Maximiliano Marentes
Introducción: ¿con qué se comen las emociones?
Empecemos con un ejemplo, una situación hipotética que nos hemos enfrentado más de una vez quienes venimos trabajando con temas de intimidades, afectos y emociones. El caso es el siguiente: una colega (las más de las veces se trata de mujeres) se acerca a una reunión de un grupo de trabajo cuyas investigaciones, de alguna u otra forma, se relacionan con la dimensión emocional. Plural y heterogéneo, como suelen ser los grupos en los que participamos, nuestras líneas de trabajo difieren en muchos aspectos, pero también hay cosas en común, como el hecho de que no nos comemos el amague y le prestamos atención a lo que la gente siente. Esta colega, que viene investigando sobre, inventemos, los modos en que los ministros de Economía de una provincia han gestionado los presupuestos, está consternada. Resulta que sus ministros, tal como le contaron en las entrevistas ellos y sus asesores, pero también como reflejan los medios de comunicación, deciden sobre el destino financiero de una provincia también a partir de algo poco lógico: lo que sienten. Sí, claro, se fijan en los balances correspondientes, se adecúan –más o menos– a los lineamientos políticos de su partido, pero también toman decisiones por el odio que le tienen a la oligarquía, por el temor que les produce el sindicato de camioneros y por la alegría que les generan las becas que permiten a estudiantes de bajos recursos hacer una carrera universitaria. Al final del día, nuestra colega descubrió que los ministros de Economía son tan humanos como el resto y que, además, sienten cosas.
Pero ese hallazgo, que en algún momento de su investigación nuestra colega disfrutará, ahora la angustia. No puede ser que en todo lo que viene leyendo sobre su tema no aparezcan las emociones. Y no puede ser, se queja en voz alta y nos lo comparte compungida, que tenga pocos o incluso ningún elemento para analizar eso: las emociones. En su formación en ciencias sociales, da igual si fue en sociología, historia, antropología, ciencia política –a decir verdad, no nos importa tanto el pedigree–, no le enseñaron a lidiar con eso tan básico: que las personas sienten cosas. Lo peor es que no le brindaron herramientas metodológicas para estudiarlo. Como nos dice cuando lanza su pregunta retórica: “¿Con qué se comen las emociones?”.
Ahí nos confiesa que su acercamiento a nuestro grupo fue promovido por el utilitarismo que pensó encontrar en sus ministros de Economía. Las emociones, que tal vez le parecían un tema menor, ahora se volvieron un problema. Por eso necesitaba ayuda y nos pide que le demos una mano. Ella, entonces, se acercó pensando que encontraría en nuestro grupo la solución, algo así como un manual metodológico para poder trabajar y analizar las emociones desde las ciencias sociales. En más de un momento de su presentación, tras chasquear la lengua para anticipar una obviedad, arrojó: “Lo que pasa es que ustedes ya saben cómo trabajar con esto”.
Quienes estamos ahí, reaccionamos de diferentes modos. Hay quienes esbozan una sonrisa tímida, hay quienes bajan la mirada o la sumergen en las pantallas de sus celulares, hay quienes quieren decir algo y empiezan a balbucear ideas con más o menos sentido. Si bien no hay alguien que tire la posta y diga con qué corno se comen las emociones, entre quienes estamos en la reunión arrimamos una respuesta. Así, le contamos qué cosas hemos ido haciendo, con qué obstáculos nos enfrentamos y cómo, de manera pragmática, los pudimos resolver. De a poco, construimos colectivamente una respuesta. De allí que esa situación, más o menos imaginaria pero no tan diferente a otras reales que sucedieron, inspire este texto. En estas páginas, por lo tanto, me propongo ordenar dichas recomendaciones y experiencias compartidas para esbozar una pragmática de las emociones. El trabajo se estructura en cuatro ejes que problematizan diferentes aspectos de cómo estudiar socio-antropológicamente la dimensión emocional. Empecemos por el primero, que ya fuimos deslizando a partir de los ministros de Economía, quienes también sienten cosas.
Axioma: las personas sienten cosas
Hay ciertas líneas de trabajo en ciencias sociales que, tal vez para sentir que lo que hacemos forma parte de algo “grande e importante”, priorizan la observación y el comportamiento de grandes fuerzas que condicionan la vida colectiva. El ejemplo clásico es el del capitalismo como respuesta a todos nuestros problemas, o desde perspectivas más liberales, la promesa de su salvación. De acuerdo con ese punto de partida, poco importa lo que haga un ministro de Economía en particular o un sindicato, ya que todo está dicho: el capitalismo nos va a comer crudos.
