El concepto de “populismo” en la prensa liberal-conservadora
Introducción
En este primer capítulo, analizaremos los diferentes usos del concepto de “populismo” en el diario La Nación. Este fue utilizado en las discusiones en torno a los problemas políticos y económicos adoptando una multiplicidad de significados y sentidos en los diferentes escenarios que tomamos para nuestro análisis. Además, tanto periodistas como intelectuales movilizarán el término como una etiqueta condenatoria cuya función principal será desacreditar a quien se la endilgue[1].
En la primera sección de este capítulo, analizaremos los diferentes usos del populismo en los dos últimos años del gobierno de Carlos Menem. En este contexto marcado por claros signos de agotamiento del modelo económico adoptado bajo su presidencia[2], el término adquirirá un significado económico relacionado con dos hechos que encenderán las alarmas en el diario. Por un lado, las propuestas de carácter regulacionistas que Menem impulsaba por entonces. Y por otro, también se utilizará para hacer referencia al discurso de distanciamiento con respecto al modelo económico que tendrá Eduardo Duhalde durante la campaña presidencial de 1999. Tanto las iniciativas de Menem por llevar adelante una reorientación de las políticas neoliberales que habían sido el signo distintivo de su presidencia, como el discurso crítico de Duhalde al modelo vigente y su acercamiento a los sectores productivos harán que el populismo se movilice como un concepto que rememoraba el imaginario peronista tradicional históricamente cuestionado por el diario (Varesi, 2014).
En la segunda sección, estudiaremos los sentidos que adquirió el concepto durante la crisis que se desató los días 19 y 20 de diciembre de 2001 y que se extendió durante todo el 2002. En este escenario el populismo será utilizado para hacer referencia al cambio en materia económica que tendrá lugar en nuestro país[3]. En este sentido, será usado como una etiqueta condenatoria de las figuras de Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, quienes habían empezado a aplicar algunas de las medidas económicas que se alejaban del ideario ortodoxo vigente hasta ese momento. También veremos aparecer por primera vez un sentido del término relacionado con lo que podemos denominar una “racionalidad política” que lo vinculará a un tipo de democracia opuesta a la “democracia liberal”, la cual era presentada por el diario como el modelo ideal que regía en los países desarrollados y del cual Argentina a partir de la crisis se estaba alejando.
El último escenario político que tendremos en cuenta será el conflicto que se desató a inicios de la segunda presidencia de Cristina Fernández y el denominado “campo”. En este escenario se usará el concepto de “populismo” para nominar a dicho gobierno adoptando dos significados fundamentales. Por un lado, el término funcionará como sinónimo de un Estado intervencionista que, según la línea editorial del diario, pero también según la opinión de aquellos que intervenían en él, avasallaba la propiedad privada y atentaba contra la inversión de todos aquellos que querían el despegue económico de la Argentina. Pero también el populismo será utilizado para mencionar lo que se consideraba un “estilo político” que provocaba con su accionar una fractura en el tejido social. La acumulación política que llevaba adelante el kirchnerismo a partir de la confrontación y de la conformación de un campo político bajo la lógica amigo-enemigo –que, según la mirada del diario, se estaba aplicando en el gobierno– será la clave de lectura desde la cual se utilizará el concepto.
La defensa de la convertibilidad y del “modelo económico”
Si bien las reformas neoliberales que se implementaron durante el gobierno de Carlos Menem habían comenzado a llevarse adelante en los años 70, fue durante su presidencia cuando estas se terminaron de consolidar (Morresi y Vommaro, 2011; Pucciarelli, 2011). Si al principio de su mandato, y en virtud de su procedencia peronista, la figura de Menem había despertado la desconfianza entre los miembros del establishment económico, conforme dicho mandatario se mostró decidido a implementar las recetas del denominado “Consenso de Washington”[4], esta desconfianza se trocó en apoyo explícito (Novaro, 1998; Nun, 1998).
El “modelo”[5] que prevaleció durante su presidencia no fue producto de una abrupta decisión del presidente, sino que había sido legitimado previamente a partir de un laborioso trabajo ideológico en el cual habían participado especialistas provenientes de las ciencias económicas, periodistas y actores del campo político (Beltrán, 2005b; Camou, 2007). A partir de sus intervenciones en la escena pública, estos actores alentaron la implementación de las políticas neoliberales (Camou, 1998). Estos fueron parte fundamental en la construcción del sentido común de aquellos años, el cual señalaba al Estado como el responsable de los problemas económicos que había vivido nuestro país durante toda la segunda mitad del siglo xx (Sidicaro, 2009). Este consenso social en torno al modelo económico impuesto durante el menemismo se sustentaba en gran medida en la eficacia que la convertibilidad había demostrado para contener la inflación con la que había finalizado la presidencia de Raúl Alfonsín[6]. La estabilización de los precios había creado una sensación de tranquilidad que la sociedad argentina no había tenido durante mucho tiempo. Al respecto afirma Sebastián Barros (2009): “… el Plan de Convertibilidad no sólo creó la estabilidad y crecimiento económico, sino que, lo que es más importante, dio al país una sensación de orden de la que había carecido durante décadas” (p. 377).
En virtud del éxito obtenido, la convertibilidad era presentada por La Nación como el mayor logro del gobierno de Menem. Tanto la línea editorial del diario, como también los periodistas más destacados de él habían apoyado explícitamente el anclaje del peso con el dólar y no dejaban de señalar el salto cualitativo con respecto al pasado que había implicado esta en materia económica.
Precisamente, el significado del concepto de “populismo” se dibujará por entonces en relación con el (des)manejo económico que habían mostrado históricamente los llamados “gobiernos populistas” cuando habían tenido el control político del Estado. El resultado de las políticas económicas redistributivas que estos gobiernos implementaban había terminado siempre en un aumento del déficit fiscal que se tapaba con emisión monetaria; lo cual era lo que explicaba, a su vez, el “flagelo” de la inflación[7]. De ahí que para La Nación el gran logro de Menem había sido, por un lado, derrotar la inflación con el plan de convertibilidad y, por otro, a modificar el papel dirigista que había tenido el Estado en el pasado en la economía argentina:
El populismo que nos arruinó, culminando en el paroxismo hiperinflacionario de 1989-1990, consistió en atender por lo pronto a las necesidades inmediatas de la microeconomía. Se cedió, uno tras otro, a los reclamos sectoriales. Para que cerraran las cuentas de la microeconomía se destruyeron las cuentas de la macroeconomía. La burbuja se hinchó en los años setenta y reventó en los años ochenta (Mariano Grondona, La Nación, 18/10/98).
Esta explicación del fenómeno inflacionario tenía su origen en el mainstream económico que desde hacía décadas venía colonizando el espacio público y académico en nuestro país (Heredia, 2008)[8]. El mote de “populistas” adjudicado a los gobiernos anteriores al de Menem por considerar que habían tenido un manejo irresponsable de la economía en virtud del aumento del gasto público y el déficit fiscal, así como también para hacer referencia a lo que se consideraba una “intromisión” del Estado en el mercado, tenía su origen en la “batalla ideológica” que se había librado en el espacio público en los años previos a la convertibilidad y que, podríamos decir, los economistas de orientación ortodoxa habían ganado[9].
