Cuando la crisis inundó el mundo
Graciela Castro
Toda mi vida hasta entonces había sido algo parecido a una ausencia. No era mía esa vida, tal vez esa era la causa de la lejanía en que moraba, tal vez no, no sé.
Gabriela Cabezón Cámara, Las aventuras de la China Iron
Introducción
En los días previos, verla sobre una silla en mi lugar de trabajo hogareño no alteraba mi percepción. Era un objeto más, cercano a mis libros, a la computadora, la impresora y papeles varios. Sin embargo, un día de marzo del 2020, la mochila que diariamente colgaba en mi espalda o en el hombro izquierdo luciendo orgullosamente el pañuelo verde, con la que partía a la facultad, quedó sobre la silla, y se transformó en la imagen diaria de la alteración que había sobrevenido en los ejes centrales de mi vida cotidiana. El espacio y el tiempo de repente se alteraban ante la amenaza de un virus.
El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la salud afirmó que la COVID-19 era una pandemia. Tras ello, en Argentina, el mensaje presidencial llevó a que miles, tal vez millones de personas quedaran expectantes frente a la pantalla que tuviesen cerca, ya fuese el televisor, el monitor de la computadora o el celular. La convocatoria del mensaje se tornaba inaudita para la población del país, que jamás había sido testigo de una pandemia. En el mes de diciembre del año anterior, cuando las pantallas de los televisores mostraban imágenes de Wuhan, ciudad que, para entonces, sin duda, era desconocida para la mayoría de los habitantes del país, quizá ocasionaban asombro; pero la angustia se tornaría constante tras el mensaje presidencial que anunciaría que era necesario cuidarse y, luego de ello, las recurrentes noticias vinculadas que se transformarían en habituales en todos los medios. A las pocas semanas, surgieron seudoexpertos infectólogos que pretendían “competir” con los científicos formados en esa área. Al mismo tiempo, otros advertimos que había allí una ocasión para aprender y comprender las implicancias de la pandemia, características del virus y muchos otros aspectos que se derivaron del tema. Esas actitudes, junto a la necesidad de aprender acerca del virus, también ayudarían a no sucumbir ante la angustia, la zozobra y la incertidumbre que cercaba la vida de todos.
El mensaje presidencial contenía un punto crucial que colocaba en palabras la novedad de la situación a la cual conducía la cuarentena. De un día para el otro, los ejes de la vida cotidiana mutaron sus parámetros habituales; el tiempo y el espacio se tornaron aversivos, vistiéndose con significados que traían consigo otras emociones construidas en ese nuevo tiempo: angustia, miedos, soledad. Esa pléyade de emociones se adueñaba de la vida cotidiana, que adquiría, a partir de entonces, una construcción diferente: el encierro y la soledad pasaron a ser temas habituales en el pensamiento y la vida de millones de personas.
En su texto El ocaso del pensamiento, Cioran afirmaba: “En las grandes soledades se tiene la impresión de que un demonio nos ha estrangulado para cruel deleite de Dios” (Cioran, 1995: 155). Esos demonios que de pronto se personificaban en murciélagos o en el pangolín ¿no serían acaso el resultado de acciones humanas que destruyen el medio ambiente y la voracidad de un capitalismo financiero?
Mientras, el tiempo y el espacio atravesaban una profunda metamorfosis donde dolores, angustias y lágrimas serían presencias reiteradas y necesarias para lograr el equilibrio en la nueva vida cotidiana que debía reconstruirse. Por entonces, muchos imaginaban una breve y nefasta experiencia que alteraría las formas de vida habituales para después retornar al ritmo habitual y alienante de siempre. Otros soñaban con un mundo más solidario tras superar la pandemia. Tal vez unos pocos, por su formación científica, avizoraban tiempos muy complejos y sin fecha cierta para superar la peligrosidad del virus. Otros tantos, quizá, apelaban a cuantos paliativos pudieran para negar el miedo que generaba la situación. No se disponía de fechas límites ni definiciones científicas certeras para arribar rápidamente al final de la pandemia. Solo quedaba afrontar la crisis y enfrentar la propia deconstrucción de la cotidianidad.
El tiempo que te quede libre
En Sociología de la vida cotidiana, Ágnes Heller afirma que “el tiempo de la vida cotidiana, al igual que el espacio es antropocéntrico” (Heller, 1989: 385). El basamento de ambas dimensiones en el ser humano permite orientar el modo que la afectación de alguna de ellas produce en la cotidianidad. Tal aseveración afirma comprender el significado que ambas dimensiones presentan en épocas de crisis y, en particular, durante la pandemia. Sin lugar a dudas, la desestructuración que se produjo en la vida cotidiana a partir de la presencia de un virus cuya incidencia –aunque el ojo humano no pudiese ver de modo directo– se comenzó a advertir rápidamente y que tuvo en aquellas dimensiones la demostración palmaria de la alteración.
Vamos a iniciar el análisis por el tiempo. Heller señala al respecto: “La ‘distribución del tiempo’ es una consecuencia necesaria de la finitud de la vida y de la economía en la cotidianidad” (Heller, 1989: 389). A continuación, agrega: “Cuantas más cosas deben ser hechas cada día y cuanto más rápidamente (por exigencias internas y externas) tanto más es necesario aprender a distribuir bien el tiempo”. Ya con estas palabras es posible advertir dos aspectos que se pusieron en juego a partir de la pandemia: la finitud de la vida y la influencia de la economía en el plano microsocial.
Desde la filosofía, las ciencias y la literatura, la reflexión sobre el tiempo ha sido tema de diversas reflexiones. La dimensión no transita solo un aspecto cuantitativo y cronológico. Las vinculaciones entre ella y sus derivas emocionales y antropológicas pueden conducirnos a transitar recorridos disímiles y fascinantes. Así lo describía Marcel Proust (2013) en En busca del tiempo perdido: “Una hora no es una hora sino un recipiente lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y de climas”. Pero, antes de detenernos en el sentido de la maravillosa descripción de Proust, naveguemos en una precuela científica necesaria para regresar al objetivo del texto.
Cornelius Castoriadis (1993) propone analizar el tiempo social en los siguientes términos: tiempo identitario y tiempo imaginario. El aspecto central del primero es el tiempo calendario, que establece límites, puede ser medido y es repetitivo y recurrente. El tiempo imaginario, por su parte, señala el filósofo grecofrancés, es aquel que rompe la homogeneidad de los hechos periódicos, es el tiempo de las significaciones, “el tiempo de los hechos significativos de la comunidad”. Por consiguiente, desde esta perspectiva, el tiempo social es siempre tiempo imaginario y, a través de él, instituido para cada sociedad.
