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2 Religión cristiana
y subjetividad ilimitada

El problema de la subjetividad ilimitada y su relación con el cristianismo

Comencemos preguntándonos qué tipo de entidad se mienta con la noción de “subjetividad ilimitada”[1] (unbeschränkten Subjektivität)? No solo presenta este constructo en una definición de Dios[2] (V 315), sino que nuclea en ella algunos elementos que hacen a la génesis de la religión. Pero a tal noción antecede la que halla en Dios la subjetividad libre de toda limitación (schrankenfreie Subjektivität) (V 230). Ambas expresan propiedades esenciales de la divinidad y corren paralelas. Veamos el siguiente pasaje (V 230):

La fe no se limita por la representación de un mundo, de un universo, de una necesidad. Para la fe sólo existe Dios, es decir, la subjetividad libre de sus límites. Cuando la fe surge en el hombre, el mundo sucumbe, mejor dicho, ha sucumbido ya[3] (el destacado es del autor).

Los elementos que circundan a la noción de Dios son los siguientes: fe, representación, necesidad, mundo. Reside allí un protagonismo de la fe. Parecería constituirse desde ella a Dios mismo como expresión de la abolición de las limitaciones del hombre. Pero, en ese acto constitutivo de Dios, se expone el síntoma de la renuncia al mundo, al universo, a la realidad (Wirklichkeit) allende la conciencia ensimismada del individuo creyente. A la vez, es de notar el carácter, por decirlo así, indómito de la fe: pues no se limita por el mundo, sino que emerge sobre sus ruinas. La ponderación de este como criterio de limitación efectivo anularía, en la lectura del pasaje, la efectividad de la fe. Y viceversa, la fe se manifiesta en la desaparición del mundo. La dicotomía parece ser fe o mundo. Pero es en verdad Dios o mundo. La fe es la forma de conciencia en que el hombre deja en suspenso la valencia de lo que le circunda, de su contexto, del mundo; y en ella solo reina Dios. No se pretende ni con mucho agotar el tema, del que nos ocuparemos a lo largo de todo el trabajo, sino más bien introducir una cuestión, a saber: qué lugar tiene, en la concepción del cristianismo y en general de la religiosidad humana, la idea de Dios como subjetividad ilimitada[4]. Veamos cómo Feuerbach completa su exposición (V 230):

La esencia de la fe que se puede confirmar a través de todos sus objetos, hasta en su mínimo detalle, consiste en esto: que el hombre es lo que desea. Desea ser inmortal, pues es inmortal; desea que exista un ser que puede todo lo que es imposible a la naturaleza y a la razón, pues existe un ser semejante; desea que exista un mundo como corresponde a los deseos del sentimiento, un mundo de subjetividad ilimitada, es decir, un mundo de comodidad no disturbada, de ininterrumpida felicidad, pues existe; pero como existe un mundo opuesto a este mundo confortable, entonces este mundo debe perecer. Y debe perecer tan necesariamente como existe un Dios, ser absoluto del sentimiento humano[5] (el destacado es del autor).

Partamos del supuesto “El hombre es lo que desea”. Entonces, ¿es el hombre un tipo de subjetividad ilimitada? No, pero desea serlo. Si lo fuese, no lo desearía, y no tendría sentido la consecuente oposición con el mundo. Al contrario, en su ilimitación se erigiría sobre el mundo, que no sería sino su correlato. Nos hallamos, como señala Fabro (1977), en el punto central de la reducción de la teología a la antropología[6]. Pues el Dios que la teología –y su adalid, la filosofía especulativa– se esfuerza en precisar conceptualmente no es más que un reflejo de las necesidades del corazón humano[7]. Hay entonces, en esta lectura de la subjetividad ilimitada, la articulación de la razón desde un carácter particular, especial, por decirlo de alguna manera. Pero lo en sí racional, siguiendo a Amengual, se vincula a la objetividad del mundo y la naturaleza, con un criterio de demarcación no determinado por la subjetividad, arbitraria, del corazón humano[8]. De otro parecer es Fabro en su crítica a Feuerbach: este autor concuerda con la lectura de la deidad como producto del sentimiento humano, pero considera que tal Dios no designa el absoluto del catolicismo, ni a Cristo[9].

