Eloy Méndez Sainz
Introducción
La figura de “pueblo mexicano” se ha resignificado a partir de la política pública del turismo del siglo XXI. El nuevo significado se sobrepone al retenido en la memoria de las comunidades locales. Aquella noción se afianzó en el largo periodo de conquista y colonización novohispanas, cuya estrategia fundacional de asentamientos humanos fijó la estructura territorial de dominio de la corona española. En ella las comunidades originarias sujetas a servidumbre urbana se emplazaron periféricamente en barrios, mientras que las ciudades y villas se reservaron a los españoles.
Esta segregación territorial tenía antecedentes medievales europeos, luego en la reconquista de los reinos ibéricos. Se configura entonces un imaginario de pueblo compartido en general en Iberoamérica, parcialmente en lo que podría denominarse imaginario de pueblo del sur y, sin forzar, con algunas similitudes respecto al imaginario de los pequeños poblados del globo.
Fraguada la construcción de una cantidad masiva de pueblos y escasas ciudades en lo que ahora es México, se observaron cambios socioespaciales y transformaciones económicas sustanciales tras las guerras de Independencia y Reforma del siglo XIX, y luego de la Revolución del siglo XX. A la postre, los pueblos, en oposición a las ciudades, fueron fuente de representaciones múltiples en la cultura del proyecto nacionalista emergente, en particular en el cine y la literatura. La figuración visual y escrita de diversos relatos estableció los rasgos inconfundibles y saberes sociales de los pueblos imaginados tierra adentro del país. Se narraba entonces un “interior” enigmático, misterioso, ambivalente, de pueblos complejos con materialidades sobrepuestas y desarrollos adyacentes, cada cual luciendo singularidades con ciertas constantes.
Mas la acelerada urbanización prohijada por la sustitución de importaciones y la estrategia territorial del régimen de la posrevolución orilló a la modernización incompleta y dispareja, que dio lugar a un crecimiento desigual en las poblaciones del interior: unas se vaciaron, otras fueron absorbidas por la metropolización, sin faltar las que se mantuvieron con tasas bajas de crecimiento, y casi todas sufrieron la migración hacia las ciudades y al norte.
Como efecto del aislamiento, distanciamiento de la inversión desarrollista y carencia de las ventajas de aglomeración urbana, los poblados se marcaron con la negatividad de la ausencia de la modernidad impulsada en la posrevolución desde la década de 1920, estigma mantenido el resto del siglo. Sin embargo, ajenos a los circuitos económicos más dinámicos, en general preservaron su traza urbana, sus arquitecturas, sus saberes y la cohesión comunitaria, lo que les permitió ofrecer varias décadas después la oportunidad de ser resignificados por el irresistible encanto de la imagen de positividad derivada del orden, equilibrio, autosuficiencia y quietud, atributos valorados por el viajero metropolitano en el inicio del siglo XXI.
La demanda de destinos turísticos del interior del territorio ‒para “pueblear”‒ fue captada por el gobierno federal, que enmarcó los rincones imaginados con el patrimonio edificado y la naturaleza. Mas el discurso formal no ha desplazado las prácticas convencionales de la promoción turística que pasa por encima de la participación democrática de las comunidades. De ahí la tesis del presente texto: al no fincarse en los imaginarios locales, la representación escenográfica de los pueblos exacerba la tensión entre la preservación del patrimonio y su circulación indiscriminada para el consumo de imagen, espectáculo y eventuales subproductos de la tradición. De esta pugna se desprende un solo perdedor, las comunidades locales, cuyo patrimonio edificado y natural es saqueado para la vendimia con beneficio privado.
Penuria económica, refugio religioso, esperanza, frustración posrevolucionaria, migración, culpa, cacicazgo premoderno, campesinos e indígenas en plano de fondo, amores tormentosos, deseos reprimidos, giros mágicos, miedo a la incertidumbre, modernización inacabada y contradicciones explosivas confluyen en la narrativa de los pueblos, que, siendo recreación novelada de imaginarios de dominio y resistencia, subyacen a los actuales intersticios de la oferta turística.
