Una revisión de estudios sobre la frontera México-Guatemala y Argentina-Paraguay
Tania Porcaro[1]
Introducción
Gran parte de las fronteras latinoamericanas reconocen una importante vinculación social –histórica y actual– entre personas asentadas a cada lado del límite internacional. Este es el caso de la frontera de México con Guatemala y de la Argentina con Paraguay, espacios de vida donde las relaciones entre habitantes conforman una geografía cotidiana que reconoce caminos, lugares y territorios compartidos. La vida cotidiana actual en estas fronteras se ve atravesada y redefinida por procesos y prácticas muy diversos, que se producen a distintas escalas. Entre ellos, el turismo se posiciona como una práctica social que participa en las relaciones económicas, políticas y culturales que construyen cotidianamente las personas en muchos de estos espacios binacionales.
En los dos recortes fronterizos considerados se desplegaron importantes procesos de valorización turística que se han ido sucediendo y superponiendo en el tiempo y en el espacio. Por ejemplo, a través de la revalorización de la naturaleza en las cataratas del Iguazú (muy cerca de la triple frontera entre Argentina-Brasil-Paraguay), la selva Lacandona y la selva de El Petén (México-Guatemala). También se han desplegado formas de valorización de lo que frecuentemente el turismo concibe como culturas del pasado, como las misiones jesuíticas guaraníes en el primer caso y los sitios arqueológicos de origen maya, en el segundo. En ambos recortes pueden reconocerse también diferentes estrategias de turismo comunitario, ecoturismo o turismo cultural, implementadas con miras a la generación de beneficios económicos para las poblaciones locales, aunque no exentas de miradas críticas (Reygadas et al., 2006; Devine, 2014; Yasnikowski, 2016).
En el contexto actual de globalización, Guyot (2012) observa nuevos procesos de conquista de las fronteras, ya no vinculados a actividades extractivas tradicionales, sino a la valorización inmaterial de recursos naturales para el disfrute o la conservación. Sin embargo, la frontera también ha sido concebida en la academia como un recurso para el desarrollo local, en aquellos casos donde la cooperación transnacional y las alianzas transfronterizas han posicionado al turismo como dinamizador de las economías locales (Prokkola, 2008). En este sentido, las/os habitantes de las fronteras, lejos de ser agentes pasivos, participan activamente en la configuración de tácticas y estrategias para favorecer, obstaculizar o transformar las prácticas turísticas actuales en las fronteras. A pesar del creciente interés que genera el turismo en la academia latinoamericana, son aún escasos los trabajos que han problematizado críticamente el vínculo con la producción de fronteras y de relaciones transfronterizas. También son pocos los estudios que articulan o comparan los procesos de diferentes países de la región.
Existen algunos antecedentes de investigaciones que examinaron el turismo de manera conjunta en las fronteras de México y la Argentina (Zizaldra-Hernández, Wallingre y Cuevas-Contreras, 2019), que parten de una perspectiva estadística y se orientan a diferenciar tipos de desplazamiento. Este trabajo, en cambio, propone resituar el análisis del turismo en el campo de estudios sobre fronteras, en las geopolíticas críticas y, específicamente, en los enfoques centrados en la vida cotidiana, para contribuir a la definición de un marco teórico que ayude a pensar el modo en que el turismo participa en la configuración de geografías transfronterizas cotidianas en diferentes espacios latinoamericanos.
Desde una mirada centrada en las voces, sujetos y prácticas locales, y con un enfoque que propone al cotidiano como recorte y estrategia analítica, este capítulo tiene como objetivo reconocer el estado del conocimiento actual sobre el papel de la frontera en las prácticas turísticas entre Chiapas (México)-Guatemala y entre Misiones (Argentina)-Paraguay, en las dos primeras décadas del siglo XXI. La selección de los dos recortes fronterizos de estudio obedece a las posibilidades de análisis que emergen de su consideración en conjunto, en línea con la propuesta del libro. Esta estrategia permite identificar elementos comunes en las formas recientes de valorización turística de las fronteras latinoamericanas, considerando tanto las fragmentaciones nacionales de los mapas turísticos como la vigencia del paradigma que postula al turismo internacional como factor de desarrollo, en zonas consideradas de menor nivel (Icaza, Núñez y Vanevic, 2012). Al mismo tiempo, este diálogo pone en perspectiva las estrategias comunes o diferenciadas de la población local para la apropiación, control o resignificación de las prácticas y los usos turísticos del espacio, valorando el modo en que las agencias cotidianas redefinen las fronteras, las inclusiones, las articulaciones y las fragmentaciones sociales y espaciales.
En la investigación desarrollada se buscó responder a cuatro preguntas: (1) qué formas de valorización pueden identificarse en ambos recortes y cómo se despliegan espacialmente; (2) qué modos de articulación, movilidad, relación o fragmentación se reconocen entre las poblaciones donde se encuentran los sitios turísticos y que habitan a cada lado del límite; (3) en qué medida los estudios disponibles sobre estos sitios turísticos consideran la producción de la frontera y las relaciones transfronterizas en su análisis; y (4) de qué modo los trabajos incorporan la perspectiva local, el enfoque situado o la vida cotidiana en el estudio del turismo en cada frontera.
A través de una estrategia teórico-metodológica cualitativa de carácter exploratorio y descriptivo, la investigación se apoyó en una revisión bibliográfica extensa de trabajos académicos que han estudiado las prácticas turísticas en las fronteras de Chiapas (México) con Guatemala y de Misiones (Argentina) con Paraguay, con énfasis en discusiones sobre la frontera y las relaciones transfronterizas. La búsqueda bibliográfica se realizó en repositorios científicos digitales y abiertos a través de palabras clave y, de manera incremental, por medio de las referencias bibliográficas de los trabajos revisados. Se seleccionaron aquellos trabajos que abordaran procesos de valorización turística en las últimas dos décadas, considerando no solo la mayor disponibilidad de estudios académicos, sino también el contexto particular de intensificación del turismo internacional y de las estrategias estatales de promoción turística. Si bien la revisión incluyó estudios producidos en los cuatro países implicados, este trabajo reconoce un sesgo que tiende a priorizar los procesos y miradas desde México y la Argentina, lo que podrá ser subsanado en futuras investigaciones que den cuenta de otras posibles miradas sobre la problemática de estudio.
Se identificaron 6 sitios relevantes para el estudio del turismo en contextos fronterizos (cuatro entre México y Guatemala y dos entre la Argentina y Paraguay). Para recomponer sintéticamente las formas de valorización turística de cada caso de estudio se apeló a la bibliografía y, adicionalmente, se indagaron sitios web de promoción turística de los Estados nacionales y subnacionales, de organismos oficiales de áreas protegidas, de periódicos digitales regionales y de agencias de viajes, así como algunas guías de viajes publicadas por editoriales. De manera complementaria, se realizaron visitas de observación de campo en 5 de los 6 sitios y se llevaron adelante conversaciones informales, entre 2022 y 2024, para comprender algunas características particulares de cada caso. El sitio Lagos de Colón no pudo ser visitado dadas las restricciones impuestas por el contexto de violencia que imperaba en esa zona al momento de llevar a cabo el estudio.
En la investigación fue posible reconocer una diferencia notable en el modo en que se estudia la relación entre turismo y frontera en los dos recortes considerados: México-Guatemala y Argentina-Paraguay. La cantidad de trabajos disponibles, los enfoques utilizados, el interés por estudiar relaciones transfronterizas, el reconocimiento de la participación local o la centralidad de los Estados nacionales son algunos elementos que marcan distancias entre los dos recortes. En cambio, procesos comunes de valorización turística, procesos de fragmentación nacional predominantes en la estructuración de las prácticas turísticas, relaciones de competencia, tensiones y disputas locales por el control de acceso, movilidad y aprovechamiento de los recursos turísticos se presentan como algunos de los hallazgos que se repiten en ambas fronteras.
El capítulo se organiza en cuatro apartados principales. El primero expone el entramado teórico que sustentó el análisis realizado, en torno a los conceptos de relaciones transfronterizas, vida cotidiana y usos turísticos del espacio. El segundo, inicia con una contextualización de las formas de valorización turística que se desplegaron en la frontera de Chiapas (México)-Guatemala, para luego examinar en detalle el conocimiento disponible sobre cuatro casos específicos de estudio: río Usumacinta, lagos de Montebello, lagos de Colón y volcán Tacaná. El tercer apartado presenta las formas de valorización turística desplegadas en la frontera de Misiones (Argentina) con Paraguay y luego puntualiza en las características particulares de dos sitios: las cataratas del Iguazú y las misiones jesuíticas guaraníes. En el apartado final se recompone el estado del conocimiento actual a partir de la articulación de los hallazgos previos.
Entramados teóricos para el estudio del turismo y las relaciones transfronterizas
Pensar la participación del turismo en la producción social de las fronteras entre Estados nacionales y de las relaciones transfronterizas, en línea con las propuestas críticas y procesuales, requiere considerar las realidades contextuales de cada espacio y cada tiempo. En Latinoamérica, durante las últimas décadas, las movilidades transfronterizas han sido frecuentemente concebidas, desde una mirada estadocéntrica, como un problema de seguridad, y por lo tanto deslegitimadas u obstaculizadas por políticas que se han orientado a reforzar los controles fronterizos. Las miradas más punitivistas, como advierte Renoldi (2015), tienden a reconocer la movilidad transfronteriza como un riesgo para el bien común y el Estado de derecho. Los discursos e imaginarios que crea el turismo desde la intervención estatal, en cambio, suelen promover un imaginario desarrollista que sitúa a la movilidad turística transfronteriza como un elemento positivo para la obtención de beneficios económicos (Porcaro, 2021). Esta conceptualización puede asociarse a una mirada positiva hacia la fluidez o la agilización, en línea con una visión capitalista y globalizada de las fronteras que las piensa como ligeras, permeables y flexibles (Núñez, Arenas y Sabatini, 2013).
En el marco de los estudios de movilidad, se han elaborado importantes contribuciones para pensar los desplazamientos turísticos, laborales y migratorios como prácticas y relaciones sociales que se solapan en la producción de fronteras, destacando la necesidad de estudiarlas de manera conjunta y reconocer los regímenes diferenciados de movilidad que existen para distintos grupos humanos (Salazar, 2020). Las geopolíticas críticas también han reconocido que la movilidad turística, lejos de ser un factor siempre positivo, implica la participación diferencial de distintos agentes en la apropiación y explotación de la frontera. El turismo, en tanto práctica social, configura relaciones de poder entre agentes que operan a diferentes escalas, definiendo nuevas fragmentaciones, exclusiones, segregaciones a través del uso y control del espacio y las movilidades (Amilhat-Szary y Guyot, 2009; Porcaro, 2018). Mientras que algunos estudios observan en ciertas iniciativas transfronterizas las premisas de una regulación y control del turismo por parte de la población local, frente a una actividad que perciben como foránea (Amilhat-Szary y Guyot, 2009), otros entienden la articulación como una reacción frente al desarrollo desigual de lugares periféricos, que les permite a los actores locales obtener beneficios económicos (Prokkola, 2011). Estos aportes evidencian que los múltiples sujetos que produce el turismo, como práctica social, se vinculan en forma desigual y redefinen las relaciones de fuerzas que se tejen día a día en las fronteras.
