Victoria Eugenia Bulacios Sant’Angelo
y María Victoria Castilla
Introducción
En este capítulo, nos proponemos abordar la incidencia de las relaciones de intimidad en el proceso de implementación y gestión cotidiana de políticas de cuidado comunitario. Siguiendo la línea argumental que propone el libro, entendemos que intimidad y política, así como intimidad y economía, se intersectan continuamente en la vida cotidiana, a la vez que día a día se elaboran reglas y se llevan a cabo acciones tendientes a mantenerlas separadas. Esta línea de indagación dialoga con bibliografía que ya ha dado cuenta de este fenómeno, como los trabajos de Zelizer (2008; 2009), quien analiza los modos en que las relaciones íntimas, incluso aquellas caracterizadas por altos niveles de confianza y afecto, se encuentran atravesadas por una amplia diversidad de prácticas económicas producto de negociaciones entre dos o más actores. Asimismo, en el campo político, las investigaciones de Neiburg (2003) y Vommaro (2017) abordan las relaciones entre pertenencia familiar y acciones del Estado. De esta manera, tanto en el hacer partidario como en las políticas públicas, lo público es una prolongación del mundo privado y la presentación pública de la intimidad familiar trabaja en el mismo sentido (Vommaro, 2017).
Sostenemos que en esa mixtura de lo público y lo íntimo es donde se llevan a cabo los procesos de implementación de las políticas de cuidados de las infancias en los barrios pobres. Sobre todo, esto lo observamos en los espacios de cuidados comunitarios de primera infancia donde la intimidad asociada a los lazos familiares se hace presente en múltiples niveles. En este sentido, las relaciones familiares conforman un aspecto importante en la implementación de las políticas públicas de atención a las infancias en sectores vulnerables. Desde la incidencia de vínculos familiares en el entramado burocrático de la política hasta los vínculos que se construyen entre cuidadoras y beneficiarias, las relaciones sociales íntimas configuran los modos de gestión de las políticas sociales y son determinantes para su funcionamiento. La capacidad de las mujeres de construir y mantener vínculos sociales íntimos garantiza el funcionamiento cotidiano de estos programas, en términos de durabilidad y acceso a recursos.
Debido a la feminización de las políticas sociales en general y de las de cuidado en particular, en estos espacios de cuidado se emplean mujeres que residen en las cercanías y, a su vez, en muchas ocasiones estas mismas mujeres llevan a sus hijos/as a dichos espacios en tanto beneficiarias o cuidadoras de sobrinos/as o nietos/as. Esta doble inserción en tanto cuidadoras empleadas por la política pública y de madres/familiares de infancias cuidadas en el marco de esas mismas políticas habilita una dimensión significativa para el análisis de la intimidad. Si bien no necesariamente los lazos de parentesco garantizan intimidad, en este texto nos centramos en aquellos casos en los que sí se entrelazan mutuamente. Nos detenemos a analizar los modos en que la intimidad basada en lazos de parentesco o afinidad moldean y son moldeadas por las lógicas estatales y políticas.
Siguiendo las narrativas de las mujeres entrevistadas, la doble inserción que mencionamos y el hecho de trabajar con personas del mismo barrio tornan difusas las fronteras entre las tareas remuneradas de cuidado y las no remuneradas, ya que no se circunscriben a las fronteras edilicias ni a las temporalidades de la jornada laboral ni tampoco a las actividades puntuales por las cuales son contratadas. Las actividades de cuidado conforman un continuum diario que atraviesa tanto las esferas remuneradas como las no remuneradas, los espacios públicos como los privados de sus hogares, las relaciones laborales y familiares. En este entramado, donde las fronteras cuyos límites se desdibujan constantemente y son redefinidos en el hacer cotidiano, las trabajadoras desarrollan y utilizan diferentes mecanismos de diferenciación.
A los fines de ilustrar esta situación, analizamos experiencias de programas de cuidados de las infancias desarrolladas en la ciudad de Córdoba y en el Área Metropolitana de Buenos Aires (en adelante, AMBA). Trabajamos con entrevistas semiestructuradas realizadas a referentes, trabajadoras y mujeres madres destinatarias de políticas de cuidado de primera infancia. Estas políticas se llevan a cabo en poblaciones vulnerables y tienen la particularidad de emplear a mujeres del propio barrio donde se emplaza el programa. Siguiendo la propuesta de Conrad (2017), la idea de analizar conjuntamente experiencias en zonas alejadas geográficamente responde a una “voluntad metodológica de experimentar más allá de los límites geográficos establecidos” (Conrad, 2017, p. 92). No se trata de un estudio comparativo: más bien, nuestra intención es analizar cómo el fenómeno aquí desarrollado, a saber, la incidencia de la intimidad en los procesos de implementación y gestión de políticas de cuidados comunitarios, se articula en dos unidades espaciales diferentes.
La intimidad de la política pública
Con la modernidad se instituyó la idea de la existencia de esferas separadas, de lo público y lo privado. La intimidad quedó así ligada a lo privado y asociada a lo interior que debe ser resguardado para que no se conozca, a lo hogareño, la sexualidad, los afectos. La intimidad queda definida como esa esfera personal y privada de una persona en la que se comparten experiencias, emociones, secretos, pensamientos, y se establecen vínculos de confianza, afectivos o sexoafectivos. Este modo de concebir la intimidad se manifiesta en relaciones familiares, románticas o de amistad, variando en su intensidad y modalidad entre individuos, coyunturas, grupos sociales y momentos históricos.
