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¿Patriotas o prostitutas? La herencia del pasado y la violencia de género en América Latina

Sonya Lipsett-Rivera

Resumen

La violencia de género se ha generalizado en la América Latina contemporánea. Revisando las tendencias históricas desde las guerras de independencia hasta finales del siglo XIX, este artículo plantea una explicación preliminar para dicho aumento de la violencia de género. Los conceptos teóricos derivados de Bourdieu, Federici y Scott proporcionan una pista para explicar las raíces profundas y las transformaciones de las ideas de feminidad y masculinidad. Las nuevas naciones aclamaron a los hombres como patriotas heroicos y ciudadanos mientras que confinaron las mujeres a la domesticidad; pero muchas no podían cumplir con estos ideales. El contraste entre el “ángel del hogar” sublimado y la realidad del fenómeno de la prostitución femenina generalizado fortaleció la percepción de la necesidad de una vigilancia incrementada y un control de los cuerpos femeninos. Se pueden conectar estas alteraciones con las identidades de género y el auge de la violencia de género en América Latina.

Abstract

Gender violence is pervasive in contemporary Latin America. This article provides a preliminary explanation for the rise in gender violence by looking to historical trends that began with the Wars of Independence and continued throughout the 19th century. Using concepts taken from Bourdieu, Federici and Scott, the ways that gender identities and concepts of the body are used to explain the evolving notions of femininity and masculinity. The new nations embraced men as heroic patriots and citizens while relegating women to domesticity; but many women could not fulfill these ideals. The contrast between the idealized “domestic angel” and the reality of widespread female prostitution reinforced the perceived need for increased surveillance and control of female bodies. These alterations in gender identities can be linked to an increased violence in Latin American societies.

Introducción

Desde Chile, donde las mujeres lanzaron la canción viral “El violador eres tú”, hasta México, donde el fenómeno de la instalación artística de “Zapatos rojos” se ha difundido a varios continentes, el tema de la violencia de género es altamente recurrente en las redes sociales y los medios de comunicación. América Latina se ha destacado en el siglo XXI como el lugar más peligroso del mundo para las mujeres, con estadísticas asombrosas de feminicidios y asaltos. Esta realidad de la vida cotidiana choca con la imagen de sociedades latinoamericanas que veneran a sus madres y se destacan por los valores de proteger a las mujeres de su familia. Los sistemas de honor que prevalecieron en la colonia enfatizaban el cuidado de las madres, hijas y esposas dentro de un esquema de control y de protección, mientras que en los siglos XVIII y XIX se desplegó una campaña para valorar la madre como núcleo de la familia y de la sociedad (Lipsett-Rivera, 2001). Las antropólogas María Rodríguez-Shadow y Lila Campos Rodríguez (2011) señalan que la violencia masculina no es producto de la naturaleza, sino que es una práctica cultural que se constituye a largo plazo y a través de varios siglos (2011). La historia tiene pistas para entender esta calamidad de violencia de género en la región. Este ensayo es un primer esbozo dentro de un proyecto más amplio que intentará hacer valer las experiencias históricas de mujeres y hombres en América Latina y la conexión que estos tienen con la realidad contemporánea. Enfocándome en los periodos de la independencia y el siglo XIX, en este trabajo utilizo ciertos episodios de la construcción de identidades y valores de género para explicar el fenómeno contemporáneo de la violencia hacia las mujeres latinoamericanas en el presente.

Durante la colonia, se desarrollaron conceptos de lo que representaba la mujer en varios aspectos. Una faceta muy significativa eran los mensajes de castidad y honradez que comunicaba con su cuerpo, su vestimenta, sus movimientos y por cómo se manejaba a través de los espacios de la vida cotidiana (Lipsett-Rivera, 2012). Los conceptos que rigieron los cuerpos femeninos en la colonia evolucionaron a través de las experiencias de las guerras de independencia y las transformaciones económicas y sociales que caracterizaron a las naciones latinoamericanas del siglo XIX. Desde un manto protector, esas ideas se transformaron en una ansiedad hacia la castidad femenina y, consecuentemente, en la propagación de mitos sobre la violación que forzaron a las mujeres a retroceder de la vida y los espacios públicos, con lo cual se inició su proceso de denigración. En el contexto de una severa contracción de la economía, las naciones latinoamericanas experimentaron lo que Silvia Federici denomina una “masificación de la prostitución” (2009, p. 94). Esa tendencia resultó en una ampliación de la ansiedad e histeria a propósito de las mujeres y especialmente respecto a sus cuerpos. Tales novedades aumentaron de manera exponencial la conversión de las mujeres en objetos simbólicos que podían ser dominados por los hombres, tendencia que permitía la violencia masculina (Rodríguez-Shadow y Campos Rodríguez, 2011). Estos procesos históricos forman una base fundacional para entender la explosión de violencia de género que ataca a las sociedades latinoamericanas contemporáneas.

Las experiencias históricas femeninas no se pueden examinar ni concebir en un vacío, sino que se tienen que poner en relación con el desarrollo de la masculinidad. La identidad de género de las mujeres está involucrada y entrelazada con los conceptos cambiantes de lo masculino. Así, este ensayo no se enfoca únicamente en las experiencias femeninas, sino también en los papeles cambiantes de los hombres. En la colonia, el hombre ideal se concebía como un ser con control emocional y pacífico (Lipsett-Rivera, 2019), pero estos ideales y conceptos de la masculinidad se transformaron en las nuevas naciones junto con las mutaciones de la realidad cotidiana de las mujeres y sus arquetipos. Las guerras de independencia fueron formativas para los papeles que desarrollan hombres y mujeres; los hombres se transformaron en patriotas ciudadanos con derechos y autoridad y las mujeres fueron relegadas al rol de o bien “ángel del hogar”, o bien prostituta. Estos cambios en las identidades de género revelan un nexo opositor entre hombre/mujer y élite/plebeyos. Los patrones que se implantaron, según Pierre Bourdieu (2004), se naturalizan como categorías en el subconsciente y ejercen un poder sobre los cuerpos humanos. Bourdieu explica que estas relaciones de dominación se imprimen sobre los cuerpos y así entran en el vocabulario corporal de la sociedad colonial latinoamericana y, entonces, actúan dentro de estos modelos sin consciencia del poder de la violencia simbólica. Están profundamente arraigados y, aun cuando las condiciones políticas o sociales resultan reformadas para liberar a los dominados de estas restricciones, no escapan tan fácilmente de estas formas de ser. Consecuentemente, es esencial buscar las raíces de los comportamientos contemporáneos para entenderlos.

