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3 El bienestar rural, un concepto necesario para pensar el futuro de los territorios rurales

Alejandra Auer, Sofía Ares y Claudia Mikkelsen

Focalizaremos a continuación en el despliegue de las perspectivas conceptuales que fundamentan la categoría de análisis bienestar, con particularidad sobre el bienestar rural. En tal sentido, nos detendremos sobre varios aspectos que hacen a la delimitación conceptual, en tanto lo consideramos fundamental para comprender el recorrido técnico y empírico del bienestar, así como para la evaluación de las desigualdades territoriales que en torno a él son posibles de dilucidar.

Iniciamos el capítulo transitando por la génesis del concepto, su diferenciación con nociones emparentadas como son las de pobreza, condiciones de vida o calidad de vida, destacando la impronta polisémica del concepto, así como su multidisciplinariedad, multidimensionalidad y las particularidades que adquiere su análisis desde la Geografía. En un segundo momento, nos enfocamos en el bienestar rural, exponemos algunos antecedentes y discutimos sobre la composición de las medidas sintéticas y la disponibilidad de fuentes de datos para su abordaje en Argentina.

Orígenes del concepto bienestar

El término bienestar asumió un lugar predominante luego de la segunda posguerra tras los cambios en las formas de trabajo y en las condiciones de vida de la población (de Arce y Salomón, 2020), en un contexto donde primaban la reorganización y restauración del orden internacional.

Se identificó en un primer momento el término bienestar con una perspectiva asociada al conjunto de políticas sociales y procesos económicos que promovieron el consumo sostenido de bienes y servicios como motor de la economía conocido como Estado de bienestar o welfare, por lo que esta concepción se acerca a la idea de condición de vida y de nivel de vida (Lucero et al., 2008). En estos tiempos, y hasta la década de 1960, dijeron de Arce y Salomón (2020), el concepto de bienestar se planteó como “propositivo y holístico, con sentido progresivo” (2020, p. 26).

Hacia mediados de los años 1960, comenzó a emplearse también la noción de calidad de vida. Esta otra propuesta teórica surgió como una reconceptualización del concepto tradicional de bienestar (Tonon, 2007). Ambos términos –bienestar y calidad de vida– se alzaron de manera crítica hacia el modelo de desarrollo vigente, sostenido sobre todo en la cantidad y no en la calidad.

Las referencias discursivas, los desarrollos conceptuales y teóricos en torno a estas categorías surgen con mayor énfasis a partir de mediados del siglo XX. Es en los años setenta cuando los debates acerca de las necesidades humanas y las formas de evaluar el bienestar y el desarrollo adquirieron un rumbo distinto. Al respecto, Actis Di Pasquale (2008) expresa,

Mientras que la calidad de vida se orientó hacia los denominados componentes psicosociales, el bienestar social se centró en aspectos materiales y no materiales de naturaleza económica y social de manera objetiva. Al finalizar la década del 80 [en el siglo XX] la ruptura entre ambos fue completa (p. 20).

La distinción entre las nociones calidad de vida y bienestar está dada por el hecho de que la primera se constituye mediante la percepción sobre el segundo, debido a la creciente importancia que toman los valores posmateriales desde esa época. Así, de manera paulatina, se fue consolidando la calidad de vida como un concepto integral, al tiempo que se lo diferenciaba del concepto de bienestar (Gordziejczuk y Mikkelsen, 2020).

Surgió, en ese contexto, una noción de bienestar más humanista conocida como wellbeing, que se alejó de la anterior concepción utilitarista. Este relaciona el bienestar con las capabilidades, oportunidades y ventajas de los individuos, que no siempre son cuantificables (Sen y Nussbaum, 2001), y acerca bienestar a calidad de vida.

Actualmente, el concepto de bienestar integra la posesión de bienes materiales para el crecimiento económico y la satisfacción con la vida por la presencia de factores sociopolíticos y culturales, en contextos históricos y regionales particulares (de Arce y Salomón, 2020).

