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1 La modernidad judía: aspectos políticos

El trasfondo europeo sobre el que aparece la historia judía es complejo e intrincado. Hay momentos en que el hilo judío se pierde en el laberinto, pero casi siempre es fácilmente reconocible.

   

Arendt, 2005: 39

Aclaraciones preliminares

Enzo Traverso (2005) rescata el concepto de la modernidad judía del historiador Dan Dinner[1] quien propone pensar allí la situación de los judíos en Mitteleuropa a partir del año 1880, un análisis desde las consecuencias de la salida del shtetl (pequeñas aldeas judías) y el advenimiento de la Haskalá hasta los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Este aspecto nos permite dar un marco espacial (regido más por la lengua que por las fronteras geográficas) y temporal a la propuesta de la presente investigación entendiendo el derrotero de la emancipación, la asimilación, la persecución y finalmente el genocidio. En esta investigación no abordamos en particular los aspectos concernientes a Auschwitz entendiendo que hay disponible una prestigiosa y abundante bibliografía al respecto. De todos modos, resulta indispensable comprender que tanto el recorrido de los aspectos políticos que se indagan, como el análisis de los textos que abordamos de Walter Benjamin en los capítulos siguientes están en tensión y en diálogo permanente con este modo de pensamiento y con las acciones que devienen en el genocidio de la Segunda Guerra Mundial. Con antelación Benjamin supo ver los oscuros tiempos que se avecinaban “hay que cortar la mecha antes de que la chispa llegue a encender la dinamita” (Ob. IV/: 62), fue un avisador de incendio [Feuermelder][2].

La búsqueda de una solución definitiva al problema judío se puede leer desde la Ilustración europea, entre otras perspectivas, bajo el lema de la ciencia moderna y la política racional (Milner, 2010); el nazismo se inscribe así conformando y alimentando este paradigma.

Lo novedoso allí son los procedimientos, la administración y la instauración de la horrorosa tecnología dispuesta a llevar a cabo la maquinaria de la muerte en el propio territorio europeo[3]. Más allá de la organización y de la técnica ampliada, lo que llama la atención es la frialdad con la que la fábrica es “destinada a producir muerte” (Reyes Mate, 2003: 124). El máximo infierno jamás imaginado, la serialización de la muerte, la finalidad de otorgar el mayor tormento posible, llevan al hombre a la total pérdida del menor atisbo de humanidad que jamás se haya podido soportar.

La vida misma del autor berlinés y en particular el escenario de su muerte en Port Bou en el año 1940, intentando huir de los nazis, son un fiel reflejo de lo expuesto. Benjamin pretende llegar a Lisboa para viajar en barco a los Estados Unidos, con una maleta en la que lleva gran parte de su obra, pero la guardia civil, en virtud de un nuevo decreto interrumpe su camino. Deja una carta a su compañera de viaje Henny Gurland en la antigua pensión del Hotel Francia: “En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin”. La placa conmemoratoria en el cementerio que se levanta en el abismo hacia el mar dice: “Todo documento de cultura deviene documento de barbarie”[4]. En el texto de Fortanet sobre el recorrido y la situación de este escenario podemos leer: “Normalmente, los monumentos a los desaparecidos decepcionan. En el caso de Benjamin, estremecen. La desesperanza de un hombre perseguido, de una filosofía derrotada, no encuentran mejor expresión que esa cita” (2007: 119).

Por otra parte, cabe aclarar que el análisis del movimiento sionista, también central para muchos lectores y pensadores de los estudios judíos del período que nos interesa, no es un tema recurrente en los escritos del autor y su estudio no contribuye especialmente a la temática que nos ocupa. De todos modos, debemos tener en cuenta al menos dos consideraciones: por un lado, la insistente invitación de Gershom Scholem a su amigo para que viaje a instalarse en Palestina y que forme parte de la creación de la Universidad de Jerusalem y por otro lado la participación de Walter Benjamin en su temprana juventud en relación a la discusión y a la participación del movimiento sionista. De hecho, Scholem ve por primera vez a Benjamin en Berlín, en una reunión de jóvenes sionistas, la “Jung-Juda”, en el otoño de 1913. Durante ese año y el año anterior Benjamin mantiene una intensa correspondencia con Kurt Tuchter y Ludwing Strauss centrada en la discusión acerca del sionismo (Scholem, 2007).

Pues bien, una vez hechas estas aclaraciones, el presente capítulo tiene por objeto recorrer determinados temas del contexto político, del pensamiento y de las consecuencias que esto conlleva para el planteo de los cimientos de la tesis que nos ocupa. En particular, para poder indagar conceptos de la coyuntura judía que nos permitan dilucidar como deviene la constitución de los aspectos que refieren a lo judío en la lectura de Walter Benjamin.

La salida del shtetl

Cuando la mente pasa a ocupar el lugar de la vida anímica, empieza esa decadencia cuya víctima acaba siendo la propia mente.

   

Kertész, 2010: 132

En este apartado se consideran los conceptos generales de lo que implica la salida del shtetl. Se recogen algunas diferencias de las particularidades de los procesos en que esto se lleva a cabo en Rusia, en Francia y en Alemania[5] para indagar aquellos conceptos centrales hacia la comprensión de la modernidad judía. Si bien centramos la atención en el análisis de las lecturas de los pensadores del ámbito político, el estudio se enriquece con las intervenciones de cómo esta situación es vista y pensada en ese momento desde la mirada de algunos maestros del movimiento espiritual jasídico[6]. En sus días ven la rápida difusión de las ideas de Mendelssohn (1729-1786) en la población europea.

En Europa occidental, en particular en Francia con su comunidad judía española y portuguesa, la adhesión a los programas para emanciparse de las viejas restricciones e integrarse en la sociedad gentil es recibida desde el inicio con gran aceptación. Más hacia el este, en comunidades como las de Polonia y Rusia, el valor de la tradición y el gran respeto hacia la autoridad rabínica –que por supuesto rechaza estas propuestas de abandono de la tradición y de la sabiduría de la comunidad judía– dilatan en parte aquello que luego sería inevitable: la tentación por la aparente ampliación de nuevos horizontes (Kaplan, 2016).