Desde la física Ilya Prigogine en sus estudios sobre la temodinámica distingue entre los sistemas estables y los sistemas caóticos. Los primeros son descriptos como “aquellos en los que pequeñas modificaciones de las condiciones iniciales producen pequeños efectos”. Los sistemas caóticos, explica Prigogine, son un ejemplo de sistema inestable, “en ellos las trayectorias correspondientes a condiciones iniciales tan vecinas como se quiera divergen de manera exponencial con el tiempo” (Prigogine, 1996: 33). Fue precisamente el premio nobel de Física al que estamos apelando en esta ocasión quien propuso establecer un nuevo diálogo entre la ciencia, la naturaleza y la humanidad. De allí que la referencia al tiempo estuviera presente en sus estudios, y la cita siguiente permite acercarse a su pensamiento: “Cada ser complejo está constituido de una pluralidad de tiempos, conectados los unos con los otros según articulaciones sutiles y múltiples”. Y agrega a continuación:
La historia, sea de un ser vivo o la de una sociedad, no podrá jamás ser reducida a la sencillez de un tiempo único, que ese tiempo introduzca una invariancia o que trace los caminos de un progreso o de una degradación (Prigogine, 1984: 304).
Otra referencia teórica la hallamos en Manuel Castells (1999), quien, desde la sociología y el análisis de la sociedad red, incorpora otros elementos para la deconstrucción de las dimensiones de tiempo y espacio. Así, afirma que las “sociedades contemporáneas siguen estando dominadas por la noción del tiempo de reloj”, el cual tiene su relevancia en la construcción del capitalismo industrial. Sin embargo, el sociólogo catalán asevera que “este tiempo lineal, irreversible, medible y predecible se está haciendo pedazos en la sociedad red”, y a continuación concluye explicitando que la transformación implica “la mezcla de tiempos para crear un universo eterno, no autoexpansivo, sino autosostenido, no cíclico sino aleatorio, no recurrente sino incurrente: el tiempo atemporal” (Castells, 1999: 467). Este último concepto, señala Castells, es solo “la forma emergente del tiempo social en la sociedad red” (Castells, 1999: 468).
Mi rincón en el mundo
El otro eje a partir del cual se construye la vida cotidiana es el espacio. Veamos algunas referencias teóricas que nos permitan ir adentrándonos en el tema. Quizá, en primera instancia, tengamos que reflexionar sobre un elemento que –más allá de la filosofía o la literatura– tal vez no fuese tema de análisis del habla común. Ese elemento constitutivo de la subjetividad se ponía de relieve en el nuevo tiempo histórico.
“Lo normal, decía tía Lydia, es aquello a lo que te acostumbras. Tal vez ahora no os parezca normal, pero al cabo de un tiempo os acostumbraréis. Y se convertirá en algo normal” (Atwood, 2017: 65).
A partir de la pandemia, el espacio se resignificó. Veamos los aportes teóricos que nos ayudan a su comprensión. Partimos desde la reflexión de Ágnes Heller:
El término espacio o punto puede indicar aquí el grado o nivel en el rango del orden social donde la persona encuentra su tarea autoelegida o su destino. También puede indicar el espacio geográfico, esto es, la ciudad, el país, el territorio del destino final de uno (Heller, 1996: 129).
Desde la antropología, Marc Augé (1993) abordó el análisis del espacio en la construcción de la identidad. Al respecto, plantea la continuidad del análisis desde el eje del lugar antropológico, el cual presenta tres rasgos comunes: identificatorios, relacionales e históricos. “Nacer es nacer en un lugar, tener destinado un sitio de residencia. En este sentido el lugar de nacimiento es constitutivo de la identidad individual” (Augé, 1993: 59).
Con respecto a lo relacional, Augé recurre a Michel de Certeau, quien señala que en el lugar “los elementos son distribuidos en sus relaciones de coexistencia” (Augé, 1993: 59). En cuanto al significado de histórico, implica –desde esta perspectiva– aquel “en que escapa a la historia como ciencia. Este lugar que han construido los antepasados” (Augé, 1993: 60).
En la continuidad del análisis del lugar antropológico, Augé lo describe como “algo geométrico”, y explica a continuación que ello responde a contar con la línea, la intersección de la línea y el punto de intersección. Todo ello se objetiva en la cotidianidad en lo que corresponde a itinerarios, encrucijadas y centros. Si traducimos en términos prácticos, implica desde los caminos que son trazados por los hombres para conducir de un lugar a otro, pasando por aquellos donde se cruzan, se reúnen y encuentran entre sí, hasta concluir en centros construidos por ellxs, y tales centros, a su vez, van definiendo espacios y fronteras.
Las modificaciones que ha ido mostrando la vida en sociedad incorporó variantes en los modos de comprender la noción de “espacio”. De aquella significación señalada en los párrafos anteriores, Augé propone considerar los espacios que no se vinculan directamente con la identidad, ni pueden ser considerados relacionales ni históricos. A este espacio lo denomina “no lugar”. A modo de facilitar su comprensión, el antropólogo francés –quien se dedicó a estos estudios en la década de 1990– explicitaba:
Los no lugares son la medida de la época y que se podría tomar adicionando […] las vías aéreas, ferroviarias, las autopistas y los habitáculos móviles llamados “medios de transporte”, los aeropuertos y estaciones ferroviarias, grandes cadenas hoteleras, parques, supermercados… entre otros (Augé, 1993: 84).
Desde la sociología, Anthony Giddens (1995) abordó las transformaciones que mostraba la modernidad, la cual, expresó, puede considerarse equivalente a la expresión “mundo industrializado”. Tales transformaciones afectan la vida social, la cual muestra tres elementos que la caracterizan:
- Separación entre espacio y tiempo, que también apartó el espacio de la localización; lo anterior condujo al segundo elemento.
- El desenclave que explica el distanciamiento entre el tiempo y el espacio. Dos mecanismos caracterizan el desenclave: las señales simbólicas y los sistemas expertos, los cuales dependen de la noción de “confianza”. Esta última noción adquiere suma importancia en la construcción de la vida cotidiana y la abordaremos más adelante.
- La reflexibilidad institucional, la cual implica que la actividad social está atravesada por nuevos conocimientos e informaciones.
En las transformaciones sociales contemporáneas, un aspecto de relevancia fue la incorporación de las tecnologías de información y comunicación. Sin duda, uno de los teóricos más destacados en el estudio de la sociedad informacional fue Manuel Castells. El sociólogo catalán afirma que, en las sociedades que se construyen en tiempos de modificaciones en el sistema de comunicación, las dos dimensiones de la vida humana, espacio y tiempo, muestran profundos cambios. “Las localidades se deprenden de su significado cultural, histórico y geográfico, y se reintegran en redes funcionales o en collages de imágenes, provocando un espacio de flujos que sustituye al espacio de lugares” (Castells, 1999: 408). Más adelante, el sociólogo detalla: “El nuevo espacio industrial se organiza en torno a flujos de información que reúnen y separan al mismo tiempo –dependiendo de los ciclos o firmas– sus componentes territoriales” (Castells, 1999: 427).
El espacio en la vida cotidiana
En la construcción de la vida cotidiana, la noción de “espacio” adquiere relevancia por cuanto en él se objetivan las prácticas sociales. Como afirma Merleau-Ponty: “El espacio no es el medio contextual dentro del cual las cosas están dispuestas, sino el medio gracias al cual es posible la disposición de las cosas” (Merleau-Ponty, 1993: 258). Las prácticas sociales son maneras de actuar que las sociedades van construyendo a través del tiempo, y ellas ponen de manifiesto los modos de interacción entre los sujetos y los objetos que la propia sociedad va desarrollando.