En el campo de estudios sobre fronteras, la perspectiva de la vida cotidiana contribuye a contrastar las visiones punitivistas que frecuentemente pesan sobre estos recortes y que producen una mirada homogeneizante e ilegalizante de las personas y las prácticas móviles (Porcaro y Camacho, 2023). Esta mirada cotidiana está muy presente en los estudios de la frontera de México con Guatemala y, en menor medida, en los concernientes a la Argentina con Paraguay (Renoldi, 2013; 2015; Ramos Rojas, 2016; Camacho, 2021; Nájera Aguirre, 2021). Al observar el modo en que las poblaciones locales tejen estrategias de vida sobre, a través y gracias a la frontera ha sido posible reconocer las voces, sujetos y experiencias que producen cotidianamente relaciones sociales, políticas y económicas entre regímenes diferenciados de soberanía nacional. Renoldi sostiene que frente a la idea generalizada que asocia la movilidad con la inestabilidad y la vulnerabilidad, el trabajo etnográfico muestra también lo contrario: “la oportunidad o posibilidad de moverse de un lado para otro les garantiza a las personas la ampliación de recursos que, en lugar de agotarse, se reproducen” (2013, p. 7).
El turismo se posiciona muchas veces como alternativa, recurso y oportunidad económica de gran relevancia para las poblaciones locales que habitan las fronteras nacionales. Los estudios sobre turismo, sin embargo, pocas veces se centran en la vida cotidiana fronteriza y transfronteriza de las poblaciones locales que reciben a los contingentes de turistas. El despliegue del turismo se sustenta, muchas veces, en las redes, vínculos, prácticas y conocimientos que desarrolla la población en su habitar fronterizo diario, y que movilizan estratégicamente como recurso para complementar sus economías cotidianas. Resituar el estudio del turismo en el marco de las prácticas cotidianas de producción de fronteras permite construir un enfoque que priorice las miradas, las experiencias y las representaciones que se construyen en el día a día. Así, es posible reconocer el modo en que las formas históricas de uso de los caminos entre poblaciones asentadas a cada lado son hoy revalorizadas y aprovechadas por los nuevos usos turísticos del espacio transfronterizo (Porcaro, 2018). También es factible reconocer los nuevos negocios que se sustentan en las redes transfronterizas creadas a través de intercambios y vínculos familiares, pero también los procesos de acumulación desigual y conflictiva de capital o recursos (Garcés, Altamirano y Moraga, 2021).
Apropiaciones locales de la frontera como recurso turístico entre Chiapas (México) y Guatemala
El turismo en la frontera de Chiapas (México) con Guatemala se inscribe en diferentes procesos de valorización desplegados en las distintas regiones y en distintos momentos. Sarmiento (2023) sitúa los inicios de la promoción turística oficial en el Estado de Chiapas a mediados del siglo XX, centrada en la valorización del pasado prehispánico de la cultura maya, en el sector oriental del estado. También señala que fue a lo largo de la segunda mitad del siglo, con las rutas de transporte terrestre y aéreo, que la zona fronteriza con Guatemala pasó a ser gradualmente reconocida, no solo por los monumentos arqueológicos, sino también por sitios calificados como naturales, como cascadas, lagos y bosques.
Sin embargo, el mayor impulso al turismo se apoyó en las crecientes estrategias de promoción y comercialización internacional desde finales de la década de 1980, tanto en México como en Guatemala, de lo que se pasó a conocer como Mundo Maya. A ello contribuyó la inclusión de diferentes sitios arqueológicos a la lista de Patrimonio de la Humanidad de Unesco, como Tikal (Guatemala) y Palenque (México) desde finales de la década de 1970, alcanzando un gran reconocimiento internacional. Las guías de viajes mexicanas de la década de 1980 daban cuenta del despegue de la actividad turística por esos años, advirtiendo sobre el escaso desarrollo de la infraestructura de comunicaciones y transporte y la falta de servicios adecuados (Promociones Editoriales Mexicanas, 1984).
La década de 1990, para López y Palomino (2008), marca un momento de cambios en el turismo convencional en México y el inicio de una etapa guiada por la sustentabilidad y el fomento del ecoturismo, a través del involucramiento de dependencias estatales orientadas al desarrollo, a la conservación de áreas protegidas y al movimiento indigenista. Por ese entonces, los autores observan la creación de numerosos proyectos de ecoturismo entre pueblos indígenas, propiciando un proceso de reapropiación de recursos y territorios de los que fueron privados cuando se convirtieron en áreas naturales protegidas, aunque no exento de conflictos. En Chiapas, el levantamiento zapatista de 1994 también contribuyó a dar visibilidad nacional e internacional al estado y, en particular, a la selva Lacandona (Reygadas et al., 2006). Asimismo, incidió en el gradual posicionamiento de San Cristóbal de las Casas como uno de los principales centros turísticos de relevancia internacional en Chiapas (Muñoz y Llanos, 2021), desde donde parten numerosas excursiones para visitar diferentes sitios de la frontera sur de México.
Desde la década de 2000, se consolidaron a nivel global nuevas modalidades de consumo turístico asociadas al turismo aventura, senderismo, turismo activo, alternativo y ecoturismo, que promueven la incorporación de nuevos sitios a los espacios de recreación. En esta etapa, el gobierno de Chiapas dio un fuerte impulso a la actividad turística, reflejado en el creciente presupuesto destinado al sector (Ramos et al., 2020). Se inició, en este contexto, la valorización turística del extremo suroccidental, el Soconusco, a través de la promoción del turismo de cruceros en Tapachula, la Ruta del Café con la conversión de fincas cafetaleras a la actividad turística (Camacho, 2021), y la ruta Rambután-Tacaná que conecta esta zona con las tierras altas del volcán.
A pesar de que esta frontera tan solo cuenta con siete puntos de cruce habilitados legalmente en una extensión de 658 km en el estado de Chiapas, las relaciones transfronterizas de la población local son intensas y crean numerosos pasos cotidianos y populares. Muchas de las prácticas turísticas se apoyan y resignifican estos vínculos, pero en ocasiones también los transforman y tensan, como se verá más adelante. En la Figura 1 se muestran los diferentes sitios turísticos, áreas protegidas, localidades de interés y pasos fronterizos de este recorte, que se mencionan a lo largo del trabajo. Por su parte, en el Cuadro 1 se sistematizan todas las declaratorias patrimoniales que se superponen en los sitios de estudio seleccionados, considerando los procesos y etapas mencionados a lo largo del trabajo.
Figura 1. Cuatro sitios turísticos de estudio en la frontera Chiapas (México)-Guatemala

Fuente: elaboración propia sobre la base de información bibliográfica, materiales de promoción turística, recorridos de campo, y repositorios cartográficos digitales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México y la Secretaría de Planificación y Programación de la Presidencia de Guatemala. Casos de estudio (verde): (1) río Usumacinta-arqueología maya; (2) Parque Nacional Montebello; (3) Lagos de Colón; (4) volcán Tacaná.
Cuadro 1. Declaratorias patrimoniales sobre los sitios de estudio en la frontera Chiapas (México)-Guatemala entre 1970 y 2020
Zona | Nombre del sitio (país) | Declaratoria (nivel) | Año |
| Río Usumacinta y zona arqueológica maya | Sitio arqueológico Piedras Negras (Guatemala) | Monumento Arqueológico (nacional) | 1970 |
| Montes Azules (México) | Reserva de Biosfera (federal) | 1978 | |
| Sitio arqueológico Tikal (Guatemala) | Patrimonio de la Humanidad Unesco (internacional) | 1979 | |
| Montes Azules (México) | Reserva de Biosfera Unesco (internacional) | 1979 | |
| Sitio arqueológico Palenque (México) | Parque Nacional | 1981 | |
| Sitio arqueológico Palenque (México) | Patrimonio de la Humanidad por Unesco (internacional) | 1986 | |
| Sierra Lacandón (Guatemala) | Parque Nacional | 1990 | |
| Maya (Guatemala) | Reserva de Biosfera Unesco (internacional) | 1990 | |
| Sitio arqueológico Yaxchilán (México) | Monumento Natural (federal) | 1992 | |
| Sitio arqueológico Bonampak (México) | Monumento Natural (federal) | 1992 | |
| Yaxchilán, Bonampak, Palenque (México) | Zona de Monumentos Arqueológicos (federal) | 1993 | |
| Lagunas de Montebello | Lagunas de Montebello (México) | Área de Importancia para la Conservación de las Aves (internacional) | 1996-1997 |
| Lagunas de Montebello (México) | Humedal RAMSAR (internacional) | 2003 | |
| Lagunas de Montebello (México) | Reserva de Biosfera Unesco (internacional) | 2009 | |
| Volcán Tacaná | Volcán Tacaná (Guatemala) | Zona de veda definitiva – área protegida (nacional) | 1989 |
| Volcán Tacaná (México) | Área de Importancia para la Conservación de las Aves (internacional) | 1996-1997 | |
| Volcán Tacaná (México) | Zona Sujeta a Conservación (estadual) | 2000 | |
| Volcán Tacaná (México) | Reserva de la Biosfera (federal) | 2003 | |
| Volcán Tacaná (México) | Reservas de Biosfera de Unesco (internacional) | 2006 | |
| Volcán Tacaná (Guatemala) | Parque Regional Municipal | 2007 | |
| Volcán Tacaná (Guatemala) | Área de Importancia para la Conservación de las Aves (internacional) | 2011 | |
| Volcán Tacaná (México-Guatemala) | Proyecto Reserva de Biosfera Transfronteriza Unesco (internacional) | Estudios 2008-2018 | |
| Volcán Tacaná (México-Guatemala) | Proyecto de Geoparque transnacional Unesco (internacional) | Estudios 2015-2020 |
Fuente: elaboración propia sobre la base de información online de Birdlife (datazone.birdlife.org), MAB-UNESCO (www.unesco.org/es/mab); Convención Unesco (whc.unesco.org); CONANP (https://www.gob.mx/conanp); CONAP (conap.gob.gt/listado-de-areas-protegidas); (Gómez et al., 2018); entrevistas y material recolectado en campo (2022-2024).
Río Usumacinta: selva, arqueología y ecoturismo en un circuito binacional
A partir de la década de 1990, se produjo un crecimiento en la llegada de visitantes en el sector norte del río Usumacinta, designado como límite internacional, formando parte de la ruta turística que conecta las reconocidas zonas arqueológicas de origen maya de Palenque (México) y Tikal (Guatemala). La atractividad turística se vio beneficiada por la superposición de siete declaratorias patrimoniales de aquellas concebidas como culturas del pasado, además de cuatro declaratorias sobre el área selvática, definida como una naturaleza virgen y diversa, entre 1970 y 1993 (ver Cuadro 1). De este modo, gran parte del territorio fronterizo, en ambos países, quedó bajo la órbita de distintas administraciones de conservación que moldearon las formas de creación de valor sobre estos sitios.
La movilidad turística por esta zona se vio favorecida gracias a la construcción de la carretera fronteriza que acompaña el límite internacional del lado mexicano, pavimentada entre 1995 y 2000, que facilitó la llegada a poblados de muy difícil acceso, a los que los turistas solían llegar en avioneta (Promociones Editoriales Mexicanas, 1984). Esta obra tenía como fin conseguir un mejor control sobre la región en el marco de los levantamientos zapatistas y se constituyó como una forma de mexicanización de esta frontera, que tendió a desarticular algunos de los vínculos transfronterizos existentes (Pérez Mendoza, 2024).
Desde la década de 1990, diferentes organizaciones gubernamentales y no gubernamentales se volcaron al fomento de iniciativas de ecoturismo como alternativa económica para las poblaciones de esta zona, en un contexto político marcado por enfrentamientos entre la población organizada y los gobiernos centrales de ambos países (Cotton Siekavizza, 2000; Zea Zeceña, 2004; Devine, 2014). Del lado guatemalteco, Rodas (2014) observa en este período una estrategia de reordenamiento territorial que priorizó la conservación de sitios arqueológicos y corredores biológicos, reguló el uso del espacio, privilegió la mirada científica y habilitó nuevas formas de intervención que inhibieron prácticas agrícolas y extractivas que habían predominado en este territorio campesino. Mientras que algunas investigaciones observan las iniciativas ecoturísticas como estrategias de reinserción social de poblaciones desplazadas (Cotton Siekavizza, 2000), otras las entienden como una nueva estrategia de contrainsurgencia del gobierno guatemalteco, como una forma de militarización de la conservación y de concreción de nuevos despojos de tierras campesinas (Devine, 2014). De todos modos, diferentes estudios también dan cuenta de una participación activa de la población local en la creación, adaptación y transformación de las prácticas turísticas que comenzaron a modelar esta frontera, como se verá a continuación.
