Apropiación espacial, lo imaginario dramatizado y algunas latinidades
Alicia Lindón[1]
Las calles, los parques, las plazas y todo aquello que ha sido identificado largamente como espacio público[2] de las áreas metropolitanas latinoamericanas actuales, y específicamente del área metropolitana de la ciudad de México, no solo resultan configurados por las obras de infraestructura, las edificaciones diversas y las políticas urbanas que les dan sustento, y que a su vez se sostienen en ideas de cada época. Todas ellas lo manufacturan, es decir, lo hacen en términos materiales. Por esto, la materialidad fija de la ciudad (con sus distintas edificaciones) constituye una de sus caras visibles por excelencia. Ejemplo de ello son las imágenes de las ciudades que muestran sus perfiles constituidos por edificios antiguos, modernos, posmodernos, casas, áreas comerciales y de servicios diversos, techumbres, vías de circulación, medios de transporte, áreas verdes. Sin embargo, la materialidad en sí misma no tiene textura territorial, aunque posee textura material. Adams, Hoelscher y Till (2001), al analizar la textura del lugar, han subrayado que la palabra textura se refiere directamente a lo textil, es decir, a un tejido, y al mismo tiempo, también da cuenta de un contexto en el que se tejen los fenómenos observados. Esto permite considerar la textura territorial como una expresión de la manera en que se va haciendo y entrelazando, en este caso, el espacio público y el contexto del cual cada fragmento toma elementos para adquirir sentidos y albergar relaciones sociales particulares. Por ello, la textura territorial o textura del lugar, o de la ciudad o de uno de sus fragmentos, resulta de la inscripción en ella de la vida cotidiana de los urbanitas[3], sus habitantes, sean residentes o no[4]: el proceso que hace del espacio público aquello tan particular y heterogéneo de un lugar a otro, de un momento a otro, para una y otra persona, es decir, algo dotado de movimiento en el sentido vitalista de la expresión, algo vivo, resulta de la cotidianidad que sus habitantes despliegan e inscriben en él, por medio de la cual lo configuran como un espacio-movimiento, en el sentido planteado por Nigel Thrift (2004)[5].
Así, sus habitantes lo practican de diferentes formas, lo configuran, le dan textura al cargarlo con sentidos, memoria, fantasías y sueños, valores, en suma, con experiencias vividas. La especificidad de cada lugar radica en las prácticas cotidianas que los habitantes allí despliegan y dramatizan en él día a día, y también en las huellas que dejan en él a través del tiempo y que suelen perdurar más que las prácticas mismas. Es por ello que este acercamiento a la ciudad se realiza desde la perspectiva de los sujetos habitantes, que incesantemente practican la ciudad[6]. Cabe subrayar que practicarla no supone formas de actuar en el vacío de sentido. Todas las prácticas se sustentan en complejas tramas subjetivas, que integran, entre otros, imaginarios urbanos, formas de ser y actuar de los unos y los otros, que a su vez se entrelazan con saberes, memoria, valores, intenciones, deseos, ideas. Los conjuntos de las prácticas y las tramas de subjetividades constituyen los urbanismos cotidianos (Lindón, 2021), también denominados urbanismos ciudadanos (Silva, 2006 [1992]: 30), que le dan textura al espacio urbano, y pueden diferir de un fragmento de espacio urbano a otro, aunque al mismo tiempo cada uno de esos fragmentos puede tener conexiones con otros lugares remotos. Así, la incrustación de la vida cotidiana (con sus prácticas) y sus tramas de sentido en la topografía urbana la transforma en topología urbana, adquiere textura, densidad, profundidad y movimiento[7].
En la ciudad de México[8], la vida urbana contiene rasgos de latinidad que se manifiestan en prácticas solidarias, prácticas que incluyen la cercanía con el otro, prácticas de cooperación, prácticas empáticas con la otredad. Sin embargo, dicha latinidad es configurada y modelada una y otra vez, al ritmo de la vida de la ciudad, que finalmente resulta de los ritmos cotidianos de sus habitantes: por ello, la latinidad se hace dentro del movimiento vitalista de esta ciudad. En este contexto cabe indagar qué mueve la reconfiguración constante de la latinidad en esta ciudad. En buena medida, la respuesta se halla en las prácticas cotidianas de apropiación o desapropiación de los lugares.
Con este encuadre, en las páginas siguientes se aborda esta trama. Primero, se desarrolla un apartado sobre las prácticas de apropiación del espacio con la consecuente identidad del lugar (como lo que lo caracteriza) y la identificación de las personas con el lugar. Luego, se trata la dimensión imaginaria y las afectividades que circulan en el espacio público practicado y apropiado de la ciudad de México, para cerrar con un apartado sobre algunas formas de latinidad espacializadas y que, en todos los casos, contribuyen a la fragmentación experiencial del área metropolitana.
1. Las prácticas cotidianas del espacio público y la apropiación espacial
Tal como se anticipó al inicio, el espacio público es eminentemente texturizado, y son las prácticas cotidianas la esencia de dicha textura. Sin embargo, la sola expresión “prácticas” no torna transparente este planteamiento, por la heterogeneidad de las prácticas cotidianas. Al menos, resulta necesario reflexionar acerca de qué tipos de prácticas son estas que dan vida (movimiento) y textura al espacio público. Sin duda alguna, entre ellas están las que permiten los cotidianos desplazamientos de los habitantes de la metrópolis. Pero, también, las laborales realizadas en el espacio público, así como las de consumo en todas sus posibles formas, incluido el consumo cultural y recreativo. También las prácticas propias de la convivencia social, así como las de participar y manifestarse social, cultural y políticamente. Todo este amplio espectro de prácticas (los haceres o formas de hacer) conlleva diversas apropiaciones del espacio, o modos de hacer propio el lugar en términos de la experiencia y no tanto de lo jurídico. En ocasiones, las prácticas en cuestión generan apropiaciones muy efímeras, como aquellas que consisten en estar en un espacio verde, sea a la espera de algo o de alguien, o para la contemplación. Otras son apropiaciones de mayor arraigo y permanencia en el tiempo. Algunas son individuales, otras colectivas, unas son repetitivas, otras esporádicas y otras ocurren en una única ocasión.
Por esta relación entre las prácticas cotidianas y la apropiación espacial, en las últimas tres décadas, el análisis de la apropiación del espacio público en la ciudad ha adquirido notoria centralidad en los estudios urbanos y culturales. En este sentido, la concepción de Perla Serfaty Garzón (2003a) ha sido pionera. Para esta autora, la apropiación ‒no solo del espacio, sino en sentido amplio[9]‒ tiene dos dimensiones: una consiste en la adaptación de una cosa a un uso definido o un destino preciso, y otra, al mismo tiempo, se refiere a la acción orientada a hacer propio algo. Cabe destacar que, en este caso, la idea de adaptación remite a la armonía entre una cosa y el uso al que se la destina. En otras palabras, las dos dimensiones se entrelazan ya que al hacer propio algo se lo adapta a cierto uso. En diversos estudios sobre este tema, particularmente de la actual geografía social francófona, también se ha subrayado que la apropiación del espacio siempre se refiere a un tejido de relaciones socioespaciales en el cual se entrelaza la noción de propiedad, ya sea con connotaciones jurídicas o no, por lo que es posible que la propiedad remita exclusivamente a lo afectivo y no tenga un sustrato jurídico, o bien que tenga un componente jurídico (Ripoll y Veschambre, 2005).
