Señala Pierre Bourdieu (2011) que en toda disputa por la nominación de los hechos del mundo se juega, a la vez, su construcción. De allí que las palabras del vocabulario político traigan siempre consigo un determinado “efecto de realidad”. Es decir, operan como esquemas de inteligibilidad del mundo sociopolítico iluminando algunos aspectos y ocluyendo otros. El análisis histórico-semántico del concepto de “populismo” nos permitió poner de relieve un aspecto central del carácter performativo que posee el lenguaje (Bourdieu, 1999). En este sentido, pudimos ver cómo en cada momento se formularon y construyeron a través de dicho término los problemas público-políticos. De esta manera, los usos y significados del concepto nos permitieron reconstruir en cada uno de los escenarios trabajados cuáles fueron las preocupaciones que se plantearon las líneas editoriales y las principales voces tanto de La Nación como de Página/12, así como también de qué dimensiones de la vida social –política, económica o cultural– se trataban.
Durante el período que abarca nuestro estudio, el concepto de “populismo” formó parte tanto del vocabulario político académico, como del político. Como hemos podido observar, dicho término se convirtió en un significante clave del espacio de la comunicación política movilizado por intelectuales, periodistas y editorialistas para establecer el sentido de los acontecimientos que marcaron cada escenario. Pero, además, los usos y significados que se hicieron de él revelaron cuáles fueron las valoraciones que estos distintos actores hicieron de las principales figuras del campo político, de los diferentes gobiernos y de las medidas por estos adoptadas. Por lo tanto, y más allá de las diferencias que pudimos reconocer entre las líneas editoriales de ambos periódicos, la lucha por el significado del concepto se transformó en la superficie de inscripción de disputas por el sentido de otros significantes políticos como el de “Estado”, el de “democracia” o el de “república”. En este sentido, los usos del concepto de “populismo” movilizados en la prensa gráfica constituyeron una herramienta central para la construcción del sentido común en torno a qué tipo de participación debía tener el Estado en la economía, cómo debía ser el funcionamiento del sistema político, así como también el tipo de políticas que los gobiernos debían implementar.
En relación con esto último, si bien pudimos reconocer una pluralidad de usos y significados del término, tanto La Nación como Página/12 definieron en cada escenario lo que podría denominarse “claves de lectura” del concepto. Dichas claves nos permitieron ordenar analíticamente los múltiples sentidos en diferentes racionalidades o matrices interpretativas que organizaron tanto su uso como etiqueta, como su dimensión explicativo-descriptiva. En el caso del diario La Nación –donde predominó a lo largo de todo el período de estudio la racionalidad económica–, podemos señalar lo siguiente. Tanto los periodistas como la línea editorial lo utilizaron para impugnar aquellos actores y medidas que se consideraba ponían en riesgo las reglas de funcionamiento de los mercados. Fiel a su inscripción en la tradición liberal-conservadora, el diario iba a rechazar cualquier intento de regulación estatal en lo que se consideraba un ámbito –el de la economía– no “contaminado” por los intereses espurios de la política. Por el lado de los significados políticos sedimentados en el concepto, fueron aquellos actores que provenían del campo intelectual y que participaban como columnistas del diario quienes los reactivaron, remitiendo con él en todos los casos a formas desviadas del vínculo político. De allí que el concepto de “populismo” aparecerá siempre como una forma patológica de la vida política cuyos sostenes eran el clientelismo, el autoritarismo y la demagogia.
Por el lado de Página/12, el hecho más importante de los tres momentos políticos que hemos analizado tendrá que ver con la inflexión que se producirá en la valoración de dicho concepto en el contexto de la disputa política entre el kirchnerismo y el sector del campo. Si en el terreno de las ciencias sociales el populismo había sido utilizado como un término condenatorio, la aparición del libro La razón populista de Ernesto Laclau y la polarización política que se dará en el último escenario conducirán a una resignificación positiva de este por parte de intelectuales y periodistas que provenían de la izquierda o la centroizquierda. De allí en más, dicho término perderá para estos sectores su connotación negativa y se utilizará para referirse a los gobiernos que impulsaron cambios político-económicos progresivos tanto en la Argentina como en gran parte de la región.
Ahora bien, más allá de las diferencias que señalamos, identificamos un común denominador en ambos periódicos y que –al menos como hipótesis– se extiende al campo de la prensa en su conjunto. Tomando distancia de todas aquellas conceptualizaciones que en el campo académico analizaron al populismo como un fenómeno del pasado acotado a un determinado momento del desarrollo capitalista en algunos países de América Latina (Quijano, 1998; Vilas, 2004; Ansaldi y Giordano, 2011), tanto en La Nación como en Página/12 el populismo apareció como una realidad potencial o efectiva, como un discurso o una práctica política y económica que podía ser reactualizado en cualquier momento. Fue esta forma de entender al populismo como parte ineliminable de la vida política de la sociedad argentina la que hizo posible que en todo momento dicho concepto estuviese presente en los análisis que se hicieron en ambos periódicos.