El género y la independencia

Aparte de cambios políticos, las guerras de independencia en América Latina alteraron igualmente los mecanismos sociales y abrieron campos para transformar paulatinamente las identidades de género de hombres y mujeres. Durante las guerras, hubo actitudes y acciones que no eran aceptables en la época colonial que se convirtieron en normas y heroísmo. En la colonia, las tendencias agresivas de los hombres fueron aplastadas y tuvieron ellos que sublimar sus frustraciones y sus tendencias violentas (Lipsett-Rivera, 2019). Cuando empezaron los conflictos que llevaron a cabo la independencia, esas mismas actitudes fueron no solamente útiles sino que transformaron a esos mismos hombres agresivos en héroes.

La ruptura con el antiguo régimen dio un impulso a nuevos tipos de masculinidad. Según el historiador Eric Van Young (2001), muchos de los soldados insurgentes que siguieron a Hidalgo, en tiempos previos, hubieran sido fácilmente denunciados como vagos. Los soldados con cierta reputación, como don Ignacio Sánchez y Chito Villagrán, son buenos ejemplos de este nuevo modelo de masculinidad. En vez de buscar ser pacíficos y sosegados, los antes humillados podían desquitarse de la violencia reprimida. Los insurgentes expresaron sus frustraciones en un tipo de inversión social; por ejemplo, cambiaban la dirección de los insultos. Antes los españoles agredían a los indígenas insultándolos con la palabra “perro”, pero también agrediendo su masculinidad afirmando que eran serviles como animales domésticos. Durante la guerra era muy común para los soldados de la insurgencia despreciar a los que apoyaban la Corona con esta palabra, y también con el despectivo “alcahuete.” Además, Van Young (2001) documenta ejemplos en los cuales los soldados llamaron a los españoles judíos, perros coyotes, y los amenazaron violentamente (Van Young, 2001). Los soldados plebeyos confiscaron la ropa y las joyas de los realistas y desfilaron con estas prendas en un tipo de carnaval del mundo al revés (Van Young, 2001; Ilhui Pacheco Chávez, 2009).

La guerra de independencia era, a diversos niveles, una guerra en que miembros de una misma familia se enfrentaban. El rey, durante la colonia, se veía como un padre benévolo; la autoridad paternal y masculina se derivaba de una metáfora en donde el rey, Cristo y el esposo eran cabezas y entonces jefes de la familia (Osuna, 1531). Los que se alzaron contra él faltaban el respeto a un paterfamilias (Earle, 2000). Los rebeldes empezaron a feminizar al rey hablando de él como una madrasta; un líder insurgente de Colombia, Antonio Nariño, lo describió como la madrastra que trataba a sus descendientes como extranjeros y a sus hijos como esclavos (Earle, 2000). En muchos casos, las esposas, hijas y hermanas siguieron las lealtades o rebeliones de sus esposos, padres o hermanos, pero en ocasiones se decidieron por estar del otro lado de esta batalla (Chambers, 2015). Las mujeres también cambiaron sus formas de ser: actuaron o para la causa de la insurgencia o para los realistas. Así, las mujeres emprendieron nuevos papeles durante la lucha por la independencia. En muchos casos eran espías para un lado o el otro. Pero aun cuando no era el caso, los patriotas y los insurgentes sospechaban que ellas eran espías. Además, recolectaban dinero y cosían uniformes, entre otras tareas. En estos actos rompieron con las ideas del recogimiento que eran la norma para las mujeres en el periodo colonial. Cuando actuaban en el ámbito público, aunque fueran actuaciones pequeñas, y cuando hacían cosas para hombres que no eran parientes, se las consideraba radicalizadas (Brewster, 2005; Earle, 2000). Frecuentemente, escribían cartas en código cuando tenían correspondencia con sus parientes que estaban escondiéndose en la cárcel o luchando en las montañas. Cuando eran descubiertas y capturadas, algunas eran condenadas, a veces a la muerte (Brewster, 2005; Chambers, 2015).

En este momento de transición, mientras que los hombres insurgentes fueron aclamados por sus nuevas formas de agresividad masculina, los nuevos papeles que emprendieron las mujeres fueron recibidos con más ambigüedad. Aunque muchas de ellas hoy son consideradas heroínas, en ese momento se las vio de forma equívoca. Por ejemplo, en este período, en Chile se describía a las mujeres involucradas en la lucha (independientemente del lado en que se ubicaran) como ambiciosas, dominantes y contranatura, por estar desafiando las normas femeninas (Chambers, 2015). La prensa insurgente describía a las mujeres que apoyaban el viejo régimen como viejas, feas y demasiado piadosas. Se burlaban de ellas diciendo que esas mujeres no podían seducir y entonces no amenazaban la causa de los insurgentes (Chambers, 2015). Muchos de los jefes insurgentes las describían como amazonas o como inocentes. Simón Bolívar se preocupaba de ataques realistas hacia las mujeres que apoyaban la causa insurgente viéndolas como muy frágiles (Earle, 2000). Los nuevos papeles de los hombres dentro de esta lucha fueron aceptados fácilmente, pero hubo mucha ansiedad a propósito de los papeles que emprendieron las mujeres a pesar de la importancia de su trabajo.

