Lothar Knauth Muhling terminaba la introducción de su monumental obra Confrontación transpacífica. El Japón y el Nuevo Mundo Hispánico, 1542-1639 con la siguiente cita: “He aquí, pues, un intento de comprender, aunque sea en parte, un proceso particular, harto ignorado, en la historia universal, en el que México participó y sigue participando”.[1] En efecto, la reflexión es válida hoy día, en que nuestro país es un actor, con diferentes grados de incidencia, en las relaciones transpacíficas contemporáneas.
Empero, dentro de la citada referencia, hay dos palabras claves que motivan la presente investigación. Por un lado, el término “particular”, el cual puede referirse a la temporalidad, fundamentalmente del periodo de entreguerras. Por otro lado, la palabra “ignorada”, por tratar de visibilizar hechos que todavía no han sido, de manera profunda y sistemática, parte del interés de la actual historiografía existente que se ha orientado a estudiar las relaciones bilaterales entre México y Japón.
Desde la óptica del estudio de las relaciones internacionales, ha prevalecido el análisis centrado en una perspectiva macro y estado-céntrica. En la actualidad, las transformaciones de la sociedad internacional no sólo han ampliado la proyección de los actores, tanto gubernamentales como no gubernamentales, sino también los instrumentos de su estudio, bajo una perspectiva focalizada, de carácter horizontal y transdisciplinaria, que pone a los individuos o grupos de ellos en un primer plano en el análisis de los procesos existentes en lo específico internacional.
La presente investigación parte de una perspectiva sincrónica y descriptiva, muy cercana al enfoque de microhistoria de Luis González que busca recuperar, a través de documentos de archivo y otras fuentes de información (bibliográficas y hemerográficas), el “pretérito de la vida diaria”[2] del hombre y de la mujer común que, sin saberlo y reconocerlo, son parte de historias olvidadas e invisibles dentro de los contactos que México y Japón han forjado desde hace más de 415 años.
En ese sentido, los dos ejes transversales son la diplomacia y la migración. Sobre el primero, se va más allá de la visión de Harold Nicolson de visualizar la diplomacia, en su significado primario, como el manejo de las relaciones internacionales a través de la negociación. Hoy día se pensaría que son las estrategias, técnicas y acciones que el Estado nación despliega en su interacción con otros actores, para salvaguardar y proyectar sus intereses de acuerdo con un proyecto político, económico e ideológico. Nicolson afirma que dentro de esas imbricaciones complejas y dinámicas forjadas en la dinámica mundial, esos intereses “se ajustan y manejan” a través del “arte y el oficio” del diplomático.[3]
Bajo esa perspectiva, se aprecia a ese funcionario público de manera uniforme o como una simple pieza del engranaje encargado de ejecutar, de manera mecánica, las directivas de la política internacional del país de procedencia. Este documento trata de hacer un ejercicio en otra dirección para aportar elementos, contextualizados en momentos históricos específicos, sobre el papel del diplomático con base en la perspectiva de comprenderlo como un “ser común”, tangible y terrenal que, bajo esa calidad, impacta su día a día dentro de su ejercicio profesional.
El otro vector se refiere al fenómeno de la migración, pero con un enfoque hacia las personas que se desplazan por múltiples factores de expulsión, desde su lugar de origen, para el cumplimiento de sus metas de vida. Dentro de esa línea de interpretación, es relevante comprender lo específico de sus procesos de adaptación, su papel y lazos en la comunidad de acogida.