Por suerte, la mayoría de nuestras investigaciones no son tan fatalistas. Si bien hay quienes abrazan cierto pesimismo, no descuidan un componente central de la teoría social: la acción. Sea colectiva o no, sea con sentido hacia fines o valores, sea de la forma que fuere, este elemento resulta clave a la hora de conducir nuestras investigaciones. Ahí, la acción del Ministerio de Economía –a veces más coordinada a partir de la figura de un ministro que, con carisma y buena estrategia de gestión, logra su cometido, otras veces de forma más conflictiva y como resultado de pugnas entre diferentes sectores– resulta tan importante como la acción del sindicato, y entre acción y acción, se produce la vida.
Sin embargo, la acción, de todos modos, puede ser pensada de diferentes maneras. Por ejemplo, puede ser pensada como una mera reiteración de prácticas que no hacen más que producir el orden social más o menos establecido. Esas suelen ser las perspectivas para las cuales lo social no es sino resultado de la sedimentación de prácticas pasadas. Hay otras perspectivas, en cambio, que focalizan en la acción a partir de su carácter errático, unívoco, que de modos menos prolijos se encastran en una realidad social que es caótica de por sí y en la que nos esforzamos por dar sentido, por liberar del absurdo y poder llevar tranquilidad a nuestras mentes y corazones.
De allí se desprende un axioma básico de la investigación en ciencias sociales, sea desde perspectivas sociológicas, antropológicas, historiográficas o económicas, entre otras, y es que las personas hacen cosas. Sí, permítaseme ser impreciso y vago, algo que no debemos olvidar es que las personas –o, para ser más impreciso aún, la gente– hacen cosas, actúan. Esto es lo que, en especial desde enfoques pragmáticos (Barthe et al., 2017; Latour, 2008; Nardacchione, 2011), aunque no solamente (Goffman, 1974, 1991), se estructura como premisa básica. De esta premisa se deriva que lo que podemos y debemos hacer cuando investigamos es seguir a los actores (Barthe et al., 2017).
Seguirlos en su devenir y en su recorrido no es tarea fácil. Pero no cometamos el error de creer que para hacerlo solo podemos alcanzarlos con observación directa de sus acciones. Por más que lo intentemos, más tarde o más temprano nos daremos cuenta de que se nos adelantarán y nos dejarán atrás. Si abandonamos la equivocada idea de que solo a partir de nuestro tan entrenado sentido de la observación podemos reconstruir sus prácticas, podemos ampliar nuestro horizonte de estudio. Cuando, resignación mediante, aceptamos que no podemos seguirles el tren, recolectar las huellas que van dejando nos devuelve la tranquilidad necesaria para analizar sus prácticas.
De esta premisa se desprende un axioma, que con gusto le compartimos a nuestra colega consternada con los ministros de Economía, y que puede expresarse del siguiente modo: además de hacer cosas, las personas también sienten cosas. Otra fórmula que comparte el problema de la imprecisión y vaguedad, pero que, como todo axioma, debe ser mínimo y lo suficientemente flexible para arrojar una verdad.
Como sostiene Arlie Hochschild (2012a; 2008), cuando Goffman desarrolla su teorización de las máscaras que se van poniendo los diferentes actores, se le escapa que además de pensar cómo administrar su puesta en escena, las personas también sienten. Ese yo sintiente, que Goffman descuidó, Hochschild lo retoma para el desarrollo de su teoría de las emociones[1]. Esta autora arriba a dicha conceptualización observando cómo ciertos trabajos del sector servicios demandan cada vez más que el trabajo emocional (emotional work) que las personas hacen en su vida cotidiana sea un componente clave de la explotación capitalista (transformándose en emotional labor).
