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Biodiversidad y plantas nativas

Definiciones, percepciones
y perspectivas ambientales

Mariana Kameniecki y Mariana Smulski

Introducción

Una de las grandes preocupaciones en torno al cuidado del medioambiente gira en torno a la conservación de la biodiversidad y especialmente de las especies nativas. Tal como expresa la Ley de educación ambiental integral, se considera que los ambientes naturales están sufriendo una abrupta disminución en su biodiversidad y que ello tiene consecuencias negativas para la vida al amenazar la sostenibilidad y la perdurabilidad de los ecosistemas y las culturas. Para comprender en profundidad el origen y el sentido de esta preocupación, resulta de importancia partir del concepto de ambiente analizando cómo las discusiones en torno a las relaciones sociedad-naturaleza habilitaron conceptualizaciones problemáticas sobre el mismo. En este capítulo, combinando aportes de distintas disciplinas, nos interesa específicamente recuperar definiciones académicas a través de las cuales se configura el problema de la pérdida de biodiversidad profundizando en el caso de las plantas nativas. Hacia el final, recuperamos posiciones analíticas de las ciencias sociales en torno al abordaje de las percepciones y las perspectivas ambientales que permiten considerar la forma en que distintos grupos sociales comprenden y significan los problemas del entorno. El capítulo busca resaltar el valor de la flora nativa en tanto recurso indispensable para mantener la sustentabilidad del ambiente, invitando a problematizar la relación de las sociedades con sus recursos naturales.

Origen de la preocupación en torno a la biodiversidad

Distintas disciplinas sociales y naturales conciben al ambiente como un sistema dinámico con modificaciones continuas. Aunando perspectivas multidisciplinarias, Elio Brailovsky y Dina Foguelman lo definen como “la resultante de interacciones entre sistemas ecológicos y socioeconómicos, susceptibles de provocar efectos sobre los seres vivientes y las actividades humanas” (2009, p.17). Esta definición busca recuperar el carácter social e histórico de la interacción considerando que cada organización social establece una relación particular con la naturaleza en un momento dado. Las distintas formas que adquieren las relaciones sociedad-naturaleza y las actividades que se despliegan tienen como consecuencia diferentes impactos sobre el medio y por lo tanto distintos efectos ecológicos y sociales. Desde esta perspectiva, los problemas ambientales se vinculan con la forma en que una sociedad emplea a la naturaleza como recurso para satisfacer sus necesidades y concibe los efectos.

El proceso de industrialización europeo que dio lugar a las sociedades capitalistas – y su expansión global a través de procesos de dominación- estableció una relación de explotación con la naturaleza, en donde la misma se constituyó como recurso a disposición del “desarrollo”. Como vimos en la introducción de este libro, las formas de producción, el uso de recursos renovables y no renovables de forma no planificada, así como el crecimiento exponencial de la población generó progresivamente un deterioro de las condiciones ambientales (Landa Ordaz y Alfie Cohen, 2016). Fue recién a mediados del siglo XX que los efectos de este sistema sobre la naturaleza comenzaron a ser objeto de preocupación. La década de 1960 estableció el inicio de un proceso de reflexión mundial y de conceptualización del problema ambiental ocasionado por el modelo de desarrollo capitalista. La relación sociedad-naturaleza comenzó a ser cuestionada poniendo en discusión las brechas entre países respecto de la distribución desigual de los beneficios económicos, la contribución diferencial al deterioro ambiental y la explotación y pérdida de recursos naturales (Escobar, 2008; Landa Ordaz y Alfie Cohen, 2016).

En el libro “Global Nature, Global Culture”, Sarah Franklin, Celia Jury y Jackie Stacey (2000) explican el avance del proceso de sensibilización ambiental como producto de la publicación de la primera imagen completa de la tierra vista desde el espacio: el “planeta azul”. Esta imagen tuvo un efecto visual poderoso al mostrar la tierra desde una dimensión nunca vista. Generó cambios en la percepción de lo global como un todo y habilitó un nuevo imaginario sobre la existencia compartida, la conexión y la vulnerabilidad. Específicamente, dio lugar a preocupaciones sobre los riesgos compartidos del daño ambiental en términos globales. El futuro de la propia existencia humana comenzó a verse amenazado e incierto.