Rusia

Con la creación del Comité para el mejoramiento de los judíos, Alejandro I Zar de Rusia anuncia la redacción de una legislación para que los judíos formen parte de la sociedad y de la cultura (Kramer, 2010). Decisión que esperarían asuman por voluntad propia, para ser en caso contrario, sometidos por la fuerza. Deben abandonar todo aquello que los diferencie: prácticas de Shabat, Brit milá (circuncisión), el lenguaje y las costumbres para integrarse a la educación secular y a las filas del servicio militar. La situación cotidiana en la zona de los asentamientos se complejiza y el avance de Napoleón en Rusia hacia el año 1812, bajo el lema de la libertad y de la igualdad, enfatiza en algunos pobladores la creencia de que la aceptación y la inclusión en el mundo de la cultura europea favorecerá la aceptación de los judíos eliminando las fuertes raíces antisemitas.

En 1827 Nicolás I Zar de Rusia a través de los decretos cantonistas refuerza estos mandatos. Si bien en un inicio no se estima la gravedad de lo que ello implica, el Rabí Najmán (Kramer, 2010) prevé que la futura apertura hacia una educación secular terminará con la destrucción de las siguientes generaciones de judíos.

Con el transcurrir del tiempo, parte de los llamados judíos iluminados tendientes a desarraigar las tradiciones, se suman a trabajar de manera conjunta con las autoridades para avanzar en la reforma de la vida judía. Si bien los judíos iluminados [maskilim], precursores y figuras de la Haskalá en Rusia no fueron tantos en número, supieron convocar adeptos a través de la amplia publicación de textos y escritos que se dirigen a los pobladores en nombre de la importancia de los nuevos conocimientos utilizando el idish e incluyendo citas bíblicas para sustentar sus argumentos y seducir a sus pares. Respaldan así los nuevos decretos y sostienen que los aportes de la filosofía y la cultura que quieren inculcar a los niños ampliarán sus horizontes mentales, “pero el Rabí Natán sabía que solamente el sendero de la Torá puede hacer que el judío alcance su verdadero destino en este mundo y en el próximo” (Kramer, 2010: 310).

También el Rabí Najmán que los recibía de visita con frecuencia sabía que “ellos se consideraban iluminados y [ellos] solían contarle toda clase de tonterías a partir de la literatura que leían” (Kramer, 1997: 175) pero pronto, decía: “Habrán gastado todo su depósito. No tardará demasiado en que llegue el momento cuando no tengan nada más para decir” (Kramer, 1997: 176).

La figura de la Haskalá más destacada en Europa oriental fue la de Itzjak bar Levinson quien propicia –con el apoyo de las pocas familias judías adineradas– el establecimiento de escuelas en las grandes ciudades rusas con el objeto de modernizar a los judíos. Por supuesto, muchos de los maskilim poseen un amplio conocimiento de Torá, pero consideran la búsqueda de la cultura secular como un valor supremo e innovador para sus vidas y pretenden situar los saberes de la Torá en el terreno de lo antiguo y lo arcaico. La agudeza de este punto resulta nodal para la comprensión de quienes propician la asimilación, posición con la que Walter Benjamin nunca se alinea. Pensar los textos sagrados como una reliquia histórica obsoleta implica desatender que la creación del mundo es permanente y se produce a cada instante y reduce de manera descomunal la complejidad y particularidad de lo judío tal como se podrá leer en los siguientes capítulos.

Influenciado por las ideas de Levinson de separar a los niños judíos de su herencia (Kramer; 2010), el Zar Nicolás avanza aún más en esta dirección. Se crean entonces los campos de entrenamiento militar para niños judíos que deben ser entregados por la propia comunidad o, caso contrario, desarraigados a la fuerza por soldados cazadores de niños bajo las peores circunstancias de horror que se puedan relatar. “Si el objetivo de los maskilim era ‘modernizar’ a los judíos, el objetivo de los zares era forzarlos a convertirse o a emigrar” (Kramer, 2010: 299).

En medio de las leyes tendientes a rusificar a los judíos, se prohíbe el uso de la vestimenta tradicional y la lectura y el estudio del Talmud. Se genera una sobrecarga impositiva para los judíos que no emigran o abandonan sus tradiciones y se instituye un rabinato oficial que deja por fuera a cualquier rabino que intente resguardar los saberes ancestrales que forman parte de su vida cotidiana,

Los intelectuales de esa nueva escuela, que más tarde llegarían a ser conocidos como los maskilim o iluminados comprendieron que era las costumbres y prácticas diferentes las que le habían dado a los judíos su identidad separada a lo largo de los años y exilios en las tierras de los gentiles. Pero en lugar de considerar la diferencia judía como algo valioso, los maskilim la vieron como la fuente de la hostilidad de los gentiles y se dispusieron a eliminarla. No contentos meramente con una búsqueda personal de los intereses seculares de la cultura, consideraron que su misión era difundir su manera de pensar entre sus congéneres judíos y quebrar su apego al modo tradicional de la vida judía. Las enseñanzas de la Haskalá (iluminismo) proveyeron de una justificación para aquellos que se estaban inclinando abandonar el sendero de la Torá. (Kaplan, 2016: 26)

Resulta llamativo en este contexto, que un maestro de la envergadura del Rabí Najmán y su principal discípulo, el Rabí Natán, logren en sus días mantenerse en contacto con los maskilim de su época. Incluso sus discípulos se sorprenden de estos encuentros en los que conversan acerca de la fe y comparten juegos de ajedrez y la resolución de problemas complejos de matemáticas. Muchos de ellos intentan pensar que tienen por objeto suavizar sus pensamientos más endurecidos, sin embargo, en una exquisita biografía de época, encontramos relatos que acreditan que sabían lo que estaban viviendo,

El Rebe Najmán no tenía ninguna ilusión sobre las intenciones de los maskilim y hacia dónde llevarían. Su descripción del Sofisticado en el cuento “El sofisticado y el simple” muestra la sutil mezcla de curiosidad y de vanidad que yace detrás de su obsesiva búsqueda del conocimiento y de la cultura mundana llegando finalmente a una total negación de Dios y a una locura diabólica. (Kramer, 2010: 204)

De todos modos, el Rabí Najmán, desde las fuentes tradicionales judías, enseña que es posible encontrar chispas de fe incluso en el peor de los pecadores[7]. En este sentido, el Rabí Natán presenta como ejemplo el relato bíblico del becerro de oro: “habían tenido mucho oro y lo habían utilizado para pecar” (Kramer, 2010: 12), pero incluso desde allí mismo agrega quien siente un pequeño anhelo de arrepentimiento puede rectificar su error.

