Diálogo para restablecer los vínculos intergeneracionales
El acto de convivir no implica únicamente compartir algún espacio con alguien o algunos, convivir va más allá de la realidad que se construye en la vida cotidiana de un conglomerado social. Con-vivir implica coexistir con alguien más, compartir mi yo con un nosotros, determinar mi hacer por la conveniencia colectiva. Entonces el con-vivir destierra mi propio gen egoísta[1] para integrarme a un todo dinámico, a una colectividad social. Dejo a un lado el mí para condensarme en un nosotros (Ianni y Pérez, 1998). Quizás lo más complicado de comprender en esta dinámica social compleja es el tener que ceder para equilibrar mi propio interés con el de la comunidad y equilibrar las fuerzas desmedidas que deriven en vencedores y vencidos, víctimas que sucumban ante el poder voluntariamente cedido. El renunciar al myself implica incluso dejar la autorrealización por el sueño colectivo.
Este entretejer de interacciones sugiere incomodidad, genera caos, malestar, por la renuncia a los propios intereses, deseos y sueños, como plantea Bauman: “La sociedad moderna existe por su incesante acción ‘individualizadora’. [Individualización que] sigue cambiando, tomando siempre nuevas formas” (2020, p. 36). El egoísmo no se convierte en rasgo de supervivencia, es un acto que daña y fractura al grupo. Coexistir implica entonces entender y comprender al otro, fundirme en una esencia colectiva de respeto y cooperación voluntaria, de visiones compartidas. La complejidad da comienzo en el momento de conjuntar criterios, de condensar pensamientos e intereses y de equilibrar destinos; pero también de reconocer las diferencias de manera proporcional. Ese es el reto crucial de las sociedades: aprender a convivir de forma pacífica, en la inteligencia de que somos parte de un todo y no fragmentos solitarios vagando en la inmensidad de un espacio social.
Convivir entonces implica vivir en común, aceptar la vida sujeta a la compañía de los otros, es decir, de la sociedad.
Toda sociedad es una organización, un orden en el que se mezclan leyes, tradiciones, costumbres, normas, convenciones, las que, si bien sustentan esa organización, restringen o coartan las apetencias personales […]. Vivir no es otra cosa que intentar un equilibrio entre lo personal y lo social, lo propio y lo común, en último término, entre el deseo y la ley (Ianni y Pérez, 1998, pp. 11-12).
Es un hecho que nuestra sociedad actual se encuentra inmersa en un serio problema de alejamiento colectivo. Más allá de la cercanía y fraternidad de las comunidades, nos hallamos en un “mundo dividido en colectividades tribales, cerrado, sobre tradiciones inescrutables entre sí” (Savater, 2015, p. 16). Se trata de sociedades que son incapaces de abrirse a los otros, a sus formas, creaciones, pensamientos e ideales. Estamos dentro de un mundo donde la convivencia y la hospitalidad están en tiempos de crisis, de ausencia de la conversación, de negación de expresión al ajeno (Skliar, 2007, p. 69).
Las comunidades se ven con recelo y desprecio. Las divisiones resquebrajan los lazos sociales desde sus mismos fundamentos: las familias, padres, abuelos, hermanos, nietos se miran con desconfianza, se alejan, no se reconocen, se temen y se separan. “Todo ocurre como si fuese usual la distancia tensa y amenazante entre los cuerpos: como si fuese normal que cada uno cuente apenas con uno mismo, que cada uno apenas si pueda contarse a uno mismo” (Skliar, 2007, p. 69).