El concepto bienestar no tiene un anclaje disciplinar específico, por lo que las distintas ciencias que lo abordan (como la economía, la arquitectura, la psicología, la historia, la sociología, así como las ciencias ambientales, las ciencias de la salud y la ciencia política) focalizan en alguno o en varios de sus múltiples aspectos, al tiempo que todas realizan diferentes aportes para la construcción conceptual del mismo (Lucero et al., 2008).

De esta forma, no es posible establecer una única definición, pero sí se lo puede entender bajo el paraguas conceptual de cada una de las disciplinas, lo que convierte al bienestar en una categoría multidisciplinar. En tal sentido, las Ciencias Sociales, y la Geografía en particular, aportan a la generación de una visión integral, mediante la perspectiva espacial del transcurrir de las sociedades.

En Geografía, y a nivel mundial, los antecedentes para los estudios de bienestar de la población se encuentran en la década de 1970, en el contexto de la Geografía crítica-radical interesada en las desigualdades socioterritoriales de la sociedad a pesar de los elevados niveles de bienestar (Mikkelsen et al., 2017). Este es un tema central de la Geografía, por lo que los estudios se han instalado de manera progresiva, no solo desde la disciplina geográfica, sino también desde otras, las cuales han permitido mejorar paulatinamente los resultados obtenidos. Este acervo de conocimientos ha logrado mostrar las desigualdades y la polarización territorial argentina en distintas escalas y temporalidades, sustentadas en un concepto de calidad de vida objetiva o bienestar (Velázquez et al., 2013).

Para Smith el bienestar se define como “el estudio de «quién consigue qué, dónde y cómo»” (1980, p. 30). El autor utiliza el término bienestar social, incluyendo “todas las cosas de las que se obtienen satisfacciones humanas (positivas o negativas), y también su distribución dentro de la sociedad” (1980, p. 32). Por otra parte, el vocablo calidad de vida, Smith lo reserva “para describir el estado de la población que varía entre un conjunto de territorios” (1980, p. 32). Además, y en relación con tales definiciones, sostiene que la cantidad y calidad de los bienes consumidos y de los inconvenientes soportados son resultado del sistema de producción y de distribución.

Retomando esta propuesta, es posible identificar grupos sociales con distintos niveles de bienestar, así como reconocer su distribución territorial, su agrupamiento o dispersión (Smith, 1980). Este encuadre permite explicar las causas de ciertas relaciones asimétricas en la productividad, en el potencial de empleo, en la difusión de información, en la innovación, las que en definitiva son resultados del poder desigual (Racine, 1984). Como se planteó en el Capítulo 1, no se trata de pensar al territorio como el escenario donde quedan inscritas las diferenciaciones en el bienestar, sino de su reconocimiento como construcción social e histórica que, con sus características generales, incide en los procesos sociales, representa los diferenciales de bienestar, manifiesta las brechas y de alguna manera condiciona la vida cotidiana de los sujetos habitantes.

Se entiende que el bienestar social es un concepto multidimensional y que comprende dominios tales como educación, saneamiento, vivienda y conectividad (Mikkelsen et al., 2020), entre otras posibilidades. Es, además, un concepto complejo de definir de manera única y universal, al decir de Zárate Martin (1988, p. 164), “cada individuo, cada época, cada sociedad y cada lugar han construido sus propios conceptos de bienestar”.

Bienestar y territorio

El aporte fundamental de la Geografía a los estudios de bienestar procede del estrecho vínculo que se establece con la categoría territorio, al mismo tiempo producto y condicionante. Es decir, el territorio se construye por las acciones de la sociedad y las condiciona por su oferta de posibilidades físico-naturales y sociales, y por su papel activo en la estructura social.

