Algunas evidencias sobre las industrias argentinas, 1913-1918
Claudio Belini[1]
En las últimas décadas, se ha fortalecido en la memoria histórica de nuestra sociedad una representación sobre el desarrollo económico del país en la que el periodo de crecimiento basado en la exportación de bienes primarios del último tercio del siglo xix y las primeras décadas del siglo xx es presentado como una era dorada, que habría permitido a la Argentina transformarse en una de las economías de mayor ingreso per cápita del mundo. Esta narrativa se nutrió de la revisión de ese periodo por la historiografía como en el comportamiento menos virtuoso de la economía nacional a partir de la segunda mitad del siglo xx y el decididamente mal desempeño de los últimos cincuenta años que el país no logra superar. En efecto, en la historia reciente, los períodos de crecimiento han sido cortos y fueron precedidos y sucedidos por ciclos más prolongados de estancamiento que culminaron en estallidos de complejas crisis económicas y financieras. Asimismo, las respuestas de los actores económicos y sociales a estas crisis y las políticas estatales que surgieron de los balances de poder originaron grandes transferencias intersectoriales del ingreso, con un grave deterioro de los indicadores de pobreza e indigencia.
Si bien desde la década de 1980 ha predominado una corriente interpretativa en la historiografía que revalorizó el crecimiento primario exportador de las economías más grandes de América Latina, en pocas ocasiones se ha reflexionado sobre la inestabilidad de esas economías con anterioridad a 1929. Más recientemente, y en gran medida por el impacto de las crisis latinoamericanas de la segunda mitad de la década de 1990, el crack de Lehman Brothers (2008) y la gran recesión que le siguió en Europa, Asia y América Latina, se han comenzado a reevaluar los problemas de las economías primario-exportadoras durante la “primera globalización”.
Entre 1880 y 1930, la Argentina fue una de las economías de más rápido crecimiento en el mundo. El crecimiento del comercio mundial, el aumento de la inversión extranjera, la inmigración europea y la fertilidad excepcional de las pampas animaron un acelerado aumento de las exportaciones, la urbanización temprana y la modernización económica y social. Así, desde 1902 hasta 1913, la economía argentina creció a una tasa anual del 7 %, alcanzando un hito histórico. Según la interpretación dominante, este crecimiento habría impulsado un proceso de diversificación de la economía, alentando el surgimiento de la industria moderna (Gallo, 1970; Geller, 1975; Díaz Alejandro, 1975; Cortés Conde, 1997; Rocchi, 2006; Pineda, 2009). El comienzo de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias provocaron una de las crisis económicas más profundas y extensas en la Argentina.
Este capítulo tiene como objetivo analizar el impacto de la Gran Guerra en la economía argentina, con especial referencia al sector manufacturero. Retomando las discusiones clásicas sobre la guerra y desempeño de la economía de la Argentina en el largo plazo (Di Tella y Zymelman, 1967; Díaz Alejandro, 1975; O’Connell, 1984; Cortés Conde, 1997 y 2006, Gerchunoff, 2016), este trabajo se centra en las respuestas que se dieron desde el punto de vista macroeconómico y en el comportamiento del sector industrial durante esos años.
Sostenemos que hacia 1914 el sector industrial local daba cuenta de las particularidades de la dotación de los recursos naturales con los que contaba el país y que ello introdujo limitaciones importantes a la hora de promover nuevos eslabonamientos hacia atrás y hacia adelante, que alentaran una mayor diversificación industrial. La gravedad de los efectos de la Guerra sobre la economía local, con el incremento de la desocupación y la caída de los salarios reales, condicionaron el desempeño industrial y modelaron expectativas algo pesimistas sobre el futuro del sector. En segundo lugar, las respuestas de los gobiernos de Victorino de la Plaza e Hipólito Yrigoyen a la crisis de 1913-1917 consistieron en la aplicación de políticas económicas procíclicas que profundizaron las tendencias depresivas de la economía. Por tanto, los eslabonamientos productivos, lejos de constituir fenómenos automáticos (como asume la teoría del bien primario exportable), habrían demandado un entorno macroeconómico más favorable al sector manufacturero. Si bien el cierre temporal del comercio de importación, la escasez de algunos productos y la elevación de precios actuaron como una barrera protectora, la caída de los salarios y las dificultades económicas limitaron las ventajas a pocos sectores y algunos actores económicos.
La primera parte del trabajo evalúa sintéticamente la expansión agroexportadora de la economía argentina entre 1880 y 1913. El análisis del impacto de la crisis de 1913-1917 sobre la economía local es el tema del segundo apartado. Se analizan allí las consecuencias económicas y sociales de la crisis y las respuestas que dieron los gobiernos argentinos, en el marco de las mutaciones del régimen político a partir de la sanción de la ley de sufragio universal masculino, obligatorio y secreto que por primera vez rigió la elección presidencial de 1916. La tercera parte se concentra en el impacto de la Guerra sobre el sector manufacturero, presentando datos sobre la evolución de los principales productos. Por último, presentamos unas consideraciones finales sobre la cuestión y exploramos aspectos que requieren mayor consideración.
La economía argentina durante la gran expansión
Entre 1880 y 1913, la economía argentina experimentó una etapa de cambios sin precedentes. Gracias a las transformaciones producidas por la Segunda Revolución Industrial en la tecnología de los transportes y la imposición del patrón oro, se conformó una verdadera economía mundial en la segunda mitad del siglo xix. La expansión del comercio mundial y de los mercados financieros de Europa noroccidental crearon las condiciones para la integración de diversas regiones del globo al sistema capitalista mundial. En ese contexto, la Argentina se integró al mercado mundial como productora y exportadora de materias primas (lanas, cueros, cereales y carnes bovinas) al tiempo que se consolidaba una economía capitalista de alcance nacional.
La formación de una economía nacional unificada, de los mercados de factores (tierra, trabajo y capital) y la modernización del sistema de transportes y comercio se beneficiaron de la llegada masiva de inmigrantes, fundamentalmente italianos y españoles, y del arribo de capitales extranjeros atraídos por las nuevas oportunidades abiertas en una economía en expansión. Entre 1865 y 1914, la superficie sembrada creció a una tasa anual de 8,3 %; el valor de las exportaciones, un 6,1 %; las importaciones, un 5,4 %, la red ferroviaria argentina ascendió a una tasa del 15,4 % y la población, a un ritmo de 3,3 % anual. En conjunto, el PBI ascendió a una tasa del 5 % anual a lo largo de casi cincuenta años (Díaz Alejandro, 1975). Medido en términos de PBI per cápita, la Argentina se convirtió hacia 1930 en una de las naciones más ricas del globo (Madisson, 1997). Los datos estadísticos son elocuentes y muestran el fuerte dinamismo de la economía argentina.