Esto me llevó a preguntar cómo abrir la esperanza a un reencuentro, cómo volver a recuperar la conversación, el diálogo, cómo volver a establecer vínculos afectivos y de hospitalidad. La respuesta no es sencilla, implica equilibrar los antagonismos, encontrar una vía proporcional que, a la vez que sea compleja, no resulte imposible. Para ello, se pueden proponer estrategias de cambio cuando hay interés y voluntad por lograr un bien común, una convivencia fundamentada en un diálogo vivo en términos de la “buena voluntad” en el sentido de eumeneís élenchoi que propone Gadamer (1997), y que, como indica Álvarez,
no está determinada por un imperativo categórico ni por el “apapacho” común o los “guayabazos” recíprocos, sino como el producto de la conversación que los interlocutores están dispuestos a realizar para lograr un acuerdo, un arreglo que les permita hacer valer en sí mismo lo extraño y lo adverso, para después comunicar lo propio y lo favorable a través de la reciprocidad (2019, p. 75).
Esto es, un diálogo de encuentro, de espacios convivenciales, en los que nos hemos de afanar por el bien de todos, así existan voces discordantes:
Al captar al otro como semejante, como idéntico a nosotros a pesar de sus diferencias, estamos aplicando la analogía […] así la analogía tiene un aspecto dialéctico. Se ocupa en la unión de los contrarios. Pero no los resuelve completamente, no los reconcilia de modo pleno, siempre se conserva algo del conflicto. Y, sin embargo, los hace entenderse, incluso los vuelve solidarios. Se ayudan entre sí, colaboran (Beuchot, 2021, p. 61).
Se trata de iniciar un diálogo, abierto, franco y solidario, en donde todas las partes puedan ser escuchadas. Donde expresen sus sentires, sus problemas, sus ilusiones y sus sueños, sin temor a mostrar su yo, y dispuestos a aceptar un tú, diverso, diferente, donde pueda leerme en su otredad, “interpretar al otro, al diferente [como análogo y] que nos hace aceptarlo en medio de sus diferencias e incluso por esas diferencias” (Beuchot, 2021, p. 61).
De ahí la propuesta que aquí se hace para iniciar un proceso de vinculación entre colectivos: generar espacios de diálogo dinámicos, proporcionales y equilibrados, en donde sea posible reconocer al otro y su alteridad (Álvarez, 2019, p. 79). Conversar, compartirse a través de la palabra, de la interacción mutua que les ha sido “arrebatada”. Diálogo que haga posible releer las historias de jóvenes y adultos mayores en búsqueda de la comprensión mutua y del deseo de cambiar las realidades de ambas generaciones.
De ahí que, en este capítulo, desde una narrativa conjunta, se describa cómo es que inicia la propuesta de encuentros intergeneracionales, derivada de la crisis pandémica por COVID-19. De cómo las adultas mayores del colectivo de encuentro de personas mayores Lunas de Plata del pueblo de San Bartolo Ameyalco movilizan su intención solidaria para ir al encuentro de las personas jóvenes de la comunidad, a fin de ayudarles en tiempos complejos. La iniciativa que se propone implica un diálogo vivo, en el que se puedan expresar las necesidades de ambas colectividades.
Así también, se hacen explícitas las narrativas y reflexiones de los primeros encuentros entre Lunas de Plata y el Café Filosófico, grupo de jóvenes que aceptaron interactuar con las adultas mayores: del primer encuentro y de las dudas y preguntas que surgieron en la reunión que dio inicio al proyecto, y que han de convertirse en la inspiración para diseñar un proyecto de intervención, como se plantea desde la IAP. En estos primeros encuentros, jóvenes y adultos mayores hablaron, jugaron, convivieron, en una única necesidad de saber quiénes eran, y preguntar por quién era ese otro que tenían enfrente.
3.1. Ir hacia el encuentro del otro
La crisis mundial originada por la pandemia de COVID-19 durante los años 2020, 2021 y 2022 replanteó las formas cotidianas de convivencia en la sociedad mundial y mexicana. De un acelerado ritmo, fuimos obligados a ralentizar las rutinas de vida, a permanecer confinados en los hogares por sanidad. El “encierro” mostró con crudeza el abandono y la indiferencia de los que somos capaces como seres humanos. El regreso a una cotidianeidad sin pandemia cuestionó las formas de ver al otro como necesario en la construcción de una historia compartida: sin el otro no soy yo.