También Henri Lefebvre jugó un papel relevante en torno al esclarecimiento del concepto de apropiación del espacio al constituirlo en una clave para comprender la vida cotidiana y, más específicamente, los modos de vida urbanos y el derecho a la ciudad. Para Lefebvre, la apropiación espacial constituye uno de los fundamentos de su concepción del derecho a la ciudad y de las luchas urbanas asociadas a dicho derecho: la apropiación consiste en el arte de vivir la ciudad y de participar en sus actividades (Lefebvre, 1978). Por este encuadre de la apropiación de la ciudad (o apropiación del espacio urbano) en el devenir cotidiano, para este autor, la apropiación siempre se relaciona con conjuntos de prácticas que le otorgan a un espacio características particulares, y lo hacen un espacio vivido (Lefebvre, 2013 [1974]).
Asimismo, cabe recordar que el sociólogo urbano Paul-Henry Chombart de Lauwe también trabajó este concepto (1976) de manera pionera, pero lo hizo desde la perspectiva opuesta: propuso la existencia de fenómenos de “desapropiación” respecto de la falta o la pérdida de sentido de pertenencia a la ciudad o hacia algunos de sus barrios, que experimentan ciertos habitantes. La desapropiación espacial también ha sido abordada por otros autores más recientemente, aunque bajo otras expresiones y neologismos. Un caso destacado se halla en la obra del geógrafo británico Tim Cresswell (1996). Este autor no utiliza la expresión desapropiación, sino la de “fuera de lugar” (out of place). Se trata de expresiones que tienen algunos aspectos en común, sin ser sinónimos. Cresswell muestra que la experiencia de sentirse fuera de lugar (o la desapropiación) puede resultar una herramienta para evitar el cambio y sostener cierto orden social. Si bien las prácticas son el mecanismo más evidente de la apropiación espacial, en la desapropiación espacial las prácticas están ausentes o han dejado de realizarse, para ciertos grupos sociales, por su distanciamiento físico o emocional del lugar en cuestión. Por esto último, la desapropiación (y el out of place) más que definirse por las prácticas, se configura como un sentido o una significación del lugar que evita la realización de ciertas prácticas. En otras palabras, la ausencia de ciertas prácticas en el lugar trae consigo un sentirse fuera de lugar o ajeno al lugar.
En una perspectiva próxima a la desapropiación/out of place también se puede mencionar lo que más recientemente Bruce Bégout (2005) ha denominado sentido de la extranjería. Para este autor, la extranjería se asocia con lo imprevisto de lo cotidiano y puede revertirse por los procesos de familiarización. Así, la extranjería es semejante a la desapropiación, aunque difiere en que corresponde a un tiempo presente en el que aún no se dio la naturalización y familiarización del lugar. En general, la desapropiación o sentido de estar fuera de lugar se relaciona con el marco o frame del lugar, con lo instituido –aun de manera implícita– en el lugar; o puede ser que el distanciamiento se experimente con lo recientemente instituido, ya que la desapropiación/out of place puede generarse en cierto momento, mientras que anteriormente haya ocurrido lo inverso; o bien, puede suceder que ciertos sujetos sociales siempre hayan experimentado la experiencia de estar fuera de cierto lugar específico. Así, se han realizado diversas investigaciones empíricas en las que este fenómeno se asocia a cierta condición étnica del lugar, o a una condición de clase social o también etaria, y estas condiciones pueden cambiar de signo a través del tiempo. Muchas veces estas condiciones se transforman por los procesos de envejecimiento de los habitantes, pero también de los lugares mismos. Otras veces se reconfiguran por procesos opuestos, de “rejuvenecimiento de los lugares”, como la gentrificación, que suelen traer un rejuvenecimiento de los habitantes del lugar.
En el área metropolitana de la ciudad de México (aunque posiblemente ello se presente en otras ciudades), desde la perspectiva de los sujetos que la habitan, la apropiación del espacio público queda acotada a pequeños fragmentos de espacio/tiempo que no constituyen más que una parte de los espacios y tiempos vividos de las personas. Esto se relaciona con la convergencia de múltiples circunstancias, las más relevantes son la extensión del territorio metropolitano y de los desplazamientos cotidianos en él, así como también la saturación de actividades cotidianas de los habitantes de esta metrópolis, y otras cuestiones no menos relevantes, como la cognición espacial crecientemente indiferente al entorno y la heterogeneidad de otredades que habitan el espacio público y en particular los medios de transporte público (Lindón, 2020).
Por ello, esta área metropolitana en su conjunto puede considerarse como una gran terra incognita (tierra desconocida) para sus habitantes, dentro de la cual cada uno va dibujando cotidianamente pequeñas terrae cognitae por su propia experiencia cotidiana[10]. A pesar de lo frecuentes que resultan los extensos desplazamientos rutinarios por trabajo, estudio, consumo y otros, no desaparece con ellos la experiencia del desplazamiento en un territorio desconocido, solo interrumpido por pequeñas áreas o ínsulas que se identifican por algunos rasgos materializados o algunos acontecimientos allí vividos. El hecho de que los desplazamientos sean mayormente motorizados –sobre todo, en medios de transporte público, aunque algo semejante ocurre con los realizados con automóvil particular– contribuye al desconocimiento de los lugares por los que se circula. Si bien el transporte público y el automóvil particular tienen rasgos propios que los diferencian el uno del otro de manera notable, particularmente por la forma en que se presenta la alteridad en cada uno de ellos, aun así, presentan algunas semejanzas con relación a la forma de practicar el espacio y hacerlo conocido o mantenerlo como desconocido. Las dos modalidades desdibujan profundamente la relación del sujeto con el espacio atravesado por la componente motorizada bajo la cual se realiza el desplazamiento. Y esa motorización del desplazamiento, al menos parcialmente, torna borroso el espacio atravesado y lo reduce a la condición de un obstáculo a superar. En el caso de otros transportes públicos, como son los trenes de alta velocidad, la borrosidad de los lugares atravesados se debe precisamente a la velocidad que no permite registrar visualmente las formas espaciales exteriores. En el caso del transporte público urbano y el automóvil particular en la ciudad de México, no se interpone la velocidad como causa de la borrosidad. En el caso del transporte público, la borrosidad del espacio puede llegar a ser menos intensa, sobre todo si el desplazamiento se realiza por etapas (que es lo más frecuente por tratarse de una ciudad policéntrica, que genera muy diversos patrones de desplazamiento), es decir, con cambio de medio de transporte. Aunque la densidad de la ocupación dentro del transporte público puede restar visibilidad a lo exterior. La condición etápica introduce en el desplazamiento pausas en ciertos lugares que –no siempre, pero si frecuentemente– se caracterizan por la gran concentración de personas y por introducir un elemento adicional como es la espera, que en esencia anula la marcha, pero no por ello anula la experiencia del lugar. Con el automóvil particular también suelen incorporarse en el desplazamiento las esperas, aunque no son etápicas en estricto sentido, sino que corresponden al embotellamiento de la circulación. En esos casos no se trata de lugares especialmente manufacturados para detenerse, para la espera, ni tampoco están perfectamente localizados, como puede ser una estación de Metro o una terminal de autobuses. Para el sujeto-automóvil, esas esperas no traen consigo la marcha, sino la inmovilidad. A todo ello se suma otro fenómeno, no menos decisivo, que es el de la cognición espacial indiferente al entorno atravesado, o la imposibilidad de registrarlo visualmente para los conductores de automóviles.