Una de las mayores preocupaciones que surgió de este proceso de sensibilización fue el registro de la disminución de la variedad de vida en el planeta. Hacia la década de 1980, este proceso fue conceptualizado por el campo de la biología de la conservación como pérdida de biodiversidad (Latour, 2012). Este concepto buscó dar cuenta de una situación preocupante al evaluar las consecuencias negativas para el funcionamiento de los distintos ecosistemas. Progresivamente, habilitó la circulación de un discurso que traspasó el campo científico y convocó a distintos actores sociales a la discusión a través de una vasta red que conectó conceptos, políticas, culturas y perspectivas ecológicas (Escobar, 1998).

Biodiversidad es entonces un concepto que no solo da cuenta de una situación crítica, sino que habilita a pensar la conexión entre naturaleza y cultura, ya que a través de este se constituyen formas de ver y actuar sobre el mundo (Escobar, 2008). A continuación, presentamos una serie de definiciones en torno a la pérdida de biodiversidad y específicamente de las plantas nativas.

Cómo se define la biodiversidad

Suele pensarse que el concepto de biodiversidad remite al registro de especies que existen en la tierra. Sin embargo, este concepto es más amplio y está compuesto por distintos niveles: la variedad de especies, sus genes, los ecosistemas en los que habitan y los procesos de estos, considerando los flujos de materia y energía (Miller y Spoolman, 2014). Particularmente, la diversidad de especies se mide no solo por el número de especies distintas sino por la cantidad relativa de individuos que hay de cada una (Arregui Mena y Rojo Dominguez, 2016). Se considera que los ecosistemas con más variedad de especies son más sustentables, es decir que tienen mayor capacidad de enfrentar con éxito situaciones perturbadoras como sequías, plagas o incendios. Los ecólogos consideran que ello se debe a que cada especie tiene un lugar funcional en el ecosistema, es decir que cumple un papel único. Ese rol único de define como nicho. El concepto de nicho suele pensarse circunscripto al hábitat de una especie. Sin embargo, el nicho abarca dónde vive la especie, qué consume, quién lo consume, y cómo interactúa con factores bióticos (otros organismos) y abióticos (temperatura, humedad) (Arregui Mena y Rojo Dominguez, 2016).

En este sentido, una de las formas en que las ciencias naturales clasifican los nichos es considerando si las especies son nativas o exóticas. Una especie nativa es la que se considera que habita normalmente en un ecosistema mientras que las exóticas son las que fueron introducidas (por ejemplo, para ganadería, agricultura, ornamentación) o llegaron por migración. Específicamente, las plantas nativas son las que crecen originalmente en cada territorio y están adaptadas a su suelo y su clima, constituyendo la base o matriz que conforma el paisaje natural.

Plantas nativas

La presencia de especies formando parte de la vegetación de una región obedece a múltiples causas que tienen que ver con factores ambientales actuales y pasados. La dispersión natural de cada especie y su adaptación al ambiente es un proceso de miles de años durante el cual cada planta co-evoluciona con otros seres vivos con los que interactúa. Es importante tener en cuenta que los factores que inciden en la distribución pueden ser extrínsecos (en relación al suelo o edáficos, geográficos, climáticos, bióticos, antrópicos) e intrínsecos (morfología, plasticidad genética). Cada especie cuenta con un centro de origen en el cual surgió y desde el cual se fue dispersando, según se adaptara a las condiciones de cada ambiente natural. La distribución natural de cada especie se correlaciona además con los factores que intervienen en su proceso de reproducción y dispersión.

