Posextractivismo, alternativas al desarrollo,
buen vivir y otras ficciones
Si no sabes, inventa algo que te haga dueño del pasado, del presente y del futuro, cuando se haga creencia ya no importará si es verdad o no.
Carlos Arcos[1]
Walter Benjamin, en su ensayo Sobre el concepto de historia[2], plantea como ix tesis la reflexión siguiente:
Hay un cuadro de Paul Klee que se llama Angelus Novus. Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Los ojos se le ven desencajados, tiene la boca abierta y las alas desplegadas. El ángel de la Historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Esta tempestad es lo que nosotros llamamos progreso.
Con esta metáfora, Benjamin intenta explicar el marco de la modernidad sobre la cual la sociedad ha ido construyendo una ilusión de progreso ascendente, donde los viejos esquemas quedan atrás y la promesa de un futuro pleno se abre en el horizonte. Al estar su mirada dirigida hacia el pasado, Habermas sostiene que el ángel representa la posibilidad de transformación o de redención, una retrospectiva que se enfrenta a los horrores ocurridos. El filósofo B. Echeverría coincide con esta interpretación al sostener que
… en esta historia, que se muestra dominada por el mal, vislumbra sin embargo la posibilidad de que aparezca algún día el momento de la redención, del acto o el sacrificio mesiánico capaz de integrar al mal humano en el bien universal, revertir ese sentido desastroso de la historia y de (re)abrir las puertas del paraíso para el ser humano.
De ahí, para este filósofo, nace un utopismo que consiste en
… una manera determinada de estar en el mundo en que vivimos; de vivirlo como un mundo que normal o efectivamente es imperfecto, incompleto, “inauténtico”, pero que tiene en sí mismo, coexistente con él, una versión suya, perfecta, acabada o “auténtica”. […]. La percepción del mundo como esencialmente perfectible es propia del utopismo occidental. La percepción del mundo como una realidad que tiene en sí misma otra dimensión, virtual; una dimensión mejor que “quisiera” ser real pero que no lo puede ser porque el plano de lo efectivamente real está ocupado –aunque defectuosamente–.
La alegoría del Ángel de la Historia, que mira hacia el pasado descubriendo la barbarie allí donde la historia se percibe como un continuo, alude también una transición de “la idea de la historia de los vencedores a la idea de historia como memoria de los vencidos y de las víctimas” (González García, 2020, pág. 144). Para ello, se recurre al uso de antiguos materiales para construir tradiciones inventadas de género nuevo para propósitos nuevos. El historiador Eric Hobsbawm, en su ensayo La invención de la tradición (2002, pág. 12), sostiene que “una gran reserva de estos materiales se acumula en el pasado de cualquier sociedad, y siempre se dispone de un elaborado lenguaje de práctica y comunicación simbólica”. Añade este autor que las nuevas tradiciones, al utilizar viejos materiales, se ven forzadas a inventar nuevos lenguajes y concepciones, o ampliar el viejo vocabulario simbólico más allá de los “límites bien establecidos”. Este recurso de un reiterativo uso de íconos del pasado es “un síntoma que revela la ansiedad sobre un futuro incierto y el deseo de proveer un fundamento estable para un agitado presente” (Coronil, 2011, pág. 262).
Todas estas metáforas son poderosamente sugestivas para explicar y entender aquella tesis que ronda, ya desde hace algunos años, en grupos ambientalistas, ONG y, sobre todo, en ciertos círculos académicos. Se trata de aquella visión utópica de un Estado de plenitud o buen vivir al cual nos conducirá una transformación radical que empieza por liberarse de la “maldición” de más de quinientos años de sometimiento a la explotación y destrucción de la naturaleza, el extractivismo, para alcanzar la promesa de un supuesto paraíso.
Pero, al contrario del Angelus Novus, que “sobrevuela horrorizado las cenizas que arroja el pasado, al tiempo que no puede escapar del futuro arrastrado por la vorágine del progreso”, esta nueva utopía nos ofrece otra vía de escape, esta vez trazada por la nostalgia del regreso a un Edén imaginario: el retorno a la naturaleza, a lo simple, a lo comunitario; una propuesta de ruralización de un mundo en el que más del ochenta por ciento de su población habita en ciudades. Ante la incapacidad de observar el presente, se opta por escudriñar el pasado, como el pájaro imaginario descrito por Borges, “que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo”[3].
Así, impregnada de un miedo latente que se expresa en una visión apocalíptica del mundo acompañada de un repertorio lingüístico de catástrofe, desastre y destrucción, esta utopía ofrece seguridad en la construcción de una Babel (esta vez horizontal, rural) mediante una combinación de sistemas de producción y tecnologías amigables con seres humanos frugales y austeros. Solamente así podremos celebrar el jubileo de una nueva época simbolizada en la idea de un buen vivir. Al igual que los mitos creados en torno al cambio climático (Hulme, 2009), el discurso de salida del extractivismo, de las alternativas al desarrollo y del buen vivir tendría una explicación en los “instintos humanos por nostalgia, miedo y justicia, cada uno con hondas raíces en la mitología judeo-cristiana occidental” (pág. 340).