En estos vínculos íntimos, circula tanto información compartida socialmente como otra que puede tener el carácter de oculta o referida a hechos o situaciones que no se comparten con personas “externas” o “ajenas”. En algunas ocasiones, estos “secretos” pueden tener un impacto negativo en la familia ya que pueden generar tensiones, desconfianza y divisiones que afectan los modos de trabajar y llevar adelante los programas de cuidado incluso cuando no se develen. Los secretos pueden surgir por diversas razones, como conflictos familiares, problemas o irregularidades en los trabajos, situaciones vergonzosas o estigmatizantes, problemas legales o económicos, entre otros. Al igual que lo señala Zelizer (2009), la información desempeña un papel central en los vínculos íntimos ya que estos se conforman por interacciones diarias negociadas que conforman vínculos sociales y que dependen de los conocimientos específicos que las personas poseen entre sí y que no son abiertamente accesibles a terceros. Para la autora, las relaciones de intimidad dependen de la cantidad y calidad de la información que tenemos de la otra persona, así como también de la confianza y la afectividad y/o el amor.
Como han reseñado algunos autores, las relaciones de intimidad no son exclusivas del ámbito privado u hogareño, sino que están presentes en la economía (Zelizer, 2009; Illouz, 2007), en la política y el Estado (Neiburg, 2003; Vommaro, 2017). Asimismo, la intimidad ordena las políticas públicas a partir de entramados de relaciones entre trabajadoras y entre trabajadoras y familias beneficiarias. Ahora bien, si lo que conforma los vínculos de intimidad es la información y, a la vez, estos mismos vínculos íntimos son una parte esencial en el cotidiano funcionar de los programas de cuidados, podemos sostener que tanto la información compartida como los esfuerzos por mantenerla oculta conforman una dimensión esencial de las políticas sociales de cuidados. La propia construcción y mantenimiento de vínculos sociales íntimos es inherente al entramado burocrático de la política social. Es sobre estos vínculos de intimidad que el Estado logra capilarizar recursos a través de los sujetos privilegiados de mediación estatal: las mujeres.
La oferta de políticas de cuidado comunitario se encuentra altamente feminizada y está conformada por una pluralidad de opciones y de organizaciones sociales heterogénea y desigual según localidades y provincias (Visintín, 2017). Son las mujeres las que crean y sostienen los vínculos sociales con la comunidad que permiten la implementación y gestión de la política social en los territorios en tanto cuidadoras o educadoras, tomadoras de decisión, referentes territoriales, coordinadoras, líderes barriales o políticas. La capilaridad de los gobiernos en el entramado social revela que la institucionalidad de las políticas públicas no se reduce a actores estatales, sino que comprende otros entramados como el institucional de género (Haney, 1996; Guzmán, 2001) y, según hemos registrado, de vínculos íntimos como los familiares, de amistad o sexoafectivos. Por ello, el accionar colectivo de muchas mujeres genera, impulsa y sostiene las lógicas de cuidado comunitario.
Lo que configura el cuidado realizado en el marco de programas y políticas sociales es el encuentro entre factores estructurales –como la demanda de cuidados en contextos de vulnerabilidad– y subjetivos –sobre todo, el hecho de que las mujeres son socializadas desde temprana edad en el cuidado de otras personas (Zibecchi, 2013)–. A la vez, el surgimiento de la oferta de cuidado comunitario se vincula con crisis sociales y económicas (hiperinflacionaria de 1989; desempleo y empobrecimiento en los años 90; crisis 2001-2002) que refuerzan las demandas de cuidado por parte de las familias según el estrato socioeconómico al cual pertenecen, sobre todo para las infancias menores de 4 años. Lo que tienen en común los distintos momentos históricos y contextos es que el Estado recurre a las estructuras sociales y materiales de sectores comunitarios para capilarizar recursos entre poblaciones vulnerables.
Sobre estructuras mayormente precarias, los distintos niveles de gobierno transfieren recursos para la gestión y puesta en marcha de espacios de cuidado comunitarios donde se ofrecen servicios de atención a la primera infancia, asistencia social por parte de profesionales y mercadería como leche, bolsones de comida y pañales de acuerdo a las necesidades de la población y de las familias. Los espacios de cuidados comunitarios destinados a la primera infancia adquieren múltiples formas (espacios de primera infancia, comedores comunitarios, merenderos, maternales, salas cuna, entre otros), pero en todos los casos se trata de lugares en los que se brinda atención integral, contención y estimulación a infancias de entre 45 días y 4 años inclusive; no obstante, no todos los espacios cuentan con salas destinadas a bebés. Estos espacios se desarrollan en el marco del Plan Nacional de Primera Infancia, que tiene por objetivo garantizar el crecimiento y desarrollo saludable de niño/as en situación de vulnerabilidad y favorecer la promoción y protección de sus derechos. La instrumentación de este plan se realiza en el ámbito del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que faculta a las diversas jurisdicciones a dictar normas complementarias que sean necesarias para su implementación.
Cuidadoras e íntimas: tensiones que hacen posible la política pública
En los espacios de cuidados comunitarios destinados a la primera infancia, el entramado de actores que hace posible su implementación (Di Virgilio y Galizzi, 2009) cuenta con una dimensión de carácter sociopolítico en la implementación del programa (Ferraris Mango, 2020) que comprende vínculos íntimos asociados a relaciones familiares de madres e hijos/as, tías y sobrinos/as y abuelas y nietos/as. Estas mujeres son tanto trabajadoras asalariadas como familiares de las infancias que asisten. Esta doble inserción tensiona las nociones de implementadora-destinataria, familiar-trabajadora, cuidadora-pariente, haciendo difusas las fronteras entre unas y otras. Con el fin de organizar el análisis de estas tensiones, exponemos cuatro tipos de relaciones: a) referentes-trabajadoras; b) trabajadoras-familia; c) trabajadoras-vínculos de vecindad; d) trabajadoras y relaciones sexoafectivas.
