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La lógica en la filosofía de John Dewey

Una reconstrucción –crítica– de la tradición

Livio Mattarollo

[…] logic is both a science and an art; a science so far as it gives an organized and tested descriptive account of the way in which thought actually goes on; an art, so far as on the basis of this description it projects methods by which future thinking shall take advantage of the operations that lead to success and avoid those which result in failure.

[La lógica es tanto una ciencia como un arte: una ciencia, en la medida en que proporciona una descripción organizada y verificada del modo en que el pensamiento realmente se desarrolla; y un arte, en tanto que, basándose en esta descripción, diseña métodos para que el pensamiento futuro aproveche las operaciones que conducen al éxito y evite aquellas que resultan en fracaso].

  

John Dewey, Reconstruction in Philosophy  

Introducción

Tanto las reflexiones sobre lógica como la obra Logic: The Theory of Inquiry ocupan un lugar central en el pensamiento de John Dewey. Más allá de la discusión interpretativa que pueda generar, Ángel Faerna sostiene que “escribiera sobre lo que escribiera, lo que hacía Dewey era, casi siempre, hablar ‘fundamentalmente’ de lógica” de modo tal que “toda su obra aparece como un sostenido ejercicio de lógica aplicada” (Faerna 2022, 10). De hecho, sus primeros textos sobre lógica, “Is Logic a Dualistic Science?” y “The Logic of Verification”, se remontan a 1890, mientras que su ardua discusión con Bertrand Russell se extiende al menos hasta la década de 1940. En este período Dewey publica numerosas piezas sobre lógica, entre ellas “Some Stages of Logical Thought” (1900), “Logical Conditions of a Scientific Treatment of Morality” (1903), Studies in Logical Theory (1903), How We Think (1910), “The Logic of Judgments of Practice” (1915) y Essays in Experimental Logic (1916) todas las cuales constituyen su teoría lógica temprana (Johnston 2014)y, tras unos años enfocado en otros temas, su Logic de 1938. 

El propio Dewey parece respaldar lo antedicho cuando señala que si bien no tiene el acabado ni la exhaustividad teóricamente posibles, Lógica es el fruto de 40 años de trabajo sobre el asunto. Con todo, el valor de la obra radicaría fundamentalmente en su carácter de orientación para “[…] la muy seria tarea de poner en acuerdo a la lógica con la práctica científica […]” (LW.12.5).[1] Esta tarea requiere, a su juicio, una reforma de la disciplina tal que la desligue de los compromisos ontológico-gnoseológicos heredados de la tradición aristotélica y la vincule con la versión experimental de la ciencia o, para ponerlo en términos más precisos, con la investigación. En este marco, la tesis principal de Dewey es que “[…] todas las formas lógicas (con sus propiedades características) surgen de la operación de investigar y se ocupan de controlar a la investigación para que éstas puedan producir aserciones garantizadas”, vg., que las formas lógicas se originan en las operaciones de la investigación y, en cuanto postulados, formulan las condiciones descubiertas en el curso de la investigación misma que investigaciones posteriores deberán satisfacer para producir juicios con asertabilidad garantizada (LW.12.66).

Como puede advertirse, Lógica se posiciona en un lugar distinto al de la tradición e implica tanto la discusión de algunos presupuestos centrales como la reformulación de ideas claves de la disciplina. Quizás una buena forma de introducir el punto es adelantar qué encontraremos y qué no encontraremos en esa obra. Encontraremos un detenido desarrollo sobre filosofía de la lógica y su comprensión como organon para la investigación en el marco de su renovada concepción de experiencia como transacción entre organismo y ambiente; encontraremos un análisis sobre la correspondencia entre la concepción ontológica y gnoseológica de Aristóteles y la composición de la sociedad griega clásica, que cabría caracterizar como sociología de la lógica, y sobre el desfasaje entre tales concepciones y el avance de la ciencia experimental; y encontraremos un esfuerzo por evaluar y reformular las ideas básicas de la disciplina a la luz de los nuevos puntos de partida, esfuerzo que incluye diálogos con figuras como el mencionado Aristóteles, Mill, Peirce, James, Russell, Lewis, Bradley, Rignano y Bosanquet, entre otros. Como contracara, lo que no encontraremos es algún tipo de simbolización punto que como Dewey mismo adelanta resulta llamativo, teniendo en cuenta los desarrollos en lógica formal contemporáneos a Lógica–, ausencia que responde a la necesidad de llevar adelante, primero, una reconstrucción crítica de la disciplina que recomponga la dicotomía tradicional forma / materia y establezca adecuadamente las ideas y relaciones que podrían formalizarse (LW.12.4).[2] El problema de integrar los desarrollos formales con una concepción histórico-genética de la investigación ha sido una tarea central para Dewey en las décadas de 1920-1930 y le demandó “nada menos que una reformulación de la teoría lógica”, cristalizada en su obra de 1938 (Johnston 2020, 4). 

Partiendo de este sencillo retrato, el presente capítulo busca analizar cómo se reconfiguran desde la perspectiva deweyana algunos conceptos centrales de la lógica. Para ello, el texto se organiza en tres secciones principales en las que (i) se presentan el marco conceptual y los antecedentes teóricos del planteo de Dewey al tiempo que se enuncian las características generales de su posición sobre lógica; (ii) se recapitula la matriz o pauta general de la investigación, prestando especial atención a las nociones de juicio práctico y aserción garantizada; y (iii) se reconstruyen la teoría general de las proposiciones junto con la consideración de la inducción y la deducción como fases cooperativas del proceso de investigación, temas poco trabajados en la bibliografía en español. La intención del capítulo es ofrecer un tratamiento preciso y puntual de los conceptos señalados, razón por la cual en las secciones centrales se trabaja prioritariamente con el texto de 1938, y especialmente invitar a leer Lógica, una obra tan compleja como desafiante.

Marco conceptual, antecedentes teóricos y definiciones centrales de la Lógica

A riesgo de tomar una vía harto transitada y por ende poco novedosa, comenzaremos el recorrido atendiendo aunque fuera brevemente a un elemento estructural de toda la filosofía deweyana: su concepto de experiencia. Una de las marcas distintivas y más novedosas de la noción deweyana de experiencia está dada por el énfasis en la categoría de acción. Dewey perfila su concepción de experiencia en oposición a la versión griega clásica y al empirismo moderno. En términos generales la limitación más seria que encuentra en ambas versiones es la disociación entre experiencia y razón: si Platón considera que la experiencia queda ligada a la práctica ciega y que la razón es lo único que nos puede elevar por sobre los hábitos y costumbres, Berkeley, Locke y Hume cometen el error de suponer un individuo como receptor pasivo de impresiones sin intervención de la razón, al menos en una primera instancia. No obstante, Dewey rescata algunos aspectos interesantes de ambas concepciones: por un lado, la postura clásica enfatiza el carácter social de la experiencia en tanto transmisión del conocimiento; por otro lado, los empiristas insisten en la experiencia como juez para cualquier reivindicación de orden gnoseológico e incluso político, encontrando allí ciertas contribuciones para su propia comprensión del tema.

Así las cosas, Dewey afirma que la experiencia es ante todo acción, tanto de un organismo o individuo sobre las cosas que lo rodean como del ambiente, natural a la vez que social, sobre dicho individuo. En “The Need for a Recovery of Philosophy” (1917) puede leerse lo siguiente: “[y] la experiencia no es idéntica a la acción mental; es la entera conexión orgánica agente-paciente en todas sus interacciones con el ambiente, natural y social […] experiencia no significa primariamente conocimiento, sino maneras de hacer y padecer” (MW.10.26). La experiencia está dada por los cambios que opera el organismo y por las consecuencias de esos mismos cambios sobre el organismo y sus actividades. De acuerdo con la lectura del pragmatista, la experiencia se define entonces como un tipo de vínculo entre organismo y ambiente tal que los elementos y su unidad funcional obtienen su carácter específico en el papel que desempeñan dentro de esa misma relación. A eso remite el término transacción, empleado por Dewey para enfatizar que la experiencia es un asunto activo-pasivo que incluye acción, ensayo, error, etc. (un sentido que explicita su vínculo con la idea de experimentación) pero también incluye el padecimiento de las consecuencias de esas mismas acciones, dando lugar a un continuo ritmo dinámico de equilibrio, desequilibrio y recomposición de un nuevo equilibrio.[3] 

La experiencia en términos de transacción y el vínculo afectivo entre organismo y ambiente son puntos de partida común a todas las actividades vitales y experiencias diferenciales, de modo que permiten establecer una continuidad entre ellas sobre la base de ese elemento compartido y sentar las pautas para una “lógica de la experiencia”, tomando en préstamo una expresión del propio Dewey. En este sentido amplio o genérico, su valor radica en poder dar cuenta del paso entre distintas situaciones o funciones propias de la experiencia (MW.2.313). Así comprendida, la lógica de la experiencia permite remover las bases de la referida segmentación de las distintas actividades vitales en la medida en que en todas ellas la satisfacción de las necesidades requiere por igual que el ambiente sea modificado.[4] 

Este rodeo permite enmarcar dos cuestiones centrales. Para empezar, el conocimiento queda envuelto en el proceso en que se sostiene y desenvuelve la vida, esto es, en la experiencia comprendida como transacción. Lejos de meramente representar o aprehender desinteresadamente una realidad externa y objetiva, como plantean las concepciones de herencia aristotélica, en este contexto teórico conocer implica introducir cambios definidos en el ambiente y en nuestra relación con el ambiente, es decir, constituye una actividad orientada por ideas que cumplen con las condiciones impuestas por el mismo problema que provoca la tarea de conocer. Recogiendo el guante de las ideas que desarrollara Charles S. Peirce en los “ensayos fundacionales” del pragmatismo,[5] Dewey considera que el origen del pensar está dado por las dificultades concretas que se imponen en el curso de experiencia, que producen perplejidades y obligan a una reconsideración de la situación en vistas a su reunificación, y no por especulaciones pretendidamente ajenas al trato con el mundo y responsables de cierto “sonambulismo intelectual” que ha aquejado a la filosofía (MW.12.161). En este sentido, “[s]i consideramos que el conocer no es el acto de un espectador ajeno sino de quien participa en la escena natural y social, entonces el verdadero objeto de conocimiento reside en las consecuencias de la acción dirigida” (LW.4.157). 

