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2 La maldición de los recursos

La paradoja de la “maldición de los recursos”, según la cual los países ricos en recursos naturales son propensos a un crecimiento menor en relación con países con escasos recursos, persiste en amplios sectores académicos y ambientalistas a pesar de contraargumentos y evidencias empíricas que la desmienten. “Esta paradoja se tornó en un sentido común en los estudios del desarrollo” (Peters, 2016, pág. 23). Según esta visión, parecería que los países dotados de recursos naturales estarían sometidos a una profecía casi religiosa: los países aquejados por el “pecado original” del legado de recursos estarían condenados a un pobre crecimiento (Wright y Czelusta, 2004, pág. 36) y, por consiguiente, las trayectorias de desarrollo estarían sometidas a una especie de fatalidad bajo la cual “tener más de algo bueno es malo” (Wick y Bulte, 2009).

Hasta los años setenta, la tesis de la ventaja de los recursos naturales en el crecimiento económico fue parte del discurso convencional sobre el desarrollo. Prominentes economistas como Rostow[1] sostenían que la dotación de recursos naturales ayudaría a los países en desarrollo en su transición hacia la industrialización, facilitando el “despegue” de estos países como había ocurrido anteriormente con países como Australia, los Estados Unidos o el Reino Unido. No es sino a partir de los ochenta cuando emerge con fuerza en la literatura sobre el desarrollo la tesis sobre el efecto negativo de los recursos naturales en el desarrollo económico de los países. En un trabajo seminal, Nankani (1979) mostró que a lo largo del período 1960-1976 el crecimiento económico per cápita de los países exportadores de minerales había sido la mitad del crecimiento de países con niveles de desarrollo y economías similares, pero no exportadores de minerales. En la misma tónica, otro estudio del Banco Mundial (Wheeler, 1984) concluyó que durante el período 1971-1983, un período de aumento acelerado de los precios de los recursos naturales, los países de África exportadores de petróleo y minerales tuvieron un desempeño económico inferior al resto de países africanos.

Asimismo, los influyentes análisis de Gelb (1988) y Auty (1993) llamaron la atención sobre la paradoja del pobre desempeño económico de países dotados de abundantes recursos minerales en relación con países desprovistos de estos recursos. Sin embargo, la contribución más influyente para el afianzamiento de esta tesis, sobre todo en la esfera académica, correspondió a los trabajos de Sachs y Warner (1997; 2001), cuya sorprendente difusión y escaso cuestionamiento han contribuido a aceptar, casi como un dogma, la tesis del efecto pernicioso de la abundancia de recursos mineros y energéticos sobre las trayectorias de desarrollo de los países en los cuales las exportaciones de estos recursos tienen un peso significativo en sus economías.

Recursos naturales y crecimiento económico

A partir de las observaciones del desempeño económico de una muestra de 95 países en desarrollo a lo largo del período 1970-1990, Sachs y Warner estimaron mediante una regresión multivariante la relación entre el crecimiento económico y la abundancia de recursos naturales, adoptando como indicador de esta última variable la contribución, en porcentaje, de las exportaciones de recursos primarios al producto bruto[2]. A partir de un análisis econométrico, toda la discusión sobre la evidencia de la maldición de los recursos gira en torno al signo del coeficiente α1 (ver nota 21), que afecta la variable sobre la abundancia de recursos. Si este coeficiente es positivo, la abundancia de recursos afecta positivamente el crecimiento económico; si es negativo, la tesis de la maldición se cumple, y si es cercano a cero, la influencia de la explotación de recursos sobre la economía es insignificante.

Sachs y Warner (1997) encontraron un valor significante y negativo para este coeficiente. Esta constatación llevó a estos autores a concluir que, en promedio, los países con abundantes recursos naturales han experimentado un crecimiento menor que el resto de los países y, por consiguiente, que la existencia de una correlación inversa entre el grado de dependencia de recursos naturales y crecimiento económico se revela como un hecho razonablemente “sólido y robusto” en el sentido de que si se incorpora un número de variables adicionales, la variable intensidad de recursos sigue siendo significante (1997, pág. 26). Los autores mencionados no prescriben recomendaciones específicas para los países exportadores de recursos, pero el mensaje es implícito: los países en desarrollo estarían en una mejor situación si dejaran sus recursos naturales no descubiertos o inexplotados.