Ya al nacer cada sujeto se incorpora en un mundo que lo precede y que, al mismo tiempo, resulta compartido por otros congéneres. Esto es lo que Schütz (1993) denomina “mundo intersubjetivo”. De allí que el mundo de la vida cotidiana no es privado, sino compartido. En consecuencia, la copresencia entre el yo y los otros es fundamental para construir la interpretación de la acción social. Este último concepto proviene de la influencia teórica de Weber, quien entiende que dicha acción contiene un significado subjetivo que le otorga cada individuo. A continuación, el mismo autor afirmaba que, cuando la persona realiza una acción social, no solo está consciente de la existencia del otro, sino que debe comprender también el significado de la conducta del otro e interpretarla. A partir de lo señalado, podemos inferir la importancia que adquiere la presencia del otro. Desde la perspectiva en este análisis, resulta pertinente hacer referencia al tema de la confianza. Norbert Lechner (1990), al estudiar la vinculación entre la subjetividad y la política, ponía de relieve el papel que adquiere en ella la confianza y afirmaba: “[…] sólo puede conquistar confianza quien participa de la interacción, ofreciendo oportunidades de que su autorrepresentación sea sometida a pruebas y aprendiendo a incorporar expectativas ajenas a la propia imagen” (Lechner, 1990: 77).
De lo anterior se comprende que la confianza permite a los actores de la interacción mostrarse ante el otro a partir de las imágenes personales que resulten conocidas para ambos. Este aspecto es de importancia pues de ese modo se reducen los márgenes de incertidumbre que podrían ocasionar los encuentros. Si bien la confianza no reduce totalmente la incertidumbre, disminuye la inseguridad que puede ocasionar algún cambio externo.
Cuando apelamos a Giddens, incorporamos en el análisis el papel de la confianza. El sociólogo inglés la incorpora en su reflexión teórica pues, en el tiempo histórico característico de la modernidad, la noción de “desenclave” coloca en un lugar central a la confianza. La separación entre el espacio donde se producen los hechos, las tomas de decisiones y las consecuencias derivadas de dicha separación otorgó otra significación a los dispositivos que provienen de la sociedad red. Aquella reiterada metáfora del efecto mariposa –que se comprende desde el estudio de la teoría del caos– también resulta aplicable a las modificaciones que continúan al desenclave. Tanto la macroeconomía como aquello que hace a los microespacios sociales se ven afectados por la incorporación de dispositivos tecnológicos. Hasta la simple y sencilla acción que la inmensa mayoría de las personas hacemos de manera habitual, como es utilizar cajeros automáticos en los bancos, nos reclama confiar en la tecnología.
En las situaciones de interacción interpersonal, la confianza está íntimamente asociada con el cuerpo. De la psicología podemos recurrir al concepto de “proxémica” ( Hall, 1964), que nos permite conocer el modo en que los sujetos utilizan y construyen inconscientemente el microespacio. Los gestos, las posiciones y la ubicación que ocupamos en el espacio de la interacción aportan elementos para la cimentación de la confianza.
En la construcción del espacio en la vida cotidiana, el hogar adquiere un particular significado. Una vez más, Ágnes Heller (1996) nos ayuda a reflexionar vinculando el concepto anterior a la noción de “familiaridad”, en tanto y en cuanto se ponen en juego sentimientos que elaboran otras significaciones. Al respecto, la filósofa húngara propone una serie de elementos que nos permiten comprender tales sentimientos. Ellos componen la trama relacional entre las nociones de “hogar”, “casa”, “familiaridad”. El primer elemento que señala Heller se refiere a que, cuando decimos que estamos en casa, no se trata de un sentimiento, sino de “una disposición emocional”, que da cuenta de emociones tales como “la alegría, la pena, la nostalgia, la intimidad, el consuelo, el orgullo, y la falta de otros” (Heller, 1996: 132). Un segundo elemento es el lenguaje: el acento, la tonalidad, los gestos, las costumbres. “Cuando el silencio no es amenazador es que estamos en casa” (Heller, 1996: 133). Más adelante, la filósofa agrega: “Un hogar es siempre un hábitat humano, una red de lazos y conexiones humanas, un tipo de comunidad” (Heller, 1996: 142). Finaliza su texto afirmando: “En un hogar uno necesita que le acepten, que le reciban o al menos que le toleren” (Heller, 1996: 158). Los elementos mencionados ponen en juego la intersubjetividad, y otro aspecto no menor es considerar que la noción de “hogar” no concluye en una simple noción de espacios o tiempos, sino que coloca en el centro el papel de las emociones en la construcción de la vida cotidiana.
La visita que nadie invitó
El mundo y sus moradores venían transitando de acuerdo al modo en que las circunstancias, propias y externas, le permitían a cada cual. Aquellas imágenes que hasta pocas semanas antes se hacían semejantes a distopías de textos y películas se colocaron en el centro de la vida de todos. Y la vida de todos dio un giro poniendo en evidencia la falta de respuestas seguras para enfrentar la pandemia. Además de no contar con certezas científicas capaces de oponerse al virus, la propia subjetividad se vio alterada. Los dos ejes centrales de la vida cotidiana –el tiempo y el espacio– adquirieron una nueva significación.
Como señalaba Cioran: “A veces el tiempo es tan agobiante que a uno le gustaría romperse la cabeza contra él” (Cioran, 2000: 155). El virus nos conducía a un tiempo atemporal, pero diferente al que planteaba Castells por estar atravesado por la incertidumbre. Tras el pedido presidencial de respetar el aislamiento social, el paso de las horas se hacía evidente ante nuestra vista por las variaciones que mostraba el sol, que se reflejaba en las ventanas. Mientras, quizá, una pregunta se reiteraba en soledad: ¿habrá un mañana? A esa duda se incorporó un tema negado, oculto y temerosamente guardado en el pensamiento: la finitud de la propia vida. Pero junto a esa preocupación se hizo necesario enfrentar y asumir un sentimiento plagado de angustia y zozobra: la propia vulnerabilidad. Un virus amenazaba nuestra orgullosa asertividad enfrentándonos a la debilidad humana, y el vacío era lo único posible para abrazos sin destinatarios.
Para algunos se iniciaron días de lecturas urgentes que apuraran respuestas que permitiesen reducir angustias, miedos y la presurosa búsqueda de alguna certeza que nos habilitara a imaginar un futuro sin desasosiegos y cierta posibilidad de planificar la continuidad de la vida. Unos autores presagiaban el fin del capitalismo, otros llamaban la atención en la peligrosidad del propio cuerpo como transmisor del virus; también estaba quien entendía que las medidas que se tomaban en los países solo restringía las libertades exacerbando el poder de los gobiernos y acrecentando el estado de excepción, y algún otro anunció la influencia cultural de ciertos pueblos para aceptar controles que se acercaban a comportamientos autoritarios. Lo cierto y tangible era la sorpresa de un cambio no imaginado y que no mostraba respuestas veraces para superar las alteraciones que se habían producido a nivel mundial.
A las pocas semanas del pedido gubernamental por los cuidados ante la pandemia, el espejo del baño comenzó a mostrarnos detalles que alteraban la estética corporal; si bien exteriormente afectaban la autopercepción, es posible que lo esencial transcurriera en la afectación de la subjetividad personal. Reconocerse en la imagen que proyectaba el espejo podía quedar detenido en un mero ejercicio de individualismo o también podía ser una excelente ocasión para desplegar la preocupación por los congéneres.