Más allá de estas disquisiciones, tanto la subjetividad libre de toda limitación, como la subjetividad ilimitada expresan un deseo del corazón humano. Y ello, según Bloch, es constitutivo de la religión: entiende que expresa la escisión en el seno del corazón humano entre un individuo limitado y un yo ilimitado, a saber: Dios[10]. Entonces, la subjetividad ilimitada (unbeschränkte Subjektivität) (V 231) viene de la mano de la propiedad esencial de ser libre de toda limitación (schrankenfreie Subjektivität) (V 230) y de la esencia ilimitada (unbeschränkte Wesen) (V 235). Feuerbach no trabaja estos conceptos de manera desperdigada o a lo largo y ancho de todo el escrito, sino que les asigna dos capítulos, a saber: los capítulos catorce y diecinueve, más allá de referencias aisladas. En ellos aborda, puntualmente, el milagro y la inmortalidad del individuo-género, esto es: del Dios que es una extensión radicalizada del individuo, como veremos en el último apartado del presente capítulo. Pero, si vemos más de cerca, la inmortalidad del individuo representa El Milagro, con mayúsculas. Indagaremos puntualmente, entonces, dos momentos del texto: V 230-237 y 296-315.

El milagro se expone en continuidad con un tema central, a saber: la oración, la plegaria. En ella –ya lo decía Kant– el hombre se dirige al Dios personal, al Dios-persona, apela a él[11]. Desde esta lectura, lo que se mienta es la carencia, la limitación del individuo que sufre, que se ve subyugado por el mundo. Kant se da cuenta de que el recurso a la intercesión divina no se dirige a un “algo” meramente pensado o sentido, sino a un ser personal, que actúa de manera extraordinaria y sin la intervención de causas segundas, inmediatamente, sobre nosotros. Esto es: sobre el individuo particular. Orar como medio para peticionar la ayuda divina consiste en disponer un yo individual limitado en pos de un yo absoluto ilimitado. De un yo a otro yo, de un individuo a otro. En esto consiste, siguiendo a Kant, el fundamento subjetivo de la ilusión religiosa, en que radica el peligro del antropomorfismo[12].

Volviendo a Feuerbach, hicimos alusión a la fe más arriba como aquello que irrumpe en el hombre instalando a Dios sobre las ruinas del mundo. Y es que, como dice el título del capítulo citado, el misterio de la fe (es, y está vinculado a) el misterio del milagro[13]. Hay milagro porque hay fe, y ella y solo ella sostiene el milagro[14]. Pero este Dios ¿cómo influye en el hombre, en qué consiste su carácter de objeto con relación al sujeto? Feuerbach entiende que el objeto expresa la esencia del sujeto (V 34)[15], y Dios en cuanto objeto no es más que la esencialidad proyectada del hombre (V 35)[16]. Un supuesto básico de La esencia del cristianismo es que Dios no es otra cosa que la esencia objetivada, y ella es el género (Gattung). Pero ¿qué relación tiene esto con el milagro? El hombre apela al milagro ante la sordidez del mundo: interminable serie de causas segundas. La naturaleza, inexpugnable, no permite que se pueda actuar sobre ella sino bajo sus condiciones y en forma de procesos, siempre mediados. Pero, si el sujeto –sabiéndose limitado, esto es, siendo individuo– crea un Dios, y si Dios en cuanto objeto expresa su esencia objetivada, pues entonces este sería tan limitado como el individuo. Aquí hay que separar las aguas: el hombre crea a Dios y se proyecta en él, único modo de concebir la idea de género hipostasiado (V 45)[17]. Pero quien pide el milagro no es el hombre, sino un individuo concreto, que siente sobre sí la férrea cadena de la interminable serie de causas y efectos, y es por tanto limitado. El género no es persona (o el género personalizado es Dios, pero no el género sin más), y por tanto no se le puede pedir algo, suplicarle, solo una persona puede oír e interceder por otra. Por ello el concepto que utiliza Feuerbach es el de “subjetividad ilimitada”, libre de todo límite. En la conciencia de sí del individuo limitado, surge la carencia y necesidad, el anhelo del corazón, de verse protegido. Aquí se pondera como último recurso la gracia, en la inmediatez absoluta que anula todo tipo de mediación. No se reza a la esencia absoluta, al Dios del deísmo, sino al Dios-persona, pues se apela a un corazón que se compadezca de las penurias del individuo particular.