De acuerdo a los resultados del análisis en cuestión, y como lo constatan Manzano y Rigobón (2007, pág. 41), la regresión estadística (ver nota 21) señala que un aumento del índice de abundancia (SXP) en una desviación estándar repercute en una reducción del uno por ciento en la tasa de crecimiento económico. En otras palabras, un aumento en la exportación de recursos primarios equivalente al 1 por ciento del producto nacional reduce la tasa de crecimiento entre el 0,07 por ciento y el 0,10 por ciento. Esto implica, en el caso del Ecuador por ejemplo, que la explotación de petróleo a partir de 1972 habría ocasionado un crecimiento anual entre 0,48 por ciento y 0,81 por ciento menor respecto a una economía con similares ingresos, tasas de inversión y niveles de apertura económica, pero sin exportaciones de petróleo. Es decir, si el Ecuador hubiera decidido no explotar el petróleo de la Amazonia, la tasa de crecimiento promedio de su economía, a lo largo del período señalado, hubiera sido, en promedio, cercana al 6 por ciento en lugar de alrededor del 5 por ciento como ocurrió.

De acuerdo con esta lógica estadística, la tesis de la maldición de los recursos interpreta el boom de los minerales como una pérdida económica neta; es decir, una situación en la que el valor presente neto de los efectos positivos del crecimiento económico es superado por el valor presente neto de los efectos negativos (Davis G., 1995, pág. 1768). En otras palabras, y continuando con el ejemplo, el Ecuador, a lo largo del período 1970-1990, habría perdido un total de alrededor de 3000 millones dólares (precios 2007) como resultado de la explotación de petróleo. Se trata de una conclusión difícil de aceptar si comparamos el desempeño de la economía ecuatoriana con el resto de la región a lo largo de diferentes períodos (Tabla 2.1). En los últimos cincuenta años, el PIB del Ecuador creció a una tasa promedio anual de alrededor del 4 por ciento, igual o superior al promedio de los países de Sudamérica y América Latina e, indudablemente, el petróleo ha sido el factor fundamental de ese crecimiento sostenido[3].

Tabla 2.1. Crecimiento económico en el Ecuador y en América Latina
1950-
1980
1990-
2015
2003-
2013
2003-
2008
2008-
2013
2013-
2015

Ecuador 1

5,8*3,24,74,94,82,9

Sudamérica 2

5,13,14,66,03,3-0,3

América Latina 2

5,53,14,15,22,90,7

(*) Período 1966-1980.
(1) Cuentas Nacionales, BCE; (2) Ocampo (2017, pág. 71).
Fuente: elaboración propia.

La literatura sobre la maldición de los recursos es en gran medida sustentada a partir de resultados empíricos; el análisis teórico es añadido después. Así, por ejemplo, la explicación de una correlación negativa entre recursos naturales y crecimiento económico es bastante simple. Según Sachs y Warner (1997), la maldición de los recursos operaría de la manera siguiente: sean dos economías idénticas creciendo inicialmente a una misma tasa g(t) bajo una trayectoria OX (Gráfico 2.1(a)), se asume que una de las economías experimenta un boom temporal de recursos en el momento To. En este caso, el PIB aumenta instantáneamente al nivel B y la economía entra en una trayectoria de crecimiento BD con una tasa de crecimiento h(t) menor que g(t). Este descenso en el crecimiento de la economía determina que en algún momento T1 el PIB será inferior al de la economía sin el boom de recursos y la trayectoria se recuperará en el momento T2, una vez que cese el impacto temporal de la abundancia del recurso. De ahí que estos autores concluyen sin ambigüedad (Sachs y Warner, 2001, págs. 828-37) que

… los estudios basados en las experiencias de postguerra permiten afirmar esta relación inversa como un hecho empírico demostrable aun teniendo en cuenta las tendencias de los precios de las materias primas. Casi sin excepción, los países con abundantes recursos se han estancado en su crecimiento desde inicios de la década de los setenta, fenómeno que ha sido calificado como la “maldición de los recursos”. … Los estudios empíricos han demostrado que esta maldición es un hecho razonablemente sólido.

Gráfico 2.1. Recursos naturales: ¿maldición o bendición?

Resulta de interés comparar esta hipótesis teórica con el caso de Noruega, país que bajo el efecto del boom petrolero experimentó un notable crecimiento económico a partir de los años setenta (Larsen, 2005). Este autor compara el crecimiento de Noruega en el contexto de una región política, cultural, lingüística y económicamente homogénea como es el caso de Escandinavia. A inicios de los setenta, Noruega se encontraba relativamente rezagada respecto a Suecia y Dinamarca (el PIB per cápita era inferior), pero quince años más tarde no solamente las igualó, sino que empezó una tendencia de crecimiento que las superó. El Gráfico 2.1(b) muestra las trayectorias de crecimiento de estos países, que revelan un comportamiento totalmente opuesto a la tesis de Sachs y Werner. Se pregunta Larsen: ¿fue el petróleo la causa de esta aceleración de la economía? Según este autor, la respuesta es afirmativa sin equívocos y demuestra que definitivamente la exportación de este recurso ha sido y es el factor que le ha permitido a Noruega un crecimiento sostenido por varias décadas[4].