Extractivismo y buen vivir
La propuesta de un Estado de buen vivir es parte de un discurso englobante en el que el rechazo a la idea de desarrollo y del modo de producción extractivista, en particular, es el marco de referencia ideológico. Posdesarrollo, alternativas al desarrollo, buen vivir y otros más son el nuevo léxico utilizado para fundamentar un supuesto proyecto político, la salida del extractivismo, una visión abstracta y utópica, más cercana a una declaración de principios que a un programa político económico viable. El razonamiento es simple: “El desarrollo es una idea dominante, donde una de sus expresiones actuales más vigorosas es el extractivismo” (Gudynas, 2013, pág. 190); por consiguiente, “partimos de la necesidad de rechazar la categoría de ‘desarrollo’ y buscar, más bien, alternativas al desarrollo” (Acosta, Martínez y Sacher, 2013, pág. 309), ya que “consideramos que el desarrollo nos ata irremediablemente a un imaginario determinado, occidental, capitalista y colonial, que pretende que los excluidos sigan un camino trazado por el Norte Global para lograr su inclusión en el modo de vida hegemónico” (Lang, 2011, pág. 13). Esta argumentación ha ido afianzándose con una tendencia a instalarse en la academia como un pensamiento hegemónico bajo un discurso a la vez ecológico y social, con una peligrosa propensión a borrar las fronteras ideológicas entre visiones de izquierda y de derecha.
La visión de una “utopía andina” (Ávila, 2019), como alternativa al desarrollo, tiende a negar que la pobreza originalmente no existía en el Tercer Mundo; que la escasez, epidemias e ignorancia no cobraban víctimas en el pasado; que la opresión, las jerarquías y la violencia eran desconocidas en las sociedades ancestrales o que estas se alimentaban “sin necesidad de remover el suelo, cortar árboles o derramar sangre” (Miller, 2007, pág. 30). Bajo este discurso, asociar cualquier rasgo del desarrollo con Occidente es suficiente para condenarlo sin ningún cuestionamiento, como si Occidente fuera único y todo lo que hace es perverso (Nanda, 1991). Se plantea así una visión binaria del mundo al dividirlo entre el norte diabólico y el noble sur, la víctima. En esta línea de razonamiento, al investir las alternativas de desarrollo locales con un hálito de romanticismo, tácitamente se asume un esnobismo en reversa según el cual los conocimientos indígenas ancestrales son superiores a la ciencia occidental, “equiparando el misticismo de los chamanes con la ley de la gravedad” (Peet y Hartwick, 2009, pág. 236). Más aún: a la crítica de la modernidad y de un desarrollo sustentado en una ciencia occidental y burguesa, se añade otra categoría, la categoría de género. El desarrollo, por lo tanto, se vuelve “un proyecto occidental, colonialista y patriarcal o, simplemente, blanco, capitalista y machista” (Nanda, 1991, pág. 35).
La tesis de una salida del modelo de desarrollo extractivista no propone alternativas concretas. El futuro, el buen vivir, se plantea como una meta difusa, un mejoramiento vago y continuo, sin un punto de llegada concreto, adquiriendo las tonalidades de una religión secular. Entonces, la dimensión política de los problemas no es abordada como el resultado de confrontaciones desiguales de clases, de la apropiación del excedente económico o del fracaso de las instituciones, sino bajo dimensiones que terminan adquiriendo un sentido moral: una dimensión individual (“satisfacción personal, autorrealización, paz interior”), una dimensión comunitaria (“organización social para la vida en plenitud”), una dimensión cósmica (“inserción en la solidaridad cósmica”) (Ávila, 2019, pág. 330). Estaríamos frente a una suerte de proyecto eugenésico que no persigue la transformación biológica de mujeres y hombres a mediano plazo, pero sí la generación providencial e inmediata de una nueva especie de ciudadanos y ciudadanas dentro de la nueva sociedad del buen vivir. Las palabras de B. Echeverría sobre la idea del ethos barroco resultan muy pertinentes a propósito del discurso extractivista:
Un discurso político inservible en la discusión que se desenvuelve en el escenario formal de la política, en la lucha ideológica, estratégica y táctica de los frentes, los partidos, las fracciones y los individuos que protagonizan las tomas de decisión colectiva y pretenden “hacer la historia”.
Un discurso esencialista
En este contexto altamente ideologizante, todo el pensamiento sobre el desarrollo es presentado en términos de un proyecto monolítico según el cual, independientemente del tiempo, lugar y modalidad, constituye un ejercicio de poder de las potencias occidentales sobre los pueblos no occidentales. Se tiende a pasar por alto que
… el discurso antidesarrollo con sus variantes del sumak kawsay y buen vivir son construcciones sociales que no pueden explicarse en función de sí mismas so pena de reproducir posiciones esencialistas y tampoco al margen de un complejo entramado histórico y social –fuera del cual se puede dar lugar a reduccionismos culturalistas– desde donde adquieren sentido, reactualizan y disputan la elaboración de alternativas sociales en contextos de cambio (Cortez, 2014, pág. 345).
Más aún, el discurso sobre el posdesarrollo o alternativas al desarrollo, al atacar el significante –una palabra–, sin tener en cuenta que cubre un número grande de significados o prácticas, cae en una visión esencialista. Así, bajo una misma rúbrica, se descalifican, con los mismos argumentos, teorías y corrientes de pensamiento antagónicas y radicalmente diferentes en sus bases teóricas, contenidos, visión e intenciones, fusionándolos bajo el desgastado membrete de modernidad. Tal es el caso de corrientes tan disímiles como la teoría de la dependencia, la teoría del despegue, la corriente de la economía política radical, la teoría neoliberal del crecimiento, la teoría de la modernización o el keynesianismo. Resulta paradójico que el posextrativismo, que se inscribe en las corrientes de pensamiento posestructurales y posmodernistas, con su énfasis en la diferenciación y fragmentación, otorgue un tratamiento de hegemonía monolítica a las corrientes sobre el desarrollo (Peet y Hartwick, 2009).