Judith Butler aportó a nuestra reflexión para comprender el sentido de la pandemia: “El virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo” (Butler, 2020: 62). En el mismo texto, la filósofa norteamericana –si bien su análisis se concentra en Estados Unidos– permite pensar en otros aspectos vinculados con la pandemia, pero que superan la individualidad.
Desde el momento en que el virus se fue apropiando de la humanidad, se señaló un aspecto que buscaba mostrar que la peligrosidad –que entrañaba la compleja situación– afectaba a todos los sujetos sin diferenciar géneros, edad ni situación socioeconómica. No obstante, a poco de andar, fue preciso atender que –precisamente– la situación socioeconómica se colocaba como una variable central para enfrentar la pandemia. Así lo aseveraba Butler de un modo muy claro: “La desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine” (Butler, 2020: 62). Cuando nos diésemos la posibilidad de superar el individualismo, dejar de relamer las propias heridas y cristalizar la imagen reflejada en el espejo sin pensar en los otros, podríamos comenzar a transitar un camino que permitiera acrecentar sentimientos que urgían estar presentes: solidaridad y empatía. Desde esta perspectiva, el análisis de las situaciones vividas en tiempos de pandemia adquiría una percepción diferente. El mensaje recurrente que solicitaba “quedarse en casa” –como la medida sanitaria más apropiada para enfrentar la circulación del virus– al mismo tiempo acercaba la peligrosidad en el espacio hogareño para muchos sujetos y evidenciaba la lacerante situación que otros miles atravesaban como consecuencia de la vulnerabilidad que habitaban.
Organismos internacionales como la Cepal han señalado que Latinoamérica es el continente con mayor desigualdad. Así lo refleja su informe de 2019.
Siguiendo la tendencia al alza que se registra desde 2015 en América Latina, un 30,1% de la población de la región se encontraba bajo la línea de pobreza en 2018, mientras que un 10,7% vivía en situación de pobreza extrema, tasas que aumentarían a 30,8% y 11,5%, respectivamente, en 2019, según las proyecciones de la Cepal (Panorama Social de América Latina 2019, mensaje de difusión).
En tiempo de pandemia, la secretaria ejecutiva de Cepal, Alicia Bárcena (2020), explicitó lo siguiente: “El mundo se enfrenta a una crisis sanitaria sin precedentes en el último siglo en un contexto ya adverso, a diferencia de 2018, esta no es una crisis financiera sino de personas, de salud y bienestar” (Bárcena, 2020: 2).
En el mismo análisis, Bárcena agrega información que permite comprender las situaciones que atraviesan muchas mujeres y niñas durante la pandemia:
Aumenta el tiempo que las mujeres están solas con sus abusadores y reduce las posibilidades de buscar ayuda. La situación de encierro puede significar un aumento de la violencia y la letalidad que sufren las mujeres. Las barreras para acceder a servicios esenciales como servicios de salud, servicios de justicia y servicios sociales como refugios y servicios de apoyo psicosocial se amplifican (Bárcena, 2020: 13).
Retornamos al texto de Butler “El capitalismo tiene sus límites”, incluido en Sopa de Wuhan. En él, la filósofa afirma que durante la pandemia hay grupos cuya vulnerabilidad afectará negativamente sus respuestas para enfrentarla. Así, describe:
La rapidez con la que la desigualdad radical, que incluye el nacionalismo, la supremacía blanca, la violencia contra las mujeres, las personas queer y trans, y la explotación capitalista encuentran formas de reproducir y fortalecer sus poderes dentro de las zonas pandémicas (Butler, 2020: 60).
Desde el comienzo de la pandemia, se identificó cuáles eran los grupos demográficos más vulnerables, ubicando en ellos aquellos que superaran determinada edad y quienes padecieran algunas enfermedades de riesgo. Los niños y jóvenes parecían no ser los más afectados en la posibilidad de contagios. Pero, como señalamos en el párrafo anterior, pronto se asomaron otras barreras que mostraron las urgencias que demandaban las desigualdades. El informe de Unicef Argentina (2020) así refiere:
Si bien la niñez no es el grupo de población más afectado en términos de salud, la pandemia los afecta en su educación, los expone a mayores situaciones de violencia, impacta en su salud física y mental y genera cambios en sus hábitos y rutinas […]. En particular, estos efectos se intensifican en aquellas poblaciones más vulnerables como las familias que viven en situación de pobreza (Unicef, 2020) (Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, 2020: 6).
En el informe resultante de la encuesta realizada por Unicef Argentina en el mes de agosto de 2020, leemos: “La pandemia ha profundizado la sobrecarga de tareas y cuidados entre las mujeres quiénes además se encuentran expuestas en mayor medida a situaciones de violencia, maltrato, abuso o explotación” (Unicef, 2020: 6).
Más adelante explicita el informe:
En todas las tareas la participación de la mujer se incrementa en la cuarentena respecto al período previo: cocinar, realizar las compras, lavar los platos, limpieza de la casa, desinfección de las compras, tareas escolares y juegos con niñas y niños. Además, solo el 41% de las mujeres declara poder conciliar las demandas del mercado laboral y del hogar (Unicef, 2020: 36).
Las actividades de cuidado, cuya visibilidad ya se había colocado en la agenda pública de modo reciente, agudizó su compleja presencia por la recurrencia de estas. A las tareas domésticas que menciona el informe de Unicef, hay que sumarle las tareas laborales que muchas mujeres debieron continuar realizando y que se solapaban peligrosamente con las tareas que demandaba la vida familiar. Transcurridos unos meses, desde instancias gremiales se propuso activar la desconexión digital como una medida de resguardo frente a las exigencias laborales.
Retornamos al informe de Alicia Bárcena (2020), donde expone la situación de las mujeres en tiempos de pandemia. En cuanto al mercado laboral: “Sobrecarga de trabajo al combinar responsabilidades laborales y demandas de cuidados en sus hogares”. Mientras que en relación con tareas realizadas en el hogar explicita: “Con el cierre de las escuelas, el aislamiento social y el aumento de personas enfermas, la sobrecarga de trabajo no remunerado se intensifica” (Bárcena, 2020: 11).
Aunque las tareas de cuidado no resultaban consecuencia de la pandemia, fue a partir de ella que se visibilizaron en todo el mundo, agudizándose entre los sectores socialmente más vulnerables por las dificultades que ocasionaba mantener el aislamiento social en espacios con carencias de infraestructura y precarización laboral.
Karina Batthyány afirma:
La pandemia ha hecho evidente la importancia de los cuidados para la sostenibilidad de la vida y la poca visibilidad que tiene este sector en las sociedades y en las economías de la región, en las que se sigue considerando una externalidad y no un componente fundamental para el desarrollo ( Batthyány, 2020: 2).
Resignificando los espacios
Ante los mensajes de quedarse en la casa, ya no solo oficiales, sino de distintos actores sociales, los dispositivos informáticos se transformaron en elementos centrales para tratar de mantener la continuidad de la vida de todas las personas, ya fuese por razones profesionales, académicas, laborales y personales.