La extensión espacial de la distribución de cada especie va a depender además de las características de sus frutos y semillas, vinculadas a su vez con vectores de dispersión: viento, agua, animales. Además de la dispersión, inciden en la distribución de una planta los mecanismos que intervienen en la germinación de sus semillas. Ciertas especies, llamadas recalcitrantes, pierden rápidamente su poder germinativo cuando se deshidrata su semilla. Otras, llamadas ortodoxas, mantienen durante más tiempo su capacidad de germinar. Sin embargo, muchas veces presentan algún mecanismo de dormición del embrión que impide la germinación hasta recibir cierto estímulo ambiental, que permita desencadenar el proceso. Además, en ciertos casos requieren de la presencia de determinados microorganismos simbiontes, que intervienen en los procesos de nutrición.

Entonces, podemos resumir estos conceptos diciendo que, para que una planta crezca naturalmente en cierto lugar, es necesario que esté adaptada cumplir su ciclo de vida completo con esas condiciones edafoclimáticas, que cuente con los factores de dispersión natural de sus semillas y que éstas sean capaces de germinar en dichas condiciones. Pero eso no es todo. En cada ambiente natural estarán presentes los controladores biológicos (tanto microorganismos como animales invertebrados y vertebrados) que, mediante relaciones de parasitismo o herbívora, mantendrán un equilibrio poblacional de las plantas nativas con las que han coevolucionado. Este equilibrio estará relacionado con la disponibilidad de recursos. Esta situación provoca, por ejemplo, que no todas las semillas sean viables para germinar. A su vez, las plantas han desarrollado estrategias de supervivencia que les permiten protegerse de la predación, tanto porque generan relaciones simbióticas con ciertos animales como porque tienen metabolitos secundarios que tienden a repeler a los herbívoros. Brindan refugio y alimento a fauna silvestre que, a lo largo de su evolución, ha adaptado su metabolismo a procesar las toxinas presentes en ciertas especies.

Diferentes ramas de la ciencia como la Fitogeografía, la Biogeografía, la Paleobotánica y la Geografía Botánica estudian la distribución geográfica de las especies vegetales nativas, como consecuencia de su adaptación a los diferentes ambientes. De esa manera, se intentó establecer distintas áreas ecológicas con determinadas características vitales que permitan clasificar el territorio mundial (Región, Dominio, Provincia, Distrito). Esta clasificación determina áreas fitogeográficas con condiciones y caracteres ecológicos que le dan su individualidad y conforman unidades de vegetación. Hablamos entonces de que una especie es nativa de determinados ambientes naturales y forma parte de ciertas comunidades vegetales dentro de dichos ambientes en su área de distribución. Sería un error considerar que una planta es nativa de un país o una localidad cuando en realidad, pertenece a cierta ecorregión.

Determinar que una planta es nativa de un lugar y cuál es su área de distribución natural no es tarea fácil. Es necesario conocer el centro de origen (donde se originó la entidad biológica, ya sea especie, género o familia) y el centro de dispersión (a partir de donde se difunde o dispersa esa entidad). Para esto, se realizan estudios de relaciones florísticas, se utilizan datos paleontológicos, históricos, arqueológicos y palinológicos. Además de las consideraciones que implican los factores de dispersión natural, se han realizado investigaciones arqueológicas en las que se analiza cómo el uso etnobotánico que le da una cultura a cierta especie vegetal influye en la distribución de dicha especie ya que son las comunidades humanas las que producen la dispersión de la especie que utilizan. En estos casos nos encontramos frente a situaciones en las que el área de distribución se extiende en un territorio debido a causas antrópicas y se deberá evaluar entonces en cada caso si las plantas son realmente nativas de esa zona o si terminaron llegando allí asociadas a las actividades humanas. Cuando las plantas son llevadas a una región en la cual no crecían naturalmente y se establecen poblaciones que se multiplican de manera espontánea, ya sin la intervención humana, se catalogan como especies “naturalizadas”. Esta denominación alude a una categoría diferente a la de “nativas o autóctonas”, la cual, como veremos más adelante, tiene implicancias en la conservación de los ambientes naturales y genera diversos impactos sobre la biodiversidad.