Bajo la figura de “referentes” se conoce a las representantes o presidentas de las organizaciones sociales que articulan las políticas sociales en los barrios. Ellas son quienes llevan adelante tareas principalmente vinculadas a la gestión y administración de los recursos que el Estado transfiere a los espacios de cuidado comunitario. Tanto para las “referentes” como para las mujeres que trabajan como cuidadoras en los programas, el cuidado de niños pequeños (menores de 5 años) es definido como una tarea “sensible” y “compleja” donde es fundamental “conocer” y “confiar” en la persona que está llevando adelante ese trabajo. La selección del personal es una de las responsabilidades de las referentes, quienes suelen tener en cuenta a personas de su “círculo íntimo”, con quienes tienen confianza y, en muchas ocasiones, con quienes hayan trabajado previamente o participen en la organización social que dirigen. Para las referentes, estos lazos previos permiten conocer a las personas que van a contratar para cuidar, estos es, conocer “su personalidad, su modo de trabajo, su trato y experiencia con niños”.
Por ejemplo, Estefanía, de 21 años, cuidadora y docente en formación, relata cómo fue su inserción en el espacio de cuidado donde trabaja actualmente junto con Daniela, su mejor amiga. Al finalizar sus estudios secundarios, Estefanía se anotó en el Profesorado de Nivel Inicial, ya que siempre le había gustado trabajar con niños. Ese mismo año, Daniela le contó que su madre y su padrastro estaban por abrir un espacio de cuidado comunitario en el barrio y que buscaban gente “de confianza” que quisiera trabajar con niños menores de tres años.
Daniela me comentó que estaban buscando gente como yo, que estoy estudiando para esto. Me dijo que hablara con nuestro referente y que me presentara porque ellos buscaban personas de confianza y que también se especialicen en lo que es esto y yo me presenté con él y quedamos en que empezara a trabajar (Estefanía, cuidadora comunitaria).
El hecho de conocer a las referentes también es importante para las trabajadoras ya que muchas veces es lo que termina garantizando su permanencia en espacios de trabajo precarizados. Esto se debe a que el Estado delega en las asociaciones civiles las obligaciones y responsabilidades vinculadas a la administración del personal de los centros de cuidados, desconociendo cualquier relación de carácter laboral con las trabajadoras de espacios comunitarios. Las cuidadoras, en su mayoría, no se encuentran formalmente registradas, por lo que no pueden acceder a obra social, vacaciones pagas ni licencias. Tanto los salarios como la cantidad de horas trabajadas, las actividades por realizar, las condiciones laborales y los permisos por ausencia o enfermedad son consensuados entre referentes y trabajadoras. Allí es donde entra en juego la fortaleza de los vínculos de intimidad y los afectos para poder mantener en funcionamiento los espacios de cuidado.
Leonor, de 51 años, presidenta de una asociación civil y referente, al momento de contratar cuidadoras, tiene en cuenta una serie de aspectos que van más allá de la formación profesional de las trabajadoras. Además de sus estudios y experiencias laborales, para Leonor es importante conocer la personalidad de las trabajadoras, sobre todo si pueden ser “cariñosas” y “dulces” con los niños/as y padres/madres que asisten. Leonor es referente de dos espacios de cuidados comunitarios, uno localizado al sur de la ciudad de Córdoba (que funciona desde hace más de cinco años) y otro localizado en el norte de la ciudad, que abrió hace poco menos de un año. Durante gran parte de su vida, vivió en el barrio de Zona Sur, donde hoy funciona su primer espacio de cuidados. Desde muy joven estuvo vinculada a los proyectos comunitarios desarrollados en su barrio, por lo que es conocida y reconocida por sus vecinos como una importante referente barrial. En sus narrativas, relata las dificultades que experimenta para encontrar personal que quiera trabajar en el espacio de Zona Norte, donde se insertó recientemente, y los problemas que esto acarrea, tanto en el cotidiano (para el cuidado de los niños) como para cumplimentar con los requisitos que establece el Estado.
Para garantizar el funcionamiento del espacio y no suspender ninguna jornada, durante los primeros meses debió recurrir a mujeres conocidas suyas de Zona Sur a los fines de cubrir la falta de personal y evitar el cierre del espacio. Desde su perspectiva, la dificultad de encontrar personal estable en Zona Norte se debe a su reciente inserción en el barrio, ya que al no ser “conocida por los vecinos” debe ganarse la confianza de la comunidad, situación muy distinta a lo que sucedía en Zona Sur, donde todos la conocían y estaban familiarizados con su trabajo.
No solo las referentes recurren a conocidas o amigas para cubrir las demandas de cuidado que no pueden satisfacerse por las propias condiciones laborales, sino que también pueden cubrir estas vacancias entre mujeres de sus familias. Esta característica es extensiva a dinámicas presentes en la economía popular, donde las mujeres recurren a sus redes de afinidad más cercanas para llevar adelante proyectos de gestión comunitaria (Zibecchi, 2013). Donde se observa con mayor claridad este tipo de dinámicas es en las relaciones entre trabajadoras, quienes suelen compartir vínculos familiares como madre-hija, hermanas y primas, nuera-suegra o cuñadas. La proximidad social y geográfica de las redes de parentesco promueve la participación de familiares en los espacios de cuidados comunitarios y, a su vez, estas mujeres cuentan con experiencia comprobable en actividades de cuidados, de las cuales sus propias compañeras/familiares pueden dar cuenta.
El hecho de “conocer mucho” a la otra persona en los espacios de cuidado constituye un elemento central a la hora de tomar decisiones sobre a quién contratar o con quién trabajar. Así, la intimidad implica confianza porque se sabe mucho de la otra persona, lo que es tan importante como lo que esta haya demostrado en sus horas de trabajo. Ese “conocer” puede implicar muchos años, es una confianza que no puede construirse solo en las temporalidades de las lógicas del trabajo remunerado, sino que conlleva dinámicas y sentidos situados en las historias de las propias mujeres y los barrios. Por ejemplo, Carmen, de 64 años, que trabaja como referente en un espacio de primera infancia, menciona que a ella y a su hija (de 35 años, que trabaja con ella en el comedor de ese mismo espacio) las “conocen todos”, que en el barrio “se conocen todos”. Esa información es sustancial al momento de tomar decisiones sobre el espacio de primera infancia.
