Leticia Nora García
Introducción
En este capítulo se visibilizan las relaciones de una dinámica imbricada de los campos político, social y cultural en el oeste. Es importante abordar las estructuras sociales internalizadas, sus relaciones y prácticas en términos de estrategias que despliegan las entrevistadas a fin de posicionar sus voces junto a las de las políticas públicas. Se desarrollan esas actuaciones en el campo de las estrategias, conciliando los aportes desde los feminismos en término de deseos, cuidados, exigibilidad de derechos y en definiciones teóricas que se construyen desde la práctica de cierta “autonomía territorial”.
“La historia hecha cuerpo” no es metáfora, en palabras de Bourdieu: “el mundo social construye el cuerpo como realidad sexuada y como depositario de visión y división sexuantes (Bourdieu, 2000; p.22). Sus reflexiones remiten al problema de la dominación desde el punto de vista cultural, para dar lugar a los sentidos, expresiones, deseos que se expresan en relaciones, vínculos y prácticas de las mujeres que viven en el lugar, condicionadas por diferentes contextos y también por las distintas posiciones en los campos sociales. El autor desarrolla una visión interesante al poner al descubierto los mecanismos de dominación e “introducir el método relacional, que desenmaraña el sistema de oposiciones simbólicas entre lo femenino y lo masculino, y al invertir totalmente la relación entre lo cultural y lo natural para explicar la división entre los sexos como principio de las divisiones consiguientes (Sandoval, 2002, p.4).
A las mujeres se les ha impuesto en la construcción de la subjetividad, la supremacía natural en términos de diferencia anatómica, biológica entre hombres y mujeres transformándose en justificación “natural” de la diferencia entre los sexos, que de manera automática incluye roles, lugares, atributos desiguales, entre ellos, la división sexual del trabajo.
Han sido las feministas quienes visibilizan mucho antes estas divisiones sociales excluyentes y condenatorias para las mujeres y las disidencias. Aun así, interesa recuperar del autor la mención acerca del trabajo “milenario de socialización de lo biológico, de biologización de lo social” (Bourdieu, 2000. p.9). La realidad del orden del mundo con sus prohibiciones, sus sentidos, direcciones y sanciones esconden relaciones de dominación -que al naturalizarse-, hacen aparecer las condiciones de existencia más intolerables, como perfectamente aceptables. La dominación masculina es un ejemplo de esa dominación paradójica que contiene supuestos que constituyen el sentido común y también dominación naturalizada que se hace habitus, condicionando las prácticas, aunque también sabemos de resistencia.
El patriarcado como sistema gesta, reproduce y reafirma inscripciones y relaciones de dominio sobre los cuerpos de las mujeres. Se pueden identificar la visión totalmente marginada de las mujeres en la historia de la Pampa territoriana, la inexistencia de créditos direccionados a las mujeres como productoras, la ausencia de programas deportivos- recreativos para las mismas mujeres que viajan periódicamente a las localidades- entre los más mínimos ejemplos, algunos de ellos desarrollados en el segundo capítulo. Tres menciones de campos diferentes, muestran cómo las políticas públicas registradas como estructuras también son estructurantes (aunque no determinantes) del habitus que internaliza diferencias entre quienes dominan (una sociedad y Estado patriarcal) y quienes construyen su identidad social conteniendo relaciones de dominación.
Son cuerpos que trabajan en los márgenes y cuerpos que se excluyen de los sentidos, de la recreación, del bienestar, son cuerpos puestos en el lugar de la producción –reproducción. Se impone la idea de cuerpos que producen (en las crianceras con “algo que no es tan productivo como las vacas”) y el corrimiento del deseo en los mismos cuerpos, donde no hay propuestas, lugares ni tiempos para desarrollar actividades que no sean vinculadas a los cuidados del rodeo y la familia.
La perspectiva geográfica centra el foco en el territorio como catalizador, como expresión materializada y simbólica de esas interacciones sociales, culturales, económicas, administrativas y políticas. En el mismo acto se convierte en productor-reproductor de determinaciones espaciales impregnadas de estructuras y representaciones sociales (también patriarcales-sexistas-clasistas- racistas). Por eso la relación es dialéctica, no es solo material sino también simbólica, es proceso y producto. Esto implica que es resultado de acciones sociales en el tiempo y a la vez marca las condiciones de reproducción de grupos sociales; en todos los casos evidencia relaciones de poder. El cuerpo como el territorio es una construcción de los discursos y las actuaciones públicas que se producen a distintas escalas espaciales: en la casa, en el trabajo, en el Estado, todas reflejan y se ven reflejadas en las actuaciones y relaciones sociales de carne y hueso.
Una de las enunciaciones de Bourdieu – relativizando la lucha de los feminismos- es el reconocimiento de lo que denomina “lucha cognitiva” donde, los/las dominadas “aplican a lo que les domina unos esquemas producto de la propia dominación, así sus actos de conocimiento se convierten en actos de reconocimiento, pero mediante la lucha cognitiva pueden oponerse a la dominación simbólica” (Sandoval, 2002; p. 11). El autor remite detalladamente como desde el acto sexual, incluso en la descripción anatómica de las mujeres (siempre en referencia y oposición a la de los hombres) se marcan las formas de dominación, de apropiación de posesión masculina. El reconocimiento del cuerpo sexuado para Bourdieu es producto de un trabajo social de construcción donde automáticamente se aplica jerarquía y con ello la diferencia se transforma en desigualdad. Esta construcción no es sólo la representación del cuerpo también actitud del cuerpo que se aprende durante la vida en todos los ámbitos sociales (Sandoval, 2002).
En el oeste se han registrado situaciones que vulneran derechos de las mujeres y niñeces, y llama la atención como el mensaje de quienes lo comunican es doliente y al mismo tiempo es – en cierta forma inconsciente- justificador de la dominación. Cuando se habla de violencia o de abusos en el campo o en el pueblo se hace referencias a “iniciaciones tempranas” a los 10 o 12 años (Asistente Social, año 2021); “se pegan… ella también pega, y al final siempre vuelve con él” (Mujer criancera, año 2012); “las madres las hacen trabajar con hombres cuando vuelven de la escuela los fines de semana” (informante, 2019).
Todas ellas son menciones valientes (por lo general son situaciones que se mantienen en silencio) aunque también encierran rasgos de violencias simbólicas cuando refieren a modalidad “natural” del lugar, aberrante pero “natural” y en cierto modo adhiriendo a una visión desvalorizada de la mujer. Circulan en las menciones y justificaciones categorías construidas desde el punto de vista de la dominación androcéntrica. Aquí juega con fuerza de habitus este tipo de dominación, por poco imbatible, incluso frente a leyes y normativas que amparan y tratan de desmontarla desde algunos lugares del Estado y del contexto social ampliado. Se advierte el éxito de la biologización de la diferencia y de la desigualdad. De ello surge en Bourdieu y en todo el campo de los feminismos, una tarea por demás de importante que es su reconocimiento en los mecanismos de dominación y la inserción de “las relaciones de los sexos” a lo largo de la historia.
Se busca no desproteger estas relaciones y su reconocimiento en situaciones, escenas, representaciones que imponen lugares de subalternidad a las personas -fundamentalmente a las mujeres- en territorios del oeste pampeano. Se recupera el análisis del contexto y de las actuaciones del Estado en el oeste pampeano un escenario donde las y los sujetos sociales se encuentran atravesados/as por las estructuras pero fundamentalmente por una tensión entre las necesidades y las formas de satisfacerlas, en particular para las mujeres que viven en los puestos y también en las localidades. El conjunto de acciones, orientadas a satisfacer las necesidades de las unidades familiares, forman parte de estrategias de reproducción. Existen varias menciones referidas a estas estrategias como de supervivencia, de vida, de reproducción social, de existencia, dando cuenta todas ellas de expresión de la desigualdad social en territorios y sociedades capitalistas (Massa, 2010).
Como las experiencias de las mujeres siempre referencian a su familia tomamos el concepto de Susana Torrado de estrategias familiares de vida refiriendo al “conjunto de comportamientos a través de los cuales las unidades familiares o domésticas tratan de optimizar sus condiciones de vida, dadas ciertas determinaciones estructurales (condición socioeconómica) y coyunturales (políticas públicas)” (Torrado, 1983; p.3).
