Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Reflexiones finales

En esta investigación de corte hermenéutico, fue necesario realizar una pausa para reflexionar. Muchas historias quedaron pendientes de ser contadas. Hay temas que todavía tienen agenda para reuniones futuras. Y está vigente la intención de no dar término a esta experiencia convivencial. Lo proyectado al principio de esta aventura intergeneracional se ha cumplido: tanto jóvenes como adultos mayores se siguen reuniendo, creando en cada sesión un ambiente de solidaridad y diálogo intergeneracional, para darse la mano, para sentirse acompañados, pues, como Maura menciona, no cabe duda de que el sentir que alguien te toma en cuenta, que está interesado en lo que le puedes contar, que te mira, que te pone atención, te hace sentir que estás vivo (76 años, charlas de trabajo individual, bitácora, mayo de 2024). Triste es, decían las integrantes de Lunas de Plata, tener tantas cosas que contar y que nadie a tu alrededor tenga intención de oírte. La experiencia no debería quedarse en nosotras, podría ser un libro de lecciones para los más jóvenes. Muchos de nuestros compañeros que ya se han ido no tuvieron la oportunidad de poder decir todo lo que tenían que decir (colectivo de encuentro Lunas de Plata, charlas de trabajo, bitácora, mayo de 2024). Cuánta razón tenía Simone de Beauvoir al decir: “Si las percepciones están ‘embotadas’ por el hábito, si las cosas parecen marchitas y tragadas ya por el pasado, no es que arrastremos con nosotros recuerdos demasiado ricos; es que nuestra visión no se ve animada por proyectos nuevos” (2016, p. 557).

La vida es estar en un continuo movimiento, compartir, hablar, convivir, dialogar son acciones indispensables para la vida, ¡la actividad, la interacción con los otros son necesarias para la felicidad!, pues, como Aristóteles plantea, “una inacción completa se vuelve en seguida insoportable, porque engendra el tedio más horrible” (citado por Beauvoir, 2016, p. 567).

En un mundo globalizado, hostil e indiferente con las generaciones “que poco producen”, resulta complejo el detenerse para hallar sentido a nuestra existencia, un motivo para seguir viviendo. Situación que no solo enfrentan las generaciones más longevas, también las personas jóvenes. Pues, como plantea Simone de Beauvoir,

a menudo [los jóvenes] todavía no tienen dominio sobre el mundo, están reducidos a su presencia desnuda; para ellos, como para el viejo, el mundo se calla; en un círculo del que parece imposible salir, ese silencio hiela sus esperanzas. Me he aburrido muchísimo durante dos o tres años de mi juventud porque, salida del universo de la infancia, todavía no había entrado en el de los adultos, no participaba de nada, y tenía la seguridad de que nada, jamás podría solicitarme (2016, p. 567).

Para una persona joven, es común que la sociedad, sus padres, maestros, tutores obstaculicen sus impulsos y sus planes. Al ser limitados por sus mayores, el joven ve restringidas sus acciones, es dirigido y tutelado por el temor a que sus arrebatos y su inexperiencia lo hagan fracasar. El anciano, en contraparte, “se aburre, porque sus circunstancias o su indiferencia lo han apartado de sus proyectos y su curiosidad ha desaparecido” (Beauvoir, 2016, p. 568).

El actual orden social injusto y deshumanizador conduce al miedo, a la indiferencia, al abandono, pero, a través de la IAP, se llama e invita a la movilización, a una preocupación genuina y, como diría Freire, “afirmada en el ansia de libertad, de justicia, de lucha de los oprimidos por la recuperación de su humanidad despojada” (2006, p. 40). Debemos entender que poco sabemos del otro, de su otredad, para preocuparnos por saber, comprender y explicarnos más respecto de las realidades históricas y sociales que compartimos. Tarde o temprano ello nos mueve a luchar contra quien nos minimizó, lo que

sólo tiene sentido cuando los oprimidos, en la búsqueda por la recuperación de su humanidad que deviene una forma de crearla, no se sienten idealistamente opresores de los opresores, ni se transforman de hecho, en opresores de los opresores, sino en restauradores de la humanidad de ambos (Freire, 2006, p. 41).

Al entendernos como seres capaces de cambio, seres que no nos debemos limitar solo a ver la historia, sino a escribirla y reescribirla de manera consciente y ética, a transformarla en eso que deseamos y anhelamos, no solo para nosotros, sino para el presente y futuro de nuestras familias y seres más cercanos, tanto jóvenes como mayores asumimos que está en nuestras manos comenzar con ese cambio que deseamos, “sólo el poder que renace de la debilidad de los oprimidos será lo suficientemente fuerte para liberar a ambos” (Freire, 2006, p. 41). Liberación que no ha de llegar solo con desearla o esperarla, sino a través de una praxis de búsqueda colectiva, por el deseo de reconocerse como compañeros de vida, que transitamos en un mismo momento histórico. Liberación que ha de ser un genuino acto de amor y solidaridad hacia el compañero, el amigo, al vecino y la comunidad. Un hacer sentipensante, liberador, que, como se plantea en la IAP, no es un “café instantáneo”, pues se requiere de los tiempos pausados del diálogo, del acuerdo, de la conciencia colectiva y de la continua lectura de nuestros tiempos.

