Claudia Mikkelsen, Sofía Ares y Camila Rodríguez
¿Cómo distinguimos al espacio rural del urbano? ¿Es necesario que los diferenciemos? ¿Qué es espacio rural en la Argentina contemporánea? ¿Qué son las ruralidades? A lo largo de este capítulo intentaremos esbozar algunas respuestas, sustentadas en avances propuestos en investigaciones de distinto origen disciplinar.
Recorreremos algunas discusiones en torno a la heterogeneidad de lo rural, las repercusiones en la Geografía Rural y la vinculación entre ruralidad y territorio, introduciéndonos de este modo en lo que será el andamiaje conceptual protagónico de los restantes capítulos.
El debate teórico-conceptual sobre el espacio rural y la ruralidad muestra cierta recuperación en cuanto al nivel y tenor de su reflexión en las últimas décadas, aunque la delimitación de los conceptos es compleja, difusa, heterogénea y múltiple. En tal sentido, señalamos que el espacio rural atestigua profundos cambios y, a la vez, es objeto de nuevas vocaciones (Nates Cruz y Raymond, 2007).
En consecuencia, el concepto espacio rural se resignifica en favor de una perspectiva más abarcativa sobre los procesos, las actividades y los géneros de vida que tienen lugar en él, confrontando con el enfoque dicotómico que opone lo rural a lo urbano y asimila lo rural con lo agrícola (Castro, 2018; D’Alessandro et al. 2021; Gaudin y Padilla Pérez, 2023; Matijasevic Arcila y Ruiz Silva, 2013; Picciani, 2016; Sili, 2005; Tadeo, 2010). Esta idea conduce a uno de los puntos centrales de nuestro trabajo, esto es, develar la mutua complementariedad entre lo rural y lo urbano, procurando superar visiones, estudiadas y analizadas previamente, referidas a lo urbano y lo rural como espacios antagónicos: moderno versus atrasado, artificial frente a natural (Furini Da Ponte, 2012; Mikkelsen, 2013; Picciani, 2016; Sili, 2002; Wanderley, 2001).
Desarrollaremos a continuación temas como el enfoque dualista para la distinción de lo rural, los cambios en el análisis de lo rural a través del tiempo, los encuadres alternativos y las delimitaciones de la ruralidad, finalizando con propuestas de medición implementadas previamente.
Debates y nuevas propuestas en torno a lo rural
Desde 1990 es posible referir a un giro en el modo de estudiar y comprender la ruralidad. La reciente renovación de la Geografía Rural se hace eco de estas transformaciones, como indican Reveyaz y Poulot (2018). Sobre la base de lo construido se da continuidad a temas clásicos, como son la baja densidad de población, de servicios y de equipamiento comunitario, el desarrollo de actividades productivas, entre otras cuestiones. Al mismo tiempo, se abren otros tópicos y problemas como son el pluriempleo, la multifuncionalidad, el bienestar, la movilidad territorial de la población, la vinculación con la urbanidad, las prácticas y representaciones de los habitantes, los problemas ambientales, entre otras cuestiones.
En este marco, se delinea una perspectiva que deja de lado el debate agrarista para pasar a la discusión ruralista. Este giro propone la necesidad de comprender y analizar al espacio rural en su dinámica y en su esencia territorial. La complejidad de lo rural no solo se evidencia desde lo material, sino también en las valorizaciones y creencias colectivas sobre lo rural y lo urbano, donde se conjugan sentimientos de pertenencia a un ámbito u otro, o a los dos conjuntamente, es decir, a una identidad que no es exclusiva sino a una experiencia compartida, ampliada, como habitantes del territorio. Sin embargo, persiste la construcción estadística sobre cómo debe ser analizado el espacio rural, donde lo rural queda reducido a la producción agropecuaria, caracterizado por su tendencia al declive demográfico, las migraciones hacia el espacio urbano y el envejecimiento. Desde esta delimitación la mirada estadística expresa la existencia de una urbanización casi absoluta, condición que afecta a las áreas rurales por su subrepresentación en el conjunto de las poblaciones nacionales. Esto se hace aun sabiendo que conviven diversos criterios estadísticos de distinción de lo rural en América Latina y en el mundo en general. Así, en algunos países el criterio de discriminación es el umbral poblacional (Figura 1); en otros, la densidad demográfica. Las perspectivas más actuales, por su lado, buscan la evaluación de las ruralidades -en plural- a partir de la combinación de indicadores que procuran ser representativos de aspectos característicos.