El problema de la pérdida de biodiversidad y las plantas nativas

La especie que más afecta la biodiversidad es la humana (Arregui Mena y Rojo Dominguez, 2016). Las acciones humanas producen cambios vertiginosos en la composición de la vegetación de los ambientes que tardaron miles o cientos de años en conformarse. Pueden alterar el equilibrio ecológico y producir fragmentación y vulnerabilidad en los hábitats naturales. Al modificarse la matriz conformada por las especies vegetales se alteran también las relaciones con la fauna silvestre que estaban sostenidas por esa matriz. Entre las actividades humanas que generan diversos impactos sobre los ecosistemas podemos mencionar el uso del fuego, la tala del monte, la implantación de monocultivos, la acción del ganado, la contaminación de cursos de agua, las obras de infraestructura, el crecimiento de las ciudades. La introducción y dispersión de especies exóticas con comportamiento invasor también es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad. Esto puede llegar a ocurrir de manera accidental pero también responde a dimensiones culturales. Más adelante retomaremos este aspecto.

La introducción de especies foráneas que llegan a un ecosistema sin sus controladores biológicos y se adaptan a las condiciones ambientales locales, genera un impacto ambiental que suele pasar inadvertido. Lo que sucede en un ambiente natural en el cual se establece una especie exótica y se transforma en una especie naturalizada que crece espontáneamente en ese ambiente, es que ésta comienza a consumir recursos y prolifera desmedidamente, ya que no cuenta con sus controladores biológicos. Entonces, compite con las especies nativas produciendo una disminución de sus poblaciones y, en consecuencia, reduciendo la disponibilidad de recursos para la fauna silvestre asociada a las plantas originarias. Por ello la flora exótica produce disminución de biodiversidad en el ecosistema en el cual se dispersa. Es importante advertir que, una vez que se establece una especie de este tipo en un ambiente natural y comienza a reproducirse, su presencia se considera irreversible ya que los mecanismos de dispersión natural avanzan más allá de las acciones de manejo que puedan llegar a controlar o limitar el crecimiento de estas plantas.

Cuando se produce un impacto negativo en la biodiversidad y se interfiere en las interacciones biológicas de un ecosistema, se pierden componentes que estaban en frágil equilibrio poblacional. Como consecuencia, proliferan ciertas especies mejor adaptadas y muchas otras se acercan al estado crítico de conservación. Estos desequilibrios poblacionales traen consecuencias ambientales que se relacionan directamente con las actividades humanas. Es por ello que resulta fundamental abordar esta problemática integrando un enfoque que se ocupe de analizar la forma en que se vinculan las sociedades con su ambiente.

Las plantas nativas y el espacio urbano

Las plantas forman parte de la fisonomía del paisaje con el cual nos identificamos. Son una presencia que construye nuestro entorno y con el cual nos relacionamos de diferentes maneras. En un ámbito urbano, estamos acostumbrados a ver las especies que se han plantado de manera planificada, tanto en el arbolado como en los espacios verdes públicos y privados. La tendencia durante la planificación y construcción de las áreas urbanas fue la de incorporar especies provenientes de otras partes del país y del mundo. Aquellas plantas que crecían originalmente en cada uno de los ambientes naturales sobre los cuales se establecieron las ciudades, hoy se encuentran desplazadas y son prácticamente desconocidas para la mayoría de las personas que habitan en estos espacios. Se trata de las plantas nativas, indígenas o autóctonas que son aquellas que se propagaron, adaptaron y evolucionaron en un área determinada, sin la intervención del hombre. Dice Carlos Fernández Balboa, en referencia a este tema, que si bien las plantas silvestres constituyen una parce central del paisaje de toda comunidad estás son barridas cuando se construyen centros urbanos. También podemos citar un pasaje del capítulo “La construcción histórica del paisaje” del libro Árboles nativos de Argentina, Patagonia que afirma que “Aunque parezca increíble, a muchos lugares los árboles llegaron después que los hombres” (2017:19). Tal es así que hoy no tenemos contacto con el ambiente natural tal como paisaje cotidiano, e incluso la vegetación espontánea suele ser tomada con una mirada despectiva con el término “maleza” que implica su erradicación en el lugar en el cual creció espontáneamente.