Un germen de esta ansiedad que provocó la participación activa de las mujeres en las campañas militares de los insurgentes fue el peligro al que ellas se arriesgaban. Los rebeldes acusaban a los realistas de ser inmorales y de violar a viudas y vírgenes, en especial en las iglesias. Esta campaña de difamación era probablemente una forma de manchar la causa realista. Argüían que los realistas amenazaban con violar a las monjas en las iglesias (Earle, 2000). Esta amenaza de violación era probablemente una estratagema retórica, pero se combinaba con la creciente inquietud sobre las mujeres, especialmente las de la elite que, a causa de las guerras, tuvieron que actuar de formas que se consideraban contrarias a sus naturalezas. Se les negaba el agenciamiento a las que apoyaban un lado o el otro (Earle, 2000). Los realistas también se asustaron por otras razones; acusaban a las mujeres insurgentes de ser disolutas y de carecer de sentimientos hacia la familia, es decir, se las caracterizaba igualmente como contranatura (Earle, 2000). Esta falta de moralidad asociada con las mujeres dentro del sistema de honor fue otra vertiente de la turbación provocada por su activa participación en las campañas bélicas. Los líderes de la insurgencia empezaron a preocuparse del peligro que encarnaban las prostitutas hacia los soldados en sus ejércitos (Earle, 2000). Esta preocupación era algo nuevo; durante la colonia la prostitución fue aceptada como un aspecto más de la sociedad (Atondo Rodríguez, 1992). Corrieron rumores de que las prostitutas ofrecían aguardiente con sustancias alucinógenos a los soldados de la insurgencia (Earle, 2000).

Los jefes republicanos apreciaban el apoyo de las mujeres mientras fuese pasivo. Valoraban el apoyo femenino simbólico, y así como representaban a la república con una mujer, la libertad también se representaba con una figura femenina, específicamente una mujer indígena. Estas imágenes eran respetables y muy placenteras (Earle, 2000). Este período en la historia de Latinoamérica fue no solamente un período de guerra, sino también de violencia social y de transición profunda. Las identidades de género se estaban revisando y esas alteraciones provocaron inquietudes muy profundas. Cuando las mujeres tomaban papeles o actuaban de modos considerados perturbadores, en formas que desafiaban los modelos de lo femenino, socavaban la idea de la nación como pura y moral. Mientras las mujeres se hacían más vulnerables por su conducta y la utilización novedosa de sus cuerpos, los hombres tuvieron licencia para desplegar emociones violentas y formas de conducta asociadas al apoyo de la causa insurgente.

La nación y el género

Con la independencia, las nuevas repúblicas buscaron formas de crear modos para fortalecer sus identidades como naciones. Utilizaban símbolos que honraran el pasado y el futuro que deseaban tener. Las jóvenes naciones tuvieron que establecer nuevas identidades y valores. Durante la colonia, el rey era el centro de todo: era la fuente del honor y de la autoridad. Descartar al rey no cambió la importancia del honor para las nuevas sociedades, pero los conceptos de honor empezaron a mudar mientras las identidades de género se alteraban. Estas identidades se transformaron paulatinamente dentro de un modelo que extendía y cambiaba el modelo del rey como padre benévolo. En el siglo XIX, la familia se consideraba como microcosmos del Estado; la familia y el Estado entraron en una relación mimética para la formación de ciudadanos ideales (Bermúdez, 2008; De Paz Trueba, 2009).

Hacer parte de una nación tenía significados diferentes para los hombres y las mujeres. A los hombres se les atribuía el estatus de ser ciudadano, ser soldado, ser trabajador, y estos elementos les otorgaron honor y respecto. En las nuevas repúblicas, el honor de ciudadano implicaba un fin a los castigos humillantes asociados a la colonia. Los hombres plebeyos antes padecían, frecuentemente, una disciplina por azotes, lo cual no era apropiado para un ciudadano. Simón Bolívar declara en 1821 que el castigo por azotes ya no era permitido (Chambers, 1999). Pero la protección de la ciudadanía no cubría a todos: las mujeres y los esclavos todavía podían ser castigados por azotes y aún no se protegían de la violencia del paterfamilias (Chambers, 1999). Ser ciudadano implicaba ciertos derechos y acceso a la posibilidad de ser un hombre honrado. En la colonia, los hombres poseían honor por su linaje y su rango social (Chambers, 1999). Con la independencia, estos factores no eran tan importantes como ser patriota; en otras palabras, fue más fácil acumular actos para tener honor, generalmente asociados al servicio militar y al valor en el campo de batalla. Pero la ruta al honor estaba abierta solamente a los hombres.

Como hemos visto, las mujeres contribuyeron en formas muy significativas a las luchas para la independencia, pero después, bajo la nación, sus contribuciones a campañas militares se identificaron con tachas al honor, asociadas con las mujeres de mal vivir, asumiendo que la contribución militar de mujeres engendraría una corrupción de su moralidad (Chambers, 1999). Estos nuevos modales hicieron que las mujeres tuvieran formas muy reducidas de afirmar su honor, especialmente siendo pobres, y fueron aisladas del nuevo concepto de ciudadanía. A continuación de las preocupaciones a propósito de las mujeres y la violación, vemos un cambio sutil, pero importante, en la forma en la cual se concebía la violación como crimen. En el periodo colonial, la violación fue fundamentalmente un crimen en contra de la posibilidad de casarse para una joven mujer virgen, pero se presentaba judicialmente como un crimen en contra de la familia y el honor del padre. Después de la independencia, y posiblemente a causa de las ansias a propósito de violaciones durante la guerra de independencia, las actitudes oficiales cambiaron y los Estados empezaron a considerar la violación como un crimen en contra del orden público y en consecuencia en contra del Estado (Lipsett-Rivera, 1997). Este cambio se inserta también dentro del cambio en la forma de concebir la sociedad –la patria no tenía un padre en el rey, la Constitución no era igual a un padre, pero la nación, aunque se presentaba como mujer, era una figura paternal–. Los violadores faltaban el respeto a la nación y consiguientemente merecían castigos más severos (Lipsett-Rivera, 1997; Chambers, 1999).