En la misma línea de la tesis de la maldición de los recursos, Auty (2007) amplía el análisis de Sachs y Werner al incorporar los efectos del capital natural de los países sobre su crecimiento económico. Sobre la base de las estimaciones de la riqueza de las naciones elaboradas por el Banco Mundial (2006), Auty compara la contribución de la renta del capital natural con el crecimiento per cápita para 120 países agrupados de acuerdo a su dotación de recursos naturales. Concluye este autor en la existencia de una relación inversa entre la renta proveniente de los recursos naturales y el crecimiento del PIB per cápita. Así, para el período 1985-1997, la renta proveniente de la explotación de recursos naturales significó, en promedio, entre el 8 por ciento y el 19 por ciento del PIB para los países exportadores de minerales y de petróleo, respectivamente, mientras que el crecimiento económico per cápita fue negativo (-0,4 por ciento y -0,7 por ciento, respectivamente). Por el contrario, para los países pobres en recursos naturales, la contribución de la renta al PIB fue entre 3,2 por ciento y 4,5 por ciento, mientras que su crecimiento se situó entre el 4,7% y el 2,4%.

Esta divergencia en el desempeño económico es explicada por el volumen y distribución de las rentas provenientes del capital natural. Un nivel de rentas bajo tendería a promover la creación de riqueza a través de la provisión de bienes públicos e incentivos a la inversión. Más aún, sostiene Auty, una trayectoria de desarrollo caracterizada por rentas escasas promueve una industrialización competitiva temprana, intensiva en trabajo, así como implica también una urbanización temprana. Este proceso desencadena un círculo económico virtuoso que fomenta una rápida acumulación de capital y eficiencia en la inversión capaces de duplicar el ingreso bruto nacional per cápita en una década o menos. Se produce también un círculo virtuoso social, ya que una expansión temprana y rápida de la manufactura elimina rápidamente el excedente de fuerza de trabajo rural y promueve una distribución relativamente igualitaria del ingreso, promoviendo democratización y gobernanza social. Por el contrario, señala este autor, rentas de recursos naturales elevadas respecto al PIB pueden tener dos afectos adversos en la economía política. Primero, desvían los incentivos del gobierno de una eficiente creación de riqueza a una distribución de las rentas que confieren réditos políticos mayores e inmediatos. Segundo, la trayectoria de desarrollo de países ricos en recursos prolonga la dependencia de la exportación de materias primas y dificulta la absorción del exceso de mano de obra, de tal manera que se amplía la desigualdad del ingreso. Los gobiernos de los países con abundantes recursos generalmente usan las rentas para aliviar el desempleo mediante un sobredimensionamiento de la burocracia estatal y la protección de nuevas industrias. Sin embargo, aclara este autor que la aparición de estas tendencias no es un fenómeno inherente a la dotación de recursos naturales y, por consiguiente, deberían ser analizadas caso por caso y no inferidas a partir de una correlación estadística.

La maldición en duda

La mayoría de los análisis sobre el efecto negativo de la abundancia de recursos sobre el desempeño económico se basa en la aplicación de técnicas de regresión estadística, y muchas de ellas no resisten un escrutinio en profundidad. Un volumen considerable de literatura cuestiona las conclusiones de dichos estudios desde diferentes ángulos: la selección arbitraria y poco representativa del período estudiado (Stevens, 2003; Alexeev y Conrad, 2009; Wick y Bulte, 2009); la especificación incorrecta del modelo (Manzano y Rigobón, 2007); dudas persistentes sobre problemas de endogenización entre las variables explicativas seleccionadas (Wick y Bulte, 2009; Peretto, 2008); y el uso de técnicas estadísticas no muy apropiadas para medir el impacto del modelo (Lederman y Maloney, 2007a; Brunnschweiler, 2008; Sala-i-Martin, Doppeholfer y Miller, 2004). Estos son argumentos inequívocos que refutan la tesis de la maldición de los recursos y a los cuales nos referimos en detalle a continuación.

Como todo ejercicio estadístico, las regresiones para verificar el impacto de los recursos minerales sobre las tasas de crecimiento económico dependen o se ven afectadas por el período de tiempo analizado. En general, las tasas de crecimiento son medidas como un promedio para un período entre 20 y 25 años, generalmente a partir de 1965 o 1970; un período relativamente corto únicamente justificado por la disponibilidad de estadísticas más o menos confiables. Mientras que es plausible que algunas economías exportadoras de recursos hayan experimentado un menor crecimiento a lo largo de este período, el punto importante consiste en examinar el efecto de los recursos minerales sobre el crecimiento económico a lo largo de todo el ciclo de explotación, desde el descubrimiento y la explotación comercial hasta el agotamiento del recurso. Por ejemplo, la mayoría de los países exportadores de petróleo y minerales empezaron la explotación de su riqueza mineral en los años cincuenta o sesenta del siglo pasado y para 1970 habían alcanzado ya altas tasas de crecimiento.