Los desplazamientos en transporte público y en automóvil particular comparten la reducción experiencial del espacio recorrido a un transecto que une el lugar de partida y un lugar de llegada. Entre ambos nodos, en ocasiones, se reconocen solo ciertos lugares claves intermedios, como los lugares de transferencia. Y en muchas otras ocasiones, el espacio recorrido en ese tiempo se reduce a un vacío experiencial. Sin duda alguna, existen especificidades, por ejemplo, el desplazamiento en Metro en la modalidad subterránea reduce el espacio recorrido a la nada, o de manera más específica pulveriza el espacio y lo deja en la exclusiva condición de tiempo empleado. Así, el espacio a lo largo del cual ocurre el desplazamiento tiende a tornarse borroso, o directamente es anulado como experiencia espacial de identificación.
De esta forma, en las grandes ciudades (o áreas metropolitanas), como la ciudad de México, las prácticas de apropiación espacial suelen acotarse a una parte de los territorios más próximos de las personas y pequeñas ínsulas de sus recorridos cotidianos. Aunque si se cambia la escala temporal de análisis y se considera el tiempo biográfico (y no solo el cotidiano de las 24 horas), se puede observar que en las ciudades, y más aún en las metrópolis, a lo largo de la biografía, las personas cambian sus territorios de la proximidad, y sus espacios vividos, y así suele resultar que las prácticas de apropiación de un lugar particular ya no se realizan, pero se mantiene el sentido de pertenencia a dicho lugar, o bien la posibilidad de identificación del lugar, todo sustentado en la memoria que de este se tiene.
Las formas de apropiación de los lugares, el sentirse en un lugar conocido y al que se pertenece y que le pertenece a la persona, configura lo que se suele denominar identificación del lugar, y más aún, identificación de la persona con el lugar. Esto puede ocurrir con relación a diversos lugares de anclaje de una biografía, aunque en ocasiones se destaca dicho proceso respecto del lugar que cada sujeto reconoce como su origen. Algunos autores, como Elsa Ramos (2006), han hallado que frente a la volatilidad de las identidades que caracteriza a las sociedades actuales de la aceleración y la fragmentación, los lugares que el sujeto habita tienen la capacidad de llegar a contrarrestar la inestabilidad de las identidades contemporáneas. Ramos también encuentra que los objetos y los olores pueden potenciar el papel del lugar de origen, y llegar así a restituir la coherencia, unidad y totalidad que las sociedades contemporáneas les hacen perder a las identidades de los individuos. El papel de los objetos ha sido analizado ampliamente, por diversos autores contemporáneos, con matices existencialistas y casi siempre se reconoce que para cada persona existen objetos que se han integrado en su vida intensamente, y por ello contribuyen a sus identificaciones (Muxel, 1996). Por su parte, los olores también han sido reconocidos como claves para rememorar lugares lejanos y también momentos pasados, así como para interconectarlos con el presente (Larrea Killinger, 1997). En buena medida, estos apegos e identificaciones con los lugares, con fragmentos del espacio público, siempre sustentados en formas diversas de apropiación espacial, devienen en uno de los fundamentos de la experiencia de la latinidad que emerge en la ciudad de México.
En la ciudad de México, la apropiación del espacio público se concreta en fragmentos de dicho espacio, y casi siempre está muy asociada con los desplazamientos cotidianos en la ciudad, así como con el desarrollo de actividades generadoras de recursos económicos (usualmente nombradas como trabajo no clásico) y con su reverso, es decir, el consumo de servicios o de ciertas mercancías. También tienen fuerte impacto en la apropiación del espacio público las expresiones colectivas de la denuncia, el reclamo social y la resistencia frente a lo que se considera como infortunio, injusticia o derechos no reconocidos. En estos últimos casos, lo más frecuente es que la temporalidad de la apropiación no sea constante, como las anteriores (desplazamientos, trabajo y consumo), sino anclada en fragmentos de tiempo muy específicos, aunque en ocasiones esas apropiaciones se reiteran en ciertos ciclos, como las relacionadas con determinadas conmemoraciones. Por su parte, las apropiaciones espaciales asociadas a la convivencia y a las actividades físicas, deportivas o culturales también tienen expresiones particulares de apropiación espacial y con temporalidades esporádicas. Menos presentes (aunque no ausentes), se pueden mencionar las apropiaciones del espacio de tipo puramente contemplativo, o las apropiaciones espaciales de vías específicas de circulación por parte de ciclistas en ocasiones especiales, o en fragmentos espaciales acotados, como las ciclopistas o vialidades. Excepto las apropiaciones espaciales para el reclamo y la protesta social, las demás suelen presentar cierta continuidad en el tiempo cotidiano de la ciudad, y también en el tiempo biográfico de sus habitantes, aun cuando dicha continuidad sea cíclica y no permanente.
2. Los imaginarios urbanos y las afectividades
La articulación de las prácticas de apropiación de los lugares (como las mencionadas) con los imaginarios urbanos en el sentido otorgado por Armando Silva (2006) permite una comprensión de fondo de la ciudad y sus fragmentos. Si bien los significados de las prácticas espacializadas pertenecen al ámbito de la subjetividad espacial y los imaginarios también, no deberían ser asimilados los unos a los otros: los primeros dan sentido a diversas prácticas particulares, muestran la motivación de su realización, mientras que los segundos son mundos de sentido más amplios, que cobijan numerosas prácticas y acontecimientos que llevan a ciertos desenlaces.
Dentro del amplio espectro de los imaginarios sociales, los imaginarios urbanos en particular son aquellas tramas subjetivas, fantasiosas, acerca de la ciudad y la vida urbana. Pueden referirse a la ciudad misma, o más frecuentemente a algunos aspectos, actores, eventos o lugares particulares de la ciudad. En cualquiera de estos casos, expresan el entretejido que hace la imaginación de diversos elementos del sentido común, y así anticipan posibles formas del devenir. Dichos elementos son prácticas, a veces bajo la forma de rituales, junto con valores, deseos, intenciones, acontecimientos, restricciones-prohibiciones. También se pueden articular en estas tramas diversos objetos, lugares y sujetos. Una característica relevante es que estas tramas subjetivas y espacializadas que asumen los habitantes de un lugar no siempre proceden de objetos, sujetos, acontecimientos o las prácticas desplegadas in situ. Esto los distingue del significado de una práctica concreta, ya que este último siempre se configura en el desarrollo de la práctica en cuestión.
