Guardaparques y el control
de especies “invasoras”
José Garriga
En 1946, en la isla de Tierra del Fuego, con objetivos comerciales de la industria peletera se introdujeron castores, un animal exótico. El emprendimiento no prosperó, los castores quedaron libres e iniciaron un rápido proceso de expansión. El castor se transformó en un grave problema para los bosques fueguinos. Los diques construidos por los castores producen inundaciones que ahogan a los bosques y generan un desastre ecológico. Nos interesa en estas páginas analizar las interpretaciones de los guardaparques sobre las especies invasoras para comprender cómo se debe cuidar la “naturaleza”. Con este objetivo, primero analizaremos cómo los guardaparques piensan su trabajo[1], para luego analizar cómo representan a las especies exóticas, en especial el castor. Nos interesa abordar cómo se interpreta y cómo los guardaparques viven el hecho de tener que matar castores para proteger la “naturaleza”. ¿Qué sentimientos despierta la “obligación” de matar? Finalizaremos reflexionando sobre el Estado, el cuidado y la muerte.
1. Cuidar y controlar
Tomo un café con un guardaparque –ya retirado– en un bar en Ushuaia. Un bar pintoresco en una ciudad bellísima. Trabajó durante muchos años en el Parque Nacional Tierra del Fuego y ahora está jubilado. Afable y de sonrisa fácil, rememora tormentas de nieve que lo dejaron aislado, excusiones por las montañas y el maltrato de los turistas. Entre otras cosas, recuerda el trabajo con fauna invasiva y exótica, habla de castores, de la necesidad de “controlarlos” para que no “rompan” el ambiente. Dice que no le gustaba pero que había que hacerlo, que es parte de sus tareas laborales. Una pregunta surge de esta incomodidad: ¿para cuidar hay que matar? En estas páginas analizaremos esta tensión –¿es una tensión?– para reflexionar cómo se (re)construye la dicotomía naturaleza-cultura, cuál es el rol del Estado en esta reconstrucción y cómo aparecen las sensaciones al “matar” de los guardaparques.
En 2019 inicié un trabajo de investigación con guardaparques[2]. Mi autorrelato sostiene que, un tanto cansado de trabajar el tema de las violencias, como lo había hecho desde 1999 con barras bravas y desde 2009 con policías, quería habilitar una línea de trabajo “más relajada”; no suspender las otras, sino abrir unas “vacaciones” para con la construcción de datos atestados de tiros, muertes y heridos. Para ello, viajé tres veces en 2019 hasta Tierra del Fuego y comencé a analizar las concepciones acerca del ambiente, la naturaleza y la cultura con los trabajadores del Parque Nacional Tierra del Fuego (de acá en adelante PNTDF). La pandemia, luego, haría su trabajo para cortar y modificar esta incipiente investigación. Sin embargo, al poco tiempo de incluirme en la investigación con guardaparques, las armas, los tiros y la muerte aparecieron nuevamente.
El personal que trabaja en el PNTDF es poco numeroso, alrededor de 30 personas en total, por lo que pude ir conversando con diferentes actores: con el intendente del parque, con el jefe de guardaparques, con varios y varias guardaparques con mucha antigüedad e incluso con guardaparques retirados que son considerados referentes para sus colegas. En las entrevistas y charlas con ellos y ellas me interesaba conocer cómo representaban su trabajo para comprender desde su mirada las concepciones de cultura y naturaleza. Partía de una hipótesis. Con raíz en la dicotomía clásica naturaleza-cultura, el trabajo del guardaparque era un trabajo de “cuidado”. La modernidad separó la naturaleza de la cultura, construyó una frontera (Descola, 2005; Latour, 2004). La razón moderna concibió a la naturaleza como externa, inerte y pasiva. La escisión aseguraba el dominio de la razón sobre la naturaleza. El conocimiento científico y el descubrimiento de “las leyes de la naturaleza” definieron una jerarquía y legitimaron así un dominio. Por ello, desde entonces, la naturaleza debe ser cuidada y protegida, su pasividad habilitó el cuidado. Lo pasivo habilita una forma determinada de intervención.