En este sentido se recuperan testimonios que dan cuenta de prácticas productivas que llevan adelante en el puesto, en la huerta de Santa Isabel; prácticas de cuidado- autocuidado; de participación, y consideraciones que colaboran en procesos de autonomía, aspiraciones personales y colectivas que pueden incluirse en las políticas públicas como actos de reconocimiento y con ello de justicia. Este capítulo junto al segundo surge del mismo relevamiento cualitativo, aunque en éste se posicionan las voces en las mujeres y familias crianceras. De ellas emergen las propuestas situadas para pensar políticas públicas en clave feministas. Para dar cuenta de la integración de todas las unidades de información surgidas de los Casos seleccionados en este estudio, referenciamos como caso I; II, III y IV y a las diferentes generaciones (madres-Hijas/os).
Prácticas “productivas”
En los casos seleccionados dos de ellos son familias nucleares compuestas por mujeres (madres) y padres, con hijos (no todos residiendo en el mismo hogar-puesto), un caso de un matrimonio con un nieto menor a cargo; y otro caso de una familia monoparental conviviente con la abuela. En todos ellos las actividades dentro y fuera del puesto están dirigidas al sostenimiento del grupo familiar.
Daniela estudió Magisterio en Victorica y luego en Santa Rosa. Durante toda la etapa de formación educativa estuvo fuera del puesto, aunque cuando regresaba en tiempo de vacaciones, fines de semana colaboraba/a en diferentes trabajos.
No hay ningún trabajo que yo no haya hecho, he acompañado a papá y a mamá a hacer los trabajos rurales como lo haría cualquier otro hombre, porque mi mamá siempre acompaño a mi papa en todo eso. Somos una más en los trabajos de campo alambrado, cortar leña, no hay un trabajo que no hayamos realizado con mi mama que este designado solamente a los hombres. Siempre ayude en todos los trabajos… (Hija, 28 años, 2021, Caso I).
En esta unidad familiar la base productiva original se vinculó con la cría cabras y paulatinamente incorporaron bovinos, actualmente la actividad de cría es sobre este último. Participaron activamente de las Asociaciones, y en la actualidad no participan de procesos organizativos. Las hijas estudian y trabajan, Rubén (padre) es vacunador de la Fundación Limay Mahuida (FUNSACHA) y junto a Marta trabajan “alambrando” en campos de la zona. Esta actividad complementaria a la cría, muestra la transición que está teniendo el oeste en cuanto al aumento de cabezas bovinas, en detrimento de las caprinas que requieren de campos abiertos para el pastoreo.
Uriel (Hijo-17 años Caso III) cursa sus estudios secundarios en Victorica y durante los fines de semana y vacaciones desarrolla todas las actividades que demandan los rodeos de chivas pertenecientes a su madre y su abuela, pero su actividad preferida es amansar caballos. Esto lo aprendió de su abuela y su madre. Los caballos en este caso forman parte de la actividad en el puesto ya que son intercambiados por otros recursos o vendidos cuando están listos para montar. Contaban al año 2017 con 22 caballos y yeguas. Tienen aves de corral y cuando hay agua en el Atuel una pequeña huerta lograda con semillas del Prohuerta (INTA). Junto a su madre es buen rastreador de jabalíes y suelen cazar vizcachas y liebres. En tiempos de nulo escurrimiento del Río Atuel, el control del rodeo se complica, ya que se presenta como un límite natural con otras propiedades. Las prácticas de nuevos propietarios lindantes, se vinculan con los alambrados, eso por un lado les reduce la posibilidad de pastoreos a sus chivos, pero lo que implica el alambrado es el límite a la circulación del rodeo.
El vecino de atrás tiene vacas y caballos. Si viene el viento sur ellas se van ahí. A veces las buscamos a caballo y con perro, porque en el monte es difícil, el perro ladra y las trae. Tratamos, de que no salgan más allá del campo, no queremos con los vecinos que no quieren… pero las chivas siempre cruzaron y fueron a esos lugares, pero el dueño nuevo por ahí no quiere chivas por eso no las dejamos. (Madre, 30 años, 2020- Caso III).
Alejandra, su madre, ese año se esforzaba en mantener el rodeo, trabajar dos veces a la semana en una casa de familia en Santa Isabel –Servicio doméstico- y en la barra de un boliche los fines de semana. Sin medio de transporte propio se manejaba “a dedo” generalmente. Su dinámica cambió a partir de incorporarse desde un principio a La Comunitaria y luego presidir la Cooperativa Regional Agropecuaria de Santa Isabel. Su rutina de atención en el puesto no cambió, pero si la de las actividades fuera de él. El Salario Social Complementario (en ese momento) y la jubilación de Elsa, su madre, permitieron un ingreso monetario estable. Dejó uno de los trabajos en el pueblo ante la demanda e involucramiento en la cooperativa. Comenzó a viajar, capacitarse, representar al grupo cooperativo en ámbitos provinciales y nacionales y llevar adelante proyectos colectivos, aunque siempre reserva parte de los días de la semana para volver a la actividad de criancera.
Magalí (Hija, 30 años, Caso II) está en pareja, con un hijo pequeño y vive en Santa Isabel. Ella viaja los fines de semana al puesto para ayudar a su padre con la atención de los animales, ya que tienen aves de corral y cerdos además de bovinos y caprinos. Es parte del grupo que atiende la Huerta Comunitaria, se encarga del mantenimiento y de hacer los plantines. Con su madre Susana, tienen gallinas ponedoras en un terreno del pueblo y además tiene su propia huerta. Con su madre y pareja se dedica a la reparación de calzado. Compraron unas máquinas para coser, rebajar cueros y otros materiales. En tiempos que no alcanza todo eso, cocina y vende, tortas, budines… “Lo que sea”.
María es criancera, formo parte de la Asociación El Paso (2008) y actualmente de la Cooperativa Agropecuaria Santa Isabel. Presenta problemas de salud y su nieto también. Como muchos casos de la zona, las madres delegan la crianza de sus hijos a las abuelas cuando se van a otra ciudad u otra provincia. En este caso la tenencia de su nieto es de María y su marido. Es permanente la atención a “Marito” que está en la escuela de Algarrobo del Águila haciendo el nivel secundario.
El Salario Social Complementario ofreció algunas posibilidades de disponer en principio combustible para traslados a Santa Isabel, Algarrobo del Águila, o para resolver la atención médica en Santa Rosa. En pandemia logaron disponer de un ahorro para comprar mercadería y venderla en los puestos vecinos. Esta actividad es la que sostienen hasta hoy (muy mermada por la crisis) junto a la actividad caprinera.
Figura 19. Mario y María en plena venta ambulante (mercachifles) en el puesto Los Dos Molinos

Fuente: María Eugenia Comerci, 2021.
En la Figura 19 se observa la venta de verduras en el puesto Los dos Molinos. Además de fruta y verduras, venden alimento balanceado, panificados, bebidas, gas y también ropa de trabajo. Este circuito comenzó por puestos vecinos cada quince días y al momento registrado en la fotografía se extendía al sur de Paso Maroma y con recorrido semanal. María tiene una de sus hijas viviendo en el oeste de la Provincia de Buenos Aires, sus redes llevaron a contactarla con comerciantes chinos de Pehuajó, que le envían la mercadería cada 15 días vía Santa Rosa – Santa Isabel. Al mes de octubre del año 2022, los costos del combustible y de la mercadería han afectado esta actividad de comercialización en los puestos: “ya ni viene María ni el otro señor… pila de tiempo que no nos trae nadie nada… es que no se puede” (Alfredo, Puesto Los dos Molinos, 2022).
Para fines del año 2021, María cuenta que el SSC (hoy Potenciar Trabajo) lo destinaban a pagar los impuestos municipales de las viviendas que tienen en las localidades de Algarrobo del Águila y Santa Isabel.
Es que el mas chiquito está estudiando en Algarrobo y el otro, el más grande (hermano) no se puede…son el agua y el aceite, así que le hice una piecita en el fondo de la casa de Santa Isabel, es independiente, ya es mayor. Yo me hago cargo del chiquito (Puestera, 50 años, 2021, Caso IV).
En cada uno de estos registros las estrategias catalizan las experiencias que les permiten a las mujeres y a las familias otorgarle una direccionalidad a su práctica, son saberes pragmáticos que adquieren significación en tanto está dirigido a la resolución de problemas cotidianos. En todos los casos el objetivo es la satisfacción de necesidades básicas de reproducción, material y simbólica que no pueden garantizarse solo con las propias producciones ni tampoco con las políticas de reconocimiento y distribución implementadas a través del salario social, las asignaciones o el ingreso familiar de emergencia.