Acá en el barrio nos conocemos todos, a mí no me vienen con cuentos. Acá todos me conocen y vienen al comedor porque saben que lo que damos de comer es bueno… voy por los pasillos, todos me saludan, todos me conocen y quieren venir al comedor, se come bien. No me quedo con nada, si algo sobra, lo reparto entre la gente que viene. Me quieren, me respetan porque lo que me llega es para la gente del barrio (Carmen, referente).
No obstante, el parentesco no se restringe únicamente a la consanguinidad ni tampoco implica necesariamente afinidad e intimidad. No obstante, en varias ocasiones lo hace y responde a vínculos de afinidad e intimidad que prevalecen durante muchos años. Sabrina, de 41 años, es encargada del espacio de cuidado comunitario donde trabajan Estefanía y Daniela. Cuando junto a su pareja Joaquín comenzaron a diagramar las gestiones para abrir ese espacio, Sabrina no dudó en recurrir a mujeres de confianza, entre ellas, su hija Daniela y una señora llamada Aidé. Sabrina y Aidé habían trabajado juntas en otras oportunidades, siempre vinculadas a comedores infantiles y proyectos sociocomunitarios. En el espacio de cuidado comunitario, Aidé se desempeñaba como cocinera, tarea que ejercía con excelencia suprema, a tal punto que sus platos eran siempre celebrados por las hijas de Sabrina y demás trabajadoras.
Tanto Daniela como sus hermanas se referían a Aidé como “la abuela” a pesar de no tener lazos familiares con ella. Cuando les pregunté si Aidé era la mamá o suegra de Sabrina, sus hijas me dijeron que no, pero que Aidé era “como una mamá” para ellas, ya que ayudó a Sabrina con la crianza de sus hijas volviéndose muy cercana a la familia. Si bien Aidé efectivamente era abuela, e inclusive su nieto asistía al espacio de cuidado, Sabrina y sus hijas la llamaban así cariñosamente, porque la consideraban “de la familia” como una “abuela de corazón”. Algo similar sucedía con Estefanía y las hijas de Sabrina. Desde pequeña, Estefanía era la mejor amiga de Daniela. Con el pasar de los años, fue trazando amistad con el resto de las hermanas de Daniela, al punto que para esta última Estefanía “es como una hermana ya, hace años”.
Asimismo, muchas de las trabajadoras al mismo tiempo son beneficiarias de los programas, en la medida que sus hijos asisten a estos espacios de cuidado, produciéndose una paradoja ya que si bien esto les permite trabajar de forma remunerada por fuera de sus hogares, contribuye a la maternalización y familiarización del cuidado infantil, en la medida que reproduce los mismos circuitos de cuidado familiar reposando nuevamente sobre el trabajo, esta vez (mal)remunerado, de las mujeres del núcleo familiar (Zibecchi, 2013). Cuando la madre es cuidadora y usuaria de la política, prima la lógica del cuidado por obligación (Guimarães, 2019), en tanto ella se hace cargo de actividades vinculadas al cuidado directo de sus hijos, incluso cuando por edad no corresponda que el niño esté bajo su cuidado, sino que quedaría al cuidado de sus compañeras.
Por ejemplo, en algunos centros de cuidados comunitarios de infancias menores de 5 años, observamos que los niños suelen ser separados por “salas” con el fin de desarrollar juegos y actividades acorde a las edades. Sin embargo, esta división se suele transgredir cuando el/la hijo/a de una cuidadora asiste al espacio. En esos casos existe un acuerdo tácito e informal que permite que quien se ocupa del cuidado directo sea su madre, sin importar la edad del niño ni a qué sala corresponde.
Los vínculos de intimidad no sólo atraviesan las relaciones entre trabajadoras, sino que entre trabajadoras y mujeres madre que llevan a sus hijos/as a estos espacios de cuidados también existen vínculos de vecindad que son determinantes a la hora de decidir enviar o no al niño a determinado espacio de cuidado. En este sentido, las madres prefieren llevar a sus hijos a aquellos espacios donde conocen a las cuidadoras y saben que “es gente del barrio”. Un caso que ejemplifica esto es Susana, mamá de dos niñas de tres años que asisten a un espacio de cuidado comunitario. Cuando nacieron “las mellis”, Susana dejó su trabajo como ayudante de cocina para poder dedicarse al cuidado de sus hijas. Desde entonces, ha querido retomar su actividad aunque no le gustaba la idea de dejar a sus hijas al cuidado de desconocidas ni sobrecargar a su madre con esta tarea. Sin embargo contar con un espacio de cuidado comunitario cerca de su casa y donde trabaja un familiar la incentivó a “mandar a las mellis” a dicho espacio. Tanto para Susana, como para otras madres, conocer a las trabajadoras y referentes disipa los sentimientos de desconfianza y culpa que manifiestan algunas madres al dejar a sus hijos en los espacios de cuidado porque sienten que no los están dejando con desconocidos. Bajo esta lógica, subyace la premisa que los miembros de la familia proporcionan mejores cuidados que aquellas trabajadoras con quienes no tienen vínculos de parentesco.
El otro día estaba pensando…sería bueno empezar a trabajar de nuevo. Qué se yo. También, la veía a mi mamá así media… por ahí alterada. Y digo, no. Si busco trabajo, le voy a tener que pagar a ella. Y bueno, ella por ahí anda bien y por ahí anda mal. Y dije no. Con quién las dejo. Yo, con alguien de mi confianza. Sino no me sentiría bien yo. Y a la única que le tengo confianza es a mi mamá… y acá [en el programa de cuidado comunitario] … digamos… Le tengo más confianza a Clara porque es mi cuñada. Porque sé cómo es ella. Pero no sé a las demás, a las otras maestras. Ahí tendría que ver (Susana, mamá).