En estas páginas –continuando con esa línea reflexiva– nos preguntamos qué pasa cuando para cuidar a “la naturaleza” hay que matar a la “naturaleza”. Nos interesa adentrarnos en esta cuestión. Tomaremos el caso de los castores en el PNTDF, analizando desde la óptica de los guardaparques[3] la representación de estos animales y su peligro. Los castores fueron introducidos en la isla de Tierra del Fuego en 1946 con objetivos comerciales de la industria peletera. El emprendimiento no prosperó y los castores quedaron libres e iniciaron un rápido proceso de expansión, al no tener predadores. La expansión del castor es un grave problema para los bosques fueguinos. Los diques construidos por los castores producen inundaciones que ahogan a los bosques y generan un desastre ecológico.
Analizaremos, entonces, las interpretaciones de los guardaparques y las representaciones en el centro de interpretaciones del PNTDF sobre las especies invasoras para comprender cómo se debe cuidar la “naturaleza” de la “naturaleza”. Con este objetivo, primero analizaremos cómo los guardaparques piensan su trabajo[4], para luego analizar cómo representan a las especies exóticas, en especial el castor. Nos interesa abordar cómo se interpreta y cómo los guardaparques viven el hecho de tener que matar castores para proteger la “naturaleza”. ¿Qué sentimientos despierta la “obligación” de matar? ¿Cómo se gestionan estos sentimientos? Encontramos una tensión entre matar y cuidar que será analizada a partir de las trampas que alimenta la dicotomía naturaleza-cultura. Finalizaremos reflexionando sobre el Estado, el cuidado y la muerte.
2. Guardaparques
En la Argentina, los parques nacionales fueron creados como estrategias estatales para la consolidación territorial. Desde 1903, los parques nacionales constituyen, en gran medida, iniciativas para extender el ejercicio del poder estatal en lugares recónditos del extenso territorio del país. En 1928 se creó el Cuerpo de Guardaparques, otra iniciativa que estaba orientada en la misma línea.
Con esta impronta estatal se crea en 1960 el Parque Nacional Tierra del Fuego mediante la ley 15554, con una superficie de 68.909 hectáreas. El PNTDF, radicado en el extremo suroeste del territorio argentino, en la Isla Grande de Tierra del Fuego, limita con Chile. Los problemas limítrofes han sido objeto de disputa entre ambas naciones desde 1881, cuando se firmó el primer tratado de límites hasta el Conflicto de Beagle que culminó en 1978. El PNTDF, en tanto área fronteriza, constituye una de las varias intervenciones geopolíticas del Estado nacional al calor de este conflicto limítrofe, como lo son también la instalación del penal en Ushuaia en 1904, la radicación de la Base Naval en el mismo predio en 1950 y la implementación del régimen promocional (ley 19640) en 1972, que afecta a todo el territorio de la actual Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (Van Aert, 2013; 2016).
Hasta aquí hemos narrado cómo el Estado hizo de los parques nacionales una política de consolidación territorial. Ahora nos toca presentar cómo representan los guardaparques su trabajo[5]. Para nuestros interlocutores, “ser guardaparque es un estilo de vida”, nos decía uno de nuestros entrevistados. ¿Qué significa esto? Podríamos resumir en ocio más “naturaleza”. Los guardaparques entienden que en su trabajo realizan tareas similares a las que les gusta realizar en su tiempo libre. Esquí, montañismo, senderismo y pesca deportiva, entre otras, son las actividades que mencionan los entrevistados sobre sus actividades predilectas. Estas actividades se articulan con la preferencia o el deseo de vivir cercanos a “la naturaleza”.
Entonces, la referencia de los guardaparques a su trabajo como “un estilo de vida” se caracteriza por vivir cerca de “la naturaleza” y disfrutando de las “actividades al aire libre”. Además, asocian su trabajo a un compromiso con la conservación de “la naturaleza”, una lógica donde la noción de conservación se convierte en cuidar. Conserva es cuidar.
Ahora bien, cuando les preguntamos a los guardaparques por sus tareas hablan de que son “una navaja suiza”, en referencia a la multiplicidad de tareas que realizan. Con la idea de navaja refieren a una herramienta que tiene diferentes funciones; sin embargo, nuestros interlocutores señalan una de sus funciones como la más importante: el cuchillo. Son una “navaja suiza”, pero la función más importante que realiza un guardaparque es la de control y vigilancia.