Este proceso de modificación del paisaje natural respondió, por un lado, a la demanda de recursos para sostener procesos de urbanización y crecimiento poblacional y, por el otro, a una valorización diferenciada de plantas provenientes de otras regiones, en detrimento de las que crecían naturalmente en cada lugar. Así fue como nuestras plazas y jardines se fueron poblando de representantes provenientes de otras geografías, cuyo crecimiento es conducido además con cierta arquitectura, dándole al paisaje urbano un aspecto bien diferenciado al de un ambiente natural. Estos ejemplares, además, son valorados en tanto se mantengan intactos: si su follaje es consumido por algún insecto herbívoro se lo observará como un problema sanitario, que debe ser prontamente solucionado mediando para ello la aplicación de agrotóxicos.

Si bien en Argentina, con la llegada de Carlos Thays a cargo de la planificación del arbolado urbano y de los parques y paseos, se revalorizaron especies autóctonas que hoy les dan su identidad a muchas ciudades de nuestro país, éstas no se corresponden con las áreas de distribución natural de dichos árboles.

Es notable advertir que las especies con las que estamos más familiarizados provienen de otros ambientes naturales, a veces muy alejados geográficamente. Tanto en nuestra alimentación como en nuestros espacios verdes, las plantas más frecuentes son relativamente pocas y se repiten en los entornos urbanos a manera de identidad replicada a nivel global. Podemos mencionar como ejemplo incorporado al arbolado urbano el caso del jacarandá (Jacaranda mimosifolia) un árbol nativo de Sudamérica que en nuestro país tiene distribución natural en la región del noroeste (y no llegaría naturalmente a Buenos Aires) y que, apreciado por su floración de gran valor ornamental y cultivado como parte del arbolado urbano en numerosas ciudades, tanto de Sudamérica como de Europa y Sudáfrica, genera una problemática ambiental en varias regiones del mundo, desplazando a las especies locales y provocando pérdida de biodiversidad.

Particularmente en Argentina, la modificación del ambiente en los últimos años se profundizó con el avance de los emprendimientos inmobiliarios que se asientan sobre humedales y con el avance de la frontera agropecuaria que incorpora prácticas de exterminio mediante fuego o aplicación de agrotóxicos.

En lo relativo a los recursos alimenticios, la cantidad y variedad de especies que se consumen masivamente son pocas, en comparación con la diversidad de plantas comestibles que utilizan las comunidades que mantienen tradiciones alimenticias regionales con sus cultivos de variedades locales. Esta mirada sobre los espacios verdes es una transferencia que proviene del modelo actual de producción de alimentos con gran dependencia de insumos externos y un bajo umbral de daño frente a adversidades provocadas por interacciones biológicas, tratándose sobre todo de monocultivos que implican de por sí un gran desbalance poblacional y escasez de mecanismos de autorregulación del sistema.

Consecuencias de la pérdida de biodiversidad

Actualmente, se ha relacionado el empobrecimiento ambiental y la disminución de la biodiversidad con el aumento de enfermedades emergentes y reemergentes (es decir, las enfermedades nuevas y aquellas que contaban con cierto nivel de control y hoy vuelven a ser de primera magnitud), las cuales en un 70% son zoonóticas (transmitidas de animales no humanos al hombre) o transmitidas por vectores (mosquitos, flebótomos, garrapatas). La expansión del medio urbano y productivo sobre los ambientes naturales -expansión que suele ser poco planificada, con escaso acceso a servicios básicos y deficiente en lo sanitario, afectando generalmente a los sectores más vulnerables de la población- genera una zona de solapamiento en la que la fauna silvestre puede interactuar con los animales domésticos y con las personas; del mismo modo, los ambientes degradados o en proceso de degradación o muy modificados pueden favorecer la propagación de vectores (por ejemplo, los caracoles transmisores de la esquistosomiasis medran en las aguas de los embalses, el mosquito transmisor del dengue está presente en zonas urbanizadas pero es sumamente escaso en áreas naturales más o menos conservadas, etc.). De este modo, la conservación de áreas naturales y los procesos de restauración ambiental pasan a formar parte no sólo del rescate de la biodiversidad y de los servicios ecosistémicos (incluyendo los usos tradicionales que proveen las plantas nativas a las comunidades asociadas), sino también de la preservación de la salud de acuerdo a un nuevo paradigma de “salud” (la ambiental, la humana y la del resto de los seres vivos).