A comienzos del 2000, leíamos a Sherry Turkle, quien afirmaba:
En el ciberespacio podemos hablar, intercambiar ideas y asumir personajes de nuestra propia creación. Tenemos la oportunidad de construir nuevas clases de comunidades, comunidades virtuales, en las que participamos con gente de todo el mundo, gente con la que conversamos diariamente, gente con la que podemos tener una relación bastante íntima, pero puede que nunca conozcamos físicamente (Turkle, 1997: 16).
Por su parte, Graciela Speranza señala que, si bien la revolución digital favoreció el acceso a la información, la conectividad del mundo y las comunicaciones a un ritmo sin precedentes también “contribuyó a desmaterializar el contacto, descorporizar los lazos sociales, multiplicar el consumo y el control y, sobre todo, inscribir la vida humana en un tiempo homogéneo, el tiempo mercantilizado que describe Jonathan Crary” (Speranza, 2017: 16).
La presencia de la pandemia colocó en un lugar protagónico la recurrencia a la tecnología y sus dispositivos para la comunicación. A diferencia de lo que planteaba Turkle, en el nuevo escenario, las personas que debieron apelar a las tecnologías de información y comunicación (tic) –en la mayoría de los casos– conocían a sus interlocutores, ya fuese por razones profesionales, académicas, laborales o afectivas. La inmediatez para responder frente a la clausura de las actividades presenciales llevó a que se hiciera preciso modificar los modos de trabajo y de comunicación. La virtualidad agregó a las actividades de divertimiento y ocio las laborales y educativas. En ciertos ámbitos y en algunos grupos, no implicaba recurrir a mecanismos novedosos pues –por sus actividades– el uso de la tecnología no resultaba desconocido, mientras que para otros miles y miles implicó tratar de apropiarse de nuevos dispositivos y prácticas, no exentas de actitudes aversivas o fóbicas.
La recurrencia a la virtualidad en la vida cotidiana merece un amplio análisis que no se busca en este texto. De allí que solo entendamos necesario detenernos en unos pocos párrafos a fin de proponer otro elemento en esta reflexión condicionada por la pandemia.
Muchas tareas en el ámbito científico y académico en las cuales la presencialidad agregaba aspectos personales que le otorgaban matices particulares a la relación pedagógica iniciaron, de un día para otro, su tránsito veloz a la virtualidad. Actividades de grado y posgrado, defensas de tesis y exámenes, y otros tantos trabajos llevaron a sus actores institucionales a transcurrir sus días frente a pantallas. Ello agregó otro aspecto a la noción de “espacio”, pues el que hasta antes de la pandemia –para muchos– comprendía actividades de intimidad fue atravesado por las tareas laborales.
Ante el protagonismo de la virtualidad, la pregunta consecuente era si tal modalidad tornaba innecesaria la presencialidad. Ya habrá tiempo para esos análisis. Por ahora solo transcribiremos apuntes de este tiempo que corresponden a opiniones de estudiantes de un curso en la universidad cuando se los consultó acerca del papel de los docentes en la virtualidad: “Para mí es importante que el equipo docente tenga esa actitud positiva para dar las clases porque motiva a los estudiantes poder entender el tema que exponen”. “Tuvimos muchísima comprensión por parte de las profes desde el principio de la cursada. Nos decían que seamos conscientes del virus, y nos cuidemos, y por otra parte algunos alumnos no tenían posibilidad de conectarse y no fueron perjudicados en lo académico”.
Aquellos incipientes desarrollos tecnológicos que, en la década de 1960, en el marco de la Guerra Fría, comenzaban sus experiencias buscando un modo de responder en caso de una guerra nuclear, en el inicio de la segunda década del siglo xxi, podían tornarse salvavidas en medio de una crisis mundial que, sin embargo, volvía a colocar a las personas ante la posibilidad de mostrar la necesidad de los afectos (Castro, 2020).
Frente a la posibilidad que brindan los elementos informáticos en cuanto a la velocidad en las respuestas, también se lleva a cuestionar los niveles de control en la vida cotidiana. Desde la noción de “biopoder” que proponía Foucault, ha sido preciso continuar con la que concierne a la gubernamentalidad que el mismo filósofo propuso para comprender –de manera amplia– el modo en que grupos de poder apelan a técnicas o estrategias determinadas para lograr el control de la sociedad. Algunos investigadores centralizaron la necesidad de considerar la manera en que a través de las tecnologías informáticas se buscaba lograr el control de la población. Sin embargo, ya antes de la pandemia, los humanos habíamos incorporado dispositivos capaces de llevar un registro constante de nuestras vidas, sin que pareciese alterarnos. Un simple elemento, como un celular, se había transformado en la compañía inseparable para millones. En ese objeto se registraba la circulación de cada uno de nosotros, en un mundo “abierto” y controlado. La pandemia evidenció ese seguimiento cuando, en el transcurrir de estos meses, para la inmensa mayoría de usuarios de esos objetos, la localización y los movimientos de cada uno no registraron demasiadas variaciones.
Ya no se trata solo de que la casa sea el lugar de encierro del cuerpo, como era el caso en la gestión de la peste. El domicilio personal se ha convertido ahora en el centro de la economía del teleconsumo y de la teleproducción. El espacio doméstico existe ahora como un punto en un espacio cibervigilado, un lugar identificable en un mapa Google, una casilla reconocible por un dron (Preciado, 2020: 179).
Las pantallas de todos los dispositivos fueron adquiriendo un protagonismo necesario e impensable cuando se iniciaba el 2020. Una rápida revisión de la propia formación académica nos volvía a fines del siglo xx, cuando las lecturas sobre la sociedad informacional aventuraban un futuro con fuerte presencia de las redes de información sin que aún fuésemos conscientes de la presencia de algoritmos que controlaban nuestras vidas. Por entonces, la comunicación mediada por computadoras podía percibirse como una estrategia de vinculación personal donde se entrecruzaban el juego, la seducción y la imaginación. Con el transcurrir de los años –desde entonces–, y aunque resultara breve en comparación con otros desarrollos tecnológicos y casi irrelevante para los millennials, un día del año 2020 el mundo quedó patas para arriba y la virtualidad se presentó imprescindible para todos los ámbitos de la vida cotidiana.
“El 73% de los adolescentes refiere estar más tiempo frente a las pantallas desde que comenzó la cuarentena” (Unicef, 2020: 49).
No obstante, fueron las pantallas de los dispositivos quienes se transformarían en objetos de suma importancia para la continuidad de las actividades educativas, en todos los niveles formales. Allí también se advirtió otra desigualdad: no todos los hogares contaban con la cantidad de dispositivos necesarios para el uso de todos los integrantes del grupo familiar. Ello sin desconocer la disparidad en el acceso a la conectividad.
En la Argentina, existen profundas desigualdades en el acceso a servicios de conectividad a lo largo y ancho del país. Durante el período de aislamiento social, preventivo y obligatorio, el 36% de los hogares argentinos no tuvo acceso a internet fijo, según datos del Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom) correspondientes al segundo trimestre de 2020 (Calfiano, octubre de 2020).
La situación descripta en el párrafo anterior influyó de modo negativo en la continuidad escolar de muchos niños, en particular aquellos cuyos hogares presentaban vulnerabilidad social y económica.