La proximidad territorial también facilita la incidencia de los vínculos familiares en los espacios de cuidados, no solo entre trabajadoras sino también entre trabajadoras y madres, ya que las mujeres comparten diferentes espacios en la comunidad y el barrio, inclusive antes de la implementación de estas políticas destinadas a satisfacer las demandas de cuidados en los barrios. Al formar parte de la comunidad barrial, las trabajadoras conocen las dinámicas familiares y ese conocimiento se torna fundamental y legítimo en los territorios a la hora de contextualizar e interpretar situaciones cotidianas. A su vez, los conocimientos previos que las trabajadoras tienen sobre su comunidad es capitalizado por estas mujeres en la medida que les permite maximizar los recursos que el Estado transfiere a la política social. Este es el caso de Claudia, que trabaja como cocinera en un comedor comunitario que funciona en el mismo edificio que un espacio de primera infancia. Su sobrino, de 4 años, y su nieto, de 5, asisten los mediodías al almuerzo que se brinda en el comedor y luego a las actividades que se realizan hasta la tarde. Claudia sabe qué comidas le gustan a cada uno y cuáles no, y aprovecha este conocimiento para evitar desperdiciar comida, sin por ello dejarlos sin comer.
Yo sé lo que le gusta a cada uno y qué no comen ni ahí… acá se sirve a todos lo mismo y se come lo que hay… Ellos no me vienen con que “abu” tal cosa o “tía” esto no. Servimos a todos los chicos por igual. Sí, a veces sí sé que no va a comer nada… como mi nieto, que no le gusta la salsa roja, le doy los fideos con aceite y queso sin la salsa (Claudia, cocinera).
Los conocimientos y capitales sociales de las trabajadoras constituyen importantes insumos para conocer mejor a las familias del barrio, y suelen ser valorados positivamente por las profesionales que monitorean las políticas, en la medida que les permiten contextualizar situaciones y conocer información privada de las familias para intervenir mejor en casos sensibles. Así, trabajadoras y referentes son conscientes de la incidencia de los vínculos de intimidad y confianza en la implementación de la política y las relaciones de cuidados. En este sentido, manifiestan la importancia de “hacerse conocer” frente a los vecinos y la comunidad del barrio donde se prevé llevar a cabo cualquier tipo de actividad.
… tuvimos que hacer una gran campaña, hacernos conocer hasta que se dieron cuenta cómo éramos, cómo trabajamos. Las referencias de boca en boca obviamente, hasta que se hizo esa cadena. Hoy marcha sobre ruedas y tengo lista de espera de niños. Sé que muchos chicos del barrio quieren ir porque están recomendados de uno a otro. Pero costó eso. ¿Por qué? Porque al principio nadie confía en vos (Leonor, referente).
El “boca en boca” es una de las principales herramientas para dar a conocer los espacios de cuidado comunitario. No basta con que las familias conozcan la política o los recursos que ofrece, sino que sepan quiénes son las personas que están gestionando esa política en el barrio. Sin embargo, la construcción de vínculos con las familias no se da solo al momento de implementación de la política, sino que deben ser constantemente reiterados y reforzados ya que cualquier inconveniente o situación puede ponerlos en riesgo. El pañal sucio, los llantos prolongados y los golpes o rasguños son percibidos por las madres como indicadores de un mal cuidado que debilitan los vínculos entre familias y trabajadoras, que en casos extremos puede terminar en la desvinculación de la trabajadora con el espacio y la política. Para evitar estas situaciones y reforzar los lazos con las familias, las cuidadoras promueven la comunicación fluida y la participación de madres y padres en talleres y reuniones. Inclusive, los mismos equipos técnicos que monitorean estas políticas (conformados por diferentes profesionales, entre ellos trabajadoras sociales, pedagogos y nutricionistas) hacen hincapié en el fortalecimiento de estos vínculos para el correcto funcionamiento de la política social.
Luego de la reunión de padres que había tenido lugar en el espacio de cuidado comunitario, trabajadoras sociales, referente y cuidadoras se quedaron discutiendo los principales tópicos abordados en el encuentro. Tras una jornada compleja, donde una mamá contó experiencias negativas que ella y su hija vivieron con una cuidadora, las trabajadoras sociales manifestaron la necesidad de “volver a ganar la confianza de las familias”. Entre las sugerencias para llevar adelante este propósito, las trabajadoras sociales enfatizaban mejorar la comunicación entre cuidadoras y familias mediante el envío de fotos a través del grupo de WhatsApp, para que madres y padres vean las actividades que sus hijos realizaban durante la jornada en el espacio de cuidados. El objetivo de las fotos no era solo que las madres estuvieran al tanto de los juegos y actividades que sus hijos practicaban, sino transmitirles la confianza de que sus hijos estaban siendo cuidados y atendidos bajo la supervisión de las cuidadoras.
Finalmente, las relaciones sexoafectivas también se hacen presentes en los procesos de implementación y gestión de políticas de cuidados. En estos casos, se observa una continuidad en la división sexual del trabajo del hogar hacia los espacios de cuidados comunitarios: quienes asumen las tareas vinculadas al cuidado directo son las mujeres, mientras que los varones –cuando participan en estos espacios– lo hacen solo en calidad de referentes, ocupándose de la gestión y provisión de recursos, replicando de esta forma las lógicas de “varón proveedor” y “mujer cuidadora”.