Por ello, los encuentros intergeneracionales que se han celebrado entre los adultos mayores y jóvenes del pueblo de San Bartolo Ameyalco nos han permitido lograr una comprensión del mundo entre las diferentes generaciones, entender sus diferencias, aceptarlas y respetar su diversidad. Un salir de nuestro propio “encajonamiento” generacional y comprender que “lo específico de un ciudadano no es reivindicar lo propio en el sentido de lo único, de lo que uno tiene y nadie más tiene, sino al contrario, buscar lo común con los otros” (Savater, 2015, p. 16), lo que solo se puede lograr a través de la convivencia, la interacción y el diálogo intergeneracionales.

Un diálogo vivo que entrelaza en cada encuentro el deseo de los participantes para que, “producto de [su] conversación […] estén dispuestos a […] lograr un acuerdo, un arreglo que les permita hacer valer en sí mismo lo extraño y lo adverso, para después comunicar lo propio y lo favorable a través de la reciprocidad” (Álvarez, 2019, p. 75). Un proceder phronético o prudente, que, en palabras de Mauricio Beuchot, “no es otra cosa que analogía puesta en práctica, hecha vida, carne de uno mismo, en su condición de hábito, es decir, de virtud, que cualifica a la persona” (2021, p. 43). “La frónesis o prudencia es equilibrio mesurado” (Beuchot, 2021, p. 43), en la experiencia con mayores y jóvenes fue encontrar lo que teníamos en común, lo que nos llevó a crear un colectivo fraterno, donde podíamos expresarnos con plena confianza, donde nos sentíamos abrigados, en comunión. Fue un espacio donde habló, y continúa hablando todavía, la experiencia, la inexperiencia, la sabiduría, la curiosidad, la duda, la rebeldía, la irreverencia; expresamos lo nunca contado, confesamos nuestras más íntimas dudas, los “pecados”, los “aciertos”, las fallas y los desaciertos. “La frónesis abre el abanico de las interpretaciones sin dispararse en la fragmentación, ni disolverse en la falta de rigor” (Beuchot, 2021, p. 43). Reconocimos que deseamos seguir aprendiendo, compartiendo, no importan las edades. Las preguntas están siempre ahí, esperando ser planteadas y respondidas por quienes deseen escribir nuevos textos para que sean interpretados por el colectivo, textos narrativos que nos ayudaran a comprendernos y a comprender nuestro mundo, a la vez que imaginar en colectivo las realidades hacia las que queremos llegar, nuestras utopías, el inédito viable[1] referido por Freire. ¿Cómo, entonces, dejar que este espacio tenga un final? Aunque es una experiencia nueva, de tan solo tres años, el espacio intergeneracional ha abierto nuevas posibilidades de encuentro entre edades, tanto jóvenes como mayores se siguen reuniendo, creando en cada sesión un ambiente de solidaridad y diálogo, para darse la mano, para sentirse acompañados. Todavía tenemos mucho por trabajar en colectivo. Es el compromiso moral y ético acordado entre todos sus integrantes.

En lo personal y en lo colectivo y después de reflexionar toda nuestra trayectoria, desde su inicio en tiempos de pandemia, y hasta donde hemos llegado en conjunto con las colectividades, hemos podido identificar el porqué de nuestra intención de trabajar con el adulto mayor. Inicialmente teníamos la percepción de que se trataba de una misión altruista, dirigida a atender las necesidades educativas y afectivas del colectivo de adultos mayores de Lunas de Plata. ¡En parte, sí!, ese era nuestro cometido inicial; pero, al realizar el recuento de todo lo vivenciado, de ver y oír a las comunidades expresarse, saber de sus historias, sus vidas, sus sentires más profundos, pudimos comprender y dar un sentido distinto a la función de facilitadores en esta IAP. Ya Gadamer decía que toda interpretación implica una fusión de horizontes, es decir, la síntesis que se genera entre un pasado y un presente, “la especificidad que cada sujeto condensa en la actualidad, su horizonte personal, lo que implica que para comprender el intérprete debe apropiarse cognitivamente de estos horizontes y con ello generar su interpretación” (Álvarez, 2012, p. 273). En las narrativas de las adultas mayores, fuimos descubriendo la razón de esta búsqueda: ¿miedo a nuestra propia vejez?; ¿qué esperamos cuando seamos mayores?; ¿cuáles serán nuestros miedos al avanzar en edad? Nuestro temor más grande fue mirarnos y proyectarnos como un adulto mayor; en gran medida dependientes, enfermos, sin recursos, sin fe en el futuro, sin ganas de vivir, solo esperando la muerte. Nuestra narrativa nos mostró nuestras “oscuridades”, la angustia de vernos convertidos en ese otro que nos llevaba a la aflicción y el desasosiego. Prefiguración y figuración (mímesis I y mímesis II) que, de acuerdo con Ricoeur, se concreta en una refiguración (mímesis III) (2004, pp. 113-168), comprender que, más allá de una intención, hay mucho más que leer. Nuestra propia vida es un texto que en muchas ocasiones nos negamos a revisar, por el miedo al dolor, a la tristeza, por las heridas abiertas que duelen todavía al recordar. Memoria herida que no es restaurada, hasta el acto de justicia, que muchas veces no llega. Pero, al ser contada, una historia toma diferentes dimensiones. Se observa desde distintos momentos: comprender a ese infante, joven, mujer u hombre que se hallaba desprotegido, que no tenía el conocimiento ni los recursos suficientes para afrontar una situación. Entonces, le abrazo, le conforto, le perdono y avanzamos para reconstruir la propia vida, partiendo de la lectura que se ha dado a su historia. El perdón estaba allí, esperando ser despertado desde la comprensión, y la compasión de su existencia. ¿Seguir viviendo con esperanza? ¡Claro que sí! Las adultas mayores de Lunas de Plata y el colectivo de jóvenes del Café Filosófico nos dieron la pauta para salir de nuestra recién descubierta incertidumbre.