Los manejos del rodeo también encierran prácticas particularizadas. Una de las acciones promovidas por el Gobierno provincial fue la dotación de boyeros eléctricos alimentados con los mismos tipos de paneles solares que cuentan en las viviendas. Esta práctica muy útil para el ganado mayor, no resulta efectiva para el manejo caprino, al menos los de las mujeres entrevistadas.
Nadie tiene eléctrico acá, solo un potrero pero para las vacas. Yo para las chivas no los pondría, porque los patea, aunque me dicen que se acostumbran. Nosotros pusimos para los caballos, pero cuando pasan las chivas las patea y quedan acalambradas tres días pobrecitas, para las chivas no, para mí el boyero no. El cacho no le da corriente pero con la pata sí. (Madre, 30 años, 2020, Caso III).
Estas visiones y acciones con los animales tienen incorporados aprendizajes prácticos de bienestar y cuidado.
Prácticas de cuidado y autocuidado
Todas las actividades “productivas” que se mencionaron anteriormente no son llevadas adelante escindidas de las relaciones familiares porque no solo involucran interacción, sino aprendizajes y objetivos vinculados a la reproducción de las unidades familiares. Se sostiene que es indisociable la actividad de producción y reproducción en estas unidades familiares estudiadas. En anteriores trabajos desde las geografías se ha analizado la indisociabilidad del espacio privado-público, además del trabajo reproductivo –productivo y la misma unidad doméstica como productiva.
Carrasco, Borderías y Torns (2011) desarrollan la genealogía del trabajo “doméstico”, “reproductivo” y de “cuidados”, en perspectiva histórica. Son recomendables sus referencias porque muestran los aportes feministas desde distintas disciplinas fundados en el reconocimiento de la desvalorización de dichos trabajos, de su construcción social y la explicitación de las profundas raíces de la desigualdad sexual sobre las que se fundamentan. Los aportes de las feministas italianas sustentan además que el sistema de reproducción social incluye la estructura familiar junto a “la estructura del trabajo asalariado y no asalariado, el papel del Estado en la reproducción de la población y de la fuerza de trabajo y las organizaciones sociales y políticas relacionadas con los distintos trabajos” (Carrasco, Borderías y Torns, 2011. p. 31).
El proceso de reproducción social se entendería, así, como un complejo proceso de tareas, trabajos y energías, cuyo objetivo sería la reproducción de la población y de las relaciones sociales y, en particular, la reproducción de la fuerza de trabajo (Carrasco, Borderías y Torns, 2011).
En todos los casos los y las menores se incorporan tempranamente al trabajo en los puestos, los y las hijas junto a sus madres colaboran con el encierro de las chivas, con la “entrega” de los chivitos, en el cuidado de hermanos/as más pequeñas y de las/los mayores adultos, de modo que los trabajos de cuidados se insertan tempranamente en las rutinas cotidianas de la familia. El caso I registra en un comentario el momento donde inician la actividad bobina como complemento de la caprina: “Compramos terneros y las vacas no tenían leche así que se las poníamos a las chivas, dos veces por días, eso lo hacíamos con los chicos… la “ella se renegaba porque la pisaban los terneros”.
En estas definiciones de reproducción en términos de relaciones y aprendizajes sociales se imbrican los aspectos productivos y los cuidados. Por ello consideramos necesario remitirnos a algunas consideraciones históricas acerca del trabajo “doméstico” que hoy deviene en trabajo de cuidados y en economía de cuidado.
Esta categoría y también objeto de estudio es emergente en las ciencias sociales. La idea de reproducción social que se maneja desde la economía feminista tiene sus raíces en el debate sobre el trabajo doméstico desarrollado en los años sesenta y setenta del siglo XX. Desde entonces, la idea ha sido reformulada por distintas autoras, todas ellas tienen, al menos, algunos aspectos en común: la reproducción biológica, que incluye la construcción social de la maternidad en cada sociedad; la reproducción de la fuerza de trabajo, que incluye los procesos de educación y aprendizaje; y la satisfacción de las necesidades de cuidados, donde pueden participar los hogares, el sector público y el mercado. Es decir, en esta perspectiva se incluye la economía del cuidado como aspecto relevante de la reproducción social (Carrasco, Borderías y Torns, 2011).
Estos componentes de la reproducción social marcan la situación de los cuidados en el área y en las unidades familiares estudiadas. También se presentan rupturas de ciertos patrones que consideramos necesario particularizar. Elena Giacomino desarrolla una investigación referida a las representaciones sociales sobre el cuerpo y la salud sexual de mujeres rurales del oeste pampeano e identifica los mecanismos que inciden en las prácticas de atención y control de la salud sexual de este grupo. Entre otras cuestiones, el hallazgo más impactante, a juicio de la autora está referido a la “ruptura o quiebre del mandato del sacrificio materno en las mujeres más jóvenes (menos de 30/35 años aproximadamente)” (Giacomino s/f, p.135).
En este sentido son numerosos los casos donde las mujeres se desvinculan de la familia, de sus hijos e hijas y viajan a otras ciudades y/u otras provincias. Estas situaciones las advertimos a lo largo del tiempo en el que venimos realizando los trabajos de campo. Se registra que las mujeres se van de los puestos -cuando pueden- con hijas/os pequeños, en situaciones que experimentan violencias o situación de vida precaria. En algunos casos más distantes en el tiempo, cuando los hombres quedaron con los hijos/as rápidamente solicitaron ayuda “femenina” para la crianza, fueron las tías o las hijas de alguna familia amiga que acudieron. En otros casos los hijos pequeños quedan con sus abuelas, algunas hacen el trámite legal de tenencia y con ello, pueden ser beneficiarias de las tarjetas: alimentaria y/o AUH.
Otras situaciones más actuales, identifican a los hombres que quedan al cuidado de hijo/a (en general único). “El tío, tiene un hijo de la edad de U., sigue solo en el puesto. El tío hace, lo mismo que yo…lava, cocina, atiende las chivas no hay diferencia todos hacemos lo mismo” (Hija Caso III). La resolución de lo que implica los cuidados para los hombres surge ante la ausencia de las mujeres, si ellas están todo queda en sus manos.
Entre los cuidados para atender está la educación, en todos los casos la movilidad es inevitable porque las escuelas están en las localidades. Para 1980 y 1990 las escuelas hogares primarias tenían una matrícula muy elevada comparada con las actuales. Hoy, la doble residencia o parte de la familia que reside en los pueblos garantiza la asistencia fuera del internado. En prácticamente todos los casos analizados experimentaron el alejamiento de los y las niñas a los 6 años y reencontrarse cada quince días durante el año escolar. Para Sofía no fue traumático el alejamiento “mi experiencia educativa fue hermosa, mi primaria la hice en Árbol Solo, mamá tiene una anécdota sobre eso: yo queriéndome ir a la escuela con 5 años, y ella llorando, lo cual lo logré, hice jardín internada de lunes a viernes, y me encantaba! (Hija Caso I).
Daniela tiene una experiencia diferente a su hermana menor: “la verdad fue fuerte, fue triste, desgarrador, acostumbrarse a vivir sin papá y mamá desde los 6 años, en escuelas hogares, con lo que eso implicaba eso hace unos cuantos años, que era un poco más duro de lo que es hoy en las escuelas (Hija, Caso I). Con más de 15 años de diferencia su hermano menor repite la historia.
Yo nunca hubiera querido que el mas chiquito fuera a la escuela hogar, pero la situación es que no hay una escuela cerca en el campo para que atienda las necesidades de educación así que no queda otra, la idea de pensar que mama se dirija al pueblo para poder mandarlo es imposible porque se desarticula la familia digamos…eso… que se desarma la familia, cuando falta mama en casa que es la que pone un poco de orden se desarticula un poco todo. (Hija, Caso I).
A la separación temprana (propia y de su hermano) se cuela la imposibilidad de que su madre pudiera trasladarse al pueblo y dejar el puesto. Reconoce el rol central en “la organización” general por parte de Marta, donde es indisociable el lugar de trabajo y familia.