Por consiguiente, aun si la literatura empírica existente es correcta, es factible que la abundancia de recursos se traduzca en elevadas tasas de crecimiento en las fases tempranas de extracción y estas tasas disminuyan a medida que la explotación entra en su fase de maduración, aun si la tasa de explotación del recurso corresponde a una tasa óptima de explotación (Boyce y Emery, 2005). Sin embargo, esta tendencia no significa una maldición. El PIB, evidentemente, incluye el valor del petróleo, gas o minerales, y para las economías mineras o petroleras este componente es crucial. El problema consiste en el riesgo de una selección arbitraria de períodos de tiempo que, por diversas particularidades, pueden introducir distorsiones en los fenómenos que se trata de estudiar. Por ejemplo, un estudio toma como base para argumentar acerca del pobre desempeño sobre la base del PIB per cápita en el período 1985-1997 (Auty, 2001). Sin embargo, en este período, como lo señala Stevens (2003, pág. 6), el precio real de un barril de petróleo cayó de $42,7 a $20. Para un país cuya economía depende de los ingresos petroleros, no es una sorpresa que el PIB per cápita registre una caída a lo largo de ese período. Otro ejemplo, referido más adelante, es justamente la selección por parte de Sachs y Warner del período 1970-1990 que incluye la llamada “década perdida”, en la que justamente los países exportadores de petróleo y minerales fueron los más afectados por el descenso de los precios (Manzano y Rigobón, 2007).

La tesis de la maldición de los recursos ha sido también seriamente cuestionada desde el punto de vista de la técnica estadística apropiada para estimar su impacto (Lederman y Maloney, 2007a, pág. 3). Un número considerable de estudios demuestra que tanto el uso de técnicas estadísticas más avanzadas y apropiadas, así como especificaciones diferentes de la ecuación de regresión, conducen a resultados contradictorios, o por lo menos no permiten confirmar la tesis de la maldición de los recursos (Lederman y Maloney, 2007a; Brunnschweiler, 2008; Sala-i-Martin, Doppeholfer y Miller, 2004; Alexeev y Conrad, 2009; Wick y Bulte, 2009). En esta línea de análisis, Lederman y Maloney (2007b) señalan que las conclusiones del análisis estadístico de Sachs y Warner no son robustas frente a diferentes medidas de abundancia de los recursos o técnicas de estimación (pág. 32). Por el contrario, estos autores concluyen que, independiente de las técnicas econométricas de estimación, diferentes indicadores plausibles sobre la incidencia de las exportaciones de recursos naturales, antes que un efecto negativo, tienen un efecto positivo en el crecimiento económico. Así, al considerar en las regresiones de Sachs y Warner el indicador de Leamer (exportaciones netas de recursos naturales por trabajador), el impacto negativo de la abundancia de recursos sobre el crecimiento desaparece. El mismo resultado se obtiene cuando se incorpora el índice de Hirfindahl sobre diversificación de exportaciones. Añaden estos autores que “simplemente no existe una maldición de los recursosy que “deberíamos desechar la idea [de] que la abundancia de recursos es nociva para el desarrollo y considerar una agenda de investigación sobre los mecanismos a través de los cuales estos pueden tener un efecto positivo” (pág. 33).

En la misma línea de análisis, y sobre la base de la aplicación de dos métodos de estimación, C. Brunnschweiler (2008) concluye que las estimaciones transversales para el período 1970-2000 no muestran evidencia de un efecto negativo de la abundancia de recursos minerales sobre el crecimiento de los países. Por el contrario, si se toma la riqueza de recursos per cápita como indicador de la abundancia, se constata una correlación positiva entre estas dos variables. Concluye esta autora en la necesidad de mayor cautela al evaluar los efectos negativos de los recursos sobre las economías de los países, incluyendo la sugerencia de mantener estos recursos en el subsuelo para evitar impactos adversos sobre el desarrollo (2008, pág. 412). En definitiva, las regresiones transversales entre países son notoriamente sujetas a sesgos. Si los países fallan en lograr economías productivas sobre la base de sus recursos, indicadores como la dependencia de recursos (fracción de recursos en las exportaciones) pueden servir como proxies del fracaso del desarrollo por varias razones que tienen poco que ver con los recursos mismos. “Lo que podríamos tener es un conjunto de países cuyas instituciones y estructuras políticas han fallado en promover un crecimiento sostenido” (Wright y Czelusta, 2007, pág. 184).