El estudio del bienestar en el territorio permite comprender e interpretar el grado de satisfacción con respecto a la oferta, accesibilidad y uso de bienes y servicios para todos los miembros de una sociedad dada, localizada en un tiempo y en un espacio geográfico. Por tanto, responde a las expectativas construidas socialmente en cada momento histórico y en cada territorio, pudiendo variar así entre diferentes espacios y con el paso del tiempo (Mikkelsen et al., 2017). Esto significa que se trata de una categoría conceptual que se va resignificando de manera continua, por lo que pueden realizarse comparaciones en diferentes momentos (Escribano Pizarro, 2012). Por consiguiente, se debe rescatar la importancia del rol de la sociedad en la producción del espacio, buscando visibilizar algunos de los elementos que hacen al vínculo entre los habitantes y el lugar que habitan. Los estudios sobre bienestar elaborados desde la Geografía son en su mayoría empíricos. Sus objetivos, generalmente, se encuentran ligados a medir el bienestar en determinadas poblaciones, en un tiempo y espacio establecidos, para que los agentes con capacidad de decisión adopten las medidas necesarias para mejorar la situación reinante (Celemín et al., 2015),

Las investigaciones sobre el bienestar de la población adquieren importancia por su aplicabilidad para la mejora de la sociedad, incluyendo sus niveles de satisfacción, la dirección y guía en la provisión de servicios y la formulación de políticas nacionales e internacionales dirigidas a la población (Gómez y Sabeh, 2000, p.9).

Los trabajos empíricos utilizan diferentes variables que se desagregan en indicadores socioeconómicos y ambientales, que permiten tener una visión integral del bienestar, con el fin de investigar localizaciones, distribuciones, asociaciones, interacciones y evoluciones espaciales (Buzai 2003, Lucero et al., 2008; Ares et al., 2024). Estos indicadores tratan de capturar de manera adecuada el estado de situación de una serie de dimensiones que hacen al bienestar de la población. Se debe tener presente que, aunque se trata de mediciones objetivas, los indicadores incorporan juicios subjetivos por parte de los propios investigadores y las decisiones metodológicas que aplican, ya que no existen criterios unificados y definitivos para elegir y ponderar los indicadores más adecuados, sumado a la creciente diversificación y riqueza de las fuentes de datos en el transcurso del tiempo. Además, estos instrumentos deben ser genéricos ya que esa característica los hace relevantes para la mayoría de las personas (Celemín et al., 2015).

Metodológicamente, cuando se trabaja con la noción de bienestar, los indicadores que lo miden deben ser de beneficio, condición sobre la cual avanzaremos en el Capítulo 4. En consecuencia, los valores más altos deben ser favorables para la población, porque su incremento conlleva una mayor satisfacción relativa; esto se debe a la direccionalidad positiva que reviste el concepto bienestar (Velázquez, 2001). El techo del bienestar es variable (y ascendente), en virtud de la escala de valores predominantes y, sobre todo, del cambio en las expectativas de la sociedad (Velázquez, 2010).

Otra característica de los indicadores que evalúan el bienestar es que se pueden clasificar en públicos y privados. Los primeros refieren a aspectos macro, ligados con cuestiones ambientales, de infraestructura colectiva y de accesibilidad (Velázquez, 2010); se encuentra el acceso a servicios básicos, como son las redes de gas, de agua o de cloacas para la descarga de aguas residuales; el tendido eléctrico, la recolección de residuos, la instalación de centros de salud y de instituciones educacionales, en buena medida, estos servicios dependen de las decisiones y las políticas de expansión de las empresas y los organismos prestatarios, cuestión que suele exceder la toma de decisiones de los residentes de las viviendas. Por su parte, los indicadores privados dependen de indicadores microsociales, asociados con el nivel de ingresos, la composición del grupo familiar o el nivel de instrucción (Velázquez, 2010). En tal sentido están vinculados con las decisiones individuales de asistencia a determinadas instituciones educativas, así como de las características ocupacionales de los sujetos y habitacionales de residencia, las prestaciones de salud privadas, entre otras (Gómez y Velázquez, 2014). Para un análisis detallado a nivel espacial, por ejemplo, a escala de los radios censales, Velázquez (2010) expresa que sería certero considerar metodológicamente tanto lo público como lo privado porque nos permite la posibilidad de conocer grados de bienestar según sectores y grupos sociales.

Por último, como detallamos en el Capítulo 4, los indicadores pueden ser analizados de forma individual o bien formar parte de un índice logrado mediante una función matemática que los sintetiza y que les otorga diferentes ponderaciones, con la intención de proporcionar una explicación de mayor amplitud (Celemín et al., 2015). Para una mejor organización de la información, las variables con sus correspondientes indicadores se agrupan en dominios o dimensiones más amplios, que en su conjunto deben abarcar, en lo posible, la totalidad de la experiencia que redunda en la satisfacción de condiciones de vida objetivamente medibles (Celemín et al., 2015).