En este sentido, según lo que se podía leer en La Nación hacia finales de la década del 90, la presidencia de Menem iba a pasar a la historia porque había puesto fin a la “irracionalidad” en el manejo de la economía. Esta había sido una característica recurrente de los gobiernos anteriores y era la que había conducido a las sucesivas crisis económicas. En este sentido, el significado del concepto de “populismo” aparecía como sinónimo de “inflación” y en oposición a las políticas aperturistas implementadas bajo su mandato. El “redimensionamiento del Estado” (Camou, 1998, p. 95) que había llevado adelante Menem, así como también la eliminación de gran parte de la legislación regulativa en materia económica, eran elogiadas y puestas como ejemplo por las editoriales y los periodistas del diario:
Si el gobierno del presidente Carlos Menem fue capaz de producir un cambio histórico en las estructuras económico-sociales en sólo cinco años fue, justamente, porque resistió las presiones de los sectores interesados en mantener los esquemas del Estado proteccionista e inflacionario […] quienes siguen atados a una visión trasnochada de los problemas económico-sociales y no terminan de comprender que el país le ha dado definitivamente la espalda al populismo prebendario y clientelista que prevalecieron a lo largo de casi medio siglo (editorial, 14/01/98).
El retorno a los orígenes: peronismo y menemismo
Como hemos afirmado, de acuerdo con el pensamiento económico ortodoxo, las regulaciones por parte del Estado impedían que las “leyes del mercado” actuaran libremente asignando los recursos de manera eficiente (Beltrán, 2005b; Morresi, 2008). Según esta perspectiva, cualquier forma de regulación que afectara las ganancias de las empresas privadas traería como consecuencia una limitación a la capacidad de generar riqueza por parte de estas.
En este sentido, habíamos visto que para La Nación el papel “dirigista” que los gobiernos populistas le habían dado al Estado en materia económica había sido la causa principal de las crisis y desajustes económicos que había sufrido la Argentina durante décadas. Además, para esta matriz de análisis, era ese lugar “asfixiante” que había tenido el Estado lo que había impedido el desarrollo de las fuerzas del mercado[10].
Ahora bien, hacia el final del segundo mandato de Menem, impulsará un giro económico que traerá aparejado un cambio en relación con la valoración que hacían de su gobierno tanto los periodistas como la línea editorial de La Nación. En este sentido, dos serán los hechos que harán que el concepto de “populismo” deje de ser visto como un fenómeno del pasado y comience a utilizarse nuevamente para nominar los cambios que en materia de política económica se estaban impulsando desde el gobierno.
El primero de ellos tendrá que ver con los intentos de avanzar en materia regulatoria en algunos sectores de la economía tal como había quedado de manifiesto a través del envío a la legislatura de algunos proyectos de ley que apuntaban en esa dirección[11]. Para los analistas del diario, esto representaba una suerte de “vuelta al pasado” ya que iba a contramano de los cambios que el propio presidente había establecido desde el inicio de su mandato y que tantos elogios habían suscitado por parte del diario. Desde la perspectiva de La Nación, las nuevas medidas que el gobierno quería implementar amenazaban con desandar el camino de reformas que hasta ese momento se creían irreversibles. Frente a este cambio en la orientación económica, la línea editorial del diario y varios de sus periodistas más importantes empezarán a utilizar el concepto de “populismo” como una expresión para calificar y cuestionar la figura del primer mandatario. De allí que el término pasase a ocupar –con respecto a los años inmediatos anteriores, en que tenía un lugar marginal en los análisis políticos y económicos– una presencia cada vez más importante[12].
El segundo de los hechos que queremos remarcar estaba vinculado al acercamiento que Menem estaba teniendo con los sindicatos nucleados en la CGT en el marco del proyecto de reforma laboral que impulsaba el gobierno[13]. El consenso que el Ejecutivo buscaba lograr con el sindicalismo en torno a los puntos fundamentales de dicho proyecto daba la pauta de un cambio en los alineamientos y alianzas políticas que le interesaban establecer al gobierno. Según la mirada del diario, parecía que ya no se estaba priorizando la lógica económica y las necesidades del país, sino la alianza con los sectores corporativos tradicionales como el sindicalismo que tanto daño habían causado a la Argentina, el cual era considerado por la línea editorial de La Nación como un actor de poder negativo para el conjunto de cambios que se habían implementado a partir de 1989.
Desde la perspectiva del matutino, ambos elementos dejaban en claro que Menem estaba llevando adelante un proceso de “reperonización” de su gobierno. El término “populismo” empezará a ser utilizado para nominar de manera condenatoria esta vuelta a los orígenes:
¿Está deslizándose el Gobierno del capitalismo al populismo? Iniciativas como la reforma laboral de Erman González y la CGT, el mantenimiento del control sindical sobre la afiliación a las obras sociales, el techo más bajo a las ganancias empresariales en las AFJP y en las tarjetas de crédito, la ley despareja para el IVA rural, ¿no contradicen la liberalización económica que irrumpió en 1991 con el plan de convertibilidad? ¿Vuelve entonces el menemismo a su raíz peronista? (Mariano Grondona, La Nación, 17/05/98).
La imagen de anteanoche en Parque Norte es un fiel reflejo del momento político que impone el menemismo […] Carlos Menem, acompañado del sindicalismo y de funcionarios…transformaron el encuentro en un acto político, que se pareció mucho al lanzamiento público de la campaña por la reelección y la reforma constitucional, con el respaldo sindical […]. La moneda de cambio es el respaldo del apoyo del sindicalismo menemista al proyecto personal de Menem: la oportunidad de una nueva reelección. El acto tuvo, además, la intención de demostrar que hay un intento de Menem por regresar a la política populista, poco probable sin el apoyo sindical […]. La cuestión es determinar si ese regreso al populismo y la alianza con los gremialistas es buena señal de Menem. Incluso, si es beneficiosa para él (Adrián Ventura/Atilio Cadorín, La Nación, 18/03/98).
Si Menem había superado lo que se llamó la “doble brecha de credibilidad” (Canelo, 2011, p. 86), por lo cual había podido distanciarse de la tradición peronista clásica convirtiendo en aliados a los antiguos adversarios, hacia el final de su mandato comienza a visualizarse en el diario un resquebrajamiento en dicha credibilidad. El gobierno, que parecía haber dado vuelta de manera definitiva la página del populismo, mostraba ahora un rostro peligroso que amenazaba con echar por tierra los logros obtenidos. Frente a este giro en su política económica, los periodistas y profesionales del comentario político de La Nación harán una férrea defensa del modelo cuestionando el nuevo rumbo adoptado. En este sentido, comenzarán a utilizar el populismo como un concepto condenatorio que se fundaba en aquello que no había aparecido hasta entonces en los análisis periodísticos y las editoriales del diario: las continuidades entre peronismo y menemismo[14].
Las elecciones de 1999: la Alianza frente al posible regreso del populismo peronista
Sin embargo, el uso condenatorio del concepto de “populismo” no será solo en relación con la figura de Carlos Menem y al supuesto cambio de rumbo que este estaba llevando adelante. Tal como señala Sidicaro (2009), hacia el final de la década del 90 había más críticos del modelo económico dentro de las propias filas del oficialismo que en la oposición. En un año en que iban a tener lugar las elecciones presidenciales –las cuales eran presentadas como “cruciales” para el futuro del país en los análisis que se llevaban adelante en el diario–, eran dos las fuerzas políticas que aparecían con posibilidades reales de acceder al poder. Por un lado, se encontraba la Alianza por la Justicia, el Trabajo y la Educación (Alianza)[15]. A diferencia de muchos representantes del Partido Justicialista, los dirigentes más importantes de esta fuerza política habían ratificado los lineamientos fundamentales del modelo económico, más allá de algunas críticas iniciales a él (Alem, 2007; Corral, 2007). En este sentido, la continuidad de las políticas implementadas durante el menemismo en materia de apertura económica, privatizaciones, disciplina fiscal y sobre todo la convertibilidad había sido garantizada durante la campaña presidencial por esta fuerza política si es que llegaba al poder. La diferencia principal que durante toda la campaña presidencial marcaba la Alianza con relación al gobierno de Menem se fundaba en lo que podríamos llamar un principio “ético-cultural”: no se cuestionaba el modelo económico, sino los casos de corrupción que habían marcado su presidencia y la frivolidad con la cual se caracterizaba al gobierno expresado en el concepto de “pizza con champán”[16].
