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11 Extractivismo y ethos barroco

Señalamos anteriormente que el verdadero debate sobre el extractivismo debe partir de la existencia de dos realidades que no pueden ser disociadas y alrededor de las cuales debe centrarse cualquier discusión y elección de alternativas. La primera tiene que ver con el hecho de que las actividades extractivas pueden afectar a grupos sociales determinados. El despojo de tierras y la expulsión forzada de poblaciones campesinas, la conversión de formas tradicionales de propiedad en derechos de concesiones, la supresión de formas alternativas de producción y consumo y la afectación de modos de vida de comunidades son consecuencias de proyectos extractivos específicos. La segunda realidad tiene que ver con la degradación ambiental, concretamente con los impactos sobre la biodiversidad, el agua y el suelo, en muchos casos irreversibles. El error de aplicar criterios económicos para evaluar la pertinencia de la explotación de los recursos mineros y energéticos radica en que al reducir el problema a un problema económico, este es construido como un asunto de asignación de flujos de dinero, en lugar de plantear el problema en el ámbito que corresponde a estas realidades y que, en definitiva, tiene que ver con los valores que profesan los individuos como miembros de la sociedad. En el primer caso estaríamos, en esencia, frente a un problema de optimización de recursos; en el segundo, el problema es de carácter deontológico o kantiano (Sagoff, 2008). Estas dos perspectivas estructuran dos marcos de referencia para la toma de decisiones, que difieren fundamentalmente en la manera como ambos conciben a los actores involucrados en la decisión (Villavicencio, 2020).

El fenómeno extractivista se presenta entonces como un problema que trasciende dicotomías entre hechos y valores para dar paso a una nueva condición basada en hipótesis de incertidumbre, control parcial y, sobre todo, pluralidad de legítimas perspectivas. Se trata de situaciones donde no existe consenso sobre la definición misma del problema, las incertidumbres sobre las implicaciones de cursos alternativos de acción son grandes y lo que está en juego es así mismo inconmensurable. Son problemas que requieren ser tratados en un marco teórico y epistemológico diferente; un marco de análisis que trascienda el uso de conceptos y de prácticas científicas normales, en el sentido de Kuhn (1962), con el fin de dar cabida a espacios para la incorporación de una multiplicidad de actores, cada uno con visiones, criterios e intereses diferentes. No se trata únicamente de “democratizar” el proceso de decisión, sino de legitimar la introducción de la pluralidad del conocimiento en el debate de políticas que conciernan directamente a la sociedad. Abordamos a continuación dos elementos que consideramos fundamentales para la construcción de un espacio de debate sobre el extractivismo en el marco de una racionalidad discursiva: el extractivismo como un problema de la ciencia posnormal y la naturaleza como una construcción social.

Posextractivismo y ciencia posnormal

En la literatura que aborda el tema del posextractivismo, podemos identificar dos visiones, que de cierta manera se complementan. Una simplemente aboga por una “salida del extractivismo depredador”. Esta opción se presenta como la alternativa idónea para “construir economías sustentables, es decir, diversificadas en productos y mercados, industrializadas y tercerizadas con capacidad de generación de empleo de calidad, equitativas, respetuosas de las culturas y de la Naturaleza” (Acosta, 2011, pág. 114). En este proceso de transición, la explotación de la biodiversidad, el ecoturismo y la agroforestería serían las actividades económicas que llenarían el espacio económico dejado por las actividades extractivas (Larrea, 2017). La segunda visión sobre el posextractivismo apuntaría hacia la permanencia de las actividades extractivas, pero esta vez un extractivismo indispensable, de pequeña escala, vinculado a cadenas productivas locales, con una orientación exportadora regional, con el uso de las mejores tecnologías disponibles, con mejores relacionamientos con las comunidades locales, con un régimen de regalías adecuadas, con mejores condiciones de trabajo para sus empleados, entre otros (Gudynas, 2011, págs. 67-69). A estas dos categorías de extractivismo, este último autor agrega una tercera, un extractivismo sensato que “corresponde a explotaciones mineras o petroleras que introducen reformas en sus prácticas, de manera de reducir sus impactos sociales y ambientales”.