La aproximación de tipo demográfico se vincula con definir y caracterizar a lo rural en función de sus características poblacionales, donde en líneas generales predominan las bajas densidades y volúmenes de habitantes, la dispersión de los pobladores y las viviendas y la falta de infraestructura de servicios.
Figura 1. Ejemplos de definición de lo rural según umbrales poblacionales

Fuente: elaboración propia en base a ONU-Hábitat.
En la actualidad son escasos los países que conservan exclusivamente el umbral demográfico, es decir, sin combinarlo con otros criterios como el de densidad o el de población empleada en la rama primaria de la economía.
No obstante, según se argumenta en el trabajo de D’Alessandro et al. (2021), la dicotomía rural-urbana queda refutada por los hechos, debido a la existencia de diferentes territorios, desde la ciudad hacia lo rural profundo. En ese sentido, para algunos autores la división estadística rural/urbana ya no es eficaz, frente a los cambios identificados. Estos ahondan en la diversidad de los espacios rurales, sobre todo por la acentuada incorporación de actividades con fuerte raíz en la cultura urbana.
Así, estamos frente a una ruralidad que expresa un tejido social y productivo variado, que reúne producciones agrícolas, ganaderas, hortícolas, mineras, apícolas, entre otras. Congrega asimismo diversas formas de trabajo y residencialidad: el cuentapropismo, el trabajo familiar, el trabajo asalariado, la residencia rural y la residencia urbana con trabajo urbano o con trabajo rural, con desplazamientos poblacionales pendulares, a veces con biresidencialidad o multiresidencialidad. En el espacio rural coexisten los pequeños, medianos y grandes establecimientos, el campesinado y los complejos agroindustriales. Constituye, por lo tanto, un conjunto de actores y acciones sociales que se manifiestan en la dinámica intrínseca de los territorios rurales, en su movimiento y en su interacción en múltiples escalas. Dicha situación, asimismo, no hace más que seguir difuminando las diferencias –otrora muy marcadas– entre lo rural y lo urbano.
Como señalan Castro y Reboratti (2007), en el hecho de clasificar procesos tan complejos, lo que se debe hacer es modificar “el foco de análisis sobre la ruralidad desde una perspectiva fundamentalmente económica a una visión que contemple la cuestión territorial, es decir, su impronta sobre el espacio concreto” (2007, p. 3).
Más importante que planificar los límites entre lo urbano y lo rural es mostrar qué sucede con las relaciones existentes entre los diversos centros urbanos y la ruralidad, dado que este debate aportará elementos de utilidad para la definición de políticas y la visibilización de las dinámicas propias del territorio.
Acompañando las transformaciones descritas, se proponen diversos enfoques de tratamiento de la ruralidad (Gaudin, 2019), que se suman al poblacional o al funcional: el de brechas, el del continuo rural-urbano, el de fragmentación, el territorial. Si bien cada uno tiene sus elementos caracterizadores, es importante reseñar que conviven, coexisten y entran en diálogo (Castro, 2018).
Tal como expresa Gaudin (2019), el enfoque de brechas procura identificar las disparidades territoriales y el diseño de políticas de desarrollo para apuntar a su reducción atendiendo a las desigualdades de ingreso, de pobreza, de accesibilidad.
El encuadre funcional propone caracterizar lo rural forjado inicialmente por la producción agrícola como la función tradicional a la cual se superponen funciones no tradicionales como la agroindustria, el turismo, el ocio, la recreación. Es una mirada de tipo sistémico, de utilidad para la acción política.