Además, este esencialismo discursivo ignora por completo la diversidad planetaria de los países, presentando el desarrollo como una experiencia o fracaso homogéneo, sin distinciones entre la emergencia de países de industrialización reciente, las diferencias entre economías extractivas y no extractivas y, por supuesto, la aparición de un Cuarto Mundo. Esta visión homogénea se extiende también al momento de hacer una evaluación de los resultados del desarrollo. La crisis de endeudamiento, la pobreza, las hambrunas periódicas, la desnutrición y la violencia que afectan a numerosas regiones del mundo serían el resultado del desarrollo (Escobar, 1995, pág. 4). Entonces, el discurso y la estrategia de desarrollo habrían producido su opuesto: un subdesarrollo masivo, empobrecimiento, explotación y opresión, crisis recurrentes de endeudamiento, desnutrición, violencia; los signos más destacados de más de seis décadas de desarrollo. Es verdad que el mundo está lejos de haber solucionado los problemas básicos de la pobreza (1,5 billones de personas viven en niveles de pobreza abyecta), pero nos preguntamos si este número escandaloso puede ser atribuido al fracaso del desarrollo, a un desarrollo desigual o a un desarrollo atrofiado. De todas maneras, el discurso sobre el fracaso del desarrollo debería tener en cuenta un hecho elemental: en los últimos cincuenta años, la esperanza de vida se ha duplicado en muchos países del Tercer Mundo.
El discurso del posdesarrollo o alternativas al desarrollo y su visión esencialista se manifiesta claramente cuando aborda el tema del extractivismo. La llamada enfermedad holandesa, los términos desiguales de intercambio, la afectación al crecimiento o el impacto sobre las instituciones, además de elusivos y no comprobables, son los mismos, independientemente del contexto histórico, social y económico en donde se llevan a cabo actividades de explotación de recursos. Estaríamos frente a leyes universales de las cuales al menos los países en desarrollo no tienen escapatoria. Se ignora la diversidad de experiencias; se pasa por alto el hecho de que algunos países, hoy desarrollados, construyeron sus economías sobre la base de la explotación de sus recursos y, aún hoy, las actividades extractivas representan un peso importante en sus economías. Se desconocen casos exitosos en los que, a partir de un recurso natural, tanto en países desarrollados como menos avanzados, se desencadenaron procesos de innovación, desarrollo tecnológico y aprendizaje que permitieron crear a partir de un recurso natural cadenas de valor de alta tecnología.
Así, en lugar de ofrecer una alternativa para enfrentar políticamente los problemas que plantea una gestión racional de los recursos, se tiende a negar o recusar la politicidad de tales problemas y se la sustituye por una versión compensatoria e imaginaria: la salida al extractivismo. Retomando el pensamiento de Sánchez Parga (2011), estaríamos frente a un fenómeno de la necesidad imperiosa de suprimir los significantes políticos en el debate y sustituir su potencial teórico por un potencial retórico. Entonces, habría que preguntarse “qué significantes políticos son inhibidos o suprimidos bajo estos neologismos fetiches tan excesivamente retóricos como teóricamente precarios” (pág. 34).
Extractivismo, desarrollo y neoliberalismo
Asociar la abundancia de recursos naturales con los problemas del desarrollo es una idea de larga data. Para la corriente estructuralista, los recursos naturales están sujetos a términos de intercambio decrecientes y a la desestabilización de la volatilidad de los precios. Para los teóricos de la dependencia, es poco probable que los recursos naturales estimulen el crecimiento, especialmente si las multinacionales extranjeras dominan la extracción y les son permitidas la repatriación de las ganancias. La corriente marxista enfatiza que los gobiernos de las economías pobres están dominados por élites locales cuyos intereses están aliados no con los objetivos de desarrollo nacional sino con las corporaciones extranjeras. A estas corrientes de pensamiento se les puede agregar el planteamiento neoliberal con su tesis según la cual el control de los recursos naturales promueve un Estado proteccionista y de excesiva regulación, fenómenos típicamente emergentes de la abundancia de recursos que impiden la aparición de un sector privado competitivo. Más aún, la naturaleza de enclave de la explotación de minerales ha sido argumentada por el estructuralismo y la teoría de la dependencia ya que la ausencia o escasos encadenamientos con el resto de la economía tienden a amortiguar el estímulo que los booms de los precios pudieran tener en los sectores no minerales (Peet y Hartwick, 2009; Di John, 2009; Kahn y Komo, 2000).
Sea cual fuese la tesis adoptada para entender el papel de los recursos naturales, la idea de desarrollo subyace en las diferentes perspectivas. El concepto es evocado de una manera vaga y siempre implica una noción de progreso y modernización de las sociedades. La noción de desarrollo, al igual que las nociones de libertad, equidad o democracia, por ejemplo, son ideas que implican juicios de valor y, por lo tanto, las definiciones son múltiples. Así, la literatura es pródiga en interpretaciones, desde aquella posición de equiparar desarrollo con crecimiento económico (Acosta y Brand, 2018; Gudynas, 2013; Lang, 2011) hasta aquella de la “ilusión desarrollista” que consiste “en la idea o narrativa generalizada de que es posible para las zonas o unidades políticas situadas fuera del centro alcanzar los estándares de riqueza y bienestar fijados por Occidente” (Zapata y Benzi, 2021). Está fuera del alcance del presente ensayo entrar en un debate con estas posiciones. Simplemente partimos de la idea de que desarrollo significa lograr una vida mejor para cada uno:
… una vida mejor para la mayoría de la gente significa básicamente satisfacer las necesidades básicas: alimentación suficiente para mantener una buena salud; una vivienda segura y saludable; servicios asequibles para todos; y un tratamiento con dignidad y respeto. Más allá de la satisfacción de estas necesidades básicas para la sobrevivencia humana, el rumbo tomado por el desarrollo es sujeto de las visiones materiales y culturales de las diferentes sociedades (Peet y Hartwick, 2009, pág. 1).