Las rutinas de movilidad se concentran los días viernes y lunes para buscar o llevar los y las hijas a las escuelas. En la Figura 26 se localizan los servicios educativos vinculados con estas familias: Escuela Secundaria de Algarrobo del Águila, Santa Isabel (con internado ambas) y la Escuela Agrotécnica de Victorica. En esta localidad Daniela inicio el Profesorado de Enseñanza Primaria y luego siguió en el Instituto de Formación Docente en Santa Rosa. En el Caso I y Caso III, los hijos varones tienen formación en la Escuela Agrotécnica de Victorica y ambos estuvieron internados. Uno de ellos, se recibió y sigue sus estudios de Seguridad e Higiene en un Instituto de General Alvear Provincia de Mendoza. La educación es altamente valorada en todos los casos más allá del sacrificio que implica la separación familiar y el costo de movilizarse rutinariamente de los puestos a las localidades, en algunos casos, por años.
El acceso a la salud es otra dimensión que requiere movilidad en radios de 30 hasta 50 km. Las estadías fuera del puesto para acompañar o autocuidarse en un centro asistencial requieren que alguien controle el rodeo. “Si no pueden mis hermanos cuidar a mi mamá tengo que ir yo. Ahí veo algún vecino que vaya a abrirle a las chivas y darle de comer” (Hija, Caso III). Unos años antes su madre enfrento la situación de cuidado familiar, y fueron vendiendo los animales para poder vivir y cubrir los gastos de la enfermedad de su padre.
Cuando se enfermó mi papá, nos quedamos con mi hermana ahí en Algarrobo, yo iba a la escuela y mi mama se fue con él a Santa Rosa, tres meses. Pero cuando volvieron se lo llevo a Santa Isabel, vendimos la casa de Algarrobo… nos mudamos por mayor comodidad, por el oxígeno, por la curación de la operación, la curación la hacía mi mamá. (Hija, Caso III).
Hoy estos cuidados invisibles tienen registro de trabajo, de hecho, en los pueblos se puede disponer de personas (en general mujeres) que acompañan de noche, hacen las compras o comidas para personas mayores o que necesitan asistencia. No todas las familias pueden solventar estos cuidados. Magalí cuida de su abuela, aunque aún se maneja muy bien sola, reconoce que necesita estar acompañada: “acá en el pueblo en general se hace cargo la familia, pero la mayoría la han mandado al asilo, pero no acá, en General Alvear y Victoria. Haría falta un asilo, si no tenés que llevarte tus abuelitos afuera (Hija Caso III).
Se dan casos donde las personas adultas mayores residiendo en los puestos son proveedoras de cuidados (no receptoras) y siguen con las tareas productivas de cría en el lugar. Ante la ausencia de servicios de cuidados (residencias, por ejemplo) para estas personas en las localidades, surgen algunos paliativos asistenciales por parte de los municipios. En una reciente entrevista con la Secretaría de la Mujer, géneros y Diversidad del Gobierno de La Pampa, resalta la demanda del Municipio de Santa Isabel de pensar cómo abordar la situación de cuidados de personas mayores en particular mujeres poniendo el tema como emergente a la par del tema de violencia.
El área de estudio y alguno de los casos analizados presentan acentuada tendencia de la proporción de personas mayores de 60 años, situación que en un futuro cercano presentara un escenario a considerar. Gran proporción de ellas son mujeres ya que la esperanza de vida es más alta que la de los varones (81,4 años frente a 74,9 años). Lo problemático es que el envejecimiento de las mujeres se produce con mayor carga de discapacidad y morbilidad.
Según el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad (2021) la necesidad de apoyo y cuidado en las actividades de la vida diaria es el doble que en los varones. Faur y Pereyra (2018) detallan el bajo porcentaje (19%) de adultos/as mayores que logran acceder a un servicio externo de cuidados. Esto marca las condiciones diferenciales que intersectan la edad y género(s) con la clase. Es indudable que los sectores de ingresos más bajos deben recurrir al cuidado familiar, que generalmente recae en las mujeres “de la familia”.
El cuidado a las personas y las actividades que implica ha sido tradicionalmente asignado a la población femenina: madres, abuelas, hijas, amigas, vecinas, etc. como “propio” de las mujeres con lo cual históricamente no fue remunerado. En consecuencia, es un trabajo devaluado, en el sentido de que no tiene reconocimiento social y si se remunera los salarios son de los más bajos del mercado. Esta valoración corresponde a una sociedad patriarcal donde lo que está devaluado es ser mujer y, por tanto, todos los trabajos que se identifiquen como femeninos, carecen de valor social. No hay que olvidar que la participación de las mujeres en el cuidado ha sido una de las razones que les ha impedido tener acceso a los mismos niveles de renta y riqueza que la población masculina y lo que ha llevado a la llamada feminización de la pobreza (Carrasco, Borderías y Torns, 2011). Desde quienes llevan adelante las políticas públicas también es un tema a discutir. La Secretaría de la Mujer, Géneros y Diversidad del Gobierno de La Pampa reconoce que se percibe el cuidado con lógicas un tanto diferente a “como nosotras lo estamos planteando. Hay que cambiar esa mirada que siempre recurre a una mujer, hijas. Para los cuidados posicionar la corresponsabilidad del mismo, eso es central” Liliana Robledo (SMGyD).
En estas consideraciones de cuidados advertimos que, se haga en forma remunerada o no, realizar tareas domésticas y de cuidado es un trabajo en sí mismo, porque como todo trabajo implica energía, tiempo y recursos. El autocuidado en términos de salud, es un tema que cruza a todos los géneros: “La salud un desastre acá… nos da pánico enfermarnos, la atención de los médicos si están de humor te atienden si no, no. Tenemos solo el control del embarazo, pero para todo nos tenemos que ir a Victorica, sacar un turno es llamar 20 veces para que te puedan atender…” (M. Huerta L.C. Santa Isabel); “Un turno te tarda un mes y a veces no te avisan (C. Huerta L.C. Santa Isabel) Una dentista viene pero cuesta encontrar turno (M. Huerta L.C. Santa Isabel), “no me atendieron por la muela porque no tengo domicilio acá, meta calmante y no pude viajar (Caso I).
Mujeres y hombres encuentran diferencias entre su experiencia en esta localidad y la de familiares o conocidos/as de Algarrobo del Águila. Aun así, ante las urgencias siguen asistiendo a General Alvear y San Rafael y desde la pandemia más asiduamente a Santa Rosa. En el campo la mayoría de los casos reconocen las bondades de las plantas nativas para atender dolencias. Susana (Caso II) y Alejandra (Caso III) ofrecen un abanico de posibilidades para aplicar estos saberes en la población humana y no humana.
Con remedios…yo digo de no consumir remedios porque no sabes.
Yo recomiendo yuyos. La jarilla para los golpes, infección, tienes que poner baño de agua tibia cocinada con Jarilla para que se vaya el moretón, si te cortas también. Para el dolor de garganta, tos seca, cortas un palito de la Jarilla, lo pelas sacas lo negro y lo tiras y cuando aparece lo blanco seguís raspando con un cuchillo, en una taza pones azúcar una brasa, se empieza a quemar y le pones lo que raspaste y le agregas agua caliente. Lo tomas a la mañana cuando te levantas y cuando te acostas durante tres días.
Cuando tenes dolor de panza, por frio en los pies o dormiste con frio, hervís un yuyo, pones ramita del monte de vaca. Yerba de burro para el mate. Para ataque de hígado, cortamos Paico, ese es bueno para el dolor de panza. Es chiquito… es un arbusto. Tenes el otro que se llama carqueja para la sangre también. Cuando consumís mucha carne, y no salís a caminar y se te hinchan las manos cocinamos Pájaro bobo que se da al borde del Atuel, en lugar de consumir agua cuando comes, tomamos esa agua y te ayuda a circular bien la sangre. Arenilla, cocinas ramitas de Solupe, cocinas el palito nomas con Chilca y lo tomas, como si fuera agua común. Mejuco para el hígado, es feísimo pero te compones con tres tragos… Cuando estas refriado el Tomillo con azúcar tostada y con una hojas de eucaliptus. Nosotros compramos o un vecino tiene, esto es para te.La Jarilla para hacerte baños cuando tenes calambres a la noche, se frotan..Yo no tomo nada, supongamos que anduve mucho al sol, me pongo una toalla blanca húmeda con jabón en pan y me la pongo en la cabeza.Resfrío por el sol, dolor de garganta, bronquitis, pero te haces vapor con un poco de jarilla o eucaliptus y te sanas al toque.
Para un nene que es difícil que tome algún yuyo, si tiene azúcar por ejemplo con el tomillo si o con miel, hervís la miel en la pava, le pones la cebolla, le cortas la punta de la raiz y empieza a caer gotitas blancas, eso le agregas una poco de limón y te lo tomas. Para el dolor de garganta, anginas. Como la cebolla ayuda a que salga o que cicatrice. (Hija, Caso III. Entrevista realizada por Antonela Mostacero. Año 2021).