Por supuesto, el crecimiento no fue homogéneo a lo largo de todo el periodo.[2] Como área periférica de la economía mundial, la Argentina padeció las crisis cíclicas del capitalismo decimonónico. La doble dependencia de la demanda mundial de sus productos y del arribo de los capitales extranjeros, que llegaban al país bajo la forma de empréstitos a los estados federal y provinciales, o bien como inversiones en empresas de propiedad extranjera en los transportes, el comercio y las finanzas, hicieron que la economía local fuera muy sensible a las crisis financieras de 1873, 1890, 1913 y 1929. Más aún, la exitosa inserción en los circuitos financieros internacionales y el fuerte endeudamiento de la Argentina permitieron que el país desempeñara un papel destacado en la crisis de 1890. En efecto, la cesación de pagos del gobierno argentino fue lo que provocó la quiebra de la Baring Brothers y el pánico en el mercado de Londres (Ford, 1969; Cortés Conde, 1989; Della Paolera y Taylor, 2003; Gerchunoff, Rocchi y Rossi, 2008). El regreso argentino al mercado de capitales mundiales demandó algo más de un decenio de complejas y duras negociaciones, alguna de ellas con repercusiones políticas internas, lo que indudablemente debió influir en las autoridades económicas a la hora de evaluar las alternativas frente a la crisis y la decisión de mantener el pago de los intereses de la deuda tanto en 1914 como en 1929.
En el Gráfico 1 se representa el impacto de las crisis internacionales sobre la economía argentina durante los años de la “primera globalización”.[3] Considerando la profundidad de las crisis, Albrieu y Fanelli (2008) han sostenido que las que comenzaron en 1890, 1913 y 1929 tuvieron un impacto apreciable en la economía argentina. Aunque las recesiones de 1866 y 1873-1877 han concitado el interés de los historiadores por sus consecuencias sobre la producción lanera exportable y el aliento al debate de ideas con el repentino y fugaz ascenso del proteccionismo, apenas se destacan como coyunturas marcadas por recesiones cortas.[4] Por el contrario, a partir de 1890, la economía argentina sufrió más crudamente las crisis internacionales. La más grave de ellas parece haber sido la provocada por la Gran Guerra, cuando la contracción del ingreso per cápita fue de un 26,5 %.[5]
Gráfico 1. Profundidad de las crisis internacionales en la economía argentina. Caídas del PBI per cápita, Us$ de 1990

Fuente: elaboración propia con base en The Maddison-Project, https://tinyurl.com/yfdrmykc
La crisis iniciada en 1913 se prolongó durante cuatro años, pero su impacto no se limitó a ese periodo. A la economía argentina, que era entonces el mercado más grande y rico de la región, le tomó diez años superar los niveles previamente alcanzados de PBI per cápita.[6] Solo las economías más pequeñas de Uruguay y Chile, que conformaban con la Argentina el bloque de naciones del cono sur más abierto al comercio mundial, tuvieron un comportamiento similar. En cambio, Brasil y México parecen haber sufrido en menor medida el impacto de la guerra, aunque el último país se había sumergido a partir de 1910 en un proceso revolucionario que tuvo consecuencias económicas (Haber, 1989; Gómez Galvarriato, 2016). A nivel de América Latina, el impacto de la crisis pareció ser más breve: para 1920, el promedio latinoamericano superó el máximo anterior alcanzado también en 1913.[7] Parece claro que para las economías latinoamericanas donde el crecimiento impulsado por las exportaciones fue más dinámico, la Guerra marcó el comienzo de otra etapa, marcada por mayores dificultades.
Gráfico 2. Evolución del PBI per cápita de los países de América Latina, 1910-1929. En Us$ de 1990

Fuente: elaboración propia con base en The Maddison-Project, https://tinyurl.com/yfdrmykc
El impacto de la Gran Guerra sobre la Argentina
La Gran Guerra clausuró una etapa en la economía internacional caracterizada por un fuerte incremento del comercio de bienes y servicios, el flujo de capitales y las corrientes migratorias que se desplazaban desde Europa hacia el otro lado del Atlántico. Si bien pocos lo percibieron en ese momento, la Gran Guerra resquebrajó el sistema al poner fin a la hegemonía británica y fortalecer las tendencias proteccionistas que desde finales del siglo xix se venían acentuando en Europa, Estados Unidos y Japón. El patrón oro, base del sistema de comercio multilateral, fue abandonado por las principales naciones y recién en la década siguiente se reimplantaría bajo formas algo diferentes. El orden económico que emergió al final del conflicto resultó más inestable y acentuó tensiones en la economía internacional que engendrarían la Gran Depresión.
Para la Argentina, estos cambios fueron problemáticos. La economía local se había beneficiado de la gran expansión del comercio y las finanzas mundiales. La fertilidad de las pampas y el ingreso masivo de capitales extranjeros y de inmigrantes europeos habían alentado una rápida modernización, permitiendo al país integrarse al mercado mundial como uno de los principales exportadores de carnes y cereales. A partir de 1870, esta región marginal del continente americano logró organizarse políticamente, consolidar el Estado nacional y transformar su estructura económica de forma tal que la Argentina redujo la brecha que la separaba de las naciones con mayor ingreso per cápita hasta 1914. Con el estallido de la Guerra, se inició otra era, marcada por una pérdida de dinamismo de la economía agroexportadora y crecientes dificultades en el mercado mundial de productos primarios, lo que indudablemente estuvo vinculado a la declinación de su socio comercial: Gran Bretaña.
A pesar de que existe consenso respecto de que 1914 constituyó un momento de quiebre en la evolución económica de la Argentina, no contamos con estudios específicos sobre la economía local durante el primer gran conflicto bélico del siglo xx.[8] En realidad, la crisis económica de 1913 y 1917 puede enmarcarse en los ciclos económicos que caracterizaron a la economía argentina y que Raúl Prebisch describiría con detalle a finales de la década de 1920 (O’Connell, 2001). En efecto, la economía agroexportadora era muy dependiente del mercado externo en dos variables centrales: la demanda de productos de exportación y el arribo de capitales extranjeros para financiar el capital social fijo y el Estado. Como señaló O’Connell (1984) para la crisis de 1929, la caída de los precios de las commodities en el mercado mundial y la reversión de los flujos de capital extranjero constituyeron los mecanismos de transmisión de la crisis mundial a la economía argentina.
La primera dimensión por considerar sobre la crisis de 1913-1917 es entonces las dificultades de la balanza de pagos. La balanza comercial se vio bruscamente afectada por la pérdida de las cosechas de cereales en 1913, lo que provocó una importante caída del ingreso nacional. Con la crisis de los Balcanes, la corriente de capitales extranjeros se revirtió, en parte debido a la decisión del Banco de Inglaterra de incrementar los tipos de interés, creando dificultades en la cuenta capital. Ambos factores —bajo rendimiento de las cosechas y salida de capitales— provocaron una crisis que precedió a la Guerra y que estuvo marcada por el final de una burbuja especulativa sobre la tierra y las propiedades urbanas. La sobreexpansión del crédito bancario, que había estimulado la especulación sobre el valor de la tierra, tocó su fin, y se inició una etapa de quiebras, ejecuciones de hipotecas y liquidación de negocios que afectó severamente el nivel de actividad interno. Según un funcionario del Ministerio de Hacienda, “el abuso del crédito había llegado al extremo de usarse en varios bancos por sumas que en conjunto representaban el doble y hasta más del triple de la responsabilidad real del deudor”.[9]
Unos meses más tarde, en agosto de 1914, la declaración de la Guerra profundizó las expectativas negativas sobre el futuro del comercio exportador, incrementó el costo de los fletes y modificó la demanda en los mercados europeos, todo lo cual se tradujo en una caída apreciable del volumen de las exportaciones. Los productos agrícolas, de gran volumen y bajo precio unitario, fueron los principales perjudicados por la escasez de bodegas, en tanto que la venta al extranjero de carnes congeladas y enlatadas mejoró su perspectiva. En la medida en que los cereales constituían una buena parte del valor de las exportaciones argentinas, la caída de las ventas tuvo un efecto muy negativo sobre el sector externo. Para una economía abierta como la argentina, en donde las exportaciones representaban el 29 % del PBI, la contracción del comercio exterior tuvo efectos muy negativos sobre el nivel de actividad interna y la demanda del mercado doméstico. Entre 1913 y 1917, el PBI se contrajo un 20 %. La caída fue también muy importante en términos de PBI per cápita, que descendió un 26,5 % en el mismo período. La recesión iniciada en 1914 fue profunda y prolongada, superando incluso la declinación producida durante la Gran Depresión, cuando el PBI per cápita se contrajo un 20 % entre 1929 y 1932.