“Somos botones”, nos repetía un entrevistado. Esta función de vigilancia se encarna en acciones concretas como controlar el comportamiento de los turistas, fiscalizar concesiones a empresas de turismo, acompañar controles de tránsito, labrar notificaciones y multas y patrullar las instalaciones del parque, entre las más comunes. Entre las referencias más destacadas vale mencionar la de un guardaparque que aseguraba que su trabajo “es principalmente policial”. Entonces, existe un total acuerdo entre los trabajadores del PNTDF sobre que las actividades de control y vigilancia social son las más importantes y las que más tiempo demandan por la gran afluencia de turistas que recibe esta área protegida.
3. Cuidar y controlar: “especies invasoras”
El control ecológico es otra de las tareas de los guardaparques en el PNTDF. Controlar es reducir las poblaciones de plantas y animales exóticos, de las especies invasoras. Entre las especies que se deben controlar están el castor, el conejo europeo, el salmón, el alga “moco de la piedra” o didymo y el visón. Además, se debe vigilar a los animales domésticos de campos vecinos que ingresan y destruyen el hábitat.
“Controlar” es un eufemismo para matar. Controlar puede traer muchas resistencias. Las ideas de conservación de los guardaparques y las nociones del sentido común colisionan. ¿Cómo matar un castor puede ser cuidar la naturaleza? La campaña de erradicación del castor tiene grandes cuestionamientos. Este mamífero, simpático y de apariencia inofensivo, no parece un problema mayúsculo que deba ser exterminado. Además, lo pintoresco del castor lo transforma en un importante recurso turístico de la provincia. Por ello, las campañas para legitimar el control de “especies invasoras” hacen hincapié en cuidar la naturaleza.
¿Qué es, entonces, una especie invasora? Podemos definir así a los animales introducidos por el hombre que desequilibran el medio ambiente. La aparición de las especies introducidas por el hombre que ponen en peligro el hábitat es una muestra cabal de la tarea del guarparque: conservar la naturaleza. En este caso, el riesgo no es la depredación de los bosques ni la contaminación. Los riesgos son animales que pueden modificar el hábitat.
Vayamos, para observar cómo se representa a los animales introducidos, a la sala de interpretaciones del PNTDF. La sala es un instrumento de la administración del parque para construir una forma de ver la relación naturaleza-cultura[6]. ¿Cómo aparecen representados los castores en esta sala? Los castores son presentados como “simpáticos pero problemáticos” y enumera los riesgos del accionar de estos mamíferos sobre los bosques nativos.
Me interesa traer la noción de cuasi naturaleza (Videla, Melotto y Garriga, 2021) para reflexionar sobre la representación de estas especies “naturales” que son interpretadas más cerca de la cultura que de la naturaleza. Al ser introducidas por el hombre, estas especies no son definidas como “naturaleza”. La noción de cuasi naturaleza es deudora de Latour (2004) y del concepto de cuasi objeto. Para Latour, la modernidad es un sistema clasificatorio que configuró la disociación de naturaleza y sociedad. Disociación que nunca fue real y por ello titula a su obra Nunca fuimos modernos. Un sistema de clasificación imperfecto, habitado por híbridos. Latour nombra cuasi objetos a estos híbridos, los que no tienen un espacio definido, no son del todo sujetos ni del todo cosas. La noción de cuasi naturaleza toma esta idea de cuasi objetos, y nos permitirán iluminar/analizar, por sus imperfecciones, las operaciones de separación de la naturaleza y la cultura. El castor es un representante de la cuasi naturaleza, difícil de clasificar. Es parte de la naturaleza, pero incluido en estos ambientes por la cultura. Recordemos que los castores fueron introducidos por el hombre y su accionar es devastador para la “naturaleza”.