Esas dos ópticas convergen para aportar otra mirada a los contactos entre México y Japón, recuperando una serie de sucesos “particulares” e “ignorados” que se han mantenido, hasta el momento, fuera de la narrativa tanto oficial como académica. En efecto, en el acervo hemerobibliográfico existente en el estudio de los nexos binacionales, específicamente durante la primera mitad del siglo XX, pueden distinguirse tres temáticas predominantes. En primer lugar, productos bibliográficos en el marco de iniciativas conmemorativas que han definido las relaciones bilaterales. Es significativo que después de los años posteriores al centenario de la firma del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, se publicó en japonés una compilación de historias de migrantes, muchos de ellos de la primera generación (denominados Issei) sobre las experiencias de vida, los problemas, las capacidades de adaptación y también su percepción del México que les tocó vivir. Se incluyen sus dilemas durante los procesos de concentración ordenada en el inicio de la Guerra del Pacífico, así como su trayectoria, de ellos y sus familias, posterior a la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Además del legado en diferentes campos que la comunidad japonesa ha podido aportar en México.[4]
Con motivo de los 120 años del inicio de las relaciones diplomáticas, la Embajada de México en Japón publicó un breve documento, en una versión bilingüe, que analizaba las grandes etapas enfocadas en el proceso de negociación del tratado bilateral. El libro también aborda diferentes aspectos de los nexos entre los dos países desde la literatura, el arte y la música, y expone, de manera descriptiva, los resultados económicos después de tres años de la entrada en vigor del Acuerdo para el Fortalecimiento de la Asociación Económica (AFAE).[5]
En el marco de la conmemoración de los 120 años de la llegada de los primeros japoneses a México, se reeditó el libro de Kenichi-Benito Muray[6] –ahora en versión bilingüe– sobre las experiencias de vida en México de 127 japoneses de la primera generación (Issei). Es un documento clave con información de primera mano que marca el proceso de adaptación a la cultura mexicana, además de sus usos y costumbres, así como su participación en momentos relevantes en la historia mexicana.
Para los 130 años, el entonces embajador de México en Japón, Carlos Almada, editó una obra bajo el sello editorial de la Secretaría de Relaciones Exteriores donde se recuperaba el papel del encargado de negocios, Horiguchi Kumaichi,[7] en el resguardo de la familia del presidente Francisco I. Madero durante la denominada “decena trágica”. Asimismo, se lleva a cabo una evaluación sobre las acciones de cooperación cultural y técnica bilateral; además de un diagnóstico de los flujos comerciales y de inversión, poniendo de relieve el creciente fortalecimiento de sus relaciones.[8]
En segundo lugar, el análisis de las relaciones políticas y económicas ha dado espacio a las investigaciones para poner a la luz el juego de la estrategia triangular entre México, Japón y Estados Unidos, en la que se pone énfasis en el despliegue de acciones de política exterior del gobierno de Porfirio Díaz Mori, Francisco I. Madero, Victoriano Huerta y Venustiano Carranza, para tener un activo de negociación frente a Washington usando el acercamiento con Tokio.
En este rubro destaca el trabajo de la tesis doctoral de la Universidad de Texas de Kunimoto Iyo, en la que realiza una investigación pionera usando fuentes de archivo de México, Estados Unidos y Japón. La autora parte de una breve contextualización de los inicios de los vínculos transpacíficos, para llegar al siglo XIX con el arribo de la expedición científica que analiza el tránsito de Venus por el círculo solar, bajo la responsabilidad de Francisco Díaz Covarrubias como el antecedente directo para acercar a México y Japón. Como fruto de lo anterior, después de varios años se logró la negociación de un tratado en términos de igualdad firmado por los embajadores Matías Romero y Mutsu Munemitsu, acreditados en Washington.
De igual forma, el análisis se enfoca con mayor detalle en las políticas del porfiriato (incluyendo el establecimiento de la colonia Enomoto en Escuintla Chiapas en 1897) para después analizar las fiestas del Centenario de la Independencia de México, abordar las vicisitudes de la designación de la embajada especial para agradecer por la presencia japonesa en la ya citada celebración de 1910 y concentrarse en el análisis de la llegada de Adachi Mineichirō durante la gestión huertista. Además de las posteriores acciones del inicio del gobierno de Venustiano Carranza, como el tema de la venta de armas hasta la revelación del Telegrama Zimmermann en la que se presentaba una supuesta propuesta de Alemania para que México (en ese momento neutral en la Primera Guerra Mundial) forjara una alianza contra Estados Unidos, a cambio de lo cual el gobierno constitucionalista podría recuperar los territorios perdidos por la guerra de 1846-1848, que culminó con el ominoso Tratado Guadalupe Hidalgo.