Imaginario del pueblo y su paisaje, patrimonio y turismo
La refiguración de los pueblos tradicionales en “mágicos” se instrumentó mediante una política pública del turismo en México en el arranque del siglo XXI. Con el envión de los regímenes neoliberales ‒en 2001, para ser precisos‒ se cristaliza el Programa Pueblos Mágicos, que en las diferentes presentaciones ha reiterado el interés en las poblaciones cuyo potencial turístico radica en la novedad de la opción, no obstante su permanencia “en el imaginario colectivo de la nación”, donde “emana” la codiciada “magia” presumiblemente encarnada en las comunidades locales (Secretaría de Turismo, 01/01/2016). “Pueblos Mágicos” serían, en el marco del Programa,
un sitio con símbolos y leyendas, poblados con historia que en muchos casos han sido escenario de hechos trascendentes para nuestro país, son lugares que muestran la identidad nacional en cada uno de sus rincones, con una magia que emana de sus atractivos; visitarlos es una oportunidad para descubrir el encanto de México (Turismo, 01/12/2022), existiendo 177 de ellos a partir de 2023.
De inmediato los pueblos elegidos intentan revestirse en espectáculo para evidenciar la magia en la cultura material. Parecería el súbito desvelamiento de una fuente con irresistible fuerza de atracción turística desde el enigmático interior “dormido” del país. Lo cierto es que le antecede la experiencia de Francia, donde el turismo rural se impulsó con éxito desde los años 1960 ante el declive del turismo de mar y sol, y que resultó una medida para detener el éxodo del campo a la ciudad (Fourneau, 1998). En consonancia con la ola mundial del turismo pueblerino o rural, la Organización Mundial del Turismo (OMT) ha lanzado el programa Best Tourist Villages by UNWTO, con la bandera de la innovación y la sostenibilidad, antídoto al imán de las grandes urbes. En 2022, el programa eligió 32 pueblos de 22 países en reconocimiento a su compromiso por el turismo para el desarrollo local, incluyendo dos pueblos mágicos mexicanos, Creel y El Fuerte (UNWTO, 19/12/2022). En 2021 se distinguió con la misma categoría a los pueblos mágicos Cuetzalan y Maní en la lista de 44 pueblos enclavados en 22 países (Entorno turístico, 03/12/2021). Esto, cuando México ha ascendido durante el año 2022 en el tablero mundial del turismo al noveno sitio en el rubro de ingreso de divisas por visitantes internacionales, y a la vez al sexto por el número de visitas de turistas internacionales, mientras que en 2018 ocupaba los sitios 17 y 7, respectivamente (Secretaría de Turismo, 21/05/2023).
El reciente discurso de la política pública destaca el impulso al “enfoque social y de respeto a los derechos humanos en la actividad turística” (Secretaría de Turismo, 01/10/2020), indicio de la nueva dirección del sector, ahora más interesada en el beneficio social de las comunidades destino, que podría incidir en la prevaleciente valoración basada en la estetización de la imagen que avasalla los imaginarios locales, que requieren del encuadre apropiado respecto del patrimonio trasmutado en signos de atracción, incluyendo las significaciones que la población atribuye a sus lugares y que el programa no incluye, pero que ahora da mayor cobertura inclusiva.
Una perspectiva responsable entendería la ciudad-paisaje opuesta a la ciudad-escenario para el turismo (Simmel, 2007: 37 y ss.) ‒en la tensión entre estas se ha sumergido el programa turístico‒. La ciudad escenificada para el consumo de visitantes es un paso decisivo en el proceso de enajenación del lugar respecto de sus habitantes, mientras que la ciudad-paisaje preserva la naturaleza que entrevera la relación del tejido urbano con el entorno no edificado. La vieja oposición advertida por Simmel entre las ciudades italianas parece repetirse ahora en las dos caras de los pueblos mexicanos en la actualidad exhibidos al turismo. Estos sostienen la tensión interna de ser paisajes y escenografías a la vez, o unos sustituyendo a los otros. El problema es que la turistificación monta escenografías en los paisajes constituidos por lugares, y de ese modo socava el patrimonio natural, arquitectónico y urbanístico ‒cultural‒, hace figurar a la población local como agregado involuntario a las decisiones de actores externos a la comunidad. De ahí que en la construcción del paisaje los promotores del turismo asignan nuevos roles a las preexistencias de que echa mano, y así transgrede objetos y relaciones entrañables a los pobladores al implantar representaciones acordes con la complacencia de la supuesta expectativa del visitante.
En la acepción de Simmel (2014), se diferencian paisaje y una franja cualquiera de la naturaleza, lo urbano excluido. El autor subraya la unidad interna del paisaje, basada en los rasgos formales, y el recorte según los límites elegidos por quien observa y acota lo real visto, condiciones necesarias al fragmento recortado por sustracción de la naturaleza continua.