El desanclaje y el nuevo anclaje de los imaginarios urbanos se debe a que en esencia deambulan, realizan derivas en el tiempo y en el espacio: a veces proceden de fenómenos y conjuntos de prácticas que en ese lugar se realizaban en otro momento histórico, aunque ya no se realicen en el presente. Así, el imaginario permanece, aunque aquello que lo generó ya no esté presente. También pueden resultar de hechos, objetos, sujetos y acontecimientos que se desarrollan (o se desarrollaban) en otros lugares, es decir que nunca ocurrieron en el lugar donde opera el imaginario y sin embargo ello no lo debilita. Dicho de otra forma, algo característico de los imaginarios sociales, y de los imaginarios urbanos y sus derivaciones singulares, es que pueden proceder de cotidianidades distantes en el tiempo y en el espacio. Por ello resulta central su carácter “no representacional”. Tal como planteara Castoriadis (2007), los imaginarios pueden evocar objetos, sujetos, lugares o situaciones que están ausentes por diversas razones: ya sea porque nunca estuvieron presentes, ya sea porque estuvieron presentes anteriormente y luego dejaron de estarlo (Lindón, 2008). Tienen la capacidad de desplazarse en el tiempo y en el espacio, migran de una ciudad a otra, de un país a otro, y también migran a través del tiempo, los incorporan unos sujetos y otros no, dependiendo de circunstancias situacionales y biográficas. Por esa ubicuidad que es propia de los imaginarios urbanos, pueden no representar ningún fenómeno local, y paradójicamente modelar las prácticas cotidianas de los sujetos en el lugar. Le dan inteligibilidad a la ciudad, o a un lugar o a un acontecimiento lugarizado, a través de su capacidad para configurar y distribuir entre los habitantes de la ciudad o del lugar instrumentos de percepción y comprensión de la realidad urbana (Lindón, 2008:40). Es por medio de la puesta en circulación social de esquemas de percepción, comprensión y significación del mundo que los imaginarios urbanos inducen ciertas prácticas o inhiben otras: son actantes. Ello explica la relevancia de abordar las prácticas de apropiación espacial junto con los imaginarios espaciales.
Este deambular de los imaginarios en el tiempo también les da un carácter muy peculiar: si bien la imaginación es una proyección en un futuro –a veces se vive casi como una promesa de cierto futuro–, también lleva entrelazados diversos pasados. Se configuran así imaginarios urbanos que entrelazan pasados (a través de la memoria) y futuro (por medio de la imaginación), para modelar el presente: se realizan ciertas prácticas, determinadas formas de apropiación del lugar conectadas con algunos pasados vividos y cierto futuro imaginado. De esta forma, los imaginarios urbanos se suelen presentar como fantasías urbanas proyectivas, cuando están totalmente dominados por el futuro. En otros casos, y a pesar de que la imaginación siempre tiene su razón de ser en el futuro, se presentan como fantasías urbanas retrospectivas (Rowles, 1978), fundadas en pasados. En este último caso resultan de complejas articulaciones entre el pasado y el futuro, que les da el carácter fantasioso. En ambos casos, los imaginarios urbanos pueden ser radicales o derivados (Belinsky, 2007). Los imaginarios radicales son el producto de la imaginación creativa de los individuos e inducen el cambio social. Los imaginarios derivados resultan de la colonización que la sociedad hace de la imaginación de los individuos y favorecen la reproducción social. A veces, estos dos tipos de imaginarios urbanos se han identificado como imaginarios de la resistencia y la dominación (Lindón y Hiernaux, 2008).
Estas tramas subjetivas que están imbricadas en las estructuras simbólicas de las sociedades, denominadas imaginarios urbanos, emergen y manifiestan su capacidad para configurar la acción en las prácticas cotidianas. De esta forma, al revisitar la ciudad vivida a través de las prácticas cotidianas espacializadas y con significado inmersas en los diversos imaginarios urbanos, se “dignifica lo cotidiano” como formas particulares de cierta historicidad que no son ajenas a procesos de largo alcance, como los que producen nuevas formas sociales, o bien los que reproducen formas existentes. Así, las prácticas cotidianas de apropiación de los lugares, sus significados y los imaginarios espaciales que las acompañan constituyen una trilogía fundacional de la construcción de la ciudad vivida.
La afectividad encarnada y territorializante
Las prácticas de la vida cotidiana –con los significados que las acompañan y los imaginarios en los que pueden entretejerse– son aspectos nodales para comprender la ciudad vivida o la ciudad como territorio vivido. Sin embargo, la consideración de la afectividad encarnada que acompaña a las prácticas, cualquiera que sea su forma, permite una aproximación mejor al fenómeno urbano mismo. Etimológicamente, el vocablo “afecto” deriva del latín afficere, que significa influir, obrar sobre alguno, afectar. Por ello, el afecto es, en primera instancia, algo que influye en el yo y se materializa en el cuerpo, pero también puede referirse a lo que se influye en los otros a partir de cierto afecto presente en nuestro cuerpo.
Para Patricia Clough (2008), desde una perspectiva deleuziana, el afecto remite a las capacidades del cuerpo para afectar y ser afectado, y esto incluye la sensibilidad, el dominio de lo emocional y la vida misma. No obstante, la afectividad y las emociones no son sinónimos, si bien al mismo tiempo es difícil deslindar una de otras. Algunos autores han hecho intentos por diferenciarlas. Por ejemplo, Nigel Thrift (2008) integra un énfasis material en los afectos por su carácter corporal, mientras que a las emociones las ubica en el plano de la experiencia subjetiva del afecto. En cambio, Ben Anderson (2009: 77), considera que carece de interés analítico diferenciar los afectos y las emociones, y opta por concebirlos de manera integrada y holística: su concepto de “atmósferas afectivas” integra lo material y lo subjetivo, los afectos y las emociones, “the presence and absence, materiality and ideality, definite and indefinite, singularity and generality” (Anderson, 2009: 77). Las emociones –siempre corporizadas– implican movimientos corporales, que derivan de alteraciones en el flujo sanguíneo ante las experiencias espaciales:
Las emociones son una estrategia biológica adaptativa, valorativa de nuestro entorno; con la que el sujeto evalúa el mundo en el que vive de modo inmediato y pre-racional, de un modo simplemente vivido y no pensado, favoreciéndose así, una respuesta también inmediata, rápida, no premeditada, automática (Pintos Peñaranda, 2010: 149).