Sostenemos aquí que esta tipología resulta inadecuada para ser utilizada como una categoría de análisis o como un marco de referencia para delinear un programa político o una estrategia de desarrollo. Los criterios que definen la clasificación anterior se diluyen en propiedades y características difusas, sin puntos concretos de referencia; quién o qué instancia puede establecer una demarcación entre lo sensato y lo indispensable, o entre lo genuino y lo ilegítimo, o “diferenciar entre el crecimiento bueno del malo”. La decisión de explotar los campos petroleros del ITT en el Parque Nacional Yasuní con las tecnologías más avanzadas, como fue planteado en el referéndum que tuvo lugar en el Ecuador el año 2017, se justificó, en principio, por la necesidad de generar recursos para financiar programas de contenido social y, al mismo tiempo, de minimizar los daños ambientales. En este caso, cabe la pregunta de si se trata de un extractivismo indispensable o de un extractivismo sensato. La misma pregunta resulta pertinente para la explotación minera en ciertas zonas del Ecuador: se trata de una minería depredadora o de una minería indispensable.

La actividad extractivista, como cualquier decisión de política pública, persigue objetivos que no siempre apuntan en la misma dirección. Los impactos pueden traducirse en beneficios, pero también implican costos económicos, ambientales y sociales. No se puede hablar de extractivismo bueno o malo, sensato o imprudente, sino de estrategias o proyectos mineros y petroleros específicos que pueden ofrecer oportunidades de crecimiento y desarrollo, pero también pueden afectar de manera desigual a diferentes segmentos de la población y tener impactos diferentes sobre el entorno natural.

S. Funtowicz y J. Ravetz (1993) proponen una nueva perspectiva para el tratamiento de problemas complejos a la que denominan la “ciencia posnormal”. Según estos autores, la visión analítica-reduccionista, que divide los sistemas en sus elementos constitutivos para convertirlos en objetos de estudios de especializaciones cada vez más esotéricas, debe ser sustituida por un “enfoque sistémico, sintético y humanista”. Este nuevo enfoque trasciende las viejas dicotomías entre hechos y valores, entre conocimiento e ignorancia, para dar paso a una nueva condición basada en hipótesis de incertidumbre, control parcial y pluralidad de legítimas perspectivas. Bajo este enfoque, las incertidumbres no son ignoradas, sino manejadas; los valores no son supuestos, sino explicitados; el modelo de argumentación científica no consiste en la deducción formalizada, sino en el diálogo interactivo. En resumen, los problemas de la ciencia posnormal son analizados en términos de incertidumbre en cuanto al conocimiento y complejidad en cuanto a la ética.

El enfoque de la ciencia posnormal provee el marco conceptual-metodológico apropiado para abordar el debate sobre el extractivismo. En este contexto, son dos las dimensiones que permiten dilucidar los efectos sociales y ambientales derivados de las actividades extractivas: una epistemológica, que tiene que ver con el conocimiento del problema y la incertidumbre que lo rodea; la otra, axiológica, que tiene que ver con los valores que están en juego al momento de tomar las decisiones. El cruce de estas dos dimensiones nos provee de un espacio conceptual que permite situar y evaluar los proyectos extractivos según sus implicaciones sociales y ambientales. En este espacio, podríamos distinguir tres categorías de extractivismo (Gráfico 11.1):