El milagro, entonces, es “deseo sobrenatural realizado” (V 231)[18], solo atribuible a alguien que, del mismo modo que un individuo, actúe. Una esencia no puede en sí actuar, sino a condición de ser persona, sujeto. Y actuar más allá de las causas segundas, lo que implica suspender su operatividad, es propio solo de un tipo de subjetividad ilimitada. El límite lo representa la naturaleza. Ella limita al hombre, lo condiciona y determina, de manera que cada acción que este realiza en ella (pues toda acción se realiza en la naturaleza) se enmarca espacial y temporalmente. Pero, partiendo de la idea de que el milagro es realización de deseos, en lo que sigue del análisis feuerbachiano se hace hincapié en su carácter ilimitado (V 232)[19]. Lo ilimitado y extraordinario del hecho religioso responde a deseos ilimitados desde una subjetividad también ilimitada que los lleva a cabo; no podríamos hablar de una objetividad ilimitada, puesto que, con el solo hecho de apelar a ella, nos encontramos con el límite: del objeto, de las leyes, de la racionalidad. La naturaleza no hace milagros, puesto que no está determinada por el deseo, sino por la necesidad[20]. La ineluctable serie de causas y efectos no responden, de ningún modo, a los deseos del corazón. Al contrario, representan su más patente oposición. Por ello, sigue Feuerbach, el poder del milagro no es más que “el poder de la imaginación”[21]. Pero, entonces, ¿la noción de subjetividad ilimitada, de personalidad absoluta más allá de todo límite, liberada de todo límite, expresa una necesidad del corazón? La respuesta es sí. Pero lo central aquí es lo siguiente: ¿por qué el objeto del deseo adquiere esa forma precisamente en el cristianismo? Creemos que por dos motivos, al menos. Por un lado, en este sistema de creencias, Cristo, como Hombre-Dios, representa la personalidad divina hecha carne, existente en cuanto hombre de carne y hueso, y como tal es un Dios sufriente con la característica de que verdaderamente vivió, existió en el mundo. Por otro, el cristianismo es la religión que más pondera la individualidad[22]: Dios le habla al individuo que sufre y responde a sus deseos, y siempre al sujeto se lo concibe desde el atributo de la personalidad[23], y hablar de subjetividad en Feuerbach es, de acuerdo a Osier, hablar de religión, teología o especulación[24]. Así, solo desde la personalidad divina de Cristo podemos ver en el cristianismo la religión que responde a los deseos del corazón humano. Como dice Feuerbach (V 375): la personalidad rompe el carácter idéntico de la naturaleza, su uniformidad. Por ello concluimos que la personalidad es atributo esencial del objeto divino proyectado[25]. Y, en cuanto al predicado “ilimitado”, expresaría el elemento del deseo. Por último, ponemos en relevancia el hecho de que sea el corazón y no la razón el motor de la religión. Ya que la razón no desea, sino que es instrumento del deseo. El deseo se adscribe al sentimiento en Feuerbach; la razón, al límite y encausamiento del sentimiento. Es por ello por lo que un espíritu culto, objetivo debe partir del reconocimiento de sí en el contexto en que está inmerso, en la contemplación del mundo (V 236)[26].

En el plano antropológico, el hombre subjetivo es el que tiene por organon supremo la imaginación, quien tiene por verdad la fantasía realizada de sus deseos. No opera en la religión algo así como la objetividad (Objektivität); por ello incluso las demostraciones teológicas de los hechos –como sostiene Fabro– precisan de la fe. Ahora bien, la fe no es objetiva. De allí que la teología devenga una empresa signada por lo imposible: justificar racionalmente la irracionalidad de la creencia, descansando su argumentación en la contradicción (Widerspruch). La teología, por eso mismo, solo expresa la esencia falsa del hombre[27].

En lo que hace a la finitud última de la existencia humana y su relación con la subjetividad ilimitada, diremos que racionalmente y naturalmente el individuo muere, muere para siempre. La naturaleza no da indicios de cómo puede sortear la muerte el individuo[28]. Esto no quiere decir que el mundo pagano rechazara de plano la idea de inmortalidad (Unsterblichkeit), solo que esta no era de carácter estrictamente personal. Todo ser, nos recuerda Spinoza, persiste en la existencia, en ello radica su conato[29]. Ahora bien, sigamos el planteo feuerbachiano (V 241):

La cuestión de la inmortalidad era para los filósofos paganos una cuestión en la que el interés por la personalidad era sólo cosa secundaria. Se trataba aquí principalmente de la naturaleza del alma, del espíritu, del fundamento de la vida. En la idea de la inmortalidad del fundamento de la vida no reside la idea, inmediatamente, y menos todavía la certeza de la inmortalidad personal. Por eso se expresan los antiguos tan vaga, contradictoria y dubitativamente sobre este objeto. Los cristianos, en cambio, en la certeza indubitable de que sus deseos personales, agradables al sentimiento, serán cumplidos, es decir, ciertos de la esencia divina de su sentimiento, de la verdad y santidad de sus sentimientos, convertían lo que para los antiguos tenía la significación de un problema teórico en un hecho inmediato, una cuestión teórica, en sí libre, en asunto vinculante de la conciencia, cuya negación es el crimen de lesa majestad del ateísmo…Para los cristianos era la inmortalidad de la razón, del espíritu, algo demasiado “abstracto” y “negativo”; a ellos sólo les interesaba la inmortalidad personal, del sentimiento; pero la garantía de esto reside solamente en la resurrección carnal[30] (el destacado es del autor).