Miremos cómo se refieren a estos animales en los folletos que se entregan al ingresar al PNTDF:
Existen también algunas especies de animales introducidas por el hombre hace varias décadas con fines económicos como el conejo europeo, el castor, la rata almizclera y el zorro gris. Estas especies se asilvestraron en un medio que no estaba preparado para soportarlas y por tal motivo algunas de ellas han causado algunos impactos muy serios en el paisaje natural. Un buen ejemplo de ello se observa en las áreas afectadas por las colonias de castores.
Es necesario resaltar la representación de estas especies como invasoras, introducidas. Al ser especies invasoras, son cuasi naturaleza, dominan el territorio de las especies nativas y las ponen en “riesgo”. Los “impactos serios” sobre el paisaje, como dice la folletería, contribuyen a la legitimidad del “control”. Se construye una representación negativa que participa del juego de validar las acciones sobre los castores.
Observamos que los animales introducidos aparecen como una de las justificaciones de la existencia del parque nacional. Por su parte, la folletería que se entrega a los visitantes señala que el parque “protege” 68.909 hectáreas, la noción de protección señala el riesgo potencial y la necesidad del Estado de conservar. Hay que controlar al castor. Pero también cuidar a las especies nativas, las no introducidas. ¿A quién hay que cuidar? Los visitantes del parque reciben al abonar el ingreso un folleto sobre el huillín, una especie de nutria que habita el parque nacional y se encuentra en peligro de extinción. El PNTDF, según la folletería, protege el hábitat costero y asegura la conservación de esta especie. Sostiene que se dedican recursos para su estudio y conservación. Los castores “simpáticos pero problemáticos” son la contracara del huillín, que, dada su fragilidad, necesita ser conservado.
Además, el castor, al ser introducido, es un ejemplo de lo inclasificable, de lo que pone en peligro el paisaje. Por el contario, el huillín es sin dudas un ejemplo de la “naturaleza”, de lo que debe ser cuidado. A uno se lo controla y al otro se lo cuida.
4. Matar, controlar, cuidar
Ahora bien, nos interesa analizar cómo interpretan nuestros entrevistados su trabajo de “control”, el trabajo de matar castores. Respecto al control de los castores como especie invasora, los guardaparques entrevistados sostienen que es un “obligación” dentro de sus funciones, que es lo que “hay que hacer”. Una obligación. Además, entienden y usan como argumento para legitimar ese “control” una sentencia, para ellos, fundamental: los castores están destruyendo el parque y la isla. La sentencia es incuestionable: las muestras de la destrucción ambiental son visibles. Las castoreras están modificando el paisaje, están destruyendo los bosques.
Una vez al año, los guardaparques monitorean las colonias de castores dentro del parque. Si hay colonias activas en zonas que quieren recuperar o proteger, se procede a poner trampas para controlarlos. Sucede que en muchos lugares no se puede poner trampas porque ellas atraparían también al huillín. Cuando no se puede poner trampas para los castores, se los controla con armas de fuego. Es parte de un trabajo físicamente exigente por las inclemencias climáticas esperar a los castores y dispararles. Los guardaparques aquí empiezan a señalar algunas cuestiones que deseamos remarcar. Nuestros interlocutores señalan que hay que controlar al castor, pero no es lo mismo matar con una trampa que con un disparo. Poner la trampa y encontrar el animal muerto despersonaliza el acto de matar y no genera entre los guardaparques tantos sentimientos encontrados como dispararles. Hay que matar a los castores, pero las formas de matarlos señalan diferencias.
Por otro lado, quiero retomar la “simpatía” del castor para señalar otra complejidad del “control”. Matar a un animal “simpático” no es lo mismo que matar a animales antipáticos. Para iluminar este punto, quisiera reflexionar sobre el control del salmón chinook. Las tareas de control que hacen los guardaparques del salmón chinook se viven como experiencias emocionantes y no como una “obligación”. Este tipo de salmón es también una especie introducida que tiene efectos devastadores sobre el hábitat. Guardaparques que pescan enormes salmónidos y disfrutan de estas excursiones. Controlar especies como el salmón chinook no se siente como una “obligación”: está vinculado al disfrute, a las actividades que les gusta realizar a los guardaparques.