La perspectiva del continuo rural-urbano es un avance teórico respecto del dicotómico, que procura identificar áreas intermedias entre lo rural y lo urbano, en una propuesta lineal de gradientes. En tal sentido ha sido interesante el empleo y el crecimiento de producciones referidas al espacio periurbano (Feito y Barky, 2020, p. 907), rururbano (Bauer y Roux, 1976, citados por Gaudin, 2019; García Ramón et al., 1995), la franja marginal urbano rural, y el espacio suburbano, que de alguna manera caracterizan esas áreas intermedias. Analizar al territorio en este conjunto de gradientes ha sido un paso hacia adelante en cuanto a la mirada dicotómica de oposición urbano-rural, destacando la hibridación de estos espacios y evidenciando que sus límites son más difusos (Castro, 2018). No obstante, los extremos de la gradación, esto es el espacio urbano y el espacio rural, continúan iniciando o cerrando la secuencia, de modo tal que la dicotomía, aunque suavizada, persiste (Marques, 2015). Se trata de una segmentación que diferencia los espacios y restringe el análisis en términos de dinámica, de continuidad, interrelación y complementariedad.
Aunque con fuerte impronta urbana esta mirada se aplica para armonizar los criterios usados por los países, con el fin de permitir comparaciones internacionales, lo cual redundaría también en una mejora de las estadísticas y su uso como insumos para la planificación y la toma de decisiones (ONU-Hábitat, 2017 y BIRF-BM, 2011, citados por OECD et al., 2024). Así, se propone un método que combina indicadores, denominado Grado de urbanización, el cual “Al utilizar tres clases en lugar de solo dos (zonas urbanas y rurales), refleja el continuo urbano-rural” (OECD et al., 2024, p. 7). Esta clasificación se basa en la densidad y el tamaño poblacional. Y se suma, para la delimitación funcional de las áreas urbanas, la información sobre movilidad pendular (OECD et al., 2024). De este modo se identifican: a) Ciudades (50.000 habitantes o más y una densidad superior a las 1.500 personas por kilómetro cuadrado); b) Localidades o pueblos y zonas de densidad intermedia (a partir de los 5.000 habitantes y con una densidad mínima de 300 personas por kilómetro cuadrado) y c) Zonas rurales: constituidas por áreas con baja densidad poblacional o deshabitadas (Dijkstra et al., 2021).
Sili (2007), por su parte, propone el estudio desde una perspectiva de fragmentación. En esta postula que hay un conjunto de factores: diferenciación social rural, deslocalización de los beneficios y los procesos productivos, nuevos vínculos con la ciudad, imposición del modelo del agronegocio, que en sinergia construyen un modelo de organización fragmentaria de lo rural. El autor indica que las áreas rurales
[…] ya no se presentan como territorios apropiados y organizados por comunidades rurales, sino como un mosaico de fragmentos espaciales, es decir un conjunto de parcelas agrícolas o áreas rurales de diferentes tamaños, controlados por diferentes actores con lógicas espaciales, sociales y económicas particulares y muy diferentes entre sí, dentro del cual se consolida una lógica productiva empresarial y deslocalizada de los territorios rurales (2007, p. 28).
De este modo, se construyen por la acción conjunta de actores locales y extralocales, los que en general trabajan de forma desarticulada mostrando que no tienen “capacidad de construir un proyecto global compartido para el territorio” (2007, p. 28). Brevemente, Sili (2007) establece que en este modelo desaparecen el antagonismo rural-urbano y la idea de un continuo rural-urbano. En el enfoque de la fragmentación, por el contrario, se distinguen ámbitos rurales y urbanos, cada uno influenciado por procesos globales que afectan de modo desigual a cada uno, según lo que se valora en un momento dado.
En cuanto a la perspectiva territorial Gaudin (2019, p. 28) deja en claro que “el enfoque no tiene la pretensión de conceptualizar un espacio ni definirlo como rural, urbano o intermedio, sino que integra una diversidad de espacios y analiza sus dinámicas sistémicas para asumir su complejidad”. Aquí el territorio rural no es contraparte de la urbanidad, sino que se presenta como un espacio heterogéneo y dinámico.
