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De fugas y otros desafíos: agencia y sentimientos de niños, niñas y adolescentes frente a la disciplina asilar y la colocación

Buenos Aires, 1920-1948

Mariela Leo

Desde que en 2008 el primer número de la revista The Journal of the History Childhood and the Youth publicara los controversiales artículos de Mary Jo Mayne y Steven Minz, la cuestión de la agencia infantil ha sido motivo de debates metodológicos e historiográficos. Ambos planteaban el problema de concebir, observar y analizar la agencia infantil como análogo al que había enfrentado la historia de género, y proponían que se debía apelar a similares métodos: reconocerla escondida en las actividades cotidianas, desafiando la visión hegemónica que tendió a concebir al cambio histórico como resultado de las acciones públicas de los hombres poderosos (Mayne, 2008, p. 114).

Aquel desplazamiento metodológico vino acompañado de un creciente interés por la dimensión sentimental de la experiencia histórica de los sujetos. Siguiendo el camino señero que la riqueza de estos cruces aporta al conocimiento de nuestro pasado[1], mi propuesta analítica retoma el proceso de formación y cambio de las construcciones culturales en torno de la infancia reponiendo de qué manera las familias y los niños de las clases populares experimentaron y respondieron al creciente avance del poder de intervención del Estado en la regulación de la vida familiar durante un período signado por profundos cambios sociales, económicos e institucionales. Este abordaje apunta a analizar el impacto que esas intervenciones tuvieron en la vida concreta de los niños −y los adolescentes− y de sus familias; de qué manera circunscribieron sus acciones y, fundamentalmente, qué significado les dieron a estas.

Es ciertamente un camino complejo pues, como plantea Mayne, pensar la experiencia de los niños, niñas y adolescentes presenta una versión exacerbada del problema general de la “historia desde abajo”. En primera instancia, está el inconveniente metodológico de que pocas fuentes hablan de la experiencia directa de los sectores subalternos, menos aún de sus sentimientos. Nuestra imagen del pasado está marcada por las agendas y perspectivas de los burócratas y las élites. Y aunque debemos considerar el peso de los discursos de las autoridades y otros actores en el proceso de inscripción de los niños en el universo social, tampoco debemos olvidar que tales discursos son problemáticos, y están asociados a particulares formas y nociones de lo privado y lo público. El segundo problema es aún más profundo y se desprende del intento por determinar los límites de la agencia y establecer la intencionalidad de las acciones: la relación entre subjetividad y agencia no es tan transparente como a veces se pretende. Todos los sujetos actúan siempre desde una autonomía relativa, nunca desprovistos de marcos que regulan, ponen límites y adecúan sus opciones, siempre atravesados por relaciones sociales e instituciones (Mayne, 2008, p. 118). Finalmente, una tercera cuestión es la de la definición misma de lo que constituye la experiencia, en particular la dificultad de asir sus aspectos emocionales y afectivos, sin los cuales es imposible su comprensión.

Animada por estos desafíos, mi apuesta es recuperar los tránsitos institucionales de niños, niñas y adolescentes que atravesaron una porción o todo ese período de su vida fuera de un marco de cotidianidad familiar[2], con la mirada puesta en las negociaciones, intercambios y resistencias que emergían frente a las decisiones que los adultos tomaban y al disciplinamiento que se imponía y se regulaba en y a través de estos espacios.

Siguiendo la línea de Joan Scott, entenderé experiencia no como aquello que nos sucede a los individuos, sino como lo que nos constituye en tanto sujetos (Scott, 2001 [1991], p. 50), un sentido de la experiencia que retoma y amplía la línea de Thompson, dándole importancia a la dimensión emocional, que es al mismo tiempo anterior y resultado de las normas culturales (valores, obligaciones familiares, discursos dominantes) e integra los múltiples cruces relacionales. Esto es las relaciones de género, clase y edad en cuya intersección la experiencia se configura y la identidad de los sujetos se constituye, de una forma que no es esencial y definitiva, sino inestable, aprendida, individual y colectiva al mismo tiempo, históricamente variable.

En estas líneas analizaré entonces la experiencia asilar abordando dos situaciones. Primero, la de aquellos que frente a la ausencia o el borramiento de las familias de origen entraban en diversas formas de circulación articuladas por la Sociedad de Beneficencia de la Capital (en adelante SBC). Segundo, abordaré la experiencia que vivieron los niños, niñas y adolescentes cuyas familias sostuvieron el contacto e intentaron negociar los términos de su permanencia.

Con este tipo de preocupaciones en mente, me dispongo explorar a partir de cartas, informes de asistentes, registros de visita y actas de Defensorías de Menores de la Capital correspondientes al período 1920 y 1946[3] de qué forma niños, niñas y adultos responsables de su cuidado desplegaron una serie de gestos que expresaron la articulación entre afectos y agencia. Sostengo que afectos y agencia se encuentran mutuamente implicados en la constitución de la experiencia. Entiendo por agencia a la posibilidad, con sus limitaciones, de actuar sobre las condiciones y las circunstancias vividas en estos tránsitos. Y considero a los afectos como esa capacidad universal de sentir y expresar el mundo interno, esa compleja zona de impulsos que se manifiestan y articulan en la experiencia social de las personas (Bjerg, 2020). Finalmente, considero que estas expresiones encontraban en el lenguaje un vehículo que hace de las cartas una vía de acceso privilegiada al carácter de los vínculos afectivos que se tejían en estos contextos (Lobato, 2011). Guían mis preocupaciones las siguientes preguntas: ¿cómo se articularon los cambios en los discursos públicos sobre la infancia, la entrega y la colocación, con los intercambios que moderaron la relación entre institución, los niños y familias tanto de origen como “de guarda”? ¿En qué medida la cristalización de la moderna sensibilidad respecto de la infancia condensó la expresión afectiva que atravesaba dichos intercambios?