Las dificultades para exportar cereales debido a la escasez de bodegas fueron acompañadas por dos malas cosechas, en 1913-14 y 1916-1917, todo lo cual acentuó la pérdida del peso de estos rubros en las exportaciones. Incluso, esta situación condujo al gobierno nacional a prohibir la exportación de trigo y harina en 1914 y 1917, el principal rubro de las ventas externas. No obstante ello, la creciente demanda europea de alimentos elevó los precios de estos productos de manera notable (Hardach, 1986, pp. 129-165 y pp. 316-321). La agricultura argentina no sacó mucho provecho de la coyuntura porque la escasez y el encarecimiento de los fletes redujeron los ingresos del sector. En contraste, las exportaciones de carne congelada y las conservas, productos de mayor peso y valor agregado, acrecentaron su participación en la composición de las exportaciones. En conjunto, el balance comercial pasó del déficit de 1913 y 1914 a un importante superávit a partir de 1915. Sin embargo, este resultado fue el producto de la profunda caída de las importaciones entre 1915 y 1918, antes que de la mejora del desempeño de las exportaciones argentinas.
Las dificultades del sector externo provocaron cambios importantes en el ordenamiento monetario y financiero del país. Inicialmente, la salida de capitales, la multiplicación de las quiebras y la caída de la actividad económica obligaron al gobierno de Victorino de la Plaza —sucesor del presidente Roque Sáenz Peña— a sancionar un conjunto de “leyes de emergencia”, entre las que se destacó la suspensión del patrón oro y el cierre de la Caja de Conversión, y la atribución conferida al Banco de la Nación Argentina para emplear el fondo de conversión con el objetivo de redescontar documentos comerciales, un mecanismo que se proponía atemperar la escasez de circulante (Weinmann, 1994, p. 40). En cambio, no se echó mano a la autorización conferida a la Caja de Conversión para emitir moneda (Regalsky, 2023, pp. 55-56).
Con todo, la política fiscal buscó reducir el déficit fiscal y contener los gastos públicos que las autoridades consideraron no esenciales. Según Cortés Conde, entre 1912 y 1918, mientras los ingresos cayeron a una tasa anual de 14,6 %, los gastos se comprimieron un 12 % (Cortés Conde, 2005, p. 76). Tal vez movido por los efectos que había provocado las crisis de 1873 y 1890 en el largo plazo, las autoridades económicas rechazaron las propuestas destinadas a incrementar la emisión monetaria, emitir cédulas hipotecarias o suspender el pago de los intereses de la deuda externa. Lo que guiaba al gobierno conservador de De la Plaza y al radical de Yrigoyen fue la perspectiva de lograr, una vez normalizada la situación del mercado mundial, una mejora sustancial de la situación fiscal sobre la base del aumento de la recaudación de aduanas y la colocación de títulos públicos en Londres y Nueva York.
Como el gobierno se concentró particularmente en la reducción de los gastos y evitó medidas expansivas, lo que desde luego no se consideraba deseable desde el punto de vista de las corrientes dominantes en la economía, la escasez de circulante se acentuó entre 1913 y 1915 con sus efectos negativos sobre los tipos de interés y la actividad económica. Recién con la mejora de la balanza comercial se volvió a contar con mayor liquidez monetaria. A partir de 1915, el superávit de la balanza comercial y el ingreso de oro del extranjero no solo mejoraron la situación, sino que alentaron la apreciación de la moneda inconvertible. Las fluctuaciones del valor de la moneda volvieron a estar presentes en el periodo de posguerra hasta que una nueva apreciación condujo al retorno al patrón oro en 1927.
Además de los problemas monetarios, durante la Guerra creció el déficit fiscal, acentuando el desequilibrio previo. La caída de las importaciones y de la actividad productiva redujo los ingresos fiscales provenientes de la aduana y los impuestos internos. Si consideramos que los primeros constituían algo más del 50 % de los ingresos estatales, se aprecia la gravedad de la situación. Las políticas del presidente De la Plaza impusieron un recorte de los gastos públicos, los que sin embargo fueron claramente insuficientes para retornar a un equilibrio fiscal. A partir de 1916, Yrigoyen buscó también alcanzar el equilibrio fiscal, reimplantando los derechos de exportación, fundamentalmente a los productos ganaderos, que habían sido abandonados en la década de 1880 (Van Der Karr, 1974, pp. 27-82; Gerchunoff, 2016; Rayes, 2021). Cuando la gravedad del desequilibrio se acentuó, en 1918, Yrigoyen propuso la sanción del impuesto a la renta, un proyecto que implicaba una tímida mejora en el régimen fiscal. A pesar de ello, el tratamiento del proyecto quedó paralizado en el Congreso y luego de 1919 el propio gobierno lo abandonó (Sánchez Román, 2009). El Estado argentino recurrió entonces al financiamiento con diversos instrumentos del Banco de la Nación (Regalsky, 2023) y también al crédito externo. En este último caso, las condiciones internacionales solo posibilitaron realizar operaciones menores en Estados Unidos y a un tipo de interés alto (Weinmann, 1994). En suma, las políticas oficiales fueron marcadamente procíclicas y tuvieron como propósito alcanzar el equilibrio de las cuentas fiscales, la reducción de los gastos estatales y el incremento de los impuestos.
¿Qué sucedió con los sectores productivos? En el agro pampeano, los cambios en la composición de la demanda mundial y la evolución de los precios internacionales repercutieron con dureza. Ya en 1912, el agro pampeano se había visto agitado por el Grito de Alcorta, una “huelga” protagonizada por los chacareros, pequeños y medianos productores de cereales. Las menores cosechas de 1913-1914 y 1916-1917, y las dificultades para la exportación de esos productos, provocaron una severa crisis agrícola. La mejora de los precios relativos de los productos ganaderos impulsó el incremento de la superficie dedicada a la ganadería y acentuó las tensiones entre los productores del cereal (Gelman y Barsky, 2001). Las economías regionales también transitaron momentos difíciles. La depresión del mercado interno creó inconvenientes, pero estos se dieron sobre producciones regionales que ya exhibían algunos problemas vinculados con los límites ofrecidos por la demanda del mercado interno. Los casos más notables fueron los de la producción azucarera del noroeste del país y la producción vitivinícola cuyana, especialmente de la provincia de Mendoza.