En el enfoque territorial, la unidad de observación, análisis e intervención se estructura a partir de la integración de los elementos espacio – temporales: el entorno físico y geográfico, y la dimensión histórica. Esa integración da lugar a una estructura viva y cambiante de grupos sociales asentados en una base de recursos naturales de cuyos atributos se desprenden una estructura económica y unas relaciones sociales de producción, que a la vez condicionan el desarrollo de instituciones, redes y estructura de poder, sobre los cuales se fundamentan los procesos de formación social (Sepúlveda et al., 2003, p. 76).
Esta propuesta se caracteriza como una alternativa a la dicotómica y a los enfoques intermedios. Comprende al territorio como construcción social donde los actores sociales dan sentido e identidad a los lugares en los que habitan, transitan y producen, se apropian de ellos tanto en sentido físico y social como emocional.
A propósito del enfoque territorial, es preciso reflexionar sobre el territorio. Tal como expresa Mançano Fernandes (2009), conceptualizar al territorio implica pensar sobre el espacio geográfico. El espacio geográfico es una totalidad, un conjunto inseparable de sistemas de objetos y sistemas de acciones (Santos, 1996) que reúne a la naturaleza y la sociedad mediadas por las acciones sociales, por las técnicas, por las relaciones sociales que le dan sentido y significatividad. Entonces, el territorio es una construcción a partir del espacio geográfico.
El territorio es espacio geográfico apropiado, hecho cosa propia, en definitiva, el territorio es instituido por sujetos y grupos sociales que se afirman por medio de él. Así, hay siempre territorio y territorialidad, o sea, procesos sociales de territorialización. En un mismo territorio hay, siempre, múltiples territorialidades. Sin embargo, el territorio tiende a naturalizar las relaciones sociales y de poder, pues se hace refugio, es decir, lugar donde cada cual se siente en casa, aunque en una sociedad dividida (Porto Gançalves, 2009, p. 127). En la ruralidad entonces podemos referenciar los territorios del agronegocio, los de la agricultura familiar y los del campesinado.
La ruralidad
Desde las perspectivas presentadas, “la ruralidad se analiza como componente de un sistema complejo donde conviven e interactúan diferentes sectores productivos, tradiciones, culturas y hábitos sociales” (Gaudin, 2019, pp. 28-29). La noción de ruralidad, como argumenta Abramovay, “se convierte en una categoría territorial, cuyo atributo decisivo está en la organización de sus ecosistemas, en una densidad demográfica relativamente baja, en la sociabilidad de inter-conocimiento, y en su dependencia en relación a las ciudades” (Abramovay, 2006, p. 51).
Sili (2005) define a la ruralidad como las formas de vinculación que tienen las personas y grupos sociales con el espacio rural, a partir de las cuales construyen su sentido social de lo rural, su identidad y sus formas de valorización del patrimonio. En este sentido, la ruralidad puede reunir de manera superpuesta y problematizadora –según el territorio que se observe– a actores tradicionales y a otros que se van sumando. La ruralidad muestra un ensamble no siempre bien articulado entre el campesinado, los pequeños, medianos y grandes productores, los contratistas, las empresas transnacionales, nuevos pobladores o turistas, actividades ligadas al agronegocio, la agroecología, el turismo, la recreación, el ocio, concentrando estos últimos emprendimientos en sectores de hotelería, gastronomía, deportes u otros.
En la ruralidad argentina ese proceso se caracteriza por un doble pulso. El primero corresponde a finales de la década de 1970 de la mano de:
[…] la renovación de un modelo de crecimiento agropecuario basado en la integración de la ciencia, la tecnología y la información [que] permitirá el despliegue de un sistema moderno de producción y un aumento de la productividad definido como agricultura científica (Santos, 2004). Los espacios agrícolas de la pampa argentina no serán ajenos a este fenómeno y las transformaciones ocurrirán a nivel socioeconómico espacial (Picciani, 2016, p. 10).
El segundo pulso, desarrollado desde la década de 1990, emerge cuando la ruralidad comienza a observarse como alternativa de vida, como refugio o como área para el disfrute del tiempo libre. De este modo, pasa a ser un ámbito de superposiciones y de nuevas vinculaciones.