  1. Si las incertidumbres se presentan únicamente a nivel técnico y los valores que están en juego son menores y hasta irrelevantes, las formas convencionales de solución de problemas y evaluación de riesgos son las herramientas apropiadas para abordar este tipo de situaciones. Se trata de problemas cuya comprensión y resolución requieren únicamente de la “ciencia aplicada o la ingeniería”.
  2. Un segundo tipo de problemas, los problemas de “consultoría profesional”, son aquellos en los que la incertidumbre aumenta y, por lo tanto, aumenta también la complejidad del proceso de decisión. El problema se torna transdisciplinar, no admite réplica ni predicción, y requiere el concurso de nuevas pericias y perspectivas ya que la incertidumbre no puede ser manejada por rutinas convencionales. En este nivel, las decisiones se basan en un conocimiento consensual, una ciencia consensuada, ideal para dar paso a un nivel de conocimiento más cualitativo y apropiado para el problema en cuestión. No se trata de verificar una teoría general frente a la realidad, sino de evaluar soluciones alternativas.
Gráfico 11.1. El extractivismo bajo el enfoque de la ciencia posnormal

Fuente: Funtowicz y Ravetz (1993).

  1. Por último, cuando las incertidumbres y los valores en juego son altos, cualquier proceso de decisión entra en el campo de la ciencia posnormal o ciencia abierta. Este enfoque ofrece el marco indispensable para visibilizar supuestos, comportamientos y motivaciones implícitas que influyen de facto en la evaluación de políticas, así como para explicitar supuestos disciplinares y marcos conceptuales. El mismo proceso de selección de los criterios de valoración, los debates intra- y transdisciplinarios sobre criterios y procedimientos, y la importancia relativa o absoluta asignada a los criterios, todos estos elementos expresiones de supuestos normativos, emergen de un proceso de deliberación. En un contexto deliberativo, las posiciones no son construidas como variables impuestas externamente, sino como variables que emergen en el debate, endógenas al proceso de decisión, de tal manera que el problema mismo puede ser redefinido o pueden emerger alternativas que conduzcan a soluciones inesperadas.

Este es, en resumen, un marco conceptual-metodológico que se presenta idóneo para evaluar las actividades extractivas. Insistimos aquí que no se pueden sentenciar a priori los recursos naturales como una maldición y el extractivismo como una suerte de fatalidad. El término mismo extractivismo nos parece una generalización que, como toda generalización, esconde la diversidad de realidades complejas. El mensaje es claro: no existe un extractivismo positivo o negativo, sino estrategias y proyectos extractivos específicos que afectan de manera desigual a diferentes segmentos de la población y tienen impactos diferentes sobre los ecosistemas. Si los efectos sociales y ambientales de una alternativa extractivista pueden ser definidos y evaluados dentro de rangos razonables, se trata de un problema de ciencia aplicada o consultoría profesional. El análisis costo-beneficio es la regla por aplicar ya que, en definitiva, es un problema que implica preferencias individuales. Pero, cuando se trata de problemas de justicia social, aire limpio, agua pura o conservación de la biodiversidad, entre otros, estos no pueden ser construidos como preferencias individuales para ser valoradas mediante criterios de la teoría económica; estos objetivos no representan bienes que seleccionamos, sino valores que reconocemos (Villavicencio, 2020). Entonces, son problemas que requieren ser tratados en un nuevo marco conceptual y metodológico como aquel que ofrece la ciencia posnormal.

