Una teoría capaz de negar lo que está ocurriendo puede ocurrir; que vea los eventos desfavorables como la acción de fuerzas externas más que como el resultado de propiedades del mecanismo económico, podrá satisfacer la necesidad de los políticos de conseguir un villano o un chivo expiatorio, pero semejante teoría no ofrece una guía útil para solucionar un problema.
Minsky, 1987
Ya sea porque se prevé una declinación gradual de las reservas de petróleo y con ello la pérdida de una parte importante de los ingresos para el Estado, o porque una economía rentista con sus patologías atrofiantes se revela insostenible en el largo plazo, o por los daños ambientales ocasionados por la explotación del petróleo, o por una mezcla de todas estas preocupaciones, ha ido ganando terreno en esferas burocráticas, movimientos ambientalistas y en la academia la idea de superar un régimen de acumulación primario exportador y dar paso a un nuevo modelo de acumulación que sustituya el modelo extractivista. Esta tesis adquiere fuerza luego de que las expectativas y promesas de una década dorada, alimentadas por el boom de los precios de las materias primas, han dejado un clima de desencanto e incertidumbre. De ahí la idea de que
… el patrón de especialización de la economía primario, extractivista y con una dinámica concentrada en la exportación limita las posibilidades de alcanzar el Buen Vivir, pues reproduce un esquema de acumulación de desigualdad y la explotación irracional de recursos que degrada el ecosistema (Senplades, 2009, pág. 60).
Hace ya algunas décadas, en un influyente artículo, R. Stavenhagen señalaba que
… en la literatura abundante que se ha producido en los últimos años sobre los problemas del desarrollo se encuentran numerosas tesis y afirmaciones equivocadas, erróneas y ambiguas. A pesar de ello, muchas de estas tesis son aceptadas como moneda corriente y forman parte del conjunto de conceptos que manejan nuestros intelectuales, políticos, estudiantes y no pocos investigadores y profesores”[1].
Ellas pasan a formar parte de lo que Leach y Mearns (1996) denominan la “sabiduría convencional”[2], un conjunto de ideas simples e ingenuas aceptadas como verdades absolutas por un consenso social, político y académico. En el caso que nos ocupa, esta sabiduría convencional se ha ido codificando en narrativas creadas alrededor de un nuevo modelo imaginario de desarrollo: el modelo posextractivista.
Estas observaciones encajan de manera muy pertinente en la abundante literatura dedicada a explorar alternativas que conduzcan a superar la pobreza y el deterioro ambiental, y en cuyo centro de debate se sitúa la explotación de los recursos naturales. Sin mayor reflexión, y haciéndose eco de clichés sustentados en análisis sesgados, los recursos naturales son presentados como la causa de los males que aquejan a países como el Ecuador, en los que la explotación de esta riqueza constituye un elemento central en la economía y el desarrollo. Según esta corriente de pensamiento, los recursos naturales serían una maldición a la que estamos condenados, y la solución consiste en superar esta etapa extractivista como la única alternativa para alcanzar el buen vivir. Al equiparar la dotación de recursos naturales con una enfermedad, la “enfermedad holandesa”, todo el discurso sobre la problemática del desarrollo se encuentra saturado de un léxico mórbido en el que términos como síntomas, virus, patología, infección y contagio son ahora los referentes para nuevas propuestas de acción social y política. Esta terminología crea imágenes que son simplificadas e internalizadas en los discursos sobre el desarrollo mediante la incorporación de símbolos dominantes, ideologías y experiencias reales o imaginarias. Los discursos son codificados en narrativas que prácticamente se han convertido en un nuevo “paradigma de desarrollo” cuya insistente circulación y repetición crea la peligrosa idea de que los problemas de inequidad y pobreza pueden ser resueltos sin confrontar el sistema establecido. En otras palabras, las mismas imágenes y argumentos, la insistente repetición de los mismos clichés y las referencias a las mismas estadísticas contribuyen a la construcción y simplificación de un mensaje teóricamente adornado y reproducido por los expertos y académicos.
El interés por aclarar y profundizar el tema del extractivismo obedece a varias razones expuestas a lo largo del presente trabajo. Se trata, en definitiva, de un discurso conservador. Bajo la sombra de un idealismo posmodernista, el desarrollo desigual de las sociedades no es visto como el resultado de las contradicciones entre el capital nacional y el capital global; tampoco es abordado como una confrontación de clases en el interior de cada país o como un problema de redistribución del excedente económico. Se trata de una perspectiva que ignora las relaciones de poder. Para el discurso posextractivista, el verdadero problema reside en las diferencias irreconciliables entre una visión tradicional y arcaica del mundo (por alguna razón llamada casi siempre sabiduría), supuestamente de las culturas subyugadas, y el proyecto de modernidad, postulado como imperialista y occidental (una visión “uniformizante, eurocéntrica, aplastadora” (Lang, 2013)). De esta manera, los problemas sociales se diluyen en un discurso cargado de valores morales y éticos de “armonía, solidaridad, reciprocidad”, todo bajo una promesa de “bienestar, felicidad, calidad de vida”. Entonces, como lo señala Viola Recasens (2014), la idea de salir del extractivismo corre el riesgo de convertirse en un “concepto-ameba”, es decir, en una categoría de uso tan omnipresente e indefinida que puede llegar a quedar vacía de significado, actuando como una muletilla inofensiva, a la cual cada interlocutor puede atribuir la connotación que le convenga.
A pesar de obvios argumentos y contraejemplos expuestos en el presente trabajo, que demuestran la falsedad o, al menos, ponen en serias dudas la validez de aquella visión negativa de los recursos naturales, esta visión ha recibido amplia aceptación. Esto nos a lleva a preguntarnos sobre las razones por las cuales la negación de las actividades extractivas se ha posicionado tan firmemente en el discurso sobre el desarrollo, a tal punto de negar o por lo menos admitir la posibilidad de otras trayectorias. Al respecto, D. Kahneman (2012, pág. 277), Premio Nobel de Economía, se interroga sobre el “misterio” de ideas y conceptos que, a pesar de innumerables argumentos que las contradicen, persisten en el lenguaje político y aun en el discurso académico. Kahneman califica esta tendencia como el fenómeno de la ceguera inducida: una vez que un conjunto de ideas es usado como herramienta de razonamiento, resulta extraordinariamente difícil reconocer sus fallas. Si una observación no encaja con la teoría o modelo, se asume que debe haber una explicación en algún lugar o se concede el beneficio de la duda, otorgando la confianza a la comunidad de expertos que propugnan y predican la teoría. El caso de la maldición de los recursos, con todas sus ramificaciones, corresponde, si no a un caso de ceguera inducida, por lo menos a un estado de miopía alarmante. Tratar de ayudar a corregir esa miopía es el objetivo del presente trabajo.