Ambos han coincidido con momentos en los que las condiciones de producción y reproducción social del espacio rural han tenido transformaciones sustantivas, y eso mismo se observa en los debates acerca de lo rural (Lus Bietti, 2023).
Algunos autores remarcan el protagonismo de las zonas rurales en un escenario en el que predominan la urbanización e industrialización, donde se crea una nueva dinámica, pero se mantiene la forma de vida rural, reafirmando su importancia y particularidad (Da Silva, 2004). Es decir, frente a la homogeneización pretendida por la globalización cultural y económica y a los procesos de reestructuración productiva y territorial asociados, se advierte cierta resignificación y reivindicación de lo rural, siendo la población de este espacio un actor colectivo clave en la lucha por mantener sus particularidades (Castro, 2018; Furini da Ponte, 2012; Sili, 2005).
En la diversidad rural contemporánea, Llambí (2013) propone identificar cuatro procesos principales de transformaciones propias de las últimas décadas en Latinoamérica. En primer lugar, las vinculadas al agronegocio; en segundo término las asociadas con la agricultura familiar; en tercera instancia, aquellas relacionadas con la diversificación de las actividades o fuentes de ingresos, con la incorporación a otras tareas –la pluriactividad– y, por último, los procesos donde hay predominio de población campesina o de origen étnico minoritario, generalmente identificados como grupos excluidos, pero que están accionando territorialmente y ejemplifican resistencias.
Reig et al. (2016) identifican inquietudes en cuanto a la heterogeneidad adquirida por la ruralidad y la necesidad de implementar enfoques territoriales integrales en reemplazo de las perspectivas sectoriales. También, sostienen que estos parámetros básicos deben tener como punto de partida la escala local para observar en detalle las diferenciaciones territoriales. Otros temas de interés que mencionan se relacionan con la capacidad de los pobladores para participar de actividades económicas en estrecha vinculación con el capital social presente en cada recorte territorial.
En esta línea, Larrubia Vargas et al. (2019, p. 2) afirman que “la ruralidad se construye a partir de unas bases territoriales, culturales y productivas heterogéneas, lo que pone en evidencia que no existe una sola ruralidad”. La Geografía Rural renovada propone definir lo rural desde cuatro dimensiones: la espacial, la social, la representacional y la procesual, siendo actualmente una categoría de análisis compleja (Reveyaz y Poulot, 2018). La revisión de numerosos trabajos es la base para que Lus Bietti (2023) describa en Argentina, cinco grandes temas de abordaje actual de lo rural: 1) la vigencia y emergencia del agro moderno; 2) los conflictos por la tierra, territorios y recursos; 3) las comunidades indígenas, campesinas y otros actores rurales; 4) los problemas ambientales y la valorización de la naturaleza; y 5) la relación urbano-rural y el desarrollo territorial rural.
La multifuncionalidad del espacio rural se aprecia en sus diferentes usos y ocupaciones que van más allá de lo agrario productivo (Kay, 2007). Tal como expresan Schroeder y Formiga (2011), en Argentina, la apreciación del espacio rural –además de lo agroproductivo– ocurre en un doble sentido; como ámbito de residencia, especialmente como segunda vivienda debido al menor costo de la tierra; y como espacios de turismo y recreación impulsados por una mayor conciencia ecológica, la prestación de paisajes y biodiversidad, la necesidad de contacto con la naturaleza –o con aquello que los sujetos entienden como tal–, la valoración de los modos de vida tradicionales y los cambios de paradigma propios de la práctica del turismo. Al respecto debemos tener presente que numerosas transformaciones acompañan la implantación de políticas neoliberales desde los años 1990, proceso que “conllevó cambios a favor del desarrollo del turismo y el surgimiento de modalidades alternativas, muchas asentadas en espacios rurales” (Gordziejczuk y Ares, 2025, p. 8). Más aún, en el país, la valorización del espacio rural, con fines no agroproductivos, genera enclaves destacados donde se produce un fenómeno que algunos han calificado como neorruralidad (por ejemplo, Quirós, 2017; Sili, 2019; Trimano, 2017).