Por ejemplo Tomás, quien es un hombre de 56 años, es pareja de Mariela, de 54, desde que él tiene 15 años. Nos comenta Mariela que ellos saben lo que es el hambre, el frío, los golpes y la violencia hacia las mujeres en particular y los pobres en general. Cuando eran adolescentes salían a hurgar en la basura, hacer “changas”, robar “alguna que otra cosita” o “pedir dinero”, entre otras estrategias diversas, para asegurarse comida, bebida y un lugar donde estar. Han dormido en la calle varios años y luego, alrededor de los 25 de Tomás, llegaron al barrio donde ahora viven, en el mismo lote con una casa que fueron mejorando con el correr de los años. En el año 2000, con la crisis económica que atravesaba el país, comenzaron una “olla popular” para darles de comer a los niños/as del barrio y a sus propios hijos/as. La olla popular en un primer momento la realizaban en el fondo de su vivienda y luego se trasladaron a un predio más grande a pocas cuadras. En 2006, por las tratativas que Tomás realizó con el gobierno local, consiguió que enviaran mercadería para que cocinara Mariela y así comenzó a funcionar el comedor comunitario, que actualmente entrega unas 140 viandas diarias al mediodía. Actualmente, en el comedor trabajan cuatro mujeres además de Mariela, quien se encarga de gestionar y administrar el trabajo y la mercadería.
Tomás preside una asociación civil a partir de la cual recibe donaciones de diversas empresas y personas físicas. Esta división no se trata de una designación meramente discursiva, sino que trae aparejadas prácticas concretas. Mientras que las tareas de Joaquín como referente involucran la gestión y negociación de recursos con organismos estatales y privados, la selección del personal, el mantenimiento edilicio y el monitoreo general del espacio, el trabajo de Mariela como encargada involucra todas las acciones orientadas al funcionamiento diario del espacio, como la compra de comida, la limpieza del lugar y el cuidado de los niños.
Contrario a la hipótesis de “mundos hostiles”, intimidad y trabajo convergen y se retroalimentan en los espacios de cuidados comunitarios. A partir del análisis de las cuatro dimensiones identificadas, observamos las diferentes relaciones de intimidad que se manifiestan en los procesos de implementación y gestión de las políticas de cuidado comunitario. La proximidad y fortaleza de los vínculos sociales, así como la territorialidad de las redes, promueven la participación de familiares y vecinas en los espacios de cuidado, ya sea como trabajadoras, destinatarias o gestoras de la política social. No obstante, se trata de categorías complejas e incluso paradójicas, en la medida que las mismas trabajadoras se vuelven beneficiarias de la política social, dando cuenta del carácter femenino y precario que asume el trabajo de cuidados comunitarios en contextos ya signados por vulnerabilidad social. La incidencia de los vínculos de intimidad en las políticas de cuidado comunitario complejiza al mismo tiempo que dificulta la división tajante entre lo público y lo privado como esferas separadas, en la medida que lo íntimo es parte y condición necesaria para la gestión de la política social. Esta dificultad se manifiesta con mayor claridad en el caso de las trabajadoras, quienes se encuentran insertas en un continuum de cuidados que atraviesa las espacialidades y temporalidades de sus jornadas de trabajo. Frente a esta situación, las cuidadoras movilizan una serie de estrategias a los fines de trazar fronteras entre sus vínculos íntimos y laborales.
Separando esferas: trabajo y contratos de intimidad
No siempre los vínculos de amistad o parentesco entre trabajadoras son valorados positivamente por las profesionales que monitorean los espacios de cuidados comunitarios. Para algunas, la cercanía familiar de las trabajadoras es un aspecto por revisar ya que consideran que una “dinámica familiar disfuncional” podría verse reflejada en la gestión de estos espacios. Consideraban que, en algunos casos, las relaciones de parentesco tienden a generar compromisos y “encubrimientos” que priorizaban el vínculo familiar sobre la formación o capacitación profesional, principalmente a la hora de seleccionar y mantener al personal. La distinción entre lo que compete solamente a los vínculos íntimos, lo que corresponde al ámbito laboral o lo que solo puede llevarse a cabo cuando ambas dimensiones están presentes es una tarea que requiere esfuerzos constantes, según refieren las mujeres entrevistadas trabajadoras en merenderos, comedores y otras instituciones ejecutoras de políticas de cuidado comunitario. Ellas destacan la importancia de mantener algunas acciones e información separadas para poder llevar a cabo sus trabajos como cuidadoras, sobre todo en lo que refiere a cumplir con las pautas institucionales y las normativas de las políticas y los programas. En este escenario, las trabajadoras ponen a disposición una serie de estrategias para marcar fronteras entre vínculos laborales y vínculos íntimos para garantizar el cotidiano de sus trabajos.
Por ejemplo Aidé, cocinera de una organización barrial, contaba divertida que debía salir por la puerta trasera del comedor para evitar que su nieto la viera, ya que aseguraba que si la veía no la dejaría salir o querría que lo lleve con ella a su casa, y ante la negativa comenzaría a llorar. En un intento por definir y diferenciar su trabajo de cuidado remunerado con aquel que realizan en sus hogares, las trabajadoras desarrollan estrategias para establecer límites entre uno y otro donde lo enunciativo cobra fundamental relevancia. Al espacio donde trabajan Estefanía y Daniela asiste el sobrino de la primera. Estefanía y Daniela enfatizan que, a pesar de que sea su sobrino, Estefanía no lo lleva “en brazos ni nada” ya que en ese lugar y durante sus horas de trabajo ella es “seño, no tía”:
Estefanía: El de mi hermana tiene 11 meses, mi hermana manda al nenito… que está con ella (su hermana).
Daniela: Está conmigo… Lo único la ve por ahí pero no está en brazos ni nada
Estefanía: acá seño, no tía.