Las emociones tras los dispositivos electrónicos
La obsesiva curiosidad por hallar respuestas ante la incertidumbre parecía tornar antiguas lecturas que no hace mucho tiempo atrás nos permitieron comprender situaciones que nos mostraba un mundo en cambio. Así sucedía recordando la afirmación que Eva Illouz realizaba con relación a la tecnología de internet y su influencia en la vida personal: “[Internet] crea posibilidades sin precedentes de sociabilidad y relaciones, pero las vacía de los recursos emocionales y corporales que hasta ahora contribuyeron a que siguieran adelante” (Illouz, 2007: 231).
En una entrevista realizada en agosto de 2020 por Página 12, la misma socióloga francoisraelí Illouz afirmaba:
No creo que el virus haya provocado un cortocircuito en la modernidad sino, más bien, pienso que nos propulsó hacia adelante. El mundo distópico que nos aguarda es el mundo donde todo se hace en casa: trabajamos en casa, hacemos compras desde casa, nos ponemos en relación con los otros desde casa, buscamos relaciones sexuales desde casa. Es un mundo donde las grandes empresas tecnológicas que lo controlan y desarrollan la tecnología nos permiten navegar en el mundo a partir de nuestra casa. El virus, en apenas tres meses, nos condujo a adoptar procesos que hubiesen necesitado 15 años.
Si bien antes de la pandemia algunos grupos ya recurrían a los dispositivos informáticos para la continuidad de sus trabajos desde lugares externos a su sede laboral, luego del inicio de la cuarentena otra palabra se tornó recurrente en el habla cotidiana: “teletrabajo”. La presencia constante de pantallas contribuyó a disipar las fronteras entre la intimidad y la vida pública y condujo a resignificar los dos ejes centrales que conforman la vida cotidiana: el tiempo y el espacio.
El ritmo que impuso la pandemia superó y también invadió aquello que meses atrás se atribuía a espacios de intimidad y sociabilidad. Aunque no se desconociesen, se hicieron evidentes las desigualdades socioeconómicas y culturales en los hogares de los argentinos. Viviendas sin posibilidad de agrupar a muchos moradores o espacios sin poder ser destinados de modo diferencial a trabajo y vida personal; dispositivos compartidos, acceso a conectividad reducida o con dificultades. Todo ello sin considerar la sobrecarga de actividades de cuidado a cargo de las mujeres de esos hogares.
Durante la pandemia, ¿quedaba espacio para las emociones? Ni romantización ni solo actividades sociales. Bullicios no acostumbrados, intimidades invadidas a la par de exigencias laborales y familiares. Espacios compartidos con límites físicos definidos. Tales encuadres resultaban poco apropiados para estimular la creatividad, encuentros amorosos o simplemente diversión.
Sin embargo, no solo el espacio se vio perturbado en su constitución. El tiempo –el otro eje de la vida cotidiana– también se alteró. Urgencias para responder al teletrabajo, reclamos familiares y personales; el desasosiego sobrevolando, relojes avanzando sin instancias de esparcimiento.
En la nueva arquitectura que la pandemia produjo en la vida cotidiana, la virtualidad se transformó en la alternativa para continuar con sus actividades. Ella aportaba dinamismo, velocidad, adaptabilidad al entorno, apropiados para enfrentar las urgencias que demandaba el nuevo escenario de la sociedad.
De modo similar al ámbito laboral, también en el personal la virtualidad ocupó un lugar central. En una encuesta digital realizada a jóvenes desde el proyecto de investigación Juventudes Contemporáneas[1], respondieron de modo unánime que la manera de comunicarse con sus familiares durante la pandemia había sido a través de la virtualidad, sin que ello permitiera sustituir las expresiones de afecto. Con relación a las juventudes, la Organización Internacional del Trabajo llevó a cabo una encuesta mundial dirigida a aquel colectivo sociogeneracional, a quienes denominan como “generación del confinamiento”, con el objetivo de conocer el modo en que atravesaban la pandemia por la COVID-19. Entre los aspectos investigados, se incluyó el bienestar mental, y los resultados de la encuesta advierten que,
a nivel mundial, uno de cada dos jóvenes (a saber, el 50 por ciento) de edades comprendidas entre los 18 y los 29 años posiblemente sufren ansiedad o depresión, mientras que otro 17 % probablemente se vea afectado por ella (oit, 2020: 32).
Aspectos similares hallamos en las respuestas de jóvenes tras la encuesta realizada desde el proyecto de investigación (unsl) referenciado en párrafos anteriores, en la cual el 59 % detalló que la pandemia había afectado su salud emocional y que la angustia fue el sentimiento predominante.
En otro aspecto, pero también en el mismo ámbito personal, todos pudimos observar o experimentar momentos plagados de dolor y tristeza como los encuentros con familiares en los geriátricos y hasta las despedidas sin abrazos ni ritos mortuorios. Pantallas atravesadas por lágrimas permitían emociones que la pandemia obturaba en las prácticas habituales. Sin embargo, en la memoria de los cuerpos quedaba la ausencia de los necesarios abrazos que acompañaban los duelos.
En otras circunstancias, los dispositivos tecnológicos permitieron acercar afectos urgentes. Tales situaciones pasaron a significar momentos de intensos reencuentros. En particular, en los adultos mayores se transformó, en ocasiones, en la única posibilidad de ver rostros, escuchar voces de sus afectos y sentir que no estaban abandonados.
En un maravilloso texto, José María Malvido –médico infectólogo de un hospital público de La Matanza– nos relata:
Los adultos mayores se desorientan en las internaciones prolongadas. Un día no me banqué más eso y me propuse hacer una prueba muy poco científica: envolví mi celular con film y le hice una videollamada a la hija. Hablaron, se rieron y aparecieron otras caras. Altagracia les hablaba, le brillaban los ojos, los alentaba y les tiraba besos. Necesitaba ver los cuerpos de los que ama. Los cuerpos de los que aman se necesitan (Malvido, 2021).
Esa carcasa llamada “cuerpo”, que en épocas prepandémicas podía constituir un objeto del deseo amenazado por dietas o visitas al gimnasio –en ciertos grupos sociales–, con la presencia del virus permitió dimensionar las emociones colocándolas en un espacio de visibilidad e importancia. Sin caer en banales sensiblerías, más de uno, primero en silencio, con diálogos murmurados en introspección casi de modo vergonzante, con el transcurrir de los meses fue verbalizando sin pudores la necesidad de los abrazos. El contacto de otros cuerpos, no solo con apuros eróticos, sino simplemente por recuperar afectos, adquirió una relevancia no imaginada. En esas instancias, la virtualidad ocupó un espacio importante al mismo tiempo que permitió reflexionar que, además de recurrir a infectólogos, también la pandemia ponía en juego el papel de las emociones. Quizá, como expresaba Judith Butler, “este ‘yo’ requiere de un ‘tú’ para sobrevivir y crecer” (Butler, 2020: 229)
De la incertidumbre a una posible alternativa
Transitados los meses desde el inicio de la pandemia en Argentina, la mayoría de los habitantes fuimos incorporando palabras que desde las ciencias exactas y de salud se tornaron reiteradas diariamente: “contagios”, “genes”, “curvas de mortalidad”, “curvas de letalidad”, “plasma” y tantas otras que en el discurso de los especialistas vale su sentido y significación. Ante la continuidad de los efectos del virus y frente a los comportamientos sociales, se ha advertido la necesidad de atender aspectos que permitan analizar y comprender la incidencia de la presencia de las emociones en un momento de crisis.