Asimismo, la pérdida de biodiversidad tiene consecuencias para el cambio climático. En el caso de la ciudad de Buenos Aires y alrededores se están registrando en los últimos años precipitaciones que superan la media establecida en las estadísticas climáticas de los últimos treinta años. El impacto negativo de las lluvias en los ámbitos urbanos ha aumentado debido a la disminución de superficie de absorción de agua de lluvia y a la saturación de los pluviales, lo que ocasiona anegamientos frecuentes. Por otra parte, las temperaturas medias y máximas se encuentran en aumento y el impacto de esta situación se hace notorio sobre todo en la época estival, durante la cual se genera en la ciudad el efecto “isla de calor” y se eleva tanto la demanda de energía eléctrica que se satura la provisión de la misma, provocándose interrupciones en el suministro.

Frente a estas dos situaciones, grupos expertos y activistas dedicados a la conservación ambiental sugieren incorporar plantas nativas como estrategia para mitigar los efectos del cambio climático, ya que se trata de especies adaptadas a nuestro suelo y clima, muchas de las cuales tienen adaptaciones a medios secos, permitiendo disminuir la dependencia del riego y de la fertilización. Según estos expertos y activistas, la presencia de esta vegetación contribuiría a regular los ciclos hídricos, amortiguar cambios de temperatura y el efecto “isla de calor” que se origina por el impacto del sol en superficies cementadas, depurar el aire y capturar contaminantes atmosféricos.

Percepciones y perspectivas sobre los problemas ambientales en torno a las plantas nativas

Hasta aquí hemos recuperado definiciones que provienen de campos expertos específicos y que refieren a cómo se piensa el problema ambiental y se proponen soluciones. Cabe interrogarse entonces si estos conocimientos gozan de consenso o no entre distintos grupos sociales no expertos, es decir, si repercuten en la forma en que las personas piensan los problemas del ambiente. Específicamente, considerando que estos conocimientos han señalado el impacto negativo que genera en los ecosistemas la introducción de especies exóticas invasoras nos preguntamos: ¿hay una sensibilidad social respecto de los efectos de la pérdida de biodiversidad y específicamente de las plantas nativas? ¿Por qué algunas problemáticas ambientales parecen pasar inadvertidas para ciertos grupos? Como se menciona en la introducción de este libro, la ecología política es la disciplina que se ha orientado al estudio de los conflictos ecológicos sobre el acceso y el control de recursos naturales y los costos de la destrucción medioambiental. El reconocido antropólogo colombiano Arturo Escobar señala la importancia de considerar en el abordaje de los conflictos, además de las dimensiones ecológica y económica contenidas en tal definición, la dimensión cultural. Considera que en los conflictos en torno al ambiente se reflejan diferencias ontológicas subyacentes, es decir, distintas formas de ver el mundo. Para este investigador se torna central indagar cuáles normas y cuáles prácticas de creación de significados definen los términos y valores que regulan la vida social en relación con la economía, la ecología, los cuerpos, los conocimientos y que por lo tanto actúan en la mirada sobre el entorno (Escobar, 2008).