Dos cuestiones para reflexionar sobre estos puntos. La primera tiene que ver con la representación del castor como alimento. El control sobre el castor ha intentado legitimarse haciéndolo un elemento alimenticio. Sin mucho éxito, en la isla se habla del castor como alimento para poder hacer así más legítima su caza. Matar algo comestible da sentidos diferentes a la muerte. El salmón chinook se come. Son peces enormes que pueden pesar más de 15 kilos. Por ello, los guardaparques viven esas excursiones de control con placer y sin remordimientos, sin sentirlos como una “obligación”.
La segunda cuestión señala que el castor aparece como un animal más cercano a la cultura y eso dificulta su control. ¿En qué radica la simpatía? Son “simpáticos” porque son mamíferos y se parecen mucho a algunos animales domésticos que son parte del universo de la cultura. Así, los guardaparques están “obligados” a matar estos animales que, al ser híbridos, cuasi naturaleza, están más cerca de la cultura que los animales posibles de ser clasificados dentro de la naturaleza.
Siguiendo a Hochschild (2008), podríamos decir que los guardaparques realizan una gestión de sus emociones. Según la autora norteamericana, la gestión emocional es la acción de ubicar los sentimientos existentes en relación con las reglas sociales que regulan las emociones. El manejo de las emociones intenta articular las emociones en consonancia con las reglas sociales. Entonces, las emociones del matar se ajustan –con una gestión imperfecta– a las reglas sociales cuando transforman las prácticas del control en cuidado. Hochschild (2008) señala que las reglas y normas sociales tienen una función normativa, que regulan la exhibición de las emociones. La autora sostiene que las reglas del sentimiento definen lo que deberíamos y no deberíamos sentir. Así, las emociones son definidas por los contextos socioculturales, y los guardaparques se encuentran entre dos sentidos: cuidar y matar. Para manejar sus emociones, los guardaparques piensan al control como cuidado y no vinculado al “matar”. Dado que las reglas sociales dicen que cuidar está bien y matar está mal, los guarparques presentan sus emociones ajustadas a la lógica del cuidado.
Retomemos. La noción nativa de “obligación” puede ser interpretada en línea con lo que Castilla (2017) analiza en su trabajo sobre el uso de la violencia entre madres de sectores populares. Castilla muestra cómo las madres usan la violencia con sus hijos para prevenir males mayores. Así, una cachetada es una herramienta de las madres, una herramienta legítima. De esta forma, las madres pueden tener prácticas que testigos definan como violentas pero que para ellas no lo son, son acciones que tienen como objeto proteger a sus hijos. Por ello, la violencia puede ser una práctica de cuidado. La legitimidad para con el uso de la violencia esquiva toda definición estigmatizante. En otros trabajos, hemos abordado que la legitimidad (Garriga, 2017) es un eje central para reflexionar sobre las violencias. Dado que lo que se define como violencia es un campo de disputas por los sentidos de las acciones –disputas entre los ejecutores, receptores y testigos–, la cuestión de lo legítimo es importantísima. En el caso de los castores, los guardaparques entienden a sus prácticas como legítimas, ya que están así conservando los bosques. Algunos testigos pueden cuestionar las tareas de control y usan el verbo “matar”. Los guardaparques, dada la legitimidad de sus acciones, hablan de “control” y de “obligaciones”, y en general esquivan el verbo matar, dando cuenta de la legitimidad de sus acciones.
Consideraciones finales
Dos cuestiones finales a modo de cierre. Primero, observamos que la creación de áreas protegidas estaba impulsada, en un primer momento, por la necesidad de consolidación de soberanía territorial por parte del Estado (Oyola-Yemaiel, 2000; Reboratti, 2000). En los últimos años, el conservacionismo y el turismo empiezan a ser dimensiones cada vez más relevantes para legitimar la intervención estatal en áreas protegidas. Con el advenimiento de las crisis ambientales, la demanda del Estado protector aumenta. Ahora bien, las formas de clasificación del Estado, de protección de una naturaleza pasiva por parte de la cultura, reproduce una lógica dicotómica. La dicotomía naturaleza-cultura, que hace agua con los híbridos acá señalados, refiere indirectamente a la tensión entre turismo y conservación. Sin quererlo, el PNTDF se transforma en una atracción turística por la existencia de castores en América del Sur. La tensión entre turismo y protección repone la dicotomía naturaleza-cultura y nos obliga a pensar en la necesidad de pensar zonas de protección que estén más allá del turismo. Si las jornadas laborales de los guardaparques se basan en el trabajo con los turistas, poco tiempo les queda para la conservación.