De aquí se sigue una reconsideración de la naturaleza misma de la lógica: dado que conocer implica reconstruir deliberadamente el curso de experiencia, entonces la lógica como explicación del proceso de pensamiento no es puramente formal, es decir, no se limita a leyes formales de razonamiento independientes del plano material sino que “[…] es la formulación clarificada y sistematizada de los procesos de pensamiento que permitirán que la deseada reconstrucción avance de manera más económica y eficiente”, es decir, proporciona un “método de guía inteligente de la experiencia” (MW.12.157 y 159). Esta reconsideración se monta en la crítica hecha por Dewey acerca de la inconsistencia entre sostener una concepción moderna de la ciencia a la vez que una lógica de herencia aristotélica. Para ello el autor repasa varios tópicos de la lógica tradicional aristotélica y los sitúa en el escenario ontológico de la filosofía griega, caracterizado por la distinción entre lo permanente o fijo, vale decir, el ámbito de las formas, y lo variable o cambiante, y por la consideración de que el conocimiento propiamente dicho es el conocimiento teórico, aquel que puede dar cuenta de lo permanente o fijo en tanto expresiones de formas ontológicamente necesarias. Es por ello que el conocimiento, en sus formas lógicas, consiste en definiciones y clasificaciones taxonómicas que en definitiva son expresiones de formas necesarias del Ser. El punto central, señala Dewey, es que en ese orden jerárquico de especies fijas y de conocimiento demostrativo y contemplativo, la lógica aristotélica es rigurosamente adecuada, existencial –antes que formal– y describe magistralmente bien los caracteres del conocimiento y de la ontología tal y como eran entendidos por la tradición griega. 

El problema surge cuando la concepción moderna de la ciencia posterior a la revolución científica concentra su trabajo en el aspecto cuantitativo de su objeto de conocimiento y deja atrás el trasfondo de esencias o formas fijas pero, a pesar de todos esos cambios, insiste en una lógica de tipo aristotélico, sin observar que dichos modos de entender la lógica son expresión de una metafísica, de una teoría del conocimiento e incluso de un orden social subyacentes. Esta relación incompatible entre concepción científica y lógica es responsable de que se entienda a la lógica aristotélica como una lógica meramente formal, desprovista de objeto de estudio e investigación. En palabras de Dewey, “[l]a confusión que afecta a la teoría lógica es, entonces, consecuencia natural del intento de conservar las formas de la teoría lógica clásica una vez que el método de investigación por el que se obtiene el conocimiento y se ponen a prueba las creencias ha sufrido un cambio de raíz” (LW.12.99).[6] 

Para desandar esta confusión Dewey hace pie en la idea del continuo de la investigación, que identifica en la lógica de Peirce y que permite llevar a cabo una explicación empírica de las formas (principios y propiedades) lógicas. En este marco se inscribe la ya mencionada tesis central de Lógica, a saber: que el objeto de estudio de la lógica debe ser el trabajo efectivo de la investigación, entendida como la determinación progresiva de una situación inicialmente indeterminada, en vistas a la obtención de formas lógicas no vacías, es decir, por referencia al curso de la investigación.[7] En estos términos, la lógica es un análisis del modo de trabajo de las investigaciones, vale decir, una “investigación de la investigación” o una investigación de segundo grado que identifica, explicita y abstrae aquellas formas de proceder de la investigación que sistemáticamente han contribuido a su control y dirección. En consecuencia, las formas lógicas se originan en el curso mismo de las investigaciones y dejan de aparecer como sentidos prefijados y externos, mientras que la lógica qua disciplina podría verse como una generalización de los procesos operativos que permiten alcanzar aserciones garantizadas como resultado de investigaciones controladas o, siguiendo a Arenas (2023), “un ejercicio autorreflexivo en el que la propia práctica de la investigación ‘toma conciencia’ de los mecanismos más eficaces para desarrollar dicha investigación”. La exigencia de una reforma lógica deviene en la exigencia de una teoría unificada de la investigación que busque regular la experimentación operativa de la ciencia y del sentido común, desde los que se obtienen conclusiones, juicios y guías de acción. El punto clave es que las formas lógicas tienen una función normativa pues resultan las condiciones que toda investigación debe cumplir para el control de la investigación de modo que son empírica, temporal y operacionalmente previas a esta investigación particular pero no a priori de toda investigación: “[a] la vez que deriva de lo que viene implicado en investigaciones que han tenido éxito en el pasado impone una condición que deben satisfacer las investigaciones futuras hasta que los resultados de esas investigaciones ofrezcan alguna razón para modificarla” (LW.12.25).   

Los comentarios precedentes introducen algunos rasgos generales de la concepción deweyana de la lógica, tal como los plantea Dewey en 1938 (LW.12.21-29):

  1. La lógica es una disciplina progresiva pues se apoya en los mejores métodos de investigación de un momento determinado y, si aquellos mejoran, la lógica debería cambiar de forma correlativa. Esto es consistente con la posición antifundacionalista de Dewey respecto del conocimiento: así como no podemos aspirar a certezas indubitables que conformen el punto de partida para la tarea de conocer, tampoco podemos aspirar a formas lógicas fundacionales e invariables sobre las que se monte el desarrollo de la disciplina.  
  2. El objeto de la lógica está determinado operacionalmente porque los métodos de investigación son operaciones realizadas o a realizar, tanto sobre material existente, en operaciones experimentales, como sobre y con símbolos. Este operacionalismo, como lo caracteriza Arenas (2023), implica rastrear aquellas operaciones que subyacen a los conceptos y términos lógicos, borradas por el simbolismo y por ende tomadas como independientes de la investigación.
  3. Las formas lógicas tienen carácter de postulados, vg. condiciones –en principio implícitas y luego gradualmente reconocidas y formuladas– que se postulan como formas lógicas con diferentes grados de generalidad y que establecen progresivamente las pautas que toda investigación debe satisfacer, siempre sujetas a la dinámica progresiva de la lógica indicada en el punto 1 y a las exigencias contextuales del tipo de investigación que debemos llevar adelante tanto como a las condiciones locales impuestas por la situación.  
  4. La lógica es de carácter naturalista porque parte del reconocimiento de ciertas funciones y estructuras biológicas que preparan, prefiguran o anticipan el camino para la investigación sin que esta última resulte idéntica a aquellas operaciones de las que surge –a esto refiere Dewey con el seno biológico de la investigación– y porque las formas lógicas resultan de la abstracción y explicitación de los procedimientos que ha seguido la investigación exitosa y que se postulan como condiciones para la obtención de aserciones garantizadas en las investigaciones futuras. En este orden, podemos “combinar” dos expresiones identificadas en la bibliografía sobre el tema y señalar que la lógica de Dewey se encuadra en un naturalismo normativo anti-reduccionista.[8]   
  5. La lógica es una disciplina social pues el medio estrictamente físico se halla tan incorporado al social que las transacciones de los seres humanos están profundamente afectadas por la herencia cultural expresada en tradiciones, instituciones, costumbres, creencias y finalidades –a esto refiere Dewey con el seno cultural de la investigación–, de modo que la propia investigación brota de un trasfondo social, es una actividad socialmente condicionada y genera modificaciones en las condiciones de las que surge. Por ello, al naturalismo se le debe agregar otra cualidad, esta vez aportada por Dewey mismo: naturalismo cultural (LW.12.28).   
  6. La lógica es autónoma en el sentido de que no depende de nada más que de la investigación de la investigación, esto es, excluye la injerencia de presupuestos metafísicos y epistemológicos a priori en la formulación de principios lógicos, de definiciones sobre el conocimiento que condicionen el curso de la investigación y de fundamentos psicológicos, en tanto ajenos a los resultados de la tarea reflexiva de la lógica sobre la investigación. 