La complejidad de este escenario implica una problemática con múltiples aristas tanto para la comprensión de la época como para el análisis de la posición de los judíos en el mundo occidental. Resulta desatinado pensar que unos judíos intentan mantener las tradiciones y otros propician liberarse de ellas como si se presentaran dos corrientes opuestas sin intersticios. Entre otras imágenes de época, como se verá más adelante a partir de una breve lectura de los postulados de Mendelssohn, el llamado de ciertos maskilim implica la manutención de las tradiciones y estudios en los ámbitos privados. El siguiente relato descripto en La vida del rebe Najmán de Breslov, grafica en parte esta complejidad:

Los líderes jasídicos llamaron a una reunión en Berdichov para tratar sobre el decreto pendiente del gobierno ruso en contra de los judíos. Allí asistieron también representantes de las otras tendencias de la vida judía, incluyendo a Menajem Mendel Levin (1741-1819), quien es considerado como el padre de la Haskalá en Galitzia, aunque el mismo se oponía a aquellos que se desviaban de la observancia tradicional judía. (Kaplan, 2016: 113-14)

Es así, que el detenimiento en ciertos aspectos históricos en este marco tiene un doble objeto: por un lado, situar el contexto territorial y espacial de los hechos que nos ocupan y por otro comprender el entramado de las particularidades de la constitución de lo judío en especial a partir de aquello que puede ser considerado como una apertura al mundo. El estudio minucioso de estas complejidades nos permite un corrimiento de aquellas lecturas que simplifican la mirada concerniente a dilucidar qué es aquello judío en Benjamin. Ciertas veces, desconociendo las fuentes y la multiplicidad de los usos de los textos y de las formas sagradas del judaísmo, no se logra ver el modo en que ellas aparecen citadas –aunque no necesariamente explicitadas– en sus textos.

A su vez, la indagación de esta trama (centrada aquí en relación al judaísmo por requerimientos del objeto de estudio que nos atañe) resulta central para la comprensión de la problemática de las minorías, de los procesos de inclusión-exclusión y de los movimientos migratorios en la modernidad y en la contemporaneidad en occidente.

Francia y Alemania. Aufklärung y Haskalá

 La corriente subterránea de la historia occidental ha llegado finalmente a la superficie y ha usurpado la dignidad de nuestra tradición.

   

Arendt, 2017: 27-28

En la clase del 5 de enero de 1983 que Michelle Foucault dicta sobre El gobierno de sí y de los otros, presenta algunos aspectos de la relación entre la Aufklärung del medio cristiano y la Aufklärung judía o Haskalá.  “Aufklärung es un nombre, un precepto, una divisa” (2009: 32), que valora el coraje de valerse del entendimiento, que se autodesigna y que formula un pensamiento respecto al saber, a la historia, al conocimiento, a la razón y al presente; y pone en la mira la comunidad intelectual, esto es en la relación entre quien escribe y quien lee, las formas de constitución y aproximación al saber de las sociedades, de las revistas y de las academias que organizan las publicaciones. Es así, en medio de un público tan delimitado y exquisito que en el mes septiembre de 1784 -a pedido de los editores- se publica en la revista Berlinische Monatsschrift, una respuesta a la pregunta “Was is Aufklärung?” escrita por Moses Mendelssohn tal como lo hiciera Kant casi simultáneamente en un artículo que aparece tres meses después. Ambos pensadores, por cierto, concuerdan en considerar el derecho y la necesidad de la libertad de expresión respecto de la religión en el ámbito privado. La publicación de Mendelssohn genera ante todo una gran sorpresa en el mundo alemán ya que esta irrupción provenía de un judío alemán. Lo particular de este evento, señala Foucault[8], es que este judío da cuenta de un saber que se presume ajeno a los saberes propios del judaísmo y denota que, de manera autónoma, este individuo había logrado un gran conocimiento en el ámbito de las ciencias y de la filosofía. Este gesto –subrayando la capacidad de haber aprendido sin maestros conocimientos muy importantes en las ciencias– es uno de los gestos que inaugura la posibilidad de pensar que un judío puede “a través de un desfase con respecto a su propio origen y cultura” (Foucault, 2009: 27) lograr cierta inserción en la universalidad de la cultura. Así, analiza Arendt, la autonomía se vuelve una tiranía, el recuerdo del viejo mundo se vuelve melancólico y resulta “el mejor instrumento para olvidar una vez por todas el propio destino” (2000: 31).

En el año 1778, Moses Mendelssohn, máximo representante de la primera generación de la reforma de la vida judía, intenta salvar el contenido eterno del judaísmo; traduce la Torá al alemán y en el año 1783 publica Jerusalem, un manifiesto por la emancipación. Lo enuncia así: “Adaptaos a las costumbres y a las circunstancias del país al que os hayáis trasladado; pero permaneced siempre fieles a la religión de vuestros padres. ¡Llevad ambas cargas como podáis!” (Mendelssohn citado en Arendt, 2017: 86). Y es ese entre una vida y otra –entendiendo el “entre” como la constitución de un territorio y no como un límite– donde se instituye una de las marcas centrales que ha abierto la modernidad judía y que aquí debemos pensar. Recordemos que aun así, para Mendelssohn, gran entendedor de la sabiduría de la Torá, el judaísmo como religión lleva a una vida ética, virtuosa y de justicia que es parte de la herencia del judaísmo hacia la constitución del mundo occidental (Taub, 2018). Entre sus tareas, traduce los cinco libros de la Torá y genera una fractura a las lógicas del estudio y la interpretación rabínica que implica el estudio en su lengua original. La traducción queda prohibida por las autoridades rabínicas (es puesta bajo un jerem) pero de todos modos los estudiantes acceden a ella en forma privada. El gran conocimiento que estos jóvenes tienen de cada versículo de la Torá, les facilita el acceso al aprendizaje del idioma alemán y a partir de allí acceden a los comentarios y conceptos filosóficos que acompañan esa traducción de Mendelssohn (Kaplan, 2016).

Sus propuestas pronto reciben adhesión en el mundo no judío. En pos de una integración de los judíos en la sociedad como ciudadanos iguales, los ciudadanos -en especial los pensadores y los escritores del ámbito no judío- se suman a esta campaña de “transformación de los judíos en ciudadanos útiles” (Kaplan, 2016: 26) bajo la única condición de que abandonasen cualquier distinción y marca (vestimentas, idioma, barba y peiot) que los distinga para abrazar así la cultura dominante.

La segunda generación, hijos de estos primeros maskilim, en cambio (Arendt, 2004), carga más con el pesar del rótulo que los inscribe como pueblo oprimido. Prefieren así, efectuar un borramiento de su propia historia bajo el lema de la autorrealización como seres humanos. La razón de la religión pasa a ser ahora un mero instrumento en pos de la transformación política dentro de un Estado.