En contrapartida con esta postura, el candidato presidencial del Partido Justicialista Eduardo Duhalde se mostraba mucho más crítico del modelo y proponía como parte de su plataforma electoral un Estado que interviniese en favor de los sectores más humildes, sobre todo en áreas, tales como trabajo, salud y educación, que se encontraban visiblemente deterioradas por la aplicación de las políticas neoliberales. Además, si bien durante la campaña Duhalde no proponía una salida de la convertibilidad, había dos elementos que lo relacionaban con el discurso populista tradicional. En primer lugar, la necesidad de ir hacia un “acuerdo social” donde saliesen favorecidos, sobre todo, los sectores productivos[17]. Segundo, Duhalde sostenía la necesidad de que nuestro país adoptase una posición mucho más firme frente a los dictados de los organismos multilaterales de crédito como el Fondo Monetario Internacional.
Por lo que acabamos de señalar, Duhalde iba a ser blanco de los ataques por parte de La Nación y sus periodistas más reputados, quienes veían en estas ideas una vuelta al peronismo clásico. En este sentido, no se escatimarán críticas a las propuestas de campaña del candidato del Partido Justicialista, mostrando, en contraposición, una clara actitud de apoyo a la Alianza, la cual aparecía como la única fuerza política capaz de garantizar la continuidad del modelo neoliberal[18]. Así es que en este escenario electoral el diario funcionaba como una plataforma desde la cual múltiples actores criticaban la retórica duhaldista utilizando el concepto de “populismo”. En este sentido, el término se utilizaba para significar el nuevo rumbo que el candidato peronista quería imprimirle a la economía argentina a contramano del que la sociedad había elegido para sí a partir de 1991:
A partir de su campaña por la condonación de la deuda externa, Duhalde imagina un humor colectivo al que identifica con su propia visión de las clases populares. Vuelve entonces a los temas clásicos del peronismo. Denuncia al Fondo Monetario Internacional y se aleja del establishment. En esta fase final de la campaña, Duhalde dirige sus mensajes a un votante imaginario presuntamente dominado por los ancestrales reflejos del populismo (Mariano Grondona, La Nación 03/10/99).
Sintetizando lo dicho hasta aquí en relación con este primer escenario, podemos señalar lo siguiente. Parece claro que, en un contexto signado por la hegemonía del modelo económico neoliberal adoptado a principios de los años 90, lo que prevaleció a la hora de movilizar el concepto de “populismo” en un medio afín a este modelo fue lo que denominamos en la introducción “racionalidad económica”. De este modo, hemos podido ver cómo en las páginas de La Nación se utilizó dicho término para condenar cualquier política o medida económica que se alejase de las recomendaciones del llamado “Consenso de Washington”. En este sentido, el populismo iba a aparecer para denotar a todos aquellos gobiernos que habían aumentado el gasto público de manera discrecional con el consecuente “agujero” fiscal que este generaba; o también para condenar la posibilidad de reeditar un Estado que aplicase políticas intervencionistas en desmedro del capital privado.
Pero, sobre todo, y en relación con lo que acabamos de señalar, el concepto permitía a los editorialistas y periodistas del diario trazar una frontera con respecto al pasado al unificar con este un conjunto de experiencias históricas que, en realidad, eran muy diversas entre sí[19]. De algún modo, el concepto de “populismo” funcionaba como un espejo donde la sociedad podía –y debía– observar los errores cometidos en el pasado que habían conducido a la Argentina a la “decadencia”. En este sentido, cada vez que alguna figura política agitaba las banderas de la defensa del mercado interno, o proponía la necesidad de un Estado que interviniera activamente en la economía para compensar las desigualdades sociales –como, por ejemplo, había sido el caso de Duhalde durante la campaña electoral de 1999–, el concepto iba a ser movilizado en el diario como una amenaza del pasado que se erguía sobre el presente.
“Camino al infierno”: el regreso del populismo durante la crisis de 2001
Tal como hemos señalado en la introducción, las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 condujeron no solo a la crisis del modelo económico adoptado durante los años de Menem y prolongado por la Alianza (Pucciarelli y Castellani, 2014; Schuster, 2013), sino también a una crisis política sin precedentes que se llevó puesto al gobierno de Fernando de la Rúa.
En continuidad con lo que veíamos hacia el final de la presidencia de Menem, el concepto de “populismo” se utilizará en las páginas de La Nación para nominar críticamente algunas decisiones que en materia de política económica adoptaron los diferentes gobiernos que siguieron a la caída de la Alianza. En un escenario en el cual parecía que la sociedad había abandonado el consenso en torno al modelo económico vigente hasta entonces, el concepto de “populismo” se utilizará en el diario como una manera de trazar ciertos límites a las políticas económicas que se querían implementar y como un estigma que caracterizó a las medidas que siguieron a la caída de la Alianza.
En los vertiginosos días que llevaron a la renuncia de Fernando de la Rúa y de su sucesor Ramón Puerta, los diferentes sectores del peronismo llegaron a un acuerdo por el cual Adolfo Rodríguez Saá asumió la presidencia de la nación. Rodríguez Saá tomará entonces una de las medidas que más van a ser recordadas: la declaración del default. Esta medida, por la que nuestro país entraba en cesación de pagos con los acreedores privados internacionales, se verá como un retorno del populismo. Sin embargo, y ante el estupor de los periodistas del diario, dicha medida había sido celebrada y vitoreada por el Congreso Nacional como si fuera un triunfo para nuestro país. La Argentina rompía con uno de los contratos básicos que para La Nación lo habían constituido en un modelo para el resto de Latinoamérica:
El populismo que reinó en los últimos días podría advertirse con una anécdota sobre los pagos al Fondo Monetario. Los funcionarios estables de la administración lo convencieron a Rodríguez Saá de que debía pagarse cuanto antes una cuota de intereses al FMI por unos 50 millones de dólares. Rodríguez Saá lo entendió, pero después suspendió la medida durante varios días, a la espera de que el Gobierno les pagara a los jubilados […]. El gobierno de Rodríguez Saá anunció el default argentino como una victoria. Tal frivolidad puso en marcha mecanismos internacionales automáticos que han dejado a la Argentina fuera del sistema solar (Morales Solá, La Nación, 30/12/2001).
Sea como fuere, lo cierto es que la Argentina sufrió otra monumental regresión: retornó al populismo, padeció de más muertes inútiles e innecesarias, echó a un presidente en ocho días y se mostró ante el mundo como un país imprevisible, fuera de la economía y de la civilización (Morales Solá, La Nación, 31/12/2001).
Más allá de su intento por permanecer en la presidencia, a los cinco días de haber asumido y ante la falta de apoyo de los gobernadores del Partido Justicialista, Rodríguez Saá debió renunciar. Tras el brevísimo paso por la presidencia de Eduardo Camaño, quien había asumido por ser el titular de la cámara baja, finalmente el 1.º de enero de 2002 la Asamblea Legislativa designó como presidente a Eduardo Duhalde. Durante su gobierno se logró estabilizar la crisis político-institucional que se había desatado durante las semanas previas. Pero no solo en el plano político comenzaron a verse las transformaciones que harían que su presidencia marcase la apertura de un nuevo tiempo. También llevó adelante un cambio de modelo que lentamente comenzaría a dar muestras de recuperación económica.