Entre las dos zonas arqueológicas de Guatemala y México se fue conformando un circuito turístico que combinó la visita a numerosos sitios de la zona. Las localidades[2] de Frontera Corozal (México) y Bethel (Guatemala), asentadas en ambas márgenes del río Usumacinta, se constituyeron como un lugar de paso de turistas ya que cuentan con oficinas estatales para realizar el trámite migratorio, siendo de los pocos sitios habilitados para el cruce en la zona. La apertura de esta oficina en Bethel, en 1992, marcó un hito en la configuración de las nuevas movilidades turísticas transfronterizas que crecieron por esos años, y da cuenta de la incidencia de los Estados nacionales en su desarrollo.
Aquellas dos localidades, junto con La Técnica Agropecuaria en la margen guatemalteca, también se constituyeron como puntos de partida para la visita de los sitios arqueológicos de Yaxchilán (México) y Piedras Negras (Guatemala), situados en ambas márgenes del río Usumacinta. Ambos sitios, de muy difícil acceso terrestre, son visitados por medio de servicios de transporte fluvial, que aumentaron notablemente desde la década de 1990 para atender a la creciente demanda de visitantes (Zea Zeceña, 2004).
En particular, Frontera Corozal es reconocida por los emprendimientos turísticos allí desplegados, frecuentemente concebidos como casos exitosos, y es una de las localidades más estudiadas. Hernández Cruz et al. (2005) sostienen que la provisión de servicios de lancha para cruzar el río surge en la década de 1980 de las poblaciones locales, de origen chol, para llegar a las tierras de cultivo. En la década de 1990, el aumento en la llegada de turistas promovió que parte de la comunidad se organizara colectivamente para la provisión de servicios. En el recorrido de campo fue posible observar una gran cantidad de lanchas sobre el río Usumacinta, con cinco cooperativas dedicadas al transporte turístico hasta los sitios arqueológicos, además de otra asociación de lancheros que se dedica exclusivamente al cruce hacia las localidades de Guatemala.
Los estudios disponibles en Frontera Corozal se han orientado a reconocer las formas de adaptación social y económica de las comunidades rurales a la nueva actividad turística (Hernández Cruz et al., 2005) y las estrategias de organización y modelos de desarrollo contrastantes que emergieron de las experiencias turísticas desplegadas (Reygadas et al., 2006). Examinan la creación de organizaciones y cooperativas –como Escudo Jaguar, Nueva Alianza o Tikal Chilam– y sus estrategias para que la localidad deje de ser solo un lugar de paso y se oriente a la prestación de diferentes servicios, como alimentación y hospedaje. En la década de 2000, las nuevas modalidades de consumo turístico, sustentadas en la valorización de la biodiversidad de la selva, permitieron ofrecer productos renovados y crear centros ecoturísticos (Hernández Cruz et al., 2005; Reygadas et al., 2006). Sin embargo, los estudios de comienzos de siglo dan cuenta de la aparición de importantes conflictos y desacuerdos por el manejo y control de los recursos que genera el turismo, con una importante competencia por la captación del mercado de transporte, la consecuente reducción de tarifas, y la apertura de nuevos centros ecoturísticos que rivalizan con los existentes. Aunque también reconocen la existencia de importantes alianzas y redes de cooperación con otras comunidades tanto del lado mexicano como del guatemalteco (Hernández Cruz et al., 2005).
Del lado guatemalteco, la localidad de Bethel se sitúa 12 km río arriba desde Frontera Corozal. En esta localidad se centra el estudio de Zea Zeceña (2004), quien reconoce que los servicios de transporte fluvial forman parte de las principales actividades económicas para la mayoría de su población. La autora observa, a comienzos de la década de 2000, un sistema organizado de servicios fluviales donde participan las personas asociadas a la cooperativa Bethel y se distribuyen los viajes y las ganancias. La autora señala que la localidad contaba, en aquella época, con algunos servicios de alojamiento y alimentación, pero no reunía una oferta estructurada de productos de ecoturismo, aunque la población local estaba interesada en desarrollarla. También observó en el turismo sostenible una opción para la incorporación de las mujeres a las actividades productivas, hasta ese momento excluidas. Sin embargo, la autora delinea un conflicto entre quienes reciben beneficios del turismo y se orientan a los discursos conservacionistas y quienes se dedican a otras actividades, como la caza de animales.
Sobre la comunidad guatemalteca de La Técnica Agropecuaria, el estudio de Cotton Siekavizza (2000) señalaba que, a fines de la década de 1990, la infraestructura orientada al turismo era mínima, por lo que los visitantes eran llevados directamente a Bethel. También da cuenta de la existencia de un comité comunitario de ecoturismo que se encontraba trabajando en un proyecto de creación de un ecocampamento, un restaurante y una operadora de turismo. La autora proponía la implementación de diferentes modalidades de ecoturismo como herramientas de desarrollo comunitario y de conservación de la biodiversidad, por situarse en el área de influencia de la Reserva de Biosfera Maya (Cotton Siekavizza, 2000). El estudio da cuenta del interés local por fomentar el turismo y aprovechar su posición más ventajosa, por estar frente a Frontera Corozal y poder ofrecer servicios de lancha a menor costo. Zea Zeceña (2004) también señala que la población de La Técnica Agropecuaria ha reclamado la apertura de oficinas migratorias allí para captar los flujos de visitantes que actualmente se concentran en Bethel (ver Figura 1), dejando entrever una competencia entre estas localidades guatemaltecas por apropiarse de los beneficios de la actividad.
En relación a los sitios arqueológicos, el trabajo de Herbert Pesquera (2008) sobre Yaxchilán (México) indica que los primeros registros de turistas datan de la década de 1970, y se trataba de visitantes extranjeros que llegaban por vía aérea hasta la pista de aterrizaje del lugar. También señala que el turismo se había incrementado notablemente hacia la década de 2000, aunque no así los servicios e información para visitantes. Asimismo, refiere la llegada eventual de población de origen chol asentada en la zona, así como de lacandones que asistían con fines ceremoniales, aunque de manera cada vez menos frecuente. El sitio arqueológico es actualmente controlado y administrado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, el cual también cobra una tasa de acceso. En relación al sitio de Piedras Negras (Guatemala), el estudio de Reyes Rodas (2005) reconocía la llegada de un número acotado de turistas hacia 2003, aunque este flujo se encontraba en crecimiento. El sitio, administrado por el Instituto de Antropología e Historia de carácter nacional, cuenta con un puesto de control en El Porvenir, a unos kilómetros de distancia. El estudio señalaba la falta de infraestructuras y advertía que el aprovechamiento del sitio beneficiaba principalmente a operadores de México, no así de Guatemala. Aquel trabajo proponía crear un campamento para la estadía de visitantes en Piedras Negras que permitiera desarrollar nuevos circuitos entre los diferentes sitios arqueológicos, e incrementar así la llegada de turistas al lugar.
Por medio del recorrido de campo y las conversaciones informales realizadas fue posible observar en la actualidad un gran crecimiento en los servicios fluviales orientados a turistas en Frontera Corozal, no así el desarrollo de otros servicios turísticos. La comunidad local se ha organizado para cobrar una tasa de ingreso para visitantes, lo cual puede leerse en la cartelería presente en el sitio, con mensajes escritos en español y en inglés, revelando el carácter internacional de las visitas. Estas se estructuran por medio de una oferta comercial de tours organizados desde Palenque (México) por agencias de viajes, que generalmente combinan la visita a los sitios de Bonampak y Yaxchilán. En los sitios web de promoción turísticas pudo observarse también la organización de tours desde Flores (Guatemala), aunque esta no se encuentra entre las opciones más ofertadas. Desde el embarcadero de Frontera Corozal, en conversaciones informales se pudo conocer que la mayoría de las visitas se realizan hasta el sitio de Yaxchilán, en un recorrido de entre 40 minutos y una hora. También se pueden realizar visitas al sitio de Piedras Negras, aunque este cuenta con un menor grado de arribos dado que requiere entra 4 y 5 horas de navegación, a lo que se suman las 3 o 4 horas de transporte terrestre desde los centros turísticos de Palenque o Flores, siendo su costo más elevado. En el recorrido también se pudo conocer que las visitas turísticas organizadas fueron interrumpidas durante varios meses en 2023 debido a la violencia derivada de la expansión en la zona de grupos delictivos asociados a cárteles. Las visitas se habilitaron nuevamente en los primeros meses de 2024, a partir de la organización de un grupo armado local que controla el ingreso a la localidad.
El conocimiento disponible sobre la zona es aún limitado. Los estudios revisados examinaron las prácticas turísticas que se desplegaron entre finales de 1900 y comienzos de 2000, por medio de iniciativas que permitieron a las comunidades organizarse de manera colectiva para desarrollar servicios turísticos, formar redes necesarias para la gestión de los que se constituyeron como nuevos recursos turísticos, y fomentar la incorporación de jóvenes y mujeres a este mercado, posicionando al turismo como una alternativa para la subsistencia. Sin embargo, observaron también una importante concentración de las ganancias en un grupo limitado de personas propietarias de los servicios, una competencia entre diferentes grupos de cada comunidad –y entre diferentes comunidades– por la captación de flujos y beneficios económicos, la tensión con otras formas de aprovechamiento económico de recursos no compatibles con los discursos de la sustentabilidad, así como una fuerte dependencia a los apoyos brindados por las organizaciones externas a la región.
Desde entonces, los estudios no han avanzado para dar cuenta de lo que ocurrió en las últimas dos décadas. Aún queda pendiente analizar con mayor profundidad el devenir de las prácticas turísticas más recientes, así como los arreglos, acuerdos y negociaciones transfronterizos que ha establecido la población a cada lado para la visita de los sitios arqueológicos, el establecimiento de redes o alianzas, las relaciones de cooperación o de competencia entre diferentes grupos y localidades por la captación de los beneficios. Tampoco se conoce lo ocurrido con las prácticas de cruce transfronterizo y los motivos por los cuales los viajes turísticos ya no utilizan este paso para conectar los sitios de México y Guatemala, sino aquel situado en el Ceibo, hacia el norte, o las transformaciones suscitadas a raíz de la reciente llegada de grupos criminales.
Lagunas de Montebello: aguas, caminos y souvenirs en los usos estratégicos de la nación
La valorización de las lagunas de Montebello como parte de las prácticas de ocio y contemplación en México es temprana. Para 1949, estos lagos, junto con Bonampak, eran los únicos sitios turísticos promocionados en la frontera con Guatemala en los mapas oficiales (Sarmiento, 2023). Las primeras iniciativas para fomentar el turismo desde el Gobierno nacional de México, hacia la segunda mitad del siglo XX, se inscribieron en un proyecto territorial que buscaba tener mayor control sobre la frontera (Pérez Mendoza, 2023). En este contexto, en 1959 se creó el Parque Nacional Lagunas de Montebello y se comenzó a realizar un control militar de la zona (Maldonado, 2008). Ello generó importantes conflictos con la población de origen chuj, asentada cerca del lago Tziscao desde 1870, y un proceso de resistencia con el que evitaron su desplazamiento y pudieron recuperar sus tierras comunales (Oseguera et al., 2022). En el marco de este conflicto, en 1976 acordaron la creación del Parque Natural Ejidal que comprende la mayor parte de los cuerpos de agua del parque nacional y las tierras ejidales de la comunidad de Tziscao, donde se instaló una caseta de cobro y un albergue para visitantes. Se promovía, de este modo, la incorporación de la población a las prácticas turísticas y a los imaginarios de la conservación (Maldonado, 2008).