En lo que concierne al idish[9], lengua materna del shtetl, queda impregnada desde los inicios de la Haskalá bajo el emblema que denuncia que hay un pasado por abandonar; a eso refiere el término Ausgang es una definición del momento presente bajo la máxima del desenlace, de la salida, “un movimiento por el cual nos desprendemos de algo, sin que nada se diga del lugar hacia dónde vamos”[10] (Foucault, 2009:43). Esta lengua, que usa los caracteres del alfabeto hebreo, se constituye en el este europeo en la medida en la que los judíos llegan a la región en el siglo X. Su uso aumenta acorde al crecimiento de la comunidad y llega a tener once millones de hablantes en los años previos a la Shoá. Isaac Bashevis Singer[11] dice que el idish es la lengua del exilio, que habita por fuera de las fronteras y del respaldo de algún gobierno; que sobrevive y que pasa por las fuerzas de destrucción sabiendo a la vez que el plan de Dios para la creación está todavía en sus comienzos. Que es una lengua rica en humor, que alberga tesoros aún por descubrir y que en su seno se aloja el anhelo y la paciencia para esperar la llegada del Mesías. Pero para Mendelssohn que emprende la tarea de imponer la lengua alemana despreciando el idish, ésta no es más que el resabio de lo in-civilizado; en su gesto testimonia “una voluntad de asimilación concebida, también como ruptura en el seno de una tradición y como aceptación de los paradigmas culturales dominantes” (Traverso, 2005: 187). Adentrarse en la cultura y en la educación de la nación, tanto como propiciar un ascenso en la condición económica resultan ser dos de las llaves centrales para aquellos judíos que pretenden dejar el shtetl en “el breve, y muy agitado, período entre gueto y asimilación” (Arendt, 2000: 24). Debemos considerar de todos modos que, hacia mediados del siglo XVIII, las comunidades judías continúan estando agrupadas manteniendo sus referencias sociales, culturales y lingüísticas.

Como fiel imagen de época, entre los años 1790 y 1806 resplandece el salón de Rahel Levin Varnhagen (1771-1833) en la Jägerstrasse de Berlín. Los encuentros se establecen al inicio de lo que parece ser la época de oro de la integración en reuniones que convocan a aristócratas ilustrados, intelectuales de clase media y actores que no forman parte de las esferas respetables de la sociedad y que no comparten las convenciones ni los prejuicios de la época. Este escenario intenta propiciar un territorio neutro que pueda lidiar con las preocupaciones que tanto avergüenzan a Varnhagen desde su infancia acerca de su condición como judía y de la posición de la mujer frente al desarrollo de la escritura y del pensamiento. El texto de Arendt, que recoge cartas y relatos de su vida, narra las palabras que Rahel enuncia en su lecho de muerte describiendo con belleza y precisión el espíritu que, si bien podríamos enunciar de época, continúa siendo una arista actual de esto que damos por llamar lo judío: “Lo que en mi vida fue durante tanto tiempo la mayor vergüenza, la pena y la infelicidad más amargas –haber nacido judía–, no quisiera ahora que me faltara por nada en el mundo” (Varnhagen citado en Arendt, 2000: 21). Así, en una carta que Rahel escribe a su amigo Davis Veit subraya que, entre los mandatos recibidos a lo largo de su vida, como ser sensible, noble y grande “se olvidaron de una cosa: ‘¡sé judía!’” (2000: 26). Arendt finaliza el texto acerca de la vida de Varnhagen en París y le envía una copia a Scholem quien responde en una misiva que se pierde. La carta que se conserva es la que Benjamin escribe a Scholem (Arendt y Scholem, 2018) el 20 de febrero de 1939 donde comenta que el escrito le dio una gran impresión. Ambos, Arendt y Benjamin, se remiten al Siglo XIX para entender el Siglo XX y pueden ver allí en la vida de Rahel la confluencia del ser mujer, judía y alemana en las coordenadas del romanticismo.

En el año 1806 estos encuentros culminan con una caída vertiginosa, cuando la legislación napoleónica instala en la agenda alemana la discusión pública acerca de la emancipación judía. Los intelectuales románticos mantienen sus relaciones en el uno a uno con los judíos, pero se tornan antisemitas (Arendt, 2017) y obstruyen la posibilidad y el interés por mantener estos espacios; curiosamente, en los albores de la emancipación “los judíos más asimilados escaparon a través de la conversión al cristianismo. Muy significativamente, el hecho de ser judíos resultaba tolerable y no peligroso antes de la emancipación, pero no después de esa” (Arendt, 2017: 134).

Francia es el primer país que reconoce a los judíos como ciudadanos, a pesar de su tradicional antisemitismo (Traverso, 2005). La emancipación se declara en el año 1791, ligada al movimiento revolucionario de 1789 y favorecido por las instituciones estatales. En el año 1812 se declara un edicto que no sólo promulga la igualdad jurídica de los judíos respecto de los otros ciudadanos, sino que también suprime las limitaciones profesionales. Si bien en los años subsiguientes este decreto es en parte revocado, debe notarse que en Alemania en el mismo período, la universidad y el ejército se convierten en bastiones del antisemitismo (Traverso, 2005). Patrick Girard (1988) insiste en que en Francia se deben considerar diferentes emancipaciones, ya que estas resoluciones se fragmentan de forma desigual para cada uno de los grupos de judíos que habitan el suelo francés.

Como ejemplo paradigmático de la realidad francesa resulta de gran interés indagar el caso Dreyfus, a finales del siglo XIX, para comprender (Arendt, 2017) que el antisemitismo no puede ser estudiado sólo como un simple movimiento político, sino que resulta vital emprender el análisis de los acontecimientos sociales y económicos que lo penetran para pensar la situación del exterminio final.

En el año 1808, el gobierno alemán (Prusia), bajo la figura de Christian Wilheim Dohm decreta la ley municipal que otorga completos derechos cívicos, aunque no políticos. Los judíos pueden acceder a la ciudadanía, pero no así a la nacionalidad (Traverso, 2005). Mientras en Francia la cultura de la Ilustración excluye toda referencia religiosa, es decir, la referencia religiosa queda por fuera de la cultura, en la Aufklärung alemana la referencia a las formas religiosas subsiste pero con una condición: que se integren a la cultura (Milner, 2010). De todos modos –agrega– unos y otros deberán hacer de ellos mismos ciudadanos burgueses cultivados, interiorizando la solución de la manera que les resulte posible. Tras la Ilustración, no sólo la razón, sino también la educación como formación integral del ser humano, pasan a ser tanto en Francia como en Alemania, responsabilidad de la sociedad, en particular de sus legisladores. Educar es el derecho y el deber de un Estado para formar a sus ciudadanos, tal como lo implica el concepto de Bildung[12].