Alejandra resalta que estos saberes los aprendió de su abuela y quienes los ejercitan son “las mamas y las abuelas, los papas no”. Para las cabras también aplican remedios caseros:
Fui a dar una charla al auditorio de Veterinaria (…) me gusto porque sentí que sabía cosas importantes para esos estudiantes… cosas que no tengo en cuenta y son fundamentales… como, ¿cómo actuar cuando una cabra madre no puede parir o que remedio darle cuando no pueden tirar la placenta?… le damos un yuyo, algo natural y le salvamos la vida (Hija, Caso III).
En el “grupo de la Huerta” surge el tema de los otros cuidados, los vinculados a las relaciones y los vínculos. Acerca de los temas de violencia entienden que “no hay alguien que te haga un seguimiento” (…) “Nosotras hablamos en nuestro grupo, pero no hacemos talleres… por ejemplo” (Hija Caso II). Daniela con 28 años entiende que:
Hay más conciencia en el campo de lo que es violencia de género y demás porque se está más en contacto con el pueblo, la gente a diferencia de otros momentos no esta tan aislada (…) se van poniendo al corriente de las leyes nuevas (…) Ese ida y vuelta con los medios de comunicación y los centros poblados ofrecen información de lo que está bien o está mal sobre la violencia de género. No conozco ningún caso de que esté sucediendo, aunque es verdad que la gente de campo es un poco más cerrada y es más difícil saberlo. Creo que en el pueblo…los vecinos, familiares es más factible que se denuncie a tiempo y se atienda a tiempo.
Alejandra también refuerza esta idea que estas cuestiones vinculadas a Violencias, Interrupción Voluntaria del Embarazo, situaciones de abuso en general se charlan en grupos más reducidos, pero nunca encararon talleres para abordar los temas como cooperativa incluyendo a mujeres y hombres. Susana (Caso II) llevo adelante en tiempos de las Asociaciones, charlas de Educación Sexual Integral, junto a efectoras sanitarias. Su hija Magalí recuerda cómo ella y su hermana mediaban las charlas con las madres e hijas en los puestos. En esta última década las más jóvenes advierten cambios de comunicación en sus familias:
Cambió la comunicación, antes no se hablaba de un montón de cosas como la sexualidad, el cuidado todas esas cosas eran tabú, hoy en día esas cosas se pudieron hablar o si se hablan de enfermedades de TS, de un montón de cosas, que se hablan con mis hermanos que conmigo no se hablaban, no hay tanto pudor, creo que hay realidades de cosas que pasan constantemente y pone a los padres a tomar conciencia la importancia de charlar con sus hijos y eso creo que cambió. (Hija Caso I).
Este entrecruce de obligaciones, afectos, responsabilidades, sentidos incluidos en “trabajos” fortalecen la denominación de cuidados que incluyen lo doméstico y también lo reproductivo. Las tareas de cuidado son aquellas actividades que realizamos a diario para atender las necesidades básicas propias y de otras personas. En este caso tan puntual de las unidades familiares productoras esos cuidados se amplían al espacio productivo. La confluencia del aislamiento, las distancias a servicios educativos y de asistencia sanitaria, los caminos intransitables multiplican los tiempos que las mujeres y las familias deben disponer para movilizarse y permanecer fuera del puesto. En la Figura 26 se puede observar la distancia en kilómetros a centro de distinta jerarquía junto a imágenes de las rutas, y el Estado de la posta de Árbol de la Esperanza.
En los pueblos estas mismas tareas condicionan otras posibilidades para las mujeres, sean condiciones para acceder a un trabajo pago, u otras elecciones como estudiar o tiempos de ocio. Magalí comenta que: si bien no dispone de ofertas laborales en el pueblo, cuando hizo una suplencia, en el comedor de una escuela, ingresa por tener el monotributo social, pero “pagaba una niñera y no te queda nada”, haciendo las cuentas entre aportes y el pago del trabajo de cuidado. De este modo, pensar con perspectiva de género es reconocer que, para asistir a un empleo, en este caso alguien con personas a cargo, debe agregar a sus propios arreglos personales el cuidado de los otros/as, y este doble trabajo vemos que siempre está resuelto por mujeres que ven desigualmente posicionada y reducida su autonomía.
Prácticas “deseadas-deseantes”
Los deseos y aspiraciones tropiezan a lo largo de sus vidas, aunque quedan anhelos que nunca claudican. El acceso al empleo remunerado (no importa el tipo de actividad) y poder “estudiar” forman parte de los mismos, en los cuatro estudios de caso.
Cecilia (Huerta LC Santa Isabel) termino el secundario y le gustaría “estudiar maestra jardinera” pero es inaccesible poder viajar a General Pico o Mendoza por razones económicas y porque tiene un hijo pequeño. Los ciclos educativos en algunas de ellas no fueron completados
-A mí me quedaron materias colgadas del secundario, me gustaría terminar para hacer Enfermería, yo en casa le hago a todo, te curo el ojo, heridas…
-En Santa Rosa esta enfermería y se dan clases los sábados
-y a mí se me re complica porque el marido mío trabaja en el frigorífico y pagar una niñera …no da (Hija Caso II).
Para quienes tienen las y los hijos cursando la escuela primaria o secundaria se presenta alguna otra oportunidad, seguramente en disponibilidad de tiempos, que es aprovechada, como María (Caso II) que está culminando el secundario. Orgullosa de escoltar la bandera en los actos locales tiene la meta de “no parar hasta ser Asistente Social”.
Alejandra (Caso II) hizo varios intentos por terminar el secundario a través de las modalidades ruralizadas. Algunas imposibilidades vinculadas con el acceso a los materiales, un extravío por parte de responsables de Educación de un examen que acreditaba el pase de un año a otro vencieron su interés. Los estudios de su hijo en el internado de Victorica la convocaron a otros estudios de profundo interés personal: la equinoterapia, “Nunca me imaginé con lo que me gustan los caballos, los beneficios y cambios que pueden darle a cualquier persona, pero especialmente a chicos con alguna discapacidad”. Los cursos se llevaron a cabo en localidades del Este de la provincia de La Pamapa, como Alpachiri.
El otro día (Setiembre de 2021) hice una capacitación para chicos con autismo, te suma puntos lo que si fue todo el día! Fue en Castex, la Municipalidad lo hacía…yo no sabía que me gustaba trabajar con estos nenes, es distinto cuando te cuentan a trabajar con ellos con autismo u otra condición. También lo hacías con equinoterapia en Alpachiri! Si me encanta. Lo hice y aprobé con 8,75.Te mandan por chat las consignas. En la oficina (de la Cooperativa), si ahí hay compu y las hago.
Ante la pregunta si alguien está haciendo estas capacitaciones “… nadie, yo les digo, las invito…y no… que me marido no me deja, que tengo el chico… A ver, es virtual, es más fácil” (Caso III). Es constante que las mujeres sin compañeros y con hijos/as -con cierto grado de independencia- sean las que participen y lleven adelante su formación. También aquellas con compañeros, que establecen vínculos familiares que equilibran trabajos y deseos al interior, son quienes vemos que han protagonizado participación en tiempos de las Asociaciones.
La aspiración más renombrada junto a “poder estudiar” es “conseguir un trabajo”. La fuente más importante en la oferta laboral en todas las localidades del oeste es el Estado. Renuevan sistemáticamente la solicitud de empleo en cualquier rubro, “nos inscribimos en la cooperativa de la bloquera, para barrer, para lo que sea” (Hija Caso II).
(…) se hace muy complicado, estoy a punto de recibirme y estoy sin trabajo por lo tanto es un tema, no hay mucha oferta. En lo privado si las hay, por ahí hay ofertas de trabajo, pero no son bien remunerados. Los trabajos que encontrás son en general mal pagos y se dan en el ámbito de la limpieza, atención al público, la cocina. En general todo lo que tiene que ver con empleo donde no se realizan mucha fuerza, ahora se está cambiando por ejemplo con las barrenderas municipales, es un gran cambio en este momento, es lo más visible en este momento. No hay mucha oferta laboral para las mujeres en el ámbito privado y estatal. (Hija, Caso I).
Daniela confiesa que le gustaría mucho colaborar con el proceso de alfabetización que se lleva adelante en los puestos cerca del de su familia en El Paso: “sería un sueño”.