La crisis económica, pero también la guerra entre las naciones europeas, provocaron un abrupto cambio en los saldos migratorios. La gran inmigración, que había impulsado el crecimiento de la población, cayó abruptamente. Entre 1914 y 1918, los saldos migratorios fueron negativos e implicaron una salida de casi 190.000 personas. Los problemas derivados del conflicto afectaron al conjunto de la sociedad, aunque no todos se vieron perjudicados de la misma manera y en el mismo grado. En particular, una amplia capa de asalariados enfrentó un drástico aumento de la desocupación entre 1914 y 1918. Antes de la crisis originada por la Guerra ya se registraba un cierto grado de desempleo estructural. Esta situación puede explicarse por las características del mercado de trabajo, que demandaba una creciente mano de obra no calificada, con amplia movilidad geográfica y ocupacional, satisfecha en su mayor parte por fuerza de trabajo estacional de origen inmigrante que alcanzó su máximo entre 1907 y 1913. En las ciudades del litoral pampeano, los jornaleros y peones, que no estaban ligados a ninguna rama específica de la economía, constituían el 30 % de la población masculina activa. Los trabajadores migraban de la ciudad al campo y viceversa de acuerdo a la época del año. Distintos estudios difieren en sus conclusiones sobre cómo afectaron estas características del mercado de trabajo la vida de los asalariados. Para Cortés Conde (1979), la alta movilidad era un mecanismo que permitía realizar “ajustes rápidos de la oferta y la demanda de trabajo”. En cambio, Pianetto (1984) sostuvo que la fluctuación entre trabajos urbanos y rurales suponía una permanente inestabilidad laboral y períodos de desocupación. Esta situación se reflejó para el conjunto del país en los guarismos de desempleo de 5,1 % y 6,7 % para 1912 y 1913, respectivamente. Desde entonces, y aun con el cese del ingreso de inmigrantes, la desocupación inició un crecimiento acelerado, alcanzando su punto máximo en 1917, con un 19,4 % del total de la población del país sin trabajo (Pianetto, 1984).
Cuadro 1. Índices de salario real, costo de vida y ocupación
en la Ciudad de Buenos Aires. Números índices
| Salario real | Costo de vida | Ocupación | |
1914 | 100 | 100 | 100 |
1915 | 89,7 | 107 | 98,2 |
1916 | 83,8 | 114,8 | 90,9 |
1917 | 72,1 | 135 | 85,1 |
1918 | 61,8 | 169,4 | 97,4 |
1919 | 83,8 | 159,6 | 102,4 |
1920 | 86,8 | 186,5 | 104,5 |
Fuente: elaboración propia con base en Comité Nacional de Geografía (1942). Anuario Geográfico Argentino. 1941. Buenos Aires.
El paro fue acompañado de otros procesos que provocaron una caída aguda del salario real. En efecto, durante los años de la Guerra, los precios de los productos de canasta básica se incrementaron notablemente, especialmente la carne, el pan y la vestimenta. Según las estimaciones de la Dirección General de Estadística, el costo de vida obrera se incrementó un 60 % durante la Guerra. Incluso, el consumo interno de carne, tradicionalmente alto, declinó.[10] Si bien los aumentos de los precios fueron acompañados por incrementos de salarios, los datos disponibles referidos solo a la Capital Federal muestran un grave deterioro del salario real del orden del 40 % entre 1914 y 1918.
Estos problemas se prolongaron durante la presidencia de Yrigoyen. El clima económico adverso retrajo la actividad sindical y la protesta obrera por mejoras en las condiciones de vida y trabajo hasta 1917 (Suriano, 2017). Entonces, comenzó un nuevo ciclo de conflictividad social, cuya reivindicación central estuvo dirigida a obtener una mejora del salario que compensara el deterioro producido en los años precedentes. En 1917, alrededor de 136.062 asalariados, el 46 % de la población obrera, participaron en los movimientos huelguísticos de la Ciudad de Buenos Aires. Las principales huelgas fueron protagonizadas por obreros ligados a los sectores de la economía agroexportadora: ferroviarios y marítimos (Falcón y Monserrat, 2000; Caruso, 2008). Los conflictos se extendieron al mundo rural. A partir de 1918, las tensiones en el agro pampeano se expresaron en la movilización de los chacareros y de los braceros. También estallaron huelgas en el agro extrapampeano, como fueron los conflictos protagonizados por los trabajadores de La Forestal en el norte santafecino y los peones de las estancias de la Patagonia. Esta nueva fase de protesta que se extendió hasta 1921 se dio en un contexto de cambios en los vínculos entre el gobierno radical y el movimiento obrero con la intervención del Poder Ejecutivo en la resolución de los conflictos y la predisposición de la corriente sindicalista a la negociación con el gobierno (Horowitz, 2008; Suriano, 2017).
El sector manufacturero durante la Gran Guerra
Existe consenso en que el origen de la industria moderna en la Argentina provino del impulso generado por la exitosa inserción agroexportadora y el incremento del ingreso nacional. De acuerdo a la Staple Theory, fueron los efectos de la expansión primaria exportadora los que alentaron eslabonamientos anteriores y posteriores, que impulsaron la instalación de las primeras fábricas modernas en la Argentina. Para esta interpretación, los límites de la industrialización en la Argentina estuvieron dados por la particular dotación de factores naturales, esencialmente la falta de carbón y mineral de hierro, en tanto que más recientemente se ha puesto énfasis sobre el tamaño relativamente pequeño del mercado local.[11]
En el marco de esta interpretación, se ha sostenido que la industria se benefició particularmente del entorno macroeconómico que siguió a la crisis de 1890, cuando los gobiernos del “orden conservador” impusieron un incremento de los aranceles aduaneros y la depreciación de la moneda nacional, tras la suspensión del patrón oro. Estas medidas provocaron un cambio en los precios relativos que estimularon un proceso temprano de sustitución de importaciones, particularmente importante en productos básicos de consumo masivo, confecciones, tejidos de punto, calzado, cerveza, fósforos y otras pocas manufacturas (Rocchi, 2006; Pineda, 2009).
Las series estadísticas disponibles parecen confirmar que la aparición de las primeras fábricas modernas se dio como efecto del impulso agroexportador y no como resultado de la Gran Guerra o de la Gran Depresión. La década de 1890 muestra también una clara aceleración de la tasa de crecimiento sectorial, la que por primera vez en la historia argentina superó el crecimiento de la economía en su conjunto. Lógicamente, el dinamismo del crecimiento sectorial en la década de 1890 fue resultado, al menos en parte, del bajo nivel de desarrollo de la que partía la industria moderna en la Argentina. De cualquier manera, como muestra el Cuadro 2, el desenvolvimiento industrial continuó en la primera década del siglo xx, cuando la economía argentina conoció una de las décadas de más alto crecimiento económico de toda su historia. Sin embargo, como han sostenido Gómez Galvarriato y Williamson (2009), a diferencia de Brasil y México, el crecimiento industrial argentino se vio limitado tanto por una importante mejora de los términos del intercambio, la estabilidad del tipo de cambio real y una menor protección arancelaria que la que gozaban esas economías.
Cuadro 2. Tasa de crecimiento del PBI y PBI industrial, 1870-1935
Años | Producto bruto interno | Sector manufacturero | Alimentación y bebidas | Textil |
1875-1890 | 8,4 | 5,2 | 5,6 | 3,9 |
1890-1900 | 5,5 | 11,5 | 4,2 | 12,7 |
1900-1910 | 7,0 | 7,8 | 6,7 | 7,4 |
1910-1920 | 1,6 | 2,2 | 1,4 | 0,3 |
1920-1930 | 3,5 | 4,3 | 3,1 | 3,9 |
1930-1935 | 2,9 | 8,0 | 4,3 | 10,5 |
Fuente: elaboración propia con base en Cortés Conde (1994, 1997).