Un detallado análisis econométrico llevado a cabo por Sala-i-Martin et al. (2004) con el objeto de examinar la robustez de un total de 67 variables potencialmente explicativas del crecimiento económico encuentra 18 variables parcialmente correlacionadas con el crecimiento, entre las cuales la abundancia de recursos (fracción de exportaciones mineras con respecto al PIB) muestra una correlación positiva (pág. 827). Es decir, la dotación de recursos favorece el crecimiento económico. El ejercicio se basa en la aplicación de avanzados métodos de estimación (Bayesian Averaging of Classical Estimates [BACE]). Sin embargo, análisis similares muestran que si bien la abundancia de recursos no repercute directamente en el crecimiento, este puede verse afectado por la calidad de las instituciones que, a su vez, se ven seriamente afectadas por el nivel de rentas provenientes de la exportación de petróleo o minerales (Sala-i-Martin y Subramanian, 2003; Leite y Weidmann, 2002).

En el mismo sentido, otros autores, como Alexeev y Conrad (2009), afirman categóricamente que las estadísticas disponibles no permiten sostener una interpretación del efecto negativo de los recursos sobre el crecimiento económico. Por el contrario, estos autores demuestran que una alta dotación de petróleo y otros recursos minerales tienen un impacto positivo en el PIB per cápita y concluyen que la dotación de recursos minerales afecta positivamente las tasas de crecimiento a largo plazo de los países (pág. 592). Añaden estos autores que las conclusiones sobre la maldición de los recursos naturales tienen su origen una interpretación errónea de la información disponible (pág. 586). Las conclusiones del estudio mencionado son claras: en primer lugar, que la abundancia de petróleo y recursos minerales ha promovido antes que inhibido el crecimiento económico; segundo, que la dotación de petróleo y minerales es neutra respecto a la calidad de las instituciones de un país. “La riqueza que da origen al aumento del PIB no necesariamente conduce a mejores instituciones, pero tampoco causa su deterioro” (pág. 587). Una conclusión similar es alcanzada por Stijns (2001), quien demuestra que no existe evidencia de un efecto negativo de la abundancia de recursos sobre la calidad de las instituciones.

Respecto a la formulación de los modelos que sustentan los estudios, varios artículos observan serios errores de inconsistencia entre las variables independientes, tanto a nivel de endogenización como a nivel de especificación del modelo de regresión utilizado (Stijns, 2001; Wick y Bulte, 2009). Por ejemplo, Stijns (2001) explora si la relación negativa entre abundancia de recursos y crecimiento económico se sostiene al usar datos reales acerca de reservas y producción de energía y minerales como variables endógenas del modelo. Este autor demuestra que, al usar medidas físicas de las reservas de energía o minerales como indicadores de abundancia, estas variables no constituyen un determinante estructural significante sobre el crecimiento económico entre 1970 y 1989 (pág. 35).

Por último, varios autores coinciden en que las evidencias presentadas en los análisis no resisten la inferencia acerca de un efecto negativo derivado de la existencia de recursos, aun si existe alguna correlación inversa entre los recursos y el crecimiento económico (Wick y Bulte, 2009; Boyce y Emery, 2005; Bravo-Ortega y de Gregorio, 2007; Peretto, 2008). Refiriéndose a los clásicos modelos tipo Hotelling, Wick y Bulte (2009) señalan que el descubrimiento de recursos no necesariamente implica un aumento de las tasas de crecimiento económico. Lo que sí se observa es un salto instantáneo de los niveles de ingreso. Sin embargo, la teoría predice que las rentas caerán durante la fase de extracción en la medida que se agota el stock del recurso. Aun si el crecimiento económico es menor durante la fase de extracción, el ingreso durante el período de extracción (y posteriormente si las rentas son invertidas apropiadamente) será superior a una situación contrafáctica sin la explotación del recurso. Como resultado, es difícil reconciliar los resultados del modelo estándar con la perspectiva de la maldición de los recursos. “¿Por qué los países tienen que ser maldecidos si sus niveles de ingreso aumentan, aunque sea de manera temporal?” (Wick y Bulte, 2009, pág. 150). Definitivamente, tenemos que admitir que la abundancia de recursos está positivamente correlacionada con el nivel de ingreso (Peretto, 2008; Boyce y Emery, 2005; Bravo-Ortega y de Gregorio, 2007).