Como han mostrado algunas investigaciones, los procesos que apuestan a la reconfiguración del espacio rural no siempre están exentos de controversias.
En torno a ello, Craviotti (2007) observó en Exaltación de la Cruz tensiones entre sectores agropecuarios y actores vinculados con (o beneficiados por) la expansión inmobiliaria. Jacinto (2012) exploró las transformaciones producidas por la renovación de los vínculos rural-urbanos en asentamientos de rango menor en Tandil, mostrando las representaciones y discursos aportados por actores locales. Analizó que el proceso de repoblamiento (aunque no tiene gran valor cuantitativo) simbólicamente ayuda a revertir la imagen de éxodo, pero al mismo tiempo confronta formas de vida diferentes. Asimismo, la difusión de usos turístico-recreativos por un lado fomenta ideas en torno a la reactivación local, y por otro genera temores en los locales (a perder la tranquilidad, a la falta de seguridad, al cambio de costumbres). González Maraschio (2012) se dedicó al análisis de los procesos de transformación en los ámbitos rurales y urbanos, focalizando en la necesidad de repensar el sentido de lo rural en relación con las nuevas valorizaciones de ese ámbito. Se reitera la identificación de roces entre una ruralidad productiva y una ruralidad residencial permanente y temporal.
Neiman y Blanco (2020) reflexionaron desde el análisis de la población rural en la provincia de Santiago del Estero en relación con el avance de la frontera agropecuaria vinculada a la producción de soja. El arribo del agronegocio ha implicado la expulsión de población rural, debido a la transformación del paisaje de la ruralidad, con deforestación y reconversión productiva. Zarrilli (2020) dio cuenta de este debate al referirse al proceso de agriculturización, pampeanización y sojización operado en Argentina, con núcleo de expansión e irradiación desde la región pampeana hacia lo extrapampeano, documentando las consecuencias positivas y negativas que a nivel social, económico, ambiental o político tuvieron estos procesos. Su estudio analiza lo operado en la región chaqueña, donde concomitantemente suceden el avance de la agricultura industrial con el objetivo de producir alimentos y el desalojo o desplazamiento de población rural dedicada a trabajar y a vivir con y del monte chaqueño. Por tanto, las contradicciones se encienden, se trata de producir alimentos a costa de destruir bosque nativo, es la historia de la humanidad en pos del llamado progreso.
Lo cierto es que la conversión de los sistemas naturales tiene altos costos con pérdida de biodiversidad, instauración del monocultivo, aumento de emisión de gases de efecto invernadero, afectación en el acceso a agua segura, se minimizan los servicios ecológicos y se incrementa la dependencia de insumos sintéticos. Estudios focalizados en localidades de General Pueyrredon (Buenos Aires) nos muestran que, frente a procesos de poblamiento acelerado e inversiones destinadas a sectores económicos de ingresos altos, hay cambios y se “generan tensiones entre las áreas residenciales y las agroproductivas, como también disputas entre vecinos de distintas generaciones o entre pares con distintas formas de ver el mundo y proyectarse hacia el futuro” (Ares et al., 2020a, p. 151). Específicamente en Chapadmalal estas tensiones cobran especial relevancia de la mano de transformaciones radicales en el territorio local (Gordziejczuk y Ares, 2025)
En los últimos años, y en gran medida vinculadas con la pandemia por COVID-19, se advierten nuevas transformaciones en los territorios rurales, situación sobre la que se han iniciado algunas investigaciones en distintos países, especialmente europeos (De Cos Guerra, 2023; García Montes, 2024; González-Leonardo et al., 2022). Estos procesos, no adquirieron la intensidad con la que se especulaba en algunos ámbitos (González-Leonardo et al., 2022), pero dan continuidad a la puesta en valor de lo rural y su permanente transformación. Entre las motivaciones para esta revitalización de lo rural, García Montes indica:
[…] la reubicación residencial emprendida por algunas personas puede identificarse como una “escapada”. Por un lado, el escape de un contexto urbano (contraurbanización) amenazante y riesgoso como consecuencia del virus […]. Por otro lado, se produjo una escapada de la idiosincrasia urbana (2024, pp. 21-22).