De ahí parte la necesidad de ir hacia un reencuentro. Volver a conectar con las familias, los amigos, los compañeros. Se reconoció la necesidad urgente de volver a relacionarse, a compartir después de permanecer aislados por más de dos años. Esta búsqueda hacia el “otro”, en el caso específico de los adultos mayores del colectivo de encuentro Lunas de Plata de la comunidad de San Bartolo Ameyalco, los llevó a retomar sus reuniones, era necesario reencontrarse para vivir. Dijo Luisa: Fue como estar muerto por una temporada (Luisa, 63 años, marzo de 2022).
Para el adulto mayor, el tiempo de pandemia fue una etapa compleja: dada su condición de vulnerabilidad, fue convocado y, en cierta forma, obligado a permanecer en aislamiento. Dijo Juanita: Resulta insoportable ver cómo a tu alrededor mueren, enferman, lloran y sufren, sin que tú puedas hacer nada (Juanita, 78 años, marzo de 2022).
Una vez recuperadas las mínimas condiciones de seguridad sanitaria, fue posible regresar para las primeras reuniones en el mes de marzo del año 2022. Los sobrevivientes del colectivo Lunas de Plata nos dimos a la tarea de compartir lo vivido durante la emergencia sanitaria. Hablamos de las pérdidas, de la tristeza en soledad, de lo angustioso de la espera en la incertidumbre. Dijo Carmelita: Creo que no solo nosotros tuvimos miedo, también los hijos, los nietos, todos por igual sufrimos (Carmelita, 67 años, marzo de 2022). Coincidimos en reconocer que las personas jóvenes, sobre todo aquellas que suspendieron sus procesos escolares, se sintieron atemorizadas, tristes, con incertidumbre después de vivir “enclaustradas” durante dos años. Para muchos de ellos, la oportunidad de regresar a la escuela se “esfumó” ante la necesidad de conseguir un trabajo, por las precarias condiciones económicas ocasionadas por la inactividad, por la enfermedad o por la pérdida de sus familiares (sobre todo cuando eran el sostén económico). Reflexión que llevó a que Estela planteara: “¿Y si les ayudamos? ¡Podemos platicar con ellos! Quizás nuestra ayuda sirva de algo (Estela, 74 años, quinta reunión de reencuentro, 1.º de marzo, 2022).
Ante la propuesta planteada por Estela (74 años), las ideas y preguntas no se hicieron esperar: “¿De qué les hablaremos? ¿Qué les interesa? ¿Con qué podemos comenzar? ¿Será que nos escucharán? ¿Los muchachos vendrían si los invitáramos a nuestras reuniones? ¿De qué les servirá? ¿Nos servirá a nosotros como personas mayores?” (diario de campo, marzo de 2022).
Al margen de las anteriores preguntas, Estela planteó una que nos pareció central: ¿Pero qué jóvenes nos querrían escuchar? (Estela, 74 años, marzo de 2022). Esto nos llevó a reconocer que los colectivos de adultos mayores están distantes de escuelas o lugares donde se congregan personas jóvenes. Como promotora del colectivo Lunas de Plata, me puse a pensar: ¿Dónde encontraremos esos jóvenes que quieran dialogar con el colectivo? Fue entonces cuando me acerqué al Café Filosófico, grupo juvenil que se reúne en la CESBA desde hace algunos años para dialogar y convivir, para participarles de las intenciones del grupo Lunas de Plata. En un primer encuentro con dicho colectivo de jóvenes, Hugo dijo: Nunca había pensado dialogar con grupos de la tercera edad. Platico con mis abuelos y tíos, pero supongo que podría ser diferente. Quizás me atreva a preguntarles lo que en mi familia no me atrevo a preguntar (Hugo, 22 años, bitácora de reunión, 4 de abril, 2022). La curiosidad de ellos movió su disposición por participar. Expresaron su interés por compartir con las personas del colectivo de adultas mayores. Sus preguntas, dudas, la curiosidad por saber qué sucedería al reunirnos fueron motivos para comenzar a pensar sobre los temas que se podrían abordar con los adultos mayores:
¿Sexualidad? ¿Amistad? ¿Cómo vivieron ellos su juventud? ¿También tuvieron adultos que los oprimieron? ¿Qué parte de la historia nos podrían contar? ¿Cómo es que ellos ven a los jóvenes? ¿Qué les cuesta trabajo comprender de la juventud? ¿Qué les gustaría saber de nosotros? (bitácora de reunión, 4 de abril, 2022).