Exorcizando la maldición

Si la tesis del efecto negativo de los recursos sobre las economías de los países exportadores de materias primas carece de sustento, entonces surge el interrogante sobre la existencia de otra variable explicativa que justifique una supuesta relación inversa abundancia-crecimiento. Esta es la pregunta que se plantean Manzano y Rigobón (2007), quienes llegan a la conclusión de que el efecto de la abundancia de recursos, medida como la fracción de exportaciones de recursos primarios respecto al PIB, está altamente correlacionada con el explosivo endeudamiento de varios países en desarrollo a lo largo de los años setenta. Utilizando las series históricas y el método de estimación del estudio de Sachs y Warner (ver nota 23), estos autores concluyen que la maldición de los recursos en realidad no es acerca de los recursos per se, sino acerca de una tendencia persistente de sobreendeudamiento por parte de los países que experimentaron un boom de exportación de recursos naturales (pág. 44). Señalan estos autores que a lo largo de los años setenta los precios de los bienes primarios experimentaron un crecimiento sostenido. En el quinquenio 1970-1975, los precios del carbón, hierro y cobre se duplicaron y, a lo largo de la década, el petróleo y el gas natural experimentaron su propio boom. Este aumento de precios condujo a los países exportadores a usar sus reservas minerales y energéticas como garantía, o por lo menos como un indicador de la capacidad de pago, para un agresivo endeudamiento, muchas veces presionado por los acreedores, quienes ante la necesidad de reciclar la lluvia de petrodólares otorgaban generosos préstamos bajo la hipótesis implícita de que los países contarían con ingresos suficientes provenientes de la exportación de sus recursos para el cumplimiento de sus obligaciones en el futuro.

El optimismo del endeudamiento duró poco. Los años ochenta se caracterizaron por una significante caída de los precios; casi todos los recursos primarios experimentaron descensos hasta de un orden de alrededor del 40 por ciento, lo que dejó a los países con un peso exorbitante de deuda, sin capacidad para nuevo endeudamiento y con un reducido flujo de divisas para el cumplimiento de sus compromisos de pago. Drásticas políticas de ajuste y contracción de las economías fueron la respuesta a lo largo de una década de crisis permanentes, conocida como la “década perdida”, por lo que el período analizado por Sachs y Warner no es históricamente representativo al incluir esta década perdida de los años ochenta (Ferranti, Perry, Lederman y Maloney, 2002, pág. 6). Por lo tanto, en la muestra analizada por estos autores, la maldición del bajo crecimiento parece ser un problema de sobreendeudamiento, y es precisamente la relación deuda/PIB la variable que explica el efecto aparentemente adverso de los recursos naturales en el crecimiento a lo largo de las décadas 1970-1990 (Manzano y Rigobón, 2007, pág. 44). Más aún, estos autores demuestran que al incluir en la regresión la variable endeudamiento externo/PIB, esta variable se muestra altamente significativa y, por el contrario, el coeficiente de la abundancia de recursos se torna insignificante, confirmando la hipótesis de que la variable altamente correlacionada con la abundancia de recursos fue efectivamente el alto endeudamiento de los países (pág. 58).

Por la claridad de las hipótesis y la transparencia del análisis, una mención particular amerita el estudio de G. Davis (1995). Este autor analiza el comportamiento del crecimiento de 91 países en desarrollo a lo largo del período 1970-1991 sobre la base de un índice de dependencia de recursos minerales, definido este como el promedio de las exportaciones de minerales como porcentaje de las exportaciones totales y la contribución de las actividades extractivas al producto bruto. Aclarando que la contabilidad nacional incluye como ingreso la renta proveniente de la explotación de los recursos mineros, sin reconocer que en realidad se trata de una disminución de la riqueza, los resultados del estudio muestran que 22 países definidos como economías intensivas en minerales siempre han ocupado, a lo largo del período estudiado, un nivel de desarrollo superior respecto al resto de los países, esto para todos los indicadores que constituyen el índice de desarrollo humano[5]. Así, por ejemplo, en este período, el IDH de estos países aumentó en un 23,1 por ciento en promedio, mientras que en el resto de los países este aumento fue de únicamente un 16,3 por ciento, en promedio. La explicación es simple: los ingresos provenientes de la exportación de recursos naturales permiten financiar una cobertura más amplia de servicios. Por ejemplo, Stinjs (2001) demuestra que la disponibilidad de reservas de petróleo y gas está asociada a una mejor educación (tasa de escolarización) simplemente porque los ingresos del petróleo y gas permiten financiar una mayor cobertura de este servicio. Davis concluye de una manera clara y categórica:

La maldición de los recursos, en cualquier caso, sería una excepción y no la regla. […]. Las economías intensivas en recursos minerales no son maldecidas, no han tenido un pobre desempeño en el largo plazo, no han sido diezmadas por la enfermedad holandesa. Estas economías han tenido un buen desempeño y, ciertamente, la explotación de recursos minerales puede ser la causa. […]. Aceptar la tesis que la explotación de recursos es perjudicial para la economía significaría que estos países hubieran estado en una mejor situación si los recursos minerales no hubieran sido descubiertos. La política óptima de sus gobiernos debería haber sido declarar ilegal la explotación de esos recursos y cualquier descubrimiento accidental confiscado para evitar su explotación. Todos los minerales, con excepción de aquellos necesarios para sus industrias, deberían haber sido importados” (1995, págs. 1776-1777).