La construcción social de la naturaleza

En el centro del debate sobre la viabilidad de las actividades extractivas como estrategias de desarrollo está la percepción del riesgo asociado a la incertidumbre sobre los impactos sociales y ambientales y los valores que están en juego. Se trata, ante todo, de construcciones sociales y, como tales, son el reflejo de visiones y percepciones del mundo que predisponen a los individuos a adoptar determinados comportamientos y posiciones en la sociedad. Un análisis sobre la emergencia de estas visiones y como ellas se expresan en diferentes actitudes hacia la naturaleza y el riesgo se revelan necesarias para entender el fenómeno extractivista y, sobre todo para tender puentes que faciliten y el diálogo y el debate entre posiciones muchas veces de apariencia irreconciliable. Para el filósofo B. Echeverría (1998), estas visiones constituyen el ethos histórico, “un principio de organización de la vida social y de construcción del mundo de la vida a fin de que el proceso de la vida humana pueda desenvolverse con naturalidad en el hecho histórico inevitable de la realidad capitalista”. Para la teoría cultural (Douglas y Wildavsky, 1982; Thompson, Ellis y Wildavsky, 1990), se trata de un conjunto de ideas, resultado de la interacción de sesgos culturales y patrones de relaciones interpersonales, que moldean un modo de vida. Estas dos corrientes de pensamiento, desde enfoques diferentes, pero en cierta manera coincidentes, proveen un marco explicativo de las diferentes actitudes y posiciones ante el fenómeno extractivista. Una breve síntesis de estos planteamientos teóricos se expone a continuación.

Extractivismo y ethos barroco

Sostiene Echeverría que la realidad capitalista es un hecho histórico inevitable del que no es posible escapar y que por lo tanto “debe ser integrado en la construcción espontánea del mundo de la vida, que debe ser convertido en una segunda naturaleza por el ethos que asegura la ‘armonía’ indispensable de la existencia cotidiana” (1998, pág. 38). Sin embargo, señala este filósofo, el hecho capitalista se trata de un hecho que es una contradicción, de una realidad que es un conflicto permanente entre las tendencias contrapuestas de dos dinámicas simultáneas, constitutivas de la vida social: la de esta en tanto que proceso de trabajo y de disfrute referido a valores de uso, por un lado, y de la reproducción de su riqueza, en tanto que es un proceso de “valorización del valor abstracto” o acumulación de capital, por otro. Según Echeverría, es necesario sublimar esta contradicción en el mundo moderno a fin de que el proceso de la vida humana pueda desenvolverse con naturalidad, sin necesidad de tener que descifrarla a cada paso (1998, pág. 167). El comportamiento social estructural, al que este autor llama ethos histórico, puede ser visto como todo un proceso de construcción del mundo de la vida: “una estrategia destinada a disolver, ya que no a solucionar, esa contradicción”.

Serían cuatro las versiones extremas en las que puede constituirse el ethos histórico moderno; cuatro las vías ideales que se ofrecen para interiorizar el capitalismo en la espontaneidad de la vida cotidiana, o para construir la “espontaneidad” capitalista del mundo de la vida. Cada una de ellas propone una solución peculiar al hecho capitalista, a la necesidad de la vida cotidiana de desenvolverse en una condición imposible, desgarrada por la obediencia a dos principios contrapuestos –el del valor de uso y el del valor–, y cada una de ellas mantiene un valor peculiar ante este: sea de afinidad o de rechazo, de respeto o de participación.

  • Una primera manera de naturalizar la contradicción capitalista es tratarla como inexistente. “Valorización del valor y desarrollo de las fuerzas productivas serían, dentro de un comportamiento cotidiano, no dos dinámicas enfrentadas entre sí, sino una y la misma, unitaria e indivisible” (pág. 169). Se trata de una identificación total y militante con la pretensión básica de la vida económica regida por la acumulación del capital. Esta actitud corresponde al ethos realista.
  • Un segundo modo de internalizar la contradicción capitalista, el ethos romántico, consiste también en anularla, pero en este caso reduciendo uno de sus dos términos al otro. Es el plano del valor de uso el que se subordina al plano del valor, subordinación que es vivida como un momento necesario en la metamorfosis del “mundo bueno” o “natural” en “infierno capitalista”.
  • Diferente de las dos anteriores, en la medida que no anula ni desconoce la contradicción propia del hecho capitalista, el ethos clásico, por el contrario, trata esta contradicción como una condición ineludible de la vida moderna y su mundo. Si la acepta es porque reconoce en ella la virtud de la efectividad, pero “esta actitud afirmativa respecto al hecho capitalista no le impide percibir en la consistencia de la misma de lo moderno el sacrificio que hace parte de ella” (1998, pág. 171).
  • La cuarta manera de internalizar la contradicción del hecho capitalista en la vida cotidiana es el ethos barroco que aparece dentro de un intento de respuesta a la insatisfacción teórica que despierta esa convicción en toda mirada crítica sobre la civilización contemporánea (p. 36):