Entre 1895 y 1914, el sector industrial creció y se diversificó sobre la base de las actividades que elaboraban los bienes primarios que se producían en las distintas regiones del país. Para 1914, cuando el gobierno llevó adelante el Tercer Nacional, el sector manufacturero mostraba los rasgos derivados de ese sendero de desarrollo. Las ramas de alimentación y bebidas, con el 39 % de las plantas y el 33 % del personal total, aportaban el 53 % del valor de la producción. Muy atrás, el censo registraba a la producción destinada a la construcción, con el 12 % del valor de la producción y cercana a ella se ubicaban las industrias de la confección y del tocador, agrupadas en el censo en una sola rama, que ocupaban al 14 % del personal total pero representaban solo 8,6 % del valor producido. Las industrias vinculadas a la producción metalúrgica y química solo representaban, cada una, el 5 % del valor producido por el sector. En peor situación se hallaba la rama textil, es decir, la fabricación de hilados y tejidos, con el 3,7 % del personal total y solo el 2,1 % del valor de la producción, en claro contraste con la importancia de esa industria en Brasil y México.
Al menos desde comienzos del siglo, funcionarios estatales y estudiosos argentinos y extranjeros dedicaron esfuerzos a evaluar el crecimiento de la economía local y el desenvolvimiento de la industria.[12] Entre los analistas, existía cierto acuerdo entre las características predominantes del sector industrial, las causas de su crecimiento y las posibilidades de su desenvolvimiento. En relación con el primer punto, se formó un consenso de que las manufacturas que se habían desarrollado eran, en gran medida, actividades auxiliares de las producciones de materias primas del país.[13] Las posturas más críticas sostenían que la Argentina era una economía proteccionista y que, a pesar del predominio de esa orientación, no había logrado desarrollar un sector manufacturero diversificado.[14] Entre las razones que se argumentaban para explicar el fallido ingreso del país en la era industrial, se mencionaba la escasez de insumos básicos como carbón y mineral de hierro, la reducida población del país y la escasez de mano de obra calificada.[15] En este sentido, el predominio de inmigrantes españoles e italianos del sur especializados en las labores agrícolas no creaba las condiciones para el crecimiento del sector. La presencia de mano de obra calificada de origen inmigrante se limitaba a tareas de mayor responsabilidad. Por otra parte, el alto costo de vida local conspiraba contra el desarrollo de industrias. Solo la carne y el pan eran más baratos que en las economías industrializadas, pero el precio de otros productos básicos y de la vivienda en Buenos Aires eran muy elevados.[16]
También se remarcaba, entre otros obstáculos, el apoyo de la clase dirigente a las políticas proteccionistas, a la que Watson calificaba como “una extraña perversión”, los altos costos de los fletes tanto marítimos como del transporte ferroviario. Otros estudiosos, como Martínez y Lewandowski, aseveraban que el país no se había embarcado en políticas proteccionistas extremas, pero argumentaban que la dependencia argentina de la introducción de materias primas y manufacturas más esenciales y la existencia de derechos de importación, que hasta 1906 no habían alcanzado cierta estabilidad, conspiraban contra la baja del costo de vida. Finalmente, se sostenía que la rentabilidad de la explotación primaria era mucho más elevada y menos riesgosa que las inversiones en el sector industrial. Ello desestimulaba la inversión en actividades secundarias y las dejaba en manos del capital extranjero.[17]
El análisis que el ingeniero Eusebio García incluyó en el Tercer Censo Nacional, publicado en 1917, retomaba parcialmente estas caracterizaciones, pero se ubicaba claramente en las posturas favorables al crecimiento industrial. Se afirmaba así que la Argentina estaba lejos del desarrollo de la industria “al que puede aspirarse por los infinitos recursos que el país posee”.[18] Solo se habían implantado las industrias derivadas de la producción primaria, pero confiaba en el crecimiento de otras ramas que por las necesidades de capital solo podrían implantarse con el apoyo del Estado. Entre ellas ubicaba sectores muy diferentes como los astilleros, la preparación de derivados de la pesca, la metalurgia minera, la fabricación de toneles, la producción de hilados de algodón y lana y la explotación forestal destinada a la fabricación de muebles. García sostenía que el origen de la industria fabril estaba en las décadas de 1880 y 1890, y que desde entonces el impulso del sector había sido extraordinario. Para el ingeniero, la principal dificultad era la falta de capitales, la mayor parte de los cuales había encontrado localización en “el colosal desarrollo de la ganadería y la agricultura”. Pero su mirada era optimista, los obstáculos al crecimiento industrial eran fáciles de resolver, y consistían en una mayor inversión en el sector y el cambio de preferencia del mercado doméstico por productos nacionales, así como de políticas estatales más favorables en el orden aduanero, tarifas ferroviarias “razonables” y la eliminación de impuestos.[19]
Algunos indicadores sobre el impacto en las industrias
La crisis de 1913 y la Primera Guerra Mundial inauguraron un ciclo de recesión de cuatro años. Por tanto, la economía argentina durante la década de 1910 mostró el peor comportamiento desde el último tercio del siglo xix, con una tasa de crecimiento de solo el 1,6 % anual, en tanto que el sector manufacturero ascendió a un ritmo de 2,2 %. Según la estimación de Cortés Conde y Harriague, el comportamiento sectorial fue notablemente peor que durante la Gran Depresión.[20]
¿Qué factores explicarían esta evolución? Un análisis pionero sobre los efectos de la Guerra en la industria latinoamericana fue presentado por Rory Miller (1981). Para este autor, las condiciones creadas por la Guerra, especialmente la escasez de combustibles y maquinarias, tuvieron un efecto negativo sobre la capacidad de reacción de la industria latinoamericana, lo que desmentiría el argumento según el cual la industrialización avanzó en la década de 1910.[21] Al mismo tiempo, otras fuerzas habrían operado favoreciendo el crecimiento sectorial como los altos precios internacionales y la escasez de productos importados. El resultado habría sido una expansión limitada sobre la base de la estructura industrial previamente establecida. En contraste, Albert y Henderson (1988) argumentaron en su estudio comparado de las economías de la Argentina, Brasil, Perú y Chile que fueron varias las industrias argentinas que lograron mejorar sus condiciones durante la Guerra.[22]
La interpretación según la cual los problemas del comercio mundial durante la Guerra brindaron oportunidades para la sustitución de importaciones fue sostenida por autores influenciados por diversas corrientes ideológicas y marcos teóricos.[23] En cambio, quienes sostuvieron que existió una relación positiva entre expansión agroexportadora y crecimiento industrial se inclinan por enfatizar los efectos nocivos de la caída de las importaciones sobre el desarrollo manufacturero.[24] A conclusiones similares llegaron quienes desde una perspectiva heterodoxa pusieron el acento en la debilidad del tejido industrial existente y la dependencia del país de Gran Bretaña.[25]
La carencia de trabajos sobre el desempeño industrial argentino es elocuente y, en gran medida, está vinculado a la ausencia de fuentes cuantitativas y cualitativas sobre el desempeño sectorial en la década de 1910. Los estudios de Rocchi (2006) y Pineda (2009) ofrecen interpretaciones de largo plazo sobre el proceso de industrialización anterior a 1930 pero no se detuvieron sobre ese breve periodo, que es crucial para pensar los límites de la diversificación económica previa a 1914 y la fuerte dependencia de la economía argentina del mercado externo.