Desde la perspectiva de los afectos, exploraré el trabajo emocional y relacional desplegado por adultos y pequeños en su tránsito por el asilo: las negociaciones intrafamiliares por la salida, las presiones de los niños y las múltiples formas de expresar descontento o agradecimiento y el constante recordatorio de “portarse bien” para ser alguien en la vida. Analizaré así la forma en que la pedagogía sentimental que la institución desplegaba y que fue constitutiva del gobierno de la infancia y la familia intentó componer una emocionalidad prescripta, permeando las expresiones de aquellos afectos (Stoler, 2004).

Lo anterior no implica que aquella pedagogía operara sobre la nada. Parto de la idea de que mientras la institución intentaba moldear aquellos afectos entendiéndolos en clave de acciones concretas que demostraran en los adultos interés y en los niños gratitud y obediencia, las familias y los niños actuaban más allá (y más acá) de aquellos límites. Expresaban y canalizaban sus afectos con finalidades que excedían la performatividad del interés, procurando cementar vínculos y expresar desacuerdos, y desplegando un acervo moral y sentimental propio.

La rebeldía pasiva de Estela

El 24 de abril de 1933, la Defensoría de Menores a cargo de D. Juan Manuel Terrero escribía a la SBC para solicitar la internación de Estela[4], de 12 años, de cuyos padres se desconocía su paradero. Ingresada a la Casa de Huérfanas tres meses después, Estela era una asilada “grande”, y su recorrido institucional, en virtud de su edad y de la ausencia de una familia de origen, estaba prefijado[5].

Así, Estela pasa colocada hasta los 15 años en casa de las hermanas Gonzales. Los primeros años, las patronas están “satisfechas porque es una niña bien educada y muy seria”. Pero en la primavera de 1936, algo cambia. El 20 de septiembre Edith Hurtley dejaba asentado que la guardadora había llamado a la SBC:

pidiendo una visitadora porque deseaba comunicar […] que la menor continúa observando muy mala conducta, especialmente por terca, contestadora, caprichosa y embustera. También se había enterado por personas de la vecindad que la niña acepta los galanteos de un hombre sin trabajo y de aspecto sospechoso y que aprovechaba los mandados a la calle para conversar con él[6].

Si en el caso de Estela la entrada a la adolescencia pudiera ser explicativa del cambio de actitud reportado por sus guardadoras, los libros de registro de la SBC y una multitud de informes nos disuaden de ello. Aquellos cuatro apelativos aparecen siempre que los patrones pretendían dejar abierta la posibilidad a la devolución de la niña o excusarse por la ausencia de los depósitos reglamentarios (el pago del peculio). Se trataba de una configuración discursiva que permitía deshacerse de las muchachas que no respondían a los estándares de obediencia que las casas esperaban en agradecimiento por el acto de “caridad” que hacían al recibirlas. Más aún, en diversas ocasiones encontramos que la respuesta de las visitadoras abonaba en la misma línea de acción, como cuando Margarita Sandivar le aconsejaba a una guardadora que “si la niña reincidía en su mala conducta la llevara un jueves a la Sociedad para que las Señoras de la Comisión la aconsejaran y le hicieran una buena reprensión”[7]. Tales reprensiones eran también vehículo de una pedagogía sentimental impartida por la institución a los niños y a las niñas para moldear no solo el comportamiento que debían observar respecto de las guardadoras sino el tipo de relaciones que debían entablar y la forma de conducirse en el mundo, en especial a partir de la pubertad, cuando la sexualidad entraba en juego.

Pero pensemos esta escena en el revés de la trama, como expresión de una diversidad de formas de resistencia cotidiana que, a través del desafío directo, proponía otras reglas a la relación en un contexto de cambio personal y social. La pedagogía sentimental mutaba junto con las representaciones respecto de la infancia, la juventud y el trabajo infantil, y los y las niñas cambiaban su manera de estar en el mundo a medida que crecían. Estela ya no era una niña, pero tampoco era una adulta. Y esa condición intermedia complejizaba las expectativas de los agentes institucionales respecto de la relación que se tejía entre los guardadores y las muchachas, en consonancia con los debates legislativos que, desde los años 20, procuraban regularizar las situaciones de colocación. A medida que avanzaba la década, un espacio se abría para el registro de la voz de Estela que, entre líneas de la mediación de la visitadora, se hacía escuchar quejándose de que

Está para todo servicio, incluso lavado y planchado, menos cocinar, que está cansada de tanto trabajar y muy aburrida en la casa; que comprendía que tenía mal carácter y muchos defectos pero que no se los podía corregir, por lo tanto me pedía que no interviniera en su ayuda para mejorar, ni para disculparla con su patrona. En cuanto al pretendiente me aseguró que no lo tenía y que aún no había conversado con ningún hombre[8].

Lejos de desmentir los dichos de la patrona respecto de su carácter, los refrendaba, aunque justificándolos sobre la ponderación de un exceso de trabajo y separándolos de cualquier connotación moral. No cuestionaba el derecho de las patronas (o de la institución) a opinar respecto de su vida sentimental, pero rechazaba las acusaciones que pesaban sobre su decencia. Un fragmento de sus declaraciones llama especialmente la atención y parece indicar el despliegue de un recurso para despertar empatía en la interlocutora y abrir la posibilidad de un cambio de colocación. Estela asumía una suerte de posición de humildad frente a la visitadora, que dada su doble función vigilaba tanto el comportamiento de la muchacha como el de las guardadoras. Entonces, su pedido de “no intervención” asemeja su contrario. Compone un mea culpa por “sus muchos defectos” que desliza una queja por el exceso de trabajo, que podría demostrar cierto conocimiento de las nociones circulantes sobre la colocación y los límites del poder de los guardadores.