Reconocemos que los países se ven constreñidos en la elección de opciones y estrategias para alcanzar sus objetivos de bienestar, principalmente por estar insertados en el marco de la economía-mundo capitalista en la que la existencia de una jerarquía internacional entre zonas centrales, periféricas y semiperiféricas anula o deja escasos grados de libertad para decisiones sobre alternativas posibles (Arrighi, 1990). Esta visión conduce a ver el desarrollo como una “ilusión”, visión que requiere ser matizada en dos sentidos. En primer término, las jerarquías impuestas no son estáticas, sino que están en constante cambio. Existen ciertos márgenes de maniobra que permiten, si no escapar, por lo menos flexibilizar el régimen de “parametrización” (Brenner, Peck y Theodore, 2010) que el capital internacional se empeña en imponer a las economías de la periferia. El superciclo que experimentaron las materias primas en la década pasada constituyó por cierto una posibilidad (Jepson, 2020) y, en una perspectiva de más largo aliento, los cambios de paradigmas tecnoeconómicos, con sus avalanchas de innovaciones e hipersegmentación de los mercados (Pérez, 2004), ofrecen ventanas de oportunidad para una inserción ventajosa de las economías de los países, especialmente aquello dotados de recursos naturales.
En segundo lugar, la visión del desarrollo tiene que abandonar una de sus ideas preferidas: deducir la adaptación de los países al sistema-mundo a partir de relaciones causales directas entre capitalismo periférico y centros de poder. Según la teoría de sistemas, los procesos de acoplamiento estructural de los sistemas (Maturana y Varela, 1987) nos dicen que la respuesta de un sistema a una perturbación de su entorno está determinada por la estructura interna del sistema, sin lugar a interacciones instructivas. “Con la clausura operativa los sistemas producen grados de libertad propios que pueden usufructuar hasta donde puedan, es decir, hasta donde el entorno lo tolere” (Luhmann, 2007, pág. 98). A este fenómeno de acoplamiento estructural entre un sistema y su entorno se refiere implícitamente Coronil al afirmar que
El capitalismo no solo se ha desarrollado al interior de las naciones, sino también entre ellas. Sin embargo, la identificación de la sociedad con la nación y el entendimiento de la nación como una unidad contenida en sí misma, a menudo conduce a la interpretación de los fenómenos económicos internacionales como proyecciones externas de la dinámica endógena de las naciones más avanzadas. […]. Por lo general se estudian las naciones capitalistas avanzadas como unidades autónomas, mientras que las sociedades periféricas se analizan en términos del impacto que tienen sobre ellas las naciones centrales. […]. Prevalece la idea de que las naciones periféricas se conforman a partir de fuerzas sistémicas externas. […]. Se entiende el capitalismo como una fuerza externa (2011, págs. 45-46).
Las observaciones anteriores son pertinentes por la asociación entre la idea de posextractivismo y superación del régimen neoliberal. Al igual que el fenómeno neoliberal, el extractivismo debe ser entendido como un proceso, concretamente como un grupo de procesos interconectados que se producen en contextos y escalas espaciales y temporales diferentes. Si bien se trata de procesos gobernados por características comunes, resulta errado conceptualizar estos fenómenos como un conjunto de principios y reglas que implican una relación unidireccional entre principios, programas y prácticas diseminados de una manera homogénea a lo largo del planeta (Peck y Tickell, 2002). Mientras la retórica neoliberal deriva parcialmente su poder de la imagen de un Estado ausente y de su idealizada contraparte, una entidad liberalizada y competitiva, el contenido de las estrategias reformistas neoliberales y su puesta en práctica en contextos diferentes y a diferentes escalas tienen cierto parecido. Sin embargo, el contexto local a nivel institucional, económico y social determina el estilo, la sustancia, los orígenes y los resultados de las políticas reformistas. De ahí la coexistencia de los imperativos neoliberales con una variedad de formas de Estados –populistas, autoritarios, extractivistas, desarrollistas o socialdemócratas–. Estas observaciones nos llevan a la conclusión de que tiene más sentido hablar de neoliberalización en lugar de neoliberalismo en abstracto. Este último se refiere a un fenómeno fijo y homogéneo, mientras que el primero refiere a un proceso espacial y temporal (Castree, 2008), sin que esto implique la posibilidad de generalizar ciertas abstracciones de contextos diferentes.
Hipótesis, argumentación y contenido
Hipótesis
Los recursos naturales, concretamente la explotación de los yacimientos minerales y energéticos, pueden, en principio, proveer los medios para apuntalar trayectorias sustentables de desarrollo. Como punto de partida, sostenemos que cualquier definición del extractivismo como un modo de acumulación económica debe partir de las siguientes constataciones básicas:
- “Los recursos naturales y el capital generalmente no son substitutos. […]. La producción sin recursos es una tesis irreal que no merece un análisis posterior” (Daly, 1997).
- Un crecimiento económico nulo o moderado, la desmaterialización de las economías o el progreso tecnológico pueden reducir, pero no anular, el crecimiento de la demanda de recursos; las futuras tecnologías tienen que reconocer sus límites y conformarse con la ley de la entropía (Georgescu-Roegen, 1979).
- La demanda de recursos naturales continuará un crecimiento sostenido ya sea para satisfacer la “voracidad” de recursos de los países industrializados, o la fiebre de consumo de las clases medias de los países en desarrollo, o simplemente por el imperativo moral de cubrir las necesidades básicas de una fracción importante de la población mundial. “Nadie puede definir un mínimo input material requerido para producir una unidad de bienestar económico” (Daly, 1997, pág. 264).