De los primeros momentos donde la angustia, la incertidumbre y el desasosiego ocupaban no solo los discursos personales, sino también los medios de comunicación, otras emociones se asomaron peligrosamente. Discursos plagados de violencia, intolerancia y odio colmaban día tras día las calles citadinas y las redes sociales, constituyéndose en espacios alejados de la racionalidad, la empatía y la solidaridad. Si bien algunos por cuestiones de edad no lo vivimos, pudimos conocer sobre hechos de violencia en Argentina. La expresión “Viva el cáncer” ha pasado generación tras generación evidenciando conductas de irracionalidad y odio que pareciesen revivirse en los últimos meses en el país de manera muy peligrosa. Frente a comportamientos sociales violentos desde las ciencias sociales, se tornó necesario analizar las razones de tales expresiones. Los medios de comunicación, tanto en Argentina como en otros países del mundo, mostraron escenas en que se rechazaban tanto la pandemia como los protocolos que desde los Ministerios de Salud se solicitaban a toda la población. Quema de barbijos, ataques a personal de salud, marchas, mensajes cargados de odio en las redes sociales o programas televisivos, entre otras, mostraron actitudes de violencia difíciles de desconocer y desentrañar. Tales situaciones nos conducen a detenernos un momento en la relación con la otredad. En tiempos de pandemia, ¿importa el cuidado de los otros? ¿Hay muertes que merecen ser duelables y otras no? Judith Butler asevera que “decir que una vida es duelable es sostener que una vida, incluso antes de que se pierda es, o debe ser, digna de lamentarse en ocasión de su pérdida” (Butler, 2020: 94). Desde el inicio de la pandemia, las personas nos fuimos acostumbrando a leer y escuchar datos estadísticos que acercaban cifras de contagios, muertos y recuperados. Con excepción de alguna figura pública, nunca las estadísticas mostraron rostros o nombres. Esto último no con un sentido voyerista, sino quizá como un intento de mostrar humanidad en las estadísticas que sensibilizara más allá del círculo familiar atravesado por las consecuencias del virus. No obstante, otra variable se coloca en la escena: la violencia. Sabido es que, cuando hablamos de esta variable, se incluyen las diversas modalidades que ella puede presentar: física, simbólica, económica, de la ley, entre otras. Tales circunstancias evidencian que algunas personas se ubican como vulnerables, y esto muestra, en definitiva, que, al hablar de la violencia, colocamos en el debate la noción de “desigualdad”. Retornamos a Butler, quien manifiesta: “Una de las razones por las que he planteado que la no violencia debe estar vinculada a un compromiso con una igualdad radical es precisamente porque la violencia opera como una intensificación de la desigualdad social” (Butler, 2020: 168).
Ya transcurrido más de un año desde aquel día de marzo del 2020 en que los habitantes de Argentina quedamos perplejos frente a las pantallas escuchando una palabra que por entonces resultaba extraña en nuestra forma de vida, “pandemia”, continuamos, aunque con variantes, en un escenario similar. Desde ya es preciso no desconocer una noticia de suma importancia que permitió al mundo imaginar una instancia para enfrentar a la COVID-19: las vacunas. Sin embargo, tal noticia también se integró a las críticas de los sectores anticuarentena, que rápidamente iniciaron la lucha contra ellas. En ese aspecto, no puede eludirse el papel que desempeñaron los medios de comunicación. Más allá de reconocer que tales medios –desde hace muchos años– se fueron convirtiendo en importantes actores sociales, es preciso no desconocer que ellos representan grupos de poder constituidos por empresas mediáticas cuya presencia e influencia se pueden advertir en diversas situaciones, en particular en América Latina, por ej., la incidencia de diarios en Brasil que obstaculizaban el acceso a la presidencia de Lula, o el supuesto hijo no reconocido de Evo Morales en momentos preelectorales y numerosas casos en Argentina. Estos breves ejemplos conducen nada más que a mostrar que los medios de comunicación carecen de inocencia en sus mensajes, integran los poderes de decisión en el sistema capitalista. Por consiguiente, no resulta extraño para lectores o espectadores que quieran ir más allá de la mera enunciación del mensaje adentrarse a analizar tales enunciados. Todo ello fue evidente durante el año 2020 con relación a la pandemia. Al respecto, el investigador Rodolfo Gómez (2020) describe el papel de los medios en tiempo de pandemia que transmitían críticas a los cuidados pedidos por el gobierno y los especialistas en el tema:
Una constante crítica a todo aquello que podríamos suponer “racional” (como por ejemplo a la sugerencia de tratar de no salir a la calle para no contagiarse), y en relación con ello, una crítica al cierto conocimiento médico o científico en general.
Esas acciones se han manifestado de modo recurrente durante la pandemia, no sólo en Argentina sino en distintos países. Pero más allá de ser resultado de expresiones individuales, aisladas o de grupos opositores a los cuidados sanitarios, conduce a no desconocer la presencia de sectores de poder, tanto financieros como mediáticos, que se enmarcan como actores activos en el capitalismo.
La presencia de la COVID-19 –tal como ya se ha expresado en múltiples ocasiones– hizo trizas toda forma de vida humana a la que estábamos acostumbrados. La velocidad con que tuvieron que buscarse alternativas para no sucumbir ante la crisis afectó los ejes constitutivos de la vida cotidiana. Los relojes se volvieron objetos sin sentido y al mismo tiempo implicaban miedos e incertidumbres. No tener certeza del final de la pandemia se entremezcla con pensamientos que llevan a pensar en la propia muerte. Pero, junto a ello, también atender necesidades atravesadas por el tiempo: requerimientos familiares, personales y laborales con exigencias de respuestas que no admiten demoras. El otro eje, centralizado en el espacio, redujo totalmente sus márgenes y evidenció desigualdades socioeconómicas que, si bien ya existían, se tornaron lugares de peligro y de inseguridad para mujeres, niñas y grupos lgbtiq+, pero también viviendas precarizadas mostraron que la protección ante el virus no hallaría en ellas los ámbitos de cuidados apropiados. Para quienes disponían de viviendas donde pasar la pandemia, se borraron las fronteras entre la vida personal y la laboral, lo que tornó dificultosa la intimidad personal.
La comunidad lgbtiq+, a la par de sus ya conocidas barreras para acceder a las atenciones en el ámbito de la salud, como así también al ámbito laboral, durante la pandemia tuvo que afrontar situaciones complejas para mantener su vida y cuidados. Así lo afirma Fernando Rada Schultze (2020) al destacar la situación de la comunidad a partir de un informe del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, quien destacó la “vulnerabilidad estructural que atraviesan las personas trans que, en la coyuntura presente, intensifica las situaciones de pobreza y precariedad habitacional al no poder garantizarse los medios de subsistencia básicos” (Rada Schultze, 2020: 4).
La familiaridad y compartir códigos que identificaban al hogar en tiempos de “normalidad” en muchos casos volvieron aversivo al espacio, alejado de emociones romantizadas por la sobrecarga de tareas, espacios limitados y sentimientos contradictorios.