Esa actitud displicente, esa rebeldía pasiva resistente a las órdenes y las voluntades de las patronas por controlar su temperamento, finalmente la dispensa de ese “contrato de servicio” que la SBC había firmado por ella. Un mes después, la guardadora se presenta “queriendo devolver a la menor porque le contesta mal cuando ella le hace observaciones sobre un festejante de malos antecedentes que tiene”. Seis meses después, devolvía el peculio ahorrado por Estela: $36,05[9].

Luego de una temporada de disciplinamiento en el Asilo Otamendi, lejos ya de la infancia pero aún sujeta a la tutela de la SBC, Estela es colocada con una familia de la alta sociedad de San Isidro. Al poco tiempo es devuelta sin mayores explicaciones, “debiendo ser sometida durante seis meses a descanso por prescripción médica”[10]. Su patrona, tal vez para salvaguardar su buen nombre frente a sus pares de clase a quienes devolvía una asilada tuberculosa y en estado de desnutrición, en vísperas de Nochebuena de 1939 escribe para denunciar a Estela:

me he enterado de una serie innumerable de pequeños engaños, patrañas con que ha perjudicado a proveedores, siempre relacionado con dinero (…) creo que estas “defraudaciones” (…) toman mayor importancia, pues en todos los casos han sido hechos con audacia y desenvoltura[11].

Jamás podremos saber si las acusaciones eran verdaderas o no. Eran, desde la perspectiva de la depositaria y de la SBC, verosímiles. Una simple mirada al índice de noticias del RGN nos presenta un panorama sintomático. Las niñas y muchachas colocadas son devueltas porque, al decir de los depositarios, son “peligrosas”, “mentirosas”, “ladronas”, “engañadoras”, “trapaceras”, “embaucadoras”, “contestadoras” y porque “se resisten”[12]. Estos sentidos que las guardadoras daban al accionar de las niñas lo revestían de una suerte de falla de moral que se asociaba al origen social, falla expuesta irremisiblemente cuando las credenciales sociales que brindaban la inscripción y pertenencia a un linaje comenzaban a pesar y “culpables por destino de la pérdida irremediable de su inocencia infantil, una vez ingresados a la pubertad estaban condenados a transformarse en delincuentes” (Cosse, 2006, p. 83). Lecturas de vieja raigambre a las que, a partir de los 30, se sumaban nuevas explicaciones respecto de las causas de los comportamientos considerados como disruptivos. Desde el discurso médico, se adjudicaban estas “desviaciones de carácter” a desequilibrios hormonales, o a “neurosis producidas por los años de encierro y vida asilar”[13]. Los niños, niñas y adolescentes asilados y colocados eran sospechosos por definición y decreto social.

Independientemente de estas lecturas, podemos pensar estas acciones como formas de la resistencia cotidiana, signadas por una constante búsqueda de reconciliación y balance entre dos objetivos, a saber: un interés por evitar cualquier manifestación explícita de insubordinación para evitar la severidad de cualquier posible represalia y el objetivo de minimizar las exacciones de trabajo y las humillaciones (Scott, 2000). Quizás así podremos entender la dinámica de las ambiguas relaciones entre Estela, las guardadoras y la SBC. Como una resistencia pasiva, una queja velada que se calza el traje de la aceptación del propio destino, el complejo despliegue de la astucia. La escueta artillería de los débiles, para quienes nunca o casi nunca las condiciones son propicias para la resistencia abierta.

Fugarse para negociar

Si consideramos el total de las fugas contabilizadas en los libros de salidas del RGN entre 1927 y 1946, podemos ver que eran entre un 2% y un 5% de las salidas del sistema asilar. Quiere decir que entre 15 y 25 niños y adolescentes se fugaban anualmente de los asilos de la SBC. Un porcentaje bastante bajo si lo comparamos en términos globales con las salidas por fallecimiento o el retiro realizado por los padres. Si consideramos la variable edad, tanto los fallecimientos como los rescates se concentran en los primeros 3 años de vida, para disminuir y paralizarse en torno a los 11 años[14], edad a partir de la cual aumenta la cantidad de fugas. Quizás la fuga fuera una vía de retorno a la familia (Aversa, 2015, p. 310), sobre todo para los varones (entre los 11 y los 17 años las mujeres tienen más probabilidades de ser reclamadas).

Una mirada atenta nos revela que a partir de 1937 el registro de fugas comienza a desaparecer, al tiempo que crece una categoría antes inexistente: “No regresó de las vacaciones”. Amontonados en los registros correspondientes al mes de abril, se parece más a una suerte de contabilización del stock de niños que borra del horizonte las fugas, que podrían ser vistas tanto como una muestra de indisciplina y peligrosidad de los asilados como prueba de las grietas en el control de los asilos. Considerando el desenlace de algunas de las fugas a través de los legajos, esta categoría “construida” da cuenta de una realidad: muchos de los fugados retornaban a su hogar de origen. Si consideramos que en 1940 el concepto “no regresó de vacaciones” apuntaba el 10% de las salidas, es factible que bajo este rótulo se estuvieran englobando tanto las fugas como las salidas por vacaciones y el posterior no retorno.

¿En qué condiciones era o no conveniente desplegar acciones de resistencia abierta? Todos los contratos de colocación contemplaban la eventualidad de la fuga, que no solo era parte del repertorio de acciones posibles, sino la única reconocida como disparadora de intervención institucional. Sin embargo, como podemos ver, en los registros parecería que las niñas/adolescentes raramente se fugan. ¿Por qué? ¿Qué sentidos asociados a la acción de la fuga la excluían para el caso de las niñas y adolescentes mujeres? Las construcciones culturales y discursivas en torno a la fragilidad femenina también moldean las acciones plausibles de ser desplegadas. Para el caso de las niñas/adolescentes, la fuga sin destino específico, sin amparo concreto, podía representar un riesgo mayor que para los varones.