Decíamos que la inmortalidad es El Milagro, con mayúsculas. Pero acotemos algo: inmortalidad, en el cristianismo, significa resurrección de la carne, ese es el verdadero milagro. Feuerbach deja claro que el pensamiento de la inmortalidad no es propio del cristianismo, pero el paganismo no lo entiende como la persona individual que vive eternamente, sino más bien el alma, la esencia, el espíritu. Pero ellos no tienen la determinación, justamente de la materia. Son en sí indeterminados. Por ello el verdadero milagro es que esta carne, estos huesos resuciten de los muertos y vivan eternamente, de ahí el predicado de “carnal” al hablar de la resurrección. La inmortalidad personal, señala Feuerbach, es la respuesta al sentimiento, al persistente deseo de vivir eternamente. Habiendo Cristo resucitado, vivir en él es la garantía de la vida eterna (Juan, 11:25). Se vive en Cristo no solo porque representa la persona divina, el Dios-persona, el Hombre-Dios, sino porque, dado que resucitó, es la prueba fehaciente de que es posible vivir eternamente (V 255)[31]. Como sostenemos más arriba, reside en la idea de personalidad la posibilidad de la inmortalidad: a partir de aquí se posiciona el cristianismo como diferente respecto del paganismo, a través de la aceptación del milagro desde la particularidad de la fe y la dependencia al Dios absoluto. Véase el siguiente pasaje (V 256):

Lo fundamental de Dios es su personalidad; decir que Dios es un ser personal significa: Dios es un ser humano, Dios es hombre. La personalidad es un pensamiento que, solamente en cuanto hombre real, es verdad. El sentido que sirve de base a las encarnaciones de Dios es, por lo tanto, mejor realizado mediante una encarnación, mediante una personalidad. Allí donde Dios aparece en varias personas sucesivamente, estas personalidades desaparecen. Pero se trata de una personalidad que permanece, de una personalidad exclusiva[32] (el destacado es del autor).

De modo que la personalidad pone un límite a la imaginación[33] (die Phantasie ist beschränkt). Pero esto, que en principio es funcional, no significa otra cosa que el individuo resucitado no deviene pluralidad, por decirlo de alguna manera, diacrónica. Puesto que, si aceptamos la posibilidad de sucesivas reencarnaciones –como en el orientalismo–, se anularía, justamente, como tal. Y, si muere, se desintegraría en elementos naturales, devendría pluralidad sincrónica, propia de la coexistencia de la naturaleza[34]. Pero, a través de la idea de inmortalidad cristiana, la carne vivirá eternamente. El verdadero milagro supone resucitar con “esta carne y estos huesos”, es decir: este individuo, y no otro. Sigamos el razonamiento (V 296):

[…] mientras el cristiano suprimía la diferencia entre alma y persona, género e individuo, ponía, por lo tanto, inmediatamente en sí mismo lo que sólo era propio de la totalidad del género. Pero la unidad inmediata de género e individualidad es precisamente el principio supremo, el Dios del cristianismo –el individuo tiene en él el significado de ser absoluto– y la consecuencia necesaria de este principio es precisamente la inmortalidad personal[35] (el destacado es del autor).

Por ello, partiendo de la idea de Dios como esencia genérica hipostasiada, y entendiendo la inmortalidad como una cuestión estrictamente individual, solo se articula tal anhelo en el cristianismo, puesto que aquí el Dios absoluto es también persona[36]. Claro que el paganismo tiene dioses personificados, o propiedades humanas personificadas, pero el Dios del cristianismo cuenta en la trinidad (las tres personas constitutivas de la esencia única) con Cristo, el Dios-persona devenido humano y, por consiguiente, individuo: no olvidemos que Cristo, como decimos más arriba, al haber venido al mundo y posteriormente resucitado, encarna la divinidad efectivamente inmortalizada. Aunque Feuerbach no hace suficiente hincapié en la idea de ver en Cristo la encarnación propia de la inmortalidad[37], representa no obstante el epígono de la resurrección y, con ello, la verdadera subjetividad ilimitada (uneingeschränkte Subjektivität) (V 296). Más allá de esta acotación, la inmortalidad solo es posible a través de la actividad ilimitada (unbeschränkte Tätigkeit) (V 365) de una subjetividad ilimitada, esto es: Dios. Pero aquí Dios es Cristo. Veamos el siguiente pasaje (V 296):