En las nuevas naciones de América Latina, las identidades de género fueron transformadas de formas sutiles pero significativas. Desde la colonia, las mujeres fueron juzgadas por su castidad, una parte del sistema de honor importado por los españoles y portugueses. Pero en la época colonial, había menos rigor en la aplicación de las reglas de honor. En el periodo republicano, las mujeres fueron juzgadas no solamente por su castidad, sino también por sus virtudes domésticas, y la forma en la cual desplegaban esas virtudes para el bien común; en otras palabras, se esperaba de las mujeres que actuaran como madres para la nación (Chambers, 1999). En las escuelas se enseñaba el nuevo concepto de “maternidad republicana” (Chambers, 1999). Se suponía que las jóvenes naciones eran espacios de moralidad y las mujeres tenían que tratar de estar a la altura de las nuevas expectativas de la maternidad republicana, pero a diferencia de los hombres, sus derechos bajo el nuevo sistema no fueron ampliados. Como no podían reclamar los derechos de ciudadanía (Chambers, 1999), tuvieron que recurrir al lenguaje de la domesticidad cuando trataban de reclamar sus derechos como madres frente a los jueces (Chambers, 1999). A diferencia de los hombres, que podían reclamar su estatus como ciudadanos con virtud a través del servicio militar, o simplemente por medio de una ética de trabajo, estas sendas se encontraban cerradas para las mujeres. Su trabajo y su servicio a la nación no eran reconocidos ni valorados (Chambers, 1999).

Aunque las puertas les estaban cerradas, mujeres de la élite continuaron sus esfuerzos para asegurar un papel en el proceso político. Mientras permanecieron en papeles tradicionales, como en obras de caridad, organización de ceremonias religiosas y asociación con las escuelas, los proyectos de las señoras eran tolerados (Sanders, 2008, 66). Tal como había pasado en las guerras de independencia, los hombres insultaban a las mujeres (especialmente de otros partidos políticos) diciéndoles “viejas”, “feas” y subordinadas de la Iglesia (Arrom, 1985; Sanders, 2008). El consenso social era, en general, que, al salir al ámbito público para participar en cuestiones de política, las mujeres se exponían a peligros y malas influencias que podían perjudicar su figura de niñas inocentes. Cuando osaban hacerlo, se las tachaba de irracionales (Sanders, 2008). A pesar de sus contribuciones y la maternidad republicana, que era muy valorada, la supuesta falta de racionalidad de las mujeres les impedía la ciudadanía. Este rechazo político tuvo también implicaciones para los cuerpos femeninos; sus movimientos fueron limitados a los espacios domésticos y fueron construidos como inmorales y repugnantes cuando salían de los paradigmas tradicionales.

En este proceso y en la lógica que desplegaban las nuevas repúblicas, hubo muchas contradicciones. Mientras que el Estado, como paterfamilias de la nación, reclamaba el papel de protector de las jóvenes violadas, era ciego frente a la violencia doméstica de esposos y amasios. Las nuevas naciones fueron concebidas sobre nuevos ideales de conducta, pero fueron las mujeres quienes cargaron con esta moralidad, y la sexualidad femenina se trasformó en amenaza a la patria y al orden público (Chambers, 1999). Este cambio perjudica a las mujeres ya que pone, en palabras de Federici, sus matrices al servicio del Estado (2009). En México, como lo demuestra Nora Jaffary (2016), hay no solamente una obsesión por los hímenes mexicanos (que eran considerados especiales), sino que también se instauraron leyes y penas severas que prohibían el aborto, la contracepción y el infanticidio. El principio de la prohibición del control sobre la reproducción no era nuevo. Existían leyes en la colonia, pero fueron aplicadas en muy pocos casos y en general no se sentenciaba severamente a las involucradas en acusaciones por estos crímenes. Este cambio representa un endurecimiento de las actitudes hacia las mujeres provocado por el periodo de las guerras cuando las mujeres salieron del recogimiento y en forma muy pública asumieron papeles que, en el juicio de muchos, pertenecían a hombres.

Patriotas y prostitutas

La contribución masculina al proyecto de independencia fue celebrada y reconocida de muchas formas. En América Latina, las calles recuerdan a los héroes y las fechas patrias (Tenenbaum, 1994; Earle, 2005). En Chile, cambiaron el nombre de las calles “del rey” por nombres que hacían referencia a la república, y la ciudad de Monterrey, por ejemplo, se convirtió en Monte Patria (Orellana, 2012). Los republicanos reconocieron que, para fomentar un patriotismo hacia las nuevas repúblicas, tenían que cambiar el espacio público. Esto se hizo tanto a través de una nueva nomenclatura de las vías como con la instalación de estatuas de hombres ilustres en lugares estratégicos. En los aniversarios de momentos heroicos o natalicios, se organizaban pequeñas ceremonias frente a estas esculturas con bandas militares, discursos de políticos, jóvenes estudiantes como público y tributos florales (Orellana, 2012). En el transcurso del siglo XIX, estos lugares se transformaron en arcos de triunfo figurativos; los soldados héroes desfilaron allí para marcar sus victorias (Orellana, 2012). Esta geografía de lugares cívicos era masculina; la lucha por la independencia se conmemoraba con sus héroes y no sus heroínas. A lo largo del siglo XIX, el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México fue paulatinamente transformado en un museo exterior de los hombres ilustres con una conmemoración de sus hechos memorables. Los mexicanos podían pasear en esta avenida para recordar la historia masculina; en contraste, la única figura femenina es Diana Cazadora –una figura mítica cuya representación desnuda causó grandes escándalos (Fox, 2001)–. El propósito de estas estatuas, como los de otros tipos de arte público, era fomentar las identidades nacionales (Fox, 2001).