Estas consideraciones iniciales han puesto de relieve la centralidad de la idea deweyana de investigación para su concepción de la lógica. Resulta de vital importancia, entonces, detallar qué entiende Dewey por investigación, cómo se constituye su pauta o matriz y qué resultados arroja, tarea que nos lleva a la próxima sección. 

La pauta general de la investigación: fases, juicios y asertabilidad garantizada

Antes de avanzar sobre la pauta general de la investigación, parece oportuno detenerse brevemente en la noción de inferencia, cara a la lógica y caracterizada por Dewey en la primera edición de How We Think (1910) como “el factor central en todo pensamiento reflexivo o distintivamente intelectual” (MW.6.187). En términos generales, para Dewey inferir es llegar a una idea de lo que está ausente sobre la base de lo que está presente. En tanto trasciende los hechos ya conocidos –bien por observación, bien por ser resultado de investigaciones previas– toda inferencia implica un paso o salto hacia lo que aún no es conocido. La relación que se establece en una inferencia es la que se da entre lo que sugieren los hechos presentes y los hechos sugeridos, aquellos que inferimos a partir de los datos que tenemos. Esta relación es de absoluta importancia puesto que Dewey define a las ideas como “posibilidades sugeridas” y al pensar mismo en términos de “[…] la operación en la que los hechos presentes sugieren otros hechos (o verdades) de tal modo que inducen a la creencia en los últimos [lo sugerido] sobre la base de los primeros [los que sugieren]” (MW.6.188). El punto clave es que, si bien está condicionada por el contexto cultural y por los deseos, intereses y estados emotivos del individuo, la inferencia resulta inevitable, tiene carácter espontáneo y tiende a ser aceptada siempre que resulte plausible o no contradiga abiertamente a otros hechos conocidos. Así, las ideas en cuanto “posibilidades sugeridas” no es algo que “hacemos” o “tenemos” sino más bien algo que “nos sucede”. 

Ahora bien, se deben considerar dos cuestiones al respecto. En primer lugar, toda inferencia envuelve o está guiada por hábitos de inferencia, de los que generalmente no se tiene registro precisamente por su naturaleza de hábitos. En segundo lugar, dado que el paso de lo conocido a lo desconocido es inevitable y está sujeto a errores, se impone la necesidad de atender a las condiciones bajo las cuales ocurre dicho paso para probar la inferencia, esto es, para reducir las posibilidades de error y aumentar las posibilidades de acierto [right landing] (MW.6.202). Esa atención requiere concentrarse progresivamente en cómo se lleva adelante la inferencia, vale decir, en los hábitos de inferencia que garantizan que bajo condiciones similares las conclusiones resultarán fiables. Como ha sido señalado previamente, cuando esos hábitos de inferencia se identifican y se formulan, devienen principios rectores o directivos que operan en las inferencias tendientes a arrojar conclusiones estables en investigaciones subsiguientes. Dicha abstracción del cómo de la inferencia, paulatina (aunque nunca completamente) desligado del asunto concreto de la inferencia, es un paso indispensable para su dirección. En esto consiste la inferencia controlada, aquella que surge con la regulación de las condiciones en las que tiene lugar la sugerencia y en las que esa sugerencia resulta aceptada como base para la acción. 

El desafío es transformar las capacidades de inferencia en hábitos de examinación crítica y de investigación a fines de probar la validez de la sugerencia antes de aceptarla, tanto en el pensamiento –mediante un examen de la consistencia de las inferencias– como en la acción –mediante la constatación de que las consecuencias anticipadas o inferidas efectivamente tienen lugar en el curso de experiencia. Para ello se debe considerar al modo en que de hecho piensan los seres humanos, que no es otro que el modo en que desarrollan sus investigaciones en un momento determinado, e identificar allí qué hábitos de inferencia controlada se muestran aptos para alcanzar resultados confiables en investigaciones ulteriores. Si el sentido “vital y práctico” de la lógica es el cuidado sistemático para la formación de hábitos de pensamiento atentos y exhaustivos, entonces queda claro por qué la disciplina se plantea como “investigación de la investigación”.[9] 

Es momento de precisar la noción de investigación, tal como aparece en la Lógica: “[l]a investigación es la transformación controlada o dirigida de una situación indeterminada en otra en la que las distinciones y relaciones que la integran estén de tal modo determinadas que conviertan los elementos de la situación original en un todo unificado” (LW.12.108). La tarea de la investigación es lograr que una situación cualitativamente signada por la perturbación, la duda o el conflicto llegue a ser estable y coherente. Así, el primer impulso hacia la investigación es el enfrentamiento con los hechos reales para hacer frente a las dificultades concretas de la experiencia, en tanto que la investigación tiene como resultado una nueva situación determinada a la que se llega mediante una acción orientada por el juicio práctico resultante de la investigación. Como se detallará en breve, esa transición se logra mediante dos tipos de operaciones que trabajan en “mutua correspondencia funcional”: un tipo de operaciones trabaja con contenidos ideacionales, adelantando posibles resoluciones, y otro tipo de operaciones trabaja con contenidos observacionales y técnicos. 

Un aspecto relevante para comprender esta idea de investigación es la tesis de continuidad de la experiencia. En efecto, Dewey sostiene que “[l]os principios de continuidad e interacción no se pueden separar uno de otro. Son, por decirlo así, los aspectos longitudinal y lateral de la experiencia” (LW.13.25). Aplicado a la investigación, esta tesis permite enmarcar (i) el “primer postulado” de la lógica, a saber: “la continuidad de las actividades y formas superiores (menos complejas) y las superiores (más complejas)”, ya adelantado al momento de dar cuenta del carácter naturalista de la disciplina (LW.12.30); (ii) la identificación del punto de partida de la investigación en una situación indeterminada en el curso de experiencia ordinaria y la necesidad de poner a prueba allí mismo sus resultados, modificando el material existencial; y (iii) la identificación de una pauta de investigación que, más allá de las diferencias en sistematicidad y materiales empleados, es común para todas las investigaciones reflexivas, desde las investigaciones de sentido común hasta las investigaciones científicas. En este sentido, indica Johnston (2020), la investigación sintetiza una doble continuidad o unidad de continuidades: como rasgo genérico de la existencia, en permanente ida, vuelta y recualificación con la investigación, y como rasgo lógico de la investigación.       

De acuerdo con Matthew J. Brown (2012) es posible diagramar un esquema bi-dimensional para dar cuenta de la concepción deweyana de investigación. La primera de sus dimensiones queda capturada por la definición recién presentada: en ella se evidencian tres etapas temporalmente sucesivas: situación indeterminada, investigación propiamente dicha y juicio de resolución de la situación inicial. En este sentido, la definición de investigación es una definición amplia y consistente con la propuesta filosófica general del pragmatista de analizar las actividades reflexivas específicas en tanto inscriptas en el curso de experiencia primario. La segunda de sus dimensiones se vincula con el carácter de las fases de la investigación en cuanto “[…] set de instancias funcionalmente definidas en un proceso recíproco e iterativo”, aquel que hace de la investigación una actividad controlada y dirigida (Brown 2012, 280). Bajo esta interpretación, lo que Dewey propone no serían etapas linealmente sucesivas sino relaciones funcionales, recíprocas e iterativas, que deberían ser satisfechas en la investigación. 

El primer momento es la condición antecedente de la investigación, en tanto situación indeterminada e intrínsecamente dudosa en la que el organismo está perplejo, pues la situación demanda respuesta pero sus hábitos no son suficientes para ello, de modo que es necesario elaborar un nuevo tipo de resolución. Dicha situación es indeterminada con respecto a su resultado pues implica consecuencias que no son transparentes y sugiere respuestas discordantes. Asimismo, es pre-reflexiva en el sentido de que precede a la investigación aunque es condición necesaria de las operaciones cognoscitivas ulteriores. Es importante señalar aquí que la cualidad que impregna a la situación no es de “indeterminación general” sino de una indeterminación particular que hace que la situación sea ella en cuanto única –y no cualquier otra situación. Por supuesto, la indeterminación no es del organismo en cuanto estado mental sino de la propia transacción que caracteriza a la situación. Según indica Thayer, suponer que la situación indeterminada es en algún sentido subjetiva implica una mala comprensión de la insistencia deweyana en situar a la investigación en un marco naturalista y transaccional y de indicar, por ejemplo, que la necesidad como punto de partida de la investigación es el estado de desequilibrio del vínculo entre organismo y ambiente o que la satisfacción es la recuperación del equilibrio (1969, 50-52). Por otra parte, la cualidad permeante de la situación sugiere la investigación particular iniciada y ejerce el control sobre sus procedimientos, no sólo en su carácter indeterminado inicial sino a lo largo de todo el proceso. En efecto, para Dewey la existencia inmediata de la cualidad dominante y permeante de la situación es el trasfondo, el punto de partida y el principio regulativo de todo pensamiento. Así, la dimensión cualitativa unifica y demarca la situación en la que ocurre el pensamiento, aporta continuidad al pensamiento en el sentido de funcionar como un hilo y como una pista directriz de lo que es explícitamente pensado, al tiempo que motiva, da sentido inicial de dirección y material para la investigación, por lo cual es una condición para la emergencia del pensamiento genuino. Ya en el curso de la investigación, la dimensión cualitativa de la situación permite determinar la relevancia y peso de las distinciones, hechos, conceptos y principios en la investigación, aporta una guía en la selección y rechazo del material de la investigación, incide en el control provisto por las fases de experimentación y síntesis de toda investigación experimental y funge como guía del juicio que surge de la investigación.[10] 

El segundo momento es la consideración de la situación antecedente indeterminada como problemática, vale decir, el planteo en términos de problema y el reconocimiento de la necesidad de investigación. De acuerdo con Dewey, la situación indeterminada se convierte en un problema en virtud de un acto inteligente que la cualifica y que perfila los pasos de la posterior resolución: “problema” y “solución” mantienen una relación recíproca. Así, la adecuación de la estructura y resultados de la investigación dependerá de la formulación del problema, de modo que esta última cumple una función heurística (Dorstewitz 2011, 209). Es interesante subrayar aquí que no toda situación indeterminada es considerada como un problema sino que este paso requiere cierta cualificación por parte de quien investiga: “El primer efecto de que la investigación se provoque es que la situación se toma, se declara, como problemática [it is adjudged to be problematic]” (LW.12.111). 