Con esta disposición hacia las intervenciones se consigue que el visitante decida el rediseño del atractivo. Turísticamente el pueblo, entendido como el tejido urbano compacto del asentamiento, viene a ser el paisaje atractor, mientras que la comunidad “ve” su pueblo extendido en caseríos dispersos, montañas, valles, cañadas y ríos. El supuesto establecido es factor de modificación del pueblo y su entorno, sin intención ‒y sin meter mano directamente en él‒ trastoca el lugar de la comunidad nativa, incluyendo el paisaje en tanto atractivo contenedor de otros que le constituyen. Se actúa así sobre el paisaje, reconstruyendo una realidad con un ritmo y móviles inesperados; se modifican representaciones simbólicas y con ello su delicada articulación con el imaginario social al que encarnan, siendo el paisaje una construcción imaginaria del territorio en tanto segmento en el que se opera desde una percepción positivista. La vista del observador escudriña el horizonte y percibe una suerte de visibilidad de hilos invisibles (valores estéticos, historias personales y sociales, acontecimientos, sensaciones, disrupciones) que dan sentido a lo observado si se lo hilvana ofreciendo determinada experiencia estética, ámbitos que muestran conjunciones, disyunciones, sobreposiciones y adyacencias de las formas representacionales en las pugnas simbólicas por el territorio. (No se atienden en este capítulo los múltiples procesos que, siendo ajenos al turismo y a los imaginarios locales, sobredeterminan el paisaje y su atmósfera, tales como la migración, el crimen organizado o la globalización de las comunicaciones y la economía).
Se tiene entonces una política pública de intervención del paisaje, celosa al momento de inducir la representación de un imaginario que parece entender el objeto de su atención, solo en su apariencia estética del territorio. Al ser este visualmente captado desde cierta distancia, hace posible apreciar el conjunto (segmento de naturaleza) y los detalles constitutivos de la estructura de la imagen, si nos apegamos al lenguaje de especialistas (Zoido et al., 2000: 249-250). Con base en este supuesto, se pretende preparar la mirada del turista a que filtre lo visto acorde con “los valores interpretativos, estéticos o culturales que son intrínsecos a la noción de paisaje y que al serle atribuidos diferencian este concepto de otros próximos como territorio, superficie terrestre o espacio geográfico”, asumiendo alguna definición cercana a la del diccionario de Moliner (1998: 536), que agrega otra diferencia implícita en las formas de mirar, cuando “pasa del asombro y admiración ante la naturaleza en lugares de amplia vista, a la capacidad de describirlos, reproducirlos icónicamente y querer interpretarlos” (ibid.).
Estas definiciones son afines a las representaciones asumidas en la promoción oficial mexicana, que pretende atrapar el paisaje en su apariencia. Esta actitud pretende olvidar el descubrimiento de la belleza y el paisaje desde el Renacimiento, pues ya en el siglo XV contenía “una sustancia poética autónoma, un alma” que no debería descuidarse y vaciarse de sentido para concentrarse solamente en su apariencia exterior (Burckhardt, 1985, vol. II, 222 y 223). Ya entonces el tratamiento partía de una figura imaginaria, confluían en la naturaleza la pasión cognitiva y la emoción estética, que luego retomaría Simmel en sus textos de Roma, Venecia y Florencia, donde advertía lo mismo que ahora sucede en la ciudad pequeña, “que puede ser un lugar donde cada cual es reconocido en su singularidad” (Remy, 2012: 32), diferenciadora, propia del espíritu romántico del siglo XIX.
Aquella perspectiva de Simmel cargó con el drama de lo irrepresentable, lo sublime y grandioso, y así esbozó la tensión estética inherente a la unidad de lo diverso. Pero mantuvo la frontera infranqueable de lo urbano, reservando el paisaje a la naturaleza, artística y excepcionalmente fusionada en Florencia con la ciudad. La separación de ciudad y campo, o de lo urbano y lo rural ‒a veces entendida como relación asimétrica, otras como oposición‒, está vigente en el discurso relativo al paisaje en la propuesta del gobierno mexicano.