- Los países dotados de recursos naturales (mineros y energéticos) necesariamente aspiran a explotar al máximo su riqueza para generar las divisas indispensables para su crecimiento económico y desarrollo.
- El valor fundamental de los recursos minerales y energéticos es inherente a estos recursos y no al trabajo humano incorporado. Es el contenido entrópico de estos recursos el que crea valor, y la diferencia fundamental entre actividades extractivas y otro tipo de actividades productivas (manufactura, agricultura, servicios) consiste en que mientras estas últimas son creadoras de valor, las primeras extraen valor de la naturaleza (Bunker, 1988).
- El cambio de clima incide en la demanda de recursos naturales en dos direcciones opuestas. Por una parte, el calentamiento global exige limitar y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que implica una reducción en el consumo de minerales y combustibles fósiles. Por otra parte, la transición de los sistemas energéticos hacia el uso de energías renovables implica un aumento significativo de la demanda de minerales necesarios para la producción de los equipos y dispositivos requeridos para dicha transición (parques eólicos, instalaciones solares, sistemas fotovoltaicos, transporte de hidrógeno, etc.). Alcanzar un compromiso entre estas tendencias no es una tarea trivial.
Entonces, los países dotados de una abundancia relativa de recursos naturales en todo momento enfrentan la realidad de explotarlos e intensificar su explotación. La manera como deciden hacerlo y la distribución de los beneficios derivados de su explotación son elecciones que tienen repercusiones a nivel social, ambiental y económico. Las posibilidades son múltiples y, por supuesto, los objetivos que se persiguen no van siempre en la misma dirección. Las decisiones implican adoptar compromisos que, por esta misma razón, requieren ser deliberados en espacios abiertos, bajo una participación democrática y múltiples perspectivas.
Argumentos
Resulta curioso constatar que en forma casi paralela a la bonanza económica provocada por el aumento notable de los precios internacionales de los minerales y energía empezó a manifestarse en algunos países de la región (Bolivia y el Ecuador en particular) un cuestionamiento a un modelo de crecimiento sustentado en las rentas provenientes de la exportación de estos recursos. Con mayor o menor intensidad, el cuestionamiento persiste en círculos académicos, grupos ecologistas y organizaciones no gubernamentales. Las razones son múltiples, entre ellas: la idea de que esa modalidad de crecimiento no conduce a economías más diversificadas y sostenibles y, por el contrario, inhibe el crecimiento de las economías; una interpretación sesgada de los efectos de la explotación de recursos sobre los procesos de desarrollo; la percepción de efectos negativos sobre las instituciones y gobernanza y, por último pero no menos importante, la constatación de los impactos negativos y hasta irreversibles sobre los ecosistemas y, sobre todo, la afectación a los modos de vida de poblaciones de campesinos y pueblos ancestrales.
Surge así un planteamiento alternativo (casi podríamos hablar de un nuevo paradigma de desarrollo) según el cual la salida del modelo extractivista es la única opción para superar las condiciones de pobreza, inequidad y protección del entorno natural. En el centro de este nuevo paradigma transformador, se sitúa la abundancia de los recursos naturales como la causa del atraso y pobreza de los países dotados de esta riqueza. Frente a esta visión de los recursos naturales, el presente trabajo plantea una visión alternativa:
- Sostenemos que ninguna de las patologías atribuidas al extractivismo (el deterioro de los términos de intercambio, la maldición de los recursos, la enfermedad holandesa, el efecto enclave) tiene un sustento teórico: ninguna de ellas presenta una evidencia empírica. Sobre la base del examen de un extenso volumen de literatura, el objetivo del presente estudio es mostrar que la llamada maldición de los recursos sería una excepción y no la regla y que, por el contrario, la dotación de recursos se presenta como una oportunidad que, en principio, los países pueden aprovechar para desencadenar trayectorias sostenidas de crecimiento y desarrollo.
- La tesis de un extractivismo progresista, posneoliberal o simplemente neoextractivismo que supuestamente caracterizó el manejo de los recursos por parte de gobiernos de “izquierda” está bastante alejada de la realidad. Las políticas y estrategias adoptadas por los llamados gobiernos “progresistas” estuvo lejos de significar una superación de las políticas neoliberales; por el contrario, se trató de un conjunto de políticas híbridas, muchas veces contradictorias y no siempre en línea con el dogma neoliberal, aunque a la larga terminaron fortaleciéndolo. Las políticas y estrategias de gestión de los recursos fueron adoptadas no en respuesta a un marco ideológico coherente y de desarrollo a largo plazo, sino bajo la presión de la urgencia y la necesidad de extraer el máximo valor de la renta de la explotación de los recursos naturales para el financiamiento de programas de corte populista.
Dentro de una perspectiva más amplia, estos regímenes fueron incapaces de modificar las estructuras sociales. No lograron modificar los mecanismos tradicionales de redistribución; no se afectaron las rentas de los grandes capitales; se mantuvieron estructuras de acceso desigual al derecho de la tierra; no se emprendió una política de reforma agraria; y no se ha logrado modificar estructuralmente el régimen laboral prevalente en la región. En definitiva, el ciclo progresista latinoamericano debe ser abordado como un conjunto de proyectos políticos devenidos “procesos de transformaciones significativas pero limitadas, con un trasfondo conservador, impulsados desde arriba por medio de prácticas políticas desmovilizadoras y subalternizantes” (Modonesi, 2019). - El boom de las materias primas y, alrededor de este fenómeno, el desarrollo de las relaciones comerciales y financieras con la China marcan una nueva era en la historia económica de América Latina. El aumento de precio de los commodities inducido por la demanda china, así como los flujos de capital e inversión procedentes de este país, dieron lugar a una coyuntura propicia a los países para flexibilizar o escapar a los rígidos condicionamientos a los que habían sido sometidos los gobiernos de la región por las instituciones de financiamiento internacional desde inicios de la década de los ochenta. Los acuerdos comerciales con la China han sido vistos como el inicio de una nueva modalidad de cooperación: la cooperación Sur-Sur.