En el transcurso de las distintas salidas de campo (últimos 3 años), notamos algunos cambios referidos al “deseo de irse por el de quedarse”. Las aspiraciones de conseguir un trabajo en el lugar, sea en el pueblo o en los puestos marcan esa diferencia, y en general son las personas más jóvenes las que lo manifiestan. Algunas regresaron en tiempo de pandemia y se quedaron, otras sostienen la doble residencia (pueblo-puesto) y sostienen el número de cabezas de sus rodeos caprinos dando cuenta del sentido del “arraigo”.
También están quienes cuando partieron lo hicieron sin pensar en volver, Sofía de 28 años lo resume en estas palabras: “Mi lugar es donde resido actualmente, es Santa Rosa. Y cuando viajo, lo llamo “la casa de mis papas”. Volvería, sí, pero de visitas. Ya no lo siento mi hogar. Aparte estudie para tener lo mío, para construir mi futuro. Si vuelvo, es volver a la nada” (Hija, Caso I).
Fruto de las expresiones y vivencias se construyó la siguiente figura 20 que permite visualizar las condiciones de cuidado en cuanto a estructuras y recursos mediados por las distancias, a su vez restringidas por el Estado de los caminos. Es marcada la movilidad para atención educativa y sanitaria dentro de la provincia y fuera de ella. General Alvear (Mendoza), Victorica y Santa Rosa son las alternativas para estudios superiores y para atención de la salud que implique especialidades o intervenciones.
Figura 20. Acceso y disponibilidad de servicios vinculados a los cuidados y autocuidado de los casos analizados

Fuente: Elaborado por Antonela Mostacero (2022) con información georreferenciada de Dirección Provincial de Catastro de La Pampa y del Instituto Geográfico Nacional con datos y fotografías propias tomadas de los trabajos de campo.
La concentración de la movilidad para estos fines es muy densa en un área donde no hay disponibilidad de servicios complejos para atención de la salud, no existen residencias para el cuidado de adultos mayores, personas con discapacidades, y tampoco “refugios” en caso de situaciones de violencias. La atención primaria de la salud como la alfabetización en la zona de El Paso tiene asistencia semanal o mensual en los mismos puestos, aunque los testimonios mencionan con recurrencia la necesidad de la reapertura y atención de la Posta de Árbol de La Esperanza junto a la memoria de la escuelita de El Paso. Las distancias a cientos de kilómetros para seguir los estudios primarios y secundarios reducen las posibilidades a los y las más jóvenes. Para quienes tienen a cargo familia y rodeos es imposible poder salvar esas distancias o ausentarse de las tareas de cuidado. Cuando hablamos de acumulación de desventajas para las mujeres debemos incluir imperiosamente las condiciones de cuidado y autocuidado.
Prácticas de liderazgo y de participación
Se entiende a la participación como las acciones que se incluyen en iniciativas sociales donde las personas forman parte conscientemente de un espacio, donde se posicionan, donde disputan estructuras para llevar adelante causas o resolución de problemas colectivos que son individuales también. El término es de gran uso en las Ciencias Sociales y ha adquirido un fuerte valor simbólico en el discurso de las últimas décadas. Según Di Liscia (2007) se presentan numerosos estudios sobre participación referidos además de la participación electoral, a la participación autogestionaria, participación popular, entre otras. La autora refiere que, en las últimas décadas, las mujeres generan otras formas de acción, las cuales rompen la demarcación público/privada. Menciona a las actividades comunitarias, en su mayoría vinculadas a resolver la supervivencia, la defensa de los derechos humanos y de la justicia, como áreas que condensan numerosas experiencias[1].
El proceso de organización y participación en el área de estudio tiene notables registros para las mujeres y las familias. En una sociedad “pueblerina y rural” que experimenta lazos de vecindad, reciprocidad también registra prácticas de “salvación individual”, “de mezquindad de información” sumado a los embates de políticas partidarias que fragmentan más de lo que unen. Tanto Marta (Caso I) como Susana (Caso II), presidentas ambas de las Asociaciones hoy no se inscriben en ningún proceso organizativo. En uno de los casos, una de las hijas participa activamente de la Cooperativa a través de la huerta. Las hijas de ambas tienen presente esos tiempos y advierten cambios en las dinámicas y proyecciones familiares, que también las marcaron. Sofía hija de Marta recuerda muy bien porque “venían mis amiguitos, nosotros jugábamos y los grandes hablaban cosas de grandes”.
Pero después me fui involucrando, con la simpleza de anotar quienes pagaban la cuota, y así. Mis papas querían lo mejor para ellos y por sobre todo para su entorno, sus vecinos. Buscaban ayudarse mutuamente. Conseguir herramientas, maquinarias, para que la vida resultara un poquito más llevadera. Pero después no sé qué paso, todo quedo en la nada. Las reuniones se fueron perdiendo, yo empecé la secundaria, y de una forma u otra, perdí también el interés. (Hija. Caso I).
Rubén es el marido[2] de Marta reconoce junto a sus hijas que la participación en las Asociaciones cambió la mirada hacia las mujeres y desde las propias mujeres, y el reconocimiento de los lugares de representación que tradicionalmente venían ocupando los hombres.
Mama fue siempre protagonista una mujer muy fuerte, entonces no sé si percibí cambios, ella era así, y la participación en las Asociaciones, le dio un empujoncito más a la construcción de su carácter. (Hija Caso I).
Magalí hija de Susana acompañaba a su madre junto a su hermana mayor, en ella quedo esa chispa de que “organizadas se logran cosas”. En este proceso actual alrededor de la cooperativa valoran los vínculos que han estrechado relaciones de vecindad como relata Cecilia “nosotras nos conocíamos, pero siendo vecinas no teníamos vinculo” o Juan que se encuentra contenido junto a cinco compañeras mujeres con las que trabaja en la Huerta “me siento muy cómodo trabajando con ellas en la huerta, las prefiero, además charlamos de muchos temas” (Juan, Huerta Comunitaria Santa Isabel).
María (Caso IV) expresa distintos momentos de filiación, afectos y desafectos a la organización cooperativa al igual que en tiempos anteriores siendo parte de la Asociación El Paso. “No me gusta cómo se manejan y deciden”, a octubre de 2022 manifiesta su retiro como asociada y por lo tanto de la percepción del Potenciar Trabajo[3]. María recurre a otros vínculos que viene estableciendo como estrategia de resolución de sus problemas en el ámbito político municipal y/o provincial. Participa en la lista que gano las últimas elecciones en el Municipio de Limay Mahuida y apunta a ese capital político como aspiración a conseguir algún lugar de trabajo “rentado”: “con eso se me resolverían todos los problemas”.
Ese capital político ha sido cultivado en el sistema de relaciones comerciales, de vecindad con familias puesteras de El Paso hacia el Sur, correspondientes al departamento Limay Mahuida y con cuadros políticos locales. En tiempo de pandemia registramos en esos parajes a varias personas que no estaban alfabetizadas y elevamos el reclamo a la Dirección de Educación de Adultos. María por voluntad propia, fue el nexo entre esta repartición y el territorio, para realizar el relevamiento de personas dispuestas a acceder a la educación primaria. Su hija Amanda que reside en Algarrobo se involucra también y es quien tenía el contacto más fluido con la docente delegada por la Secretaría de Educación. Mientras se tramitaba el cargo docente y la extensión áulica donde se enmarcaría esta tarea de alfabetización, Alejandra Montero (docente) preparo los cuadernillos de los/las estudiantes[4] y una “secuencia instructiva” para María, para que pueda acompañar las primeras actividades.
En setiembre del año 2020, la circulación era restringida por la situación de Pandemia, no se podían hacer llegar los módulos hasta Algarrobo del Águila, donde residía la docente. María viaja a Santa Rosa por un turno médico y logra llevar todo el material, “Al final yo le voy a dar todo eso a María para que ella comience, luego se agregaría la docente. Le estoy haciendo un instructivo para que ella lleve los cuadernillos y oficie de tutora. (Docente, Educación de Adultos)”.
Su compromiso de tutora implicaba llegara a cada puesto, colaborar con las y los estudiantes y enviar una foto de las actividades. El aumento de casos de Covid a fines de ese año y en plena época de parición de chivas, detienen el proceso y María queda sin poder entregar algunos cuadernillos (el Estado deposita en esa diligencia su accionar). Lo que interesa marcar aquí que el compromiso de participación estaba ligado a varios componentes, el primero al gusto de acompañar procesos de aprendizaje “me encanta, con mi hijo (nieto) hacemos la tarea juntos y yo aprendo a la par de él”; el segundo es que su compañero Mario, deseaba aprender a leer y escribir y el tercero es que veía una posibilidad de acreditar un trabajo comunitario para sostener la IFE (en ese momento).