El tercer momento es la determinación de la solución del problema en tanto objeto de una investigación progresiva. En principio, se buscan aquellos aspectos del problema definidos o establecidos mediante operaciones observacionales, puesto que una situación totalmente indeterminada no ofrecería ninguna pauta o indicio para la investigación. Las condiciones observadas constituyen los hechos del caso y se tendrán en cuenta para cualquier solución que se proponga porque son las condiciones que deben ser reconocidas o consideradas relevantes para el problema instituido. Esto permite vislumbrar la importancia de la institución del problema pues determinará que ciertas observaciones sean tomadas como hechos del caso por referencia a la solución prefigurada desde la formulación del problema y que otras sean rápidamente desestimadas. Aparece aquí una cuestión central: la observación sugiere posibles soluciones que deberán ser examinadas respecto de su capacidad para resolver el problema. Si superan ese análisis inicial, se considerarán como ideas, que como ya hemos adelantado son “[…] consecuencias anticipadas (pronósticos) de lo que sucederá cuando se ejecuten determinadas operaciones bajo, y con respecto a, las condiciones observadas” (LW.12.113). Una idea es una hipótesis sobre la determinación de la situación inicialmente indeterminada, una conjetura cuya validez depende del cumplimiento efectivo de lo que proyecta. En este sentido una idea es, por sobre todo, un plan de acción.

La noción de idea es fundamental porque el cuarto momento corresponde al razonamiento, raciocinio o discurso racional, es decir la comprensión de la idea y su relación con otros conceptos para los propósitos de la investigación. Así, la idea inicialmente vaga se desarrolla en su vínculo con diferentes estructuras conceptuales hasta que se torna significativa para el problema en cuestión, justamente por las relaciones que se establecen con otras ideas, y recibe una forma que le permita dirigir las operaciones de resolución. Dicho de otra forma, el razonamiento es un examen de los significados de las ideas en cuanto planes de acción. Sin esta instancia de razonamiento, cualquier conclusión inmediatamente aceptada no tendría fundamentación suficiente. En esta fase cobra especial relevancia lo señalado sobre el control de la inferencia, clave de lectura para toda la concepción deweyana de investigación. Según había quedado planteado, el salto desde lo conocido a lo desconocido, siguiendo la expresión del mismo Dewey para caracterizar a las inferencias, no tiene aún ninguna propiedad lógica pero constituye las condiciones y la materia prima de dichas propiedades pues introduce una idea que debe ser testeada.

En esta instancia de examen del significado de una idea en relación con un sistema de significados más amplio radica una de las diferencias cruciales entre las investigaciones de sentido común y las investigaciones científicas. Las investigaciones científicas ponen en relación las nuevas ideas con complejos entramados conceptuales y significativos de forma tal que esa primera instancia de análisis puede derivar en el abandono de la idea, dadas algunas inconsistencias con otros significados. En este sentido, la fase de razonamiento analiza significados en su carácter de significados y por referencia a otros significados, a un nivel de abstracción alto en el que prima la consistencia semántica de las proposiciones y de sus relaciones. Por supuesto, la idea de continuidad entre investigación de sentido común e investigación científica impide concluir que las primeras llevan adelante un análisis de distinto tipo pues la diferencia entre ambos está dada por sus finalidades y su sistematicidad, y no por sus formas lógicas o procedimientos básicos. No obstante, la investigación de sentido común se inscribe en un sistema práctico antes que intelectual y por lo tanto el análisis de los significados presenta un grado menor de abstracción.

El quinto momento es la experimentación (o el carácter operativo de hechos y sentidos o significados). En primer término, las ideas son operativas porque sugieren más observaciones que dan lugar a una nueva idea modificada, y así sucesivamente, hasta completar y unificar el orden existente. En segundo término, los hechos del caso siempre cargados de significado presentan el carácter de operación experimental en tanto realizada por el investigador, operación que modifica la situación existencial anterior para reordenar las condiciones y obtener una situación unificada. Así, afirmar que una experimentación es satisfactoria implica afirmar que una hipótesis dada, en cuanto plan de acción, debería ser aceptada en función de su capacidad para resolver el problema instituido a partir de la situación indeterminada inicial. Al respecto vale recordar que para Dewey los hechos no son recibidos pasivamente por la sensación sino que son resultado de la propia investigación o de investigaciones antecedentes de las cuales se nutre la investigación en consideración y, además, son revisables a la luz de los resultados de nuevas investigaciones y de las nuevas ideas sugeridas por esos mismos hechos. Acerca de este punto Brown sostiene que aun cuando el propio Dewey no haya utilizado el término, bien podría pensarse que la relación entre hechos e ideas, en su carácter operativo, es dialéctica, por cuanto los dos se desarrollan constantemente entre sí y se incluyen como actividades en el curso de experiencia sin necesidad de dar ulteriores explicaciones (Brown 2012, 293).

Según se sigue de lo anterior, en una investigación se da una interrelación entre hechos e ideas tal que el carácter de cada uno resulta transformado por el otro. La investigación finaliza con un juicio respecto de qué se debe hacer en favor de la determinación de la situación inicialmente indeterminada –más aún, podría pensarse que la investigación finaliza con el juicio retrospectivo acerca de lo que se hizo para resolver el problema inicial. En este sentido, indica Dewey, “[e]l juicio es la transformación de una situación existencial previa que está indeterminada o irresuelta en una que está determinada” (LW.12.220). Así presentada, la definición del juicio parece fusionarse con la definición misma de investigación. Sin embargo, Dewey entiende al juicio como un instrumento para la transformación existencial del curso de experiencia en la medida en que dirige las operaciones mediante aquellas ideas a las que se arriba a partir del razonamiento de modo que todo juicio es individual pues se refiere a una situación cualitativamente determinada y única, al tiempo que presenta una dimensión espacio-temporal inextricable, aquella que lo ubica por referencia a su objeto existencial. Luego, la investigación finaliza con la puesta en práctica del juicio en el intento por resolver la situación problemática. Es por ello que el juicio es individual, en tanto se dirige a una situación en su unidad cualitativa, más allá de las distinciones, relaciones y complejidades que la compongan (LW.12.125).

El juicio que concluye la investigación es caracterizado por Dewey como una “aserción garantizada”, dado el respaldo provisto por la propia investigación. Dicho de otro modo, la aserción estará garantizada sólo en la medida en que es un resultado [outcome] de la investigación y por tanto mantiene relación funcional con las modificaciones a las que da lugar en virtud de la reunificación de la situación. En estricta relación con la pauta general de la investigación, el sujeto del juicio está compuesto por los hechos del caso, en su doble función de contribuir al establecimiento del problema (“sacar a la luz el problema”, nos dice Dewey) y de proveer material existencial para la comprobación de la resolución, el predicado del juicio son los contenidos conceptuales anticipatorios y orientativos de la observación y experimentación, elaborados en la fase de razonamiento, y finalmente la cópula es la mutua correspondencia funcional y operativa de sujeto y predicado. La cópula explicita el carácter práctico y temporal de la investigación, en la medida en que expresa la transformación de una materia de una situación indeterminada en otra determinada como resultado del proceso de alcanzar una resolución y unificación orientada por el juicio en su conjunto.  