En los años después de la victoria, las repúblicas empezaron a reinventar las ceremonias públicas; las fiestas y las procesiones que antes apoyaban la legitimidad del rey y la fe fueron recicladas para honrar las nuevas Constituciones (Chambers, 1999). Organizaron desfiles y fiestas para acordarse de los momentos importantes del pasado reciente de la patria y en muchos casos, a los comienzos de la nación, se utilizaron símbolos asociados con el pasado indígena. Pero, mientras se consolidaba la nación, el simbolismo indígena desapareció en muchas repúblicas. En Colombia, por ejemplo, originalmente la nación fue representada por una princesa indígena que simbolizaba la libertad, pero, a poco andar, se reemplazó por una mujer en toga que representaba la república (Earle, 2005). Aunque los desfiles tomaron muchos elementos de las procesiones del periodo colonial, integraron elementos marciales como el toque de diana (Salazar Mendoza, 2015). Los sonidos de estas nuevas celebraciones simbólicamente contrastaban lo nuevo y lo antiguo cuando las campanas se entremezclaban con las trompetas (Orellana, 2012). Pero el elemento más importante de estos desfiles y fiestas patrióticas era la conmemoración de las víctimas de la patria (Salazar Mendoza, 2015). En la transición de la colonia a la república, los políticos y los intelectuales reconocieron la importancia de crear memorias de la guerra y sus héroes. En este contexto, aunque la figura de Simón Bolívar fue controvertida, la república colombiana lo adoptó como símbolo de la liberación (Romero y De Villeros, 2015). Se reconoció la contribución masculina fácilmente y con gran jolgorio. Además de ser héroes para la patria, los hombres se convirtieron en héroes en sus hogares.[1]

Podemos ver la diferencia entre el trato de hombres y mujeres respecto a sus aportes a la independencia contrastando el que recibieron Simón Bolívar y Manuela Sáenz. Durante la guerra, Sáenz tuvo muchos papeles, algunos fueron administrativos, otros más activos, y fue ella quien salvó la vida de Bolívar cuando entraron asesinos a su domicilio. A pesar de estas contribuciones, los historiadores del siglo XIX, en gran parte, la borraron de los relatos. Cuando se acordaron de ella, fue representada como una mala influencia sobre Bolívar. Se la criticaba por mezclarse en asuntos masculinos como la política y por vestirse en uniforme de soldado. Un escritor peruano, Ricardo Palma, la describió como un hombre-mujer que había renunciado a la naturaleza femenina (Murray, 2001). Sáenz no llenaba los requisitos para ser héroe de la patria por ser mujer, pero además por ser una mujer que rechazaba la castidad a la cual se suponía que las mujeres aspiraban. En contraste, las múltiples relaciones sexuales de Bolívar no impidieron su ascenso al rango de padre de la patria (O’Connor, 2014). Este ejemplo encarna las actitudes contrastantes en cómo se concebían los aportes de hombres y mujeres desde las guerras de independencia y la forma en la cual se fueron integrando a una sociedad republicana.

Mientras que los hombres fueron celebrados y recibieron el honor de ser ciudadanos, el mundo se reducía para las mujeres. A pesar de los sueños de los líderes republicanos, la prosperidad económica no se realizó para la mayoría. Las mujeres solteras o jefas de familia quedaron muy vulnerables a precariedades de diverso tipo, pues el concepto de mujer como “ángel del hogar” las dejaba sin posibilidades de trabajar fuera de casa ni de mantener el perfil de honesta (Bermúdez, 2008). En Argentina, a principios del siglo XIX, la policía arrestaba a mujeres en la calle acusándolas de vagancia. Se suponía que las mujeres pobres y solteras eran inmorales y escandalosas y se las mandaba o a trabajar en una fábrica o como sirvientas en casas “decentes”. Era una forma de tratar de reformarlas dándoles un nuevo paterfamilias (Guy, 1985). La mujer soltera, además de la que se emborrachaba –ambas consideradas como vagas–, surgió como un tema de gran importancia para el bienestar de la nación. Quebrando con ideas que remontaban a la época medieval, la vagancia empezó a concebirse como un estado femenino (Araya Ibacache, 2006).

La vagancia femenina se asociaba en gran parte con la prostitución, cuya presencia en las ciudades de América Latina aumentó drásticamente durante el siglo XIX. A principios de ese siglo, las poblaciones latinoamericanas tenían una proporción muy alta de hogares encabezados por mujeres. En ciudades como Caracas, Santiago, Sao Paulo, Belo Horizonte, Iguape (Bahía) y Ciudad de México, los niveles de estos hogares variaban entre el 24 y el 45%. La mayoría eran viudas, pero había también muchas solteras y esposas abandonadas. La presencia de prostitutas era mucho más alta que en épocas previas y, en este sentido, Donna Guy (1991) calcula que en 1869 las prostitutas representaban el 5% de la población adulta de mujeres en la Ciudad de Buenos Aires. En Cuba, las mujeres encontraban solamente trabajos con muy bajos sueldos; esta situación laboral se hizo aún más estrecha con la abolición de la esclavitud. Para las mujeres afrocubanas los trabajos eran muy escasos y muy mal pagados. En consecuencia, las mujeres cubanas recurrían a la prostitución en números mucho más significativos que en periodos anteriores (Calvo Peña, 2005). En Colombia, se asociaba la prostitución con la urbanización y la migración de mujeres vulnerables a las ciudades (Obregón, 2002). Para las mujeres que trabajaban como sirvientas domésticas, el riesgo de seducciones/violaciones por parte de los jefes de familia o sus hijos era notable (Obregón, 2002).