[…] la fe en la inmortalidad personal se identifica totalmente con la fe en el Dios personal es decir: la fe en la vida celestial e inmortal de la persona expresa lo mismo que Dios, tal y como es objeto para los cristianos–, la esencia de la personalidad absoluta e ilimitada. La personalidad ilimitada es Dios, pero la personalidad celestial e inmortal misma no es más que la personalidad sin límites y liberada de todas las penas y barreras terrenales[38] (el destacado es del autor).

Con ello, se aleja de la idea de Dios como esencia ilimitada[39], como pura esencia, en el tratamiento de la inmortalidad. La subjetividad ilimitada que hará posible la vida eterna está representada por un Dios sensible, puesto que vivir eternamente no reside en un cielo inteligible, sino más bien sensible[40] (V 372). La esencialidad, entonces, por más absoluta que sea, es la contracara de la personalidad, pues esta es –como decimos– una propiedad de carácter sensible proyectada[41]. El cristianismo ensalza la persona en la personalidad de Cristo, no de Dios. Dios se hizo, concretamente, persona en Cristo[42]. Feuerbach entiende por personalidad y esencialidad propiedades divinas de una misma entidad, a saber, el ser supremo[43] (V 315), y lo son. Pero allí reside la diferencia entre Dios y Cristo, entre el Padre y el Hijo, entre teología y cristología[44]. Cristo no es esencia divina, es la persona divina, el Hijo que representa el amor del padre; Dios es el ser absoluto, la esencialidad absoluta, el non plus ultra más allá del cual no se puede pensar[45]. Por eso el deseo de la inmortalidad va dirigido al Dios sensible ilimitado, no a la esencialidad absoluta[46].

El Dios sensible ilimitado no es la expresión equivalente al Dios cuya esencia reside en el sentimiento liberado de todos los límites. Este es pura y libre expresión del sentimiento, la respuesta a los anhelos más profundos del corazón[47] (V 220). Pero el primero es la persona divina que tiene por encargo suspender la limitación de tiempo y espacio, y en pos de ello se alza por sobre los límites de la naturaleza[48] (V 314). Pues todo lo que existe existe en tiempo y espacio. La inmortalidad precisamente debe anular el límite espaciotemporal para, a través de su superación, lograr la existencia sempiterna. El Dios personal es el que anula las condiciones naturales no para todo lo que existe, sino para el individuo que muere. Pues lo único que existe para el cristiano es la propia individualidad, cuya garantía es el ser supremo[49].

Creatio ex nihilo y actividad ilimitada (unbeschränkte Tätigkeit)

El capítulo número once, titulado “El misterio de la providencia y la creación ex nihilo” (“Das Geheimnis der Vorsehung und Schöpfung aus Nichts”) oficia de antesala al tratamiento del egoísmo práctico: objeto de análisis para las tesis marxianas sobre la concepción feuerbachiana de la praxis. Algunas páginas continúan la temática (V 365-371), pero ya en el abordaje de la contradicción en la esencia divina, en el capítulo veintitrés (“La contradicción en la propia esencia de Dios”) (“Der Widerspruch in dem Wesen Gottes”). Veamos el inicio del capítulo once, en que se presenta el problema de la discordancia y alienación de la actividad negadora de la naturaleza y, con ello, al hombre mismo, que se erige en su contrario: como veremos más adelante en el capítulo sobre el egoísmo práctico, el hombre deviene expoliador de la naturaleza, en cuyo seno –en cuanto creada– encubre la nada. Y esto en relación con la subjetividad ilimitada (V 190):

La creación es la palabra pronunciada por Dios. La palabra creadora es la palabra interior idéntica con el pensamiento. Pronunciar es un acto de voluntad; la creación es, por consiguiente, un producto de la voluntad. Así como el hombre en la palabra de Dios afirma la dignidad de la palabra, también afirma en la creación la divinidad de la voluntad, y no de la voluntad de la razón, sino de la voluntad de la imaginación, de la voluntad sin límites (unbeschränkten Willens) de lo absolutamente subjetivo. La cima suprema del principio de subjetividad es la creación de la nada. Como la eternidad del mundo o de la materia no significa más que la sustancialidad de la materia, del mismo modo la creación del mundo de la nada no significa más que la nada (Nichtigkeit) del mundo[50] (el destacado es del autor).