En el fragmento de la entrevista, observamos cómo Estefanía busca trazar una frontera entre el vínculo de parentesco que tiene con su sobrino y su trabajo como cuidadora, en un intento por diferenciar ambos tipos de relaciones. Llamarla “tía” implica poner en manifiesto la relación de parentesco que existe entre ambos, mientras que la palabra “seño” no solo es utilizada por todos los niños que asisten al espacio, sino que también trae aparejada una noción de cierta impersonalidad, aunque no por ello desprovista de intimidad. Del mismo modo, Daniela aclara que cuando el sobrino de Estefanía la ve trabajando, “no está en brazos ni nada”, es decir, Estefanía no lo carga en brazos ni se queda con él, reforzando el límite que busca trazar la trabajadora. Sin embargo, esta misma acepción de “tía” adquiere una connotación completamente distinta cuando es enunciada por una madre. En la reunión de padres, una madre contaba que su hija disfrutaba tanto asistir a la guardería que consideraba a las seños como miembros de su familia, a tal punto que las llamaba “tía”. En este caso, a pesar de que no existe vínculo de parentesco entre esa niña ni su madre con las cuidadoras, la acepción no es corregida por las trabajadoras, ya que es leída como una muestra de cercanía y afecto.
El trabajo de cuidados continúa por fuera de los espacios de cuidado comunitario, pero una vez cruzada esa frontera deja de ser remunerado a pesar de llevar adelante prácticamente las mismas tareas. Sin embargo, las trabajadoras se esfuerzan por delimitar estas fronteras entre lo laboral y lo personal, aunque en reiteradas ocasiones estas fronteras se trasvasan, quedando difusas. Daniela nos comentaba las dificultades que tenía para establecer un horario para responder dudas de las madres y padres de los/as niños/as que cuida.
Contestás a los papás a la hora que sea porque tenés que estar pendiente también a eso por más que uno les diga a los papás hasta cierto horario. Hay veces que no respetan eso (Daniela, cuidadora comunitaria).
La dificultad por establecer fronteras materiales y simbólicas se manifiesta en la dimensión espacial y también en la temporal, como podemos observar en la cita de Daniela. Las actividades de cuidado, inclusive aquellas que corresponden al trabajo de cuidados remunerado, trasciende las estructuras edilicias y son “llevadas a casa”, dando lugar al continuum de cuidados que advertimos anteriormente. La temporalidad de las trabajadoras se construye en relación con otros y con la disponibilidad permanente para atender sus demandas. Como advierten Bessin y Gaudart (2009), la temporalidad está en el centro del sistema de género y produce y reproduce relaciones de poder, en el cual las actividades de cuidado hacia otros son desjerarquizadas e invisibilizadas al mismo tiempo que induce una serie de disposiciones prácticas y morales, como la responsabilidad, la atención, la anticipación y la preocupación.
Los espacios de cuidados comunitarios, a pesar de formar parte de una política pública, se piensan y construyen como espacios íntimos, donde fortalecen lazos de intimidad y parentesco que no pueden darse en todos los hogares. De esta forma, el hogar como el espacio de intimidad por excelencia es desplazado por una política social. Algunos espacios de cuidados organizan talleres dirigidos a padres con el objetivo de reforzar los lazos con las familias y promover el intercambio con la comunidad. Para Daniela, los talleres son instancias enriquecedoras no solo en la medida que favorecen la comunicación entre padres y cuidadoras, sino también porque les permite compartir a padres e hijos momentos especiales por fuera del trabajo y la rutina.
… en realidad lo hacemos [los talleres] para que también los papás compartan con los niños. Hay muchos papás que trabajan casi todo el día y no tienen mucho tiempo para compartir con los niños entonces también optamos por eso (Daniela, cuidadora comunitaria).
La afectividad como base del cuidado moldea el trabajo y la política pública; no obstante, las instituciones erigen pautas que acompañan las normativas legales en torno a la intimidad. Algunas actividades de cuidado implican mayores niveles de intimidad, como es en el caso del cambio de pañales. Los espacios de cuidados comunitarios reciben a niños y niñas de entre 45 días y tres años que aún utilizan pañales y luego de varias horas necesitan ser higienizados. Si bien en la Argentina no existen normativas puntuales que prohíban el cambio de pañal por parte de docentes y auxiliares en espacios de cuidados de primera infancia (e inclusive en los últimos años la reticencia de las docentes a higienizar infantes ha sido criticada por diferentes asociaciones de pediatría, entendiéndolo como una vulneración a los derechos de los niños), las instituciones solicitan a los padres una autorización para el cambio de pañales durante la jornada de trabajo. Por su parte, las familias pueden negarse a firmar la autorización, quedando bajo su responsabilidad trasladarse al espacio de cuidado para asistir al niño en caso de precisar un cambio de pañal, o especificar a qué docente o cuidadora autorizan para esa tarea. Si bien Estefanía entiende que los padres “están en su derecho” a decidir no firmar la autorización, espera por parte de ellos el compromiso de asistir cuando el niño requiera ser higienizado.
… hay papás que no quieren que le cambie el pañal y vos les decís con la necesidad que pasan tantas horas o que se comprometen en venir a retirarlos o que nos autoricen porque hay muchos papás que son, no tienen, no entran en confianza, pero también tienen que tener ese compromiso que si no lo no nos autoriza nosotras tampoco lo podemos tener sucio entonces que también se comprometen niños, no, no quieren que le cambiemos el pañal, está con todo su derecho, pero también se comprometen en venir a buscarlos, si sucede alguna emergencia para no tenerlo tanto tiempo así (Estefanía, cuidadora).
Por ello, para inscribir a un niño a una guardería comunitaria, madres o padres deben presentar una serie de documentos y autorizaciones a los fines de resguardar tanto la seguridad de su hijo como los de otros niños que asisten al espacio. Estos documentos no son solo exigidos por la organización social, sino que responden a una directiva demandada por el Estado y que es monitoreada por los organismos de control gubernamental. Entre la documentación, nos interesa destacar algunos de los elementos más solicitados por parte de las instituciones: a) autorización para el cambio de pañal; b) fotocopia con datos personales de las personas autorizadas a retirar al infante; c) autorización para tomar fotos del menor. Estos documentos apuntan a proteger la intimidad del infante y constituyen, a nuestro modo de ver, contratos de intimidad, que pueden ser negociados, aceptados o interrumpidos en cualquier momento por las partes. Sin embargo, también tienen como objetivo evitar problemas legales a las trabajadoras y a la organización civil.