Los imperativos del proceso dominante del programa de Pueblos Mágicos podrían resumirse así: 1) debido al aislamiento relativo y a dispositivos locales de resistencia, los pueblos del interior del territorio preservan segmentos del patrimonio natural y cultural significativos en el imaginario del viajero; 2) para conseguir el encuentro del turista con la imaginada entraña nacional, ha de rediseñarse la imagen local, facilitando el espacio de acceso al así innovado producto turístico, y 3) este espacio a construir tendría los atributos –genuinos o simulados‒ del paisaje auténtico en general indistinto respecto del montaje escenográfico. La propuesta alternativa a lo anterior enunciada en estas notas sería: primero, el paisaje es medio transmisor de mensajes de cierta totalidad fragmentaria; luego, la convención de principios de composición instituye su construcción imaginaria; se asume el drama del recorte visual de la realidad continua y, retomando aportes desde los imaginarios (entre otros, Castoriadis, 2003; Taylor, 2006; Silva, 2010 y 2008; Méndez, 2017 y 2016), hay paisajes con claves formales propias a interpretar y revalorar.
La ideología dominante da por sentado que las tradiciones perviven en comunidades que han resistido en los pueblos con relativa distancia respecto a la modernidad, sin reconocer que la inserción o exclusión de grandes franjas de territorio en las rutas del “progreso” fueron impuestas por una serie de factores sopesados desde el centro federal durante los regímenes posrevolucionarios, enseguida funcionales al neoliberalismo.
La figura de pueblo ha sido política, histórica y socialmente construida. No es estática, no está congelada en el tiempo, sus permanencias participan de los cambios. La reorganización del territorio ha sido congruente con el proyecto establecido de nación, ceñido a las exclusiones e inclusiones regidas por el fortalecimiento del sistema urbano centralista y asimétrico, que define su “interior” y “exterior”. En el siglo XXI se pretende recortar el alejamiento mediante el desarrollo local y sacar partido a recursos patrimoniales largo tiempo confinados en el territorio y en la narrativa de nación, y, sobre todo, en la narrativa del mundo occidental moderno fincada en la revolución, el progreso y la nación (Taylor, op. cit.: 206 y ss.).
Si bien la búsqueda comunitaria en las medianas y grandes ciudades es una fantasía de seguridad y distinción (Méndez, 2012: 19 y ss.; 2007: 9 y ss.) capitalizada por la industria inmobiliaria, en los pueblos se despliega una compleja combinación de comunidades tradicionales en resistencia, apropiación neocolonial de territorio y prolíficos asentamientos populares, en los que la inversión turística se adentra sin parar, hasta alcanzar los rincones remotos ubicados a distancias redituables. Cada núcleo ha sido objeto de intervenciones para conseguir que lo hasta entonces preservado como pueblos pase a ser una serie de representaciones de pueblo (véase, entre otros, Méndez, 2017, 2016, 2015; López, Valverde y Figueroa 2015).
El tejido urbano del pueblo se configura en una compleja red de lugares, cada “lugar media la pertenencia, da nombre a los afectos del sujeto y los arraiga en objetos” (Méndez, 2016: 80). Los lugares constituyen el paisaje más amable y habitable que, cual flujo líquido evanescente, cohesiona el espacio en el imaginario de residentes y visitantes. Por ejemplo, en Taxco predomina el imponente templo barroco novohispano de Santa Prisca, que anuda un intrincado tejido que en Semana Santa se torna convulso con el drama de “los flagelantes” (Alcaraz y Salgado, 2016: 213). En Cholula, a la clase política no le fue suficiente la plaza extendida frente a los inmensos portales; parapetada en la promoción turística, trazó nuevas plazas sobre ruinas arqueológicas, como el mayor atractivo turístico, el “cerrito”: una pirámide enterrada por los conquistadores que es plataforma de la iglesia Los Remedios; las nuevas plazas no ocultan las tropelías del “presidente municipal que quemó el Archivo Municipal en el horno de su panadería. O la autoridad que propuso reforestar el cerrito. O los gobernantes que destruyeron vestigios arqueológicos y construcciones coloniales” (Fernández, 2015: 386).
El viajero advierte el paisaje de pueblo, “encuentra tan plana e inocua la ciudad que busca un vacío donde expresarse, en el que pueda crear un pliegue interesante […] busca que ‘algo suceda’” (Méndez, 2016: 120). En Tepoztlán, por citar alguno, se traspasa la fachada
y a un paso se encuentran los miembros de una familia haciendo artesanías […] Asimismo, el mercado forma parte de este patio trasero, a donde predominantemente asisten los nativos de lunes a viernes y se puede encontrar otra opción de alimentos […] Conforme se transita por este lugar se perciben distintos aromas que acompañan a la comida (Alvarado et al., 2017: 105).