La perspectiva de análisis espacial resulta crucial para la evaluación del bienestar de la población desde un punto de vista geográfico (Velázquez y Celemín, 2019). La búsqueda de bienestar de la población constituye una guía para definir, debatir y poner en marcha políticas públicas en los territorios estudiados. Por ello, los indicadores que permitan su análisis deben ser pensados en relación con la realidad presente en el recorte espacial en estudio, y ser elegidos en función de los objetivos de investigación. Estas consideraciones nos conducen a la problematización que conlleva la medición del bienestar en los ámbitos de ruralidad, tal como desarrollamos en la siguiente sección.

El bienestar rural

Como expresáramos en Ares et al. 2021:

El bienestar rural es un concepto multidimensional relacionado con la satisfacción de la población rural en cuanto a sus condiciones objetivas de vida, las cuales abarcan aspectos materiales como el acceso a la salud, la educación, la vivienda, el empleo, la conectividad y el ambiente (p. 131).

A escala internacional el interés por el bienestar rural acompaña el desarrollo de los estudios más generales, como indican Veréb et al. (2024). Esas primeras investigaciones se dedicaron al análisis del bienestar rural como parte de actividades destinadas a incrementar la productividad y comprender las migraciones rural-urbanas (Hamilton, 1930; Lively y Taeuber, 1939, citados por Veréb et al., 2024). Estas preocupaciones, como mostraremos, también forman parte de los primeros estudios sobre el bienestar rural en Argentina. Al respecto, de Arce y Salomón (2020, p. 45) afirman que “el término bienestar rural apareció en Argentina como preocupación gubernamental en relación con el despoblamiento y al estancamiento del sector agropecuario en la década de 1950”. En palabras de estas autoras:

El estudio del bienestar en el agro argentino requiere una mirada más humanizada, que trascienda el sentido productivista, cuantificador y tecnologizante que históricamente ha primado en las políticas públicas. La ponderación de los sistemas agroalimentarios para la satisfacción de las necesidades humanas exige nuevos modelos de interpretación de la realidad. Es necesario entonces asumir una visión integral, situada e interrelacional (de Arce y Salomón, 2020, p. 20).

Observamos que el debate empieza a gestarse desde mediados del siglo XX, cuando se ingresa en el anteriormente indicado giro conceptual respecto del espacio rural (Capítulo 1). El bienestar de la población rural, con sus diversas ruralidades, se encuentra poco estudiado, posiblemente por la centralidad de las problemáticas investigadas para el espacio urbano, por ser el aglutinador histórico de población, servicios y actividades productivas (Mikkelsen, 2007). Por tanto, especialmente en Argentina, el interés por estudiar la calidad de vida, el bienestar, así como las condiciones de vida, se ha centrado en entender qué ocurre en las ciudades, delineando un terreno fértil para la posterior profundización de los debates sobre el bienestar en las ruralidades.

En consecuencia, resulta interesante extender los estudios hacia el ámbito rural, donde además sus pobladores habitualmente quedan fuera de políticas públicas e inversiones que puedan mejorar sus condiciones de vida (Mikkelsen, 2007). De este modo, es necesario dejar de lado la primacía de la mirada productivista o el peso de la producción rural en los ingresos nacionales desde una perspectiva macroeconómica, para estudiar la satisfacción de la población rural en cuanto a sus condiciones objetivas de vida (Mikkelsen et al., 2020).

Insistimos sobre lo expresado en el Capítulo 1 en lo concerniente a lo rural. En la actualidad, no puede ser considerado de manera independiente, sino que debe entenderse como parte de una relación dialéctica con lo urbano. Los límites entre lo urbano y lo rural se han desdibujado y, simultáneamente, se han desvanecido algunas fronteras sociales, espaciales, culturales y ambientales (Cerdá et al., 2020).