Nuestra colega, con el fin de encontrar los orígenes de las cosas, nos pregunta si este axioma, las personas sienten cosas, es el mero resultado de las fuerzas productivas en una etapa postindustrial del desarrollo capitalista. O, sugiere, será acaso que esto se deba también a la centralidad de las intimidades para la subjetivación contemporánea (Giddens, 2004; Illouz, 2010, 2012) en la consolidación de las ciudadanías íntimas (Plummer, 1995). Como en el problema del huevo y la gallina, qué viene primero y qué después, su origen no nos cambia mucho el panorama. Así como hay huevos y también gallinas, hay personas que sienten cosas. Y eso es algo casi tan viejo como las gallinas y los huevos. Por eso, no es anacrónico encontrarse con que las feministas anarquistas de principio de siglo xx también sentían cosas (Fernández Cordero, 2017). En síntesis, partimos de la base de que, así como las personas hacen, también sienten cosas. Cuando aceptamos dicho axioma, se nos abren otros desafíos. Exploremos el segundo y tal vez más paralizante: qué hacemos con eso que sienten.
Las personas hacen cosas con eso que sienten
Cuando aceptamos, tal vez con más resignación o menos entusiasmo, el axioma básico de que las personas sienten cosas, se nos abre otro obstáculo. ¿Qué podemos hacer con eso que las personas sienten?
Una primera solución podría ser desestimarlas. Y eso no se debe tanto, o no necesariamente, a una actitud que a veces desarrollamos en nuestra vida cotidiana en torno a la negación. No. Desestimar las emociones ha sido una estrategia de análisis en ciencias sociales por el mismo espíritu de división disciplinar en que cayeron las ciencias sociales y humanas. A saber, las emociones, como algo íntimo, forman parte de la vida “interna” de las personas, algo que no nos debe interesar estudiar. Pensemos en el clásico libro fundante de la sociología, El suicidio, de Durkheim. En él, este padre fundador del método sociológico no tiene el menor escrúpulo en mandar las causas individuales del suicidio hacia fuera de su estudio. Eso, en todo caso, podrá ser algo que estudie la psicología. De allí que, desde el origen de nuestras tradiciones disciplinares en ciencias sociales, lo emocional nos parece haber quedado en el ámbito de lo individual y era la psicología la que debía estudiarlo. Por consiguiente, quienes hacemos investigaciones en ciencias sociales, donde hay grupos, colectivos e instituciones, podemos sostener esa división originaria y dejar las emociones de lado.
Sin embargo, eso no resulta del todo adecuado cuando volvemos a la acción, a eso que las personas hacen. Y resulta que esas mismas personas que hacen cosas no solo también sienten, sino que hacen cosas con eso que sienten. Como los hipotéticos ministros de Economía que deciden destinar una partida presupuestaria hacia un objetivo específico basados en la confianza que les generan determinadas organizaciones de base comunitaria para implementar una política pública en particular, las emociones son parte activa de la acción.
La misma Hochschild (2012a), en su sociología de las emociones o, como define de manera adecuada Bericat (2000), sociología con emociones, restituye la función indicativa de las emociones que Freud reconoció en la ansiedad. Para esta autora, todas las emociones –que siempre se experimentan de manera situada– ofrecen coordenadas para la acción. De ese modo, la dimensión emocional nos da pistas sobre la situación en la que nos encontramos y nos permiten elegir entre diferentes cursos de acción.
En otra línea diferente de sociología de las emociones, Illouz (2020) reconoce algo similar. En su análisis sobre el desamor, la socióloga pone el énfasis en la decisión de iniciar, mantenerse o salir de una relación de pareja a partir del componente cognitivo pero también emotivo. La elección, que en su esquema teórico deviene la unidad mínima de análisis de la acción, se da en un marco de ofertas posibles a partir de criterios individuales en torno a las necesidades, deseos y emociones.
Ahora bien, al momento de conducir investigaciones en ciencias sociales, ¿qué incidencias prácticas tiene? De manera sencilla, podríamos responder lo mismo que venimos sosteniendo: que las emociones son centrales en el momento de analizar la acción. Se podría pensar, como hicieron algunas autoras y autores, que ya en Weber, cuando analiza la acción social orientada a valores, era una acción anclada en patrones emocionales. O incluso como lo reversionó Parsons, que toda acción es orientada a valores, y, por ende, conectada con aquella dimensión emocional que nos interesa en este texto. Sin embargo, pensando en nuestra colega compungida por sus ministros sensibles, decir eso implicaría un ejercicio de relativa generosidad teórica y de profunda mezquindad metodológica.
Con la solidaridad que nos caracteriza en nuestro equipo, le tiraríamos entonces un centro a nuestra reciente invitada para que confíe en que las personas hacen cosas con eso que sienten. Le diríamos, entonces, que en vez de temer por carecer de grandes esquemas conceptuales o robustos tratados metodológicos, se concentre en eso que quienes hacemos investigación solemos desarrollar: apertura de nuestros sentidos para captar, lo mejor posible, eso que las personas hacen. Y, le insistimos, que confíe en que en eso que hacen aparece, eventualmente, cómo lo hacen a partir de aquello que sienten.