La vejez no necesariamente implica la conclusión de nuestra existencia y no debe ser sinónimo de soledad, abandono, tristeza y desolación. Si decidimos tener una vejez distinta, el futuro puede y debe ser otro. Dice Godoy: “En la medida en que hay espíritu, la ancianidad deja de ser un fantasma para ser una ardiente promesa” (1993, p. 128). La libertad y la lucidez que puede haber todavía a edad longeva han de ser de gran valor si llenamos nuestras vidas de proyectos, de motivos y de razones para seguir viviendo. Sentirnos útiles, queridos, importantes es necesidad de cualquier ser humano. Tanto jóvenes como adultos mayores podemos reconstruir juntos las formas de convivir, de relacionarnos.

Ser testigos de lo que fue aconteciendo en el transcurso de este proyecto de IAP nos permitió ver la gran oportunidad de cambio que puede darse si hay trabajo conjunto: la persona mayor otorga experiencia, sabiduría, guía, acompañamiento, abriga con sus consejos, y apapacha con amor de “abuelo”; el joven, por su parte, nos contagia alegría, dinamismo, optimismo y valor para vivir. Su curiosidad nos lleva a crear, investigar, explorar por aquellos lugares que creíamos jamás volver a transitar. Juntos podríamos rediseñar a la vejez, así como lo indicara Cicerón a través de su Catón en su obra La Vejez, hemos de modificar nuestros destinos solo a través de la disciplina. ¿Qué persona quiero ser en el futuro? Esta pregunta es válida para ambos grupos etarios. El joven viéndose a futuro, y nosotros, los más añosos, tener esperanza para vivir y disfrutar por más años. Podemos, en conjunto, aprender dietas que mejoren nuestras vidas, a cuidarnos en cuanto a salud, hacer ejercicios que beneficien a ambos, compartir nuestras experiencias, vivir aventuras juntos, como salir al cine, al parque, (Nussbaum y Levmore, 2021, p. 37) o únicamente perdernos en esas encantadoras charlas que se dan en colectivo hasta sentir que nos faltan las horas para agotar todo lo que tenemos pendiente de decir.

A lo largo de tres años, jóvenes y adultos mayores hemos caminado juntos a través del diálogo intergeneracional para entender quiénes somos, lo que aspiramos, y lo que ya no deseamos. La propia lectura de nuestras historias nos ha hecho reflexionar sobre la vida sin “estancarnos” en un desánimo y sin sentido. Pues, como dijo Luisa, miramos hacia atrás para seguir caminando hacia adelante, si no, ¿qué caso tendría? (68 años, mayo de 2024). Y sí, también es un hecho que, al mirar al otro, hallas tu propio reflejo en él. Te miras en su proceso de cambio, te identificas con sus historias, te unes a su sufrimiento, te levantas y te caes con tus compañeros. Analizas al mismo tiempo tu propia historia, te cuentas tu vida, te perdonas, te aplaudes, te ríes y, también, te das un respiro para seguir. ¿Qué sería de la vida de no saber quién eres y hacia dónde vas? Todo lo acontecido durante los encuentros intergeneracionales también ha resultado para nosotros como un proceso de autoconocimiento, de autorreflexión, de catarsis personal, de reparación de nuestras propias “heridas” y de renovación de los planes hacia futuro. Porque quizás de eso se trata el hacer de la hermenéutica, de averiguar quiénes somos, qué nos define, cuál ha sido nuestro pasado, para poder tener una expectativa esperanzadora de futuro. Analogía para hallar un sentido de vida, darle significado a todo lo que hemos vivenciado, para que podamos expresar, en cualquier etapa de nuestra vida: ¡Vale la pena vivir! (Lunas de Plata, marzo de 2023).


  1. “El inédito viable es considerado como un recurso imaginativo que proyecta el futuro posible a partir de la deconstrucción crítica del presente, así como de la convicción de que para alcanzar un mundo nuevo hay que educar de mejor forma” (Rojo, 1996, p. 3)


Deja un comentario