El erigirse de la voluntad como absoluta es propio de la subjetividad, en que la limitación por el objeto (Objekt) no opera de dique –por decirlo– de contención ante su desmesura, sino más bien reside en la objetivación de la subjetividad mediante un acto de la voluntad, de acuerdo al principio –absoluto también– de la imaginación (Phantasie). Trataremos luego –aunque hicimos referencia a ella en el apartado anterior– la diferencia entre el hombre subjetivo y el objetivo. Aquí solo desarrollaremos la subjetividad absoluta en el acto de poner la voluntad al servicio de la imaginación[51], lo que quiere decir que el capricho –y no la naturaleza, como afirma Amengual– determina la voluntad. Señalemos de paso que lo que en este capítulo el filósofo de Bruckberg trabaja desde una crítica filosófica en el próximo (capítulo doce) tomará un cariz ético-político, sin olvidar la cuestión antropológica.

La primera referencia del pasaje objeto del análisis es a la palabra divina. La palabra dicha modifica la realidad, inaugura el ámbito de lo ente. Basta que Dios la pronuncie para dar ipso facto lugar a la existencia del ente sensible, puntualmente la naturaleza. Por ello la lógica de la creatio ex nihilo es la misma que la del milagro (V 191)[52]: la palabra instauraría con su mera pronunciación un ámbito ontológico. Empero, Feuerbach continúa diciendo que ella es idéntica al pensamiento. Sin embargo, aquí no se trata de la expresión, sino de la voluntad determinada por el capricho y el arbitrio que pretende, milagrosamente, instaurar un mundo. Este mundo es por sí imaginario, producto del milagro. Por ello, y distanciándonos de Feuerbach en esta referencia que entendemos inadecuada al pensamiento, sostenemos la alteración que se da en el ser humano producto de la voluntad caprichosa. La palabra expresa el mundo –podríamos decir que esto se sigue del análisis feuerbachiano de “La certeza sensible” de la Fenomenología de Hegel, ya abordado en el capítulo anterior del presente trabajo–. La cuestión no viene, entonces, de la mano de la palabra y lo que expresa, sino de la operación propia de la subjetividad ilimitada.

Si Dios crea el mundo, este tiene en sí el carácter de lo no-ente, puesto que, en cuanto creado, tiene el matiz de no ser, pero a la vez no existe de modo necesario, apodíctico, ya que es producto de una decisión –insondable– de Dios[53]. La creatio ex nihilo, como puesta en escena de la subjetividad ilimitada, tiene la doble característica de negar el objeto[54] como lo otro del sujeto, erigiéndolo a su vez como hecho a su imagen y semejanza. Por ello el subjetivismo ilimitado debe negar la naturaleza y su carácter de ser de lo dado a la sensibilidad, para luego conformar su particular objetividad (Gegenständlichkeit) en contraposición al sujeto, erigiendo un sucedáneo suyo, algo proyectado acorde a sus deseos. Es aquí, en esta operación de negación y afirmación, donde se manifiesta el carácter plástico de la concepción religiosa sobre el mundo[55].

Residiendo la validez del mundo en el reconocimiento de la voluntad, y en cuanto el principio de la creatio ex nihilo expresa los deseos de instaurar un mundo a medida de los dictados de la imaginación (de los deseos del corazón), se sigue de allí la manipulación y el dominio[56] como forma, primero, de alienación, y luego, de expoliación. De alienación (Entäusserung), puesto que lo propio del hombre es su referencialidad a lo otro de sí, partiendo del reconocimiento de su dependencia natural. Se podrá decir que esta lectura es tendenciosa y “no va de suyo”, pero no olvidemos que la humanidad (el conjunto entero de los hombres) depende necesariamente de la naturaleza, y no al revés. La creación humana implica siempre partir de algo y actuar sobre algo, nunca de la nada, de modo que la proyección de la entidad que crea de la nada (Dios) no es otra cosa que la absolutización y abstracción de una propiedad esencial del género humano (Gattungswesen). De expoliación, porque la substitución del objeto condicionante de la subjetividad conlleva su anulación y reemplazo. Dios crea de la nada; pero el hombre –y precisamente el hombre cristiano, dirá Feuerbach– recrea en la anulación del objeto la imagen proyectada, en un movimiento espontáneo de negación de lo otro y afirmación de sí. En este doble juego, reside, como decimos más arriba, el carácter de la praxis como egoísmo práctico. La subjetividad ilimitada que se presenta como creatio ex nihilo expone una analogía: el hombre creado a imagen y semejanza de Dios es el punto inicial de la recreación del mundo, puesto que no puede –el hombre– crear a partir de la nada (atributo exclusivamente divino); este solo recrea, transforma o, como dice Tomás de Aquino, hace pasar al sujeto de la potencia al acto[57]. Así, el que es imagen y semejanza de otro rehace un otro a imagen y semejanza, pero de sí. El hombre recrea, y repite, el acto de creación del que es producto. Reinaugura el acto que lo sitúa en el paraíso. Esta creación a partir de la cual el hombre imita su praxis no es otra que la actividad ilimitada (unbeschränkte Tätigkeit) de la divinidad.