Aunque parezca un trabalenguas y un conjunto impreciso de palabras, acá yace uno de los grandes meollos de la investigación en ciencias sociales con las emociones. ¿Cómo acceder? Nuestra colega nos dirá que no puede saber a ciencia cierta qué es lo que sienten. Y en eso, le damos la razón. De todos modos, no es menos cierto que, cuando las personas hacen algo a partir de lo que sienten, las huellas de esa dimensión emocional quedan ahí, siendo posible recuperarlas. El gran desafío que se nos presenta es no ponernos más emocionales que las mismas emociones y querer verlas todo el tiempo, porque tenemos certezas de que están ahí. Seguro están ahí, de eso no tenemos dudas. Sin embargo, eso no quiere decir que siempre, en todo momento, sean una dimensión importante para las mismas personas. Si el ministro implementó una línea de acción específica, tal vez podamos contentarnos con señalar la confianza que le generan las estadísticas con las que cuenta para ello. Pero resultaría forzado tratar de señalar que esa confianza es más importante y, sobre todo, más auténtica que las estadísticas mismas. Por eso, la justa medida de la incorporación de la dimensión emocional se relaciona con no forzar las interpretaciones y así dejarlas, como nos aconsejan hacer con las lágrimas cuando estamos tristes: dejarlas fluir.
En resumen, atender a que las personas hacen cosas con eso que sienten encuentra un límite, incorporarlas cuando entran en consideración. El riesgo que fue emergiendo, y que nos conduce al punto siguiente, yace en torno a la autenticidad. Veámoslo en profundidad.
Las malas palabras o la prueba de la autenticidad
En la hipotética confianza de los ministros de Economía de nuestra colega hacia las estadísticas se pone de manifiesto un problema clave para el trabajo con la dimensión emocional. A saber, la asimetría con la que la tratamos pensando que hay cosas más “reales”, y por eso objetivables, que otras. Esto, a su vez, se traduce en una serie de inconvenientes que podemos resumir con la famosa frase infantil de las malas palabras.
Por empezar, nos enfrentamos a la trampa de la doble moral. Por nuestro entrenamiento para pretender alcanzar, como decía Antonio Gasalla en los sketches en que parodiaba a una periodista de televisión, “la real realidad”, nos parece que hay datos duros y otros no tanto. Las estadísticas en las que confían los ministros de Economía son datos con relativa mayor dureza y asidero empírico que, a priori, un relato fragmentario y contradictorio. Además, hay datos más –en apariencia, claro– objetivables a los que solemos creerles más que a las emociones. Cuando le preguntamos a alguien de qué trabaja, no vamos a ir al otro día a su empleo para contrastar si lo que nos dice es cierto. Lo mismo sucede con las estadísticas en las que confían, aunque no solo ellos, los ministros de Economía, que con prisa olvidamos los sesgos en las preguntas. Sin embargo, más fácilmente podemos cometer cierta injusticia de la dimensión emocional a la que le pedimos mayores pruebas de verdad para que las podamos incluir en nuestra investigación de manera contundente. Y, a veces, el riesgo es desestimarlas. Eso es lo que hizo el mismo Bourdieu (2002) para explicar el gusto de los sectores medios, que, desde su perspectiva, en realidad no les gustaba tanto un bien sino más la idea de separarse del horroroso gusto de los sectores populares. Tendría más asidero empírico una estadística de visitas al museo que la simple frase de “Me gusta esa obra de Picasso porque me conmueve”.
Este escollo se resolvería fácilmente al tratar de manera simétrica todas las “cosas” que conforman eso que llamamos lo social. Sin embargo, las emociones acarrean dos problemas más. Uno, tal vez por herencia del romanticismo, en torno a la pretensión de autenticidad. Se supone que las emociones, que sentimos profundamente, son reales y no las podemos asir tan fácil empíricamente. Es más, eso se convertiría en un agravio contra las bellas –y no tanto– sensaciones que flotan a borbotones de nuestro ser. Ese magma interno sería una especie de sinónimo de pureza de las emociones y cualquier intento de captarlas en categorías fijas las traicionaría. El romanticismo pasó, pero dejó sus huellas. Como sostiene Illouz (2019), la autenticidad de las emociones se ha convertido cada vez más en un justificador de la acción individual de las personas, con sus respectivos mandatos de discernir qué sentimos, cómo, y de qué modos podemos canalizar eso para vivir vidas más felices.