Por otro lado, los sentidos de los conceptos políticos no son estáticos, es decir, no están fijados de una vez y para siempre. En este sentido, las transformaciones que observamos en los usos y significados del populismo nos permitieron poner de relieve tres aspectos que creemos posible generalizar al conjunto de las palabras que conforman el vocabulario político. Por un lado, el hecho de que los significados académicos de dichos términos son muchas veces fuentes conceptuales de los usos del sentido común. En este sentido, los cambios que se produjeron en el ámbito académico en torno al sentido del populismo fueron reapropiados por actores que participan en el campo de la prensa. Nuevamente aquí podemos poner como ejemplo lo sucedido con la aparición de La razón populista. Como pudimos ver en el último escenario, el impacto de dicha obra en los sectores progresistas fue tan fuerte, que condujo a una reinterpretación del populismo y los significados asociados a él. Esta apropiación del concepto de “populismo” por actores que participaron en otros ámbitos permitió verificar algo que afirmábamos tentativamente al comienzo de nuestro trabajo: la construcción de sentido de los términos del lenguaje político se nutre de una multiplicidad de usos hechos en diferentes campos sociales.
En segundo lugar, la manera en que los significados del populismo formaron parte de “dispositivos antinómicos” donde se opusieron unos conceptos a otros y donde uno de ellos cargó con un marcado sentido condenatorio. El ejemplo más acabado en este tipo de uso de “populismo” lo pudimos ver en La Nación. En cada uno de los escenarios políticos analizados, el populismo sirvió para apuntalar las diferentes antinomias conceptuales que se plantearon. En este sentido, oposiciones como “populismo vs. convertibilidad”, “populismo vs. democracia” o “populismo vs. república” fueron dispositivos de construcción de sentido que permitieron a los periodistas, editorialistas y los intelectuales que participaban en el diario producir una lectura valorativa sobre los acontecimientos. Estas parejas conceptuales permitieron “modelar epítetos” (Lesgart, 2003) que servían para clasificar y calificar a los gobiernos, a las medidas por estos adoptadas y a los principales actores del sistema político en cada una de las coyunturas estudiadas.
En línea con esto último, es posible afirmar que el concepto de “populismo” fue un elemento clave de aquello que Offerlé (2011) denominó “lucha por las clasificaciones”. En este sentido, formó parte del proceso de disputa simbólica que tuvo lugar en el campo de la prensa gráfica a través del cual se buscó establecer la legitimidad o ilegitimidad de los objetos sociales. Dicho de otra manera: si con el populismo se nominaron determinados hechos del mundo social, no fue con una finalidad exclusivamente heurística, sino con la intención de instituir una jerarquía que estableciese la “dignidad” o “indignidad” de los objetos a los cuales se aplicaba el concepto. En este sentido, el término se utilizó para llevar adelante toda una serie de evaluaciones en torno a actores y procesos políticos, medidas económicas y políticas públicas. A su turno, distintas figuras políticas fueron vilipendiadas en La Nación –o en menor medida elogiadas, en el caso de Página/12– con dicho concepto. En todo momento la etiqueta de “populismo” se encontró “a la mano” (Schütz, 2008) de periodistas, intelectuales y editorialistas. En este sentido, lejos de cualquier neutralidad valorativa, cada vez que dicho término recayó sobre alguna figura política, representó un golpe de efecto simbólicamente desacreditador o laudatorio, dependiendo, claro está, de las intenciones político-ideológicas que se tuvieran a la hora de movilizar el concepto.
Y, en tercer lugar, nuestro trabajo nos permitió dar cuenta de cómo un término con una larga historia en el campo de las ciencias sociales y con múltiples significados asociados a él permitió a los diferentes actores que lo utilizaron explicar al “gran público lector” lo que estaba en juego en las diferentes coyunturas. Teniendo en cuenta que cada uno de los escenarios elegidos fueron momentos de definiciones para el futuro del país –sobre todo aquellos momentos de crisis o conflictos políticos de alta intensidad–, la utilización de los diferentes significados sedimentados del populismo permitió encuadrar los hechos en un marco explicativo asequible al conjunto de la sociedad. Esta “mediación” que periodistas, editoriales e intelectuales hacían entre un significante proveniente de un campo especializado y el público lector cumplía lo que podríamos denominar una “función pedagógica”. Este uso descriptivo-explicativo del populismo permitía orientar las discusiones en un sentido preciso y proveía de respuestas frente a cualquier posible incertidumbre. Así, de cara a las elecciones presidenciales de 1999, el populismo representó en La Nación los resabios de un pasado económico oprobioso que la sociedad argentina había dejado atrás y que –frente a lo que las encuestas señalaban como un triunfo seguro de la Alianza– no estaba dispuesta a retomar. Mientras que en Página/12, por el contrario, dichas elecciones aparecieron como la posibilidad de alejarse definitivamente del populismo representado por las figuras de Menem y Duhalde. Durante la crisis de diciembre de 2001, el concepto de “populismo” les sirvió a los periodistas de La Nación para nominar lo que era vivido como una experiencia social traumática, es decir, el retorno trágico de la irracionalidad en la vida económica y política. En Página/12, en cambio, el término tuvo una ambigüedad constitutiva, ya que, si, por un lado, se lo utilizó para denominar a los partidos mayoritarios de la Argentina señalados como los responsables de la crisis política, por otro, sirvió para aprobar algunas políticas económicas contrarias al modelo de acumulación neoliberal. Por último, durante la denominada “crisis del campo”, el populismo fue un significante cargado de negatividad omnipresente en los análisis de editoriales, periodistas y columnistas de La Nación, al punto de aparecer como el principal concepto que se utilizó para caracterizar al kirchnerismo. Algo muy distinto a lo que sucedió en Página/12, donde el populismo pasó a expresar una voluntad política transformadora presente en el gobierno argentino que lo emparentaba con los procesos de cambio social progresistas.