No mucho más absurda que los otros, el ethos barroco para vivir la inmediatez capitalista del mundo implica un elegir el tercero que no puede ser: consiste en vivir la contradicción bajo el modo de trascenderla y desrealizarla, llevándola a un segundo plano, imaginario, en el que pierde su sentido y se desvanece, y donde el valor de uso puede consolidar su vigencia pese a tenerla ya perdida.

Llamamos aquí la atención sobre el ethos barroco por la tendencia a equiparar este modo de pensar con la idea de un “buen vivir” y, por consiguiente, con la tesis de una superación del extractivismo. Para Ávila, en este ethos cabe la pachamama y el sumak kawsay (2019, pág. 245). Surge entonces la pregunta: ¿se puede identificar la tesis antiextractivista como una de las expresiones del ethos barroco? En la medida que la salida del extractivismo es una condición para la alternativa del buen vivir que busca “deconstruir la racionalidad capitalista y reconstruir para superar al capitalismo” (Acosta y Brand, 2018, pág. 132), la respuesta es afirmativa. Añaden estos autores: “El intento de fortalecer y perfilar el posextractivismo se comprende como la tentativa de crear condiciones necesarias para que enfoques como el Buen Vivir puedan cristalizarse” (pág. 134). Así, la utopía del “buen vivir” “aparece dentro de un intento de respuesta a la insatisfacción teórica que despierta esa convicción en toda mirada crítica sobre la civilización contemporánea” (Echeverría, 1998, pág. 36).

Sin embargo, existe siempre el riesgo de desvirtuar el pensamiento de B. Echeverría mediante interpretaciones simplificadoras que dan lugar a reduccionismos culturalistas. Nos aclara este filósofo:

La actualidad de lo barroco no está, sin duda, en la capacidad de inspirar una alternativa radical de orden político a la modernidad capitalista que se debate actualmente en una crisis profunda; ella reside en cambio en la fuerza con que se manifiesta, en el plano profundo de la vida cultural, la incongruencia de esta modernidad, la posibilidad y urgencia de una modernidad alternativa. … Estrategia de resistencia radical, el ethos barroco no es sin embargo, por sí mismo, un ethos revolucionario: su utopía no está en el “más allá” de una transformación económica y social, en un futuro posible, sino en el “más allá imaginario de un hic et nuc insoportable transfigurado por su teatralización (1998, págs. 15-16).

R. Ávila admite esta posición “quizá porque Echeverría no llegó a prefigurar la pachamama y el sumak kawsay” (Ávila, 2019, pág. 241), afirmación que nos parece una preocupante subvaloración del pensamiento de este notable filósofo. “No mucho más absurda que las otras, la estrategia barroca para vivir la inmediatez capitalista del mundo implica un elegir el tercero que no puede ser: consiste en vivir la contradicción bajo el modo de trascenderla y desrealizarla, llevándola a un segundo plano, imaginario, en el que pierde su sentido y se desvanece” (Echeverría, 1998, pág. 171).