Sin embargo, se argumenta en el presente trabajo que en las relaciones con la China subyace un patrón neocolonial de explotación de los recursos naturales de los países de América Latina. Por lo menos en el caso del Ecuador, los préstamos han estado atados a la participación de empresas chinas en la construcción de proyectos de infraestructura que financiaban los préstamos; las condiciones de financiamiento fueron de carácter estrictamente comercial, bajo tasas de interés que en la mayoría de los casos superaban las tasas del mercado internacional de capitales; con períodos de amortización significativamente más cortos y condicionados a la entrega de petróleo bajo descuentos superiores a las penalizaciones estándares (calidad y posición) impuestas por los mercados internacionales. En otras palabras, los países escaparon de la ruta de la parametrización neoliberal para entrar en la ruta de la parametrización china, o en términos coloquiales, los países pasaron de la “disciplina” del Fondo Monetario Internacional a la “usura” china. - Las tesis acerca de los efectos negativos de los recursos naturales sobre el desarrollo de los países con economías extractivas están ampliamente sustentadas en análisis de regresiones estadísticas. Sobre la base de un extenso volumen de literatura, se demuestra que los resultados de los análisis estadísticos, en el mejor de los casos, no son concluyentes. Más aún, ellos están fuertemente sesgados por las limitaciones conceptuales y metodológicas inherentes a estas herramientas.
En el marco de un nuevo enfoque metodológico el análisis cualitativo comparado aplicado a seis países de la región (Bolivia, Colombia, Chile, el Ecuador, Perú y Venezuela), se muestra que no existe un factor único que por sí mismo sea suficiente para explicar las trayectorias de crecimiento económico como sostienen los métodos estadísticos. El ejercicio nos muestra que la dependencia de las economías de la exportación de recursos naturales y su efecto sobre el crecimiento económico obedece a una causalidad compleja explicada por combinaciones múltiples y no excluyentes de condiciones resultantes de políticas y estrategias heterodoxas adoptadas por los gobiernos. - Ante la visión del extractivismo como una barrera para el desarrollo, el discurso posextractivista es reiterativo en la necesidad de implementar alternativas a este modelo de acumulación sustentado en la exportación de recursos naturales. Sin embargo, persiste una incertidumbre respecto a la forma específica de las alternativas que se plantean; no está claro qué es lo que se desea, cuáles son las aspiraciones realistas, ni cómo se podría conectar deseo y realidad. Cuando una referencia a alternativas concretas se torna casi obligada, las escasas propuestas de superación del modelo extractivista se limitan a tres salidas no excluyentes: ecoturismo, bioconocimiento y agroforestería. Es alrededor de estas alternativas que emerge un nuevo imaginario de desarrollo.
Argumentamos en el presente trabajo que el ecoturismo, la explotación de la biodiversidad y el desarrollo de la agroforestería son una expresión notoria de aquella visión de la naturaleza como último refugio para escapar del subdesarrollo y la pobreza. Se da por sentado que las riquezas que esconden los ecosistemas (los amazónicos en particular) compensarán la pérdida de los ingresos del Estado como consecuencia de la “salida del extractivismo” y, al mismo tiempo, la explotación de esa riqueza permitirá mitigar la destrucción ambiental. Sostenemos además que la bioprospección, el ecoturismo y la agroforestería son alternativas que se inscriben y responden a la lógica del proyecto de neoliberalización de la naturaleza que penetra a nivel global, ronda círculos empresariales, políticos y ambientales y peligrosamente está contagiando a la academia. Aquí encontramos los ingredientes que alimentan todo ese proceso de escalada de mercantilización de la naturaleza: creación de mercados, capital natural, bien financiero, flujo de ingresos; es decir, un proceso que busca transformar las relaciones biofísicas-sociales-culturales en mercancías para ser vendidas o compradas por aquellos con suficiente dinero. - Cualquier debate sobre el extractivismo debe partir de la existencia de dos realidades que no pueden ser disociadas y alrededor de las cuales debe centrarse cualquier discusión y elección de políticas. La primera tiene que ver con el hecho de que las actividades extractivas pueden afectar a grupos sociales determinados. El despojo de tierras y la expulsión forzada de poblaciones campesinas, la conversión de formas tradicionales de propiedad en derechos de concesiones, la supresión de formas alternativas de producción y consumo y la afectación de modos de vida de comunidades son consecuencias de proyectos extractivos específicos. La segunda realidad tiene que ver con la degradación ambiental, concretamente con los impactos sobre la biodiversidad, el agua y el suelo, en muchos casos irreversibles. Entonces, no se puede hablar de extractivismo en sí mismo, sino de proyectos extractivos que afectan con intensidad diferente a pueblos, comunidades y ecosistemas. En el fondo, se trata de problemas de sociedad que trascienden dimensiones económicas para situarse en el plano de valores éticos. Estos problemas requieren nuevos enfoques sustentados en hipótesis de incertidumbre, control parcial y pluralidad de perspectivas. Este es precisamente el enfoque de la ciencia posnormal (Funtowicz y Ravetz, 1993), que proponemos como el marco apropiado para el debate sobre el extractivismo.
Contenido
Los argumentos y el material aquí presentados se sustentan en ideas y conceptos provenientes de diversos campos disciplinarios. Los diferentes capítulos pretenden integrar un conjunto de ideas dispersas y fragmentadas en una red de conceptos y criterios, ninguno más importante que el otro, pero todos mutuamente consistentes, usando el lenguaje apropiado para describir y analizar diferentes aspectos de las economías dependientes de la explotación de recursos minerales y energéticos.