El estudio del bienestar rural supone diferentes desafíos que deben superarse para lograr mediciones como las propuestas para las ciudades. En este caso, nuestro primer reto es la delimitación de la población rural, es decir, cuántos son, aproximar una posible caracterización y saber de manera tentativa dónde se ubican (Capítulos 1, 4 y 7). Una vez que acotamos la población objetivo, que por definición en este trabajo la ubicamos en recortes espaciales que reúnan hasta 20.000 habitantes, en una comprensión ampliada de la ruralidad, partimos de considerar que el bienestar rural refiere a la satisfacción de la población rural en cuanto a sus condiciones objetivas de vida. Por tanto, disponer de servicios y equipamientos supone un factor fundamental para el bienestar de la población y, para su permanencia en el lugar. En tal sentido, acordamos que la proximidad a los servicios sanitarios y educativos es elemental, ya que se trata de prestaciones que cumplen una función de relación social y de apoyo psicológico para la población, convirtiéndose así en un punto focal para la vida comunitaria. Lo mismo sucede con la posibilidad de aprovisionamiento y de contar con espacios de socialización e intercambio. En consecuencia, debemos poner atención a todo lo que refiere a la oferta de servicios, dada su tendencia a la reducción o desaparición, al mismo tiempo que se produce el declive demográfico (Camarero, 2020; Perchinunno et al., 2019). En relación con estas ideas, según Camarero et al. (2023), uno de los desafíos es la gestión de la baja densidad. Sobre el particular, los autores indican que esta debería ser una política pública por las características inherentes a las ruralidades y con el fin de motivar la sostenibilidad en sentido amplio.

En los últimos años la sostenibilidad y el ambiente se empiezan a integrar a las dimensiones del bienestar, resaltando que “no se puede promover el bienestar y el desarrollo hoy sin preocuparse por el desarrollo y el bienestar del futuro, en todos los lugares” (Boarini et al., 2014, p. 18, citados por Veréb et al., 2024, p. 242). El bienestar rural está intrínsecamente ligado a la calidad ambiental del territorio, de forma que la degradación del suelo, la contaminación del agua y la disminución de la biodiversidad asociadas a procesos de agriculturización, reconfiguran las capacidades productivas, la salud poblacional y la reproducción social en el área rural. Por ello, las mediciones del bienestar rural deben integrar explícitamente la dimensión ambiental (por ejemplo, considerando la calidad del suelo y del agua, la exposición a contaminantes, la conservación de la biodiversidad) junto a indicadores económicos, de acceso a servicios y de bienestar subjetivo, y combinar metodologías multidimensionales y espaciales con estudios cualitativos para captar los compromisos relacionados a las transformaciones rurales (Cerdá et al., 2020). Si bien a priori es sencillo comprender qué implica el bienestar, la identificación precisa de las necesidades aún no está resuelta (Ryff et al., 2021, citados por Veréb et al., 2024). Se trata, por ende, de un obstáculo metodológico en el que se congregan los debates conceptuales y los contenidos que se cree son adecuados para su medición. Esta falta de acuerdos ocurre aun cuando reconocemos que el uso de unos u otros indicadores genera resultados distintos. La complejidad en la medición del bienestar se asocia tanto a sus características multidimensionales –lo que hace que no exista un único método de medirlo–, como a la falta de información sistemática sobre las diferentes variables de las áreas rurales, lo cual lleva a la construcción de variedad de indicadores, con el fin de que puedan contribuir a generar alternativas de intervención territorial (Cerdá et al., 2020).

De este modo, la elección de indicadores va desde los comúnmente considerados hasta otros que se proponen en tiempos recientes, sobre todo pensando en la posibilidad de favorecer la permanencia de las poblaciones y la radicación de nuevos habitantes. En este sentido, se perfilan como nuevos desafíos incorporar indicadores que den cuenta por ejemplo del acceso a etapas educativas superiores, atención especializada de la salud, el acceso efectivo a las tecnologías de comunicación o el consumo de bienes culturales (Camarero et al., 2023). En relación con el ocio y los bienes culturales se admite que el acceso a internet es central para algunos consumos que pueden lograrse por esta vía, con lo cual es clave la incorporación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) a la cuantificación del bienestar contemporáneo.