Como decíamos, durante su gobierno se producirá un viraje fundamental en el plano económico que se materializará con la sanción el 6 de enero de 2002 de la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario n.º 25.561. Con dicha ley se ponía fin a la convertibilidad y se dejaban sentadas las bases para un nuevo patrón de acumulación que iba a continuar durante los años del kirchnerismo[20]. Su gobierno establecerá como uno de los ejes prioritarios el apuntalamiento por parte del Estado de los sectores productivos de la economía por sobre los financieros, quienes habían sido los más beneficiados por las políticas aplicadas durante la década del 90.
Por otro lado, si bien al comienzo de su gestión Duhalde buscó por todos los medios llegar a un acuerdo con el FMI, esta actitud condescendiente con el organismo iba a cambiar conforme su figura se fue fortaleciendo y ganando consenso en gran parte de la sociedad. En este sentido, irá teniendo una posición cada vez más firme con los requerimientos de dicho organismo, priorizando la necesidad de dar respuesta a los problemas socioeconómicos que acuciaban al país en ese momento.
Como decíamos, el conjunto de medidas tomadas por Duhalde se alejaba del modelo económico neoliberal que había sido tan elogiado por el diario. Era este viraje político y económico el que se conceptualizaba con el término “populismo” para dar cuenta de lo que se veía como una posible vuelta al pasado. Le advertirían a Duhalde que se encontraba frente a una encrucijada que él debía resolver. En este sentido, los periodistas del diario llevarían adelante lo que podríamos llamar una “tarea de pedagogía económica” en defensa del modelo aperturista y de mantener los vínculos con el FMI para evitar que nuestro país volviese a ensayar políticas que desde su perspectiva implicaban un enorme retroceso:
Si escoge el camino populista, el Fondo Monetario Internacional y, con él, las grandes naciones capitalistas, le bajarán el pulgar. Si escoge el camino capitalista, deberá enfrentar la misma resistencia partidaria y gremial que dio por tierra con el breve esfuerzo de Ricardo López Murphy. Son dos enormes riesgos. Si decide enfrentar el primero, la Argentina arrojará su peso en favor de la opción populista que encarnan Castro y Chávez. Si decide enfrentar el segundo, la Argentina reforzará la tendencia capitalista que encarnan Chile, México y Brasil. Duhalde tiene en sus manos, así, la llave de América Latina (Mariano Grondona, La Nación, 13/03/2002).
Sin embargo, y a pesar del esfuerzo de los editorialistas de La Nación por reencauzar al gobierno, era evidente que las características que iba adquiriendo lo alejaban del modelo anterior. Sobre todo, lo que aparecía a las claras era que Duhalde se mostraba decidido a otorgar al Estado un papel mucho más activo en materia de regulación económica[21]. Esto último se pondrá de manifiesto tanto en sus discursos y en las declaraciones a la prensa, donde el presidente no escatimará críticas a las políticas aplicadas durante la década anterior, así como también en las alianzas que irá tejiendo con sectores vinculados a la producción y al sindicalismo[22]. Además, y frente al hecho de que más del cincuenta por ciento de la población argentina se encontraba bajo la línea de pobreza, implementará un programa social denominado Jefes y Jefas de Hogar, a través del cual se intentará paliar dicha situación[23].
También se tomarán medidas con relación al problema del desempleo, en virtud de lo cual el gobierno prohibirá los despidos sin causa justificada y se duplicarán los montos indemnizatorios. Por otro lado, y sobre todo a partir de la asunción de Roberto Lavagna como ministro de Economía, el gobierno llevará adelante en materia monetaria una política expansiva, que consistirá en un aumento de salario para los trabajadores de empresas privadas y la elevación de la jubilación mínima de 150 a 200 pesos. Esta batería de medidas iba a contramano de las recomendaciones hechas tanto por el FMI como por los economistas de ideas más ortodoxas (Zícari, 2017), pero implicaron para el gobierno un aumento de su legitimidad social.
Como decíamos, si el modelo implementado por Menem había sido considerado por los analistas del diario como un ejemplo de “cordura” y “racionalidad” económica, los cambios que a partir de la crisis llevó adelante el gobierno de Duhalde serán fuertemente cuestionados. Esta lectura crítica de lo que estaba sucediendo se debía a que el giro en materia económica estaba en franca oposición con la idea sostenida históricamente por La Nación acerca de que la economía debía organizarse a partir de la iniciativa privada. En lugar de esta última, ahora aparecía el Estado como el actor fundamental en el ordenamiento socioeconómico y como la institución encargada de implementar políticas redistributivas que compensasen las profundas desigualdades que había generado el neoliberalismo. Aquí, nuevamente, el concepto de “populismo” era utilizado de manera condenatoria tanto por la línea editorial del diario, como por sus periodistas, ya que con él se sintetizaban los cambios en materia de política económica que se estaban dando en la Argentina a partir del nuevo gobierno.
Movilización y protestas sociales: los riesgos de la democracia “en las calles”
Ahora bien, lo que parecía estar en juego durante la crisis no era solo el modelo económico que iba a adoptar la Argentina de cara al futuro. También estaba en discusión el tipo de régimen político que iba a regir en el país. Según algunas de las lecturas que se hacían por entonces, la crisis estaba dejando en evidencia la puesta en cuestión del orden político representativo. En este sentido, las movilizaciones y protestas implicaban el rechazo de la ciudadanía hacia el conjunto de la clase política[24]. Será en relación con dicha crisis de representación que veremos aparecer en las páginas de La Nación algunos de los significados del populismo que ya no tendrán que ver con la racionalidad económica preponderante hasta entonces, sino con el comienzo de un uso político del término.
En este sentido, uno de los elementos novedosos que se plantean en este escenario es que no serán los periodistas del diario quienes llevarán adelante esta inflexión en el sentido del populismo, sino figuras provenientes del campo intelectual quienes utilizarán el concepto para describir la situación por la que estaba atravesando el país:
… el tercer problema golpea en el centro de la crisis de la representación política […]. Siempre, en el curso de su historia, asomó en la Argentina una tradición que repudia el régimen de la democracia constitucional y pretende arrogarse, merced a la acción directa, la representación del pueblo. Estas tradiciones populistas cifran su confianza en un movimiento capaz de superar la mediación de los partidos políticos entre el Estado y el ciudadano. Los movimientos actuales son una mezcla inestable de la participación directa en la calle con un concepto totalizador del poder […]. Esta dialéctica entre un poder alternativo que disputa la legitimidad del poder constituido contrapone el principio de la representación política, establecido en la Constitución Nacional, con una suerte de representación simbólica materializada en una parte del pueblo en marcha. De allí a la ilusión de reproducir antiguas simbologías revolucionarias hay un corto trecho. ¿Qué fracción del pueblo es necesaria para tomar la Casa Rosada, invadir el Congreso o sentar sus reales en el Palacio de Tribunales para proclamar el “cambio de sistema”? (Natalio Botana, La Nación, 04/07/02).
Como podemos ver, el populismo funcionaba como un concepto que daba cuenta de la situación política que atravesaba la Argentina. Se retomaba en este escenario, y después de un claro predominio de la racionalidad económica en el uso del término, uno de los sentidos políticos con los cuales había sido utilizado en el campo de las ciencias sociales, es decir, para hacer referencia a la participación y la movilización popular.