Esta lista de cuestionamientos y dudas se plantearon como posibles temas que abordar en un primer encuentro y servirían también para delimitar los temas del proyecto de intervención.
En el primer acercamiento con los jóvenes del Café Filosófico, algunos compartieron que ya no tenían abuelos, o vivían lejos, en otros estados de la República. Sería una gran oportunidad el ser adoptado por el colectivo Lunas de Plata. Al respecto Yatziri dijo: Yo quiero saber qué se siente tener un abuelo (Yatziri, 18 años, bitácora de reunión, 4 de abril, 2022).
Curiosidad y emoción comenzaban a mover a ambas colectividades. Había una necesidad de encontrarse, de vivir esa experiencia que perdimos en tiempos de enfermedad por temor al contagio y a la muerte. Nos alejamos de la presencia del otro. Olvidamos con facilidad quiénes eran nuestros abuelos, sentir sus consejos, amar sus apapachos. Como dijo Diego: Porque no hay mejor manjar que una tortilla recién hecha de las abuelas (Diego, 21 años, abril de 2022). La dimensión de auxilio había abierto un nuevo horizonte, “rescatarnos de la insignificancia en donde la modernidad comienza a proyectar tanto al adulto mayor como al joven” (Savater, 2015, p. 32). Fue un momento de ruptura que después de la pandemia nos llevaría a mirarnos con compasión, una búsqueda por volver a vincularnos, a buscar esos lazos perdidos generadores de una comunidad de resonancia[2] que nos aleje de la rutina, del vacío consumista y del individualismo que limita y hasta impide la vida en colectivo, al crear vacíos que nos llevan a un estado de depresión, angustia, olvido y dolor.
3.2. Hospitalidad intergeneracional: los tiempos de crisis para restablecer los vínculos generacionales y la convivencia
La pandemia había abierto una alternativa no antes visualizada por los adultos mayores ni por los jóvenes. La fragilidad experimentada nos llevaría a mirarnos diferente, a buscar un encuentro nunca vivido ni propuesto. De ahí surgieron varias preguntas: ¿cómo sortearíamos el rechazo de unos y otros?; ¿cómo ir a ese encuentro de negación absoluta entre viejos y jóvenes? Antes y después de la emergencia sanitaria, nos encontrábamos ya en una crisis de la conversación, “una fuerte rajadura de la herencia, de lo heredado, de la tradición” (Skliar, 2007, p. 70). En los mayores surgían dudas que cuestionaban presente y pasado. ¿Realmente la realidad era como la veían? ¿Había una distensión importante entre generaciones? “El conocimiento de que algo es así y no como se creía implica evidentemente que se ha pasado por la pregunta de si es o no es así […]. Preguntar quiere decir abrir” (Gadamer, 1997, p. 440). Esto llevó a que Elena planteara: No creo que exista posibilidad. Si para mí es difícil hablar con los nietos y con la familia, ¿cómo hablar entonces con chavos que ni conozco? (Elena, 78 años, marzo de 2022). Como se veía en el colectivo Lunas de Plata, la convivencia entre generaciones se consideraba rota desde hacía mucho tiempo. Lo más común es que las generaciones se conglomeren entre sus propios “clanes”, “tribus” de franjas de edad con los que se identifican (Maffesoli, 2007, p. 132). Por eso vengo al grupo, porque solo ustedes me entienden (Sara, 72 años, marzo de 2022).