Para descifrar lo urbano –en tanto espacios-movimientos– resulta relevante considerar la relación entre las afectividades/emociones y la corporeidad, y no solo las emociones en sí mismas. En este sentido es interesante recordar el planteamiento de Maurice Merleau-Ponty. El filósofo francés observaba que las cosas (el mundo externo al ser humano) se encarnan en nosotros por nuestra percepción. Por ello, no son un puro objeto percibido –externo y reconocido– sino cosas que se encuentran enraizadas en nuestro cuerpo, están articuladas a la estructura misma de nuestra percepción. El afuera y el adentro, el interior y el exterior, se encuentran en una relación de implicación recíproca (Merleau-Ponty, 1984). Si bien Merleau-Ponty planteaba esto con relación a la percepción de las cosas, es posible retomar su idea acerca de lo externo encarnado en el sujeto, inscrito en el cuerpo. Si esta concepción era válida con relación al mundo externo de las cosas, más aún lo puede ser para la afectividad, que en esencia es del ámbito emocional y de las sensaciones.
Con un énfasis espacial, y siguiendo las teorías no representacionales (TNR)[11], se concibe el afecto como una sensación escénica no discursiva que se mueve de un cuerpo a otro (Thrift, 2008). El encuadre escénico del afecto es una referencia a lugares concretos en los que algo está en juego entre los actores allí situados. Al mismo tiempo, lo escénico también se refiere al carácter situacional y circunstancial del afecto y las emociones. La componente no discursiva, o más precisamente, prediscursiva, indica que el afecto (la afectación) es previo a la conciencia que siempre va involucrada en el lenguaje, en tanto la afectividad se presenta con antelación a su formalización discursiva.
Otro aspecto clave de esta concepción de la afectividad es su carácter circulatorio entre los cuerpos de un cierto espacio-tiempo: la afectividad es social porque va más allá de un individuo, pasa de un cuerpo al otro en la proximidad que ofrecen las situaciones en los lugares de la ciudad, y particularmente en el espacio público. La circulación de la afectividad entre los cuerpos genera performatividades o dramatizaciones de lo social que está en juego en cada lugar-tiempo, que son materializaciones efímeras de esa afectación[12].
En el espacio urbano público densamente habitado, como el de la ciudad de México, es frecuente observar que en un lugar y en un momento dado, ante un acontecimiento particular, varios sujetos, aun desconocidos entre sí, experimentan y comunican corporalmente algo semejante. Estas afectividades se inician por algo externo a los sujetos que los afecta, un acontecimiento local, y así se encarnan (o se inscriben) en sus cuerpos. Ello genera un movimiento corporal particular. Además, la afectación circula entre un sujeto y otro, lo que da lugar a un movimiento entre los sujetos próximos al evento. Un ejemplo son aquellas performatividades de la constricción ante un fenómeno imprevisto. Estas performatividades de la constricción suelen presentarse, por ejemplo, cuando los cuerpos femeninos intentan hacerse pequeños ante un acontecimiento que está ocurriendo. Otro estilo es el de las performatividades del alejamiento o diastémicas. Estas expresan un impulso de distanciamiento casi instantáneo de cierto foco de acontecer, aun cuando el alejamiento físico solo pueda ser escaso por las condiciones materiales del lugar. De igual forma, se pueden mencionar las performatividades de la protección/autoprotección, aquellas que intentan restarle visibilidad o exposición al propio cuerpo valiéndose de objetos, de otros cuerpos o de formas espaciales del lugar o de la misma corporeidad. Otro ejemplo de afectividad constructora del espacio y al mismo tiempo construida por el lugar es la dramatización de las diferentes distancias sociales en los diversos espacios urbanos en los que se producen encuentros entre alteridades muy ajenas social o culturalmente.
Las afectividades, en sí mismas, hacen y deshacen los lugares de la ciudad en cada instante porque los configuran en cuanto a las formas de sentir en ellos y a las formas de actuar. En suma, las afectividades hacen los lugares a través de las efímeras y pequeñas puestas en escena. Por ello, las afectividades se materializan en performatividades y prácticas. Así, la afectividad corporizada “acontece” y se territorializa en cuanto a sus disposiciones o formas de hacer: indica cómo actuar en un lugar y en un fragmento de tiempo. La reiteración de estas afectividades en determinados lugares acaba otorgándoles significados específicos e induciendo prácticas o restricciones, de modo que son esas experiencias las que contribuyen a la construcción de los lugares.
Un rasgo característico de estas afectividades es la simultaneidad entre la producción de la emoción-sensación prediscursiva, su movimiento, la circulación entre los cuerpos y su territorialización. Usualmente, dicha simultaneidad se identifica con la expresión “enacted”, en referencia a aquello que por esa simultaneidad y multidimensionalidad no se puede separar en partes y etapas, ni en lo que precede y lo que sucede. Por el orden secuencial que necesariamente impone la expresión escrita, aquí se dice, emerge la afectividad, circula entre los cuerpos y se territorializa. Sin embargo, el fenómeno mismo implica que todo lo que la gramática obliga a expresar como secuencia en la cotidianidad ocurre al mismo tiempo.
Así, más que introducir la afectividad en la aproximación constructivista en curso, se incluye la “afectividad/performatividad/territorialización”, ya que las tres dimensiones operan simultáneamente. Es en ese proceso incesante por el cual los sujetos-cuerpos (Seamon, 1980) que habitan la ciudad son afectados por algo externo, que emerge en la actuación –como dramatización corporal– en y con el espacio de vida y con los otros que lo cohabitan en ese instante. Así, se dinamiza el proceso de construcción de un territorio vivido con rasgos particulares, aun cuando sea efímero. De esta manera, y mediante la corporeidad (el cuerpo y lo que él expresa en cada situación) es que el individuo se apropia del espacio y el tiempo que le acontece, lo transforma y le da cierto valor y configura la territorialidad, como un vínculo particular, situado y dinámico.
Esta circunstancia no hace de cada afectividad/dramatización/territorialización algo único, ya que lo que está en juego, las pautas que lo encuadran y las performatividades, suele reproducirse, no de formas idénticas, en diversos lugares y fragmentos de tiempo. En todo caso, cada dramatización llega a tener cierta singularidad, como una expresión particular de lo urbano instaurado, pero no por ello es totalmente única. En otras palabras, lo singular deriva del carácter situacional de las afectividades/corporeidades/territorializaciones.
Latinidades emergentes y territorializadas
Las latinidades pueden ser comprendidas como las formas de ser (que conllevan formas de actuar) de las personas, esos sujetos cuerpo y sujetos sentimiento que habitan el área metropolitana de la ciudad de México. Estas formas de ser, en la ciudad de México, son conocidas porque incorporan la solidaridad, la cooperación, así como la cercanía social y afectiva con la otredad. Estas formas de ser resultan de la articulación de las tres dimensiones revisadas más arriba: las formas de apropiación del espacio público (y también de los espacios privados e híbridos, aunque aquí solo se refiere a lo público), los imaginarios urbanos específicos y las afectividades que circulan en las copresencias efímeras que se dan en el espacio público. Aunque podría suponerse que estas articulaciones remiten exclusivamente al presente cotidiano, porque las prácticas y las afectividades son presente, la matriz sobre las que operan va más allá del aquí y el ahora. Por su parte, los imaginarios articulan el presente con pasados y futuro. Y las formas de apropiación espacial son presente en tanto se operativizan a través de las prácticas, pero también remiten a pasados y futuro. Entonces, estas formas de ser y de actuar, las latinidades, en estricto sentido siempre se configuran en un presente denso y tenso que se extiende en un futuro imaginado y se nutre de muchos pasados vividos y presentizados.