Estas prácticas entendemos refieren a participación en términos individuales, para acceder a un derecho como el de la Educación que debería estar garantizado como en otros rincones de la provincia. En este caso la participación obra como una estrategia más, como estrategia de reproducción que se concreta en acciones posibles en función del contexto. En este caso no es una participación que apunte a resolver el problema, sino que son estrategias subyacentes con las que se afronta el problema. La participación institucionalizada en las Asociaciones y actualmente en la Cooperativa, es movilizadora, como mencionamos en muchos aspectos. En todos los casos se registra “que se aprende” y el impacto es familiar y colectivo.
Marta, Susana y Alejandra ingresan al campo de la participación sin experiencias (similares) anteriores, y en poco tiempo son reconocidas liderando en cada uno de esos espacios. Marcela Lagarde advierte que todas las formas de participación y todos los liderazgos “son el resultado de la acción social, del espacio social y de la cultura, pero también de la experiencia individual de cada una. Por eso cada quien pone su marca a sus formas de ejercer liderazgos” (Lagarde, 2015, p. 299).
La agenda que comparten es común y se vinculan con mejoramientos de los contextos productivos, de servicios, equipamientos e infraestructura y de oportunidades laborales. No es explícita la inclusión de temas que marquen identidad política de género, aunque las relaciones horizontales con quienes tienen pareja o la ausencia de ella les permite prácticas de mayor soltura en ámbitos públicos y con ello la exposición de nuevas relaciones de género en la comunidad. La misma autora ubica a ciertos liderazgos de mujeres como “entrañables” refiriendo el concepto al ejercicio “con las entrañas, con el corazón y lo que queremos ser”. En esos tres atributos entiendo que pivotan los recorridos de cada una.
En estas enunciaciones: “la única manera de lograr cosas es estar agrupados” (Marta, Caso I), “el sufrimiento de vivir en el campo es lo que me lleva a querer las mejoras para todos y eso lo hacemos juntos” (Susana, Caso II), así organizados “ya no nos cagan más” (Alejandra Caso III) componen además, acción que encierra firmeza y convicción aun reconociendo las desigualdades. En ellas existe una relación particular entre lo que se vive, se piensa y se es. Esto recorrido que transitamos las mujeres más allá de liderar está vinculado con la posibilidad de construir autonomías. El conocer para ellas ha sido condición de acceso y de poder.
Poderes, autonomías relativas contienen en estas experiencias transformaciones, apropiaciones, sentidos de “poder” para sus propias vidas. Algunas de estas cuestiones se vinculan con “empoderamiento” como acción, como acción continua en el tiempo, no es algo que sucede de modo inmediato. La clave para Lagarde está en que los recursos externos pasan a ser propios, y que “la persona internalice los recursos, los bienes, los derechos y los poderes y los utilice para vivir” (Lagarde, 2015. p. 319).
Resistir, disputar recursos, lugares, identidades emergen en todas las prácticas: productivas, reproductivas, de cuidado y autocuidado, deseantes y de participación, y todas ellas configuran estrategias. En el recorrido histórico de los casos, estas estrategias de las mujeres, que siempre son familiares, juegan entre direcciones de acciones colectivas y otras individuales. Estas estrategias muestran cómo se sobrelleva situaciones territoriales injustas que en el tiempo no se han superado y al mismo tiempo esa estructura social si bien es condicionante no son determinantes en las acciones que llevan adelante. Todas estas acciones combinadas se dan en arenas territoriales y si detectamos autonomías, empoderamiento con rasgos “relativos” debemos considerar su expresión en cuantas territorialidades autónomas.
Hacia “territorios justos” en el oeste pampeano. Propuestas desde geografías feministas
Cabe aclarar que las entrevistadas no son mujeres autodefinidas feministas, aunque sus prácticas son emancipadoras. Es necesario recordar que feminista es la perspectiva de análisis geográfica que aplicamos, fundada en epistemologías y ontologías del Sur. Desde esos lugares respetamos profundamente a sus protagonistas que se reconocen mujeres rurales/ campesinas y construyen su agenda a partir de sus propias necesidades. Se ha hecho hincapié en sacar a la luz la relación diferencial que se enuncian entre los géneros y también las expresiones espaciales de sus desigualdades, jerarquías y de cómo se construyen esas expresiones desiguales como “naturales”. Desde los feminismos tenemos claro cómo operan prácticas cotidianas del pensamiento dicotómico, jerarquizado y sexualizado, donde el paradigma de lo humano se erige sobre el “universal” varón. Asimismo esto no refiere a todos los varones sino a un varón hegemónico que es blanco, propietario, heterosexual, adulto y Cis. Esta forma de organizar el mundo y las relaciones sociales centradas en el punto de vista masculino se define como androcentrismo. Para Moreno Sardá (2020) este punto de vista es la pieza fundamental del patriarcado. La autora se refiere al arquetipo viril como a:
Esta forma de pensamiento y explicación que sitúa en el centro sólo a algunos hombres, varones adultos de pueblos y clases dominantes que intervienen en los escenarios públicos de los centros de poder, y los representa simbólicamente como si fueran superiores al resto de seres humanos. Legitima así el patriarcado como una organización social natural, universal e inamovible (Moreno Sardá, 2020, p. 33).
Los diálogos y lecturas desde los feminismos a Bourdieu permitieron traer sus menciones acerca de la dominación masculina y dar cuenta de la opresión y naturalización que se reproduce cotidianamente, en las instituciones, Estado, familias. De esta manera se recuperan las voces de las mujeres del oeste y se enuncian algunas apuestas feministas para pensar “territorios justos”. Reconocemos que la distribución desigual constituye un impedimento para la participación igualitaria en la vida social y por lo tanto, una forma de subordinación e injusticia social. Fraser propone un modelo de status que considere al menos dos dimensiones de la justicia social: la del reconocimiento y la dimensión distributiva.
Por reconocimiento se refiere a los efectos de las significaciones y las normas institucionalizadas sobre las posiciones relativas de los actores sociales y la segunda se refiere a la asignación de los recursos disponibles a los mismos (Fraser, 2016, p. 64). El problema del reconocimiento se inserta dentro de un marco social más amplio, por ello consideramos que, en toda organización, institución del Estado o privada, grupos/as debemos repensar y co-construir este nuevo “status” como plantea la autora. Se enuncian así una serie de consideraciones recuperadas de las voces, deseos y prácticas cotidianas de las mujeres para componerlas en actos de reconocimiento. Pretendemos convertir las ausencias e invisibilidad de sus campos en claves del “reconocimiento” sobre: el trabajo productivo que llevan adelante históricamente las mujeres crianceras, esto incluye las modalidades propias de producción caprina y de otras actividades derivadas o vinculadas como la textil, alimentaria; saberes de las mujeres referidos a plantas nativas, curativas y sus aplicaciones para el bien-estar; las tareas de cuidado, pueden realizarlas hombres y mujeres: las tareas de cuidado son un trabajo que se agrega por lo tanto impide o reducen las posibilidades a quienes los realizan, de disponer de tiempo para el desarrollo de actividades recreativas, ocio, laborales, estudio. Existen obstáculos en el campo vinculados a libre movilidad: por el Estado de los caminos, inexistencia de transporte regular, la atención sanitaria, viajar para estudiar, disponer de agua potable y de señal telefónica/internet. Los cuidados son imprescindibles por lo tanto necesarios, que debe contemplarse una red de cuidados entre quienes lo producen y lo reciben. Esto incluye la disponibilidad de lugares de cuidados de infancias y personas adultas, personas con discapacidades. Por ello es necesario incluir la dimensión económica de las tareas de cuidado, ya que contribuyen al sistema económico; de las gestiones autónomas, de los impedimentos en la comercialización de los productos en mercados locales y extralocales, de otras formas posibles de formación (flexible) para terminalidad educativa y estudios superiores, de las capacitaciones y formación horizontal con perspectiva de género de temas vinculados al autocuidado, y a los vínculos, de la formación en producción agroecológica tanto en la huerta como en el puesto y los trabajo(s)- empleos con remuneración justa.