A principios del mes de abril del año 2022, se organizó un primer acercamiento de colectivos de jóvenes y adultos mayores. Ante el escepticismo de estos últimos, tendría que darse un primer encuentro. Solo en la misma vivencia, podría valorarse si era posible o no un acercamiento con las personas jóvenes. La iniciativa original planteada partiría de un ejercicio de voluntad, de intentar ser solidario con los otros. Tanto jóvenes como adultos mayores no se negaron. Ambos colectivos iniciaron por reconocerse a partir de un diálogo abierto: se trataba de ir al encuentro del otro, para saber quién era y qué esperaba de los otros. Escuchar con paciencia y apertura al otro es “hablar con él, aun cuando en ciertas ocasiones, necesite de hablarle a él” (Freire, 1997, p. 109). Conversar sin imposición, “ponerse bajo la dirección del tema sobre el que se orientan los interlocutores” (Gadamer, 1997, p. 445), sin la necesidad de tener razón, de aplastar al otro, hallando un sentido de proporcionalidad y equilibrado, respetando la opinión del otro (Álvarez, 2019, p. 76).
Se dieron cita las adultas mayores (doce mujeres) y jóvenes el día 5 de abril de 2022 a las 12 del día, en el patio de la casa de la Sra. Estela, quien es la persona que prestaba el espacio para las reuniones durante el tiempo de pandemia. El grupo de jóvenes (diez asistentes) estaba integrado por mujeres y hombres cuyas edades fluctuaban entre los 15 y 20 años, estudiantes de secundaria, preparatoria y algunos de nivel superior. Convocados a sesión una hora antes del encuentro, nos reunimos para organizarnos. Las dudas se hicieron presentes. “¿Qué preguntarían? ¿Cómo comenzarían a conversar? ¿Les asignarían un adulto mayor? ¿Qué cuidados deberían tener con las abuelas?” (bitácora, 5 de abril de 2022). Oswaldo dijo: Es que no sé cómo comenzar, siento que las voy a hacer enojar. Nunca he hablado con una persona mayor, bueno, sí las saludo en la calle, pero ni con mis tíos hablo, ¡claro que me siento nervioso! (Oswaldo, 20 años, bitácora, 5 de abril de 2022). Hugo planteó: Miren, la cosa es comenzar a platicar, solo eso, yo creo que ellas tendrán que contestar algo (Hugo, 22 años, bitácora, 5 de abril de 2022). La curiosidad había surgido en ellos, “curiosidad como inquietud indagadora, como inclinación al desvelamiento de algo […] como búsqueda de esclarecimiento” (Freire, 1997, p. 33). Quizás, como hiciera mención Gadamer, “el que quiere conocer, no puede contentarse con dejar el asunto en simples opiniones” (1997, p. 445) y mucho menos dudas. Estaban dispuestos a ir al encuentro del otro, a intentar volver a recuperar una relación perdida.
No fue complicado comenzar la reunión. Al principio, hubo una presentación general donde todos mencionaron su nombre, su edad, a qué se dedicaban, sus gustos. Una actividad lúdica donde eligieron pareja fue con la que dio comienzo el conversatorio. Solo era dejarse guiar por lo que quisieran preguntar. No se dio guía de preguntas, ni tema que abordar. Partiríamos de un diálogo libre, curioso, inquieto, “en el cual los sujetos dialógicos [aprendieran] en la diferencia, sobre todo en su respeto” (Freire, 1997, p. 59). Una verdadera pregunta debe surgir de la duda, de la intención de responder a una cuestión genuina en búsqueda de una respuesta, lo que implica recordar que en un diálogo “la verdadera pregunta requiere […] apertura y cuando falta no es el fondo más que una pregunta aparente, que no tiene sentido real de la pregunta” (Gadamer, 1997, p. 440). Esto es, ellos tendrían que construir los cuestionamientos que los llevaran a develar sus dudas, su curiosidad, sus intereses.
