Bellísima María
a cuyo Sol radiante,
del otro Sol se ocultan
los rayos materiales;
tú, que con dos celestes
divinos luminares,
árbitro de las luces,
las cierras, o las abres:
que, porque de ser soles
la virtud no les falte,
engendran de tu pelo
los ricos minerales,
cuyo Ofir proceloso,
al arbitrio del aire,
forma en ricas tormentas
doradas tempestades,
sin permitir lo negro:
que no era bien se hallasen,
entre copia de luces,
sombra de obscuridades,
dejando a la hermosura
plebeya el azabache,
que es lucir con lo puesto
de mendigas deidades;
y al adornar tu frente,
se mira coronarse
con arreboles de oro
montaña de diamante,
pues dándole la nieve
transparentes pasajes,
lo cándido acredita,
mas desmiente lo frágil…
En fin, Lysi divina,
perdona si, ignorante
a un mar de perfecciones,
me engolfé en leño frágil.
Y pues para tu aplauso
nunca hay voces capaces,
tú te alabas, pues sola
es razón que te alabes.