Por todo lo anterior, las copresencias en las que se producen las articulaciones de estas tres dimensiones son situacionales (aquí y ahora), pero sus fundamentos van más allá de las situaciones, y pueden generar otras articulaciones situacionales. De ahí que las latinidades perduren en el tiempo y se desplacen, aunque sea bajo formas situacionales diferentes. A continuación, se presentan tres latinidades que emergen situacionalmente en la ciudad de México.
Latinidades articuladas en el imaginario de la aventura fugaz ocurren en pequeños fragmentos del espacio/tiempo cotidiano, público y en situación de movilidad espacial. Los actores son hombres jóvenes que actúan como sujetos cuerpo y sentimiento, desconocidos entre sí previamente, pero en cercanía presente para la práctica del cruising (Turner, 2004): esto es, la búsqueda y obtención de sexo gay y anónimo en espacios públicos. El cruising es la práctica central (en estricto sentido son conjuntos de microrrituales). En estos casos se genera una apropiación efímera, pero reiterada situacionalmente, de microespacios del Metro de la ciudad de México que desafía el orden urbano y se entreteje con el imaginario de la aventura y de la provocación a lo instituido. En este caso, lo instituido se puede interpretar en dos sentidos, el Metro es un medio de transporte y por lo tanto se utiliza para desplazarse dentro de la ciudad. Y, por otro lado, las prácticas sexuales están confinadas culturalmente en el ámbito de lo privado.
El sentido de la aventura ha estado presente en el ser humano en muy diversas circunstancias y a lo largo de la historia de la humanidad, si bien se ha concretado de diversas formas a través del tiempo. Ha sido frecuente la búsqueda de la aventura espacialmente, a través de la exploración de lugares desconocidos, como ocurría con los navegantes del siglo XVII, pero también a partir del deseo tan contemporáneo de conocer otros lugares. Asimismo es frecuente recrear el sentido de la aventura en las grandes ciudades actuales, donde su heterogeneidad interna siempre esconde territorios desconocidos para algunos. Otras formas actuales del sentido de la aventura con énfasis espacial son las que suelen activarse en el denominado turismo de aventura. Sin embargo, en el actual cruising en el Metro de la ciudad de México, la aventura se asocia más al desafiar, o provocar, el orden urbano por trasladar la sexualidad a ese espacio público, así como a la búsqueda de la diversión, que ocupa un lugar destacado en la subjetividad juvenil actual. En otras palabras, en este caso la aventura no se asocia con el conocimiento de lugares desconocidos, sino con la forma de practicar y apropiar de manera efímera lugares conocidos, a través de la sexualidad masculina en el espacio público.
En términos urbanos, este imaginario opera y pone en movimiento el sentido de la aventura con el sustento que da la centralidad urbana al contar con el sistema de transporte colectivo Metro. De igual forma, este imaginario se fortalece por la indiferencia generalizada respecto a las prácticas del otro que asume la multitud de usuarios de este medio de transporte. En otras palabras, si no existiera la infraestructura del Metro y su uso multitudinario, no sería posible esta particular activación del sentido de la aventura y la provocación, ya que la aventura no procede tanto de la práctica sexual, sino de la transgresión en cuanto al lugar en donde se realiza, así como la velocidad que lleva consigo (dada por el ritmo del avance del Metro) y el desconocimiento de los partícipes.
En el Metro de la ciudad de México se apropian diversos microespacios para estas prácticas, a veces en ciertos vagones de las formaciones (particularmente, el último vagón de cada formación, conocido como la “cajita feliz”), sobre todo en las líneas 1 y 2, aunque se ha difundido a otras líneas. También se apropian de esta forma otros lugares de la infraestructura, tales como ciertos pasillos y algunas estaciones, o determinadas áreas de las estaciones. Son espacios de escala vivencial, microterritorios, que se apropian fugazmente para el cruising, por ello son apropiaciones situacionales y con una fuerte carga simbólica. Esta apropiación espacial para el cruising también requiere necesariamente de la circulación de la afectividad entre los cuerpos que dramatizan la aventura socialmente desafiante y situada: la afectividad que circula entre los cuerpos constituye la energía que activa este sentido. No solo circula cierta afectividad entre los cuerpos, también se dramatizan movimientos corporales y gestos que comunican esa afectividad. La dramatización de estos actores bien puede comprenderse como coreografías del cruising o bien como place-ballets del cruising[13], que muestran patrones de los comportamientos en cuanto a estos intercambios sexuales.
Esta forma de apropiación de un microlugar en el espacio público (en general, un asiento en el último vagón de una formación de trenes), con el imaginario de la aventura y la provocación que la sustenta, configura una latinidad de cercanía y empatía con el otro, aún desconocido, con la particularidad de ser sumamente fugaz y localizada espacialmente. Es una latinidad que se funda en la cercanía física y emocional con el otro, que es reconocido como un nosotros. La cooperación es limitada al carácter fugaz de todo lo relativo a estos encuentros. Es una forma de cooperación limitada en el tiempo, localizada en un microlugar y practicada entre extraños.
Otra forma de ser y actuar emergente en la ciudad de México es la latinidad que articula con el imaginario de la propiedad. En este caso, la expresión propiedad se refiere a la casa habitada por un grupo familiar (o un hogar). El actor central es el grupo familiar. De manera más específica, se trata de casas autoconstruidas por grupos familiares de sectores populares urbanos del oriente del área metropolitana de la ciudad de México. No necesariamente se tiene la propiedad legal de la casa desde un inicio. Generalmente, las construcciones iniciaron de manera legalmente irregular, y se fueron regularizando en la medida en que esa periferia de la ciudad se empezaba a consolidar en términos urbanos. Esto último no impidió la activación de un imaginario de la propiedad o, más específicamente, de la casa propia. Otro rasgo característico de estas casas es que su construcción ha sido y sigue siendo progresiva en el tiempo, es decir, su construcción avanza al ritmo al que también lo hacen las biografías del grupo familiar. Por ello, suelen ser casas que permanecen inconclusas porque su proceso de manufacturación acompaña los devenires de la vida del grupo familiar.