En el caso de Argentina, aún no se encuentran publicaciones específicas sobre este período de crisis, aunque análisis preliminares de información referida a los pueblos de la provincia de Buenos Aires expresan que entre 2001 y 2022 habría cierta reversión relativa del proceso de declive demográfico, con predominio de situaciones de crecimiento positivo en localizaciones particulares. En tal sentido, al igual que para el caso investigado por González-Leandro et al. (2022), se observa que sería un proceso que tiende a concentrarse en proximidad de grandes ciudades (Área Metropolitana de Buenos Aires, Mar del Plata, Bahía Blanca), en pueblos costeros con viviendas secundarias (costa Atlántica desde Mar Chiquita hacia el sur) o en zonas con otro tipo de paisajes atractivos (como es el sistema serrano de Ventania) (Ares, 2025).
Es decir, los sujetos buscarían la proximidad a ciudades para preservar la satisfacción de necesidades de abastecimiento, educación o atención de la salud, quedando relegadas las aglomeraciones con menos servicios, baja accesibilidad y deficitarias opciones de conexión a internet (González-Leandro et al., 2022). Sobre este punto es preciso retomar la idea de articulación entre calidad de vida y poblamiento ya que en el desarrollo de estos procesos los niveles de bienestar en las localidades son un factor primordial, considerando inclusive la oferta de servicios básicos, para construirlas como destinos preciados y en áreas residenciales que retengan a su población. La llegada de nuevos pobladores redundaría no solo en la ralentización del envejecimiento, sino que podría contribuir a transformaciones en el crecimiento vegetativo. En relación con los cambios demográficos, el incremento del volumen poblacional también sería generador de nuevas demandas, lo que a su vez tiene implicancias en el sostenimiento de servicios –educativos, sanitarios, comerciales, de transporte– y la incorporación de nuevas opciones.
Los aportes citados anteriormente sobre el poblamiento de áreas rurales, tanto dispersas como agrupadas, denotan la necesidad de profundizar los conocimientos en torno a procesos de expansión que no responden a los modelos de urbanizaciones cerradas privadas, sino que se pueden definir como una apuesta a la vida abierta, a los espacios públicos, a las relaciones sociales entre vecinos y otros residentes del distrito. Pero también, a la confrontación, al actuar diferente en y con el territorio.
Ante todo, los trabajos revelan el interés por ahondar en la dinámica social, económica y demográfica de los territorios rurales. Algunas contribuciones ponen de relieve la necesidad de interpretar la relación entre prácticas espaciales y sentidos de lugar. Igualmente se exponen como vías de interés las demandas por escasez o falta de infraestructura de servicios, la posible existencia de tensiones entre antiguos y noveles pobladores o entre actividades económicas tradicionales o novedosas (primordialmente lo residencial frente a lo agroproductivo o lo turístico).
De los conceptos a la delimitación de ruralidades
En relación con los debates teóricos sobre la ruralidad y la delimitación de lo rural, se observa que los estudios de carácter empírico están concentrados en algunos temas clave, como la expansión de la frontera agropecuaria o el despoblamiento rural. Sin embargo, son escasos los estudios vinculados con problemáticas tales como la pobreza rural (Mathey, 2007), la calidad de vida rural (de Arce y Salomón, 2020; Mikkelsen, 2016; Velázquez y Mikkelsen, 2010) y el bienestar rural (Mikkelsen et al., 2018, 2020; Ares et al., 2024). Tampoco hay un desarrollo extenso sobre las distinciones entre lo rural y lo urbano superadoras del enfoque dualista, aún dominante debido a que numerosas investigaciones apelan a las bases de datos censales, ancladas en la distinción basada en el umbral demográfico. Esto se debe a que el sistema estadístico nacional de Argentina aún no adhirió al debate y a la búsqueda de una distinción superadora de la demográfica.
En alguna de estas investigaciones, desarrolladas en el escenario de la discusión sobre lo rural y las ruralidades en Argentina, se ha buscado debatir y proponer la distinción entre rural y urbano, incorporando la noción de diversidad y complejidad, desprendida del umbral demográfico o de variables simples (Castro y Reboratti, 2007).