Desde fines del siglo XX la antropología ambiental ha indagado sobre la forma en que las personas entienden, perciben y significan problemáticas ambientales considerando distintas situaciones conflictivas tales como la pérdida de biodiversidad o el calentamiento global. En esta línea, distintos investigadores establecieron una distinción entre dos abordajes analíticos: el de las percepciones ambientales y el de las perspectivas ambientales (Durand, 2008). El estudio de las percepciones ambientales está vinculado a la tradición constructivista que considera que la cultura impone sentido al mundo. Se entiende como el proceso social de asignación de significados sobre el entorno y sus transformaciones y/o deterioros. Esta posición deja de lado la referencia a una realidad exterior para comprender diversas formas de dar cuenta del ambiente. Los abordajes analíticos desarrollados en esta línea han sido importantes para mostrar que los procesos de degradación ambiental y los conflictos ecológicos son comprendidos e interpretados de formas muy diversas por distintos sectores sociales (Durand, 2008). Asimismo, ayudó a comprender dinámicas en las cuales científicos e intelectuales comunican riesgos que no son percibidos por las comunidades. Muchas veces son procesos que no son vistos como negativos o ni siquiera son identificados.

Si bien la idea de percepción ambiental ha sido de gran utilidad, al entender al ambiente como el producto de un proceso de construcción y de asignación de significados, ha sido criticada por escindir el dominio natural y establecer el factor cultural como determinante de la relación (Ingold, 2011). Asimismo, tal abordaje analítico no agota la complejidad frente a la diversidad de posturas que suelen encontrarse sobre el deterioro ambiental dentro de grupos socioculturales que comparten aspectos identitarios (Durand, 2008). Es por ello que, algunos investigadores han buscado un camino que permita considerar las formas en que el entorno natural influye sobre los individuos más allá de su experiencia social. Buscan recuperar al ambiente como un componente activo en tanto fuente de información y experiencias. A través de esta idea proponen conciliar los conceptos de naturaleza y cultura entendiendo que se moldean mutuamente y son inseparables en su definición y relación (Descola, 2012).

Inspirados en estos debates, otros investigadores propusieron estudiar las perspectivas ambientales, considerando que las experiencias individuales y la interpretación de las mismas son de importancia en la conformación de las percepciones sobre la naturaleza (Durand, 2008). Definen a las perspectivas ambientales como “el conjunto de normas, supuestos y valores que resultan de la vivencia del entorno natural y permiten comprenderlo y explicarlo.” (2008, p.83). En esta propuesta, las perspectivas sobre el ambiente se consideran un elemento cultural, pero sin pertenecer de manera exclusiva a una identidad o grupo específico. Esto nos permite analizar por qué grupos culturalmente diversos como sectores económicamente privilegiados de Europa o los caucheros del Amazonas pueden compartir perspectivas sobre la degradación ambiental.

En un estudio realizado en Argentina, Gustavo Martínez y Jessica Manzano-García (2016) indagaron sobre los estilos de percepción de la biodiversidad en tres áreas protegidas de la provincia de Córdoba. Buscaron comprender cómo los actores perciben e interpretan, entre otros aspectos, problemáticas vinculadas a cambios en el paisaje o en los patrones de vegetación. Para ello consideraron significaciones y matices que adoptan las concepciones de lo nativo y lo exótico. Específicamente sobre la importancia asignada a las plantas nativas encontraron diferencias entre los que se consideran pobladores nativos y los pobladores “neorrurales”[1]. Así, entre estos últimos constatan un interés por enriquecer su alimentación cotidiana con “malezas comestibles” y una valoración de su función ecológica y de su belleza paisajística que rescata la posibilidad de mantener cualidades prístinas de los sitios naturales (Rapoport et al., 2009). Los pobladores nativos tienden a valorar las plantas por la utilidad que estas proveen, especialmente para usos de combustión o medicinales. Por otra parte, encontraron que la percepción sobre las plantas exóticas o invasoras -categoría que como vimos previamente proviene del campo de la ecología- no resulta uniforme entre los actores. Entre los pobladores nativos las mismas suelen ser valoradas por sus servicios: proveer sombra, elaborar materiales u ornamentar. Asimismo, algunos pobladores refieren como invasoras a ciertas especies autóctonas que afectan a la ganadería. Así los autores señalan que la distinción entre lo nativo y lo exótico se encuentra presente en discursos más próximos a la ecología académica asociados a procesos de instrucción formal más consolidados (Martínez y Manzano Gracia, 2016). Esto indica que las percepciones locales del fenómeno no responden a los mismos criterios académicos, sino que están asociados a diferentes trayectorias y estilos de vida. En función de ello, destacan la importancia de deconstruir ciertas nociones en pos de lograr una mejor articulación entre los conocimientos locales y las prácticas de conservación.