A pesar de lo que debía ser un espacio moral republicano, numerosas mujeres tuvieron problemas económicos. Señala Federici (2009) que el hecho de aislar a la mujer en el hogar y restringir sus fuentes de ingreso provoca una crisis de sobrevivencia entre ellas. Consecuentemente, las mujeres tuvieron que buscar dinero como pudieron, así surgió lo que Federici llama una “masificación” de la prostitución femenina. A finales del siglo XIX, un gran número de mujeres argentinas pobres recurrieron a la prostitución como empleo o para completar los gastos del mes (Guy, 1985). La segunda mitad del siglo XIX fue un momento de ansiedad social; los cambios económicos forzaron a una muchedumbre de mujeres a salir de sus casas y ejercer el trabajo de prostitución. Además, podemos ver cómo la presencia innegable de tantas mujeres en los espacios públicos provocó un tipo de ruptura. Siguiendo a James Scott (1990), se puede señalar que esta ruptura corresponde a un quiebre con el discurso privado (1990). La reacción respecto a la formulación de las identidades de género fue dramática, con una penalización de la prostitución insólita y totalmente ajena a las previas actitudes hacia esta profesión en siglos pasados. Además, el control de las mujeres no fue solamente policiaco sino médico; con el auge de las ideas de eugenesia y de higiene pública, fueron múltiples las formas de controlar y castigar a las mujeres que salían a la calle y que no calzaban con el modelo de “ángel del hogar.” Durante esta etapa, se endurecen las actitudes sobre mujeres que forman parte de la clase que puede y quiere actuar dentro del modelo idóneo de mujeres decentes y se justifica un control de sus cuerpos.

Este momento de ansiedad coincide fortuitamente con el desarrollo de nuevas perspectivas médicas, de la eugenesia y la higiene pública. En teoría, estos profesionales operaban dentro de normas estrictamente científicas pero sus proyectos tuvieron matices de desaprobación moral e, inconscientemente o no, buscaron controlar los cuerpos femeninos. Las campañas para controlar la prostitución y los cuerpos femeninos se construyeron con dos ramas. La primera, fue controlar a las prostitutas con reglas y restricciones burocráticas. Los gobiernos municipales experimentaron con múltiples estrategias. En muchos casos, crearon burdeles oficiales con madamas a cargo del buen proceder de las mujeres; en el caso de Guatemala era obligatorio pertenecer al burdel para ejercer la prostitución (McCreery, 1986). En Colombia, se trató de aislar este comercio y exiliar a las mujeres de mal vivir a las afueras de las ciudades. Además, se les exigía portar una identificación oficial del gremio (Obregón, 2002; Stanfield, 2013). En Cuba, las reglas incluían qué tipo de muebles podían tener, cuántas veces al día tenían que cambiar las sábanas y a qué horas podían recibir “invitados”. Estaba prohibido asomarse en las ventanas, llamar a los clientes afuera y utilizar palabras obscenas. Para evitar tales abusos, debían poner celosías. Fuera del burdel, no podían pasear en carruajes abiertos, transitar por los paseos o las calles donde la gente decente deambulaba (Calvo Peña, 2005). La reglamentación de la prostitución no pudo frenar este fenómeno ya que era fruto de la pobreza femenina.

En épocas anteriores el comercio del sexo existía por la noche, en los mercados y otros lugares públicos, en casas particulares y por vía de las cortesanas. Era una parte integral de la sociedad colonial y no se consideró como una plaga, sino un mal necesario. Las reacciones a la prostitución a finales del siglo XIX difirieron considerablemente y se mezclaron con los nuevos conocimientos de las ciencias y el control de enfermedades venéreas. Muchos doctores comparaban la prostitución con un cáncer, uno que se manifestaba socialmente pero que traía con él la enfermedad (Obregón, 2002). El incremento tan fuerte de la prostitución llegó junto con nuevos conocimientos de la biología de la sífilis. La vigilancia de esta enfermedad se entremezcló con el deseo en naciones latinoamericanos de presentar una cara moderna al mundo (Calvo Peña, 2005). Al mismo tiempo que las autoridades establecieron reglas para vigilar y tratar de limitar el trabajo de sexo, integraron a estos controles una reglamentación de la salud de las prostitutas con el fin de proteger a sus clientes.

Las campañas se enfocaron principalmente sobre las mujeres, ya que no todos los médicos reconocían que los hombres también podían transmitir la sífilis (Clark, 2012; Guy, 1991; Obregón, 2002; Findlay, 2005). Además de matices de género, las autoridades cívicas y médicas también consideraron que las enfermedades venéreas eran un veneno racial que se podía transmitir a futuras generaciones (Clark, 2012). En Cuba, decían las autoridades que el 90% de las prostitutas eran extranjeras o afrocubanas y al parecer, solamente ellas eran infectadas. Preservaban la idea de la pureza de las mujeres criollas y blancas diciendo que estas no se enfermaban y ejercían el trabajo sexual únicamente a causa de las terribles políticas del gobierno español (Calvo Peña, 2005). En Puerto Rico, igualmente, los profesionales de la higiene pública se preocuparon por el efecto de las prostitutas, mayormente afrodescendientes, y el efecto de debilitamiento que podían tener sobre sus clientes blancos (Findlay, 2005). Cuando pudieron, las prostitutas resistieron estos tratamientos y las reglas que apoyaban su control moral e higiénico. En 1888, prostitutas en La Habana empezaron a publicar una revista en la cual escribían artículos donde protestaban contra las reglas impuestas sobre ellas para controlar las enfermedades venéreas (Calvo Peña, 2005). Los médicos y otros profesionales de la salud tenían una influencia sumamente importante y un poder sobre la definición de lo patológico y las conductas anormales en este periodo (Obregón, 2002). Por eso, se mezclaba el control biológico de enfermedades con opiniones morales. Las prostitutas fueron sometidas a exámenes humillantes en las oficinas policiacas y en los sifilicomios, donde el tratamiento no era solamente médico sino psicológico (Guy, 1991). Las recluidas tuvieron que demostrar no solamente una salud perfecta, sino también una sumisión y humildad hacia los médicos para poder salir.