Ahora bien, eso no sería tan problemático si no fuera por el otro escollo: cómo llegamos a las emociones si solo contamos con palabras. La hiperinflación de las emociones que se da en ciertos ámbitos es tamizada en la investigación en ciencias sociales con el dilema de cómo acceder a ellas. Nuestra colega nos diría, entonces, cómo puede acceder a la confianza de los ministros de Economía en las estadísticas si solo cuenta con la dimensión oral, con lo que ellos le contaron o dijeron en medios de comunicación. Allí yace un error, focalizar en el adverbio solo. Al suponer que las emociones son puras e inasibles, y que cualquier forma de captarlas en palabras las corrompe, caemos en la trampa ontológica. Tal vez haya algo así como sustancias que diferencien las emociones entre sí –incluso que permitan distinguirlas de los sentimientos y los afectos–, pero la verdad es que es algo de menor importancia en este momento. Lo central es comprender que esa trampa ontológica nos conduce a concebir a las palabras como malas para poder acceder a la dimensión emocional. ¿Tendríamos que desarrollar otras estrategias, poner a la gente a bailar o dibujar, para poder acceder a eso real que sienten? Esa estrategia, que puede ser útil y divertida, por lo general termina en un momento en que les pedimos a esas personas que nos cuenten qué sintieron. Porque podemos ser muy progresistas con la metodología, pero a las palabras no les podemos escapar –este capítulo es una prueba de ello, al igual que todos los textos orales y escritos que producimos para comunicar nuestras investigaciones–. Entonces, la recomendación que le daríamos a nuestra colega es que, al igual que sus ministros de Economía con las estadísticas, ella también confíe en dicha confianza. Le advertiríamos, además, que no le tema a la dimensión emocional para hacer investigación en ciencias sociales y que las palabras no son tan malas para captarlas. Al contrario, pueden ser muy buenas aliadas para ello, siempre y cuando no caigamos en la trampa ontológica que hipervaloriza la autenticidad de las emociones a punto tal que nos lleve a la perplejidad cuando nos topamos con ellas. Lejos de ser malas, las palabras nos dan pistas para acceder a la vida social, en la que las emociones desempeñan un papel fundamental. Porque tanto unas como otras son vehículos que nos permiten conocer mejor el mundo, como veremos a continuación.
Metáforas, hipérboles y otros firuletes del lenguaje
En una nota al pie, Luc Boltanski, en El amor y la justicia como competencias (2000), atiende al lugar de las emociones en los pasajes de un régimen a otro, por ejemplo, del ágape a la violencia. Debido a su intensidad emocional, las emociones vendrían a ser las que permiten pasar de un modelo de organización de la acción a otro, en el que se sustentan diferentes valores. De manera retórica se pregunta: “¿Acaso no se dice que las emociones son ‘pasajeras’?” (2000, p. 140). Así, Boltanski recupera un aspecto clave de la dimensión emocional: su carácter de transportar hacia otro lado. Propongo que tratemos del mismo modo a las palabras, como vehículos que nos permiten llegar a destino para el estudio social de las emociones. Para ello, debemos captar sus movimientos.
Un recurso a mano que tenemos para poder avanzar hacia allí es adentrarnos en los diferentes recovecos que nos ofrece el lenguaje para describir, para pintar un cuadro más o menos definido de la acción. Una de las mejores herramientas con las que contamos son las metáforas. Estas trazan una relación de analogía entre dos ideas, estableciendo allí un parangón. Al recuperar la faceta relacional, las metáforas que se van dibujando devienen un elemento clave, y extremadamente rico, para captar las emociones. Volviendo a la hipotética confianza de los ministros de Economía en las estadísticas oficiales, podríamos preguntarles en caso de tenerlos en frente cómo caracterizarían esa confianza. Y, ya que estamos, ensayemos una también hipotética respuesta. Uno de ellos nos podría decir que sienten la misma confianza que sintieron cuando, ante una crisis con sus estudios universitarios, su madre le dijo que podría hacerlo porque ella estaba segura de que lograría concluirlos. Otro podría responder que es parecida, no tanto, pero se asemeja, a la que sintió cuando su esposa le dijo que lo acompañaría en su decisión de abandonar el trabajo en una consultora privada para dedicarse a la función pública; ambos se convencieron de que en conjunto sortearían los eventuales obstáculos. Ella, podría haber reforzado, le pidió que se quedara tranquilo, que ella estaba para acompañarlo.