En el caso de las autorizaciones, los padres pueden negarse a firmarlas sin que ello comprometa el ingreso o permanencia del niño en el espacio de cuidado, aunque las cuidadoras advierten sobre las consecuencias que acarrea, principalmente en cuanto al cambio de pañal. Las autorizaciones pueden ser entendidas como fronteras que el Estado traza para demarcar lo que constituye un acto íntimo y lo que no. Hay una regulación de la intimidad cuyas fronteras circundan el territorio de la legalidad.
Entre los archivos y burocracias cotidianas, algunos espacios de cuidados comunitarios deben llevar un registro de actividades diarias donde se consignan la asistencia de niños, la justificación de ausencias, las situaciones particulares (como una pelea entre niños que haya ocasionado la lesión de alguno), las visitas de la trabajadora social o cualquier miembro del equipo técnico. Este documento es conocido como cuaderno de actas y constituye un documento público, en tanto puede ser consultado en cualquier momento por un organismo estatal. A pesar de constituir un documento público que puede ser leído por cualquier agente gubernamental que lo requiera, se produce una suerte de paradoja en tanto pretende ser concebido como “diario íntimo”.
Para ilustrar esta dimensión, recuperemos la escena etnográfica de la reunión de padres. En el transcurso de la reunión, entre las sugerencias que la trabajadora social mencionaba para “volver a ganar la confianza de las familias”, proponía que los padres utilizaran el cuaderno de actas como un “diario íntimo” donde expresar todas aquellas situaciones que quisieran registrar en relación con el espacio de cuidados. El comentario generó bromas entre madres y cuidadoras: “Nos van a esconder el cuaderno”, “Lo usamos como libro de quejas”, vociferaban las mujeres entre risas mientras las cuidadoras hacían mímicas de escribir en una máquina invisible. Con esto, la trabajadora social apuntaba a que los padres se apropiaran del cuaderno de actas, que hasta entonces era gestionado por cuidadoras y trabajadoras sociales, e insistió en que cualquier problema debía ser consignado allí, en tanto –dado su carácter público– debía encontrarse completo y actualizado.
Conclusiones
La preeminencia de las relaciones de intimidad y parentesco en los espacios de cuidados comunitarios configuran al mismo tiempo que hacen posible la implementación y gestión de la política social. En un contexto signado por la precarización y la vulnerabilidad, la fortaleza de los vínculos de intimidad y confianza se torna un valor en sí mismo en la medida que garantiza la mano de obra necesaria para llevar adelante la gestión de las políticas. El Estado capitaliza las redes comunitarias, lejos de buscar quebrantarlas –como afirman los discursos neoliberales que circulan en el Norte Global–, apropiándose de las estructuras sociales y edilicias de las organizaciones sociales para capitalizar recursos sin asumir los costos de la gestión. Estos costos son desplazados a las mujeres de sectores vulnerables, quienes recurren a sus redes de intimidad y parentesco para sostener las políticas de cuidado y garantizar así su propia reproducción.
A lo largo del capítulo, intentamos argumentar nuestra hipótesis recuperando escenas etnográficas y fragmentos de entrevistas. El énfasis estuvo puesto en los diferentes vínculos de intimidad que atraviesan y componen la política social, destacándose la centralidad de las redes de parentesco y la superposición de categorías, particularmente en el caso de las mujeres que trabajan en los espacios de cuidados de primera infancia al mismo tiempo que son usuarias de la política que gestionan. Los circuitos de cuidado remunerado se entrecruzan con los circuitos de cuidado no remunerado, desdibujando las fronteras entre lo público y lo privado y dejando en manifiesto el carácter construido de su separación. Frente a ello, asistimos a la multiplicidad de estrategias que utilizan las trabajadoras para trazar fronteras, siempre permeables y porosas, en un intento por restablecer la existencia efímera de esas esferas. Parafraseando a Zelizer (2009), la intimidad es negociada tanto por trabajadoras y referentes como por las familias beneficiarias de la política social, estableciendo diferentes acuerdos que denominamos contratos de intimidad.
Sin embargo, es preciso mencionar que la incidencia de la intimidad en la política no se da solo en el seno de la implementación de políticas de cuidado en sectores vulnerables, sino que atraviesa las lógicas estatales en diferentes espacios de poder. Al respecto, Neiburg (2003) no solo advierte la ausencia de trabajos académicos que aborden la relación entre política e intimidad, sino que también retrata el entrecruzamiento de ambas categorías a partir de una disputa familiar cuyas consecuencias trascienden las fronteras provinciales y se desatan en el Congreso de la Nación. No se trata de casos aislados, sino de lógicas institucionales de fuerte raigambre y vigencia en nuestra sociedad. Basta con observar quiénes ocupan los espacios de poder y qué tipo de relaciones poseen.
Finalmente, quisiéramos finalizar compartiendo algunas inquietudes que nos despertó la escritura del presente capítulo y que remiten a la experiencia de describir intimidades ajenas. Estas incomodidades se traducen en preguntas acerca de cómo escribir situaciones y vínculos íntimos, el alcance de la confidencialidad y el contrato entre etnógrafo-interlocutores, particularmente si pensamos en las implicancias que la exposición puede tener entre sectores subalternos, cuyos medios de reproducción dependen en gran medida del mantenimiento de relaciones sociales y vínculos íntimos. La exposición de aquello que los interlocutores colocan en la dimensión de lo íntimo, de lo privado, de aquello que intentan separar mediante fronteras porosas de su mundo público puede tener consecuencias en su universo social, en tanto se corre el riesgo de dejar al descubierto intimidades propias y ajenas. Es por ello que los recaudos teóricos y metodológicos a los que acudimos etnógrafos e investigadores adquieren una dimensión política y no pueden establecerse de antemano, sino que precisan ser revisados de acuerdo a los contextos de producción y circulación.
Bibliografía
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