Identidades de género y cuerpos femeninos

Aparte de la masificación del fenómeno de la prostitución, hubo otros cambios sociales que causaron fuertes ansiedades en las sociedades latinoamericanas. En este clima de incertidumbre, los cambios femeninos provocaron inquietudes en relación con el bienestar de la nación. A pesar del aislamiento de la mujer en la esfera privada y la condena de las mujeres pobres y de la calle, aún se la concebía como símbolo de la nación. Un defensor de la independencia cubana, Raimundo Cabrera, postulaba que la mujer como “ángel del hogar” era un icono nacional y todavía podría servir como bandera de la nación (Calvo Peña, 2005). La mujer respetable se concebía como aseguradora del bienestar de la nación (Rincón Rubio, 2009). A través de todos los cambios, para los latinoamericanos, explica Donna Guy, “el género y la nación se combinaron en formas inextricables” (1991, p. 205). Las transformaciones femeninas provocaban a los que se aferraban a guardar los modelos viejos y afirmaban la incertidumbre que había en este periodo a propósito de las identidades de género.

Algunas mujeres de clase acomodada empezaron a adoptar actitudes y formas de conducta que rompieron con los viejos modelos. Promovieron el derecho de las mujeres a la educación, incluyendo la universidad y las carreras profesionales. Algunas comenzaron con oficios como farmaceutas, abogadas, médicas y otros trabajos que antes se reservaban para los hombres. Además, las nuevas modas que algunas adoptaron causaban escándalo porque no se adecuaban a los modelos de género todavía en uso (Stanfield, 2013). Los periódicos en Argentina advertían del peligro de la “mujer varonil” que imitaba las modas europeas masculinizadas y que fumaba (De Paz Trueba, 2009). Esta ropa nueva también se adaptaba para salir del ámbito privado en bicicletas, lo cual era una forma de adoptar un nuevo modelo femenino, a saber, la mujer atlética y deportista. Estos dos cambios fueron criticados ampliamente por individuos más conservadores, quienes, en Colombia, organizaron manifestaciones en contra de la bicicleta para mujeres (Stanfield, 2013). Esta preocupación también se manifestaba en la idea de mujeres que rechazaban la feminidad y se describían como “marimachos” (Nuñez Becerra, 2008).

Los avances científicos de esta época incluían nuevas perspectivas sobre la sexualidad. Los trabajos eruditos dieron nombre a comportamientos sexuales como la homosexualidad y el lesbianismo, o safismo. Algunos expertos empezaron a asociar el safismo con otro gran problema del tiempo: la prostitución. La presencia de amor entre mujeres ha sido muy difícil de encontrar en los documentos porque se podía esconder fácilmente, pero con estos nuevos enfoques “científicos” empezaron los intelectuales del día a tratar de rastrearlo. Se consideraba un amor indecente que podía solamente desarrollarse entre mujeres también indecentes, como las prostitutas (Nuñez Becerra, 2008). Tenían deseos sexuales muy fuertes, como hombres y no como las mujeres decentes; esto se explicaba por el hecho de que supuestamente tenían clítoris del tamaño de un pene y podían padecer de un “furor uterino” (Nuñez Becerra, 2008). El interés para la biología femenina se expresaba de muchas formas. En Chile, el doctor Manuel Antonio Carmona describió una mujer aparentemente endemoniada por sus órganos en particular: “el útero, aquella hidra monstruo, el único natural demonio que irradia sobre todo el sistema y muy particularmente sobre el cerebro sus quiméricas y vivísimas simpatías” (Araya Ibacache, 2006, p. 14). El interés por la biología femenina no fue totalmente negativo; los médicos mexicanos, por ejemplo, se enorgullecieron del himen muy fuerte de las mexicanas (Jaffary, 2016). Pero este interés un poco insólito era un síntoma de la creciente preocupación por los cuerpos femeninos y se manifestaba también hacia las mujeres pobres a través de un aumento del control sobre ellas.

En los conceptos de la época, las mujeres debían buscar la maternidad porque era intrínseca a sus deberes con la nación y por su misma naturaleza como mujer. Así, los crímenes de aborto e infanticidio hacían de las mujeres que los cometían unas “desnaturalizadas”. A diferencia de otros países, en Guatemala se podía acusar a los hombres de infanticidio y aborto; a veces las mujeres mayas utilizaban esta ley para recordar a sus esposos y amasios que tenían responsabilidades como padres de los fetos (Carey, 2013). En el último tercio del siglo XIX, las denuncias por estos dos crímenes subieron de forma dramática en México (Jaffary, 2016). En Buenos Aires, un juez se alarmó a finales del siglo XIX de que hubiera tantas investigaciones por infanticidio. Las autoridades tomaban las indagaciones seriamente; duraban entre 6 y 12 meses y llevaban penas de hasta 15 años de cárcel. Las acusadas eran en gran parte empleadas domésticas de entre 22 y 25 años (Ruggiero, 1992). Este auge en las denuncias estaba en fuerte contraste con la situación en tiempos previos. Aunque había legislación y castigos severos en la época colonial, hubo muy pocas denuncias y las sentencias no fueron muy duras (Jaffary, 2016). Este endurecimiento de las actitudes hacia el aborto y el infanticidio corresponde a una transformación social. Federici (2009) describe un fenómeno similar en Europa de los siglos XVI y XVII, cuando los gobiernos empezaron a imponer leyes severas sobre el aborto y el infanticidio, y a llevar a cabo un control muy estricto de los cuerpos femeninos. Al mismo tiempo que la economía restringía las posibilidades de trabajo bien pagado para hombres y mujeres plebeyos, que se masificaba la prostitución y crecía la ansiedad a propósito de las mujeres y su presencia en los ámbitos públicos, el control y la vigilancia de los cuerpos femeninos aumentó de forma dramática.