Por ello, cuando las muchachas se fugaban normalmente lo hacían de una colocación y no de un asilo, y buscaban amparo en la casa de una vecina o retornaban a la familia de origen, rechazando así los planes y las estrategias de supervivencia familiar impuestas sobre ellas. Este es el caso de Sara, de 13 años. Cuando su padre la deja al cuidado de su abuela para volverse a Misiones, esta la coloca en la casa de un señor en calidad de doméstica. Pero Sara rechaza esta colocación con una acción directa: se fuga y vuelve con la abuela, quien para “evitarse compromisos y disgustos se presenta ante la autoridad y solicita la tenencia de la nieta”[15]. En la incapacidad de rastrear el caso, dado que la tutela no pasa al defensor, poco podemos decir de los resultados que tal decisión tuvo para Sara. Para la abuela, el presentarse ante el defensor solicitando la tenencia de la nieta respondería a su intención de evitar el ingreso de Sara al sistema tutelar, y continuar manteniendo dentro de la familia las decisiones sobre el destino laboral de sus miembros.

Pero como en el caso de Sara, la desobediencia no estaba limitada a las niñas/adolescentes que rechazaban la disciplina impuesta por “extraños”, como querían pretender las autoridades de la SBC o los guardadores cuando declaraban que “desde que conoce su origen no se la puede corregir”. Según podemos acreditar en actas de las defensorías de menores, adolescentes de entre 14 y 15 años aducían “no querer convivir con la madre porque la maltrata incitándola a una conducta irregular y a concurrir a lugares inconvenientes”[16], como el caso de Claudia. O como Teresa, a quien su padre reclamaba desde Corrientes, y que se negaba a volver porque “se encuentran en la mayor pobreza, y allí tendría que trabajar por un salario ínfimo” y “el padre se emborracha constantemente”[17]. Estas muchachas, en defensa de una relativa autonomía conseguida en la ciudad donde trabajan “para sí mismas”, apelaban a una serie de imágenes –los padres abusivos y las madres corruptoras–, con las que consiguen una respuesta afirmativa por parte de las autoridades.

Aun decodificados y atravesados por la mediación de los agentes estatales, el carácter de los dichos y el hecho de que se presentaran solas ante el Defensor de Menores[18] dan cuenta de una voluntad de sustraerse de la autoridad familiar, abriendo nuevas preguntas sobre las múltiples negociaciones que atravesaban la circulación de niños a partir de la pubertad. Era un momento bisagra del proceso de individuación y reorganización de la subjetividad en la medida en que los cambios en el cuerpo imponían nuevos trabajos de simbolización (Grassi, 2010), trabajos que resignificaban las experiencias previas. Pero era además el momento en que su voz tenía cierta recepción, partiendo de la consideración de que, incluso dentro de la sociedad, se había reconocido la necesidad del consentimiento para la colocación a partir de los 14 años. La entrada a la adolescencia podía significar tanto la posibilidad de acudir a las autoridades como también −con limitaciones y por supuesto mediaciones− de ser escuchado. Esta posibilidad era en ocasiones aprovechada, y transformada en una suerte de “emancipación” respecto de la familia. En los varones, el hecho de poder enfrentarse físicamente a un celador, a un padre o a un patrón podía significar “levantar la cabeza en medio de los hombres” (Scott, 2000, p. 247).

Tal vez también por ello la fuga de un asilo tenía mayores posibilidades de éxito para los varones. Como ya han establecido múltiples investigaciones, si fugarse no era simple era cuando menos muchísimo más común entre varones que entre mujeres. Las fugas de mujeres en los registros de los asilos son una rareza absoluta. Consideremos el año 1934, uno de los años con mayor cantidad de fugas del período consignado: de 26 fugados totales no tenemos ni una mujer. Similares cifras se relevan para el resto de los años, con dos excepciones. 1927 y 1933, con una menor fugada cada año. La primera tiene 19 años; la segunda, 20. De 1937 en adelante, como dijimos, las fugas desaparecen del registro, pero las salidas asentadas como “No regresó de las vacaciones” siguen el mismo patrón de género.

Además de estar signada por el género, las posibilidades de la fuga estaban limitadas también por la edad, y en este sentido la entrada a la pubertad era para los varones el punto de partida. En otras palabras, la empresa de la fuga estaba signada por las posibilidades concretas de moverse en el espacio. Por ello, la edad, el género y la ubicación del asilo eran cuestiones importantes.

Tomemos por ejemplo los casos de Alejandro y de Felipe[19]. De familias distintas, habían ingresado juntos al asilo y compartían, entre otras cosas, un número de distancia en el legajo. Con 10 y 11 años respectivamente, el 3 de agosto de 1928, una semana después de ingresar al Instituto Lasala y Riglos, se fugan. Felipe tenía experiencia en la empresa: se había fugado anteriormente del mismo instituto. Casos como los de Alejandro y de Felipe no son poco comunes. Las fugas parecen entrañar algún tipo de organización previa, una suerte de carácter colectivo. La mitad de los menores que se fugan en el período de nuestro análisis lo hacen el mismo día y del mismo asilo[20]. Retornan a sus familias, oponiéndose a la decisión de sus madres de internarlos y a las condiciones de vigilancia impuestas en el asilo. Como explicitaba el informe de la Inspectora de Turno:

… dichos menores se encuentran actualmente con sus respectivas familias, negándose en toda forma volver a este Instituto ruego a las Señoras Inspectoras (del RGN) quieran disponer que en lo sucesivo no se admita su reingreso a este establecimiento[21].