En estos casos, a la casa “propia” se le otorga el sentido del bien que da seguridad y libertad al grupo familiar respecto a restricciones sociales vividas anteriormente por habitar viviendas que “no eran propias”, con familiares u otros arreglos. Así, este imaginario de la propiedad se configura en la temporalidad biográfica, ya que se funda en la apropiación espacial concretada en el asentamiento de la casa en tanto anclaje de un hogar para el grupo familiar. En este caso, se trata de una apropiación espacial duradera, de gran calado y colectiva, pero de un pequeño grupo familiar. Por ello, socialmente emergen latinidades de solidaridad y cooperación en torno al grupo familiar primario. Estas latinidades se materializan a través de los sujetos y su corporeidad: esto implica que los actores de estos procesos se reconocen por la necesidad que tuvieron de acceder a un lugar para sus propios cuerpos (un lugar donde vivir), y también para sus objetos personales/familiares, que se anclaron físicamente en un lugar, en la casa, a pesar de las adversidades diversas propias del entorno del asentamiento, irregular en sus inicios.
En términos urbanos, este imaginario y las latinidades que lo acompañan operan desde la experiencia de habitar la periferia metropolitana autoconstruida, porque solo allí se podía concretar para los desposeídos la fantasía de la casa propia. Esta apropiación involucra centralmente la corporeidad, y particularmente se funda en la dramatización del esfuerzo y el sacrificio corporal que hubo que hacer para concretar la casa propia. Circulan numerosos discursos locales que recrean los esfuerzos corporales, por ejemplo, para trasladar agua a través de grandes distancias cuando no existía la red, para convivir con el lodazal de las épocas de lluvias cuando no existía el pavimento, para continuar construyendo la casa luego de una jornada de trabajo en otro lugar, las extensas caminatas para resolver la alimentación cuando no existía transporte público, entre muchos otros… Esta forma de apropiación espacial de un microlugar (como es la casa) dentro de un territorio amplio y periférico se traduce en un imaginario donde la vivienda propia encarna una latinidad marcada por la empatía, la solidaridad y la cooperación dentro del grupo familiar que llevó a cabo dicha apropiación. En ocasiones, dicha latinidad se extiende a otros grupos familiares que son parte de la familia extensa, y que han desplegado prácticas semejantes en el mismo entorno. Las afectividades, las formas en que unos afectan a otros, son diversas, porque la temporalidad es biográfica. Sin embargo, la afectividad que más se enfatiza como discurso actual es la del cuerpo doliente y esforzado, que era reconocido por el otro miembro del hogar que se solidarizaba y cooperaba en las prácticas requeridas.
Otra latinidad emergente es la que se fusiona con el imaginario del progreso por la consolidación urbana. El proceso territorial por el cual un asentamiento irregular se constituye en una periferia metropolitana se produce en tiempos históricos: la consolidación urbana se puede pensar en el tiempo cotidiano de sus habitantes, o también en el tiempo biográfico de sus actores, pero como proceso urbano se concreta en escalas de tiempo mayores, por eso remite a tiempos históricos, aun cuando sean décadas. Ahora bien, la consolidación de la periferia que lleva a la integración de ese territorio al área metropolitana de una ciudad también influye en la cotidianidad de sus habitantes y en la subjetividad espacial colectiva. En este último sentido, la consolidación (con la fuerte componente material que ello supone) suele darse en diálogo con la conformación del imaginario del progreso y logro que representa en la vida de sus habitantes. Y en ese encuentro de la construcción material de la periferia o el suburbio con el imaginario del progreso de sus habitantes, suele emerger otra latinidad de cercanía y empatía con los otros.
Este imaginario del progreso de un territorio amplio lleva a apreciar los cambios materiales del entorno como un proceso de progreso continuo y etápico. Precisamente, en esa perspectiva del progreso continuo es donde se articula lo imaginario con una componente fantasiosa. Los cambios materiales en el territorio periférico son concretos y materializados históricamente, pero la perspectiva del progreso continuo, que llevaría al paraíso, es una construcción imaginaria cuya integración se funda en eventos de la propia biografía. Esta fantasía territorial influye directamente en la apropiación simbólica del lugar por parte de algunos de sus habitantes, que asumen este imaginario.
La apropiación espacial que se desarrolla con respecto a esta consolidación urbana en un territorio extenso, el entorno local, es más simbólica que de dominante material, a diferencia de lo que ocurre con relación a la casa. Y socialmente, sobre todo se experimenta en la escala individual y también en la vecinal o barrial: individual por haber tomado en su momento la decisión –evaluada como correcta– de asentar el hogar en ese lugar que luego inició un progreso continuo, y vecinalmente por responder a un pasado y presente compartido, el primero sufrido, el segundo vivido como recompensa. En términos urbanos, este imaginario se activa en la periferia metropolitana cuando se comienza a transitar lentamente hacia la consolidación urbana. La consolidación urbana, desde la perspectiva de los sujetos que habitan el lugar, de inmediato toma el significado de dejar en el pasado las carencias de la falta de servicios básicos y el esfuerzo cotidiano de convivir con esas carencias, y en el reverso de ese significado aparece el imaginario del progreso continuo.
Más que sustentarse en la corporeidad del presente (el sujeto-cuerpo), esta apropiación espacial lo hace en la afectividad que se siente y circula entre quienes han protagonizado colectivamente el progreso continuo de la consolidación urbana. La latinidad en este caso, sobre todo, es de cercanía física, social y afectiva con esa otredad del entorno vivido. Es una cercanía multidimensional y se funda en haber compartido la experiencia de llegar a un territorio vacío, con el esfuerzo que ello supuso, y luego vivir la consolidación urbana, aun cuando la otredad se conciba de manera difusa e incluso si existen conflictos entre vecinos. La cercanía social y afectiva se funda en aquel tiempo pasado, pero presentizado como memoria de los lugares y como sentido actual del lugar, que involucró la vida completa de sus actores, en tanto cuerpos que sufrían las carencias de servicios e infraestructuras urbanas, y de todo aquello que integra la cotidianidad en la ciudad. Frente a esa memoria, el presente se experimenta como un logro, incluso con la fantasía de que los avances materiales alcanzados continuarán de manera indefinida en el tiempo, para escalar la idea de progreso. Esta latinidad siempre se asocia con la identidad del lugar que se sufrió, pero progresó. Y también con la identificación de sus habitantes con el lugar, que sin lugar a dudas genera arraigo.
Las tres latinidades esbozadas solo son algunos emergentes de la vida metropolitana de la ciudad de México. Se podrían relevar muchas otras latinidades presentes. No obstante, nunca sería posible identificar todas sus formas situacionales y sus territorializaciones, porque su configuración resulta de procesos socioespaciales siempre en curso. Otras latinidades, ahora solo mencionadas, pueden ser las asociadas con las denominadas tribus juveniles, o también las que suelen crearse entre ciertos grupos de homeless, particularmente aquellos que se identifican por la permanencia en ciertos lugares del espacio público. Asimismo, pueden citarse las que se crean fugazmente en los vagones del Metro o en los autobuses definidos solo para mujeres, o bien las que se activan en las grandes movilizaciones populares de reivindicación o de protesta, entre muchas otras.