Tal como asevera Enzo Traverso (2005) en la introducción de su libro Los judíos y Alemania resulta imposible realizar una lectura unívoca y lineal de lo judío en esos tiempos[13]. Los sentidos multidireccionales, las contradicciones y las paradojas no hacen más que subrayar las numerosas interpretaciones que esa historia no cesa de plantear. En los relatos que se recogen acerca de la vida de Varnhagen, podemos elucidar cómo la sensible conciencia de los ilustrados que participan de las reuniones y de los salones no soporta saber que, entre ellos hay personas sin derechos. La causa de la humanidad –pretender tomar banderas– será también la causa de los judíos (Arendt, 2000). Si bien una de las lecturas posibles nos permite pensar la preocupación por la liberación de los prejuicios y cierto interés por la integración social de un grupo minoritario en pos de “convertirlos en miembros social y culturalmente productivos de la sociedad burguesa” (Arendt, 2004:117), este proceso celebrado por los filósofos y políticos ilustrados franceses y alemanes implica al menos una paradoja: la deliberación del Estado como figura encargada de normalizar la vida judía y de disolver aquello que es propio y específico. En un mismo gesto, bajo las pretensiones de la universalidad del hombre ilustrado se inscribe una apertura a los judíos en tanto que judíos, para que sin dejar de serlo –dejen de serlo–, bajo la exigencia de que se conviertan en lo que la sociedad “es” (Dujovne, 2008). En este sentido señalar a un pueblo en sus múltiples vertientes “es exponerlo a la amenaza que pesa sobre su representación política y estética, e incluso como sucede muy a menudo, sobre su propia existencia” (Barja y Rendueles, 2013: 18).

Indagar la asimilación implica a su vez dilucidar la tensión que genera la confrontación de cada uno de los individuos con su comunidad y con su tradición de origen; con aquello que pertenece al ámbito de lo dado como un dato incontrovertible que no remite a una cuestión biológica, sino a un presente político, a una configuración del mundo (Arendt, 2006). Así, lo que expande de modo abrupto la modernidad es la necesidad de un posicionamiento de los individuos frente a esta constitución: cierto apremio por elegir aceptar o rechazar. Pero más aún, esta dicotomía no queda circunscripta a un par de opuestos, sino que en la inscripción de cada uno de estos nodos se abre en forma de abanico una gama de diferenciaciones que confunden aquel origen indeleble. Un origen que no es punto de partida, sino creación continua y permanente. Esto último es un saber que Walter Benjamin vive en sus escritos con claridad pero que, sin embargo, muchas de las veces, resulta confuso para sus lectores. Algunas de las acepciones de estos modos del habitar el ser judío han sido descriptas en este apartado; otras, podrán leerse en el capítulo dedicado a la generación de los judíos alemanes. Consideramos pertinente detallar el modo en que Hannah Arendt (2006) presenta esta diferenciación31, ya que es retomado por múltiples autores para pensar la situación del excluido, del paria social. Por un lado, plantea la posición del judío advenedizo [parvenue] como la figura de quien, con el fin de ser de intentar ser aceptado abandona las fibras que le constituyen y se pliega a una rotunda asimilación. Por otro lado, el retrato de quien, a través de sus palabras y de su acción, rescata con gratitud aquello propio, lo dado. Esta figura del paria, posee cualidades intelectuales y un gran respeto por la espiritualidad, una inmensa sensibilidad hacia las injusticias, generosidad y falta de prejuicios (Arendt, 2006). En este sentido32, y en consonancia con las palabras que Rahel Vernhagen recita en su lecho de muerte, Fina Burlés recoge los versos de Auden Wystan “Ese singular mandato/ que no alcanzo a comprender, / Bendice lo que es por ser/ que tiene que ser obedecido, pues/ ¿Para qué otra cosa he sido yo hecho? / ¿Para estar de acuerdo o para estar en desacuerdo?” (Arendt, 2006: 15).

Enzo Traverso indaga y avanza sobre esta distinción que plantea Arendt, rescatando las figuras del schleimihl y del schnorrer ambos conceptos muy frecuentes aún en la literatura actual del idish. El primero, si bien es una figura que habita la marginalidad y su acepción lingüística nos remite al hombre sin suerte, es “portador de una sabiduría profunda que escapa a la racionalidad limitada de este mundo […] [se encuentra] impregnado de valores espirituales, no llega a adaptarse a una sociedad dominada por valores puramente materiales” (Traverso, 2005:139). La segunda figura, en cambio, carga con los defectos del parvenu y si bien remite especialmente al judío que intenta adentrarse al mundo burgués incluye también a aquellos intelectuales asimilados que, a cualquier costo, pretenden ser aceptados como un ciudadano alemán [staatsbürger].

Ahora bien, suponer un problema judío nos confronta así a los términos de la articulación que propicia Europa del nombre judío con la categoría de problema y más aún a la pretensión de buscar una solución para este problema por parte de los políticos. Esta indagación se vuelve estructural con la Ilustración y su consecuencia política, a saber, la Revolución Francesa (Milner, 2010),

Desde la época de la Ilustración, Europa esclarecida por la ciencia moderna y la política racional busca una solución definitiva del problema judío como buscó, digamos, una solución definitiva del problema de las mareas o del problema de Molyneux o del problema de la miseria, etc. Toda gran nación de la cultura europea ha creído encontrar la suya, y aquí el primer puesto lo ocupan Francia y Alemania. El nazismo se inscribe en continuidad con este paradigma. (Milner, 2010: 15)

En esta compleja cartografía, una de las perspectivas propone presentar a Francia como aquel modelo que, de algún modo, absorbe a los judíos en su nación y a Europa oriental como la tierra en la que la ajenidad cultural se manifiesta en un modelo más exponencial; mientras que “el Reich alemán y Austria fueron el lugar de un proceso de asimilación rápida y espectacular, que no obstante presentaba las contradicciones más desgarradoras” (Traverso, 2005: 58).