Precisamente, este estado de movilización y protesta será visto como un peligro para el futuro de la Argentina. En lugar de los andariveles institucionales adecuados para canalizar las diferentes demandas ciudadanas, la sociedad había decidido trasladar a las calles la expresión de su “vida política” en un intento por instalar una democracia directa o deliberativa; formas a todas luces reñida con el modelo democrático representativo que había adoptado nuestro país desde sus orígenes.
Esta manera de entender al populismo como el producto de una crisis de representación política estaba presente en el ámbito de las ciencias sociales, donde los populismos habían sido analizados como fenómenos anómalos cuya aparición se explicaba en virtud del mal funcionamiento del sistema de partidos[25]. De allí que, cuando los partidos políticos se mostraban incapaces de dar respuestas a las demandas de la sociedad, se creaban las condiciones para que tuviese lugar una crisis de representación con el consecuente surgimiento de los gobiernos populistas.
Pero, además, al plantear una antinomia entre populismo y democracia, Botana asimilaba a esta última con su dimensión “representativa”, quedando ocluidos otros posibles sentidos[26]. A la vez, en esta oposición subyacía una perspectiva acerca de cuál era la forma legítima que para la línea editorial de La Nación debía adoptar la política, cuestionando las formas de participación asamblearias y las movilizaciones que se estaban desarrollando en ese momento en nuestro país, las cuales estaban claramente por fuera del ideario del funcionamiento democrático que el diario consideraba deseable.
Finalmente, podemos señalar que, en un escenario donde se estaba poniendo en discusión el conjunto de creencias que habían ordenado la vida en común durante más de una década, el concepto de “populismo” fue utilizado –tanto por periodistas como por aquellos actores que provenían del campo intelectual– como un término que brindó a quienes lo utilizaron un “apoyo teórico” que permitió ofrecer explicaciones de la situación que se estaba viviendo en la Argentina. En este sentido, a través de dicho concepto, se relacionaba lo que estaba sucediendo con otros momentos de nuestra historia. Tal como hemos visto, al tener múltiples significados sedimentados, les brindaba a periodistas e intelectuales que intervenían en la escena pública una matriz interpretativa a través de la cual estructurar lógicamente los hechos frente a lo imprevisto de la crisis y los desafíos que esta traía consigo.
La resolución 125: el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández y el “campo”
En este último apartado, abordaremos los usos y significados del populismo durante el conflicto que protagonizaron el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el llamado “campo”. Como señalamos en la introducción, a medida que la confrontación fue en aumento, se fueron involucrando en ella diversos actores políticos, económicos y sociales –incluyendo en esta lista a los medios de comunicación y diversos intelectuales que participaban en ellos–, dando muestras de apoyo a alguno de los sectores que se hallaban en la contienda.
La Nación contra el Estado
Como en otros momentos de su historia, el diario La Nación abandonará su pretensión de mirar los conflictos políticos “desde arriba” y tomará partido por los sectores propietarios (Sidicaro, 1993). La línea editorial del diario movilizará el concepto de “populismo” desde una perspectiva económica liberal “antiestatalista” en una clara crítica a la medida que había desatado el conflicto. En este sentido, defenderá a través de sus editoriales al sector identificado como el “campo”, presentando a las retenciones como un impuesto[27] confiscatorio fruto de un gobierno “expoliador” (Vommaro, 2010) cuya voracidad lo llevaba a apropiarse ilegítimamente de la renta generada por los sectores productivos:
“Bonapartismo” es la denominación legitimada en la ciencia política para abarcar el sinfín de ejemplos de gobiernos populistas que se han ido sucediendo desde el siglo xix, con prescindencia de izquierdas y derechas. No es otra cosa que la mediación fatal de un Estado paternalista, prepotente, infiltrado con sus regulaciones asfixiantes en todas las actividades privadas. Fascismo camaleónico, en suma, que a veces ha sido de derecha y otras de izquierda, dejando al final el irremediable balance de sus estragos, como lo muestra la experiencia de los últimos setenta años en América Latina y, particularmente, en la Argentina (Editorial, La Nación, 03/04/08).
Como podemos ver, los significados del populismo movilizados en la editorial permitían articular la crítica económica al gobierno con la política. De esta manera, el concepto se enlazaba con otros términos del vocabulario político que también cargaban con un sentido negativo[28]. Según lo que se podía leer en las editoriales, la medida revelaba la naturaleza “bonapartista” del kirchnerismo, término que había sido utilizado por los intelectuales de izquierda para referirse a los gobiernos que se sostenían en liderazgos personalistas y autoritarios. De este modo, y echando mano de un término ajeno a la tradición liberal-conservadora sostenida por el diario –pero que se presentaba como un recurso útil a los fines de la crítica que se estaba realizando–, se cuestionaba la manera en que el Ejecutivo entendía el ejercicio del poder.
Pero también se vinculaba al kirchnerismo con otra característica presente en las interpretaciones de los gobiernos populistas que se habían llevado adelante en el campo de las ciencias sociales. Nos referimos a aquellos estudios que habían señalado cierto “aire de familia” entre el populismo clásico y los movimientos totalitarios europeos[29]. Esta lectura iba a ganar terreno en las páginas de La Nación durante el tiempo que duró el conflicto por la “125”. En varias notas y artículos de opinión, se presentará a la figura de Cristina Fernández como una líder política autoritaria. La construcción de esta imagen de la primera mandataria la emparentaba con los presidentes de la denominada “marea rosa” o “populismos de izquierda”, que estaban en el poder en gran parte de la región.
Por último, es posible señalar otro de los significados del concepto de “populismo” que se movilizarán durante todo este momento político. Este tendrá que ver con la identificación del kirchnerismo como un gobierno “antirrepublicano”:
Hoy, la calidad de nuestras instituciones políticas dista mucho, por cierto, que definen a los sistemas democráticos republicanos. Los esquemas propios del cesarismo democrático y del populismo se acercan más a nuestra realidad política presente que los principios republicanos, representativos y federales que nos legaron nuestros padres constituyentes de 1853 (editorial, La Nación, 06/04/08).
El hecho de que el Poder Ejecutivo estableciese las retenciones móviles de manera unilateral sin enviar un proyecto de ley al Congreso como hubiese sido lo correcto según La Nación era señalado como un atropello a las instituciones republicanas y como un comportamiento típico de los gobiernos populistas. Como decíamos, esta ausencia de compromiso institucional quedaba graficado en el papel accesorio o casi nulo que tenían los Parlamentos en este tipo de regímenes donde la figura presidencial era la que tenía un papel preponderante a la hora de la toma de decisiones de gobierno[30].
Este sentido antiinstitucional otorgado al concepto por la editorial –donde se lo oponía a “república” o “republicano”– venía en línea con el análisis que habían realizado en el campo académico algunos autores estudiosos de los liderazgos calificados como “populistas”, sobre todo con relación a algunas figuras que habían surgido en la década del 90 en América Latina y que habían sido rotuladas bajo la categoría de “neopopulismo”. Para estos autores –y remarquémoslo una vez más: no necesariamente pertenecientes a una misma corriente ideológica–, la característica definitoria y más propia de los populismos era que se fundaban en una suerte de “personalización del poder” (Nun, 1998, p. 73; Weyland, 2004, p. 31).