Alejandro se preguntaría por qué había sido internado él y no su hermano de 11 años. Felipe oponía una resistencia férrea a la decisión tomada por su madre de colocarlo en un asilo hasta que dejara de ser “una carga económica que no podía sostener”. La fuga podía ser una vía de expresión de la bronca, los celos, la envidia y otra serie de emociones que recorrían la trama afectiva de los vínculos familiares. Pero además abría un problema para la madre pobre. Cuando la Sra. Unzué de Casares confirmó la opinión de la inspectora de turno, las madres no tuvieron más remedio que llenar el formulario de devolución.

Un capítulo aparte eran los “intentos de fuga”, frente a los cuales distintos miembros de la familia actuaban en bloque, posiblemente impulsados por la voz cantante de la madre. Pensemos en Domingo[22], depositado a los 9 años junto con dos de sus hermanos, Pedro de 7 y Julián de 8. Realiza su primer intento de fuga del Asilo de Huérfanos junto con su hermano Pedro, a los 14 años, en 1925. El disparador: la incumplida promesa de retiro realizada por el mayor de los hermanos. Con la familia viviendo en Córdoba, y un solo tío soltero sin domicilio fijo en Buenos Aires, Domingo no tenía a dónde ir. Vuelto a ingresar bajo las súplicas de la madre a las Damas, es sometido no solo a los retos de la madre y las sanciones de los religiosos que administraban el Asilo, sino también a los de sus hermanos. Carta tras carta, mientras el mayor refuerza la idea de que no se hagan ilusiones de una vida sencilla recomendándoles que “agan lo posible por buscar trabajo pues sin trabajo no se come el pan”[23], la menor los exhorta a que mejoren su comportamiento apelando a sentimientos de culpa y responsabilidad:

Mam esta muy aflijida y ahora que no tenemos padre que debían portarse mejor sale que se portan peor y es el último año que ban a estar parese mentira que mis hermanitos sean asi si tio se llegase a enterar de esto como se enogaria pero parece que usted no quieren entender[24].

Finalmente, las intenciones de un segundo intento de fuga en febrero de 1927 solo quedan registradas en una carta que el menor le envía a la familia y cuya existencia conocemos por las advertencias del hermano mayor[25].

Las intervenciones familiares nos muestran dos facetas de la circulación asilar. Por un lado la de las expectativas de la familia, que en ocasiones excedían la simple descarga del peso económico de la crianza. En el marco del asilo, donde la administración a cargo de religiosos y religiosas aparecía como garantía de disciplina tanto para las Damas como para las familias, el buen comportamiento de los niños podía pensarse como la posibilidad de insertarlos en un mundo laboral (Aversa, 2015) marcado por las relaciones personales, como propone la madre cuando escribe a Domingo:

… deberian portarse mejor que nunca entonces al sacarlos poderiamos perdir una recomendasion porque a cualquier parte que uno baia se necesita tener recomendasion pero de este modo no puedo pedir nada[26].

Los intercambios entre los niños y las familias nos muestran la organización táctica en torno a la institucionalización: la negociación de los tiempos con los niños (y con la institución); los ahorros necesarios para ir a buscarlos y traerlos a casa; el rol de los hermanos, y no solo los adultos, en el sostenimiento de los vínculos; los riesgos, las prevenciones y los discursos familiares que procuraban anticipar la realidad externa y ponerle coto a las fantasías infantiles sobre la vida en familia. En torno a estos intercambios se delineaban las negociaciones intrafamiliares, ajustadas a realidades vinculadas a la subsistencia y a las expectativas del rol que aquellos niños y niñas debían cumplir en la familia al momento de su salida del asilo.

Estas negociaciones se articulaban a través de los dispositivos que la propia institución pensaba como vehículo de la pedagogía sentimental que apuntaba a demostrar el interés por las criaturas: las visitas de las familias al asilado y la correspondencia. De las primeras, solo tenemos registro de sus fechas, de su asiduidad, pero poco de su contenido. El significado de las visitas como espacio de encuentro se entrevé en las cartas. Estas nos dan acceso al repertorio emotivo que configuraba aquellas negociaciones, que por lo demás no eran privadas. Tanto las familias como los asilados sabían que todas las cartas que salían y entraban eran previamente revisadas por los religiosos y religiosas que regenteaban la institución, y las marcas escritas que mandaban a “que el niño responda” no pretendían lo contrario. Por ello, las pensamos como dispositivo clave. Si la pedagogía sentimental intentaba imponerse a través de la intimación a mantener el contacto con los niños, las cartas circularon en un entorno con normas y reglas sobre lo que se podía contar, lo que no y de qué manera. Dentro de esas normas, moldeados pero no anulados por ellas, estaban los sentimientos y los usos que chicos, chicas y adultos hacían de ellos.

Considerando esto, la carta de Domingo a la madre en la que anunciaba que “ha pensado en fugarse”, fuera verdad o no, podía tener múltiples propósitos y explicaciones: canalizar una serie de emociones de difícil expresión, agitar un sentimiento en su familia o movilizar una acción que lo sacara del asilo. Si los niños no podían articular cabalmente una experiencia asilar con abusos y emociones potentes que sobrevenían al ingreso y la distancia (miedo, soledad, angustia, enojo, abandono), anunciar un pensamiento de fuga podía funcionar como expresión de una demanda de retiro. La respuesta de la madre, que desplegaba su trabajo emocional de sostén de los vínculos con sus hijos, se traducía en un lenguaje que buscaba inculcar una normatividad afectiva familiar. La hermana intentaba disuadirlos de no fugarse, de esperar pacientemente, apelando a sentimientos de vergüenza, humillación y culpa. Este repertorio se repetía en todos los casos en que se compelía a los niños a “portarse bien”, responsabilizándolos por los desequilibrios emocionales de diversos miembros de la familia: la aflicción de la madre, el potencial enojo del tío, la enfermedad del padre.