En la década de 1950, como parte de la misma política de control territorial, el Gobierno mexicano diseñó el proyecto de construcción de la carretera fronteriza del sur para fomentar la colonización y el desarrollo de esta región (Pérez Mendoza, 2024). Entre las décadas de 1960 y 1970 se completó la apertura de un camino de terracería que favoreció el acceso al parque desde los principales centros urbanos del estado, como Comitán y Tuxtla Gutiérrez, donde se situaban sus potenciales visitantes. Para 1984, una guía de viajes advertía de la inminente pavimentación de esta carretera de terracería, con la posibilidad de una mejor integración de los lagos a los sitios turísticos del área maya (Promociones Editoriales Mexicanas, 1984).
Los estudios disponibles marcan la década de 1980 como un primer registro de actividades turísticas organizadas por guías locales en el parque, pero es en la década de 1990 cuando cobra una mayor importancia (Barriga Guijarro, 2017). En el marco del levantamiento zapatista en Chiapas, en 1994 el Gobierno concretó la pavimentación de la ruta fronteriza en este sector, lo cual intensificó el tránsito de personas y la llegada de visitantes (Oseguera et al., 2022). Ello implicó un cambio importante en las actividades económicas de las comunidades aledañas al parque, según observa la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP, 2007), donde más de 100 personas ofrecían servicios de paseos a visitantes en 1998.
Entre finales de la década de 1990 y comienzos de 2000 se acumularon sobre estos lagos al menos tres declaratorias patrimoniales internacionales (ver Cuadro 1), otorgándoles aún mayor visibilidad y fomentando la llegada de visitantes nacionales y extranjeros (Barriga Guijarro, 2017). Para 2007, la CONANP reconocía que el turismo se había convertido en una de las principales fuentes de recursos económicos para la población del parque y su zona de influencia, quienes organizaban la prestación de diferentes servicios turísticos. Para 2008, los estudios disponibles señalaban que el 80% de las familias que vivían dentro del parque nacional se vinculaban con la prestación de servicios turísticos, pero que para la mayoría de ellas los ingresos no eran suficientes (Maldonado, 2008). En los últimos años, la llegada de turistas se ha incrementado notablemente, expandiéndose los servicios, los empleos asociados al turismo y los ingresos económicos que genera la actividad (Oseguera et al., 2022).
El Parque Nacional, en tierras mexicanas, comprende numerosos cuerpos de agua de tonalidades diversas, siendo el paisaje lacustre el recurso que se ha valorizado para el consumo turístico. El área protegida está administrada por la CONANP, la cual cobra una tasa de ingreso. La experiencia turística combina la contemplación de lagos a través de miradores con la realización de actividades, como paseos en embarcaciones, a caballo, caminatas y un sector para nadar. Barriga Guijarro (2017) identifica diferentes zonas turísticas dentro del parque, administradas por distintos grupos ejidales organizados, observando que estos han negociado con las administraciones federales para mantener un cierto control de las prácticas turísticas en sus territorios y obtener recursos económicos. En la actualidad, para la visita a este parque se estructuró una oferta comercial como excursión de día completo desde San Cristóbal de las Casas, además de las frecuentes visitas de personas de la región que viajan en vehículos propios, según se pudo observar en el recorrido de campo.
En el parque nacional destaca el ejido de Tziscao que, bajo la figura de Sociedad Cooperativa Mame de Tziscao, administra el Parque Natural Ejidal y cobra una tasa de acceso comunitaria (Barriga Guijarro, 2017). En este parque natural se ubican los lagos más visitados, como Montebello, Tziscao, Pojoj, Cinco Lagos y el lago Internacional compartido con Guatemala. También en este ejido es donde se concentra una mayor oferta de servicios al turismo. Alí destaca un alojamiento y un restaurante que son administrados de manera colectiva, además de muchos otros emprendimientos individuales gestionados por cada familia del poblado. Diferentes estudios dan cuenta de una falta de planificación por el crecimiento de los servicios de hospedaje, recelos por la posibilidad de construir este tipo de infraestructura y una importante competencia entre las familias por la atracción de visitantes (Barriga Guijarro, 2017; Oseguera et al., 2022). La competencia se observa entre los alojamientos, los puestos de venta de artesanías y los restaurantes o comedores donde las agencias de turismo foráneas se detienen con grupos de turistas en función de las mejores comisiones que logran negociar.
Los poblados de Tziscao (México) y El Quetzal (Guatemala) se encuentran a cada lado del límite, muy cercanos al lago Internacional compartido entre ambos países. Este lago es uno de los sitios de atractivo más frecuentados por turistas y está dividido por una soga con boyas que hacen visible el límite internacional, al igual que los hitos o monumentos fronterizos que continúan la línea en el terreno. El lago cuenta con senderos o veredas a su alrededor por donde se transita caminando fácilmente entre ambas comunidades. Maldonado (2008) refiere al antiguo nombre de este cuerpo de agua, laguna Yichén, dando cuenta del cambio como una forma de captar el interés de turistas. Allí, los visitantes se toman fotografías en los monumentos fronterizos que indican la pertenencia soberana y realizan compras de souvenirs de cada país, textiles, artesanías o alimentos en los puestos que instalan a su alrededor las mujeres de los dos poblados fronterizos.
En 2008, el ejido de Tziscao decidió construir un Parador Turístico, como una iniciativa comunitaria a partir de su vinculación con las instituciones nacionales de turismo y desarrollo, y negociaciones con la administración de áreas protegidas (Oseguera et al., 2022). Se construyó, sobre el lago Internacional, un sector destinado a la venta de artesanías y un comedor, muy cerca del acceso al poblado guatemalteco. A raíz de la creciente llegada de visitantes, ese mismo año, la aldea El Quetzal acordó con Tziscao realizar la pavimentación del camino que une ambos poblados para facilitar la llegada de vehículos de turismo desde México hasta los puestos de venta de artesanías del poblado guatemalteco (Mejía, 2014). En ese marco, ambos poblados llegaron a una serie de acuerdos de beneficio mutuo, en los que se formalizaba el acceso de guatemaltecos a servicios de salud y educación en Tziscao, el libre tránsito de vehículos hacia territorio mexicano y se habilitaba la construcción de un tanque de agua abastecido desde el lado guatemalteco y dirigido a un sector del poblado mexicano.
Sin embargo, en dos años comenzaron a suscitarse numerosos conflictos y la falta de continuidad en los acuerdos derivó en una serie de acciones: el cobro por el paso de vehículos hacia Guatemala y el cierre del paso en horario nocturno, por parte de la localidad de Tziscao, además del corte del suministro de agua desde El Quetzal. Luego, la población de Tziscao decidió cerrar la carretera vehicular a través de la construcción de zanjas y muros, y utilizó al argumento conservacionista para justificar la prohibición de pavimentar caminos dentro de un área protegida (Mejía, 2014). Los poblados recurrieron a las administraciones nacionales y a la Comisión Internacional de Límites y Aguas para dirimir el conflicto, aunque estas no se involucraron por tratarse de un asunto local (Mejía, 2020). De todos modos, en 2015, las administraciones mexicanas de relaciones exteriores y de turismo elaboraron un proyecto de rehabilitación del lago Internacional, que fue concebido como un mecanismo para atraer más turistas y, simultáneamente, reforzar la seguridad en la frontera con Guatemala (Barriga Guijarro, 2017).
Mejía (2014) observa que el aumento de la movilidad transfronteriza por ese paso promovió una fuerte competencia por la venta de artesanías a cada lado y por la captación de grupos de turistas, como algunos de los motivos que contribuyeron a producir estas tensiones. La autora también sostiene que existe una marcada diferenciación de ingresos, dado que la población de Tziscao obtiene beneficios a través de una variada oferta de servicios, mientras que la de El Quetzal únicamente percibe ingresos de la venta de artesanías y alimentos, o del empleo de mujeres en los restaurantes, paradores y cabañas del lado mexicano (Mejía, 2020). Gordillo (2018) también da cuenta del acaparamiento de turistas y de beneficios económicos del lado mexicano, así como de diversas estrategias desplegadas por el poblado guatemalteco para fomentar la atracción de los visitantes que llegan al lado mexicano, reconociendo una desconfianza y competencia entre las poblaciones por el aprovechamiento del paisaje lacustre devenido recurso económico. Mejía (2020) señala que el cierre de la carretera perjudicó a la población guatemalteca en el traslado de personas y mercancías hacia y desde el territorio mexicano. Sin embargo, argumenta también que las relaciones socioculturales, familiares y de trabajo aún sostienen los vínculos y apaciguan los conflictos entre los poblados.
Los numerosos estudios disponibles sobre el Parque Nacional y el poblado de Tziscao, del lado mexicano, dan cuenta del modo en que el turismo se ha desplegado y ha transformado las experiencias y espacios de vida de la población local. En 2008, Maldonado observaba al turismo como un elemento externo, un planteamiento político de desarrollo implantado desde el Estado, frente al cual la comunidad local proponía regular de manera comunitaria desde su propia concepción de vida en comunidad. En la misma línea, Mejía y Peña (2015) observaron que el uso cotidiano y compartido de los lagos para el consumo, la agricultura y las prácticas domésticas se ha visto confrontado y limitado por los nuevos usos turísticos que buscan recrear allí un lugar de belleza, conservado y no contaminado. Los autores argumentan que se definió un paisaje conflictivo que amenaza la autonomía comunal a partir de la imposición de las reglas del mercado turístico. El despliegue del turismo como práctica social exógena desactiva, para los autores, ciertos modos de uso compartido o común del espacio por parte de las comunidades fronterizas.
Oseguera et al. (2022), por su parte, argumentan que el turismo configuró una mayor unidad en la población para negociar con actores externos, generó oportunidades laborales complementarias a la agricultura, alternativas frente a la migración, permitió el desarrollo de infraestructura, el acceso a capacitaciones, la promoción de acuerdos con instituciones del Estado y creó nuevos espacios de cooperación y convivencia dentro de la comunidad. Sin embargo, también señalan que el turismo intensificó las relaciones de competencia, configuró tensiones en el ejido por la distribución de ingresos y apropiación de terrenos y generó nuevas diferencias sociales, fracturas en la estructura comunitaria y en los vínculos familiares.
Estas desigualdades y competencias se extienden y replican en las relaciones transfronterizas con Guatemala (Mejía 2014; 2020; Mejía y Peña; 2015; Gordillo, 2018). En este sentido, Mejía (2020) concluye que cada comunidad utiliza estratégicamente los recursos que tiene disponibles: el agua, el límite fronterizo, su nacionalidad, el turismo o el comercio. La autora advierte que la frontera adquiere distintos matices, ofreciendo en ocasiones accesos diferenciados a bienes y servicios a partir de la condición de nacionalidad y, en otras, tornándose flexible, móvil y accesible. Este caso, bien documentado, pone en evidencia los usos estratégicos de la frontera que realizan las poblaciones para ejercer control territorial o para garantizarse recursos económicos. Queda pendiente profundizar sobre las políticas, las estrategias y las percepciones de la población del lado guatemalteco, así como entender de qué modo están cambiando las relaciones de fuerza locales y transfronterizas a partir de la reciente llegada de grupos criminales organizados a la zona, que han provocado el cierre temporal de este sitio turístico y la suspensión de los viajes por parte de las agencias que llevan turistas.