La teoría cultural y el ethos barroco

Al igual que la tesis de los ethe históricos pero desde raíces teóricas y enfoques diferentes, la teoría cultural elaborada por Thompson y sus colegas (Thompson, Ellis y Wildavsky, 1990) plantea cuatro categorías o prototipos de relaciones sociales, institucionales y organizacionales simbolizadas en una determinada cosmología, que comprende un conjunto de preferencias y adherencia a ciertos valores que legitiman determinadas formas de vida[1]. Según estos autores, “la variabilidad del involucramiento de un individuo en la vida social puede ser adecuadamente capturada por dos dimensiones: grupo y malla” (pág. 5). La dimensión “grupo” se refiere a la medida en la que un individuo está incorporado en unidades sociales delimitadas, mientras que la dimensión “malla” denota el grado en el que la vida de un individuo está circunscrita por prescripciones impuestas externamente. La intersección de estas dos dimensiones da lugar a las categorías siguientes:

  • Un ordenamiento social mínimo, con bajos niveles de adhesión a regulaciones y normas públicas y un comportamiento social autodeterminado por libertades individuales, corresponde a relaciones sociales individualistas.
  • Una segunda categoría, dominada por una visión de relaciones sociales de tipo jerárquico, corresponde a un comportamiento fuertemente determinado por una doble influencia: la del orden público y la del grupo de pertenencia. En este contexto, los individuos están sujetos al control de otros miembros del grupo y al desempeño de papeles socialmente impuestos. Las relaciones sociales son estratificadas y progresivas, lideradas por expertos, con roles asignados, quienes actúan en nombre de un beneficio colectivo.
  • Un comportamiento social fuertemente determinado por el sistema de códigos públicos y sin pertenencia a grupos son las dos características de la categoría fatalista. La individualidad toma forma típicamente de aceptación de un contexto social percibido como inapelable en el que los individuos están excluidos de los procesos de decisión que afectan sus vidas. Se trata de “una actitud comprensiva y constructiva dentro del cumplimiento trágico de la marcha de las cosas”.
  • Por el contrario, un comportamiento social organizado bajo códigos propios, con identificación de pertenencia a grupos con bajos niveles de estratificación, procesos de decisión consensuados, con pocos pero fuertes lazos de ritualidad que afianzan la cohesión de grupo. Esta categoría igualitaria, debido a una débil identificación con los códigos sociales dominantes y una escasa diferenciación de los roles internos, conduce a relaciones ambiguas entre los miembros de los grupos y, por consiguiente, la falta de autoridad y control dificultan la resolución de conflictos.

De esta exposición esquemática podemos concluir la existencia de una cercana proximidad o coincidencia entre las categorías individualista, jerárquica, fatalista e igualitaria que plantea la teoría cultural y los ethe históricos realista, romántico, clásico y barroco que propone Echeverría. Así, por ejemplo, el ethos barroco no borra, como lo hace el realista, la contradicción propia del mundo de la modernidad capitalista, y tampoco la niega, como la hace el romántico, que la reconoce y la tiene por inevitable, de igual manera que el clásico, pero que, a diferencia de este, se resiste a aceptar y asumir la elección que se impone junto con ese reconocimiento, obligando a tomar partido por el término “valor” en contra del término “valor de uso” (Echeverría, 1998, pág. 170).

Bajo una lógica similar a la del ethos barroco, la categoría igualitaria de la teoría cultural no adquiere su identidad a partir de relaciones negociadas y estratificadas con otros grupos, sino de su rechazo crítico de la coerción y desigualdad de la sociedad. Al contrario de la visión individualista, que mide el éxito en términos materiales bajo la libre operación del mercado como mecanismo de aumento de riqueza y bienestar, esta visión del mundo se traduce en un colectivismo igualitario que se contrapone con la visión jerárquica de orden, control y autoridad bajo la cual la presencia de instituciones correctas puede rescatar a la sociedad de los efectos extremos del capitalismo.