El problema político de igualar. Público y privado – individual y colectivo

En su crítica a la Ilustración, Arendt (2004; 2006; 2009) da cuenta del problema que implica asimilar u homogeneizar a la población, ocultar a las minorías; la imposibilidad de reconocer aquello específico de lo judío (situación también presente en el análisis de otros grupos minoritarios) tema central para la comprensión del siglo XX. Es una aceptación del otro que al mismo tiempo solicita que abandonen aquella particularidad que los diferencia. Los ilustrados aceptan a los judíos bajo el pacto implícito de asimilación, de abandono de diferencias en pos de búsqueda de similitud o indistinción. Es una mirada que se centra en una unidad de análisis sobre el individuo, que desestima las diferencias culturales. Esta crítica afecta también a la tradición más amplia del pensamiento político liberal moderno en la que ella se inscribe. Arendt critica en este punto la tradición liberal clásica y denota “la intolerancia y hostilidad para reconocer a los judíos como un pueblo particular y no sólo como una colección de individuos abstractos con una religión privada” (1996: 26). Es por ello que resulta indispensable diferenciar la idea de igualdad político-jurídica, de la preocupación por la diferenciación cultural frente a la uniformización en el ámbito social.

Esta situación de querer igualar o asimilar lo diferente no hace más que resaltar la imposibilidad de homogeneizar incluso frente a quienes se esfuerzan por no distinguirse. En este punto (esta exaltación de la diferencia en un proceso que intenta homogeneizar) tanto Milner como Arendt destacan una doble vía de discriminación: una segregación que procede de quienes denigran lo judío y a su vez de quienes exaltan su posición de excepción (atracción) que puede ser leída fácilmente en términos de estigmatización, “de aquí que cuanto más igualada fuera la condición judía, más sorprendentes fueran las diferencias judías” (Arendt, 2017: 128). Arendt relata el caso de aquellos judíos de excepción, que se forjan justamente en la ambigüedad del ser judíos y de presentarse en tanto exponentes que no parecen serlo, lo cual expone cierto aspecto de lo exótico que el nuevo humanismo del siglo XVIII viene a presentar de la mano de Herder (Catanzaro, 2010). En estos individuos, podemos observar una preocupación más atenta a lograr de un modo discreto y ciertas veces secreto una solución a esa carga personal que un interés por una emancipación en bloque (Arendt, 2000). Esta asimilación en términos de aceptación es otorgada en casos donde se demuestra la distinción en mérito de la excepción, tanto en los primeros tiempos en que las restricciones políticas eran humillantes como luego, cuando la habilitación de cierto status político enciende el ataque de los movimientos antisemitas.

La falta de categorización de las cuestiones sociales y políticas en el rudimentario equilibrio de la conformación de los Estados-nación, gobierna durante 150 años las peculiaridades de los judíos al ingreso de la sociedad europea occidental, lo que causó que “tuvieran que pagar con una miseria política su gloria social y con el insulto social el éxito político” (Arendt, 2017: 129). Debemos comprender que el avance del antisemitismo político deviene de la mirada hacia un grupo separado, diferente y ajeno, mientras que la discriminación social avanza conforme a la creciente igualación de los judíos respecto a los demás. Si bien la igualdad resulta ser un término indispensable frente a la justicia, cuando se torna un concepto omnipotente afronta el peligro de invisibilizar las diferencias que existen entre los individuos y estos inversamente se tornan más desiguales,

Esta perversión de la igualdad, de concepto político en concepto social, es aún mucho más peligrosa cuando una sociedad no deja el más pequeño espacio para los grupos e individuos especiales, porque entonces sus diferencias se tornan aún más conspicuas. (Arendt, 2017: 128)

La problemática que incrementa la modernidad, de igualar la condición judía, no hace más que subrayar sus diferencias y potenciar un escenario determinante para la construcción de la vida judía en occidente. La incursión incesante de los nuevos Estados-nación sobre el modo de incluir socialmente a los judíos, en su esfuerzo por presentar una humanidad como principio universal, deviene en una profundización mayor de las diferencias.

La figura del exilio. El exilio y la lengua

Querían borrar la escritura. Querían quedarse solos. Sin ley.

  

Kertész, 2010: 70

Dos temas se deslizan incansablemente en los intersticios de esta investigación: el exilio y la lengua. La lengua, la palabra, el lenguaje y la narración son conceptos recurrentes en los escritos de Benjamin. El exilio, en su vida. Lenguaje y exilio son centrales para la comprensión de lo judío. No sólo la literalidad de la diáspora y el andar errantes en su literalidad, sino también el ser extranjero en la propia tierra. Una y otra vez la letra y el texto deben ser ocultados en el devenir de la historia; se los prohíbe. Así podemos ver en la forma actual de los libros de liturgia[14], por ejemplo, cómo ha sido el modo de selección de las formas y de las plegarias que se han ido incorporando para mantener activo, incluso frente al peligro, las lecturas que sostienen el espíritu originario de los textos.

La noción de exilio en la tradición judía está fuertemente enlazada con el concepto de la atracción por las culturas ajenas y la dificultad de resistir a la idolatría. La inmoralidad, los celos, el mal ojo, la idolatría y los asesinatos impurifican la tierra e indican un corazón moribundo y el olvido de Dios. “Cuando un alma de la casa de Iaacov va al exilio bajo el control de las 70 naciones y entra en su ámbito clama setenta veces” (Kramer, 2007: 130). Así, la exposición a los males, la falta de respeto y la humillación del prójimo hacen que el pueblo permanezca en el exilio. El problema más grande del exilio, más que la situación física es el aspecto mental en la cual se absorben las filosofías del entorno y se sucumbe a ellas. Se dice que todos los exilios están contenidos en el exilio de Egipto en el cual el pueblo descendió hacia los lugares más bajos de impureza, pero también y al mismo tiempo el concepto de Egipto [Mitrzaim], que corresponde a la estrechez en la garganta [tzar garón], puede ser visto como una oportunidad para la renovación de la emuná (concepto de fe).

En la literatura sagrada se mencionan los cuatro exilios desde el momento de la creación. El texto bíblico dice, “En el comienzo, Dios creó los Cielos y la tierra. La tierra estaba informe y vacía [Tohu va-bohu] y la oscuridad cubría el abismo” (Génesis 1:1-2). Como podemos leer en la fuente del Midrash de Bereshit Rabah[15] (2:4) la palabra “informe” se refiere al exilio en Babilonia; “vacía” se refiere al exilio en Persia; “oscuridad” es el exilio griego, pues ellos oscurecieron la vida de los judíos con decretos severos; el “abismo” es el exilio final, el del imperio romano.