Lagos de Colón: balneario, aventura y paisaje laboral excluyente
Los lagos de Colón forman parte de la cuenca del río Lagartero, que nace del lado guatemalteco y desemboca en territorio mexicano (Ramos et al., 2020), donde se forma una serie de lagos, lagunas o pozas de colores. Además de los cuerpos de agua, la presencia de una vegetación frondosa y de animales propios del ambiente lacustre son los elementos promocionados como parte del Centro Ecoturístico de Colón, en territorio mexicano. Concebido como un balneario natural, el atractivo se apoya en los usos recreativos de los lagos, además de una oferta de actividades de aventura como buceo, snorkel, kayak, senderismo, observación de flora y fauna y la visita al cercano sitio arqueológico maya El Lagartero. Se trata de una zona que no ha atravesado procesos de patrimonialización nacionales o internacionales, como se registró en los demás sitios turísticos de estudio. Este se configura como un espacio de recreación principalmente orientado a la población cercana de la zona y como sitio de atractivo complementario a otros recorridos por la región.
La carretera que lo conecta con los principales centros urbanos de Chiapas, como Comitán de Domínguez, San Cristóbal de las Casas y Tuxtla, es la Panamericana (Carretera Federal 190), inaugurada en 1950. El pequeño ejido de Cristóbal Colón es el punto de acceso al Centro Ecoturístico, donde se concentran diversos servicios de alimentación, alojamiento y venta de productos y se cobra el acceso a los lagos y senderos. Los materiales de promoción turística que circulan en internet dan cuenta de la llegada de visitantes de México y Guatemala, además de otros países. Este sitio solía ser visitado por familias en vehículos propios y por medio de viajes organizados por agencias desde, por ejemplo, San Cristóbal de las Casas. Entre 2023 y 2024, sin embargo, la llegada de grupos criminales organizados interrumpió las visitas turísticas comerciales y disminuyó la circulación por la región.
Un antecedente académico relevante para comprender el desarrollo del turismo en este sector es el estudio de Ramos et al. (2020). En él señalan que el ejido de Cristóbal Colón es una comunidad de tradición agrícola, donde esta labor continúa siendo la principal actividad económica que se complementa, en la actualidad, con el turismo. Desde una perspectiva sociológica centrada en la exclusión social y la inserción laboral, los autores retoman la propuesta de turismo rural como alternativa en la generación de empleo para el sector joven, y examinan el modo en que la población local complementa o reemplaza el modelo productivo agrícola con las nuevas actividades turísticas. Observan que el turismo se posiciona en este ejido como una opción de desarrollo, inclusión y oferta laboral para las personas del lugar.
En su análisis de las opciones de acceso al trabajo, los autores observan que el turismo reforzó mecanismos de exclusión (preexistentes y nuevos) a partir de marcadores de desigualdad de género, edad, origen y uso de tecnologías. El estudio muestra que el paisaje laboral se caracteriza por estructuras y desigualdades de género arraigadas entre las poblaciones locales, que se replican en los puestos de trabajo que crea el turismo, ampliamente masculinizados. Asimismo, señala que las relaciones de parentesco y las condiciones legadas por la labor agrícola excluyen a algunos grupos poblacionales del acceso al trabajo turístico. De todos modos, observan que muchas mujeres están acudiendo al autoempleo, a través de pequeños negocios, que les permiten sortear las barreras impuestas para trabajar, complementar los ingresos familiares y muchas veces, incluso, constituirse como la principal fuerza económica del hogar. También muchos jóvenes que no quieren dedicarse al trabajo agrícola o migrar a los Estados Unidos encuentran en el turismo una alternativa económica.
A través del concepto de paisaje laboral transfronterizo, ese estudio observa los vínculos entre género, modelo laboral agrícola y relaciones transfronterizas entre el ejido de Cristóbal Colón (Chiapas, México) y la Aldea Chacaj (Huehuetenango, Guatemala). Allí señala la existencia de una dinámica de la vida cotidiana que vincula ambas comunidades, que se sustenta en una memoria común, íntimamente ligada a los desplazamientos ocurridos por los conflictos armados en Guatemala en la década de 1980. Los autores señalan que la llegada de muchas personas desde el país vecino promovió una fuerte integración, con nuevas relaciones de parentesco, por lo que muchos pasaron a ser considerados pobladores originarios y a formar parte de la vida en comunidad. Sin embargo, en la actualidad existen normas de control del ingreso a la actividad turística en Cristóbal Colón que obstaculizan la participación de personas de Guatemala. Entre ellas, los autores identifican las restricciones en la propiedad de la tierra y de matrimonio, permitido solo entre locales. Además, las estrategias definidas por la cooperativa que regula la actividad turística en la comunidad mexicana, encargada de establecer las reglas de contratación, ofrecer cursos y distribuir trabajos, ha buscado beneficiar a las personas de la propia comunidad. Solo eventualmente, durante la temporada alta, se permite la entrada de personas guatemaltecas que llegan a pedir trabajo, aunque solo acceden a los puestos peor remunerados. Los autores observan en la identidad nacional mexicana (como requisito indispensable para trabajar en el destino turístico) un mecanismo de protección local frente al ingreso de personas externas, ante el temor de que entren inversiones que puedan excluir a la población originaria. Sin embargo, esto se traduce también en un mecanismo de discriminación frente a la población vecina.
Los autores argumentan que las normas de control de ingreso a la actividad turística (propiedad de la tierra, restricciones legales de matrimonio, reglas de contratación, capacitación y permanencia en el trabajo, limitaciones para el otorgamiento de visas de trabajo temporal) benefician, de manera general, a hombres mexicanos y limitan la participación de jóvenes, mujeres y personas guatemaltecas. Sostienen que, si bien se trata de un modelo de gestión turística controlado de manera local (no impuesto o configurado por actores externos), esta práctica define contrastes y asimetrías en las formas de participación de diferentes grupos dentro de la comunidad, así como de las comunidades a cada lado del límite. Queda en evidencia que la producción de categorías como propio y ajeno, comunitario y externo, originario y avecindado, mexicano y guatemalteco, hombre o mujer, ejidatario o trabajador estacional, trabajador agrícola o trabajador del turismo, mujer emprendedora o joven trabajador, se conjuga de múltiples maneras en la producción de estos espacios fronterizos.
El vínculo de este sitio turístico con las aldeas vecinas de Guatemala no ha sido objeto de mayores revisiones académicas. Existen diversos poblados relativamente cercanos a Cristóbal Colón y algunos caminos vecinales que permiten reconocer una interacción cotidiana entre poblaciones a uno y otro lado del límite internacional. Muy cerca de la aldea Chacaj, en el municipio guatemalteco de Nentón, se encuentran diferentes cenotes y hoyos que han recibido un creciente reconocimiento y atraído a numerosos visitantes en los últimos años. Sin embargo, en esta zona, la carretera que cuenta con un cruce fronterizo oficial se encuentra distante, a unos 35 km.
El Instituto Guatemalteco de Turismo ha elaborado un plan de desarrollo para la región de Huhuetenango, limítrofe tanto de los lagos de Colón como de Montebello, en el que se destaca la conexión que tiene este departamento con México, y reconoce la realización de importantes inversiones para fomentar el turismo a partir de la década de 2010 (Mazariegos, 2023). Sin embargo, no se encontraron estudios que den cuenta del modo en que se está desplegando la actividad en el sector guatemalteco de esta frontera, las apropiaciones locales por parte de diferentes comunidades, la llegada de visitantes desde México, la posibilidad de visita conjunta, la competencia entre centros, o el modo en que se insertan estos sitios turísticos en los entramados transfronterizos.
Se advierte la necesidad de mayores indagaciones que profundicen en las implicancias que tienen las formas de uso y valorización de las aguas por parte del turismo y los cambios ocurridos en el tiempo, las posibilidades de acceso al ocio y disfrute por parte de diferentes grupos, la inserción desigual de las poblaciones hacia ambos lados en los diferentes puestos de trabajo, el modo en que el turismo usa o aprovecha las formas actuales e históricas de circulación y utilización de los caminos transfronterizos, las movilidades promovidas o repelidas por las diferentes prácticas de control cotidiano de la frontera, entre otras cuestiones. La instalación de cartelería comunitaria que advierte sobre la prohibición y multa por el cruce de “migrantes e indocumentados” (palabras textuales) en esa zona, que se pueden reconocer en videos turísticos que circulan por las redes, además de la llegada de grupos criminales organizados que dificultan el acceso, dan cuenta de una conflictividad territorial creciente en los últimos años que deberá ser indagada en futuros trabajos.
El volcán Tacaná: café, montañismo y oportunidades laborales
El volcán Tacaná es reconocido por su carácter binacional, dado que los Estados de México y Guatemala acordaron trazar el límite internacional pasando por su cima. El clima fresco de estas tierras altas ha sido históricamente el mayor atractivo para la llegada frecuente de personas que viven más abajo, en lugares calientes del lado mexicano. Los inicios del turismo en esta zona, particularmente en Unión Juárez, suelen ser marcados por las personas entrevistadas a partir de la llegada de personajes reconocidos del escenario artístico nacional en la década de 1970, a la finca cafetalera del pueblo devenida en un importante hotel. Sin embargo, desde los años 2000, las declaratorias patrimoniales superpuestas en el volcán (ver Cuadro 1), el reconocimiento nacional e internacional obtenido y las nuevas prácticas de montañismo promovieron un gradual y sostenido crecimiento en la llegada de visitantes. En los últimos años se incrementó la llegada de grupos organizados de turistas desde Tapachula y Tuxtla, además de visitantes de otras ciudades de México y de diferentes países del mundo.
La localidad de Unión Juárez, del lado mexicano, tiene una centralidad histórica en las tierras altas y en las relaciones transfronterizas, y es la que concentra una oferta moderada de servicios de alojamiento y gastronomía para visitantes que buscan llegar al volcán. Los grupos grandes que llegan en viajes organizados no suelen pernoctar en el poblado, sino únicamente en la cumbre del volcán. En cambio, estos servicios suelen ser muy requeridos por visitantes regionales de México que llegan desde las zonas bajas, como Tapachula, que frecuentan el lugar durante los fines de semana atraídos por el clima fresco. Del lado guatemalteco, la población más grande es Sibinal, donde la oferta de servicios no ha tenido el mismo desarrollo y solo eventualmente quienes llegan al volcán se detienen en el poblado. En cambio, allí existe un incipiente desarrollo de turismo de observación de aves, protagonizado por grupos reducidos de visitantes de países centrales que llegan con servicios contratados desde las capitales, y eventualmente requieren el servicio de alguno de los pocos guías especializados (generalmente hombres) que habitan en el poblado. En el trabajo de campo se pudo observar también una creciente llegada de visitantes desde México hacia este poblado guatemalteco, traccionada por la apertura del parque recreativo de Canjulá que administra el municipio de Sibinal y la instalación de un mirador con vistas panorámicas a los volcanes, gestionado por la comunidad de Unión Reforma.
Desde la década de 2000, los ejidatarios y la CONANP, del lado mexicano, y las comunidades cercanas de Guatemala, comenzaron a organizar grupos de trabajo para el mantenimiento de los senderos al volcán y el cobro de una tasa de ingreso durante la temporada de mayor afluencia de visitantes, en las vacaciones. Los visitantes que llegan a la zona construyen nuevas movilidades turísticas sobre los caminos cotidianos transfronterizos –históricos y actuales– que utiliza la población local. En la observación de campo realizada se pudo reconocer que muchos de los recorridos de ascenso al Tacaná parten de Unión Juárez o de Talquián, en México, y suben por Guatemala hasta la cumbre. Esta movilidad turística pone en articulación a las diferentes comunidades de ambos países, las cuales han desarrollado distintas estrategias para obtener recursos económicos a partir de estos tránsitos. Es frecuente la contratación de guías de turismo, hombres jóvenes que han encontrado en esta actividad un medio de subsistencia y una alternativa a la migración, mayoritariamente del lado mexicano. Asimismo, los grupos de turistas suelen alquilar el servicio de carga con mulas, llevadas por lo general por hombres jóvenes de Guatemala que poseen animales y realizan el traslado del equipamiento hasta el sitio de acampe en altura. En el camino, del lado mexicano, diferentes familias han instalado locales de abarrotes y de venta de comida, además de algunos restaurantes. Del lado guatemalteco, muchos grupos se detienen a comer en comedores organizados por familias en Toniná o La Haciendita, por lo general a cargo de mujeres. En vacaciones, las comunidades guatemaltecas que viven en la zona más alta también organizan puntos de venta de alimentos y bebidas a lo largo del camino y en las vendimias que arman en el sitio de acampe, además de alquilar comodidades para el pernocte, aprovechando la gran afluencia de visitantes que se produce en esas fechas.