Estas líneas que reclaman históricos reconocimientos, forman parte de un conjunto indisociable en la vida, en la producción, reproducción, cuidado, autocuidado, proyecciones, experiencias y participación que ejercitan las mujeres en el oeste pampeano. ¿Cómo enfrentar la distribución desigual? ¿Cómo aportar al reconocimiento de estos lugares subalternizados? Identificamos ciertas políticas y movimientos autogestivos que construyen cierta autonomía fundadas en los derechos y la identidad. Esa autonomía “relativa” construye territorialidad propia, aunque no la percibimos como una autonomía territorial plena como la identifica López de Souza (1995). Sin disputar el sentido crítico que le atribuye Nancy Fraser (2016) a las políticas de reconocimiento e identidad, nos interesa reflexionar acerca de lo que la autora denomina “modelo de identidad”. Desde una visión Hegeliana del reconocimiento del otro, la identidad se construye de manera dialógica y por medio de la interacción. Esta relación es constitutiva de la subjetividad:
Se llega a ser un sujeto individual únicamente cuando se reconoce y se es reconocido por otro sujeto (…)No ser reconocido, o ser reconocido inadecuadamente, supone sufrir simultáneamente una distorsión en la relación que uno mantiene consigo mismo y un daño infligido en contra de la propia identidad (…) pertenecer a un grupo infravalorado por la cultura dominante equivale a sufrir una falta de reconocimiento (Fraser, 2016; p. 57).
Estas formas sociales injustas que demandan reconocimiento no pueden pensarse sin considerar su base social, su vínculo institucional y las relaciones económicas. Coincidimos en su perspectiva en qué las normas androcéntricas que infravaloran las actividades impuestas como femeninas están íntimamente relacionadas con los bajos salarios, con el no reconocimiento como trabajo en el caso de la esfera doméstica-reproductiva y todos tienen un lazo indiscutible con las relaciones económicas.
En este sentido su propuesta incluye un enfoque alternativo que consiste en tratar el reconocimiento como una cuestión de status social. Para la autora la falta de reconocimiento, “no significa desprecio y deformación de la identidad de grupo, sino subordinación social, en tanto que imposibilidad de participar como igual en la vida social” (Fraser, 2016; p.61). De acuerdo con este modelo “la falta de reconocimiento no se transmite por medio de representaciones o discursos culturales que circulan libremente. Es perpetrada, tal y como hemos visto por modelos institucionalizados, en otras palabras, por medio de funcionamiento de las instituciones sociales que regulan la interacción de acuerdo con normas culturales que impiden la igualdad” (Fraser, 2016, p. 62). Por eso la autora en ese reconocimiento de la diferencia aspira a generar soluciones institucionales que pongan remedio a ofensas institucionalizadas. Las experiencias que cuentan con ciertos rasgos vinculados a participación entre iguales son las que afectan positivamente a las mujeres y familias crianceras en el oeste, aunque han sido muy cortas en el tiempo o recientes. Existe una lectura desde afuera, de otras esferas gubernamentales, sobre estos procesos como “solamente sostenidos por el SSC y con poca perspectiva de futuro”. Nunca se escucha en esas lecturas o miradas los aprendizajes que se suman en otras formas del hacer político, en nuevas formas políticas de reconocimiento y no solo redistribución.
La distribución desigual constituye un impedimento para la participación igualitaria en la vida social y, por lo tanto, una forma de subordinación e injusticia social. Esta preocupación por procurar reconvertir la injusticia en justicia social no es otra cosa que procurar territorios “justos” como plantean Astudillo, y Fedele (2016). La noción de “justicia espacial” ha sido retomada por la geografía crítica que en términos generales condena las desigualdades producto del capitalismo y el impacto en la ciudadanía.
Harvey establece una relación indisociable entre justicia social y justicia territorial sugiriendo algunos elementos que permiten hacer el cruce entre ambas. Primero, garantizar una distribución del ingreso que permita cubrir las necesidades de la población dentro de cada territorio; una asignación de recursos que favorezca la maximización de los efectos multiplicadores interregionales y una inversión de los recursos suplementarios para contribuir a superar dificultades especiales provenientes del medio físico y social (Harvey,1977 en Brennetot, 2011, p. 25). Nada dicen estos autores de los vínculos entre cultura, identidad y territorio, relaciones centrales que entran en el círculo del reconocimiento, de las autonomías, que se proyectan en autonomías territoriales. Si argumentan que se deben asegurar mecanismos (institucionales, organizativos, políticos y económicos) que garanticen que las perspectivas de los territorios menos aventajados sean lo más favorables posible. Esta óptica entiende que la organización del espacio es la traducción geográfica de los hechos sociales y actúa sobre las relaciones que tienen lugar en él (Harvey, 1977 en Brennetot, 2011, p. 25).
Aspirar a relaciones justas y territorios justos en el oeste pampeano implica en principio el reconocimiento de las identidades, de sus amplias expresiones que van desde lo cultural a lo productivo, el reconocimiento de lugares subalternizados (territoriales y de géneros), el reconocimiento de las desigualdades en cuanto acceso a bienes, a servicios básicos, el reconocimiento de garantías de los derechos en todos los rincones espaciales y territorios cuerpos.
Territorios justos en claves feministas implica una articulación de todo ello y más, donde los recursos se acompañen con derechos, los derechos con bienes y todos ellos con ejercicio de poder justo para todas. De este modo, poderes, autonomías relativas contienen en sus experiencias transformaciones, apropiaciones, sentidos de “poder” para sus propias vidas. Algunas de estas cuestiones se vinculan con “empoderamiento” como acción continua en el tiempo. Sus prácticas de cuidado-autocuidado, productivas-reproductivas de participación y deseantes configuran un campo posible a ser contemplados en políticas públicas que realmente comprendan el sentido de justicia de género(s) en clave territorial.
Desde un enfoque geográfico y feminista situamos al territorio como acierto analítico para comprender los problemas en nuestros lugares, aunque no nos alcanza con incluir las categorías de géneros y sus implicancias como dimensiones de la vida social, sino que apostamos a las transformaciones culturales de las múltiples desigualdades e injusticias. Existen deudas enormes con los territorios del oeste pampeano, visibilizar el foco de las opresiones o al revés, visibilizar lo que disputa la inercia histórica territorial ha sido la apuesta. Varios esfuerzos aunados, desde las mujeres y familias crianceras, desde colectivos activan procesos territoriales que decantan memoria, recreación de lo colectivo, que luchan por los despojos ambientales y sociales, que disputan otras economías, y reconfigura lugares, roles y relaciones de género(s).
Referencias bibliográficas
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Salamanca, C, Astudillo, X y Fedele, J. (2016). “Trayectorias de las (in)justicias espaciales en América Latina.Un estudio introductorio”. Justicia e injusticias espaciales, comps. Bernard Bret,, Philippe Gervais-Lambony, Claire Hancock y Frédéric Landy, 11-66, Rosario: UNR Editora.
Sandoval Robayo, M.L., (2002). “Pierre Bourdieu y la teoría sobre la dominación masculina”. Revista Colombiana de Sociología. Vol. VII No. I. Colombia. pp. 55 -73.
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- Sobre estas se han dado dos interpretaciones: la primera entiende la participación de las mujeres como una extensión de su papel de madres y esposas sin adquirir la dimensión de gestión política que los varones realizan en sus actividades comunitarias (lo que implica una aceptación tácita de la división sexual del trabajo. La otra interpretación gestada en América Latina, considera que la lucha de las mujeres son una reacción a la crisis social y económica que las ha impulsado a participar en procesos autogestionarios y reivindicativos relacionados con el consumo y la reproducción familiar, donde los reclamos de justicia son valorados positivamente porque promueven la solidaridad, la cooperación horizontal, las prácticas democráticas y los derechos humanos. Según esta interpretación, se producen aprendizajes y transformaciones que resuelven necesidades prácticas pero también despiertan la conciencia de las mujeres respecto de sus intereses estratégicos (Di Liscia, 2007, p.152).↵
- Así lo define Marta.↵
- Esto viene a cuenta del cruce realizado por el Gobierno Nacional en el mes de Setiembre, de Programas y beneficiarios/as de programas Progresar y Potenciar Trabajo, dando de baja uno de ellos.↵
- Los cuadernillos son personalizados, inician con el nombre de cada uno/a y de los /las compañeras que pertenecen al ciclo de alfabetización. También rescatan preferencias musicales, comidas, hábitos, trabajos que cada uno de los/ las estudiantes tienen para partir de ello con las actividades.↵