Ahora bien, Feuerbach asevera que la creatio ex nihilo es el primer milagro, el que hace posibles todos los demás (V 191). Pero el milagro existe por la providencia divina (Vorsehung) (V 192), y esta es la creencia en

[…] un poder, respecto al cual todas las cosas están a su disposición [de Dios] para cualquier uso, y frente a cuya fuerza todo el poder de la realidad es nada[58]. La providencia suspende las leyes de la naturaleza; interrumpe la marcha de la necesidad, el vínculo de hierro que inevitablemente enlaza la consecuencia a la causa; en una palabra, es la voluntad misma todopoderosa y sin límite (unbeschränkte) que ha llamado al mundo de la nada a la existencia[59] (el destacado es del autor).

Algunas cuestiones a revisar. La providencia en la literatura de la tradición católica –tomemos por caso dos grandes exponentes: Agustín de Hipona y Tomás de Aquino– no es concebida desde el milagro[60], sino como el orden del mundo instaurado por Dios. Claro que el milagro forma parte de dicho orden, tiene su función: acaso manifestar el poder de Dios[61], acaso responder a la intencionalidad de la plegaria[62]. Y este orden obedece a un plan, aunque no fatal[63]. Por ello, si bien puede no ser comprensible cómo surge un efecto determinado de una causa en un caso particular, en la larga serie de causas y efectos todo lo que ocurre Dios lo sabe desde la eternidad (presciencia). El problema es el siguiente: si se reconociera la efectividad del milagro, se daría lugar con ello a la contingencia, porque irrumpiría algo de carácter excepcional en el orden divino. Ahora bien, si Feuerbach trae a colación el milagro, lo que está detrás es la oración[64], porque es el recurso en pos de lo extraordinario: lo que el piadoso pretende es, justamente, la interrupción de lo inexorable. Por ello relaciona el milagro con la providencia, porque, si la oración se dirige al favor de lo dispuesto por Dios, su objetivo es el milagro. O bien, en términos de causalidad, propio del tratamiento de los teólogos citados: la oración operaría como causa del efecto milagroso merced a la intercesión divina, que no tendría otro efecto que la suspensión momentánea, para ese caso particular objeto de la plegaria, de las causas segundas. Y esto solo puede hacerlo Dios en cuanto subjetividad ilimitada. Pero ¿qué significa aquí “ilimitada”? Traigamos a colación nuevamente el final del pasaje citado (V 192): “[…] es la voluntad misma todopoderosa y sin límite (unbeschränkte) que ha llamado al mundo de la nada a la existencia. Hacer que el mundo exista siendo nada manifiesta la ilimitación absoluta, en el sentido de que Dios no está limitado en modo alguno, como sí lo está la naturaleza (V 202)[65]. Lo más excelso de Dios es su carácter absoluto, esto es, de ser el ente absolutamente ilimitado. Y a una entidad ilimitada, le corresponde un tipo de actividad ilimitada.

Creemos que, a fin de cuentas, lo que Feuerbach intenta al vincular la creatio ex nihilo con la providencia es poner el acento en la excepcionalidad y no en la maravilla del orden. Esto último por sí solo podríamos considerarlo un verdadero milagro, puesto que es en sí asombroso[66]. Es notable que la subjetividad ilimitada se caracterice, en cuanto actividad ilimitada, en la excepción, en la arbitrariedad y no en la instauración y regulación del orden. Feuerbach entiende que tal orden solo lo puede alterar quien lo crea, y hasta aquí estaría de acuerdo con Tomás de Aquino[67]: la diferencia radica en el señalamiento de la excepcionalidad y no del orden como lo excelso de la divinidad. Y esto, entendemos, por dos motivos. Por un lado, se contrapone Dios a la naturaleza: esta, de carácter regular, sin sobresaltos; aquel, instaurador de la regularidad (la providencia como orden del mundo), pero a la vez de la irregularidad de la mano del milagro. Por otro, exaltando la arbitrariedad en lugar del orden y la regularidad, se pondera el capricho, el deseo del corazón, y no la razón y la conducta afín a principios, en lo que hace a la subjetividad ilimitada y, consecuentemente, a la actividad ilimitada: una actividad regular manifiesta límite, no así la que tiene el matiz del capricho o del deseo, pues en su carácter excepcional descansa su grandeza en desmedro de la regularidad (V 198)[68]. Veamos el siguiente pasaje (V 195): “La providencia es una ventaja del hombre; expresa el valor del hombre a diferencia de los otros seres y cosas naturales; lo sustrae a la conexión del mundo como totalidad.