Como puede vislumbrarse, la idea de aserción introduce, entre sus múltiples aristas, la ardua pregunta por el lugar que mantiene el concepto de verdad en el entramado teórico deweyano, si es que en definitiva mantiene alguno. Si bien haremos algunas consideraciones en la próxima sección dedicada a la teoría general de las proposiciones, por el momento y respecto de la discusión por si la aserción garantizada debería ser interpretada como un “reemplazo” de la idea clásica de verdad –punto tratando en el complejo intercambio teórico entre Russell y Dewey de la década de 1940–,[11] es interesante señalar que de acuerdo con Dewey, en el marco de una investigación la correspondencia ya no es pensada en términos del realismo epistemológico clásico, esto es, de adecuación entre el juicio y alguna entidad “externa”, adecuación que de darse haría verdadero al juicio. Resulta sugerente, señala Dewey, que el único ámbito en el que la relación de correspondencia no se entiende en términos de co-responder fuera la epistemología o, mejor dicho, la “industria epistemológica”, toda vez que presupone una relación entre algo en la experiencia y algo que por definición estaría fuera de la experiencia (LW.14.179). En cambio, esa relación ha de pensarse siempre con relación a cómo una solución responde a los términos y exigencias del problema instituido, vale decir, con relación a la reconstrucción de la correspondencia en sentido operacional entre organismo y ambiente, resultante ella misma de las modificaciones introducidas por el juicio en su trato con el curso de experiencia. El juicio “acumula” instancias de comprobación, en tanto y en cuanto siga siendo operativo para tratar situaciones similares con el instrumento ya forjado, pero no nunca deja de ser falible pues la dinámica transaccional de la experiencia da lugar a nuevas situaciones indeterminadas que, si se instituyen como problemáticas, inician nuevos ciclos de investigación, razón por la cual no hay ninguna aserción garantizada que no resulte falible y por tanto que no esté sujeta a investigación ulterior. Así comprendido, el juicio como aserción garantizada se vincula tanto con las fases de la investigación como con la evaluación de las consecuencias a las que da lugar en vistas a la reunificación de la situación.[12]  

Ahora bien, Dewey también señala que prefiere la expresión “asertabilidad garantizada” a las expresiones “creencia” y “conocimiento” para referir al estado de cosas que elimina el estado de duda con el que comienza la investigación, pues estas últimas adolecen de ambigüedades que conducen a interpretarlas como independientes o al margen de la investigación, en vez de subrayar el hecho de que son el resultado de una investigación. Un primer sentido de “asertabilidad garantizada” refiere por tanto al conocimiento tomado como una generalización de las propiedades de las conclusiones que resultan de la investigación en general (LW.12.15-17). Pero hay una cuestión más, de enorme relevancia: la aserción garantizada especial, que surge de una investigación especial, da lugar a otro sentido de “asertabilidad garantizada” propia de ese conocimiento obtenido, en la medida en que puede ser utilizado en futuras investigaciones –hasta tanto continúe superando las puestas a prueba experimental cada vez que sea empleado. Luego, la investigación es instrumental no sólo en cuanto resolución del problema particular que la origina sino también en cuanto que da lugar a instrumentos o recursos que pueden ser empleados en investigaciones subsiguientes. A la luz de la concepción práctica del conocimiento antes señalada Dewey afirma en “Propositions, Warranted Assertibility, and Truth” que “asertabilidad garantizada” no es un reemplazo sino una definición de la naturaleza del conocimiento en el sentido honorífico por el cual sólo las creencias verdaderas son conocimiento (LW.14.169).

Una vez planteada la pauta general de la investigación y subrayado el carácter práctico de los juicios es momento de precisar un poco más la lectura y analizar cómo se reconfiguran algunos conceptos centrales de la lógica dados estos puntos de partida. Esta es la tarea de la próxima sección, cuya elaboración permitirá trazar puentes con algunos temas ya planteados y cuanto menos dejar señaladas algunas novedades del enfoque deweyano.  

Reversiones críticas de temas clásicos: proposiciones, inducción y deducción

La consideración del juicio en cuanto aserción se monta sobre algunas distinciones relevantes en la lógica de Dewey, aquellas entre juicios y proposiciones, por una parte, y entre aserciones y afirmaciones, por la otra. Como se ha indicado, los juicios son el resultado estable de la investigación, por tanto son conclusivos y tienen un importe existencial directo. Por su lado, las proposiciones tienen un contenido intermedio y representativo, transmitido mediante símbolos, de modo que su estatuto lógico en cuanto medio “interno” a la investigación es distinto del estatuto lógico del juicio en cuanto final y orientado a reunificar la situación problemática. De modo correlativo a esta distinción, el término “aserción” se emplea por referencia a los juicios –de allí aserción y asertabilidad garantizada– mientras que el término “afirmación” se emplea por referencia a las proposiciones. La diferencia entre la instrumentalidad de las proposiciones y de los juicios es la diferencia que existe entre los medios formulados en el discurso para lograr una conclusión justificada o garantizada de la investigación y los medios para reunificar la situación problemática, a nivel existencial. En lo que sigue, avanzaremos sobre la teoría general de las proposiciones tal como se desarrolla en Lógica. Luego, nos detendremos en su interpretación sobre la inducción y la deducción en cuanto fases cooperativas de la investigación. Esto permitirá establecer algunas comparaciones con las perspectivas más clásicas en lógica e identificar en qué puntos el planteo de Dewey resulta novedoso.   

Según se ha indicado, para Dewey las proposiciones tienen carácter de medio y constituyen los “instrumentos lógicos necesarios” para la elaboración del juicio o aserción garantizada. Debido a la simbolización, las proposiciones permiten diferir la acción directa hasta tanto no se lleve adelante la investigación sobre condiciones y operaciones. Con todo, la característica distintiva de las proposiciones es que no caen bajo la predicación de verdad o falsedad sino que son evaluadas con otros parámetros de acuerdo con su rol en la investigación: 

[…] puesto que los medios como tales no son ni verdaderos ni falsos –afirma Dewey– la verdad-falsedad no es una propiedad de las proposiciones. Los medios son eficaces o ineficaces, pertinentes o irrelevantes, costosos o económicos, donde el criterio que lo decide hay que buscarlo en las consecuencias con que se conectan en cuanto que medios. Sobre esa base, las proposiciones concretas son válidas (fuertes, eficaces) o inválidas (débiles, inadecuadas), lazas o rigurosas, etc. (LW.12.287. Cursivas en el original) 

Este fragmento condensa al menos dos posiciones novedosas. Por un lado, Dewey se diferencia de las versiones más tradicionales que toman a las proposiciones como el material unitario de la lógica, aislado de su función contextual en la determinación del juicio, y que consideran que su propiedad distintiva es la verdad-falsedad formal, es decir, el hecho de que lo afirmado por las proposiciones pueda ser verdadero o falso en base a su relación con aquello sobre lo que versan. La razón de esta diferencia estriba en el carácter de las proposiciones como medios, como algo que se propone para ulterior consideración y es parte integral de la investigación. Es por ello que las expresiones lingüísticas constituyen proposiciones en virtud de su función y no del análisis de su forma. Por otro lado, Dewey retoma la categoría de validez pero lo hace en un sentido “doblemente” distinto al tradicional, si se permite la expresión, dado que ya no aplica dicha categoría a los razonamientos deductivos sino a las proposiciones y que no la entiende en términos formales sino con relación a cuánto facilitan o retrasan el establecimiento de una resolución final o juicio en la investigación, es decir, en virtud de su utilidad confiable como información para la investigación (Burke 1994, 204). En este orden, la validez no descansa en la forma lógica del razonamiento ni se identifica con la verdad de las proposiciones sino que torna explícita la interrelación entre contenidos ideacionales y fácticos, forma y materia, y se evalúa en términos operativos o funcionales respecto del desarrollo de la investigación. Como señala Faerna, “[…] a ninguna relación entre conceptos o ideas se le puede asignar valor lógico al margen de su mayor o menor capacidad de dar lugar a juicios materialmente verdaderos cuando se aplica en la investigación” (2022, 30).[13] 

Como se ha adelantado, las proposiciones se distinguen por distintos criterios. De acuerdo con Tom Burke (1994, 176 y ss.), Dewey identifica tres tipos de atribuciones en las proposiciones: de cualidad, de clase y de relación entre modos de ser. Esta primera aproximación resulta útil en la medida en que permite englobar los distintos tipos de proposición que se enuncian en Lógica. Por su parte, el pragmatista establece explícitamente otro criterio, en función del tipo o clase de medios involucrados, sean materiales o procedimentales –lo cual, a su vez, refiere a las funciones de sujeto y predicado del juicio, respectivamente. De allí que la distinción básica de la teoría general de las proposiciones de Dewey sea entre (i) proposiciones existenciales o de contenido-sujeto, que refieren a las condiciones reales determinadas por la observación experimental deliberada, en tanto selecciona condiciones operativas y determinada sus interacciones con las condiciones previas; y (ii) proposiciones ideacionales, conceptuales o de contenido-predicado, que refieren a significados interrelacionados cuyo contenido es no-existencial en términos de referencia directa pero sí aplicable al material existencial debido a las operaciones que habilita (LW.12.283). Además, Dewey identifica (iii) proposiciones relacionales; y (iv) proposiciones interrogativas, bajo la idea de que todas las proposiciones en tanto distintas del juicio tienen una “vertiente interrogativa” y representan una “demanda de acción” para formular los mejores métodos de observación, experimentación e interpretación conceptual para obtener el material necesario, relevante y efectivo en vistas a la resolución de la situación problemática (LW.12.170-172). 