En contraposición a esta lectura condenatoria del populismo, tanto en el vocabulario político académico como en el cotidiano (Williams, 2003), los términos “república”[31] y “republicano” denotaban una postura política de defensa de las instituciones y el respeto por la división de poderes. El “par dicotómico asimétrico” –por hablar en los términos de Koselleck– que se constituyó entre gobiernos republicanos y populistas será uno de los tópicos que tendrá una amplia circulación por aquellos años a la hora de analizar el “giro político a la izquierda” que se había producido en Latinoamérica y del cual el kirchnerismo formaba parte[32].
Lo que nos parece más importante remarcar es que dicha oposición conceptual se trasladó al campo de la prensa y funcionó en La Nación como un esquema clasificatorio que servía para posicionar de manera antagónica a los actores que se encontraban en pugna y las prácticas políticas asociadas a cada uno de ellos. Si los términos “república” y “republicano” representarán en este contexto la postura de ejemplo de lucha cívica del campo, compuesto por un conjunto numeroso de ciudadanos que estaban siendo estafados por el gobierno y que, sin embargo, mantenían sus legítimos reclamos dentro de los canales institucionales, por otro lado, el concepto de “populismo” se utilizará para señalar el ejercicio arbitrario del poder y el avasallamiento de las instituciones por parte del gobierno (Rinesi y Muracca, 2010; Rinesi, 2013; 2015).
El gobierno de CFK y los antagonismos sociales como práctica política
Junto a los múltiples significados del concepto de “populismo” que hemos analizado hasta aquí, encontraremos en esta coyuntura otro sentido de este último que estará presente en los análisis que se harán en La Nación del gobierno kirchnerista. Este tenía que ver con el “estilo político confrontativo” que le habían dado a la práctica política tanto el expresidente Néstor Kirchner como Cristina Fernández[33].
En este sentido, el concepto de “populismo” será utilizado como un término que denotaba la actitud beligerante que mostraba la presidenta, que, lejos de intentar desactivar la tensión con el sector agropecuario como el diario propugnaba, utilizaba el conflicto como un dispositivo de acumulación de poder político[34]. Varios de los análisis que se harán por entonces coincidían en el diagnóstico de que la “división social” que estaba viviendo la sociedad argentina era producto del accionar político del gobierno:
El país no puede volver a precipitarse en extremos de irrealidad y de abstracción comparables a los que en otros tiempos generaron divisiones y enfrentamientos por los cuales la Argentina pagó un altísimo precio. Lo menos que se le puede pedir a nuestra dirigencia política actual es que dirija su mirada al mundo de hoy y vea cómo se dirimen y resuelven, en los países más evolucionados, los dilemas institucionales y los grandes conflictos de la vida pública. Es hora de que los argentinos nos consagremos a trabajar en la creación de un sistema político adulto y racional, que erradique definitivamente los resabios de autoritarismo, populismo y demagogia que envenenaron nuestra historia reciente (editorial, La Nación, 29/07/2008).
Pero, además, y en relación directa con el sentido anterior del término, el populismo funcionaba como un “concepto explicativo” (Lesgart, 2003) que permitía entender la lógica política que guiaba al gobierno y que había llevado al país a una crisis política como hacía mucho tiempo no se veía. En este sentido, varios de los intelectuales que participaban como columnistas en La Nación coincidían con la línea editorial y calificaban al kirchnerismo como un gobierno populista que conducía a la fractura y a la “polarización social”. De este modo, a la hora de analizar al gobierno, las posiciones del periódico y las intervenciones de algunos intelectuales y analistas políticos de renombre se apoyaban y reforzaban mutuamente:
En la caja de herramientas del populismo, la polarización de la sociedad entre culpables e inocentes es un recurso de eficiencia probada. En general, los culpables son los económicamente poderosos y los inocentes aquellos que poseen poco o nada. Sin embargo, el populismo se ha especializado en convertir estas realidades dolorosas en retórica incendiaria e interesada (Eduardo Fidanza, La Nación, 27/03/08).
En este sentido, será esta lógica de acción política que seguía el gobierno uno de los aspectos más cuestionados en las páginas de La Nación, que, en contraposición con las formas agonísticas, sostenía un mensaje de defensa de las formas “consensualistas” de la política.
Retomando algunas de las cuestiones dichas respecto de esta última coyuntura, podemos afirmar que, en este escenario de fuerte conflictividad social, el concepto de “populismo” osciló entre dos usos. Por un lado, hemos visto cómo funcionó como una herramienta de disputa política. Ejemplo de ello será su uso como etiqueta para cuestionar el papel que el gobierno de Cristina Kirchner le otorgaba al Estado. En dicha lectura, a través de las retenciones a los productores rurales, el gobierno estaba violentando el principio de la intangibilidad de la propiedad privada consagrado en la Constitución Nacional. Este significado otorgado al populismo venía en consonancia con las críticas que históricamente había tenido la línea editorial de La Nación en relación con los gobiernos redistribucionistas. En este sentido, el significado del populismo no se alejaba demasiado de lo que habíamos visto en las dos coyunturas anteriores: su uso para denunciar la presencia de un Estado que intervenía de manera abusiva y expropiatoria.
Por otro lado, y esta será la novedad más importante en este momento político, vimos cómo aparecía un segundo sentido del populismo sustentado en una “racionalidad política”. El populismo tendrá que ver con un tipo de liderazgo reñido con las instituciones republicanas y con el correcto funcionamiento de las democracias liberales. Para la perspectiva del diario, en los regímenes democráticos debía primar el diálogo y el consenso entre los diferentes grupos sociales, cosa que los populismos nunca se habían preocupado por lograr. En este sentido, al caracterizar a los gobiernos populistas como aquellos que apostaban a la confrontación política, el kirchnerismo era cuestionado por apostar a la “división de la sociedad” a través del establecimiento de antagonismos en el seno de esta. Estos últimos significados del término permitían deslizarse de una crítica económica hacia una política marcando una importante distancia entre el diario y el gobierno de Cristina Fernández.
Conclusión
En este primer capítulo, vimos cómo en cada uno de los escenarios que hemos tomado como marco para nuestro análisis el populismo se mostró como un concepto que brindó para quienes lo utilizaron un esquema de inteligibilidad a través del cual se interpretaron en cada momento los hechos sociales más importantes. Ahora bien, no fueron solo los problemas más urgentes los que se leyeron a través de dicha categoría por parte de periodistas, editoriales e intelectuales que participaban en el diario. También se lo utilizó como un concepto que permitía entender lo que había sucedido en las últimas décadas en nuestro país. En este sentido, sirvió para cuestionar las políticas económicas llevadas adelante por los gobiernos peronistas –sobre todo, aunque no solo ellos– y aquellos sectores de la sociedad que lo habían acompañado que, con decisiones desacertadas, habían conducido a las sucesivas crisis económicas y políticas.
En virtud de esto último, podemos decir que uno de los usos centrales del término tuvo que ver con la articulación que se produjo en cada uno de los escenarios que hemos analizado entre el concepto de “populismo” y alguna o varias dimensiones temporales. “Fantasma” del pasado que acechaba con regresar en el primer escenario, a partir de la vuelta a las “raíces peronistas” del presidente Menem y del discurso electoral de Eduardo Duhalde en las presidenciales de 1999; realidad presente a partir de las movilizaciones, piquetes y declaración del default que mostraban una “desconexión” con el mundo desarrollado durante la crisis de 2001, y, por último, como un concepto que hacía referencia a la situación efectiva durante el gobierno de Cristina Fernández, pero que también era utilizado para remitir a un futuro que se percibía sombrío para la Argentina.