Enrique Cortés publicó en 1980, dentro de la colección del Archivo Histórico Diplomático Mexicano, un libro focalizado en el análisis de los contactos nipo-mexicanos durante el Porfiriato. El autor planteó la naturaleza de las relaciones entre estos dos países tanto “antiguas como modernas”; para lo cual (igual que Kunimoto) partió de los inicios de la presencia española en el Pacífico y la posibilidad del tornaviaje gracias a Andrés de Urdaneta, para después referirse a la llegada de Rodrigo de Vivero y Aberruza, exgobernador interino de la Capitanía general de Filipinas, a las costas de Japón debido a un naufragio en 1609. También analizó la denominada embajada Keichō a cargo de Hasekura Tsunenaga a Europa, pasando por la Nueva España.
Cortés usa esos hechos históricos como base para analizar las relaciones del México republicano del siglo XIX con el gobierno Meiji. Se toman en cuenta las posteriores repercusiones sobre la formalización de los contactos diplomáticos de manera oficial, los inicios de los flujos migratorios de japoneses al territorio nacional, la negociación del tratado de 1888 y los esfuerzos del gobierno de Porfirio Díaz para usar a Japón como parte de su estrategia de diversificación. Incluso se aborda el tema de Bahía de Magdalena y el escándalo mediático que conllevó la denuncia de las intenciones de Japón para instalar, con la venia de las autoridades mexicanas, una estación carbonífera en la península de Baja California que atentaba contra la seguridad nacional estadounidense.
Por su parte, Víctor Kerber[9] analiza, desde una perspectiva geopolítica, los diversos dilemas de las relaciones de México y Japón durante el fin del Porfiriato y el inicio de la Revolución mexicana, esto en el marco de las crecientes tensiones con Washington debido al proyecto de expansión militar llevado a cabo por Tokio de manera acelerada. Además, aborda el papel de la gestión diplomática de Adachi, responsable de la Legación japonesa en México durante la dictadura de Victoriano Huerta Márquez, así como el papel de la empresa Mitsui Bussan en la compra de armas y las vicisitudes posteriores generadas por esa transacción.
Carlos Almada presentó de nuevo en 2022[10] un documento centrado en el análisis de Horiguchi, responsable interino de la Legación de Japón en México, bajo un enfoque biográfico, en el que se aportan mayores elementos para conocer sus orígenes familiares en la ciudad de Nagaoka y su linaje samurai, como elementos que pueden explicar su personalidad y carácter, que se reflejaron durante la decisión de resguardar a Sara Pérez, esposa de Francisco I. Madero, y su familia ante el golpe de Estado promovido por Huerta y el embajador Henry Lane Wilson, que derivó en el asesinato del ejecutivo mexicano. De igual manera, aporta elementos más específicos de las relaciones de la familia Madero con los Horiguchi, además de seguir la relatoría de los sucesos de la “decena trágica” con base en su diario y en la crónica realizada por su hijo, Horiguchi Daigaku.
Por último, Carlos Uscanga efectúa un análisis de los instrumentos de comercio existentes entre México y Japón desde el Tratado de Comercio, Amistad y Navegación de 1888 hasta el Acuerdo de Comercio de 1969, mismo que entró en vigor un año después. A diferencia del énfasis que otros autores previamente habían dado al proceso de negociación, se remarcan los resultados posteriores a la entrada en vigor de este instrumento jurídico, a la luz del análisis de los flujos comerciales y de su intento de denuncia que se recomendó realizar en 1910 debido a los beneficios unilaterales a favor de Tokio. Además, se analiza el Tratado de Comercio y Navegación de 1924, usualmente olvidado y poco estudiado, para después considerar los mecanismos de negociación comercial de corte bilateral en la posguerra y sus vicisitudes.[11]
Como pudo observarse, el énfasis mayoritariamente se concentra en realizar un análisis de carácter general, salvo en el caso de Almada, que se focaliza en el estudio de Horiguchi. Se parte de una aproximación sobre las estrategias de los actores estatales en sus movimientos dentro del tablero geopolítico, que marcaban el afán de Tokio de ser reconocido como una potencia emergente frente a la contención de Washington, lo cual generaba fricciones político-diplomáticas, enmarcadas en un ambiente de xenofobia por la mayor presencia japonesa en el territorio estadounidense, específicamente en California.