En términos generales, las proposiciones existenciales localizan y circunscriben el problema a partir de la situación indeterminada, y proveen la evidencia que pone a prueba las soluciones sugeridas o propuestas, mientras que las proposiciones ideacionales representan posibles soluciones al problema en cuestión y prescriben operaciones que, al ejecutarlas, producirían nuevos datos en dirección a una situación existencial determinada. Las proposiciones existenciales e ideacionales contienen, a su vez, distintas subclases. Para las primeras Dewey distingue (i) proposiciones particulares, que atribuyen una cualidad a un objeto en una situación dada, “esto es amargo”; (ii) proposiciones singulares, que clasifican a un objeto en una situación dada como parte de una clase, “esto es un planeta”; (iii) proposiciones de relaciones entre clases o genéricas, que establecen relaciones entre clases en una situación dada, “los seres humanos son mamíferos”; (iv) proposiciones condicionales contingentes, definen una relación condicional entre objetos de distintas clases en una situación dada, “si continúa la sequía, la cosecha tendrá bajo rendimiento” y (v) proposiciones disyuntivas contingentes, que diferencian subclases de una clase para desarrollar una taxonomía exhaustiva en una situación dada, “las estrellas son errantes o fijas”. Por su parte, para las proposiciones ideacionales Dewey distingue (i) proposiciones hipotéticas universales, que establecen relaciones entre modos de ser; y (ii) proposiciones disyuntivas universales, que distingue aspectos constitutivos de un modo de ser como cuestión de principio. Más allá de las características que Dewey asigna a cada tipo de proposición –por momentos de forma confusa y poco sistemática, vale señalarlo– interesa subrayar que las diferentes formas de proposición guardan relación con la pauta general de la investigación antes que con una categorización abstracta, aislada o independiente. En efecto, las proposiciones particulares operan como instrumentos para establecer el problema a partir de la situación inicialmente indeterminada mientras que las otras proposiciones se vinculan con la elaboración de medios lógicos y existenciales para la resolución de dicho problema.[14]    

A tono con la clasificación previa, otra novedad interesante es la diferencia que establece Dewey entre proposiciones genéricas, un tipo de proposición existencial, y universales. Para ello, el pragmatista parte de un ejemplo clásico en lógica, la proposición “todos los humanos son mortales”, y señala que puede interpretarse de dos modos: (i) a nivel existencial, espacio-temporal, significa que todos los humanos han muerto o morirán; o (ii) a nivel de relación necesaria de los caracteres ser humano y ser mortal, por la cual “si una cosa es humana, entonces es mortal”, sin necesidad de que efectivamente existan o hayan existido seres humanos pues lo que juega es la definición conceptual. Estas interpretaciones ponen de relieve que la relación entre el hecho de la vida y el hecho de la muerte tiene una forma lógica distinta a la conexión entre ser humano y ser mortal. Las proposiciones genéricas, entonces, son proposiciones generales en su referencia existencial que designan clases y las cualidades que determinan descriptivamente a las clases son los rasgos o características. En cuanto existenciales, son proposiciones de orden inductivo, con cierto grado de probabilidad, y están sujetas tanto a la contingencia de la existencia como al conocimiento de las cuestiones de hecho. En cambio, las proposiciones universales son proposiciones generales de la forma “si-entonces” abstracta que designan categorías y los contenidos relacionados son caracteres o modos de ser. Esta distinción es relevante para evitar lo que según Dewey constituye una confusión generalizada en la teoría lógica –por referencia a John Stuart Mill pero también a “los textos contemporáneos”–, a saber: la asimilación de la forma lógica de las proposiciones que no tienen referencia a singulares o a individuos especificados pero que en tanto versa sobre el conjunto de rasgos que describen a una clase hace referencia a todas las existencias individuales que poseen los rasgos en cuestión, a la forma lógica de las proposiciones que no tienen referencia a ningún individuo porque expresa una relación necesaria entre caracteres. En este sentido, dado que ambos tipos de proposiciones serían idénticas en su expresión, no pueden ser diferenciadas mediante una evaluación de los términos en que se formulan sino sólo por referencia a la función que tiene en el contexto de una investigación particular. 

La distinción entre proposiciones genéricas y universales incluye otro aspecto que las distingue desde el punto de vista funcional. Las proposiciones genéricas refieren al conjunto de rasgos relacionados que son condición necesaria y suficiente para la definición de una clase. Tales rasgos se identifican y discriminan selectivamente por observación y con el criterio de permitir o propiciar inferencias controladas respecto de los singulares que caen bajo esa clase y respecto de la relación entre clases, según se añadan otros rasgos entrecruzados que den lugar a clases inclusivas. Es por ello que si bien todo rasgo es una cualidad, no toda cualidad es un rasgo pues este último refiere a su uso como signo probatorio o marca diagnóstica en virtud de su capacidad para facilitar y controlar inferencias extensas. Por su lado, las proposiciones universales formulan modos de actuar u operar, dado que controlar un modo de acción que introduce orden en el material existencial requiere formulación proposicional del tipo “si-entonces”. Estos modos de actuar adquieren forma lógica en cuanto posibilidades que se expresan mediante la simbolización de la formulación proposicional y que son existencialmente generales y no simplemente actos singulares o específicos. De acuerdo con Dewey,

[…] la proposición universal no es meramente la formulación de una manera de actuar u operar; es una formulación tal que sirve para dirigir las operaciones mediante las cuales el material existencial es selectivamente discriminado y seleccionado (ordenado) para que funcione como base de conclusiones inferenciales garantizadas. (LW.12.269)

Además, cuando se ejecuta la operación que prescribe el universal también se pone a prueba la propia proposición en cuanto medio para solucionar el problema en cuestión, según se den las condiciones existenciales previstas en el consecuente y siempre y cuando se logre demostrar que solo si se afirma el antecedente, se sigue el consecuente –caso contrario, se cometería el error de afirmación del consecuente. Este último punto es importante porque inhabilita la identificación de las proposiciones universales con las proposiciones analíticas, algo que parece sugerido por la idea de que las proposiciones universales dan cuenta de la relación necesaria entre caracteres sin referencia espaciotemporal.[15]  

Resta un último punto sobre el que debemos detenernos: la reconstrucción de las formas lógicas de la inducción y la deducción. Tras afirmar que “[…] no hay otra parte de la materia lógica donde la necesidad de reformar a fondo la teoría […] sea tan urgente como en el caso de la inducción y la deducción”, Dewey lleva adelante la tarea en la doble clave de análisis ya presentada: la crítica a las teorías lógicas que retienen el enfoque aristotélico sin contemplar el cambio de contexto, y la consideración de las formas lógicas a la luz de los métodos concretos de investigación (LW.12.415). Dewey parte de la afirmación común por la cual la inducción es un procedimiento que va de lo particular a lo general mientras que la deducción va de lo general a lo particular. En la lógica y ontología aristotélicas ambas caracterizaciones resultan adecuadas y consistentes. La deducción, mediante el silogismo demostrativo, permite un ordenamiento clasificatorio de especies, definidas por una esencia fija, en el que las especies más incluyentes determinan jerárquicamente a las especies incluidas y de menor alcance. La inducción, por su parte, implica la aprehensión gradual de las formas universales a partir del conocimiento sensorial de las cualidades de las entidades particulares, sujetas a generación y corrupción y por tanto a una clase degradada de conocimiento, de forma tal que dichas formas son abstraídas del “enredamiento” con la materia y son percibidas por la razón en su naturaleza esencial.

Ahora bien, por definición la ciencia experimental cambia radicalmente las condiciones previstas por la ontología y la lógica aristotélica. En primer lugar, los particulares son discriminados selectivamente para determinar o instituir el problema, indicar posibles modos de solución y suministrar criterios de prueba o evaluación de las aserciones garantizadas. Aquí toma lugar la propuesta deweyana de sustituir la expresión data por la expresión capta, habida cuenta de que toda investigación ejecuta operaciones de manera deliberada que modifican experimentalmente los objetos de percepción “dados” para producir nuevos datos dispuestos en un nuevo orden. Más aún, esos objetos y cualidades presuntamente dados a la percepción no sólo no son los datos con los que trabaja la investigación sino que a menudo representan un obstáculo importante para la elaboración de ideas e hipótesis relevantes y efectivas (LW.12.421). En segundo lugar, la ciencia experimental opera modificaciones para lograr conocimiento de su objeto, lo cual desde la óptica clásica implicaría trabajar siempre en un plano ontológico degradado y obtener un tipo de conocimiento de menor calidad en comparación con la captación intelectual de las formas universales (LW.12.420). 