Así fue como en los tres escenarios analizados el populismo se convirtió para La Nación en una suerte de “anatema”. Palabra “maldita” para el pensamiento liberal conservador en el cual bregaba el diario, a través de ella se expresaron los miedos de estos sectores frente a cualquier desvío según los cánones –ya sean económicos o políticos– establecidos como legítimos por dicho diario. Si, tal como lo señala Maristella Svampa (2010), la antinomia principal que atravesó nuestra historia política y cultural fue la de “civilización o barbarie”, podemos decir que en el caso del diario fundado por Bartolomé Mitre se trató de “civilización o populismo”. En este sentido, funcionó como un concepto que condensaba las frustraciones –pasadas, presentes y futuras– de este “intelectual colectivo” (Sidicaro, 1993) que fue el diario La Nación.
- Tal como afirma Julio Aibar Gaete (2013), “el denominado populismo ha sido y es una obsesión no sólo para la academia y los especialistas, sino también para los actores políticos y los comunicadores sociales. El término populista fue y es usado asiduamente, las más de las veces, como adjetivo para descalificar a adversarios o como impugnación a muchas de aquellas corrientes que interpelan al orden establecido” (p. 36).↵
- Recordemos que, a partir del último trimestre de 1998, la economía argentina va a entrar en recesión (Basualdo, 2013; Pucciarelli y Castellani, 2014). Sumado a esto, era cada vez más claro el creciente deterioro social (Vilas, 2011).↵
- Una de las consecuencias más importantes de la crisis de 2001 fue el abandono de la convertibilidad, la cual había estado vigente durante una década.↵
- Este “consenso” se basaba en una serie de supuestos en materia de política económica: 1) el crecimiento se verificaría en América Latina a partir de la inversión extranjera; 2) se debían liberar los mercados para que ingresasen dichas inversiones; 3) los gobiernos debían implementar reformas institucionales “pro mercados”; 4) el Estado aparecía como un obstáculo para el correcto desarrollo de la vida económica; y 5) la dinámica de los mercados iba a generar el efecto “derrame” que terminaría beneficiando al conjunto de la sociedad (Vilas, 2011).↵
- Este modelo económico suponía –además de la convertibilidad que establecía el valor de un peso igual a un dólar– otras medidas de política económica como la supresión de la regulación por parte del Estado en materia de salarios, comercio (tanto el interior como el exterior), transporte, etc. (Heredia, 2011b).↵
- Desde la última dictadura militar, la inflación se había convertido para la mayoría de los economistas en el principal problema económico que tenía el país. En relación con el éxito de la convertibilidad para controlar la inflación, afirma Mariana Heredia (2008): “Ninguna conversión masiva precede al lanzamiento de la convertibilidad; su capacidad para detener la inflación y aquietar la espiral especulativa fue, no obstante, una prueba pronto celebrada por gran parte de los actores de la vida nacional” (p. 15).↵
- La omisión a causas de otra naturaleza que diesen cuenta del fenómeno inflacionario, como por ejemplo la “puja distributiva”, era propio de las explicaciones monetaristas que eran preponderantes tanto en la línea editorial del diario como en sus periodistas más importantes.↵
- Como hemos afirmado en la introducción, hacia finales de la década del 80 encontraremos dentro del campo académico a economistas como Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards (1989) entre otros, para quienes las políticas populistas aparecían como las responsables de los procesos inflacionarios que habían tenido lugar en varios de los países latinoamericanos durante toda esa década.↵
- Así, para explicar por qué el neoliberalismo se había impuesto en la Argentina, se requería tener presente, “junto con los aspectos estructurales y coyunturales, la formación de una hegemonía ético-política, ideológica” (Morresi, 2008, p. 10).↵
- Según la lectura habitual que hacían los economistas y periodistas económicos en el diario, los gobiernos populistas eran los responsables del intervencionismo estatal. Tal como afirma Morresi, “para los neoliberales, parece estar probado que la intervención del Estado produce ineficiencias en la economía y puede ser causante de una merma de las libertades personales fundamentales, a las que se entiende basadas en la libertad del mercado. En este sentido, el Estado es una institución peligrosa que debe ser claramente limitada en su forma y sus capacidades” (Morresi, 2007, p. 121).↵
- Durante 1998 el gobierno impulsará medidas tendientes a regular el mercado de los supermercados, las ganancias que podían tener los bancos a través de las comisiones que podían cobrar a las tarjetas de crédito, así como también los límites a las comisiones que podían cobrar las AFJP. Al respecto véase Rosales (La Nación, 26/05/98) y Sopeña (La Nación, 6/6/98).↵
- Al menos desde inicios de 1995, que es cuando tenemos acceso a la versión digital del diario. ↵
- El proyecto de reforma laboral que el entonces ministro de Trabajo Erman González había acordado con el sindicalismo era rechazado tanto por el empresariado de mayor poder económico denominado “grupo de los ocho”, como por el FMI. Para estos dos últimos actores, los sindicatos iban a salir favorecidos por ese proyecto de ley. Eran tres puntos los más cuestionados: 1) los sindicatos continuaban reteniendo el control de las obras sociales; 2) los empleadores debían seguir negociando los contratos a nivel nacional por industria en vez de empresa por empresa; y 3) una cláusula que renovaba automáticamente los términos de un contrato laboral existente si no se acordaba uno nuevo dentro de un plazo determinado. Finalmente, la reforma se iba a aprobar el 2 de septiembre de 1998.↵
- Decimos que esta continuidad no estaba presente en La Nación, afirmación que no aplica, como veremos, a Página/12. Por otro lado, en el campo académico, varios trabajos daban cuenta de esta continuidad de “estilo político” entre el primer peronismo y el menemismo. Ver Portantiero (1995).↵
- La Alianza se concretó el 2 de agosto de 1997. Lo constituían dos fuerzas políticas: la UCR y el FrePaSo. Se estructuró como un acuerdo legislativo y programático de cara a las elecciones legislativas de 1997 y presidenciales de 1999 (Corral, 2007).↵
- “Una buena muestra de la solidez de la hegemonía neoliberal puede verse en los ejes de la campaña elegidos por los principales partidos de la oposición en las elecciones de 1995 […] La oposición eligió centrar su discurso en los aspectos éticos. Así el elenco gubernamental fue acusado de actos de corrupción, amiguismo y clientelismo, pero la continuidad del modelo no fue puesta en duda por prácticamente ningún dirigente político…” (Morresi, 2008, p. 92). Esto que el autor afirma en relación con las elecciones presidenciales anteriores se potenciará en el caso de las de 1999.↵
- Tal como afirman Castellani y Szkolnik (2011): “En efecto, si bien en conjunto el PJ y su candidato presidencial a las elecciones generales del 99 estrecharon filas en torno a la defensa de la convertibilidad, a su vez exigieron (o prometieron hacer efectivas una vez asumido el poder) medidas que compensaran los perjudiciales efectos que el ‘uno a uno’ acarreaba a los sectores productivos. En definitiva, se trataba de mantener la convertibilidad, pero impulsando una ‘Concertación Social’ mediante la cual se recrease una alianza de clases de carácter populista” (p. 16).↵
- “La UCR aportó a la coalición triunfante en las elecciones de octubre de 1999 su candidato presidencial más afín con el neoliberalismo […] la postulación de Fernando de la Rúa era adecuada para buscar votos entre aquellos sectores neoliberales que se alejaban del menemismo y temían en Eduardo Duhalde un retorno a la tradición peronista que éste, por su parte, se esmeraba en alimentar” (Sidicaro, 2009, p. 61).↵