Se formaron aproximadamente diez parejas. Estaban sentados de frente. Algunos reían. Otros platicaban con cierta “ceremonia”. A una joven de 15 años, le costó mucho trabajo entablar conversación, su adulta mayor fue quien guio la plática. Tuvieron un tiempo de 15 minutos para conversar. Una vez terminado, se les pidió que cambiaran de pareja. En el segundo momento y con diferente pareja, el ritmo de la conversación mejoró. Se miraban a los ojos, sonreían, se interesaban por lo que compartía uno y otro. Hubo un tercer cambio de parejas después de concluidos otros 15 minutos. Entonces reclamaron todos. Querían estar más tiempo con la pareja asignada. Los tiempos asignados fueron insuficientes para concluir su charla. En ese momento nos preguntamos: ¿qué estaba ocurriendo? ¿Realmente un joven y un adulto mayor pueden tener mucho en común? ¿Qué les parecía grato compartir entre ellos? Asimismo, me cuestioné por qué nunca había contemplado organizar un encuentro entre personas de diferentes edades. Los miedos, los prejuicios, los estereotipos nos detienen a solidarizarnos con los otros, a dejarlos fuera de nuestras actividades por considerar que no habría compatibilidad. Reducción ideológica que, en palabras de Bauman, “es la partición binaria de los humanos en ‘nosotros’ y ‘ellos’” (2007a, p. 117), la que se minimiza y se rechaza por edad, pues tanto a juventudes como a mayores “se les aparta del espacio público como si fueran ciudadanos de segunda clase” (Gil, 2007, p. 143).
Esto me llevó a preguntarme cuántas veces en nuestra vida no hemos hecho distinción por cuestiones de edad, considerando a unos no capaces y a otros inexpertos para realizar alguna actividad. Tal vez, de manera voluntaria o involuntaria, ya que nos dejamos llevar por falsos estereotipos, creando un dejo discriminatorio hacia ciertas personas. De ahí que Gadamer plantee que “el que no quiere hacerse cargo de los juicios que le dominan acaba considerando erróneamente lo que se muestra bajo ellos” (1997, p. 437).
Fue en el último cambio de parejas en el que detecté un giro importante en la dinámica: no aceptaron platicar con solo una persona, hicieron corrillos de más integrantes. Grupos de cinco o seis personas estaban interactuando. Adultos mayores y jóvenes, conversando de temas diversos. Compartiendo sus dudas, planteando problemas, escuchando anécdotas. Pidieron más tiempo para convivir. Se estaban dando la oportunidad de conocerse. Regina comentó: Tengo mucho que compartir con estos muchachos, espero no sea esta la última oportunidad de vernos (Regina, 67 años, bitácora, 5 de abril de 2022). El ser desconocidos, el no saber de su pasado ni sus circunstancias quizás facilitó la comunicación. El encuentro se dio lejos de la acusación, del deseo de recomendar o aleccionar característico de “una sociedad marcadamente autoritaria, con fuerte tradición mandona” (Freire, 2009, p. 95). En este primer acercamiento, se trataba de recibir al otro sin hacerle ningún reproche o reclamo, “se trata[ba] de la posibilidad de ser anfitriones sin establecer ninguna condición” (Skliar, 2007, p. 76).
Un primer paso estaba dado. Se renunció a la idea de ver al otro como distinto. Jóvenes y mayores hablaron, en una necesidad de saber quiénes eran, y preguntar por quién era ese otro que tenían en frente. Dejar existir, y existir. Estar y dejar ser. Era un gesto de hospitalidad y respeto con el otro, para hacerlo sentir como en casa (Cornu, 2007, p. 63). Lo que manifestó Juana, al decir: Yo solo quería que se sintieran bien. A eso venimos. A darnos un abrazo para seguir adelante (Juana, 62 años, bitácora, 5 de abril de 2022). Hacernos sentir bien, “casi diría: sentirse en casa” (Gadamer, 2000, p. 13).