La observación de las prácticas de investigación científica –recordemos que en este contexto teórico la lógica es “investigación de la investigación”– permite advertir que “[…] será imposible trazar una divisoria tajante entre la inducción, como el conjunto de operaciones por las que se establecen generalizaciones existenciales, y la deducción, como la operación que se ocupa de la relación de las proposiciones universales en el discurso”, razón por la cual deben verse como fases cooperativas de la misma operación (LW.12.422-3). Esta tesis encuentra razones en lo dicho sobre la doble continuidad que caracteriza a la investigación, como rasgo existencial y como rasgo lógico, tal como explicita Dewey ya en How We Think de 1910 a propósito de la inducción y la deducción: 

Hay por tanto un doble movimiento en toda reflexión: un movimiento de los datos dados, parciales y confusos hacia una situación completa, comprehensiva (o inclusiva); y de vuelta desde este todo sugerido –que en cuanto sugerido es un significado, una idea– a los hechos particulares, para conectar este hecho con otro y con hechos adicionales hacia los que la sugerencia dirige la atención. En términos generales, el primero de esos movimientos es inductivo; el segundo deductivo. Un acto de pensamiento completo involucra a los dos –involucra una interacción fructífera entre consideraciones particulares observadas (o recolectadas) y significados inclusivos y de amplio alcance (generales). (MW.6.242) 

De acuerdo con lo señalado, el doble movimiento es hacia la sugerencia o formulación de hipótesis y de vuelta a los hechos mientras que el punto en cuestión es el cuidado con que se llevan adelante ambos pasajes, es decir, en el grado de control de las inferencias. Recordemos brevemente que las inferencias ocurren “naturalmente” y que el desafío de la investigación es lograr paulatinamente un mayor control sobre ellas mediante el ajuste de los hábitos de inferencia pero también mediante una consideración cada vez más precisa de sus puntos de partida. Como señala Dewey, ante los hechos A, B, C y ciertos hábitos de inferencia, las ideas en cuanto sugerencias surgen de forma más o menos espontánea; sin embargo, una consideración más detenida de los hechos en base a estructuras conceptuales puede recualificarlos y tenerlos ahora como hechos A’, B’’, R, que darán lugar a nuevas sugerencias tanto más controladas como detallada fuera la caracterización de los hechos (MW.6.247).  

El vínculo entre inducción y deducción como fases cooperativas de la investigación refiere, por supuesto, a lo dicho respecto del carácter operativo o dialéctico de hechos e ideas en la pauta general de la investigación. De hecho, la fase inductiva es la modificación de las condiciones iniciales en vistas a la obtención de datos para adelantar modos posibles de solución, mediante la eliminación de lo que fuera irrelevante, el énfasis en la recolección y comparación de casos y la experimentación para la obtención de datos. Por su parte, la fase deductiva se vincula con la formulación de hipótesis de tipo “si-entonces”, relacionadas de forma ordenada con otras proposiciones universales –en la fase de razonamiento o discurso racional–, a fin de dirigir la observación experimental para obtener datos nuevos que complementen los datos iniciales. Así, se logra un continuo ida y vuelta entre inducción y deducción, es decir, entre las proposiciones sobre datos existenciales y las proposiciones no-existenciales sobre relaciones de conceptos, pues las operaciones de observación experimental para la generación de datos requieren la guía de conceptos pero a su vez son las que ofrecen el material para producir ideas, en el sentido ya visto de sugerencias, que guían progresivamente a la observación. Puesto en otros términos, la regulación sistemática de la inducción depende de instrumentos conceptuales –proposiciones universales– que se aplican a la examinación y construcción de los casos particulares. Es por ello que la tarea de la inducción puede definirse como la transformación del material de percepción en material preparado mediante observaciones experimentales guiadas por conceptos, mientras que la tarea de la deducción es el desarrollo en el discurso de los conceptos que funcionan como guía (LW.12.428). Nuevamente, es notorio cómo Dewey se desmarca de las concepciones tradicionales de la lógica, en este caso la que aplica la distinción entre deductivos e inductivos a los razonamientos y evalúa a los primeros en términos de validez, y la reconfigura en clave funcional. En última instancia, todo ello responde al movimiento distintivo de lógica de Dewey: su inscripción en un entramado filosófico naturalista.       

Conclusiones

La lógica de Dewey implica una profunda reconstrucción crítica de las lógicas tradicionales, reconstrucción que se sigue de sus posiciones teóricas centrales: la interpretación de la experiencia en términos de transacción y la concepción operativa, experimental y falibilista del conocimiento. En la lectura aquí propuesta, la “necesaria reforma” llevada adelante por el pragmatista se juega tanto en el ámbito de la filosofía de la lógica, dadas las preguntas por qué son las formas lógicas, cómo se instituyen y cuál es la fuente de su normatividad, transversales a toda la perspectiva deweyana sobre la materia, como en los conceptos más propios de la disciplina, dada la reconfiguración de algunas nociones centrales.

En cuanto al aspecto filosófico, hemos intentado señalar que Dewey entiende a la lógica como “investigación de la investigación” en la medida en que aquella se origina en la investigación al tiempo que la regula y la dirige. En efecto, las formas lógicas (i) surgen de identificar, extraer y formular aquellos hábitos de inferencia que regularmente, en el proceso de la investigación continuada, han llevado a resoluciones satisfactorias de situaciones definidas como problemáticas por intermedio de una experiencia reflexiva, sea en el ámbito de sentido común o, con mayor grado de sistematicidad y elaboración, en las investigaciones científicas; y (ii) devienen regulativas para las investigaciones subsiguientes, toda vez que se constituyen en condiciones o requisitos que dichas investigaciones deben satisfacer. Así, tomando la expresión de Dewey, la investigación desarrolla “al hilo de su propia marcha” las formas y estándares a los que la investigación ulterior deberá someterse (LW.12.13). Atentos a estas observaciones y a lo dicho por el pragmatista sobre el seno biológico y cultural de la investigación, hemos caracterizado a la lógica en términos de naturalismo cultural, normativo y anti-reduccionista, y hemos subrayado que las formas lógicas quedan sujetas a que la dinámica de la experiencia genere las condiciones para el cuestionamiento y modificación de dichas formas, dado su distintivo carácter falible.

Por su parte, la reconstrucción de conceptos lógicos puntuales ha requerido una breve recapitulación de la pauta o matriz general de la investigación porque es precisamente a la luz de la investigación tal como efectivamente se lleva adelante, en particular tras la revolución experimental, que deben comprenderse las nociones lógicas centrales. Desde allí, el recorrido se ha enfocado (i) en el juicio práctico en tanto resultado estable de la investigación, su cualidad de aserción garantizada y su instrumentalidad diferida como asertabilidad garantizada para próximas situaciones problemáticas similares; (ii) en la teoría general de las proposiciones, entendidas estas últimas como medios para la elaboración de juicios y por tanto evaluables ya no en términos de verdad sino de validez formal-material; y (iii) en la inducción y deducción como fases cooperativas del proceso de investigación y articuladas en función de la elaboración recíproca de datos e hipótesis de trabajo. Además de señalar en qué aspectos específicos hay modificaciones radicales, la consideración de estos puntos en conjunto permite advertir el alcance del programa reconstructivo de Dewey, tanto en lo que refiere a una fundamentación filosófica que se desmarca de la herencia aristotélica como a una elaboración sistemática –y necesariamente abierta al desarrollo ulterior, como el propio autor declara en el Prefacio de Lógica– de los conceptos medulares de la disciplina. Por supuesto, han quedado afuera cuestiones tratadas por el mismo Dewey en Lógica, entre ellas los términos relativos y relacionales, las conectivas y la significación lógica del silogismo. Como fuera, esperamos que estas páginas ofrezcan un valioso punto de apoyo para avanzar en el estudio de estas cuestiones y en una lectura de primera mano de Lógica.

Para finalizar nos permitimos un comentario acerca del lugar que tiene la lógica en el proyecto filosófico deweyano. A lo largo de su obra, Dewey denuncia una y otra vez la disparidad entre los métodos de formación de creencias científicas y los métodos de constitución de valores morales, sociales y políticos, disparidad que se traduce en la profunda diferencia entre la capacidad de resolución de los problemas técnicos y los escasos o nulos logros en el tratamiento filosófico de los asuntos comunes. A falta de un abordaje inteligente, estos asuntos comunes se terminan canalizando en función de fines y valores que responden a prejuicios de clase, intereses privados, dogmas y hábitos de estimación arraigados. Resolver este problema es uno de los puntos más importante del programa reconstructivo de la filosofía deweyana y la lógica comprendida en continuidad con la experiencia, en sus múltiples niveles, debería jugar un papel central en esa tarea pues garantiza la plena aplicación de la inteligencia a todos los asuntos que deben resolverse, desde los estrictamente técnico-científicos hasta los educativos, sociales, políticos, y morales. En esta clave deben comprenderse las líneas finales de Lógica, que sintetizan las tareas de diagnosis y prognosis que el pragmatista reserva para la filosofía: 

No lograr instaurar una lógica basada inclusiva y exclusivamente en las operaciones de investigación tiene grandísimas consecuencias culturales: alienta el oscurantismo, favorece la aceptación de creencias formadas antes de que los métodos de investigación amasaran el caudal que hoy tienen, y tienden a relegar los métodos de investigación científica (es decir, competente) a un campo técnico especializado. Como los métodos científicos no hacen otra cosa que mostrarnos la inteligencia libre actuando de la mejor forma que le es dada en una determinada época, el desperdicio cultural, la confusión y la distorsión que resultan de no utilizarlos en todos los campos, y en relación con todos los problemas, es incalculable. Estas reflexiones refuerzan la llamada a que la teoría lógica, en cuanto que teoría de la investigación, alcance y conserve su lugar de primordial importancia humana. (LW.12.527)   

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Pappas, G. (2016). John Dewey’s Radical Logic: The Function of the Qualitative in Thinking. Transactions of the Charles S. Peirce 52 (3), 435-468. https://doi.org/10.2979/trancharpeirsoc.52.3.08 

Thayer, H. S. (1969). The Logic of Pragmatism. New York: Greenwood Press.