Por último, advierten algunos autores que uno de los problemas de aquella visión sesgada y negativa de los recursos naturales tiene que ver con la escasa atención que prestan los estudios al carácter económico de los recursos minerales o al concepto de “abundancia de recursos” (Wright y Czelusta, 2004). Ellos son abordados bajo enfoques de “caja negra”. Casi sin excepción, los estudios equiparan exportación de minerales con abundancia de recursos, vistos estos como una reflexión directa de un simple legado geológico, dado exógenamente. Cuando los ingresos provenientes de las actividades relacionadas con la explotación de los recursos son analizados, los términos como “dinero caído del cielo” (windfalls) o booms son parte del lenguaje utilizado. La utilización de estos sinónimos es simplemente cuestión de conjeturas implícitas, generalmente no cuestionadas y a menudo no reconocidas, en lugar de análisis o demostraciones.

Conclusión

En general, la tesis sobre la maldición de los recursos provee evidencia de una correlación entre la abundancia de recursos y varias modalidades de desarrollo simplemente infiriendo una relación de causalidad a partir de un patrón de covariación. Si la variable asumida como la causa (dependencia de los recursos) está fuertemente correlacionada con el fenómeno que se trata de explicar (crecimiento económico), entonces el investigador formula una inferencia causal. En general, los análisis de regresión evalúan simultáneamente la correlación de diferentes variables (variables independientes) con el resultado (variable dependiente), y el objetivo consiste en encontrar cuál de las variables independientes explica el mayor grado de variación de la variable dependiente; es decir, se trata de establecer una jerarquía de importancia entre las variables independientes que compiten entre ellas en la explicación de la variación del fenómeno estudiado (Ragin, 2000). Entonces, bajo los enfoques de la investigación estadística, las variables explicativas son abordadas como causas analíticamente separables que se agregan para explicar el fenómeno estudiado. En otras palabras, estos enfoques asumen un proceso de causalidad lineal y aditivo en el que cada variable es considerada como un factor autónomo con capacidad independiente para influir en la intensidad o probabilidad del comportamiento de la variable dependiente, sin tener en cuenta la variedad de contextos definidos por otros factores de causalidad. Esta visión de los “efectos netos” (Ragin, 2008) de las variables explicativas presenta otro serio inconveniente: en la realidad, la dirección de causalidad puede ir en sentido contrario; en otros términos, la dependencia de los recursos naturales puede ser un síntoma y no la causa del subdesarrollo (Rosser, 2009).

Un segundo factor que hay que tener en cuenta es que la tesis de la maldición de los recursos corresponde a una concepción altamente esencialista. Según este enfoque, todos los países dotados de una abundancia de recursos serían más o menos homogéneos en términos de su desempeño económico, regímenes políticos y solidez de sus instituciones y, por consiguiente, sus respuestas ante los flujos de las rentas serían, así mismo, similares. El problema consiste en que, al establecer una correlación entre dos variables, los casos individuales se invisibilizan, pierden su identidad, y son las variables las que se posicionan en el centro del análisis. Mejor dicho, no se trata de casos, sino de observaciones estadísticas que pertenecen a una misma “población” y su relevancia depende de su “representatividad o aleatoriedad o una mezcla de ambas” (Ragin, 2000, p. 31). Esta es una de las razones por las cuales la literatura tiende a ignorar los numerosos casos en los que la abundancia de recursos ha desencadenado procesos sostenidos de crecimiento económico. Además de economías desarrolladas como Australia, Finlandia, Canadá y Nueva Zelandia, entre otros, economías en desarrollo como Bolivia, Chile, Botsuana, Malasia e Indonesia han mejorado notablemente el nivel de bienestar de sus poblaciones bajo el efecto de la exportación de sus recursos naturales (Auty, 2007; Blomström y Kokko, 2007; Larsen, 2005; Wright y Czelusta, 2004; Mikesell, 1997)[6]. Se desconoce así que entre la abundancia de recursos y el desempeño económico median factores políticos y sociales que son, en definitiva, los que determinan trayectorias divergentes de desarrollo, aunque no existe acuerdo sobre el peso de estos factores (Ross, 2015).