En ese contexto, el México revolucionario enfrentaba la contienda de diferentes facciones que transmutaban sus fines y metas en un entorno político volátil e inestable. La agenda con los Estados Unidos era clave, pero los gobiernos surgidos después de la caída del Porfiriato buscaban también continuar la estrategia de contrabalanceo del poder, usando su afinidad y cercanía con Tokio. Bajo esa óptica analítica, no hay un intento de bajar el nivel de estudio en el comportamiento, decisiones y acciones de los individuos que, al fin de cuentas, han sido los sujetos primarios (con sus acciones asertivas y calculadas pero también vulnerables e impulsivas) que ejecutan las estrategias de política internacional alineadas con los intereses y prioridades nacionales.
El tercer bloque temático, sin lugar a duda, le corresponde a la migración y la reconstrucción, el origen de la presencia de la comunidad japonesa en México, el estudio de las diferentes oleadas y más recientemente sus historias de vida. De manera indudable, María Elena Ota Mishima trazó una línea de investigación precursora que, a través del análisis de diversas fuentes primarias, permite estudiar las penurias sufridas por los japoneses concentrados en México durante la segunda conflagración mundial.[12] Lo anterior dio pábulo al trabajo de la autora con detenimiento en lo que ella identifica como siete flujos de migrantes japoneses en el territorio nacional desde la Colonia Enomoto, los jornaleros agrícolas hasta los trabajadores técnicos, incluyendo también a los migrantes por invitación o “llamados” (yobiyose). Además, el posterior hallazgo de innumerables fichas dentro del registro de extranjeros, políticas y documentos de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales de la Secretaría de Gobernación abrió nuevas vetas de análisis que se reflejaron en los trabajos de Ota Mishima.[13]
En ese sentido, Tanabe Atsuko, en una edición bilingüe, presentó un libro con tres espacios temáticos. En primer lugar, recupera, de nuevo, los procesos de inmigración de japoneses a México desde la Colonia Enomoto (establecida en 1897) hasta los ya citados sucesos con la familia Madero, al igual que la llegada de artistas e intelectuales antes de la Segunda Guerra Mundial, como Sano Seki y Kitagawa Tamiji, también conocido como Kitaoka Tamiji, para después enfocarse en la variable cultural en los nexos entre México y Japón durante la posguerra. Por último, analiza la comunidad japonesa en Tijuana y el papel de Japón, sus inversiones y comercio, en la frontera norte del país.[14]
Sergio Hernández Galindo presentó una detallada investigación, a través de la recuperación de información de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales (DIPS) y otras fuentes documentales, sobre dos migrantes vigilados después del rompimiento de relaciones diplomáticas de México y Japón en diciembre de 1941. El documento aporta con detalle las políticas de inteligencia y contrainteligencia desplegadas por Estados Unidos, muchas de ellas secundadas por el gobierno mexicano, en donde a la comunidad japonesa se la consideraba como espías al servicio de la estrategia de expansión imperial de Japón. Además, Hernández marca el contraste sobre cómo Tsuru Kisō e Imuro Masao enfrentaron las políticas de concentración.[15]
También del mismo autor, se publicó en 2015 una obra que analiza y recupera las trayectorias de vida de migrantes japoneses provenientes de la provincia de Nagano, para lo cual parte de una explicación geográfica de esa zona de Japón. Hernández (en colaboración con la Asociación de Residentes de la Provincia de Nagano en México) trata de enmarcar la llegada de los migrantes de esa localidad frente a las fricciones crecientes entre Tokio y Washington, para después dar voz a los miembros de esa comunidad a través de los relatos de familia, esto con los hallazgos a partir de la revisión de archivos en México, Estados Unidos y Japón.[16]
Los dos libros antes citados definen una tendencia a recuperar la historia de la regionalización de la migración japonesa, bajo la perspectiva del análisis académico, que permita comprender a los migrantes en el marco de las interacciones globales de las políticas del poder, sumado a los cambios políticos y económicos en México. Al mismo tiempo se concentran en identificar trayectorias de vida de los migrantes como miembros de las comunidades de acogida, en las cuales interactuaban activamente y eran reconocidos.