En otros territorios, algunos equipos han trabajado en el pasaje desde las discusiones teórico-conceptuales a la implementación. En tal sentido observamos que se apela a la complementariedad entre criterios estáticos y dinámicos para definir la ruralidad (Sansone Casaburi, 2024). No obstante, la dificultad técnica persiste, no es fácil obtener un indicador universal, y creemos que tampoco sería necesario, dado que se incurriría en una injusticia espacial, en un etiquetado homogeneizante, quizá demandado para la toma de decisiones, pero que no estaría ajustado a la diversidad de los territorios.
En una aplicación para España, Reig Martínez et al. (2016) consignan que en la definición de lo rural persiste la importancia de atender a aspectos caracterizadores clave. En esta línea proponen e implementan la identificación de ruralidades a partir de tres indicadores, los que no combinaron en un índice, sino que los estudiaron de forma individual. Los indicadores que seleccionaron los autores son demográficos (umbral de población y densidad), de huella social (evaluada a través de las coberturas/usos artificiales del suelo) y de accesibilidad a servicios públicos de interés general.
Para la identificación de áreas rurales en Italia, Perchinunno et al. (2019) propusieron analizar escenarios referidos a cuatro dimensiones, como son la demográfica, la morfológica (atiende a riesgos derivados de deslizamiento de suelos, áreas forestales y variación de las superficies dedicadas a la agricultura); la económica (empleo total y por sector), servicios e infraestructura (salud, educación, transporte y brecha digital).
Francia, por su parte, implementó desde 2021 una metodología basada en la densidad poblacional y la influencia de polos de empleo (D’Alessandro et al., 2021). Como resultado de este desarrollo, distinguen un conjunto complejo constituido por las siguientes categorías (Figura 2).
Figura 2. Delimitaciones de lo rural propuestas para Francia

Fuente: elaboración propia en base a D’Alessandro et al. (2021).
Para Chile los autores Osses et al. (2006) pusieron en discusión la definición del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) que entiende como Entidad Urbana a un conjunto de viviendas concentradas con más de 2.000 habitantes o entre 1.001 y 2.000 donde el 50 % o más de su población económicamente activa está dedicada a actividades secundaria y terciarias y propusieron la aplicación de una aproximación funcional con el objetivo de definir la ruralidad en su país considerando criterios espaciales como son la densidad poblacional y el tiempo de viaje hacia o entre ciudades equipadas.
Estos mismos autores expresan que en Australia, Canadá y Estados Unidos se emplean medidas de ruralidad variables según el objetivo que sea necesario cubrir, es decir, subsidios, impuestos, aprovisionamiento de infraestructuras de educación o salud. Por ejemplo, Australia emplea el Índice de Accesibilidad/Remotitud de Australia (ARIA son sus siglas en inglés) y clasifica los territorios en función de las distancias y tiempos de viaje para la prestación de un servicio.
Gaudin y Padilla Pérez (2023), desde la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), apuntan como criterios estáticos la densidad de población, la presencia de servicios públicos y la importancia de la actividad agrícola/ganadera. Y como parámetros dinámicos aluden a las migraciones laborales cotidianas o semanales, los flujos turísticos o comerciales y el origen de los nuevos habitantes. Sobre esa base se puede pensar que, además de la presencia de servicios públicos esenciales, sería interesante considerar la existencia de equipamiento comunitario, con las especificidades de la ruralidad. Algo similar ocurre sobre la idea que alude a la importancia de la actividad agrícola, que se debería complementar con la actividad ganadera.
Si bien algunas investigaciones nacionales han discutido el concepto de población rural y referido a la necesidad de adoptar una nueva delimitación para Argentina, aún no han tenido repercusión en el sistema estadístico nacional. Esta situación, así como la discusión al interior del equipo respecto de la dicotomía rural/urbana motivó la búsqueda de una estrategia posible, delineada en la combinación de dimensiones y variables para proponer una delimitación alternativa que acompañe los debates actuales y las situaciones observadas en el territorio regional, sobre la que se avanza en el Capítulo 7.