Thayer, H. S. & Thayer, V. T. (1978). Introduction. The Middle Works of John Dewey, Vol. 6 (pp. ix-xviii). Carbondale: Southern Illinois Univesity Press.


  1. Como es habitual en la literatura especializada, las citas y referencias remiten a la edición canónica de las obras completas: The Collected Works of John Dewey 1882-1953 (1967-1987). Así, se indica EW (The Early Works), MW (The Middle Works) o LW (The Later Works), seguido del número de volumen y página. Para el caso de Logic. The Theory of Inquiry he trabajado con la reciente traducción de Ángel Faerna (2022) y de aquí en adelante la referiré como Lógica. Dado que la traducción incorpora la paginación de los Collected Works, he optado por mantener la referencia a la edición canónica. Las demás traducciones son propias.
  2. Un intento de formalizar la lógica de Dewey puede encontrarse en Burke (2002).
  3. Según H. S. Thayer y V. T. Thayer (1978. MW.6.xxv), el sentido de “transacción” puede rastrearse hasta el ensayo “The Reflex Arc Concept in Psychology” (1896). Más aún, de acuerdo con Feodor Cruz, es posible que ya en 1876 Dewey haya estado interesado en las implicancias filosóficas del modelo interaccional propuesto por Maxwell para la física, modelo al que el pragmatista dotará de contenido unos años después, apoyado en la escuela biologicista de psicología prevaleciente durante el primer cuarto del siglo XX en Estados Unidos (Cruz, 1987, 17). En efecto, en “Conduct and Experience” de 1930 el término “transacción” parece tener su primera alusión en el sentido que aquí interesa rescatar, mientras que en Knowing and the Known, texto de Dewey y Arthur Bentley de 1948, el concepto de transacción adquiere plena centralidad. Si bien allí los autores refieren al uso de la perspectiva transaccional en el campo de la física (más precisamente, a la discusión entre Heinsenberg y Bohr), el empleo de esta idea sin referencias a las ciencias físicas permite concluir que el su compromiso teórico con la noción de transacción ya estaba asumido y elaborado con anterioridad (Di Gregori 2015, 6).
  4. La expresión “lógica de la experiencia” aparece en la contribución de Dewey a Studies in Logical Theory de 1903 (más precisamente, en “The Relationship of Thought and its Subject-Matter”).
  5. Se suelen señalar cuatro ensayos de Peirce como hitos en el origen del pragmatismo: “Questions Concerning Certain Faculties Claimed for Man” (1868), “Some Consequences of Four Incapacities” (1868) –ambos forman parte de la “Cognition Series” publicada en el Journal of Speculative Philosophy–, “The Fixation of Belief” (1877) y “How to Make Our Ideas Clear” (1878).
  6. Un caso paradigmático de la nueva actitud de la ciencia para con el ámbito de lo cambiante es el “destierro” de la noción de esencia en el campo de la biología con la publicación de El origen de las especies de Darwin y Wallace: como las especies no son fijas, eternas e inmutables, las formas que les resultaban apropiadas ya no tienen donde aplicarse, de modo que desde el punto de vista histórico quedan como “monumentos de una cultura y de una ciencia que han desaparecido” mientras que desde el punto de vista lógico queda como “formalismos estériles y para su manipulación formal” (LW.12.97). Sobre este punto, es muy recomendable la lectura de “The Influence of Darwinism on Philosophy”, texto de Dewey de 1904 (MW.4.3-14) en el que da cuenta del impacto filosófico y meta-filosófico de El origen de las especies.
  7. A pesar de algunos avatares, como por ejemplo la desazón de Dewey con respecto a los cursos de lógica de Peirce a inicios de la década de 1880 en Johns Hopkins University o la dura crítica que hace Peirce a la contribución de Dewey en Studies in Logical Theory, por la cual este último estaría reemplazando el carácter normativo de la lógica por una mera “historia natural del pensamiento”, se reconoce ampliamente que Peirce tiene una notoria influencia en la comprensión deweyana de la experiencia y la investigación como totalmente entrelazadas. Si bien Dewey estudia la obra de Peirce al menos desde 1916, cuando publica “The Pragmatism of Peirce”, el punto de quiebre estaría dado por su análisis de los Collected Papers of Charles Sanders Peirce entre los años 1935 y 1937, período en que prepara la redacción de su Lógica. En particular, esta influencia se apreciaría en la centralidad lógico-epistémica de la experiencia, en la concepción de la lógica como una teoría de la investigación, en la interpretación de la investigación como una forma de acción orientada a la resolución de problemas y al establecimiento de creencias en términos de hábitos, y en la concepción falibilista y meliorista del conocimiento. Entre la extensa bibliografía sobre este asunto puede verse Colapietro (2002), López (2014), Johnston (2020) y Calcaterra (2023).
  8. La pregunta por el naturalismo en la filosofía de Dewey requiere, también, una elaboración que excede el alcance de estas páginas. Al respecto, nos permitimos remitir a Mattarollo (2020, 32-35). Las expresiones originales son “naturalismo normativo” de López (2014, 184) y “naturalismo anti-reduccionista” de Calcaterra (2023). Una lectura comparada de la lógica de naturalista Peirce y Dewey, por un lado, y la lógica formalista de Frege y Russel, por el otro, puede verse en Faerna (2025).
  9. En How We Think Dewey distingue tres sentidos de lógica: (i) un sentido amplio, aplicado a cualquier pensamiento que derive en una conclusión, sea de forma justificada o no; (ii) un sentido estrecho, aplicado a la demostración de lo que se sigue necesariamente a partir de premisas dadas y justificadas ellas mismas, por ser auto-evidentes o resultado de una comprobación previa; y (iii) el referido sentido vital y práctico, aplicado al pensamiento reflexivo y cuidadoso (MW.6.224-226).
  10. En este punto se evidencia, según Pappas (2016), el carácter radical del contextualismo –o situacionismo, nos permitimos modificar–, porque lo que prima en el juicio es la individual y única situación cualitativa en la que se desenvuelve la investigación –sin que ello suponga desestimar los aspectos contextuales, también fundamentales al momento de considerar la situación particular y de resolver el problema en cuestión.
  11. En 1939 se publica el libro-homenaje The Philosophy of John Dewey que incluye el capítulo de Russell “Dewey’s New Logic”, crítico de la perspectiva presentada en la Lógica de 1938, y la respuesta de Dewey “Experience, Knowledge, and Value. A Rejoinder” (LW.14.3-90). Al año siguiente Russell imparte las William James Lectures en Harvard y a partir de allí publica Inquiry into Truth and Meaning, donde retoma las críticas al planteo deweyano. Dewey responde en “Propositions, Warranted Assertibility, and Truth”, originalmente publicado en The Journal of Philosophy en 1941 (LW.14.168-188). Un estudio detallado de este intercambio puede verse en Burke (1994). Finalmente, Russell dedica un capítulo completo a Dewey en su A History of Western Philosophy de 1945.
  12. Para un análisis más detallado de la noción de asertabilidad garantizada puede verse Faerna (1998, 210-221 y 2024) y López (2014, Capítulo 5).
  13. Este punto implica la discusión sobre la relación entre forma y materia. Aquí el interlocutor explícito de Dewey es el positivismo lógico, quienes a juicio del pragmatista dan cuenta de la necesaria distinción entre forma y materia pero asumen injustificadamente el carácter independiente de una y otra, siendo este el punto de discusión. Es por ello que “[p]ese al rechazo nominal de todo principio y presuposición ‘metafísica’, la idea de que hay una distinción tajante, cuando no una separación, entre forma y materia, descansa en último término en una tradición puramente metafísica” (LW.12.286).
  14. Burke (1994, 184) ensaya otros criterios o “cortes” de clasificación de las proposiciones: las proposiciones existenciales pueden distinguirse en “materiales”, la proposición particular, y en “procedimentales”, las demás proposiciones existenciales; también pueden distinguirse en “específicas”, las proposiciones particular, singular y condicional contingente, y “generales”, las demás proposiciones existenciales y, por supuesto, las universales.
  15. Una extensa discusión de la teoría general de las proposiciones de Dewey puede encontrarse en Thayer (1952, 96 y ss.). En líneas generales, el autor sostiene (i) que la función instrumental de las proposiciones no excluye la posibilidad de que admitan valor de verdad; (ii) que no evaluar a las proposiciones en términos de verdad genera problemas lógicos y empíricos, en particular cuando una investigación toma como material de inferencia una aserción garantizada resultante de una investigación previa –punto que podría responderse señalando la especificidad funcional contextual en cada caso; y (iii) que los criterios para distinguir entre proposiciones genéricas y universales no resultan suficientes porque esa distinción se plantea retrospectivamente una vez finalizada la investigación.


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