Bajo esta línea, sobresalen dos libros. En 2018, se publicó (en el marco de los 130 años de las relaciones diplomáticas) una obra dedicada a la huella de la comunidad japonesa en Morelos editada por Alejo Ebergenyi (seudónimo de Alejandro Basáñez Beltrán y Puga), donde se realizan crónicas de algunos residentes. Se pone énfasis en la historia de la exhacienda de Temixco cuando fue parte de las llamadas “estaciones migratorias”, durante los procesos de concentración de la comunidad japonesa en la segunda conflagración mundial; además se visualiza la impronta de ese Estado de la república en los diferentes momentos de la historia de las relaciones entre México y Japón.[17]
Dos años después se publicó, bajo el sello editorial de la Universidad de Guadalajara, otro libro dedicado a la comunidad japonesa en Jalisco. Ese estudio parte de una muy amplia línea de tiempo. Se analiza la presencia de los primeros japoneses en el siglo XVII hasta la comunidad Nikkei en la actualidad. No obstante, hay algunos trabajos focalizados en explicar la presencia de la comunidad japonesa en el siglo XX identificando a los primeros que decidieron asentarse en Guadalajara y en otras localidades de la zona, destacando su papel dentro de la actividad productiva regional, donde algunos de ellos fueron importantes emprendedores, como el caso de la familia Minakata. Asimismo, destaca el papel de Guadalajara y en lo particular de la hacienda Castro Urdiales (considerada por la Secretaría de Gobernación como una “estación migratoria”), durante los procesos de concentración.[18]
Ogino Shozō presentó en 2021 el libro Cinco centurias a través del mar. Historia del intercambio mexicano japonés,[19] en su versión en español y aumentada, ya que la japonesa se había publicado un par de años antes. En realidad es un trabajo enciclopédico, con amplio soporte gráfico, en el cual el autor identifica aspectos claves desde el punto de vista de un cronista virtual con amplias redes de contacto entre la comunidad japonesa en México. Ogino presenta un conjunto de hechos que han forjado la historia de los nexos binacionales y sus principales actores. De manera indudable, es un esfuerzo de divulgación de la presencia de Japón en la historia mexicana contemporánea, donde se destacan diversos sucesos, desde la llegada de los primeros migrantes hasta el papel de las nuevas generaciones de descendientes en la cultura, el arte, el deporte y el mundo de los negocios, sirviendo como un puente entre México y Japón.
Por último, es menester hacer referencia al esfuerzo de análisis que realiza Selfa A. Chew partiendo de un ángulo diferente al predominante en la literatura existente sobre el tema de la presencia de los migrantes japoneses en México. En lo particular, la autora (que tiene raíces asiáticas y mexicanas) presenta al lector lo que ella identifica como las “ausencias” de la memoria histórica, aportando líneas de interpretación de la percepción de esos migrantes asiáticos en general (incluyendo a los chinos) en la sociedad mexicana, no sólo bajo la visión positiva sino bajo la discriminación y actos xenofóbicos que pudieron haber sufrido. En efecto, el trabajo de investigación aporta elementos para desmitificar la armoniosa convivencia de la comunidad japonesa, revelando también sus problemas y vicisitudes del día a día. Se pone énfasis en ofrecer contrapuntos sobre la idea generalizada de las políticas de una “concentración benigna” del gobierno mexicano, para resaltar la corrupción y el trato diferenciado entre los mismos miembros de esa comunidad a través de la política del dinero. Explora que las “estaciones migratorias”, como la exhacienda de Temixco, estaban lejos de ser un edén o santuario, puesto que en ellas existían problemas y disconformidades por parte de sus residentes.[20]
La vertiente de análisis de Hernández y Chew invita a humanizar la narrativa dominante para explicar la macrohistoria de los contactos entre México y Japón, a la luz de visibilizar a las personas como sujetos tangibles con emociones, angustias y deseos que no están exentos (como cualquier miembro de la comunidad donde habitan) a los problemas que pueden surgir en su cotidianidad, a sus éxitos o fracasos, a sus buenas o malas decisiones de vida. En efecto, es un esfuerzo de dar rostro a los actores de la historia del día a día de la “persona común”, parafraseando de nuevo a Luis González.