En otra parte mostramos cuáles fueron los efectos más directos de la Guerra sobre la industria (Belini, 2017). Por un lado, la escasez de bodegas y el aumento de su costo hicieron que muchos insumos básicos comenzaran a faltar o solo se consiguieran a precios muy altos. En primer término, entre 1913 y 1918, cayó la introducción de carbón (un 79 %) y de petróleo (un 28 %).[26] Pero también se desplomó el consumo de acero y de cemento, que descendió de un promedio de 143 y 53 kilogramos per cápita entre 1910-1914 a solo 30 y 18 kg entre 1915-1919. Si bien gran parte de la demanda de estos insumos básicos dependía de la construcción, sector que se vio paralizado durante el conflicto, es claro que la contracción del consumo provino también del sector manufacturero, en especial la industria metalúrgica. La economía argentina era dependiente de esos insumos básicos que formaban parte primordial de la composición de las importaciones. También se desplomó la introducción de equipos para la industria. Según nuestra estimación con base en las estadísticas de comercio exterior, el valor de las importaciones de maquinaria destinada a la industria descendió un 82 %.[27] Solo volvería a crecer y a gran ritmo en los años de la inmediata posguerra. Estos datos parecen dar crédito a las estimaciones de Harriage y Cortés Conde realizaron sobre la evolución del PBI y del sector manufacturero en la década de 1910.
Una evaluación de algunas ramas o industrias que ya se destacaban en 1914 y de otras que comenzaron en la década de 1910, para las cuales tenemos estadísticas confiables, nos brindan algunas pistas sobre el desempeño industrial en ese contexto de crisis.
Cuadro 3. Evolución de la producción de alimentos y bebidas, 1910-1918, 1913: 100

Fuente: Ernesto Tornquist & Cía. El desarrollo económico de la Argentina en los últimos cincuenta años, Buenos Aires, 1920. Las cifras de producción de vino de 1910-1911 fueron extraídas de Comité Nacional de Geografía, Anuario Geográfico Argentino. 1941, Buenos Aires, 1942.
El comportamiento de la producción de un conjunto de productos agroindustriales como harina de trigo, azúcar, vino y cerveza muestra un crecimiento moderado en el primer caso, un estancamiento (vino) o bien una brusca contracción para el azúcar y la cerveza, pero sus causas son diferentes. Los cuatro productos tenían como destino principal el mercado doméstico. La industria molinera reconocía un proceso previo de crecimiento, modernización y concentración (Martirén y Rayes, 2016). Sin embargo, durante la Guerra la producción mostró un comportamiento sinuoso. En parte, esta evolución puede estar vinculada a la producción triguera afectada por el conflicto y las condiciones climáticas que afectaron dos cosechas en el periodo 1913-1917. Por su parte, la industria azucarera debió enfrentar una severa crisis pero no provocada por la guerra sino por la plaga del mosaico que entre 1907 y 1919 obligó al sector un esfuerzo de renovación de la caña criolla por la de Java, de mayor rendimiento (Bravo, 2008; Moyano 2015). La Guerra encontró al sector en ese proceso, con una aguda caída de la producción. El incremento del precio del azúcar provocó una aguda controversia entre los productores e industriales y los consumidores.[28]
En el caso de vitivinicultura, como sostiene Olguín, la fuerte expansión del cultivo de vid y de la producción entre fines del siglo xix y 1914, y las formas que asumió la organización de la producción y comercialización de vino, crearon “mecanismos desestabilizadores” (Olguín, 2012, pp. 79-83). Para 1914, la producción de vino totalizaba unos 515 millones de litros, lo que abastecía el consumo nacional.[29] La tendencia a la sobreproducción en el marco de la caída del consumo provocada por la crisis económica se tradujo en un estancamiento de la producción de vinos y en los primeros intentos de regulación del gobierno provincial primero y de Compañía Vitivinícola de Mendoza entre 1915 y 1919 (Olguín, 2012, pp. 92-95).
La industria cervecera también se vio muy afectada durante la década de 1910. El descenso de los salarios reales y la desocupación provocaron una contracción de la demanda. La escasez de lúpulo y de malta llevó al principal actor empresario del sector —la Cervecería Quilmes— a una estrategia de sustitución de importaciones que solo se produciría en la posguerra. Mientras tanto, la caída del consumo y la producción, que descendió un 30 % con respecto al trienio 1910-1912, fue el contexto en que se produjo una fuerte concentración económica, con la compra y cierre de plantas por Quilmes.
Por último, el desempeño de la industria láctea parece haber mostrado un comportamiento muy positivo, sobre todo a finales de la década. Según Regalsky y Jáuregui, la Guerra creó las condiciones para el incremento de las exportaciones de manteca y de quesos. Las ventajas del desarrollo previo y el retiro de los competidores de Europa oriental impulsaron las exportaciones hacia el mercado británico desde mediados de la década del 10, marcando el inicio de un sostenido incremento para el caso de la manteca (Regalsky y Jáuregui, 2012, pp. 495-498).
¿Qué sucedió en otras ramas manufactureras? En el caso de la industria textil, desde principios del siglo xx se había desarrollado una industria lanera, concentrada en un número reducido de firmas, que producían hilados y telas para el mercado interno. Además, desde la década de 1890, bajo una importante protección arancelaria, se habían multiplicado las fábricas de tejidos de punto y grandes y pequeños talleres de confección. La guerra encontró a la rama apenas en sus comienzos. Algunas firmas lograron hacer buenos negocios, como Campomar & Cía., que exportó frazadas, franelas y mantas a Chile y Paraguay hacia finales de la década de 1910, pero ni la caída del consumo ni la escasez de equipos posibilitó la expansión del sector. Un informe del Departamento de Comercio de los Estados Unidos sostuvo que hacia 1914 solo cuatro empresas podían ser consideradas industrias manufactureras, en tanto que convivían con un gran número de pequeñas firmas y talleres de escasa importancia. Durante la Guerra, se habían sumado dos empresas más, que poseían maquinaria moderna y una capacidad de producción que duplicaba la de las cuatro plantas existentes.[30]
Un analista proclive a destacar los avances de la industria reconoció que las fábricas instaladas habían logrado hacer buenos negocios con la elevación de los precios, pero que no se había producido un avance en el número de fábricas debido a la imposibilidad de importar equipos y la escasez de mano de obra especializada. Mencionaba que no podía esperarse que las tejedurías tuvieran el capital para instalar hilanderías, una industria que consideraba “abandonada”.[31] Todavía al finalizar el conflicto, un reporte del Buenos Aires Herald sostenía que la industria había realizado importantes avances en la fabricación de ropa, aunque sin alcanzar el autoabastecimiento. Mencionaba que los principales progresos se habían producido en la confección de trajes, sombreros y zapatos, así como en la fabricación de tejidos de punto y ropa interior.[32]
Un rubro clave, la producción de hilados de algodón, no surgió durante la guerra sino en la posguerra. Si bien durante el conflicto hubo escasez de hilados, la producción no superó las 400 toneladas. En realidad, fue la crisis de la Guerra la que alentó a grandes empresas como la Compañía General de Fósforos, la Fábrica Argentina de Alpargatas y Manufacturera Algodonera Argentina, productoras de cerillas y de calzados de yute, a experimentar con la fabricación de hilados (Belini, 2010).