Reflexiones finales
La ciudad, y más aún las metrópolis, se practica cotidianamente como parte central del habitar: son las prácticas cotidianas la esencia del movimiento vitalista de las ciudades. Las prácticas son lo que las personas hacen aquí y allá en el tejido urbano. Con muchas de esas prácticas, las personas hacen suyos los lugares, en ocasiones de manera fugaz, otras duradera, a veces de manera exclusiva, otras los hacen suyos junto con muchos otros, incluso desconocidos. Esto desencadena procesos de apropiación de los lugares, se los identifica, pero también se crean lazos de identificación con ellos. Así, se suele dar cierta simbiosis entre los lugares y las prácticas que allí se desarrollan, y se deslizan sentidos del lugar hacia las prácticas y las personas que las realizan, y también de las personas a los lugares. Dichas apropiaciones espaciales siempre son concretas, se refieren a lugares en particular. En ocasiones son lugares muy demarcados, como una banca del Metro o de un parque, también puede ser un rincón de una casa. Otras veces, las demarcaciones son más amplias, como un barrio o una zona de la ciudad. En cambio, nunca se apropia un área metropolitana en su conjunto. Las formas de practicar y apropiar fragmentos de espacio/tiempo de la ciudad de México se pueden encontrar en otras ciudades, aun cuando en unas y otras adquieran singularidades.
En las páginas previas se repasaron las prácticas de apropiación del espacio público bajo el imaginario de la aventura de la sexualidad masculina en el transporte público con cercanías y empatía entre desconocidos, así como también la apropiación de la casa periférica y con carencias, como anclaje del grupo familiar y sus estrategias de cooperación y solidaridades intrafamiliares. Asimismo, se revisó la apropiación que ha servido para construir el sentido de lo logrado, del progreso, en una periferia amplia que se consolida. Todas ellas fragmentan el espacio metropolitano, que en última instancia resulta apropiado en términos de micrópolis experienciales, y crean verdaderas fisuras del tejido urbano.
De esta forma, se enfrentan, en el flujo cotidiano de la vida metropolitana, la heterogeneidad del espacio urbano, la diversidad de otredades y de prácticas que lo constituyen con la incertidumbre que ello conlleva. Por ello, la latinidad de la solidaridad, la cooperación, la empatía y la cercanía social y afectiva es parte de la vida metropolitana, pero no de manera amplia, extensa, indiferenciada e ingenua. Más bien, se configuran microlatinidades, inestables, que reconocen un nosotros y un nuestro lugar, aun situacionalmente, pero que también se diferencian de diversos otros y de muchos otros lugares, llegando a activar mecanismos de discriminación respecto a esas otredades y a esas otras lugaridades[14].
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- Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, Ciudad de México.↵
- No se utiliza aquí la expresión espacio público en el sentido dicotómico respecto al espacio privado, ni se conciben el espacio público y el privado como diferenciados por fronteras fijas y nítidas (Ostrovetsky, 2001), sino que se reconoce que los espacios públicos y los espacios privados son ámbitos vividos conectados orgánicamente por la vida cotidiana de los sujetos habitantes, y por lo mismo poseen fronteras porosas, con constantes exteriorizaciones de los espacios privados y con interiorizaciones de lo público en lo privado. También articula esta concepción con la perspectiva de Barbara Allen (2003), respecto a la trama de relaciones entre las interioridades y las exterioridades, en su caso, para comprender el espacio doméstico. En el espacio público se considera que también se ponen en juego exterioridades e interioridades, estas últimas surgen de los encuentros, la empatía, la solidaridad con la otredad. ↵
- Se utiliza la expresión urbanita en el sentido simmeliano del habitante de la metrópoli. ↵
- Se puede ser habitante de una ciudad o de una zona sin tener allí el lugar de residencia. Y esto es muy evidente en el caso del espacio público: muy pocos tienen su residencia en el espacio público, pero muchos lo habitan. Esto está asociado a que el concepto de residir es mucho más demarcado que el de habitar. ↵
- Hace tiempo, se ha utilizado la expresión “trama de la vida cotidiana” con un contenido emparentado con el que ahora se plantea la idea de textura de los lugares (Lindón, 1999). ↵
- Detrás de estas palabras está la concepción de Manuel Delgado acerca de la “ciudad practicada” (1999). ↵
- De manera pionera, Anne Buttimer planteaba en 1976 que “El mundo es una superficie topológica con puntos específicos que están sellados con la intencionalidad humana, los valores y la memoria”.↵
- En este texto, se utiliza la expresión “ciudad de México” en términos urbanos, vale decir, con referencia al área metropolitana en su conjunto: esto es, la demarcación político-administrativa denominada CD MX (o Ciudad de México), más los municipios conurbados. ↵
- Aunque en el texto indicado, la autora analiza el concepto de apropiación en sentido amplio, en otras investigaciones lo especifica en términos de apropiación del espacio (Serfaty-Garzón, 2018; 2016; 2006b; 1976). ↵
- Se está parafraseando el concepto de terra incognita y terra cognita de John K. Wright (1947).↵
- Las teorías no representacionales (TNR) tienen su piedra fundamental en la geografía cultural anglosajona, particularmente en la voz de Nigel Thrift (2008). Surgieron como una crítica al “carácter representacional” (el objeto y su expresión en el espejo). En un inicio, Thrift las nombró como “teorías de las prácticas” (1999). A ello se fueron sumando los aportes de otros autores, como Ben Anderson (2010). En todos los casos, los fundamentos se ubicaron en el pensamiento clásico de Baruch Spinoza y autores contemporáneos, como Gilles Deleuze y Bruno Latour. ↵
- El concepto de performatividad fue planteado inicialmente para dar cuenta de la capacidad del lenguaje para construir la realidad social (Austin, 1998): el discurso produce lo que nombra por su necesaria vinculación con la acción. Por ello, la performatividad ha expresado la simultaneidad entre la palabra y la acción dentro de cierto contexto que lo autoriza. Con posterioridad a los desarrollos de Austin (1998) y Searle (1986; 1997), el concepto de performatividad ha sido ampliado, replanteado, resemantizado. Así, se pasó del énfasis en lo discursivo a un acento en los actos, en el hacer. Y luego, el acento comportamental hizo posible darle visibilidad a la componente corporal de lo performativo, ya que el actuar requiere de la motricidad y la expresividad del cuerpo. Entonces, la performatividad pudo dar cuenta de los actos corporales –y no solo de los actos– que construyen la realidad. En este sentido, Víctor Turner (1974) ha replanteado la performatividad como un hacer y dramatizar corporalmente lo social.↵
- La expresión coreografías (de la existencia cotidiana), se toma de Allan Pred [1977], y la expresión place-ballets procede de David Seamon [1979]). ↵
- El neologismo lugaridades (inspirado en el concepto de placelessness de Edward Relph, 1976) recoge la perspectiva de las geografías humanistas para referirse no a los lugares en sí mismos, sino a la experiencia de los lugares que tienen las personas. ↵