La fuga además tenía otra serie de implicancias en las que no solo la palabra sino los cuerpos se ponían en juego. En tanto acción límite y desesperada, nos habla de la agencia que podían desplegar los niños y adolescentes y de la forma en que esta se instrumentaba tanto en términos de actos como de expresión emotiva (Grosz, 1994). Nos invita a movernos por fuera del paradigma de la acción racional y ponderar qué otros elementos, además de la búsqueda de un objetivo (escapar de condiciones que se consideran injustas, límites o inaceptables), daban vía o restringían la agencia, cargando de sentidos esa experiencia. Porque las emociones, así como una serie de términos connotados como los afectos y los sentimientos, están ligados tanto al campo de la acción como al de la construcción de la subjetividad. Son producto de la interpretación a la vez aprendida y a la vez enteramente personal del entorno y la interacción con este. Son, en otras palabras, relación y regulación del intercambio entre el afuera y el adentro (Le Bretón, 2012).

Fugarse, o planearlo, era pronunciarse como agente activo de cara a la familia, al grupo de pares, a la institución. La resistencia que podían desplegar las niñas y adolescentes en colocación o guarda implicaba acciones distintas a las de los muchachos en los asilos o en colocaciones laborales. Para estos, aunque la rebeldía podía conllevar castigos duros, detenciones y el envío a los asilos correccionales, también podía constituir una prueba de valentía ante los pares y un hito organizador de la identidad viril. En relación con sus familias de origen, la fuga podía abrir paso a cierta forma de negociación de condiciones.

En el Registro de Niños parecería que las niñas/adolescentes raramente se fugaban. ¿Por qué? ¿Qué sentidos asociados a la acción de la fuga podían hacer que tal accionar apareciera como limitado en su caso? ¿Podría ser también que la fuga como expresión del rechazo a las condiciones impuestas y a la explotación, del enojo y la bronca estuviera limitada junto con la expresión misma de aquellos sentimientos? Las construcciones culturales y discursivas en torno a la fragilidad y la docilidad femenina no solo moldean las acciones plausibles de ser desplegadas sino también los códigos emocionales habilitados para la expresión del sentir (Le Breton, 2012). La fuga y la huida –o el rapto– tenían una connotación tradicionalmente ligada a las decisiones románticas para el caso de las mujeres, como un instrumento para forzar la aceptación de una pareja rechazada por la familia (Manzano, 2007; Cosse, 2008). Por esta razón, despertaba alarmas y ansiedades sociales vinculadas no solo a la desaparición de las muchachas, sino a las consecuencias para su sexualidad y por tanto su “decencia”. Probablemente, también por esta razón las fugas de las muchachas tuvieran más condicionamientos y limitaciones –mayor vigilancia– y menos posibilidades de éxito y de registro.

Miguel: la humildad complaciente

Finalmente, si hay momentos, situaciones, condiciones en las que fugarse podía ser una opción viable, luego podía dejar de serlo. Tomemos el caso de Miguel, ingresado en la Casa de Expósitos a los dos, pasa 12 años en asilos, aunque sin perder contacto con la madre, que lo visita regularmente. Junto con él había ingresado también su hermano menor, de tan solo un año de vida. El mayor estaba en el Patronato de la Infancia. A los 11 años, una semana luego de ser transferido al Instituto Alvear, se escapa y va a la casa de la madre, que rápidamente se acerca al RGN con su hijo. Las inspectoras indagan el motivo de la huida, a lo que Miguel responde que “en el Instituto es frecuentemente castigado por los celadores” y que además “deseaba irse al Asilo de Huérfanos donde se encuentra su hermano”[27]. La madre ruega y no solo lo reincorporan, sino que las inspectoras consideran que debe atenderse el pedido de Miguel. Su intento de fuga había tenido, por lo menos, un éxito parcial. Si la madre había dejado en claro que era imposible que retornara al hogar, es claro que para Miguel entre estar “solo” en el Alvear, y estar con el hermano en el Asilo de Huérfanos, la segunda opción era por lo menos soportable. Tiempo después, con 14 años, Miguel escribe a la presidenta de la SBC para pedirle

… que como mi mamá no puede nunca venir a verme y yo le pido al padre director que me deje ir a verla los domingos no me deja y recurro a usted para que me de un permiso conque pueda salir algún domingo siquiera. Confío en Dio y en usted que me otorgará lo que le pido. Nada más.

Las distancias sociales emergen en cada letra. Sin embargo, este discurso público estereotipado y ritualista es probablemente una táctica (Scott, 2000, p. 23). Miguel hace uso de herramientas que conoce y prevé que le serán las más útiles para lograr su cometido: la apelación al respeto por las jerarquías y el “sentimiento materno”. En esta corta carta, prolijamente escrita, este adolescente presentaba las pocas credenciales que tenía: había terminado sus estudios primarios y trabajaba en un taller de imprenta. Finalmente, exponía el carácter cerrado de las instituciones y denunciaba un cierto autoritarismo por parte de los encargados del instituto. Esta última referencia exponía un cierto conocimiento de los roces entre las Damas y las órdenes religiosas que regenteaban los asilos. Aquí, el desafío de Miguel consistía en saltarse la autoridad del padre director y dirigirse directamente a la presidenta.