Regresando al tema central que nos ocupa, surge la pregunta sobre cómo se insertan las visiones sobre el extractivismo ya sea en los ethe históricos de Echeverría o en las tipologías culturales de Thompson y sus colegas. Siendo el extractivismo, en esencia, un problema ecológico, ¿qué pueden decirnos estas teorías de la relación con la naturaleza y la percepción del riesgo por parte de quienes se identifican con cada una de las visiones del mundo? Las tesis de Echeverría son menos explícitas que las respuestas de la teoría cultural, aunque nos atrevemos a afirmar que ambas conducen a conclusiones coincidentes, en la medida en que la percepción y la actitud de los individuos están condicionadas por su “comportamiento social estructural” identificado por las tipologías respectivas. La teoría cultural sostiene que las ideas, percepciones y actitudes ante la naturaleza son construcciones sociales, sin que esto signifique que ellas pueden ser cualquier cosa. Este condicionamiento ocurre en el marco de “un relativismo restringido” en el marco de los “cuatro principios de construcción del mundo de la vida”.

A partir del cuestionamiento de una supuesta objetividad científica de las evaluaciones del riesgo ambiental, la teoría cultural muestra que factores culturales, políticos y psicológicos desempeñan un papel dominante en la manera como el riesgo es construido, percibido y ponderado. De acuerdo a esta teoría, la manera como el riesgo es percibido y otorgado prioridad es función de cómo los individuos se ven ellos mismos en relación con el resto de los individuos en la sociedad, lo que a su vez afecta su visión del mundo, sus valores y modos de vida. De ahí nacen los mitos sobre la naturaleza (Gunderson y Holling, 2002), modelos simples construidos por hipótesis largamente no cuestionadas y que, por lo tanto, son verdaderos y falsos al mismo tiempo. Cada uno es una representación parcial de la estabilidad de los ecosistemas y los procesos que afectan la estabilidad; cada uno captura alguna esencia de la experiencia y la sabiduría, y cada uno se prescribe como la verdad evidente frente a un problema particular que compromete a la naturaleza. En el centro de estos mitos se ubica la idea sobre resiliencia y estabilidad de la naturaleza. La teoría cultural postula una relación isomorfa entre estos modelos de la naturaleza y las categorías culturales (Gráfico 11.2).

Gráfico 11.2. La construcción social de la naturaleza

Fuente: elaboración propia.

  • Una naturaleza benigna, generosa, en un equilibrio estable al que siempre retorna ante cualquier disrupción ocasionada por la intervención humana corresponde a la visión individualista. La explotación y agotamiento de los recursos no se presenta como un problema ya que el ingenio y la creatividad permitirán encontrar recursos sustitutos o compensatorios.
  • A la visión jerárquica corresponde en cambio la percepción una naturaleza tolerante, resiliente dentro de ciertos límites pero vulnerable de manera irreversible ante la ocurrencia de eventos extremos. Sin embargo, la presencia de instituciones correctas, administradas por expertos, es el mecanismo apropiado de control y regulación de las actividades sociales con el fin de evitar peligrosas interferencias con la estabilidad de los ecosistemas.
  • La visión de una naturaleza caprichosa, aleatoria y por lo tanto impredecible no deja espacio para regulación ni control y las instituciones deben enfocarse en hacer frente o adaptarse a los cambios inevitables. Esta visión es congruente con una posición fatalista.
  • Por último, la visión de una naturaleza efímera corresponde a la categoría igualitaria. La naturaleza es percibida como un sistema en un estado de equilibrio delicado y precario; cualquier perturbación puede desencadenar eventos catastróficos irreversibles fuera de control.