En la fachada es previsible la “puesta en escena de la recepción del turista por el nativo, en la que se simularía el marco natural y construido con los rasgos de supuesta singularidad del lugar” (Méndez, 2016). “Los tinglados son producidos para ser iluminados, legibles y protegidos (controlados), sin dejar de ser dispositivos con el propósito de persuadir, ordenar y subyugar, de ahí el auxilio de la decoración” (ibid.). En Cosalá, la promoción “mágica” ha inventado la nueva tradición del “Cosalazo” y el “Cosaltazo” para las hordas de turistas, ante las que “el residente se siente invadido y la presencia de turistas termina con la tranquilidad en la que se encontraban viviendo. El temor se muestra en sus rostros y la invasión de sus lugares de encuentro siembra miedo en ellos” (Castañeda et al., 2017: 51). El paisaje local es de súbito el de la fiesta intrusiva, desembocadura de la marca del itinerario efímero.
Itinerario y viaje se funden en la parábola de la vida y más allá de la muerte en el infierno o paraíso. El camino es itinerario que transcurre en el tiempo para dar cuerpo al espacio […] el itinerario hace ciudad imaginaria. Porque el transeúnte o viajero se entrega al recorrido cargando en la maleta el punto de vista personal que le permite imaginar que ve lo que nadie más ve o como nadie más lo ve (Méndez, ibid.: 132).
O solo cubre la rutina necesaria que le certifica como turista, estatus a defender en cuanto se asume el consumo efímero, indicador de la experiencia del placer y distinción de quien renuncia al refugio en la abulia del hogar rutinario, nada expectante.
De acuerdo con el programa Pueblos Mágicos, ahora se reorganiza el territorio del pueblo y su entorno, se recrea la pequeña ciudad en función del nuevo itinerario, pues “Incluir un sitio en el itinerario es poner en escena el punto. Atraer hacia éste es configurar la senda de llegada y figurar el espectáculo” (ibid., 134). Se engarza al pueblo en la órbita urbana, y así se consolida un corredor urbano en tanto destino subsidiario; tal sucede en Tequila, cuyos itinerarios dibujan las vistas del
fenómeno en dos velocidades simultáneas. Hábitos cotidianos ancestrales de un lado y la modernización productiva y turística de otro […] gente que, como el mismo cronista, radicaliza el imaginario de pertenencia de bienes arqueológicos locales […], autoproclamado custodio de un sistema de objetos originarios, o la querencia de la barranca, la plaza (central), el mercado y la toma (balneario) […] La otra velocidad, mucho más dinámica y visible, es la impuesta con la pantalla de la turistificación, erigida por los empresarios del turismo, a su vez industriales del tequila […] El punto de empalme de ambas es, sin duda, el tequila y su proceso (García y Méndez, 2019).
El poder intenta detener la fluidez o licuefacción de lo percibido decretando y nombrando, es el caso de “pueblo mágico”. Al hacerlo, impone límite y diferencia, pues lo trata como dispositivo orientado a la apropiación social. Así,
al pardear la tarde, Comala huele a pan, sabe a pan. Frente a la escultura [de Rulfo] se forma una aglomeración efímera que acude al llamado cotidiano, a la hora convenida en que se ofrece en las banquetas el pan caliente, recién salido de los hornos del pueblo […] Se trata de un abanico de colores, formas y tamaños, varios repetidos en los pueblos sin haber antes mediado acuerdo alguno. Aunque cambie el nombre, la forma se mantiene (Méndez y González, 2017).
El paisaje de pueblo reconforta en el imaginario del turista que busca el asentamiento humano abarcable visual y peatonalmente, donde se planta a disfrutar el paisaje que conforta cuando adquiere sentido al delimitarlo.
Dicho paisaje es un segmento de realidad vista desde, en y hacia un poblado o ciudad pequeña. Ha sido especialmente exacerbado en los pueblos mágicos por razones de preservación del patrimonio y la construcción de atractivos turísticos. Frente a las intervenciones dirigidas a trastocar los pueblos para la comercialización indiscriminada, “disneyficando” sitios significativos, se advierten las posibilidades de la valoración desde los significados locales.