Ruiz de Oña (2021) sostiene que el turismo, junto con la biotecnología, el cambio climático y las reconfiguraciones productivas del café a nivel global, están contribuyendo a la transformación simbólica y material del paisaje cafeticultor del volcán Tacaná en los últimos tiempos. El turismo y el café aparecen como las alternativas de subsistencia para la población joven, principalmente en Unión Juárez, del lado mexicano. La autora observa nuevos emprendedores que están apostando a la revalorización del café bajo una línea de turismo independiente que, con muchas dificultades y sin ningún apoyo, busca abrir un nicho de mercado regional en torno a esta bebida.
A pesar de la relevancia que ha adquirido el turismo en esta zona, los trabajos académicos son aún incipientes. Algunos estudios de diagnóstico sobre las condiciones de vida y relevamientos sobre las características del área, sin embargo, permiten rastrear parte de las transformaciones que ha producido el turismo en estas comunidades. El trabajo de López Digueros (2011) señala algunas características de la comunidad de Toniná en Guatemala, por donde pasan muchos turistas en su camino al volcán y su llegada representa una fuente adicional de recursos económicos frente a la tradicional venta de hortalizas y flores. El estudio señala algunos cambios ocurridos entre 2010 y 2011, como la llegada de capacitaciones y la conformación de un comité local de turismo, lo que da cuenta de la relevancia que adquirió la actividad por esos años.
En aquel estudio, el autor reconoce la importancia de los tránsitos a pie que realizan las personas desde Guatemala para llegar a México. En el estudio se reconoce, para la década de 2000, un importante nivel de organización en Toniná y con otras comunidades, como una ventaja o estrategia para articular mejor con las diferentes organizaciones que llegan asiduamente al lugar. Sin embargo, la observación de campo refleja que estos acuerdos comunales no están vigentes en la actualidad y ha predominado la apropiación individual o familiar de los beneficios económicos, lo que requiere de mayores revisiones académicas para comprender los cambios ocurridos en los últimos tiempos.
Paralelamente, diferentes trabajos de carácter propositivo, elaborados desde perspectivas ligadas a las estrategias y medios de vida, proponen fomentar la modalidad de agroecoturismo en las comunidades de ambos lados del límite, lo que conciben como una actividad económica complementaria a la producción agrícola existente (López Digueros, 2011; Suárez Gutiérrez, 2011; Hernández Cruz, Suárez Gutiérrez y López Digueros, 2015). Proponen el desarrollo de una oferta que articule las visitas actuales con el cultivo y comercialización de las hortalizas y flores, a través de una red de prestadores en las distintas comunidades (López Digueros, 2011). También han propuesto la implementación de la modalidad de ecoturismo, orientada a la conservación de recursos naturales y la revalorización de tradiciones de la cultura mame (Junghans, Gaytán y Gómez y Gómez, 2010).
Todos estos trabajos hacen hincapié en los lazos familiares, culturales y comerciales que mantienen las personas a cada lado del límite, como base para el sostenimiento de las relaciones sociales. Sin embargo, no se han elaborado estudios en profundidad que den cuenta del modo en que actualmente se están conformando redes transfronterizas a partir de la llegada de visitantes, el modo en que estas redes articulan, apoyan, refuerzan o modifican los vínculos cotidianos históricos, y las nuevas competencias y fragmentaciones que se están generando. Se requieren mayores indagaciones para conocer las estrategias que despliegan los diferentes sujetos para intervenir en las prácticas turísticas, o los cambios que ocurren en las relaciones transfronterizas y las construcciones identitarias y geopolíticas a partir de la actividad turística.
Fragmentaciones nacionales en la valorización turística de la frontera Misiones (Argentina)-Paraguay
En la frontera entre Misiones (Argentina) y Paraguay se desplegaron diversos procesos de valorización turística a lo largo del siglo XX, a partir de diferentes estrategias de patrimonialización y planificación turística a escala nacional. Dos sitios han concentrado la mayor cantidad de recursos, proyectos y visitantes: en el extremo norte, las cataratas del Iguazú y su entorno selvático muy cercanas a la frontera trinacional (Argentina, Brasil y Paraguay), y las misiones jesuíticas guaraníes, en el extremo sur del espacio fronterizo binacional, que además se extienden en varios de la región. En la Figura 2 se muestran los diferentes sitios turísticos, áreas protegidas, localidades de estudio y pasos fronterizos en la frontera de Misiones (Argentina)-Paraguay que se mencionan a lo largo de este trabajo.
Figura 2. Sitios e infraestructuras en las prácticas turísticas actuales en la frontera Misiones (Argentina)-Paraguay

Fuente: elaboración propia sobre la base de la información recabada en la bibliografía revisada, en los materiales de promoción turística, en los recorridos de campo y en los repositorios cartográficos digitales del Instituto Geográfico Nacional de Argentina y el Instituto Nacional de Estadística del Paraguay. Referencia a los casos de estudio (verde): (5) Río Paraná-Iguazú; (6) Misiones jesuíticas guaraníes.
Las iniciativas argentinas de conservación y patrimonialización de esta frontera cobraron relevancia desde la década de 1930, con la creación de un parque nacional limítrofe donde se sitúan las cataratas y la selva paranaense, en el marco de una política nacional orientada a obtener mayor control sobre territorios de ocupación tardía y en disputa con Brasil. También en esta época inicia la conservación de la arquitectura de las misiones jesuíticas guaraníes asentadas en la Argentina. Estas políticas de protección estuvieron enmarcadas en un proceso de nacionalización y fortalecimiento de la identidad nacional, configurando en estos sitios patrimonializados un ideal de naturaleza auténtica y testimonios materiales de una identidad nacional única y homogénea (Ferrero y Pyke, 2015; Conti, 2016). En Paraguay, en cambio, este proceso patrimonial fue bastante más tardío (Page, 2012). La apropiación simbólica de carácter nacionalista contribuyó a generar importantes diferencias entre los países de la región, en la forma de concebir, conservar y apropiarse de una naturaleza y un pasado comunes.
La valorización turística de las cataratas y las misiones se intensificó a partir de la década de 1980, en el marco del incipiente turismo internacional, por medio de estrategias orientadas a atraer visitantes del exterior para mejorar la económica nacional, notable luego de la inscripción de estos diferentes sitios como Patrimonio de la Humanidad por Unesco. Desde la década de 2000, frente a la crisis económico-productiva que afectaba a gran parte de las provincias argentinas, el turismo cobró un notable protagonismo en las agendas de gobierno, concebido como una actividad impulsora del desarrollo local (Yasnikowski, 2013), multiplicándose los proyectos de promoción del turismo, tanto en la Argentina como en Paraguay.
Asimismo, esta etapa estuvo marcada por la creación del Mercosur en 1991 y los acuerdos entre los países de la región que favorecieron las relaciones comerciales y la circulación transnacional. Con el cambio de siglo, estas estructuras supranacionales tuvieron incidencia en la promoción turística de esta frontera y la multiplicación de proyectos articulados, concibiendo al turismo como un factor de integración (Porcaro, 2021). Esta etapa de gran crecimiento favoreció, sin embargo, la acumulación de ganancias entre los principales actores económicos de la zona y reforzó las disparidades con el sector paraguayo, donde el turismo no ha tenido el mismo impulso, a pesar de los proyectos implementados.
A diferencia de lo que ocurre con Brasil, en el caso de la frontera de la Argentina con Paraguay no se ha estructurado o visibilizado una movilidad turística transfronteriza, donde los circuitos, la promoción y el consumo turístico, en cambio, se organizan a escala nacional. Ello contrasta con la intensa movilidad cotidiana que transita este espacio binacional de 376 km de extensión para la provincia de Misiones, con 20 pasos fronterizos habilitados legalmente (según registra el Estado argentino), y otros tantos pasos cotidianos y populares. A pesar de esta importante movilidad, el papel del turismo y el mercado turístico en la redefinición de las relaciones, trabajos y flujos transfronterizos, o en las representaciones y construcciones identitarias de esta zona binacional no ha sido materia de indagación.
Río Paraná-río Iguazú: cataratas, comercio y marcas de la nación en un paisaje fluvial asimétrico
La gran cantidad de visitantes que llega a la frontera trinacional entre la Argentina, Paraguay y Brasil es traccionada por la visita a las cataratas del Iguazú, que se encuentran divididas entre las soberanías brasileña y argentina, a partir del acuerdo limítrofe de finales del siglo XIX sobre el río homónimo. La valorización turística de las cataratas del Iguazú y los respectivos parques nacionales que las rodean, tiene una larga trayectoria a lo largo del siglo XX. Sin embargo, el posicionamiento de este sitio como un destino de relevancia internacional se inició con las declaratorias de las cataratas como Patrimonio de la Humanidad por Unesco, en 1984 del lado argentino, y en 1986 del lado brasileño. El turismo se configuró, desde entonces, como uno de los principales motores de la economía regional y se produjo un aumento considerable en el número de visitantes y de inversiones privadas (Carneiro Filho, 2013; Ferreira Cury y Fraga, 2013). El cambio de siglo produjo nuevos impulsos a la actividad, a partir de la institucionalización del turismo como política pública y como solución frente a los problemas económicos, en el marco de la cual los Estados nacionales desplegaron numerosas estrategias de promoción internacional e inversiones para la mejora de los servicios (Cammarata, 2007; Ferreira Cury y Fraga, 2013; Cardin, 2015). En esta etapa se consolidó el predominio del lado brasileño en la captación de ingresos provenientes del turismo, con un papel secundario para el caso de la Argentina y muy relegado en lo que concierne a Paraguay.
Los centros turísticos donde se concentran los servicios para visitantes se sitúan en torno al trifinio, que se apoyó en la confluencia de los dos ríos, el Paraná y el Iguazú, marcadores limítrofes entre los tres países. En cada margen de los ríos se emplazan, muy próximas entre sí, las localidades de Puerto Iguazú (Argentina), Ciudad del Este (Paraguay) y Foz do Iguaçu (Brasil). Estos centros de servicios reúnen una enorme cantidad y variedad de opciones hoteleras, gastronómicas y de agencias de viajes, principalmente del lado brasileño y, en menor medida, del lado argentino. Estas localidades mantienen un vínculo estrecho con Ciudad del Este (Paraguay), que se ha consolidado como un enorme centro comercial a partir de las políticas nacionales que habilitaron la masiva llegada de productos importados con exenciones fiscales. La actual movilidad entre los tres sectores de la frontera está marcada por los dos puentes internacionales entre Brasil y Paraguay y uno entre Brasil y la Argentina, diseñados respondiendo a la lógica comercial transnacional. Estos condensan los controles oficiales que habilitan el cruce y reúnen una importante cantidad y variedad de flujos diarios. Al no existir un puente entre la Argentina y Paraguay, los vínculos terrestres quedan entonces mediados por Brasil. El paso fluvial y cruce en embarcaciones es una opción menos frecuente y poco utilizada con fines turísticos o comerciales.