Un caso que parece haber sido similar fue el de los fabricantes de calzado de cuero. La disponibilidad de materias primas y una demanda que era cubierta predominantemente por los productos importados hasta 1914 aceleró la sustitución de importación. Las grandes empresas lograron muy pronto sacar provecho en gran medida la adopción parcial de maquinarias desde comienzos del siglo xx (Kabat, 2008). Incluso, durante la Guerra, firmas como Grimoldi Hermanos y Céspedes, Tettamanti & Cía. pudieron colocar sus productos en mercados externos. Pero la corriente exportadora duró poco pues la reanudación del comercio mundial y la sobreproducción derrumbaron los precios en el mercado mundial (Barbero, 2011a, pp. 159-160; Barbero, 2011b, pp. 84-87).
La industria papelera había surgido a partir de la década de 1880 bajo el amparo de la protección aduanera y el impulso de la demanda doméstica debido al incremento de la población y las políticas de alfabetización. Todo ello había alentado el surgimiento de una industria gráfica próspera y muy heterogénea. Para el momento de inicio de la Gran Guerra, la industria papelera estaba integrada por once plantas que representaban solo un 25 % de los capitales invertidos y el 1,2 % del valor de producción y de los trabajadores empleados en el sector manufacturero. Era una industria pequeña, aunque importante a escala sudamericana, que elaboraba papeles y cartones de distinto tipo, con excepción de papel de diarios, sobre la base de desperdicios y de insumos importados desde los países escandinavos (Badoza y Belini, 2013). Entonces, la industria local abastecía el 27 % del consumo aparente de papeles, aunque el 80 % del papel de diarios era importado, como en la mayoría de los países del mundo.
El inicio de la Guerra provocó una crisis en la industria gráfica, muy ligada a abastecedores alemanes en lo referido a equipos, tintas y demás insumos. La depresión del mercado doméstico también influyó, de modo que hacia 1917 solo un tercio de imprentas estaba en actividad. Sin embargo, la Guerra también había provocado problemas en el abastecimiento de papeles. Ante la escasez, las cuatro grandes sociedades anónimas llegaron a acuerdos que les permitieron cerrar una de las plantas y especializar las restantes en la producción de una clase de papeles. El agregado comercial norteamericano Robert Barrett estimó que la producción total se elevó a 28.750 toneladas. De ese total, unas 6000 toneladas correspondían a papel para diarios.[33] Al finalizar la década de 1910, las cuatro empresas operaban empleando gran parte de la capacidad instalada. No obstante, la producción local de papel de diarios no sobrevivió a la renovada competencia internacional de posguerra, sobre todo por el aumento de la fabricación mundial, la falta de materias primas básicas en el país y la reducida escala de producción de las fábricas argentinas.
En conjunto, estas breves historias sectoriales dan cuenta de que en el periodo, con excepción de algunas producciones vinculadas a la exportación como harina de trigo y los derivados de la leche, otras actividades atravesaron una coyuntura de estancamiento o de crisis. Las causas de la declinación a menudo responden a factores de más largo plazo, como en el caso de las agroindustrias azucarera y vitivinícolas, agravadas por el impacto de la Guerra sobre la ocupación y el consumo doméstico. Pero aún allí donde hubo oportunidades por el retiro de la competencia de las importaciones, como en la rama textil o en la de papel, la coyuntura no parece haber alentado una sustitución más que temporal de importaciones ni tuvo efectos perdurables sobre el tejido industrial.
Un estudio realizado por Alejandro Bunge, flamante jefe de la Dirección General de Estadísticas, revela por un lado algunos indicadores de la evolución industrial entre 1914 y 1918 y, por el otro, lo que González Bollo señala como el fracaso del aparato estadístico nacional en lo relacionado con el sector industrial.[34] El ingeniero reformista daba cuenta, con limitaciones, de un periodo industrial de más sombras que luces. Se trataba de una encuesta de 1600 establecimientos industriales, de los cuales el ingeniero utilizaba solo 82 respuestas, 69 pertenecientes a empresas ya instaladas en 1913 y 13 a nuevas industrias. A partir de esa información, que Bunge consideraba representativa de los 1600 establecimientos, concluía con algunas observaciones.[35] En primer lugar, que en términos de número de fábricas y de capital invertido, los datos indicaban un crecimiento entre puntas del 14 %-19 % y del 17,5 %. Considerando la evolución industrial entre 1895 y 1914, concluía que el “desarrollo de nuestras industrias ha sido menor” que el observado en el periodo intercensal. De todas formas, durante la Guerra había presenciado un incremento que seguramente correspondía a la recuperación de 1916-1918. Más interesante aún era que, contrastando la muestra tomada en términos de personal y de fuerza motriz empleada, los incrementos en las fábricas instaladas eran del 10 % y del 6 % respectivamente, lo que daba cuenta de un desempeño mediocre. Por su parte, los datos de valor de producción estaban muy influenciados por la inflación padecida, lo que lo conducía a sostener la necesidad de incluir datos de producción física en las futuras estadísticas. Parece claro que para Bunge el periodo no era de despegue industrial sino más bien de un desempeño mediocre.
Consideraciones finales
Entre 1913 y 1917, la economía argentina se sumergió en una profunda crisis, que se manifestó en una aguda caída del ingreso per cápita del orden del 27 %, lo que la convirtió en la crisis más aguda del periodo de “crecimiento hacia afuera”. La integración de la economía argentina al comercio mundial, la fuerte dependencia de la demanda internacional de carnes y cereales y de los flujos del capital extranjero hicieron que la Argentina se adaptara mal a una coyuntura marcada por la caída del comercio mundial de cereales, la creciente escasez de maquinaria y equipos de importación para el agro y las industrias y la reversión e inestabilidad de los flujos de capital extranjero. No es sorprendente, entonces, que la economía de la Argentina padeciera una crisis aguda, amplificada por la ausencia casi total de instituciones estatales que permitieran atenuar los ciclos recesivos del comercio mundial en la esfera de las finanzas y en los mercados de factores, especialmente capital y trabajo.
La experiencia previa de la crisis de 1890 parece haber condicionado a las autoridades públicas sobre el papel que debían desempeñar frente a la gran recesión. Si bien se adoptaron algunas medidas como la suspensión del patrón oro, el cierre de la Caja de Conversión y la sanción de leyes de moratoria y de redescuento, estos últimos instrumentos fueron empleados con mucha cautela. Asimismo, los proyectos tendientes a reducir la dependencia del fisco del comercio exterior como el impuesto a los réditos no lograron materializarse. Pasada la emergencia, el gobierno de Yrigoyen que los había impulsado decidió abandonar esa y otras propuestas reformistas. El resultado fue la fase recesiva del ciclo económico impactó casi sin contrapesos sobre la economía argentina, provocando un complejo proceso de redistribución de ingresos, que derivó en una aguda caída de los salarios, la reversión del saldo migratorio y una fuerte depresión de la demanda doméstica.
La caída de la demanda interna, el aumento de la desocupación y la ausencia de políticas sectoriales hicieron que la evolución de la producción industrial se desacelerara.