Esa línea de interpretación busca ser el andamiaje que soporta el contenido de los cuatro capítulos que componen la presente investigación bajo dos supuestos de análisis. En primer lugar, el proceso de la toma de decisiones en el diseño de estrategias, tácticas y acciones de la política exterior de un Estado nacional no es racional y uniforme. Los altos funcionarios reaccionan frente a múltiples factores tanto exógenos y endógenos como de tipo estructural y coyuntural para preservar los intereses nacionales. No obstante, cuando las bases de la gobernabilidad cambian o padecen alguna disrupción, las estructuras del Estado son afectadas, merma su asertividad y lectura de las condiciones políticas, económicas y sociales emergentes.
Lo anterior aplica a los abruptos cambios de gobierno debido a la insurgencia interna, a los golpes de Estado o a la invasión externa. Si bien hay mecanismos de resiliencia, durante ese proceso prevalecen zonas grises que limitan la forma en que operan los vasos comunicantes, no sólo al interior de la administración estatal sino en sus representaciones en el exterior. Bajo esa óptica, se analizan los efectos de la remoción y resistencia de miembros del servicio exterior mexicano acreditados en Japón frente a la caída del gobierno de Victoriano Huerta, el ascenso de Venustiano Carranza como cabeza de un gobierno provisional y el posterior gobierno constitucional. Empero, cuando se logra la estabilidad de las instituciones políticas internas y la maquinaria para proyectar y defender los intereses del país en la sociedad internacional con certeza y eficiencia, los márgenes de incertidumbre se reducen, por lo que la labor de los diplomáticos puede adoptar diversas expresiones y matices en su quehacer para representar a México en el exterior.
En segundo lugar, esta investigación explora la necesidad de recuperar lo que se denomina la “memoria fragmentada”, no sólo la de tipo institucional, sino también la colectiva y la familiar. De manera indiscutible, la revisión de los expedientes de la DIPS ofrece una óptica diferente (no necesariamente única o completamente verídica) para colocar de forma distinta algunas piezas dentro de una narrativa dominante (que se autocalifica como verdad fáctica), sobre la historia de la concentración de los residentes japoneses, en la que sólo se seleccionan algunas de ellas y discriminan otras. Por el contrario, es necesario invertir la aproximación de análisis, para dar luz, de manera prioritaria, a las acciones de los residentes japoneses frente al orden de concentración, y no solamente analizar las políticas de desplazamiento que derivaron de este, atendiendo al drama humano, las dudas y reacciones para poder sacar de las sombras y del olvido sus pasajes de vida, que incluso ellos mismos han reprimido y ocultado de sus propias familias.
El primer capítulo parte de las reacciones de los miembros del servicio exterior mexicano frente al abrupto anuncio sobre su remoción a la llegada de Venustiano Carranza de la Garza como responsable de un gobierno provisional a partir del exilio de Victoriano Huerta Márquez. El clima político en ese México fue volátil frente a la escisión de las facciones revolucionarias que derivaron, incluso, en la existencia de “gobiernos duales” que reclamaban para sí el ejercicio de los poderes del Estado. Lo anterior generó una gran incertidumbre no sólo en el plano interno sino también en el internacional, sobre qué grupo realmente detentaba el poder y controlaba el territorio nacional.