Así se presentan los cuatro exilios; luego de la destrucción del primer templo, los exilios de Babilonia y de Persia. El exilio romano que lleva hacia la diáspora actual y el exilio griego que sucede en la propia tierra, donde los decretos de Antíoco IV llenan de oscuridad la posibilidad de vivir una vida judía. La opresión de los griegos mediante la imposición de la cultura helenística y la prohibición de cada uno de los preceptos de las leyes de la Torá generan una caída en la emuná y el exilio del gobierno de Dios [maljut]. La tarea es entonces recuperar y ejercitar una justicia equilibrada [mishpat] y permitir que la ley oral forme parte de la vida cotidiana en pos de mitigar los decretos severos del exilio (Kramer, 2007). De manera tal que redimir el mishpat, en su conjugación de compasión y justicia, junto con un liderazgo calificado que pueda implementar la justicia, resulta vital para finalizar con el exilio. El Zohar (III, 135a) subraya la importancia de la ley oral y del liderazgo adecuado: “Si el líder de una nación no se rectifica y perfecciona primero, la nación no puede ser perfecta. Si el líder es perfecto, entonces el pueblo puede llegar a ser rectificado y perfeccionado” (Kramer, 2007:143).

El exilio es también el exilio de la lengua en su aspecto de emergente histórico, como se pudo ver en el caso del distanciamiento del idish para quienes dejan el shtetl. Pero también para esa generación a la cual pertenece Benjamin que Enzo Traverso describe en la figura del escritor Joseph Roth: “Roth era la representación viva del judío del este, salido del shtetl, des-gajado de su pueblo, des-colocado por la asimilación, des-terrado por la historia, des-ilusionado por todos los ideales […] se consideraba a sí mismo un ser extraño en este mundo […]” (2005: 25), por fuera de las ideas dominantes. Más allá de las particularidades en los modos de abordar esta relación con aquello que es dado -que será tratado en el capítulo correspondiente- George Steiner lo sintetiza así:

Ser judío quiere decir pertenecer a una tradición de varios milenios de respeto por la vida del espíritu, de respeto infinito por el Libro, por el texto, y significa que el equipaje debe estar preparado, que la maleta debe estar hecha, lo repito. (Steinsaltz, 2016: 18)

Y la vida de Benjamin, es una vida con maletas, una vida de exilio. Dice Scholem, “Benjamin se exilia particularmente en los objetos, en las cosas, y por cierto que no sólo en las cosas divinas, sino también en las más insignificantes, en las más efímeras y deterioradas” (2007: 18). Los viajes y las estancias en las diferentes ciudades europeas forman una parte central del relato de su vida, tanto es así, que identificamos sus textos con el lugar donde se encontraba al escribirlos. De pequeño, colecciona las postales que su abuela le envía desde sus viajes con la ilusión de poder conocerlos. En el año 1930, inicia un largo exilio. Entre los meses de abril y julio de 1932 viaja a Ibiza. Regresa a Niza. Retorna en el año 1933 a instancias de Gretel Karpus para lograr un buen refugio. La isla y sus ocupantes lo encandilan y escribe allí numerosos textos y cartas centrales para la elaboración de algunos de sus conceptos más significativos, en particular aquellos relacionados con la narración de los viajeros y los marinos. En la Alemania de Walter Benjamin, el exilio comienza en el año1933 en especial, para aquellos judíos militantes de izquierda. Pero la gran ola migratoria se genera a partir de las leyes de Nuremberg[16] y se acentúa más aún tras la Noche de los Cristales[17].

Su situación económica es compleja y su país natal se encamina cada vez con mayor contundencia hacia el horror que le impedirá su retorno. Viaja a Svendborg, Dinamarca a la casa de Brecht, a San Remo a la casa de su ex esposa Dora Kellner donde reanuda sus trabajos y luego se traslada a París. Las cartas escritas entre los años 1935 y 1937 dan cuenta de la gran dificultad económica que atraviesa. Mientras, continúa su tarea de traducción de Baudelaire y publica la antología Alemanes [1936][18]. En el año 1938 viaja a Dinamarca donde es recibido por Brecht, pero pronto la presión de la situación política de la expansión del nazismo lo deja sin opción. En el año 1939 es llevado al campo provisional de Colombes para ser trasladado a Nevers. Luego de tres meses es liberado y retorna a París donde continúa la escritura de las Tesis sobre el concepto de historia. En 1940 regresa a París y huye con su hermana a Lourdes para iniciar el recorrido hacia el trágico final de su vida. Así, Walter Benjamin vive entre ciudades, entre lenguas, en los márgenes.

La cultura intelectual judeo-alemana de aquellos que si logran exilarse en América mantiene el uso de la lengua de su tierra natal en revistas y publicaciones, como un acto de resistencia que testimonia el horror del desgarro de la imposibilidad de una convivencia, el espanto de aquel exilio forzoso de aquellos que lograron concretarlo, también, en nombre y memoria de quienes no pudieron hacerlo siendo víctimas del horror del nazismo. Un exilio que impregna la constitución de la experiencia individual de cada uno de ellos pero que, a su vez, es el exilio de una comunidad. Lo inconciliable de la judeidad con la lengua alemana persiste así en estos textos que intentan preservar cierta memoria de la destrucción, de aquello imposible de reconstruir, “La lengua […] sí, es lo único que me ata. Qué singular. Esta lengua extranjera, mi lengua materna, la que me permite entender a mis asesinos” (Kertész, 2010: 31).

Es que bajo el prisma de los exiliados podemos contar la historia del siglo XX. El exilio individual y comunitario, el exilio social y político, el exilio de la palabra. El desarraigo del texto que unifica el mundo, como el exilio de la lengua sagrada que Benjamin nos propone pensar en “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres” [1916]. Así, sólo esa unidad originaria –de la que lo expresado y el que lo expresa conforman la unidad de Dios– captada lingüísticamente, “garantiza el conocimiento pretendido por Benjamin” (Bröcker, 2014: 718), como se podrá leer en los capítulos siguientes que analizan estos aspectos.

Exilio es el constante devenir, el caminar permanente, el ser errante. Es también la impronta de la necesidad de la vuelta al texto, a la palabra. La importancia central del libro sin duda coincide con la condición del exilio, un exilio que también ejecuta la textualidad de la condición judía. El exilio significa paradójicamente el habitar una diáspora que es a su vez, posibilidad de continuidad de una tradición, de una búsqueda permanente. El exilio y la errancia forman también parte del legado de la mística del judío en su constante tarea de recoger en cada lugar del mundo las chispas que posibilitan la unificación en el concepto del Tikún Olam. Es que el exilio es también una marca de la retracción original de Dios en la creación. Dios se retrae de sí mismo –si así pudiera decirse– y entrega las emanaciones divinas [Sefirot][19] que ante la inmensidad de la luz se resquebrajan para volver a conformar un mundo. La dispersión de estas chispas de santidad forma parte de la tarea del hombre en pos de la unificación. Para Edmond Jabès (1991), estos pasos testifican los conceptos de exilio, ruptura y salvación. Dios se retrae, pero la conciencia en el hombre de Dios en el mundo [Shejiná] permanece. Así, en el pueblo condenado al destierro el concepto de vacío incluye la potencia de la plenitud. Desde el exilio se busca la inmensidad, lo inconmensurable. “El exilio está en la Ley; pues La Ley es Libro en la palabra” (Jabés, 1991: 323). De tal modo que el vacío del exilio bajo los preceptos de la Kabalá se enlaza con el vacío de lo sacro y moldea la palabra que habrá de escoger el escritor, el sabio; como los grandes maestros jasídicos que se trasladaban de un pueblo a otro, de quienes podemos leer con tanta precisión la descripción de sus viajes, de sus almas errantes. Por eso, aunque el Tzadik (maestro) no desee viajar, deambula por su misma casa (Rabí Natán, 1995).