Nuestra colega, con menos confianza que los ministros de Economía, la madre de uno y la esposa del otro, nos pediría un ejemplo concreto, que eso de la metáfora todavía le quedaba muy en el aire. Se atrevería a desafiarnos con un muy buen argumento: “Si se la dan de empiristas, denme casos concretos”.
Para mostrarle el punto en torno a la metáfora, le compartí el caso de un entrevistado de mi trabajo de campo exploratorio sobre amor entre varones gais[2]. Francisco era un joven meticuloso y ordenado que se encontraba de novio cuando lo entrevisté. Por eso, al reflexionar sobre su relación con Lucas, a la que sostienen con mucho cariño, la compara con otro ser que merece ser cuidado: una planta. Para Francisco, el amor es como una planta que necesita ser regada, abonada, cuidada, que se le cambie la tierra e incluso que se llegue a trasplantar. Este esquema del amor lleva a Francisco a pensar que, al igual que con una planta, para mantener viva la pasión y el afecto es necesario valerse de un trabajo diario, cotidiano. La metáfora del amor como una planta nos permite vehiculizar de mejor manera qué es ese amor, cómo se lo vive y qué cosas se hace por él. Lejos de ser tramposas y malas, nos ayudan a ver que Francisco subraya, al menos sobre este punto, parte de ese modelo de amor de construcción diaria que bien señala Swidler (2013) al contrastarlo con otro más de irrupción pasional.
De todos modos, las palabras nos permiten pasar por otros recursos para aproximarnos a la dimensión emocional. Cuando Elías comentaba una de sus historias de amor más importantes, la que protagonizó junto a Arturo, explicó que para él el amor debe ser intenso y vertiginoso. Y fue tan así que sentir las mariposas en la panza para describirlo no hacían justicia a lo que sentía. No, él ofreció una metáfora más potente. Tan potente que la exageración se emparenta con otra figura, la de la hipérbole. De acuerdo con Elías, estar enamorado sería sentir que en el interior de uno hay un líder sindical haciendo una manifestación o un piquete. ¡Vaya desplazamiento! A no ser que se tratara de una invasión de estos insectos, las mariposas que revolotean no le hacen ni un poquito de sombra a los bombos y cánticos con olor a choripán que experimenta Elías en su cuerpo cuando está enamorado. Podríamos aventurarnos y preguntarnos si el amor de Elías se mueve al mismo ritmo que las personas en las manifestaciones sindicales.
Sea como fuere, un último uso de las palabras para mostrarnos las emociones se relaciona con una especie de modalización, es decir, con una forma de introducir una apreciación en los enunciados. Una muy frecuente es la incorporación del extendido adverbio como. Si prestamos atención, este uso ya está presente en la metáfora de Francisco y en la hipérbole de Elías. Más allá de estos casos, en muchos otros ejemplos aparece el como modalizando el discurso y, al hacerlo, deja traslucir el pasaje emocional y su costado vehiculizante.
La última pregunta que podría formularnos nuestra colega es: “¿Qué hacemos, nos quedamos entonces con el nivel discursivo?”. La sonrisa picarona de su interrogante arrastra un último sesgo: la idea de que, como solo podemos acceder al discurso, nuestro análisis debería limitarse a las estructuras narrativas, a los modos en que se construyen los relatos y la forma que estos adquieren y no tanto a su contenido. Nuestro as bajo la manga para responder a esta crítica consiste en, valiéndonos de las metáforas, ofrecer una más para sintetizar nuestro estudio y reforzar la apuesta de que a partir del discurso podemos llegar a las experiencias, o que las formas no anulan los contenidos. Las emociones, como el amor, pueden ser pensadas como el agua[3], a la que por más que intentemos agarrar con nuestras manos, nunca podremos sostener. Eso no quita que no queden rastros de ellas, como las gotas de agua que mojan, por más o menos tiempo, algunas partes de nuestras manos. Como los rastros de alguna salpicadura, las palabras y sus firuletes se convierten en esos vehículos que nos permiten acceder a la dimensión emocional. Y, como buen transporte, su trayecto dura un rato.