La exposición está estructurada como una serie de capítulos o fragmentos, cada uno de los cuales tiene su coherencia interna y es autónomo en términos del tema tratado, enfoque conceptual, método de análisis y estudios de casos. Sin embargo, ellos tienen como denominador común la preocupación por entender las implicaciones de la dependencia de los países de la exportación de los recursos naturales, aclarar las confusiones conceptuales y analíticas que rodean este tema y explorar nuevos enfoques que permitan posicionar el extractivismo dentro de una estrategia de desarrollo. Algunas ideas y conceptos abordados a lo largo del texto son inevitablemente de carácter transversal y se los puede ver como puentes para entrelazar conceptos y dar cierta unidad a todo el trabajo. Esto explica el traslape de algunos temas a lo largo del texto. Sin embargo, los diferentes capítulos pueden ser leídos como unidades autocontenidas. Los capítulos están organizados en cuatro partes o secciones que de cierta manera agrupan temas afines. Una síntesis de los temas es presentada como introducción en cada sección.
La primera parte presenta una discusión sobre un tema que ha ocupado y ocupa un volumen considerable de literatura sobre los recursos naturales. Se trata de las “patologías” que supuestamente aquejan a los países dependientes de la exportación de minerales y energía. Una gran parte de estudios, monografías y artículos concluye en que la abundancia de recursos naturales afecta negativamente el crecimiento económico de los países. A partir de evidencias empíricas constatadas en decenas de países periféricos y semiperiféricos y sustentados en análisis estadísticos transversales, la mayoría de los análisis confirman la tesis de la maldición de los recursos. Pero esta tesis no se limita únicamente a la esfera económica, sino que la abundancia de recursos es también asociada a bajos niveles de democracia. Formas de gobierno autoritarias, un comportamiento irracional de las élites, la tendencia a niveles irracionales de gasto y corrupción son explicadas como el resultado de las rentas inusuales provenientes de la explotación de los recursos. Considerando diferentes períodos de estudio, la inclusión de las más diversas variables explicativas, las más variadas especificaciones de los modelos de regresión, el uso de diversas técnicas estadísticas y de una proliferación de bases de datos, un aluvión de paradigmas, arquetipos, tesis, interpretaciones y recomendaciones, la gran mayoría originadas en centros de investigación y universidades de los países del Norte, ha producido una proliferación de explicaciones e interpretaciones del impacto del fenómeno extractivista sobre las esferas económicas, sociales y políticas de los países del Sur.
No es realmente un motivo de preocupación este diluvio de explicaciones al que se refiere Hirschman (ver nota al pie de página): se lo podría considerar hasta anecdótico, si no fuera por el hecho de que las conclusiones de la gran mayoría de estudios han ido adquiriendo un estatus de sabiduría convencional: un conjunto de ideas asumidas como correctas y que han pasado a formar parte integral del léxico sobre los problemas del desarrollo social y económico y peligrosamente han incursionado en la academia. A partir de hipótesis altamente simplificadoras, se codifican narrativas que prácticamente se han convertido en un nuevo “paradigma” del desarrollo cuya insistente circulación y repetición crea la peligrosa idea de que los problemas de inequidad y pobreza pueden ser resueltos sin confrontar el sistema establecido.
El problema básico con la literatura sobre el extractivismo consiste en que la mayoría de los investigadores que trabajan sobre la maldición de los recursos han sido demasiado reduccionistas en su enfoque; en otras palabras, ellos explican el desarrollo únicamente en términos del tamaño y la naturaleza de la dotación de recursos de los países. Las variables sociales y económicas que median entre la dotación de recursos y el desarrollo y que son moldeadas por factores históricos y culturales son abordadas como si ellas fuesen determinadas únicamente por la base de los recursos naturales. Al respecto, señala acertadamente Ross (2015) que los investigadores se plantean la pregunta incorrecta: en lugar de preguntarse por qué la riqueza de recursos naturales ha promovido varias patologías políticas y a su vez un pobre desempeño económico, ellos deberían preguntarse sobre los factores políticos y sociales que posibilitan a algunos países con abundantes recursos utilizar sus recursos naturales para promover el desarrollo e impiden a otros países con abundancia de recursos alcanzar los mismos objetivos. Los cinco capítulos incluidos en esta primera parte tratan de aclarar esta pregunta.
La segunda parte del trabajo aborda el fenómeno del extractivismo ocurrido en las tres últimas décadas en el contexto de la coincidencia de tres factores: el acelerado aumento de los precios de los recursos naturales que se produjo entre los años 2004-2014, el flujo de las rentas originado en la exportación de estos recursos que alteró las economías de los países exportadores, la irrupción de la China como un nuevo actor en el mercado y la emergencia en algunos países de regímenes que adoptaron políticas sociales y económicas heterodoxas. Estos elementos, con mayor o menor intensidad, configuraron un nuevo entorno que alteró las dinámicas económicas, sociales y políticas de las economías latinoamericanas exportadoras de recursos naturales. Los países de la región respondieron de manera diferente en este nuevo contexto; algunos, motivados por la urgencia de políticas netamente de corte populista y de corto plazo, se enfocaron en la maximización de las rentas, mientras que otros, bajo criterios de eficacia y con una visión de más largo plazo, adoptaron políticas más alineadas con la ortodoxia económica convencional. El resultado fue la presencia de un conjunto de políticas híbridas que difícilmente encajan en dicotomías de tipo progresistas-conservadoras, extractivismo clásico-neoextractivismo andino, neoliberal-posneoliberal, etc. De todas maneras, como acertadamente señala Katz (2016, pág. 74), a lo largo de la “década dorada” del boom de los commodities, el impacto de transformaciones políticas en América fue muy limitado. Añade este autor que “este resultado confirma que la acción de un gobierno tiene efectos acotados sobre la acumulación capitalista. La modificación de un patrón económico y un tipo de inserción internacional van mucho más allá de los presidentes y sus políticas económicas”.