Piensa, sabe, que la mención de que “quiere ver a la madre y no lo dejan” puede ayudarlo a conseguir el permiso que el sacerdote le niega, pero que una mujer estaría, tal vez, más dispuesta a escuchar. Sobre sus verdaderas intenciones, nos son claramente inescrutables. Tal vez quería ir a visitar a la madre. Tal vez solo quería poder salir de ese asilo donde la madre no había podido o no había querido ir a visitarlo. Sabe quizás también que las cosas han cambiado en los últimos años. Ha vivido toda su niñez asilado. Una semana después del 17 de octubre de 1945, un visitador enviado por el RGN va a la casa de la madre para “comunicarle la nueva disposición, referente a la entrega del menor”[28]. Un mes después, es retirado. Algunas cosas iban a cambiar para los niños como Miguel en la Argentina que se inauguraba. Ciertamente muchas cosas iban a cambiar para las Damas de la Caridad, y para aquella “Distinguida Señora”, a la que Miguel le rogaba “una insignificante cosa”.

Conclusiones

El campo de estudios de la infancia ha recorrido un largo camino. La problematización de los abordajes normativos ha permitido vislumbrar las formas en que los saberes y discursos de poder han ido definiendo y redefiniendo las políticas públicas, permitiéndonos pensar entonces al espacio de intervención sobre la infancia como un campo de disputa. Ahora, con un terreno más asentado ha llegado la hora de expandir nuestros análisis a las relaciones entre la agencia y experiencia de los sujetos de esas intervenciones: los niños, niñas y adolescentes. Para ello, debemos recuperar sus participaciones activas incorporando al espectro de nuestro análisis no solo las acciones sino también los sentires que las moldearon y les dieron sentido.

A lo largo de este trabajo, hemos intentado reponer algunas de las posibilidades –por cierto escasas– que los niños, niñas y adolescentes de las clases populares tenían de intervenir sobre la situación de institucionalización en que se encontraban y responder a los malos tratos, la explotación y lo que ellos mismos entendían como “olvido” familiar. Vimos de qué forma utilizaron dos instrumentos clave: su voz y sus cuerpos.

Las fuentes presentan el registro de estas acciones y los sentires asociados a un período vital que, como hemos propuesto, es en sí mismo problemático. Además, en el caso de estos niños, aquella transición de la niñez a la adolescencia había transcurrido en un ir y venir entre asilos y colocaciones. Su realidad vital había estado atravesada por un orden marcado por una disciplina estricta, en ocasiones violenta, incluso abusiva, y atravesada por jerarquías que no solo separaban niños de adultos, asilados de vigilantes, sino también a los propios niños, niñas y adolescentes entre sí. Los relatos sobre las humillaciones y los castigos físicos sufridos reaparecen en las fichas médicas de los asilados y disimulados en las cartas de madres y hermanos que aconsejan “aguantar hasta fin de año”.

Estos relatos nos hablan también de la fuga como acción de respuesta límite frente a ese ambiente opresivo, de una fuga que aparecía como un horizonte de acción posible, de realidad imaginada y, en ocasiones, organizada entre varios, representación de una acción valiosa en términos del propio destino. Desafiando el encierro y la disciplina, estos niños oponían dicha acción a la decisión de las familias, especialmente de las madres viudas o solas, a internarlos. En muchos casos, la fuga estaba ligada con el retorno al hogar y en este sentido algunas veces era efectiva. En otros, tenía una efectividad relativa, logrando el traslado a un asilo donde se encontraba un hermano; otras, la fuga no pasaba de un intento. En ningún caso era una acción sin costos.

Así como sucede con los adultos, los vínculos con quienes los niños comparten las condiciones de vida son fundamentales para comprender la agencia y las resistencias. En este sentido, las amistades o alianzas desarrolladas dentro del asilo también constituían una herramienta fundamental a la hora de actuar. Y aunque cabría suponer que estos se consolidaban con el paso del tiempo, también podían estrecharse por la cercanía que suponía transitar un momento específico: el pasillo compartido a la espera de la revisación médica, el camino de traslado entre un asilo y otro, la estrechez de las literas en el pabellón. Entonces, podemos pensar que la fuga entrañaba una acción, si no plenamente colectiva, tampoco absolutamente individual.

También expusimos que la fuga estaba condicionada, aunque no determinada por razones de género y edad, constituyéndose en una acción más viable, sin dejar de ser compleja, para los varones que para las mujeres; más aún desde los 12 años. Lo anterior no supone pensar que hasta llegar a la pubertad habían sido inmóviles personajes sin voz en una escena dispuesta por otros. Si hasta allí sus acciones de resistencia no se articulaban aún en un discurso de abierto rechazo, sí lo hacían en pequeñas acciones cotidianas de boicot que, bajo la carátula de “desobediencia”, “desaseo” y “terquedad”, alcanzaban en la pubertad la fuerza y las condiciones necesarias para pasar a una acción más radical. Al tratarse de niños, los límites de la sumisión son en alguna medida temporales y mutables.

Finalmente, expusimos las fugas como una forma de negociación, como expresión de una agencia que articulaba sentires de los niños, niñas y adolescentes. Pocas dudas caben de que la fuga y el retorno al hogar de origen eran claramente acciones con sentido para ellos y que tenían como referencia el accionar de otros, buscando afectar dicha conducta. Riesgosa, ciertamente, era una de las escasas herramientas con las que contaban.

Desde esta perspectiva, pensar la agencia infantil no solo nos permite reponer a los niños como sujetos históricos, sino también iluminar las complicadas nociones de la agencia histórica en general. Esta apuesta interpretativa supone desafiar el ideal hegemónico de actor social como individuo autónomo, guiado por imperativos racionales, y consciente de cómo funciona el mundo. Frente a este ideal, aparece una multitud de actores reales que desde posiciones de relativa debilidad, marginalidad e invisibilidad actúan y resisten cotidiana y subterráneamente al orden normativo y emocional que se les quiere imponer. Una historia, podríamos decir, cabalmente desde abajo.