Contradiciendo la narrativa dominante, habría que categorizar turistificación y patrimonialización como contemporáneos en la dimensión del imaginario, que no reduce el patrimonio al objeto material, sino a las dimensiones simbólica e imaginaria, la tradición y su recreación. Siendo el paisaje un fenómeno complejo y de explicación multifactorial, se centra por ahora en la representación literaria, un camino con antecedentes por agrupar y profundizar. De ahí su relevancia disciplinaria ubicada en la perspectiva del espacio físico, de la narratología y del paisajismo en el diseño totalizador de fragmentos del territorio. Más en particular, en seguida se refiere a la novela mexicana del periodo posrevolucionario de 1947 a 1963, cuando la literatura se distancia del realista recuento guerrero de la confrontación nacional, mismo en el que la categoría de paisaje de pueblo mexicano es construida con la ambivalencia de la nostalgia de la tradición y la expectativa en el imaginario dominante de la ruptura moderna, así sea a la larga un simulacro. Específicamente, habrá que apuntar hacia la potencia de las obras de la provincia enclavada en Jalisco, de las que se hará una rápida revisión de dos obras.
Paisajes novelados
El estudio del paisaje novelado se hace a manera de “rodeo metodológico de acercamiento a la construcción imaginaria del paisaje, a lo que significa para las sociedades locales lo que es o pudo ser su entorno natural, social y edificado”, su pueblo. En los textos se han plasmado configuraciones asociadas a emociones verbalizadas en expresiones orales cotidianas. “Ante sociedades y entornos cambiantes portadores de rasgos preservados, se prolonga la existencia del paisaje como lugar de la memoria, donde la concurrencia de componentes sensoriales se ha sobrepuesto para la configuración del palimpsesto” paisajístico (Méndez, 2021: 9).
Los viajes se relatan y cada relato es viaje del relator e invita al lector(a). Establecen simbiosis de personajes y lugares en construcción recíproca. El relato traslada
a los lugares de los acontecimientos que la trama requiere. Los hechos tienen lugar donde los personajes se desplazan y la metáfora sugiere. Se relata al regreso de la experiencia, es ineludible configurarla en la manera elegida de transmitirla y hacerla comprensible. Un recurso para conseguirlo es el de las vistas (ibid.).
Las vistas son necesarias para visualizar las emociones, que se encarnan en cosas y en las relaciones con ellas. Personajes y lugares escenificados actúan en unidad.
Encuadrada por la mirada, la naturaleza deviene figura protagónica, paisaje, parte de la totalidad. Un fragmento a su vez integrado con partes cohesionadas. O sea, los fragmentos de naturaleza se presentan en condiciones diferenciales de posibilidad de ser especialmente significativos, se representan como paisaje al poseer determinada atmósfera. El atractivo visual de la perspectiva escénica contiene elementos que lo distinguen, la imagen de los lugares que denotan pertenencia tal cual sucede en el hogar, “un campo de cuidado, un repositorio de memorias y sueños” (Tuan, 2007: 164). El paisaje es construido como lugar compuesto por lugares simbólicos en los cuales se depositan los significados de la atmósfera singular poseída por el entorno, cuyo carácter es visibilizado por estos dispositivos de persuasión que interpelan a quien observa. Memorias y sueños son recreados en la narrativa mexicana para ofrecer determinada atmósfera ‒marcada por la posguerra‒ requerida en determinada trama.
La polaridad territorial provincia-capital en México colonial puede remitirse a la asimetría –en amplio sentido‒ de la metrópoli respecto a las genéricas “provincias internas”. Según Dessau (1996: 130 y ss.), la Revolución de Independencia propició el movimiento inverso, de integración de la Ciudad de México con el territorio nacional, que desplazó la anterior oposición; pero en el porfiriato ya se han retomado de nuevo las funciones dominantes de la capital, ahora fundamentada en la línea del “orden y progreso”. Con el estallido de la revolución florece la novela enfrascada en la relatoría de la guerra antes que en la narrativa, condición superada en años posteriores, en la cual destacan, en Jalisco, figuras como Yáñez, Rulfo, Arreola o Azuela. A manera de ejemplo se verán brevemente obras significativas de Yáñez y Rulfo.
Debido al fuerte contenido de recreación literaria que lo diferencia de obras y autores de la revolución, Al filo del agua, de Agustín Yáñez (1947, consultada la edición de 2004), es el parteaguas de inicio de la novela de la posrevolución (Dessau, 1996). Esta novela sería “la más importante novela mexicana moderna”, inspirada en “una ontología del carácter nacional” (ibid.: 391). En la trama se recrea Yahualica, pueblo del Bajío jalisciense en el periodo previo a la revolución, cuyo advenimiento se anuncia a lo largo de la trama durante un suspenso largamente sostenido ‒sintetizado en la metáfora “al filo del agua”‒, y con él construir la atmósfera del presagio, una incertidumbre sentida, nunca verbalizada, como el pueblo, sin nombre (Yahualica o su sustituto nunca se citan).