Como afirma Koselleck (1993), “no existen sociedades sin conceptos en común” (p. 106) que organicen de alguna manera la experiencia colectiva. El populismo se convirtió, en este sentido, en uno de los términos que moldearon la vida social, política y cultural de la Argentina reciente. El campo de la prensa, en cuanto que espacio de la comunicación política –en el cual confluyeron, como hemos visto, actores que provenían del campo intelectual–, lo convirtió en un significante polisémico fundamental. En torno a él, se organizaron diferentes “horizontes de expectativas” (ibid., p. 333) que, dependiendo del escenario y de las posiciones ideológico-políticas de cada uno de los diarios, remitirían a una experiencia histórica –real o imaginaria, presente o futura– que era presentada como alarmante o prometedora. En relación con esto último, si en el caso de La Nación el “horizonte de expectativas” que se abría cada vez que se utilizó el concepto de “populismo” remitió a un alejamiento de los cánones económicos y políticos deseables para la Argentina, en el caso de Página/12 solo durante los años del kirchnerismo podemos afirmar que dicho horizonte se presentaba con un sentido promisorio.
Frente a lo que puede entenderse como una pérdida de rigurosidad analítica del concepto producto de su “estiramiento conceptual” (Lesgart, 2003, p. 139), es lícito que nos preguntemos sobre su utilidad cognitiva. Es decir, ¿nos ayuda el populismo a entender o explicar la realidad política o económica? Frente a semejante diversidad de usos y significados, ¿por qué seguir utilizando dicho término? En todo caso, si el populismo puede decir cosas tan disímiles entre sí, ¿no estaría, a fin de cuentas, no diciendo nada?
Para dar respuesta a esta serie de interrogantes, creemos posible apoyarnos en algunas de las ideas de aquellos autores pertenecientes a la denominada “Escuela de Cambridge”. Sobre todo, nos parece provechosa la crítica que realizó Quentin Skinner (2000) a la hora de estudiar el pensamiento político de los clásicos a la llamada “mitología de la coherencia”. Dicho rápidamente, esta “mitología” partía del supuesto de que no podían existir contradicciones en la obra de los pensadores consagrados. Por el contrario, según pudo constatar Skinner a través de sus investigaciones, debemos aceptar la presencia de estas sin obligarnos a forzar una pretendida coherencia que atravesara la obra de estos autores.
Si extendemos esta idea al terreno de los conceptos políticos, empieza a quedar claro que debemos aceptar que, lejos de tener un sentido unívoco, términos como el de “populismo” están necesariamente atravesados por significados múltiples y contradictorios entre sí. Y será precisamente en esta característica donde descansa la relevancia teórica de su estudio. Si no existe una definición única del populismo ni de aquello a lo que el término hace referencia, establecer sus sentidos legítimos será una operación política que contribuye a la conformación del sentido común y de nuestra manera de entender el mundo. Desentrañar cómo es el proceso por el cual se construye este último es parte fundamental del análisis político.
Finalmente, queremos terminar con una pregunta y ensayar una respuesta para ella. ¿Es posible pensar, a partir de las últimas transformaciones en los usos y significados del concepto, la aparición de una “identidad populista naciente” que cambie el sentido negativo del término? Podemos responder afirmativamente si tenemos en cuenta que en varios trabajos académicos aparecidos en los últimos años encontramos la idea de que el populismo es un fenómeno interno a la democracia y que no constituye necesariamente una patología de la vida política, cultural o económica. También en el espacio de la comunicación política en la prensa progresista, se viene llevando adelante una revalorización del concepto y de los fenómenos que se designan con él. Por el contrario, en el campo político, aún no se registró un cambio cualitativo al respecto. Solo algunos pocos discursos políticos de actores pertenecientes al campo político profesional han hecho una reivindicación de él. Pero esto último no significa que en el futuro no pueda suceder un quiebre que haga del populismo una identidad política positiva. Tal vez, el uso extendido y polémico del concepto en el espacio de la comunicación política pueda conducir a una revalorización de este por parte de un espectro cada vez mayor de actores políticos y sociales. Si, como mostramos a lo largo del trabajo, las valoraciones de los términos están en disputa, es posible imaginar que el populismo pase a tener un sentido positivo y que actores del campo político puedan identificarse con dicho término.