En esa precisa coyuntura, se analizan los casos de los diplomáticos Luis G. Pardo, Juan B. Rojo y Joaquín Enrique Cerecero. Los dos primeros responsables de la Legación de México en Tokio, y el último del Consulado General en Yokohama. Cada uno de ellos asume diferentes reacciones frente a la instrucción de la inmediata destitución de sus funciones, en particular Pardo y Enrique, o para su ratificación, como se observó con Rojo. Es relevante conocer las diferencias en sus grados de oposición a esas medidas, pero de manera independiente de la intensidad de estas, convergen en sus características por haber sido unilaterales e inclusive hostiles.
El segundo capítulo se enfoca en el análisis de tres militares acreditados como ministros plenipotenciarios y enviados extraordinarios de México en Japón. El primero de ellos, el coronel Manuel Pérez Romero (hermano de Sara Pérez Romero, esposa de Francisco I. Madero), ha sido objeto de estudio en su papel de “agente confidencial” de la primera etapa del carrancismo y en particular en sus negociaciones con la zaibatsu Mitsui Bussan por el tema de la compra de armas. Tanto Kunimoto como Kerber han puesto el foco en el papel de ese funcionario bajo esa línea de análisis. No obstante, existen escasas referencias sobre su gestión diplomática en Japón después del reconocimiento del gobierno constitucionalista. El segundo, el general Eduardo Hay Fortuño, tuvo una breve permanencia en Tokio después de la entrega de sus cartas credenciales al príncipe regente, Hirohito, en la que se encuentra con un ejercicio diplomático limitado no sólo por la brevedad del tiempo en sus funciones sino por los problemas todavía existentes en la capital de Japón, que un año antes había sufrido uno de los terremotos más destructivos en su historia hasta ese momento. Por último, se estudia el desempeño del general Francisco J. Aguilar como responsable de la Legación mexicana en Japón durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, sustituyendo al ministro Miguel Alonzo Romero, que había permanecido en Japón por más de cinco años.
Es interesante que los tres participantes en el movimiento revolucionario vivieron diferentes momentos en la historia política de México, que en muchos sentidos, incidió directamente en su agenda diplomática, donde pueden identificarse acciones puntuales y vehementes como funcionarios; pero también otras con un mayor margen de holgura, con atisbo de reluctancia y hasta de frivolidad desde una óptica personal.
El capítulo tercero aborda el tema de la diplomacia naval de la Armada Imperial en México como parte de las estrategias de fomento de la imagen de Japón en el exterior no sólo en sus prácticas culturales sino como un país moderno en lo económico y en sus capacidades militares. Esas acciones corresponden a lo que ahora se denomina “diplomacia pública”, la cual tuvo importantes dividendos durante los cuatro primeros decenios del siglo XX. El argumento clave de este capítulo es que las visitas de los buques de instrucción –tradición que se mantiene hasta hoy día– se convirtieron en una vía paralela a las actividades realizadas por las embajadas y legaciones para la promoción del proyecto de expansión imperial durante el periodo de entreguerras.
El último apartado se centra en analizar el contexto de la Guerra del Pacífico y el rompimiento de las relaciones diplomáticas bilaterales entre México y Japón, que no permite concluir el proceso de expulsión llevado a cabo a tres japoneses. A todos se les aplicó el artículo 33 constitucional, pero al no poder materializar su salida del país, tuvieron que ser remitidos en la penitenciaría de las Islas Marías por ser catalogados como “indeseables” en su permanencia en el territorio nacional. En un caso es claro que fue víctima de acusaciones de espionaje infundadas por parte de la Secretaría de Gobernación. Mientras que en los restantes hubo peticiones expresas por parte de miembros de la comunidad japonesa para que fueran aprehendidos y exiliados por parte de las autoridades mexicanas. Como ya se hizo referencia, esos hechos se mantienen en la memoria oculta y generalmente ausente de las tendencias predominantes en los estudios de la presencia japonesa en México.