La ideología republicana definía a las mujeres fundamentalmente como madres, entonces sus cuerpos estaban al servicio de la nación. Este cambio en las concepciones de género implicaba una observación más aguda de las mujeres plebeyas. Antes, podían evitar la mirada de las autoridades y de sus vecinos, pero en este periodo se esperaba que pudieran, y además debían, encarnar una maternidad perfecta; a diferencia de la época colonial, la virtud pública y el honor de las mujeres plebeyas e indígenas era escrudiñado (Jaffary, 2016). A pesar de estas expectativas, la realidad era que la maternidad engendraba muchas dificultades y desafíos para las mujeres pobres. Las solteras frecuentemente recurrían a soluciones como el aborto y el infanticidio. Muchas situaciones laborales no eran compatibles con la maternidad; en México, por ejemplo, las criadas tenían que renunciar si se embarazaban (O’Connor, 2014). La mayoría de las mujeres no podían dejar de trabajar, de modo que, cuando podían, buscaban un trabajo que acomodara a sus criaturas. Pero algunas no tenían esta posibilidad y encomendaban a sus criaturas a un orfanato o una casa de expósitos (O’Connor, 2014). Estas prácticas eran comunes, aunque más informales en la época colonial; en los tiempos duros o cuando las cosechas fallaban, los padres encomendaban a sus hijos con los que podían darles un hogar (Malvido, 1980). Los hijos, en el siglo XIX, recaían sobre la mujer; cuando rechazaban su maternidad la tachaban de “desnaturalizada” (Bermúdez, 2008; Ruggiero, 1992). A pesar de las realidades económicas, el discurso nacional recaía sobre una maternidad en el centro del éxito nacional; unas madres que formarían los futuros ciudadanos. Las mujeres plebeyas carecían de las cualidades valoradas por la nación y sus deficiencias justificaban su maltrato y el escrutinio de sus cuerpos.

Conclusiones: la violencia de género y la nación

En el siglo XX y XXI, la violencia de género ha llegado a un nivel y una intensidad que no se puede ignorar. Esta violencia tiene antecedentes e historia; no es nueva, si bien el fenómeno de feminicidios en múltiples países latinoamericanos se destaca por el vertiginoso incremento de la violencia de género que representa. Los procesos históricos sin duda han contribuidos a este aumento, pero también este fenómeno se inserta dentro de los marcos de la normalización de la violencia que hemos explorado aquí.

Los feminicidios de Ciudad Juárez han merecido mucha atención e investigación, pero la realidad del feminicidio está presente en muchos países de la región. El feminicidio se destaca de otros homicidios porque el acto de matar se hace dentro de un esquema de género; agreden, violan y matan porque la víctima es mujer (Carey y Torres, 2010; Caputi y Russell, 1992). Los hombres son asesinados en números más altos en todas las jurisdicciones, pero los feminicidios están en un auge impresionante y además están caracterizados por una brutalidad extrema. Basado en un reporte de las Naciones Unidas, El Salvador, a nivel mundial, es el país con la tasa más alta de feminicidios; siguen Guatemala y Honduras (Menjívar y Drysdale Walsh, 2017). En toda América Latina, ha habido un fuerte aumento en la violencia de género y este se ha asociado con la globalización, las crisis económicas y las recesiones (Carey y Torres, 2010). Como hemos visto en este trabajo, los incrementos de violencia y marginalización de las mujeres vienen frecuentemente a la par de trastornos económicos muy fuertes. Pero la crisis de los feminicidios es de una magnitud aún más grande que los previos cambios.

¿Se puede explicar un aumento de la violencia de género de amplitud tan grande por transformaciones económicas? Los patrones de marginalización de mujeres plebeyas y su conceptualización como desnaturalizada llevaron a un control de los cuerpos femeninos con leyes y prácticas de denuncia de crímenes, como el aborto, el infanticidio y la prostitución, que aumentaron la marginalización de estas mujeres e impactaron sobre la conceptualización de todas las mujeres. En el siglo XX, muchos países latinoamericanos pasaron por tiempos de dictadura y de gobiernos militares en los cuales los derechos humanos fueron violentados. Pero, además, como señalan los historiadores David Carey y Gabriela Torres (2010), ciertas prácticas de los dictadores guatemaltecos impulsaron la violencia de género como práctica casi gubernamental. Durante las dictaduras, los hombres pedían la misma obediencia de sus esposas y amantes que el Estado demandaba de ellos. Cuando “desobedecían”, la policía y los jueces apoyaban el derecho de “disciplina” de estos hombres y les otorgaba una impunidad implícita (Carey y Torres, 2010). La opresión de género en Guatemala en el siglo XX, argumenta Cindy Forster (1999), se entremezclaba con la opresión de los pobres y los indígenas; eran sistemas que se apoyaban uno al otro utilizando un marco de estructuras que reforzaban la subordinación y la violencia cotidiana que imponía la sumisión a todos los marginados (Forster, 1999).

El argumento de este trabajo es mostrar la necesidad de mirar hacia el pasado para entender los fenómenos más recientes de la violencia de género. La transformación paulatina de las identidades de género, de mujeres y hombres, llevó a cabo un proceso en el cual se buscaba controlar los cuerpos femeninos a través de conceptos y modelos, de aplicación de leyes antiguas y modernas y de restricciones económicas y laborales que forzaron a las mujeres al trabajo de sexo para sobrevivir. El control de los cuerpos femeninos, en ciertos aspectos, incrementó con la independencia; en vez de liberarse, las mujeres se veían bajo el control desmesurado de su esposos, hermanos y padres con el beneplácito del Estado. El tropo de la buena/mala mujer se fortaleció con la realidad cotidiana de las mujeres que se veían imposibilitadas a labores y actos que negaban los modelos de pureza del “ángel del hogar”. Al mismo tiempo, los hombres se veían frustrados por las realidades políticas y económicas de Estados despóticos, y dentro de este esquema podían utilizar el cuerpo femenino como escape.

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  1. Agradezco a Mariana Di Stefano por esta observación.


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