Lejos de auspiciar un vigoroso proceso de sustitución de importaciones, la coyuntura de la Guerra tuvo efectos más bien limitados sobre el sector. Los datos disponibles indican que las industrias que contaban con materias primas en el país o que se vieron estimuladas por la demanda externa, como la producción de carne congelada y conservas, productos lácteos y textiles de lana, lograron incrementar su producción. Incluso otras que estaban en estado rudimentario como la fabricación de papel y de algunos productos químicos se vieron muy estimuladas para sustituir importaciones. En contraste, aquellas industrias productoras de bienes de consumo masivos no durables se vieron perjudicadas por la aguda caída de los salarios. La Guerra coincidió con etapas de crisis en las dos agroindustrias regionales más antiguas, la vitivinicultura y la azucarera, y probablemente acentuó sus dificultades. La imagen que surge de esta revisión es más pesimista, aunque marcamos las disparidades de efectos de la crisis de 1913-1917.
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- CONICET-Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Programa de Estudios de Historia Económica y Social Americana (PEHESA), Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires y Facultad de Ciencias Económicas (UBA).↵
- La expansión tampoco fue homogénea a nivel regional. Por el contrario, el litoral fortaleció su dinamismo en detrimento del noroeste del país, que antes del siglo xix había ocupado un papel de mayor importancia como proveedora de animales y mano de obra al Alto Perú. Claro que con el inicio de la guerra por la independencia, a partir de 1810, y la apertura comercial, la expansión ganadera bonaerense había volcado a favor del litoral el equilibrio regional. Sin dudas, este proceso se acentuó a partir de 1860 con la unificación conducida por Buenos Aires y la conformación de un mercado nacional.↵
- Entendemos como “crisis” a una caída apreciable del PBI per cápita, del orden del 6 %, durante un periodo no menor a dos años. Wolf (2004) y Albriey y Fanelli (2008).↵
- Chiaramonte (1970) y Panettieri (1984).↵
- Albrieu y Fanelli (2008) presentan estimaciones del orden del 34 %. También incluyen la recesión de 1880-1881, apenas tratada por la historiografía, con una declinación del 6 % del ingreso per cápita.↵
- Un comportamiento similar de la economía argentina se repitió con la Gran Depresión.↵
- El promedio latinoamericano incluye Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, Venezuela y México.↵
- Merece destacarse el libro de Guido Di Tella y Manuel Zymelman (1967), quienes indagaron con mayor detenimiento el impacto de la Guerra en el mediano plazo. Siguiendo a Rostow (1960), estos autores aplicaron a la Argentina el modelo descriptivo del desarrollo económico propuesto por aquel autor. Al insertar una etapa de “demora”, entre 1914 y 1929, como una especificidad de la historia económica argentina, entre la etapa de preparación de las condiciones y el despegue, estudiaron con detalle la evolución económica argentina en esos años.↵
- Carlos Soares (1916). Economía y finanzas de la nación argentina, 1903-1916 (p.10). Buenos Aires: Talleres Gráficos Rodríguez Giles.↵
- L. Brewster Smith, Harry T. Collins y Elizabeth Murphy (1920). The Economic Position of Argentina during the War (pp. 10-12). Department of Commerce. Washington.↵
- Gallo (1970); Díaz Alejandro (1975); Geller (1975); Cortés Conde (1997); Rocchi (2006) y Pineda (2009).↵
- Sobre el papel de los estadísticos en este análisis y la construcción de un aparato estadístico nacional, véase González Bollo (2014, pp. 96-108). El autor sostiene que las agencias destinadas a compilar estadísticas industriales y demográficas “brillaron por su continua incapacidad para producirlas” (pp. 130-131).↵
- William Hirst, Argentina, London, T. Fisher Unwin, 1910, p. 194. Alberto Martínez y Mauricio Lewandowski, La República Argentina en el siglo XX, Madrid, Jaime Ratés, 1912, p. 306.↵
- N. L. Watson, Argentine as a Market, Manchester at the University Press, 1908, pp. 1-13.↵
- Martínez y Lewandowski (p. 353); J. P. Santamarina, The Argentine Republic. Developments, Facts and Trade Features, New York, 1912, p. 200.↵
- Watson (p. 1).↵
- Santamarina (p. 201), Martínez y Lewandowski (pp. 353-356).↵
- Eusebio García, “Consideraciones sobre el resultado del Censo de las industrias”, Tercer Censo Nacional, Buenos Aires, Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Tomo VII, 1917, p. 4.↵
- Ídem (pp. 23-24).↵
- Sobre las estimaciones de Cortés Conde y Harriage y sus diferencias con las de la CEPAL (El desarrollo económico de la Argentina, Santiago de Chile, 1959), véase Harriage y Rayes (2018, pp. 256-257).↵
- Miller (1981, pp. 707-716).↵
- Albert y Henderson (1988, pp. 214-222).↵
- Ortiz (1955, pp. 213-219), Di Tella y Zymelman (1967, pp. 91-95), Albert y Henderson (1988, pp. 180-233). ↵
- Gallo (1970, pp. 17-18); Villanueva (1972, pp.451-476); Díaz Alejandro (1975, pp. 208-216); Cortés Conde (1997, pp. 214-218).↵
- Dorfman (1970, pp. 336-350); Schvarzer (1996, pp. 120-122).↵
- Dirección General de Estadística de la Nación, Análisis del Comercio Exterior Argentino en los años 1910 a 1922; Buenos Aires, 1923, pp. 96-99.↵
- Belini (2017, pp. 120-121).↵
- Enrique Dickman, Nuestro régimen fiscal, Buenos Aires, Ediciones French, 1915; Andrés Máspero Castro, País rico, pueblo y gobierno pobres, Buenos Aires, Talleres Gráficos Ferrari, 1917.↵
- Mateu (2008, pp. 15-30); Barrio (2010, pp. 21-137); Richard Jorba (2010, pp. 43-80).↵
- L. S. Garry, Textile Markets of Argentina, Uruguay and Paraguay, United States Department of Commerce, Special Agents Series, Washington, 1920, pp. 23-24.↵
- Para el autor, “la producción se impone por las condiciones del mercado: escasez y elevados precios”. Agregaba que “los comerciantes informan que los industriales nacionales se exceden en los precios, que no encuentran en general justificados, y opinan que esto perjudicará el arraigo de la producción nacional”. A. R. Cartavio, Datos sobre algunas industrias argentinas, Buenos Aires, 1918, p. 4.↵
- “How Argentine Clothes herself. Some Aspects of the Textile Problem. War favors home industries”, Buenos Aires Herald, Special New Year Number, 1919, pp. 187-189.↵
- Robert Barrett, Paper, paper products and printing machineryin Argentina, Uruguay and Paraguay, Special Agents Series n.º 163, Government Printing Office, Washington, 1918, pp. 36-37. ↵
- Sobre la trayectoria y las ideas de Bunge, véase, Llach (1984) y González Bollo (2012). ↵
- Alejandro Bunge, “Las industrias argentinas durante la Guerra. Investigación preliminar”, 1919, s/p. Biblioteca Tornquist. El documento mimeografiado parece tener algún faltante y conserva tachaduras, probablemente del autor. Por otra parte, en su portada se lee el nombre de dos empresas del Grupo Torquist CIBA y Ferrum. No registramos la publicación de este informe en Revista de Economía Argentina. ↵