Al final del presente recorrido es menester agradecer la asistencia llevada a cabo por cada uno de los becarios y las becarias pertenecientes a los programas institucionales de la Universidad Nacional Autónoma de México, además de las asistentes para miembros del Sistema Nacional de Investigadores nivel III de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), que estuvieron bajo mi supervisión, por su trabajo invaluable en la revisión de los expedientes del Archivo Histórico Genaro Estrada, de la Dirección General del Acervo Histórico Diplomático, Secretaría de Relaciones Exteriores, y del Archivo General de la Nación de México.
- Lothar Knauth. Confrontación transpacífica. El Japón y el Nuevo Mundo Hispánico, 1542-1639, UNAM, 1972, p. 21.↵
- Patricia Arias & Luis González. “Microhistoria e historia regional”, Desacatos, núm. 21, mayo-agosto 2006, p. 181.↵
- Harold Nicolson. La diplomacia, Fondo de Cultura Económica (FCE), 2010, p. 14.↵
- Makoto Toda (trad.). Historia de las relaciones mexicano-japonesas, Artes Gráficas Panorama, Tomo I & II, 2012, p. 442.↵
- Embajada de México en Japón. Del Tratado al Tratado: 120 años de relaciones diplomáticas entre México y Japón 1888-2008, Embajada de Japón en México, 2008.↵
- Kenichi-Benito Muray. Crónicas de los pioneros japoneses de México, Artes Gráficas Panorama, 2017, p. 147.↵
- Para efectos de la presente investigación se usarán los nombres japoneses escribiendo primero el apellido y luego el nombre, según el sistema de transliteración al romanizado Hepburn, con excepción de los miembros de la comunidad Nikkei o inmigrantes Issei, que añadieron a su nombre otro en español.↵
- Carlos Almada. México-Japón: 130 años de relaciones diplomáticas, Secretaría de Relaciones Exteriores-Archivo Histórico Diplomático (SRE-AHD), 2018, p. 243.↵
- Víctor Kerber Palma. Peligro amarillo. La sombra de Japón durante la revolución, SRE-AHD, 2021, p. 400.↵
- Carlos Almada. Un samurai en la Revolución mexicana. Horiguchi Kumaichi y la salvación de la familia Madero, Penguin Random House, 2022, p. 301.↵
- Carlos Uscanga. Los instrumentos de comercio dentro de las relaciones económicas entre México y Japón: una perspectiva histórica, Biblioteca-CONAHCYT, 2015, p. 151.↵
- María Elena Ota Mishima. Siete migraciones japonesas en México, 1890-1978, El Colegio de México, 1982, p. 202.↵
- María Elena Ota Mishima (coord.). Destino México: Un estudio de las migraciones asiáticas a México, siglos XIX y XX, El Colegio de México, 1997, p. 438.↵
- Atsuko Tanabe. Huellas japonesas en la cultura mexicana, El Colegio de la Frontera Norte, 1997, p. 124.↵
- Sergio Hernández Galindo. La guerra contra los japoneses en México durante la Segunda Guerra Mundial: Kiso Tsuru y Masao Imuro, migrantes vigilados, Itaca, 2011, p. 158.↵
- Sergio Hernández Galindo & Nagano Kenjinkai. Los que vinieron de Nagano. Una migración japonesa a México, Artes Gráficas Panorama, 2015, p. 237.↵
- Alejo Ebergenyi. Los japoneses en Morelos. Testimonios de una amistad, Fondo Editorial del Estado de Morelos, 2018, p. 221.↵
- Melba Falck Reyes (coord.). Presencia japonesa en Jalisco, Universidad de Guadalajara y Fundación Japón, 2020, p. 208.↵
- Ogino Shozō. Cinco centurias a través del mar. Historia del intercambio mexicano japonés, Artes Gráficas Panorama, 2021, p. 534.↵
- Selfa A. Chew. Uprooting Community. Japanese Mexicans, World II, and the U.S. Mexico Borderlands, The University of Arizona Press, 2015, p. 236.↵