La reunión había concluido. El siguiente paso en este proceso de indagación consistiría en dialogar con cada colectivo para buscar las respuestas planteadas en un inicio. Una pregunta que surgió después del encuentro fue si convivir se aprende. El diálogo, la convivencia, compartir con los otros parecieran un ejercicio fácil. Sí, ¡tal vez entre generaciones de las mismas edades!, pero, en el caso de un encuentro intergeneracional, debíamos aprender primero cómo acercarnos, cómo aceptar al otro y cómo llegar a entablar un diálogo con personas de diferentes edades. El reto había iniciado.
3.3. Aprender a coexistir: las diferencias que nos unen
Juventud y vejez se han visto como polos opuestos. La celeridad de la vida posmoderna los ha colocado, por un lado, en el rango de inexpertos, y, por otro, en el margen de la lentitud, de lo caduco, obsoleto e inútil. Identidades que poco tienen en común. “La generación joven está corriendo su carrera de ascenso por la pendiente del ciclo vital, mientras [que] la generación madura ya corre su carrera de descenso” (Gil, 2007, p. 139). ¿Es imposible tal encuentro? ¿Tendremos, todavía, algo común que recuperar? Al respecto dijo Cecilia:
No creo que sea imposible. Comenzar por hablar es interesante. Yo nunca creí que una abuela podría hablarme de sus “novios”, de libertad sexual, de ganas de irse de “reventón”. Reímos mucho. Me animé a decirle que yo soy tímida, y que me cuesta mucho hablar con otros chicos (Cecilia, 16 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico).
El domingo 11 de abril, en las reuniones dominicales a las que asisten los jóvenes del Café Filosófico, tuve la oportunidad de recuperar las narrativas de los muchachos asistentes al primer encuentro intergeneracional. Las preguntas realizadas fueron en formato no estructurado. Lo que nos interesaba era saber qué habían encontrado los jóvenes: desde las dificultades para entablar un diálogo, hasta la complejidad de hablar de ciertos temas. ¿Qué fue lo que dialogaron? ¿Qué temas fueron recurrentes? ¿Qué fue lo más interesante de esta experiencia? Los integrantes iban abriendo sus propias interrogantes y las exponían con los demás. Yarziri dijo:
Al principio te cohíbes, porque no sabes cómo empezar. Crees que alguien de la tercera edad no tendrá nada que platicar contigo. Pero no. Si te interesas un poquito en lo que dicen, ellas se animan a platicarte muchas cosas (Yatziri, 18 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico).
Jesús complementó al plantear: Pues también ellas tenían dudas. Una de ellas me dijo que había preparado sus preguntas, y al final no las utilizó. Se fue más con las ideas que yo le decía (Jesús, 16 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico).
Ambos colectivos comenzaron el conversatorio con prejuicios (algo inevitable, como lo diría Gadamer) y preconcepciones. Se prepararon para hallar a un desvalido, a alguien sin ideas, aburrido o de mal carácter. Jesús al respecto nos compartió:
Me dijo que tenía la cara muy seria. La verdad, me quité el tapaboca para que me viera sonreír. Yo le dije que no sabía qué platicar, que estaba nervioso. Yo creo que le di ternura, porque me empezó a contar de sus nietos, que ellos tampoco le hablan. Pero si es tan agradable, ¿por qué no la escuchan? (Jesús, 16 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico).
La mayoría de los muchachos comentaron que al inicio estaban nerviosos, que no sabían cómo iniciar el diálogo. Pensaban que los abuelos solo compartirían penas, que los “sermonearían” con consejos. ¡No fue así! El no tener un guion les dio la libertad de hablar de lo que quisieran “o de lo que pudieran” (Rosamelda, 16 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico). Encontraron en ellas a personas alegres, que sabían muchas cosas. Unos se avocaron a preguntar por sus familiares, por sus historias, por sus lugares de origen, por eventos históricos que les parecieron importantes; otros, por sus experiencias de vida, sus anécdotas personales. Esos temas fueron los detonantes de otras temáticas. Dijo Brandon: Caray, qué decir cuando me preguntaron qué era la mariguana y si ya la había fumado (Brandon, 22 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico). Y Valeria comentó: Solo por relajo le pregunté cuántos novios había tenido. ¡Cuántas risas tuvimos al comprobar que ella había tenido más novios que yo! ¡Y que todavía está en búsqueda de otro! (Valeria, 17 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico).