Muchas veces, el estudio del bienestar rural deja en evidencia la falta de datos directos y actuales (Escribano Pizarro, 2012). En Argentina, son notorias las falencias de las fuentes de datos oficiales sobre las condiciones de vida objetivas de la población rural, dado que las variables e indicadores están pensados y definidos, en líneas generales desde y para el espacio urbano. Tal condición de urbanidad parece ser un requerimiento suficiente para relegar a los espacios de ruralidad, tanto en inversiones como en el diseño de políticas públicas.

En consecuencia, es difícil acceder a información pertinente y representativa de la vida en los espacios rurales (Mikkelsen et al., 2020), debiendo adoptar y adaptar los indicadores de la estadística oficial por sus características de universalidad. Debemos admitir, además, que el uso de estos indicadores no siempre permite apreciar la propia diversidad de situaciones que caracterizan a estos espacios, algunos territorialmente más dinámicos que otros (Escribano Pizarro, 2012).

En los estudios sobre bienestar, “se instala la necesidad de buscar indicadores compatibles para lo rural y lo urbano, con el fin de lograr la comparabilidad y así evaluar de modo riguroso la situación de los territorios rurales” (Mikkelsen et al., 2018, pp. 1-2). Por tal motivo, se deben entender de manera conjunta el espacio urbano y el rural, ya que como afirman García Ramón et al. (1995), el espacio rural debe pensarse como un elemento más de la estructura de asentamientos regional, por lo que el territorio resultante muestra la alta integración de los espacios. Acompaña estas ideas la necesidad de atender a la brecha urbana-rural, debido al distanciamiento entre las oportunidades de vida y trabajo en las ciudades o en el campo (Camarero et al., 2023).

El mundo es cada vez más dinámico, y en los territorios se evidencian las múltiples relaciones entre el espacio urbano y rural nacional, regional y mundial en una superposición de escalas y aconteceres que se materializan en los lugares. Por ello, la población rural, y principalmente aquella asentada en los pueblos o en los parajes, toma mayor conocimiento sobre las ventajas diferenciales positivas y negativas que poseen y las limitadas posibilidades que su reducido tamaño demográfico les confiere. Esta última característica está directamente vinculada con la dificultad de conseguir más equipamientos e infraestructuras que apunte a mejorar su satisfacción con respecto a las condiciones objetivas de vida (Escribano Pizarro, 2012). Dicha posesión se presenta como uno de los recursos más importantes en los procesos de autoafirmación de la identidad local, de búsqueda de raíces y de referencias tangibles, de cercanía, frente al avance de la uniformidad y homogeneidad urbana (Entrena, 2006; citado por Escribano Pizarro, 2012).

De esta manera, problematizar en torno a la satisfacción de la población rural en cuanto a sus condiciones objetivas de vida, a pesar del bajo peso demográfico de la población rural, es una necesidad dado que, en su espacialidad, realizan prácticas territoriales y entretejen sentidos que permiten explicar las ruralidades (Mikkelsen et al., 2018). Entonces, “en la situación de las poblaciones rurales inciden, con mayor claridad que en las urbanas, las diferencias regionales y los diferentes modos de vida asociados a las historias, tradiciones, producciones y características generales de cada región” (Mikkelsen et al., 2020, p. 638).

Sobre la base de estos aportes, se observa que ruralidad y bienestar se encuentran específica e históricamente relacionados. Por ello, resulta fundamental tener en cuenta dichos vínculos al momento de realizar la selección de dimensiones e indicadores que permitirán evaluar las condiciones de vida de la población en el territorio.

La medición del bienestar rural, pese a las dificultades metodológicas que impone su multidimensionalidad, la heterogeneidad del espacio rural y la sistemática falta de datos, es una contribución decisiva a la planificación y el desarrollo territorial porque permite identificar brechas espaciales y sectores vulnerables, priorizar inversiones en infraestructura y servicios y diseñar políticas públicas para las problemáticas locales.

El próximo capítulo procura ser un aporte metodológico que se sostiene en los debates teóricos conceptuales presentados hasta el momento.



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