La estadía de turistas en estas localidades ha promovido el desarrollo de nuevos atractivos urbanos. Entre los más frecuentados se encuentra la visita a los monumentos fronterizos nacionales emplazados en la margen del río, uno por cada país, para tomar fotografías con los monumentos fronterizos como marcas de cada nación. Esto ha sido aprovechado de manera muy diferente en cada localidad. En la margen argentina, se trata de un espacio abierto donde se han instalado algunos puestos de venta de artesanías alrededor del monumento. Del lado brasileño, se ha construido un sector privado con cobro de acceso, donde se monta un espectáculo audiovisual nocturno con una amplia variedad de opciones para el consumo de souvenirs o alimentos. Por su parte, el monumento paraguayo se encuentra en un parque natural con acceso controlado, muy alejado del puente internacional y del sector comercial, con lo cual recibe un menor número de visitantes. La localidad paraguaya de Ciudad del Este, unos kilómetros al norte, recibe visitas de turistas para conocer la intensa dinámica comercial o para realizar compras aprovechando la amplia variedad de productos importados y los precios más convenientes. Estas visitas para compras esporádicas se superponen con la intensa llegada de comerciantes, desde diferentes ciudades de los países vecinos, que realizan compras al por mayor.
Los estudios disponibles sobre turismo en esta triple frontera se han centrado en el examen de los procesos y proyectos de integración y dan cuenta de algunas de las problemáticas emergentes en las relaciones transfronterizas y el desarrollo desigual de estas prácticas de ocio en las tres localidades fronterizas (Souza, 2017). Algunos trabajos sostienen que Puerto Iguazú (Argentina) creció y subsiste en gran medida gracias al turismo, aunque la importancia de la infraestructura de servicios ha ido disminuyendo a partir del crecimiento de la localidad brasileña (Cammarata, 2007; Dreyfus, 2007). En Ciudad del Este, observan que, si bien es un centro comercial importante en la economía paraguaya, el turismo no ha tenido un desarrollo trascendente y no constituye un aporte relevante a la economía local (Dreyfus, 2007). Tampoco lo es para la economía del distrito Presidente Franco, al sur, a pesar de que allí se sitúa el monumento fronterizo, los saltos del Monday, el Museo Científico Moisés Bertoni y una comunidad mbya guaraní que se promociona para captar visitantes. Los estudios dan cuenta de una escasa infraestructura de servicios, dificultades de acceso y falta de políticas públicas como limitantes para el desarrollo del turismo (Araújo, 2014).
Este desarrollo desigual ha sido objeto de numerosos proyectos de integración turística transfronteriza desde la década de 1970, con diferentes propuestas encaminadas a revalorizar algunos sitios del lado paraguayo, así como a desarrollar nuevas infraestructuras, productos o atractivos, como un parque nacional del lado paraguayo, un parque turístico trinacional o teleféricos que conecten los tres sectores (Porcaro, 2021). Se buscaba, en estos proyectos, reorientar las inversiones y redistribuir los flujos de visitantes actuales. Sin embargo, las propuestas no han logrado incidir en el desarrollo actual.
Diferentes autores observan, en esta región trinacional, una desarticulación en las planificaciones diseñadas por cada Estado, donde las inversiones e infraestructuras se duplican a cada lado (Carneiro Filho, 2013; Santos y Rückert, 2014). Souza y Sehn (2013) sostienen que la falta de instrumentos de gestión en la frontera impide una mayor cooperación y que las ventajas del turismo no son usufrutuadas en su totalidad por las comunidades que allí habitan. Las iniciativas locales de carácter empresarial y con apoyo gubernamental también han derivado en acciones donde prima la competencia por sobre la complementariedad entre los países, contribuyendo a una mayor fragmentación del espacio transnacional (Cádiz y Vargas, 2013). Asimismo, Cardin (2015) reconoce que las acciones locales no se orientaron a la democratización del acceso al mercado turístico sino que, por el contrario, fomentaron la concentración de recursos públicos en aquellas áreas que reúnen los principales atractivos y servicios. Ello significa que las acciones y políticas implementadas acentuaron las diferencias entre los tres sectores nacionales, reforzando las relaciones de competencia en el mercado turístico en esta frontera y reproduciendo las asimetrías existentes (Porcaro, 2021). De este modo, el turismo se constituyó como un factor de desarrollo territorial desigual y conflictivo (Schweitzer, 2009), en una frontera en la que los cruces turísticos actuales responden a las lógicas del consumo, apoyadas en las infraestructuras de circulación disponibles que habilitaron los Estados nacionales. No se han concretado estrategias conjuntas que permitan gestionar, incidir u orientar las movilidades turísticas transfronterizas en función de intereses locales o comunitarios.
A pesar de la extensa producción académica concentrada en este sector, los estudios disponibles se han focalizados en las políticas nacionales y supranacionales orientadas al turismo, pero no han indagado en sus vínculos con las movilidades y prácticas cotidianas de la población, que estructuran redes transfronterizas de familia, trabajo y comercio. Tales son los casos, por ejemplo, de las redes que teje la población local o el sector comercial-empresarial para facilitar las compras de bienes importados por parte de turistas, la actuación de agencias de viaje o guías de turismo en la planificación de las visitas, el papel de las personas trabajadoras transfronterizas en el mercado laboral turístico, o los usos diferenciales del río y los puertos fluviales para usos turísticos y no turísticos. También es preciso profundizar el estudio de la participación de las comunidades indígenas guaraníes en los trabajos y experiencias turísticas (González y Aparecida, 2018; Enriz y Frasco Zuker, 2021), reconociendo articulaciones, similitudes o contrastes entre los diversos sectores de la frontera.
Misiones jesuítico-guaraníes: arquitecturas pasadas y pueblos indígenas en los mapas turísticos nacionales
Las misiones que establecieron las órdenes religiosas de jesuitas en comunidades y territorios guaraníes, como parte de las políticas de evangelización y control territorial durante los siglos XVII y XVIII, dejaron un remanente de construcciones en toda la región que ocuparon, hoy bajo las soberanías nacionales de Paraguay, Brasil y la Argentina, entre otros países. Once conjuntos arquitectónicos se sitúan en la provincia de Misiones (Argentina) y ocho en los departamentos de Itapúa y Misiones en Paraguay (Comparato, 2016). Pero solo algunos de estos sitios han condensado las políticas nacionales e internacionales de patrimonialización y valorización turística que desplegaron los estados a lo largo del siglo XX. La incorporación en la Lista de Patrimonio de la Humanidad por Unesco se dio en cuatro conjuntos del lado argentino en 1984 y en dos del sector paraguayo en 1993.[3] La declaratoria como patrimonio cultural buscó justificar su valor excepcional universal como un conjunto arquitectónico representativo de un período significativo de la historia humana y de la fusión de culturas (Comparato, 2016). Sin embargo, las estrategias de patrimonialización fueron desplegadas por estos países de manera individual, como una forma de apropiación nacional de cada recorte en la construcción de su propio pasado. Ello resultó en diferentes procesos de conservación y experiencias de consumo turístico fragmentado.
La valorización turística de estos sitios se acrecentó desde la década de 2000, como parte de una estrategia estatal para fomentar el consumo turístico y contribuir a la economía local. En algunos sitios del lado argentino, como San Ignacio Miní, se desplegaron mayores tareas de restauración, se crearon infraestructuras de atención a turistas y se organizaron espectáculos audiovisuales como atracción adicional. El poblado de San Ignacio, adyacente al sitio patrimonial, cuenta con puestos de venta de artesanías y una pequeña oferta de servicios para turistas, que suele cubrirse en temporada alta. Este sitio, junto con Santa Ana y Loreto, recibe una mayor afluencia de visitantes, en gran medida motorizados por agencias de viajes que organizan recorridos grupales desde los principales centros urbanos de la Argentina. De todos modos, estos sitios suelen ser visitados por un turismo de paso que no pernocta en el lugar (Comparato, 2016) y gran parte de las excursiones diarias para visitar las misiones del lado argentino se ofrecen y comercializan desde Puerto Iguazú (a 244 km), como una visita complementaria a las cataratas, que es el principal atractivo de la región.
En Paraguay, se buscó fomentar la llegada de visitantes al sitio de Trinidad a través de un proyecto de desarrollo de productos turísticos elaborado por la Secretaría Nacional de Turismo de Paraguay en 2008, para ser financiado por el Mercosur. Este proyecto, enmarcado en una línea para la reducción de las asimetrías del bloque, buscó poner en valor diferentes sitios de la región (Porcaro, 2021). El sitio de Trinidad es el que ha concentrado las mejoras en la atención a visitantes e incluye una oferta equivalente a la de San Ignacio. De todos modos, las noticias más recientes de los principales periódicos digitales zonales dan cuenta de una llegada de visitantes anuales diez veces mayor del lado argentino que del paraguayo.
Las misiones inscriptas como patrimonio de la Humanidad en ambos países y que reciben un mayor número de visitantes se encuentran emplazadas muy próximas entre sí, en ambas márgenes del río Paraná. Páez (2013) argumenta que este río era una parte integral del territorio misionero de la etapa virreinal y su cercanía respondía a las necesidades de desplazamiento para la guerra, el comercio y las comunicaciones. Hoy, el río Paraná opera como límite internacional entre ambos países. En este sector se han instalado dos puertos fluviales que funcionan como pasos fronterizos habilitados, pero no son usados por el turismo. Si bien se realizaron diferentes proyectos supranacionales para la integración turísticas de las misiones, no existe una oferta comercial combinada ni movilidades turísticas transfronterizas que articulen sitios de la Argentina y de Paraguay.
Los sitios patrimonializados se encuentran también muy próximos a dos ciudades importantes, Posadas (Argentina) y Encarnación (Paraguay), que son a la vez capitales subnacionales. Estas localidades enfrentadas en ambas márgenes del río Paraná están unidas por un puente internacional construido en 1990 por la Argentina, concebido como una compensación hacia Paraguay por la inundación y desplazamientos ocasionados por la construcción de una represa hidroeléctrica en el mismo río. Estas localidades también cuentan con aeropuertos (solo uno habilitado actualmente del lado argentino) y una oferta variada de servicios de alojamiento y transporte. A pesar de la conectividad física, estas localidades no se han posicionado como centros turísticos relevantes ni se ha estructurado un circuito transfronterizo combinado entre los dos países.
Gran parte de los estudios disponibles han hecho aportes relevantes para pensar de manera conjunta la territorialidad de las misiones jesuítico-guaraníes, poniendo en diálogo las prácticas de los diferentes países implicados (Nogueira y Burkhard, 2008; Biesek y Bahl, 2009; Comparato, 2016). Estos trabajos advierten sobre la falta de articulación entre los proyectos de protección o promoción de las misiones a cada lado, diseñados de manera independiente por cada Estado, así como acerca de la carencia de una mejor infraestructura de circulación para su visita, señalados como obstáculos para lograr una mayor integración (Carneiro Filho, 2013; Santos y Rückert, 2014). El trabajo de Comparato (2016) examina la creación de una nueva declaratoria denominada Patrimonio del Mercosur, en 2015, que se proponía para el conjunto de misiones de los cinco países de la región, bajo el nombre de Itinerario Cultural de las Misiones Jesuíticas Guaraníes, Moxos y Chiquitos. En este acuerdo, los Estados se comprometían a establecer instrumentos de integración y desarrollo regional a través de su preservación y valorización.
A pesar de los diferentes proyectos y discursos que destacan la necesidad de integrar estos sitios, algunos autores continúan observando que el desarrollo integrado posee limitantes que impiden u obstaculizan la sinergia positiva y que no se están considerando las comunidades locales en su planificación (Comparato y Pampín, 2017). Comparato (2016) reconoce que estas limitaciones se solapan con una conflictividad latente en esta zona, atravesada por procesos de expansión de cultivos, pérdida de diversidad, expulsión de familias y productores, abandono de actividades tradicionales, así como de extranjerización y concentración de la tierra, lo que configura relaciones de poder desiguales en un territorio marcado por numerosas disparidades y conflictos. También identifica la existencia de distintas organizaciones con intereses y lógicas desiguales que confluyen en la gestión de los sitios patrimonializados, como parte de los obstáculos para la integración de esos sitios.