El primer ejercicio de encuentro logró romper con la idea de que no podríamos entablar una conversación agradable. La idea de interactuar con personas de diferentes generaciones dificulta la libertad de expresarse con naturalidad. ¡Te cohíbes! Hay cosas que no puedo hablar con ciertas libertades con mis abuelas, mis tías… ¡Me dirían que soy irrespetuosa! (Rosamelda, 16 años, 11 de abril de 2022). Christian dijo: No es igual hablarle a una amiga de mi edad que a una persona mayor. Mi mamá me ha dicho que debo hablarles con respeto (Christian, 20 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico). Entonces, ¿cómo volvernos camaradas sin que entre el prejuicio y obstruya la comunicación? Dijo Hugo: Pues solo hablando. Así. Cuando platicas con alguien, vas viendo si se siente bien. No se trata de estar callado para no incomodar. Así nunca sabremos si algo incomoda o es agradable (Hugo, 22 años, 11 de abril de 2022, bitácora del Café Filosófico).
Dejar expresar al otro, mostrar interés en lo que participa, sentir que yo también soy escuchado, que importa lo que digo y siento es el primer paso para dejar ser, para sentir que existes. “Estar cerca los unos de los otros provoca camaraderías en las que descubrimos lo que sabe hacer el otro o lo que ya no puede hacer, y lo que podemos aprender de él” (Cornu, 2007, p. 65). Es generar nuevas formas de encuentro, quizás nunca previstas, porque ¿cómo reunir a jóvenes con adultos mayores sin el miedo de que ocurran desavenencias? Acudiendo al pensamiento de Gadamer, quizás a través del diálogo vivo, abierto y sincero se halle el valor para no huir
de la coerción de las opiniones, [ya que] el arte de la dialéctica no es el arte de ganar a todo el mundo en la argumentación […] es el arte de seguir preguntando y esto significa que es el arte de pensar (Gadamer, 1997, p. 444).
Pensarnos como seres que tenemos dudas, miedos, ilusiones, pasiones, y muchas dudas sobre la vida misma y nuestra existencia. ¿Qué es un joven? ¿Qué es un viejo? ¿Qué nos distancia de los otros? ¿Qué tenemos en común? Preguntas que, más que alejarnos, nos habrían de unir en la conversación para ir hacia la búsqueda de respuestas a interrogantes que todos compartimos por igual. Dudas y cuestionamientos y el deseo de ambos colectivos por seguir reuniéndose fueron el detonante para construir un proyecto conjunto de intervención, cuya intencionalidad principal sería el deseo y la curiosidad por saber qué sucedería al conjuntar a dos generaciones aparentemente distintas a convivir y dialogar.
- En El gen egoísta, de acuerdo con Richard Dawkins, somos máquinas de supervivencia, programadas a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los genes egoístas que albergamos en nuestras células (2000).↵
- “Una comunidad de resonancia es capaz de una armonía, de un ritmo común (Los rituales crean ejes de resonancia que se establecen socioculturalmente, a lo largo de los cuales se pueden experimentar relaciones de resonancia verticales [con los dioses, con el cosmos, con el tiempo y con la eternidad], horizontales [en la comunidad social], diagonales [referidas a cosas]). Sin resonancia, uno se ve repelido y se queda aislado de sí mismo. El creciente narcisismo contrarresta la experiencia de la resonancia. La resonancia no es un eco del yo. Le es inherente la dimensión de lo distinto. Significa armonía. La depresión surge cuando la resonancia es cero. La crisis actual de la comunidad es una crisis de resonancia” (Han, 2021, pp. 22-23).↵