Palabras finales

A lo largo de este capítulo hemos recuperado definiciones y clasificaciones a través de las cuales distintas disciplinas académicas dan cuenta de la pérdida de biodiversidad. Repusimos efectos de la misma que la configuran como uno de los problemas ambientales centrales de nuestros tiempos enfocándonos en el caso de las plantas nativas. A partir de ello, buscamos destacar el valor de la flora nativa en tanto recurso indispensable para mantener la sustentabilidad del ambiente. Hacia el final introdujimos las nociones de percepciones y perspectivas ambientales para dar cuenta de que la interpretación de los conflictos medioambientales está atravesada por factores culturales que inciden en el registro, la valoración y conceptualización que distintos grupos sociales tienen de los mismos como problema. En este sentido, resulta de importancia problematizar la relación que los grupos sociales establecen con el ambiente para pensar la forma en que significan o no distintos riegos y actúan en función de ello.

Con recorrido analítico buscamos pensar qué formas de vida están siendo imaginadas, creadas y valoradas en relación al futuro. A partir de ello invitamos a los lectores a preguntarse ¿Cuál es la dimensión que las plantas ocupan en nuestra vida? Las plantas que forman parte de los espacios urbanos no suelen constituir recursos alimenticios, medicinales ni textiles para la mayoría de sus habitantes. Con la urbanización se generó un distanciamiento y escisión entre los ambientes naturales y los territorios que ocupan las poblaciones humanas. En este distanciamiento, se ha producido una desconexión con los ciclos naturales y los procesos productivos: las plantas llegan a la mesa, a la farmacia o a la mueblería ya convertidas en producto y, en la mayoría de los casos, es imposible advertir toda la historia y el recorrido que han tenido que atravesar para transformarse en el producto que forma parte de nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, en el contexto actual donde las problemáticas ambientales vienen tomando una mayor dimensión, ciertos argumentos que provienen de campos expertos empiezan a ocupar lugar en las subjetividades. Hoy comienza a observarse una revalorización doméstica de la flora silvestre tanto nativa como naturalizada. Distintos grupos orientados a la conservación están trabajando en la divulgación del uso de las llamadas “malezas” -a las cuales se les ha propuesto el nuevo término de “buenezas”, dejando de lado su implicancia negativa- como plantas comestibles y medicinales que constituyen recursos muy importantes para las comunidades que las reconocen y las saben utilizar (Rapoport et al., 2009). Acompañan a estos usos, saberes y tradiciones buscando su revalorización y transmisión. En distintas cuidades de nuestro país, genera mucha atracción redescubrir los procesos y recetas que se pueden preparar a escala doméstica con las llamadas plantas comestibles no convencionales (PANC). Asimismo, corrientes de producción de alimentos como la Agroecología buscan promover una mirada más amplia en la cual se valoriza la conservación de variedades locales como pilar fundamental para acceder a la soberanía alimentaria. Dentro de este paradigma se incorporan también las plantas nativas como recursos biológicos para aumentar la biodiversidad y contribuir al equilibrio poblacional de los invertebrados que interactúan con los cultivos. El paradigma del jardín impoluto también está siendo reemplazado por el concepto de jardín como ecosistema, en el cual se favorecen relaciones entre seres vivos que van a interactuar entre sí. Para ello, se están incorporando cada vez más aquellas plantas originarias de cada región, que brindan refugio y alimento a fauna silvestre y que representan los ambientes naturales que le dan la identidad a la región en la cual se encuentran.

Esperamos que los aportes presentados en este capítulo contribuyan a pensar las problemáticas ambientales considerando que el gran reto se encuentra en adecuar la sustentabilidad a la multiplicidad de perspectivas que caracteriza a las sociedades humanas.

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  1. Son pobladores que trasladan su residencia de la ciudad al campo impulsados por una búsqueda de bienestar (Trimano, 2015).


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