Cada una de estas “caricaturas o mitos” (Gunderson y Holling, 2002) conduce a diferentes conjeturas acerca de la fragilidad de la naturaleza, a diferentes percepciones sobre los procesos que afectan su estabilidad y a plantear diferentes estrategias y políticas. Una visión antiextractivista, motivada por preocupaciones sociales y conservacionistas, ignora la dimensión de desarrollo económico y pone énfasis en sinergias, emprendimientos e ingenio humano, asumiendo implícitamente que la naturaleza no presenta límites a la iniciativa e imaginación de grupos locales. Por otra parte, aquellos que promueven el extractivismo están motivados por intereses económicos y productivos bajo la premisa de que la incertidumbre inherente a la naturaleza puede ser sustituida por mecanismos de control e ingeniería o simplemente ignorada para dar paso a la “mano invisible” de los mercados autorregulados. Todas estas perspectivas son correctas como representaciones de una parte de la realidad. El problema es que son parciales. Ellas son muy simples y carecen de un marco integrador que permita conciliar disciplinas y escalas. La visión de la naturaleza como un conjunto interconectado de procesos evolutivos y adaptables, sujetos a un comportamiento complejo de cambios discontinuos, bajo patrones de orden y caos, un comportamiento no lineal y la emergencia de fenómenos de autoorganización son nuevos enfoques para una integración razonada y coherente de visiones diferentes.

Sin embargo, no se debe perder de vista que el tratamiento de los problemas complejos, especialmente aquellos que tienen que ver con las interacciones entre naturaleza y sociedad, exige nuevos contextos institucionales que permitan la práctica de una ética discursiva sobre dilemas que tienen que ver con valores y principios en la definición de políticas. Esta práctica, en el marco de una ciencia posnormal, consiste en un proceso no coaccionado ni distorsionado de interacción comunicativa entre individuos en el marco de un discurso abierto. Presupone la ausencia de normas excepto la aceptación de un potencial razonado, reflexivo y práctico para un discurso; es decir, el reconocimiento y aceptación mutua del otro como sujeto responsable. Este reconocimiento y aceptación mutuos constituye la cualidad ética del discurso y la deliberación (O’Hara, 1996, pág. 96).

La ética discursiva ve la razón inseparablemente atada e informada por la experiencia en el mundo social, cultural y natural que constituye el contexto de la experiencia humana. El discurso razonado ofrece simplemente el contexto procedimental para resolver debates o establecer principios; no busca determinar principios universales para la conducta individual o para arreglos sociales. “Podemos no estar de acuerdo en principios morales fundamentales, pero podemos alcanzar acuerdos en aspectos morales sobre cuestiones prácticas” (pág. 97). No se trata de preferencia personales como aquellas que expresan los consumidores en el mercado, sino de fortalecer las instituciones democráticas que permitan a los ciudadanos deliberar juntos para definir objetivos comunes y aspiraciones que ellos no pueden alcanzar a concebir individualmente (Sagoff, 2008, pág. 9). La posibilidad de que la gente actúe políticamente para proteger el ambiente (en lugar de aisladamente para satisfacer sus preferencias) presupone la realidad de valores públicos reconocidos por todos, valores que son discutidos como intenciones compartidas y no deben ser confundidos con las preferencias del consumidor.

Sin embargo, siempre será ineludible tener presente que nunca más que antes la naturaleza es algo hecho (Castree y Braun, 1998). Para algunos, esto representa el final de la naturaleza, una respuesta firmemente enraizada en el moderno dualismo bajo el cual la naturaleza es vista como algo externo a la sociedad: el otro. Por consiguiente, la naturaleza debe ser defendida de la destrucción de los seres humanos y se debe luchar por defender su carácter prístino. Para otros, la relación de la humanidad con la naturaleza, bajo todas sus permutaciones, es ineluctable e inherentemente subversiva del dualismo sociedad-naturaleza. Entonces,

… la intervención humana en la naturaleza no es ni antinatural ni algo para el lamento o la condena. Esto no implica obviar la necesidad de imponer límites a las acciones humanas en situaciones específicas; pero desde esta perspectiva lo que está en juego no es la preservación de los últimos vestigios de un santuario natural prístino, sino la construcción de enfoques críticos que centren su atención en la manera como las naturalezas sociales son transformadas, porque actores, en beneficio de quienes y con qué consecuencias sociales y ecológicas (pág. 3).


  1. En realidad, Thompson et al. (1990) identifican una quinta categoría, el ermitaño, ignorada aquí por su papel marginal en el tejido social.


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