Entre los edictos de los Zares de Rusia y la Francia republicana parte de los llamados judíos alemanes hacen del pensamiento su patria. Así, el avance de la barbarie nazi detona los últimos resabios de la imaginería de la posible inclusión y la autoridad del exilio se instituye. El marco de la tradición judía les permite habitar un exilio que en sí mismo conforma y devela parte de una tradición. El exilio establece así una forma de resistencia que en el devenir del siglo XX se irá constituyendo en un concepto central de lo político en la modernidad del mundo occidental.


  1. Director de Simon Dubnow Institute for Jewish History and Culture en Leipzig.
  2. Esta conocida frase perteneciente a Calle de mano única valió el título de Avisadores de fuego y Aviso de incendio en dos libros pertenecientes a Reyes Mate y Juan Mayorga (2000), por un lado, y a Michael Löwy (2003) respectivamente.
  3. Al respecto Arendt señala que los procedimientos y la instauración no son novedosos puesto que habían sido implementados por el colonialismo británico en África en lo que ella denomina “masacres administrativas”. La novedad del nazismo, para ella reside en que estas políticas colonialistas ejercen un efecto de boomerang y vuelven sobre Europa, es decir, los nazis llevan a cabo estas políticas de matanzas en serie dentro del continente europeo y aplicado a lo que se consideraba su “propia” población.
  4. Para ampliar este tema se sugiere leer el artículo Sobre la muerte de Walter Benjamín: Una ficción de Joaquín Fortanet (2007: 116) en Astrolabio. Revista internacional de filosofía. Núm. 4, así como también el documental ¿Quién mató a Walter Benjamin? de David Mauas.
  5. Las especificidades de Alemania resultan importantes por ser el lugar que habita Benjamin y las de Rusia porque allí se desarrollan los principales movimientos jasídicos que continuarán con la vertiente mística de la espiritualidad jasídica.
  6. La particularidad del pensamiento jasídico como fuente permanente de inspiración en la vertiente mística que recoge Walter Benjamin, será abordada en el próximo capítulo.
  7. Este tema se abordará con mayor detención en el capítulo 5 dedicado al arrepentimiento de Stavrogin en relación al texto sobre surrealismo y el mal en la modernidad.
  8. Entre otros detalles que describen la situación Foucault copia fragmentos de una carta de Johann Wilhelm Gleim a Johann Peter Uz, ambos poetas alemanes, en febrero de 1756 “El autor de los diálogos filosóficos y de la obrita sobre las sensaciones no es un judío imaginario sino un judío bien real. Sin profesores ha progresad en ciencias, en álgebra […] Para ser un gran hombre sólo le falta un poco de prepucio” (Foucault, 2009: 27).
  9. Véase L’ amour du yddish. Ecriture juive et sentiment de la langue de Régine Robin (1984).
  10. Comentario de Foucault a partir del texto de Kant.
  11. Referencias del discurso de Isaac Bashevis Singer en la entrega del premio Nobel que recibe en el año 1978.
  12. Aporte del romanticismo alemán que remite al cultivo y al perfeccionamiento del sí mismo. Si bien este concepto queda ligado al Iluminismo francés y a la Aufklärung alemana deja abierta la pregunta por la relación entre la Bildung en tanto desarrollo y enriquecimiento de la armonía individual y la tarea de una labor y una construcción comunitaria. Para ampliar este concepto ver Fabre, Michel, (2011) Experiencia y formación: la Bildung.
  13. El memorial Yad Vashem –Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá en Jerusalem– tiene en una de sus salas una reconstrucción de un salón de una casa de una familia judía en los años previos a  la Shoá. La misma se pudo reconstruir a partir de los relatos de un sobreviviente y de la donación que él mismo hiciere de algunos muebles que encontró en su casa. Una biblioteca grande, con vidrios por delante. Un estante con la obra de Goethe. Un estante con todos los tomos del Talmud. Estaban tan involucrados en la cultura judía, se escucha decir en la grabación de un sobreviviente, que el golpe les vino de adentro, no de afuera […] no podían ser los alemanes con los que convivíamos.
  14. Los sabios instituyen que en el rezo del día sábado se lea un fragmento del libro de los Profetas que esté en relación a la temática correspondiente a la lectura de la Torá de esa semana. Esto se debe a que la lectura de la Torá fue prohibida bajo Antíoco Epifanes previo a la revuelta de los macabeos. Así, la costumbre de la lectura de lo que se llama Haftará, da cuenta de los modos en que se mantenía el rezo sin abocarse al estudio de la Torá que estaba condenado con pena de muerte.
  15. Bereshit Rabah escrito entre los años 300 y 500 es una colección de antiguas interpretaciones homiléticas rabínicas del libro Génesis.
  16. El 15 de septiembre de 1935 durante el séptimo congreso anual del NSDAP [Reichsparteitag] celebrado en la ciudad de Núremberg (Alemania) los nazis anuncian la institucionalización de las leyes que niegan a los judíos la ciudadanía alemana y les prohíbe casarse o tener relaciones sexuales con personas de “sangre alemana”. Quedan inhabilitados para votar y pierden todo derecho político.
  17. En la Noche de los cristales rotos [Kristallnacht] del 9 al 10 de noviembre de 1938, los nazis ordenados por Hitler y Goebbels junto con la juventud hitleriana salen a las calles a matar y a detener judíos. Destruyen sus casas, sus Sinagogas y todos los frentes (los cristales) de sus tiendas.
  18. La antología la escribe y publica periódicamente en los años 1931 y 1932 y recién se publica en Suiza en el año 1936.
  19. Las Sefirot son las fuerzas /Leyes/ Poderes a través de los cuales Dios Crea y gobierna el mundo (Luzzato, 2005).


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