El paisaje del que parte la historia se presenta en las primeras páginas ‒“pueblo de mujeres enlutadas” es la advertencia críptica‒, con “casas de las que no escapan rumores, risas, gritos, llantos; pero a lo alto, la fragancia de finos leños consumidos en hornos y cocinas, envuelta para regalo del cielo con telas de humo” (Yáñez, op. cit.: 3), con fachadas rematadas en cruz. Las palabras y la sintaxis se conjugan para dejar clara la atmósfera del hermetismo, la tristeza y su permanencia. Las casas cerradas connotan cierta forma de vida por sus signos externos, que advierten la religiosidad que permea la trama. Pueblo simple, rígido, petrificado como reloj de sol. Pueblo endurecido en el sufrimiento, en duelo, con ritmo exacto, naturalizado en su propio paisaje estático, cíclico: “Inexorable tañe la campana del alba. Inexorables despiertan las voces de los vecinos. Inexorable vuelve la rutina del día” (ibid.: 38), la novedad ausente; la percepción visual y auditiva.
El relato advierte el temor popular ante los signos que reiteran sincrónicamente que algo va a pasar: el proselitismo de Madero en el lejano norte o la predicción del cometa Halley, mientras continúa la tranquilidad en el pueblo, narrado como una oración, unos mandamientos, un credo. Bajo la fantasía de que nada altera las inercias, a la vez que se acumulan eventos inesperados o imparables, se agudiza la zozobra, el “Miedo por algo que sucederá […] Miedo al hombre, a la naturaleza y a la cólera de Dios” (ibid.: 329), se dibuja el paisaje del miedo. Irrumpe la Revolución. Invade la noche y la oscuridad. Los sonidos de balas, gritos, llantos y tropel de caballos se alternan con sordos rumores y dramáticos silencios. El paisaje deja por un momento la simulación y la esquizofrenia, explota. A la mañana siguiente, en el templo lleno de feligreses, el cura oficia misa, “Como todos los días” (ibid.: 387). Paisaje asfixiante que orilla al crimen.
Al filo del agua se despliega en cierto pueblo. Replegado por el poderoso dispositivo religioso, apenas se filtra el desdén hacia “ese pueblo sin categoría, de extraño nombre y sin referencia en los mapas” (ibid.: 48), pero ha de conservarse a pesar de todo, en actitud defensiva frente a los reprobables comportamientos de la gente de las ciudades. La comunidad local disfraza desdeñosa su rencor y admiración a la capital de la provincia, Guadalajara, quien la subyuga simbólicamente mediante la enigmática Victoria, personaje que, en un mensaje parabólico, con su presencia trastorna hasta la locura a los lugareños. De manera que el paisaje se valora a sí mismo desde su interior de pueblo y desde el exterior urbano, una mirada esquizofrénica.
Para Rulfo, Jalisco sería una muestra significativa de las tensiones entre el antiguo y el nuevo régimen, acaso expresión del devenir latinoamericano (Vital, 2002: 81). En Pedro Páramo (consultada la edición de 1984), Rulfo imagina Comala. El paisaje transcurre con la trama, permanece, trasciende al relato, escrito según se desprende de la vivencia en la plenitud de los sentidos. El territorio irradia desde el pueblo –donde se anuda–, con forma y límites vaporosos; es tiempo ido, pero es tan cambiante como las voces narradoras, idas también.
En pasajes fragmentarios emergen figuras oníricas de relatos referidos al pueblo y a Pedro Páramo, dueño de la hacienda de La Media Luna, todos hilvanados por la muerte, la suya propia. Se imaginan dos tipos de paisaje. Los de pueblos desdichados –como aquel en que se inscribe Comala– y los demás, que serían los dichosos, por exclusión, anclados en la memoria dramatizando la imaginada espacialidad de historia relatada. El pueblo narrado redunda en el vacío del contraste con lo memorable, es lo inexistente indeseable. Sus peculiaridades asoman en la relación con Pedro Páramo, protagonista ubicuo de la hacienda Media Luna, todopoderoso más allá de estos lugares. El personaje anuda la centralidad de la red dibujada en el paisaje de la desdicha: los trazos del relato la van componiendo por agregación –y por contraste entre lo imaginario y lo imaginado–.