Como aseveraba Augé (1993), hay otros espacios que se vinculan con la cotidianidad: itinerarios, encrucijadas y centros. Todos ellos refieren a espacios urbanos que –también a partir de la presencia de la COVID-19– se cerraron totalmente en los primeros meses y que luego, con las características y situaciones de cada territorio, se han ido abriendo con sus respectivos protocolos. La imposibilidad de circular constituyó otro factor que influyó negativamente en la emocionalidad de la humanidad. La calle –en particular en Argentina– es un ámbito de encuentros tanto sociales como también políticos y culturales que contribuyen a construir identidades y subjetividades. No contar con la posibilidad de transitar por ellas también se ha constituido en un aspecto que afecta los comportamientos sociales.
Tras seis meses con la vida cotidiana alterada, surgieron noticias que anunciaban posibilidades de vacunas que permitirían enfrentar la COVID-19. Las urgencias sociales van por senderos diferentes a los científicos, y la alternativa de vacunas no logra disminuir las incertidumbres en muchos individuos. Sin embargo, la ciencia continúa su trabajo y –de modo similar a otros avances desarrollados en Argentina en este tiempo de pandemia– las vacunas son las únicas alternativas que nos aguardan.
Esta reflexión estaría incompleta si no hacemos mención a otro actor, tal vez fundamental en los orígenes de la pandemia, aunque tal vez no analizado por los gobiernos con la relevancia que requiere, y que se concentra en la situación del medio ambiente. La investigadora mexicano-uruguaya Silvia Ribeiro aseveró:
Los principales responsables de esta destrucción de ecosistemas son el sistema alimentario agroindustrial en su conjunto, el crecimiento urbano descontrolado y el avance de megaproyectos para servicios de los anteriores, como minerías, carreteras y corredores comerciales, como el Corredor Transístmico (Ribeiro, 2020).
Pero todas aquellas situaciones descriptas en el párrafo anterior suceden en el marco de un sistema económico que las cobija y promueve. Nos referimos al sistema capitalista y su variante neoliberal. Retomando la categoría foucaultiana de gubernamentalidad, nos conduce a pensar en las maneras en que el neoliberalismo hace su presencia en las formas de ejercer el poder. Desde el control de los cuerpos y los sentimientos que llevan a construir una subjetividad colonizada, la depredación de la naturaleza que se objetiva tanto desde los emprendimientos mineros como los inmobiliarios, el predominio de la financiarización en la vida en sociedad que torna todo en una mercancía con su precio particular, hasta la tremenda idea de considerar “población sobrante”, aquella que resulta innecesaria para la reproducción del neoliberalismo. Como asevera Preciado:
Seguir con vida, mantenernos vivo como planeta, frente al virus, pero también frente a lo que pueda suceder, significa poner en marcha formas estructurales de cooperación planetaria. Como el virus muta, si queremos resistir a la sumisión, nosotros también debemos mutar (Preciado, 2020: 185).
Algunas de las situaciones descriptas en el texto ponen de relieve que intentar una reflexión acerca de las consecuencias de la pandemia reclama considerar diversas variables, complejas en su conformación, aunque íntimamente vinculadas entre sí. Es por ello por lo que entendemos apropiado recurrir a la noción de “sindemia”. Las investigadoras Rico y Pautassi (2021) afirman:
Adoptamos el concepto de sindemia (Singer, 2009; Horton, 2020) que permite analizar las sinergias entre la crisis del cuidado, la crisis sanitaria y la pobreza, junto a una serie de condiciones sociales y culturales, como las discriminaciones por sexo y edad, que interactúan exacerbando los riesgos y consecuencias negativas del COVID-19.
Tal como ellas describen en el mismo texto, acudir a tal encuadre permite comprender la necesidad de abordar la complejidad de escenarios que se visibilizan en tiempos de pandemia de un modo integral, sin desconocer el modo en que esta afecta los derechos humanos en su completud, desde los políticos, culturales y ambientales.
Cada día un día más
Verano del 2021. Tras las tradicionales fiestas, el verano y las vacaciones parecieron un retorno posible a la antigua normalidad. Encuentros presenciales y cierta posibilidad de desplazarse por el país. Mientras, otros países mostraban los efectos de una nueva ola de contagios. En Argentina se iniciaba el proceso de vacunación más amplio y el más necesitado, aun por quienes hasta pocas semanas antes eran acérrimos enemigos de esa posibilidad. Sin embargo, las imágenes de Europa se volvieron a hacer presentes en el país y con amplios niveles de contagios, solo imaginados para los meses de invierno. De nuevo, estadísticas que acercaban cifras de muertos y contagiados y la urgencia por cumplir con el proceso de vacunación. También en este tema el capitalismo deja sus marcas: muy pocos países pueden acceder a la compra de vacunas, mientras que la inmensa mayoría es posible que hasta el 2022 no logre contar con ellas. No obstante, aquellos que pudieron comprarlas se enfrentan a la voracidad de algunos países que acaparan más de las dosis necesarias para su población, y los laboratorios tampoco logran responder a las demandas. La urgencia se enfrenta con la responsabilidad en los autocuidados y los cuidados colectivos. Transcurrido un año desde el inicio de la pandemia, ninguno puede negar que un familiar o amigo fue contagiado por el virus. Unos con mayores complejidades que otros, pero la cercanía con el peligro al alcance de todos.
La presencia no deseada del virus puede transformarse en un momento propicio para advertir la alienación a la que nos conduce el capitalismo, que destruye el medio ambiente y las relaciones interpersonales. Como decía Heller en su análisis de la vida cotidiana, esta esfera es la que se halla más expuesta a la alienación. Sin embargo, como lo afirma la filósofa húngara marcando la diferencia en su análisis de la vida cotidiana con relación a otros filósofos, los seres humanos cuentan con la posibilidad de superar dicha alienación y de animarse a lograr la autonomía de su vida cotidiana.
Desde que tengo memoria he vivido con la sensación de que la realidad es provisional […]. Averiguarlo es imposible, y de cuando en cuando me asalta el temor de que pronto todo habrá terminado; la realidad no era provisional, era definitiva desde el comienzo, y entonces mi vida no habrá sido más que un ensayo general, entonces no habré vivido de verdad y ya no se podrá hacer nada (Kousbroek, 2013: 95-96).
Cuando al final superemos la pandemia, tal vez podamos decirnos que la desestructuración de nuestra vida cotidiana no fue en vano. Que tanta soledad, angustias, enojos y rebeldías eran fruto de una necesaria realidad que podía darnos la ocasión de nuevos aprendizajes, no solo cognitivos y científicos, sino también aquellos que enriquezcan la sensibilidad. De entender, al mismo tiempo, que solos podemos ser una molécula más en el universo, capaz de sobrevivir de modo provisional caminando en soledad por no animarnos a mirar más allá del propio sendero que transitamos. Pero también podemos darnos la posibilidad de haber aprendido el sentido y fortaleza de la solidaridad, el respeto hacia la naturaleza y todo lo que ella alberga y nos comparte. Tal vez, cuando pase la pandemia, contemos con el tiempo necesario para sentir que aún es posible un mundo mejor para todos y todas.
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