- El concepto de “frontera” remite, según Aboy Carlés, al trazado de divisiones “discursivas excluyentes” entre fuerzas políticas que puede llevar a la “descalificación del campo adversario” (Aboy Carlés, 2001, p. 110). Este trazado de frontera está presente en la conformación de las identidades políticas más importantes de nuestro país, es decir, tanto en el peronismo como en el radicalismo. En el contexto que estamos analizando, el uso que se hacía del populismo iba en línea con este sentido de divisoria de aguas entre el presente y el pasado.↵
- Este nuevo modelo se basaba en una serie de políticas fundacionales para el futuro de la Argentina. Enumeramos las más importantes: 1) la devaluación, 2) la implementación de retenciones a las exportaciones, 3) la pesificación asimétrica de deudas y depósitos, 4) el “salvataje” al capital financiero, 5) el default, 6) el congelamiento y renegociación de las tarifas (Varesi, 2014).↵
- Como señala Ana Castellani (2013): “Tras la crisis de la convertibilidad, se fue configurando un modelo sostenido en algunas políticas clave que, tomadas en conjunto, implicaron un giro en la orientación de la intervención estatal y una ampliación en sus niveles de acción” (p. 191).↵
- “Mi compromiso a partir de hoy, es terminar con un modelo agotado que ha sumido en la desesperación a la enorme mayoría de nuestro pueblo para sentar las bases de un nuevo modelo capaz de recuperar la producción, el trabajo de los argentinos, su mercado interno y promover una más justa distribución de la riqueza” (discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa 01/01/2002).↵
- El gobierno había establecido que los fondos para financiarlo se obtenían de lo que se recaudase de retenciones agrícolas, del petróleo y de algunos bienes manufacturados de origen agroindustrial. Esta decisión también será vista como una muestra de “populismo” por parte del gobierno: “Sacar a la gente de la pobreza es el fin natural de los países subdesarrollados. El populismo procura alcanzarlo con una fórmula distributiva: que los que más tienen cedan sus ingresos a los que menos tienen. El capitalismo procura alcanzarlo creando un ambiente que, porque es favorable a los negocios de los que más tienen, los induzca a invertir y crear empleos. Cuando les impone altas retenciones a las exportaciones para financiar un plan de emergencia destinado a los jefes de familia desocupados, el Gobierno refleja una mentalidad populista” (Mariano Grondona, La Nación, 07/04/2002).↵
- Así parecen entenderlo Lesgart y Souroujon (2008), quienes afirman que “los días 19 y 20 de diciembre del 2001, la consigna ‘que se vayan todos’ puede ser entendida como la manifestación de la ciudadanía de su hartazgo frente a la clase política y a las diversas instituciones de la representación” (p. 44).↵
- En esta manera de analizar el origen del populismo, Natalio Botana no se aleja demasiado de autores provenientes de otras tradiciones ideológico-políticas. Citemos solamente dos ejemplos: “Si bien los populismos incorporan a sectores previamente excluidos, no respetan instituciones liberal-democráticas y son formas autoritarias de participación política” (De la Torre, 1998, p. 133). Por otro lado, alguien cercano a la socialdemocracia como Ludolfo Paramio (2006) afirma lo siguiente: “La clave de las expectativas de Juan Perón y Getulio Vargas en aquellos años era la crisis de representación y la existencia de amplios grupos sociales que se sentían excluidos económicamente y no encontraban una vía para que sus necesidades fueran atendidas por los gobiernos” (p. 66). Véase también Touraine (1998) y Novaro (2007).↵
- Este significado de la democracia movilizado por Botana coincidía con la sostenida por la línea editorial de La Nación.↵
- Como señala Cremonte, de los múltiples sentidos que estaban en disputa sobre las retenciones, el diario La Nación “anclará” el sentido de estas como un “impuesto” (Cremonte, 2010).↵
- En este sentido, podemos ver cómo al concepto de “populismo” le sucedía lo mismo que Raymond Williams afirmaba en relación con los usos del término “cultura”: este aparecía asociado a otros términos formando parte de una “estructura” donde cada uno remitía a los demás (Williams, 2003). ↵
- El caso paradigmático al respecto será el peronismo, el cual será comparado en algunos casos con el fascismo. Para quienes realizaban este tipo de análisis, la incorporación de las masas a la vida política que llevó adelante el peronismo había estado marcada por el autoritarismo del líder del movimiento (Germani, 1962; Sebreli, 2013). En otro libro de reciente aparición, podemos leer lo siguiente: “… se puede decir que los fenómenos totalitarios son la consecuencia natural del núcleo ideal populista, cuando no hay límite alguno capaz de contener la pulsión […] y ponerle freno. Es en esos casos que los totalitarismos de tipo fascista o comunista son ‘paridos’ por el núcleo populista que está en sus orígenes” (Zanatta, 2014, p. 211). No nos interesa tanto la justeza del análisis del populismo en estos términos como el hecho de remarcar dos cosas que se desprenden de él: 1) la persistencia de este tipo de lecturas sobre el populismo a pesar de los argumentos en contra; 2) cómo una caracterización hecha del populismo en el campo académico se traslada al campo de la prensa, donde es reapropiada y utilizada en el debate público. ↵
- La idea ampliamente difundida en el diario de que el Congreso de la Nación funcionaba durante el kirchnerismo como una “escribanía” es una muestra de lo que acabamos de afirmar. Solo como ejemplo podemos citar el artículo de Martín Dinatale “La escribanía kirchnerista sigue en pie”, La Nación, 29/12/2008.↵
- Es importante aclarar que la noción de “república” no tiene una significación ni un sentido unívocos. Abordar esta discusión no es el objetivo de nuestro trabajo, pero queremos señalar la existencia de lo que se podría llamar un “consenso institucional republicano” que se instaló en torno a esta noción de república, el cual la entiende exclusivamente con relación a la división de poderes. Esta lectura es, a todas luces, parcial ya que deja de lado otras interpretaciones posibles de la “tradición republicana”. Para profundizar en este análisis, véase el excelente trabajo de Philip Pettit (1999).↵
- Debemos señalar que esta forma de diferenciar los gobiernos latinoamericanos no fue exclusiva de aquellos intelectuales de raigambre liberal. También para aquellos cercanos a la socialdemocracia los gobiernos de los países del continente se ordenaban en dos ejes. Uno conformado por Chile, Colombia y Perú, que aparecía como países donde funcionaban correctamente las instituciones y donde existía seguridad jurídica. Frente a este eje aparecía el populista, conformado por Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y, en menor medida, Brasil. Véase, por ejemplo, Paramio (2006) y Touraine (2006). Esto es una muestra de cómo en las críticas al populismo coinciden muchas veces tanto las corrientes liberales como las de izquierda o centroizquierda (Rinesi, 2015).↵
- Lesgart y Souroujon (2008) sostienen que Néstor Kirchner desplegó “un estilo confrontativo que tuvo buena recepción en una sociedad que venía de experimentar su furia frente a la crisis del lazo representativo mediante los cacerolazos, la consigna ‘que se vayan todos’, en las calles y en las asambleas […]. Discursivamente, retornó aquello que durante la década del 90 había sido despreciado, pero que constituye gran parte del pensamiento peronista: la importancia del Estado y la reivindicación de tradiciones populares” (p. 54).↵
- En relación con la estrategia política del gobierno, Nardacchione y Taraborelli afirman: “La estrategia del Gobierno nacional fue fiel a su tradición: negociación dura e ideologización del conflicto para consolidar las posiciones en la disputa […]. En todos los casos, el Gobierno, sostenido en un discurso fuertemente ideológico, amenazaba a la ruptura sin ofrecer tregua” (2010, p. 130).↵