Segundo, los sentidos de “obligación” de los guardaparques, al tener que matar castores, ponen en evidencia la diferencial relación que existe de la cultura con la “naturaleza”. Hay animales que son parte de la “naturaleza” y otros que son difíciles de clasificar. Para con los difíciles de clasificar, consideramos que matarlos es dificultoso de incluir en la idea de cuidado. Cuidar y matar parecen verbos imposibles de articular. En estas páginas nos interesó, entre otras cosas, exhibir las tensiones que viven los guardaparques en estas tareas de control. Tensiones emocionales resultado de las construcciones sociales del matar y de la representación del castor como un animal inclasificable. Por estas razones, el control y el cuidado de estos animales aparecen para los guardaparques como “obligación”. La dicotomía naturaleza-cultura alimenta aquí una complejidad que repercute negativamente en las posibilidades de conservación.
Bibliografía
Castilla, María Victoria (2017). “Maternidad, cuidados y castigos en barrios marginales y vulnerables de Buenos Aires”. Runa, 38, pp. 37-51.
Descola, Philippe (2005). “Más allá de la naturaleza y la cultura”. Etnografías Contemporáneas, 1, pp. 93-111.
Erize, Francisco; Canevari, Marcelo; Canevari, Pablo; COSTA, Gustavo y Rumboll, Mauricio [1981] (1993). Los parques nacionales de la Argentina y otras de sus áreas naturales, Madrid. Editorial El Ateneo.
Garriga Zucal, José (2016). El verdadero policía y sus sinsabores. Esbozos para la interpretación de la violencia. EDULP, Buenos Aires.
Hochschild, Arlie (1983). La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y el trabajo. Buenos Aires: Katz Editores.
Oyola-Yemaiel, Arthur (2000). The Early Conservation Movement in Argentina and the National Park: A Brief History of Conservation, Development, Tourism and Sovereignty. Estados Unidos: Dissertation.com.
Reboratti, Carlos (2000). Ambiente y sociedad. Conceptos y relaciones. Buenos Aires: Ariel.
Van Aert, Peter (2016). “The Beagle Conflict”. En: Island Studies Journal, University of Prince Edward Island, Vol. 11, N.°1, pp. 307-314.
Van Aert, Peter (2013). “Tierra del Fuego”. En Baldacchino G. (ed.), The Political Economy of Divided Islands. International Political Economy. Londres: Palgrave Macmillan. En línea: https://tinyurl.com/bdevrdub
Videla, Victoria; Melotto, Mariano y Garriga Zucal, José (2021). “Entre la ‘cultura autóctona’ y la naturaleza introducida: nociones de conservacionismo en el parque nacional tierra del Fuego”. Estudios sociales.
Videla, Victoria; Melotto, Mariano; Garriga Zucal, José y Van Eart, Peter (2022). “’Una navaja suiza’. Sentidos y prácticas en torno al trabajo de guardaparques en el Parque Nacional Tierra del Fuego”. Trabajo y sociedad, 39, pp. 393-414.
- Además del trabajo de campo que realicé en varias visitas a la isla, el equipo de investigación dirigido por Melotto realizó entrevistas a los guardaparques.↵
- Este trabajo surgió en el marco de un Proyecto de Investigación y Desarrollo de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, titulado “Conservar la naturaleza”: una etnografía sobre el Cuerpo de Guardaparques Nacionales en el Parque Nacional Tierra del Fuego, que dirige el Dr. Mariano Melotto.↵
- Hemos optado por pluralizar en masculino para agilizar la lectura.↵
- Además del trabajo de campo que realicé en varias visitas a la isla, el equipo de investigación dirigido por Melotto realizó entrevistas a los guardaparques.↵
- Para ampliar este tema, ver Videla, Melotto, Garriga Zucal y Van Eart (2022).↵
- Para ampliar ver Videla, Melotto y Garriga Zucal (2021).↵