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  1. Un trabajo pionero fue el de Davin, A. (1996). Growing Up Poor: Home, Schlool and Street in London 1870-1914, Londres. De especial interés para la perspectiva que retomo son los trabajos de Cosse, Isabella (2018), “Pibes en el centro de la escena: infancia, sensibilidades y lucha política en la Argentina de los setenta” en Favero Arend, S., Bolsonaro de Moura, E. Sosensiki, S. (Organizadoras), Infancias e juventudes no século XX: Historias Latino-Americanas, Ponta Grossa: Todopalabra. También el trabajo de Bjerg, María (2012), El viaje de los niños. Inmigración, Infancia y memoria en la Argentina de la Segunda Posguerra, Buenos Aires: Edhasa. De vital importancia por su cercanía con mi investigación e intereses son la tesis doctoral de Freidenraij, C., (2015). La niñez desviada. La tutela estatal de niños pobres, huérfanos y delincuentes. Buenos Aires c. 1890-1919, Tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires; la de Aversa, M. M., (2015), Un mundo de gente menuda. El trabajo infantil tutelado, ciudad de Buenos Aires, 1870-1920, Tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires; y la tesis doctoral de Stagno, L. (2020), “La configuración de la juventud como un problema. Delitos y vida cotidiana de varones jóvenes provenientes de los sectores populares (La Plata, 1938-1942)”. Programa de Doctorado FLACSO, Mimeo. Finalmente, ayudan a pensar tales preocupaciones desde una perspectiva regional los trabajos, entre otros, de Sosenski, S. (2010). Niños en acción. El trabajo infantil en la ciudad de México (1920- 1934). México: El Colegio de México; y el de Bittencourt Ribeiro, F. (2015). “Os cabelos de Jennifer: por etnografias da participação de ‘crianças e adolescentes’ em contextos da ‘proteção à infância’. Política & Trabalho. Revista de Ciências Sociais, 43, pp. 49-64, jul./dez., 2015.
  2. La idea de “fuera de la cotidianidad familiar” retoma lo planteado por Claudia Fonseca sobre la necesidad de desnaturalizar la concepción de que estos niños, desde su ingreso al asilo, rompían sus lazos familiares y vivían al margen de sus familias de origen. Por el contrario, propongo que, aunque se cortaba el contacto cotidiano propio de la convivencia, los vínculos se mantenían en el marco de otras dinámicas relacionales. Este abordaje supone romper con los conceptos cristalizados de abandono, sin dejar de tener presente las huellas que la ruptura de la cotidianidad dejaba en aquellas experiencias infantiles.
  3. El recorte temporal apunta a analizar las tácticas de supervivencia de las familias de las clases populares en períodos de crisis y cambio institucional. Sobre esta selección se imponen las marcas del archivo: el libro de salidas registra las salidas consolidadas de todos los institutos desde 1926 hasta la intervención de la SBC en 1948.
  4. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46824. Ley de protección de datos sensibles: los nombres mencionados en este trabajo han sido modificados y no corresponden con los originales.
  5. A partir de 1927, dentro de la SBC se produce un cambio en las colocaciones que se plasma en dos tipos de contratos: “para ser tratadas como familia” y “contrato de servicio”. Esta segunda categoría (que tiende a desaparecer de los registros) va a estar restringida específicamente a las niñas mayores. Había entonces una edad crítica, entre los 8 y los 12 años, en las que las intenciones de la familia que recibía a una niña son más escrutadas, y en particular cuando los solicitantes pertenecen a las clases populares. Pasada esta edad, los controles se relajan.
  6. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46824, s/f. El destacado es mío.
  7. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.43970. Informe de visita 29/8/1941.
  8. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46824, s/f. El destacado es mío.
  9. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46824. Orden de devolución.
  10. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46824, s/f. Subrayado en el original.
  11. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46824, s/f. Informe médico.
  12. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC. Índice de Noticias 1935-1942, 22-27.
  13. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC. Informe médico diagnóstico, Instituto Riglos 23/7/1940.
  14. AGN, Fondo SBC Legajo 516, Memoria de la Sociedad de Beneficencia año 1936, p. 533.
  15. AR.AGN.DAI/SNAF. Actas Defensoría de Menores s/ident, 35-1, 1942-1943.
  16. AR.AGN.DAI/SNAF. Actas Defensoría de Menores N° 1, 1929-1936.
  17. AR.AGN.DAI/SNAF. Actas Defensoría de Menores s/ident, 35-1, 1942-1943.
  18. Las actas de las Defensorías aclaran en cada caso quién presenta al menor. Cuando dicha aclaración no existe nos lleva a deducir que busca ayuda por cuenta propia
  19. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.41774 y 41775.
  20. En 1927, 6 de los 11 fugados lo hicieron el mismo día y del mismo asilo, haciéndolo de a pares: 2 el 1 de enero, 2 el 17 de enero y 2 el 17 abril, todos del Asilo de Huérfanos. Lo mismo en 1931. En 1934, 6 lo hicieron en tríos y 4 en duplas, todos del Alvear; en 1935, 4 de los 10 fugados lo hicieron en pares, del Instituto Alvear. En 1936 4 de 7.
  21. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.41774 y 41775, s/f.
  22. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.32840 y 32841.
  23. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.32841, Carta del hermano, 25/2/ de febrero de 1925.
  24. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.32840, Carta de la hermana, 18/4/1927.
  25. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.32841, Carta del hermano, 18/2/1927.
  26. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.32840, Carta de la madre, 8/1926.
  27. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46819, Nota de la Comisión Inspectora del RGN a la presidenta de la SBC, 1/1942.
  28. AR.AGN.DAI/SNAF.A.SBC.46819, Informe del visitador J. E. Viglioglia, 24/9/1945.


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