La vida encarnada en las voces está ausente, a manera de residuo ha dejado un murmullo intolerable al oído de la muerte. El paisaje es vista impregnada de color, sonido, tiempo, movimiento y acontecimientos que significan sensiblemente. Es paisaje de ensueño. Burla lo real. Los muertos padecen la huella, el eco de los vivos. El murmullo revela su condición no solo de desvanecimiento de la voz, sino también –y sobre todo– de la fatalidad expresada como lo real, así que la evocada pesadez material del pueblo materializada en sus muros repele al observador imaginado.
Paisaje y trama se fusionan hasta confundirse. Esta sustituye a aquel del mismo modo que aquel a esta. En la confesión tardía, el cuerpo imaginado del personaje Susana es paisaje, sentimiento, sensación: “Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas, tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche” (ibid.: 113). No podía ser menos en la memoria de un cuerpo que “se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras” (ibid.: 114). Final patético de Pedro Páramo, la piedra angular del sólido edificio romano.
En una elaboración previa, se reconoce que el relato es circular. Es lógica de ritual, de retorno cíclico. Pueblos y relatos de pueblos son parecidos, es tal la repetición que se los “ha vaciado de diferencias. Pero si Comala es única reflejando a los demás, éstos también son originales al ser eco de tantos comalas” (Méndez y González, 2017: 30 y 31). En una charla con Benítez, Rulfo establece la referencia de su Comala en Tuxcacuesco, Jalisco, igual a tantos otros; pueblos sin gente, vaciados por la migración al norte. Reconoce que su realismo literario no se basa en un caso real, es imaginario, que el paisaje recreado no existe en Tuxcacuesco ni en otra parte (Benítez, 2003).
Lo confirma Campbell. Luego de visitar San Gabriel, Tuxcacuesco y otros pueblos centrales en la experiencia vital de Rulfo, acepta la fugacidad fantasmática de los escasos habitantes que cruzan de pronto las calles, en las que reconoce el “silencio pesado” de la versión literaria, aunque ha de terminar viendo una realidad distinta a la ficción rulfiana. Comala es imaginaria, invención de Rulfo (Campbell, 2003: 514).
Yáñez y Rulfo han contribuido a verbalizar el imaginario de pueblo potenciando sus imágenes. Sus historias sintetizan y multiplican significados históricos asociados al estar ahí, luego imaginados con precisión cartográfica en la geografía del territorio, pero elusivos al escaparse en la licencia literaria. Mientras, permanecen dando sentidos múltiples a enigmáticos destinos atractivos.
Conclusión
Los textos literarios revisados evidencian lo siguiente del paisaje: a) los rasgos destacados de tradición y la disrupción por los conflictos de revolución y cristiada; b) siendo constituyente del continuo pueblo-caserío-hacienda, un hilo de unidad imaginaria con cierta atmósfera; c) donde la casa aparece como sinopsis del pueblo o el ambiente y la iglesia es el elemento primario por excelencia, referente básico de vida religiosa profusa; d) forma lo anterior un tejido de soportes materiales y subjetivos en los que el campesino, el hacendado, el cura o la mujer son figuras emblemáticas; e) los cuadros de las vistas son trazados, puestos en forma paisajística, de acuerdo con decisiones coherentes de composición visual y narrativa; f) la verosimilitud se apoya en el estar ahí de la voz relatora del sujeto que ve, observa, discurre y siente el lugar; g) al compartir un nicho de relatos atractivos, íntimamente ligados a la geohistoria del Bajío, sobre todo de Jalisco, y h) la atmósfera del paisaje resulta infernal, una analogía inescapable al caos e incertidumbre de época.
Dichas novelas construyeron el imaginario del paisaje de pueblo mexicano expresado en vectores ambivalentes y enigmáticos. El paisaje recreado muestra el drama de la ruptura social y sus manifestaciones territoriales, que en seguida se reconstruye acorde con la modernidad incompleta y por lo mismo frustrante, ánimo que recogen las plumas literarias de época. Su recuperación es la materia prima del atractivo que capta la mirada del turista del siglo XXI. La actual política de pueblos mágicos se ha establecido pasando por alto el ambiente cismático que anida en el país –el crimen organizado y la inseguridad como efecto–, con singular manifestación en la provincia, siendo los pueblos mágicos componentes indisolubles de la realidad. Tal omisión acompaña la práctica que privilegia el fachadismo material, constructivo o dimensión simbólica del atractivo (débil intento de enmascarar el drama profundo), mientras que los imaginarios locales resisten al socavamiento de los referentes, reclamando atención al momento de la turistificación.
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