Conclusiones: una rica pragmática de las emociones
A lo largo de estas páginas, propuse formular una respuesta, más o menos ordenada, que le sirva a nuestra hipotética colega sobre cómo trabajar con la dimensión emocional en nuestras investigaciones en ciencias sociales. No se trata de una respuesta definitiva, absoluta y totalizante. Es más, tal vez nuestra colega se sienta defraudada porque había pensado encontrar la llave que le permitiera decir: “Ah, ahora sí sé qué hacer con las emociones de los ministros de Economía”.
Espero no haberla decepcionado y que este texto les ayude a ella y a otras hipotéticas colegas que se acerquen a pispear cómo venimos haciendo quienes hace un tiempo estudiamos cuestiones en que las emociones son centrales. La idea nunca fue proponer un decálogo de pasos por seguir ni un exhaustivo manual de instrucciones que tal vez, aunque no estoy muy seguro de eso, sirvan para estudiar otro tipo de fenómenos. Le ofrecimos, en cambio, una suerte de pistas o tips para prestar atención y que le sirvan para restituir la centralidad que las emociones tienen en la acción de las personas. Tal vez el único consejo que le pueda dar, que es cierto que puede ser la peor recomendación, es que se relaje y se deje llevar por su intuición para captar esa dimensión que nos invita a recordar que, con y por ellas, las personas van moviéndose.
Dicho movimiento, a su vez, permite considerar otro aspecto para nada menor. No es solo en el ámbito de la intimidad o en las relaciones típicamente emocionales –como los vínculos de pareja, de amistades o entre familiares–, que hay leña para cortar sobre este punto. Así como hay una rica serie de indagaciones que nos invita a ver cómo en el ámbito familiar se producen transacciones económicas (Zelizer, 2009) y negociaciones en torno al valor del tiempo de unas y otros (Hochschild, 2012b), podemos encontrar emociones en diferentes ámbitos. Por ejemplo, en el espacio de trabajo a partir de la solidaridad que se produce entre colegas y el odio que se le tiene al jefe. O en ámbitos político-administrativos, como puede ser un ministerio de Economía.
Sin embargo, eso no nos debe hacer creer que solamente hay emociones ni que importan todo el tiempo. Dejémonos llevar por las emociones, sí, pero tan lejos como ellas nos permitan. Forzar la dimensión emocional de las cosas puede ser tan costoso como negarlas. De allí que el equilibrio se base en una solución práctica: desarrollemos una pragmática de las emociones. Sin exagerar ni sobreactuar sensiblería, podemos conducir exquisitas investigaciones en ciencias sociales que coloquen a las emociones en su punto exacto, y que le dan el espacio suficiente para que desplace las acciones de las personas.
Me disculpo por mi insistencia, pero me gustaría concluir con otra analogía. Hemos escuchado muchas veces esta trillada –y no por ello menos certera– idea en torno a la cocina de la investigación. Bueno, valiéndome de esa propuesta, y por tener debilidad por lo dulce –como la encargada de un edificio en el que vivía describió a las hormigas que enloquecían con cualquier rastro de azúcar que quedaba en la mesada–, propongo que una pragmática de las emociones sería como preparar un postre, como la chocotorta o el turrón de avena. Por un lado, no se trata de preparaciones de pastelería que requieren un nivel de precisión exhaustivo en cuanto a cantidades. Cuando le pregunto a mi mamá cómo hace el turrón de avena, responde que va viendo más o menos cómo queda. Lo mismo con el estudio de las emociones, vamos viendo cuándo y cómo están. Por otro lado, la calidad de los postres se produce al dejarlos reposar una cantidad de tiempo en la heladera. Bueno, con las emociones pasa algo similar, no nos debe ganar la ansiedad por estudiarlas de manera inminente. Por último, lo rico del postre se puede medir a partir de las migajas que quedaron en la fuente, de sus rastros. Como con las emociones. Por eso, pongamos a prueba esta rica pragmática de las emociones, que, si no sirve, al menos ayudó a saciar el antojo de lo dulcito.
Bibliografía
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- No es Hochschild la única que considera la emoción como un objeto digno de análisis socio-antropológico.↵
- Los siguientes relatos se encuentran más desarrollados en Marentes (2019).↵
- Esta analogía, para el caso del estudio del amor realmente existente, se desarrollo con mayor profundidad en Marentes (2022).↵