La tercera parte analiza el desempeño económico de las economías extractivas de Sudamérica bajo un nuevo enfoque: el análisis cualitativo comparado. Los orígenes de las llamadas patologías del extractivismo tienen su base empírica en ejercicios estadísticos. Las conclusiones de un gran número de estudios y análisis son el resultado de la aplicación de técnicas de regresión que buscan determinar el nivel de afectación sobre el crecimiento económico de la dependencia de la exportación de recursos mineros y energéticos. Las herramientas estadísticas se basan en la idea de una causación aditiva de factores exógenos que actúan en forma independiente sobre una variable dependiente. El análisis cualitativo comparado es un desarrollo metodológico relativamente nuevo, basado en la teoría de conjuntos y el álgebra booleana, diseñado para superar las limitaciones de los enfoques cuantitativos orientados a variables, así como el análisis cualitativo centrado en casos específicos. La sección analiza el desempeño económico de seis países “extractivistas” de América del Sur a lo largo de las tres últimas décadas como resultado de la interacción de un conjunto de factores o condiciones, entre los que se incluye la dependencia de la explotación de recursos mineros y energéticos. Los resultados del estudio permiten concluir que ninguno de los factores, por sí mismo, es suficiente para explicar el crecimiento económico, sino que este depende de coyunturas múltiples de combinaciones de los factores que, en definitiva, reflejan decisiones de políticas adoptadas por los gobiernos en el período estudiado.
La última parte del texto aborda las propuestas alternativas al proyecto de abandonar el extractivismo y sustituirlo por nuevas actividades económicas como motores de un nuevo modelo de acumulación. De acuerdo al discurso oficial, la transición a una economía con la manufactura y el conocimiento como motores de un nuevo modelo de acumulación económica pasa por el desarrollo del bioconocimiento, el ecoturismo y la ecoagroforestería, actividades económicas que serían los pivotes de un nuevo modelo de crecimiento. Lo preocupante de este planteamiento consiste en que siempre se piensa la naturaleza, concretamente la Amazonia, como una fuente de rentas derivadas de nuevas modalidades extractivistas. Estas actividades, las llamadas “nuevas ventajas competitivas” del país, estarían llamadas a convertirse en los ejes de un nuevo modelo de acumulación económica. Bajo el cliché de una naturaleza prístina y una megadiversidad prodigiosa, estas formas de explotación de la naturaleza son, en realidad, nuevas prácticas de despojo y de explotación de la naturaleza que reproducen, en algunos casos con mayor intensidad, los mismos excesos que se quiere corregir (Villavicencio, 2020).
Se argumenta en el capítulo que alrededor de estas ideas se va creando o afianzado la imagen de la naturaleza, y de los ecosistemas amazónicos en particular, como un vasto depósito de potenciales valores de uso –procesos y productos– que pueden ser usados directa o indirectamente en la producción y realización de valores de cambio. Se trata de una nueva forma de extractivismo, con impactos sociales y ambientales quizá más nocivos que el extractivismo de “viejo cuño”, y que es la expresión de un proceso más amplio, la mercantilización de la naturaleza (Villavicencio, 2020). Sostenemos que estas actividades, a las que se suman otros usos no transformativos de la naturaleza (servicios ambientales), configuran una nueva modalidad de explotación intensiva de la naturaleza, esta vez sí una suerte de neoextractivismo, igualmente depredadora y socialmente destructiva como las modalidades del extractivismo convencional. En cualquier caso, el debate sobre el extractivismo debe situarse en el espacio acotado por dos dimensiones: una social, que tiene que ver con los impactos de las actividades extractivas sobre los grupos humanos; la otra, ambiental, interrelacionada con la afectación, muchas veces irreversible, de los ecosistemas.
En efecto, al constituir, en el fondo, un problema social y ambiental, son otras categorías las que deben prevalecer en el debate; es decir, las preocupaciones económicas, las “evidencias” científicas, las mediciones estadísticas pasan a un segundo plano para dar paso a una nueva condición basada en valores, incertidumbre y, sobre todo, en la concurrencia de legítimas perspectivas. Las ideas sobre la naturaleza inevitablemente reflejan nuestro mundo social; es el contexto social el que condiciona y determina nuestros conceptos. Estos conceptos sobre la realidad son reales y repercuten en el mundo, pero ellos reflejan una comprensión incompleta, incorrecta, sesgada de la realidad empírica. En otras palabras, el mundo objetivo es real e independiente de nuestra categorización, pero está filtrado a través de sistemas conceptuales subjetivos y métodos científicos que son socialmente condicionados (Robbins, 2012). Los conflictos ambientales son, por consiguiente, conflictos acerca de ideas y concepciones sobre la naturaleza en los que un grupo prevalece no porque tenga una comprensión mejor o más precisa sobre los problemas ambientales, sino porque ellos movilizan fuerzas sociales para crear consenso sobre la verdad. Por consiguiente, el tratamiento de problemas complejos como el extractivismo exige nuevas categorías de análisis: una nueva perspectiva bajo la cual las incertidumbres no son ignoradas sino reconocidas, los valores no son supuestos sino explicitados y la deducción formalizada es sustituida por una ética discursiva. Estos temas son planteados en el último capítulo del texto, que cierra la exposición y debate sobre el fenómeno llamado extractivista.







