despertar la fuerza del trabajo del sueño hacia el cumplimiento de deseo. ¿No dan acaso ambos fenómenos claves sobre las cuales posteriormente Freud planteará las particularidades de la temporalidad psíquica? ¿No son acaso instantes que, mediante la elaboración posterior de Maury, revelan actos psíquicos ajenos a su soñante, pero que en el fondo tienen todo que ver con él? La virtud de Freud reside en que, en su relectura de acontecimientos ninguneados por otros, encuentra las pistas necesarias para la apertura de la praxis psicoanalítica y el –aún incómodo– descubrimiento del inconsciente.

Una nota de traducción/traición

Recuerdo a un querido profesor que reflexionaba sobre la disputa alrededor de la traducción de Baruch Spinoza. La contienda se situaba entre Atilano Domínguez y Vidal Peña alrededor del concepto latino mens. El primero la traducía por “mente”, y el segundo, por “alma”. En una extensa nota al pie, Vidal Peña argumentaba que era una traducción anacrónica adrede. Decía que era un esfuerzo por evitar un perjuicio de época en donde la mente está tan extensamente significada como unida inexorablemente a lo cerebral. Al introducir esa disonancia, esperaba que se permitiera sobrepasar este obstáculo dando una mayor claridad del planteamiento spinoziano.

En la misma línea, esta traducción tiene un gesto combativo similar: l’esprit está traducido como “espíritu”, no “mente”. Bien es sabido que la traducción recuente hoy en día corresponde al segundo término. Sin embargo, hemos de apuntar no solo a la raíz común del latín que ambos términos poseen: spirĭtus, sino a un juego homofónico. La gran pregunta –destacada por Lionel F. Klimkiewicz– es qué pudo haber leído Freud en esta palabra. Nuestro autor, docto en el francés y el español, podía atisbar la sutileza de esta palabra. La traducción hacia lo mentalista es por otra parte el gran problema de la traducción inglesa de Freud. Mente y aparato psíquico son dos objetos de estudio distintos, con dos marcos teóricos colindantes mas no equiparables.

La introducción de una disonancia tal para los lectores bilingües tiene un objetivo claro, crear un momento de irrupción que dé paso a una asociación desde la homofonía. ¿Será que Freud pudo leer allí algo del Witz? ¿Será solo una coincidencia que el pasaje del alemán al francés sea del Witz al Mot d’esprit? Lo que debemos recordar con pericia es que el psicoanálisis muchas veces parte de fenómenos que antes se daban por sentado, y que, aun en sus supuestas pequeñeces o vagarosidades, tienen una necesidad, y, me atrevo a decir, una especie de verdad particular. Tal como Freud leyó a Maury.


  1. “Traducttore, traditore”.
  2. Acrónimo de Sigmund Freud.
  3. Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos, Trad. Aurora Bernárdez (Madrid: Siruela, 2023), p. 15.
  4. Ídem.
  5. Henri Wallon. Notice sur la vie et les travaux de M. Louis-Ferdinand-Alfred Maury, membre de l’Académie des Inscriptions et Belles-Lettres. In: Comptes rendus des séances de l’Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, 38ᵉ année, N. 6, 1894. pp. 530-579; t.ly/6zQhU.
  6. Nicole Edelman, « Jacqueline Carroy et Nathalie Richard [dir.], Alfred Maury, érudit et rêveur. Les sciences de l’homme au milieu du XIXe siècle » en Revue d’histoire du XIXe siècle [En ligne]. DOI: t.ly/ROMum, p. 176.
  7. Sigmund Freud, Obras completas IV: La interpretación de los sueños (Primera Parte) (1900), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991).
  8. Sigmund Freud, Obras completas IV: La interpretación de los sueños (Segunda Parte) (1900), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 693.
  9. «Soñamos lo que hemos visto, dicho, deseado, hecho». Sigmund Freud, Obras completas IV: La interpretación de los sueños (Primera Parte), p. 34. También en la página 36.
  10. Ibidem, 39-40.
  11. Ibidem, pp. 42-43.
  12. Ibidem, p. 53.
  13. Todas las traducciones que aparezcan son las traducciones presentes en la obra. En todos los casos correspondientes a la misma página.
  14. “… una afinidad cualquiera, pero que no es única ni exclusiva”. Ídem.
  15. Ibidem, p. 57.
  16. Sigmund Freud, Obras completas IV: La interpretación de los sueños (Segunda Parte), pp. 492-3.
  17. Acrónimo de Alfred Maury.
  18. Ibidem, p. 78.
  19. “No hay sueños que sean absolutamente racionales y no contengan alguna incoherencia, algún anacronismo, algún absurdo”. Ídem.
  20. Ibidem, p. 80.
  21. La producción de estas imágenes, que en el hombre despierto nacen casi siempre por obra de la voluntad, es para la inteligencia lo que ciertos movimientos de la corea y las afecciones paralíticas son para la motilidad”. Ídem.
  22. Ídem.
  23. “… toda una serie de degradaciones de la facultad pensante y razonante”. Ídem.
  24. Ibidem, p. 90.
  25. Para una profundización de la relevancia de las alucinaciones hipnagógicas, ver “Importancia del estudio de las alucinaciones hipnagógicas y de los fenómenos funcionales en los desarrollos teóricos y clínicos de Freud”, de Lionel F. Klimkiewicz, incluido en este tomo.


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