La gran mayoría de los trabajos disponibles han examinado el papel de los Estados nacionales en la planificación, ordenamiento, promoción y articulación de las misiones de los tres países, recursos turísticos pensados como factores de integración y desarrollo. En cambio, no se han encontrado estudios que examinen las prácticas y relaciones transfronterizas de las poblaciones a cada lado, desde una perspectiva local que dé cuenta de las movilidades cotidianas, las redes familiares u organizaciones que efectivamente vinculen a grupos y espacios, y que puedan sustentar la integración turística de estos sitios.
Si bien existen algunos casos de estudios acotados espacialmente y sobre las implicancias laborales del turismo para la población local (Cubas, 2006), no se ha tenido en cuenta el papel que juega la frontera y las movilidades transfronterizas en la configuración de estas prácticas. Algunos estudios reconocen el papel subsidiario que tienen las comunidades, muchas de ellas indígenas, que suelen asentarse en los alrededores de los sitios patrimonializados para vender artesanías o realizar exhibiciones de música. Además, observan su escasa participación en la planificación y conservación de los sitios y la falta de consideración de sus prácticas religiosas actuales en estos lugares (Comparato, 2016). Se necesitan mayores esfuerzos para pensar las articulaciones, similitudes o contrastes a cada lado del límite desde una perspectiva local que considere las formas de cooperación o negociación, la desigual participación en los mercados de trabajo y en la apropiación de beneficios, en el marco de las prácticas turísticas actuales y las relaciones transfronterizas cotidianas.
Mientras que la valorización turístico-patrimonial se fundamenta en la existencia de una territorialidad (cultural, religiosa o indígena) común a estos sitios, resta aún conocer mejor el modo en que el turismo imagina, transforma, utiliza, emplea, invisibiliza o desarticula a las poblaciones y espacialidades indígenas (del presente y del pasado) para elaborar productos de consumo a escala nacional y global. También se necesitan mayores indagaciones para reconocer su solapamiento con una frontera fluvial que reconoce un ir y venir constante, pero que no es visibilizado como una práctica y un espacio de la vida cotidiana.
Estado del conocimiento actual sobre prácticas turísticas y relaciones cotidianas transfronterizas
El estudio realizado en las fronteras de Misiones (Argentina)-Paraguay y de Chiapas (México)-Guatemala contribuyó a poner en perspectiva el estado del conocimiento actual sobre prácticas turísticas y relaciones transfronterizas. Tomar cada recorte como una unidad y proponer un diálogo con otra frontera permitió reconocer procesos multiescalares que trascienden los marcos nacionales, observar estrategias implementadas en diferentes situaciones, sopesar diferencias en las acciones desplegadas, valorar procesos organizativos y prácticas transfronterizas particulares, reconocer formas locales de apropiación y manipulación del turismo como recurso y observar diferentes formas de interacción con los proyectos nacionales de control territorial, patrimonialización y valorización turística de sus fronteras.
En los dos recortes de estudio se pudieron observar algunos procesos comunes de valorización turística que están marcando las formas actuales de consumir, fotografiar y disfrutar de estos espacios. La puesta en valor de sitios de antigua ocupación humana, tanto maya como jesuítico-guaraní, y espacios reservados o remanentes de una naturaleza prístina, como lagos, cataratas, volcanes o selvas, se repiten en las dos fronteras. A su vez, en ambos recortes, la frontera como marca de la nación es consumida a través de las fotografías que los visitantes capturan en los monumentos fronterizos, o por medio de souvenirs de recuerdo del país visitado, ya sea en el lago Internacional del parque Montebello o en el trifinio de Puerto Iguazú, Foz do Iguaçu y Ciudad del Este. Las políticas de puesta en valor de los sitios han sido concebidas bajo una estructuración nacionalista que designa íconos representativos de cada país, en el marco de proyectos de consolidación de los estados nacionales, enmarcando las formas de aprovechamiento de los recursos turísticos al interior de cada país. De este modo, los sitios de atractivo turístico son promocionados de manera desarticulada y cada nación usufructúa su parte soberana.
Se reconoce, en la mayoría de los sitios turísticos, la existencia de importantes asimetrías o contrastes hacia cada lado del límite en las formas de control y aprovechamiento de las prácticas turísticas. Sitios que son explotados mayoritariamente por la población local de un solo país, y que la población vecina no se beneficia o se inserta de manera diferencial o subordinada. Incluso, algunos sitios que suelen ser explotados por la población del país vecino, quienes tienen un mayor control en las formas de operación, como Piedras Negras (Guatemala) desde Frontera Corozal o el Museo Bertoni (Paraguay) desde Puerto Iguazú. Los trabajos advierten relaciones de competencia y descontento en la población local, así como algunas estrategias desarrolladas para tratar de modificar esta participación desigual. Son pocos los casos en los que un mismo recurso es compartido y usufrutuado por las poblaciones hacia ambos lados del límite. Ese es el caso del lago Internacional en Montebello o del volcán Tacaná, ambos en la frontera de México y Guatemala, donde la población local hacia ambos lados desarrolla estrategias para generar una oferta de productos o servicios, aunque la competencia y desigual apropiación de beneficios ha generado conflictos que afectan las relaciones transfronterizas.
Se evidenció, asimismo, un uso estratégico de la nacionalidad por parte de las poblaciones locales en ambos recortes, como un mecanismo de control de quienes pueden acceder a la explotación de un recurso (reglas de acceso), para evitar la competencia o ejercer presión (cierre del cruce fronterizo), o como un elemento de atracción para generar recursos económicos (souvenirs nacionales o fotografías en los monumentos). También se pudo apreciar el modo en que los pasos fronterizos –oficiales o cotidianos– participan en la estructuración de las prácticas turísticas, con modos diferentes de uso, control y apropiación de la movilidad transfronteriza. Entre ellos, un caso en el que la instalación de agencias estatales de control migratorio promovió la llegada de turistas y donde otras localidades disputan y reclaman la apertura de estas oficinas (Frontera Corozal-Bethel-La Técnica Agropecuaria); otro caso donde no existe un paso fronterizo terrestre habilitado y los visitantes ingresan por un tercer país para concretar el cruce (Puerto Iguazú-Ciudad del Este); una tercera situación en la que la existencia de un cruce transfronterizo cotidiano (sin agencias estatales de control) es aprovechada para la visita de un sitio turístico hacia ambos lados del límite, en beneficio de las comunidades que habitan hacia ambos lados (lago Internacional en Montebello y volcán Tacaná); y un cuarto caso en que, a pesar de la existencia de numerosos pasos fronterizos oficiales y sitios de atractivo hacia ambos lados, no existe una estructuración de visitas turísticas transfronterizas y las movilidades cotidianas son invisibilizadas (misiones jesuíticas de la Argentina y Paraguay).
A través de los trabajos revisados, es posible reconocer numerosos indicios de la participación del turismo en la configuración de la frontera y de una espacialidad cotidiana transfronteriza, reforzada o interrumpida, sobre lo cual resulta necesario profundizar. La revisión bibliográfica realizada, en cambio, evidencia una escasa articulación entre los trabajos académicos sobre turismo y los abordajes propios del campo de estudios sobre fronteras. También se observó una diferencia notable en el modo en que se estudia esta problemática en los dos recortes de estudio. Los trabajos revisados sobre la frontera Chiapas (México)-Guatemala no son abundantes y muchos de ellos han quedado desactualizados, a excepción del caso de los lagos de Montebello donde se han acumulado trabajos recientes sobre la temática. De todos modos, los estudios disponibles son antecedentes relevantes, ya que parten de una perspectiva local y situada que observa sujetos y prácticas, revela las estrategias desarrolladas y evidencia relaciones de competencia y disputas por el control de los recursos turísticos, así como fragmentaciones sociales y económicas entre distintos grupos y localidades. Si bien mencionan, en algunos casos, el vínculo con la población del país vecino, las relaciones transfronterizas no han sido el principal foco de estudio.
En el caso de la frontera Misiones (Argentina)-Paraguay, los numerosos estudios disponibles parten de una mirada orientada a la actuación de los Estados nacionales y las instancias supranacionales, en el fomento de la integración turística transfronteriza. Desde una perspectiva político-institucional centrada en la planificación y gestión, desde arriba, tienden a concebir al turismo como factor de desarrollo e integración (actual o potencial) y se han enfocado en reconocer las falencias en los mecanismos de concertación. En su mayoría, dan cuenta de la desarticulación entre las propuestas turísticas a cada lado y de la disparidad en los modos de aprovechamiento de los recursos, marcando importantes asimetrías y contrastes en la generación y apropiación de los beneficios económicos en cada país. Por lo general, estos trabajos no han avanzado en revisar las prácticas y relaciones transfronterizas de la población local y su incidencia en los entramados turísticos actuales o en las estrategias locales de apropiación y control de los recursos turísticos.
Reflexiones finales
El estudio desarrollado evidencia que el turismo se constituye como una práctica social y un recurso económico para la población que habita las fronteras, transformando las relaciones locales y transfronterizas que se tejen en cada sitio. En el marco actual regido por imaginarios del capital global de desregulación y flexibilización de las fronteras, y por discursos y políticas de seguridad que ilegalizan los movimientos y exigen una mayor vigilancia, una escala de análisis micro pudo revelar que las prácticas locales definen formas particulares de modelar las experiencias turísticas y las vinculaciones transfronterizas, con muy diferentes formas de apropiación de la frontera. Este trabajo recuperó diferentes aportes que visibilizan el modo en que las relaciones transfronterizas son aprovechadas, modificadas, reforzadas o afectadas por el turismo, a partir del traccionamiento de visitantes o trabajadores del país limítrofe, la afectación de recursos como el agua o la incidencia sobre prácticas de tránsito cotidiano.
La producción académica existente, si bien aún escasa y desacoplada de los debates fronterizos, resulta un aporte central a partir del cual es posible profundizar el conocimiento, para reconocer mejor el modo en que el turismo participa en la producción o transformación de las relaciones y espacialidades cotidianas transfronterizas de estas poblaciones. Además, es necesario ampliar el conocimiento acerca de las articulaciones del turismo con las diversas movilidades migratorias que están transitando estos espacios fronterizos, a distintas escalas y con distintas motivaciones. También, será necesario reconocer las implicancias de la actuación de grupos delictivos organizados, los solapamientos de las redes de tráfico de sustancias ilícitas y de trata de personas en los entramados turísticos y las estrategias que desarrolla la población local frente a esta realidad, en ambos recortes fronterizos. Todo ello permitirá conocer mejor de qué modo participan las movilidades humanas, las redes familiares, la organización logística y las relaciones laborales en la estructuración de trabajos, mercados, lugares y caminos turísticos transfronterizos. Se sostiene que una perspectiva centrada en los sujetos y voces locales, con énfasis en la vida cotidiana de la población y las espacialidades que construyen al habitar, puede contribuir a una mejor comprensión de estas problemáticas transfronterizas.
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- CIMSUR/UNAM, México. UNAM. Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM. Becaria del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, asesorada por el doctor Oscar Sánchez Carrillo.↵
- En este trabajo se utilizará el término “localidad” de manera flexible para dar cuenta de una aglomeración de población, como sinónimo de poblado, comunidad, asentamiento, ejido, aldea, cantón, usando en ocasiones uno de estos términos específicos cuando fuera utilizado de ese modo en alguno de los estudios reseñados.↵
- San Ignacio Miní, Santa Ana, Nuestra Señora de Loreto, Santa María la Mayor en la Argentina y, Santísima Trinidad del Paraná y Jesús de Tavarangué en Paraguay.↵