Por último, la literatura ocasionalmente reconoce la existencia de algunas excepciones a la regla de la maldición de los recursos. En este caso, la tesis sería menos determinística y estaría relacionada más con decisiones políticas (Auty, 2007). Muchas economías sustentadas en la exportación de recursos minerales han tenido un pobre desempeño no porque hayan sobreenfatizado la dependencia de estos recursos sino porque han fracasado en desarrollar su potencial mediante políticas apropiadas. Los recursos, en sí mismos, no son nocivos para el crecimiento económico: ellos se convierten en un problema en ausencia de sólidas instituciones (Wright y Czelusta, 2004; Aragón, Chuhan-Pole y Land, 2015), o en palabras de Stiglitz, “la maldición de los recursos no es una fatalidad del destino, sino una elección” (Stiglitz, 2006, p. 198). Este problema es sintetizado por los investigadores Schuldt y Acosta (2006, pág. 81), quienes con claridad sostienen que

A la larga, la exportación de materias primas no renovables tiende a “desarrollar el subdesarrollo”. Y esto no es culpa exclusivamente del imperialismo, ni del Fondo Monetario Internacional, ni de la posesión de riquezas naturales, ni de las empresas mineras o petroleras. El problema radica en los gobiernos, los empresarios e incluso la ciudadanía de nuestros países subadministrados: no hemos sido capaces de idear las políticas económicas y las reformas legales-estructurales requeridas, ni pudimos conformar las alianzas y los consensos necesarios para aprovechar las enormes potencialidades y asegurar la transición de economías dependientes hacia economías autodependientes, con integración nacional y mercado interno; en suma, hacia sociedades autosustentables.


  1. Citado en Ross (2006).
  2. En su forma reducida, la especificación de la ecuación de regresión analizada por estos autores es como sigue (Sachs y Warner, 1997): Ln(PIB89/PIB70) = α0 + α1*SXP + α2*SOPEN + α3*INV70-89 + α4*RL + * α5*DTT,(1) en donde las variables denotan, respectivamente, la fracción de las exportaciones de productos primarios en el PIB (SXP), la fracción de años en los que la economía se considera una economía abierta (SOPEN), la relación entre las inversiones y el PIB (INV), un índice de gobernanza (RL) y la relación de índices de precios de exportación-importación (DTT).
  3. Una influyente publicación sobre los efectos de los ingresos petroleros señala que “el Ecuador se benefició considerablemente del dinero caído del cielo. […]. La expansión del gasto del Gobierno, reforzada por incentivos de una variedad de políticas, aumentó la tasa de crecimiento económico mucho más alta que cualquiera experimentada a lo largo del siglo. […]. Probablemente el mayor efecto social de la expansión económica de los años setenta fue la creación de oportunidades de empleo que contribuyeron a la reducción de la pobreza. […]. Entre 1970 y 1981 la tasa de analfabetismo cayó del 31,6 por ciento al 14,5 por ciento, […] y el índice de mortalidad infantil descendió de 108 a 76 […]” (Marshall-Silva, 1988, págs. 191-195). A esto podemos agregar que la esperanza de vida pasó de un promedio de 59,5 años en el quinquenio 1970-1975 a 76,7 años en el quinquenio 2015-2020. Es decir, en 50 años de explotación petrolera, la esperanza de vida de la población aumentó en 17,2 años.
  4. Alexeev y Conrad (2009) presentan como una paradoja anecdótica el ejemplo de Bielorrusia, Rusia y Ucrania. Estos países tienen una cultura, instituciones y estructura económica muy similares por tratarse de culturas eslavas y por su integración por muchos años en el sistema soviético. Una diferencia importante entre ellos es su dotación de recursos naturales: Rusia tiene inmensos depósitos de petróleo, gas y minerales, Bielorrusia prácticamente carece de estos recursos y Ucrania se sitúa en el medio. Si la maldición de los recursos fuese una realidad, Rusia debería tener las peores instituciones y el más bajo PIB per cápita, mientras que Bielorrusia debería tener los mejores indicadores. Sin embargo, la realidad contradice dramáticamente estas predicciones. Evidentemente otros factores explican la divergencia entre estos países; sin embargo, la comparación es instructiva porque muestra una cruda divergencia entre la realidad y la predicción basada en la maldición de los recursos naturales (pág. 596).
  5. Las categorías incluyen: esperanza de vida, mortalidad infantil, consumo de calorías per cápita, población con acceso a agua potable, población con acceso a servicios sanitarios, población escolarizada y alfabetismo de la población adulta.
  6. Más del 60 por ciento de las exportaciones de Noruega, Australia y Nueva Zelandia consisten en materias primas. La teoría del crecimiento económico a partir de productos básicos (the staple theory) explica el desarrollo económico de Canadá sobre la base de los impulsos provistos por la exportación de varios recursos naturales (pesca, pieles, minerales, madera, papel y trigo) y las inversiones que estos recursos dieron lugar (Ramos, 1998). En la misma línea, “ya en los años 2011-2012 la minería representaba el 8 por ciento del PIB en Australia, y considerando los sectores relacionados directamente con esta actividad, la contribución aumentaba al 22 por ciento” (Scott-Kemmis 2012).


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