Y más adelante:

[…] quien no tiene especiales pretensiones, quien es indiferente a sí mismo, quien no se separa de la naturaleza, quien se ve desparecer en el todo como una parte, no cree en ninguna providencia, es decir, en ninguna providencia especial[69] (el destacado es del autor).

Recogemos en la última construcción del pasaje el carácter excepcional en el tratamiento feuerbachiano de la providencia (providencia “especial”) (besondere Vorsehung), que el mismo autor resalta. Y es lógico que así lo haga, en definitiva: si Dios se caracteriza por la regularidad, ¿qué lo diferenciaría de la naturaleza? Por ello, la discusión –que no profundizaremos, ya que excedería el objeto del apartado, a saber, la actividad ilimitada y la creatio ex nihilo– pasa a conformarse en la distinción entre teísmo y panteísmo. En tanto en el primero se pondera el carácter excepcional de la actividad ilimitada, irregular, de la providencia especial, del milagro, en el segundo se pone de manifiesto la regularidad de lo divino en el seno de la naturaleza. Lo que nos interesa resaltar es que la arbitrariedad, la excepcionalidad tendrán consecuencias ético-políticas y efectos en la naturaleza y en el hombre, que a su momento los abordaremos con mayor extensión. Por ejemplo: rechazar la mediación –en cualquier ámbito: político, cultural, ético, antropológico– en pos de la inmediatez del milagro significa tornar lo concreto en abstracto y esto en absoluto, puesto que deja de tener sentido la objetividad –siempre mediada en Feuerbach– para que opere el azar. Y se trata de azar, porque los designios del Altísimo son desconocidos para el hombre. Pero el azar no supone esfuerzo alguno por parte del hombre; así, el trabajo, los pactos, los compromisos pierden sentido y el lazo social es reemplazado a la espera de la intervención divina. En este sentido, Feuerbach contrapone el trabajo a la oración (V 222). Y, en esta línea, dirá más adelante que la comunidad que no tome en cuenta como criterio de la praxis la demarcación espaciotemporal, precisamente el límite (Grenze), perderá su orientación, con consecuencias políticas nefastas (IX 252). La inmediatez, el milagro, lo extraordinario, lo no mediado no pueden ser racionales ni tener un efecto de autodeterminación, puesto que se niega ello a través de la determinación divina y el azar. El sentimiento, entonces, ocupa el lugar de la autodeterminación, de la conciencia. Veamos el siguiente pasaje (V 248):

El sentimiento es el yo que se determina a sí mismo, pero que se determina a sí mismo como si fuera determinado por otro; es el yo pasivo. El sentimiento transforma en pasivo lo activo en el hombre y lo activo en pasivo, lo que piensa es para el sentimiento lo pensado, lo pensado, lo que piensa[70] (el destacado es del autor).

El yo pasivo (Ich passive) es el que espera el milagro. La única autodeterminación aquí supone su deposición en pos del elemento onírico, es la autoclaudicación del determinarse a sí para ser determinado ¡por el mismo yo!: no olvidemos que Dios es íntimo objeto de la representación (V 45). En este sentido, la consigna del individuo religioso conlleva autodeterminarse por el sentimiento mismo, ceder ante él. De este modo, se trastoca el vínculo con la realidad, y la vigilia se vuelve sueño (V 248)[71].

En el plano ético, ¿qué sentido tiene el otro para uno mismo, si todo depende de Dios? Si todo depende de Dios, el otro no es más que un ente a la espera de su efecto (V 249)[72]. Así, el Dios individuo no tiene ante sí más que individuos: ¿qué tipo de ética se sigue de ello? Ni siquiera podríamos hablar de una ética de corte individualista, porque ella supone –efectivamente– la relación entre individuos. Esto es: supone mediación. Pero no hay mediación posible con el Dios absoluto, precisamente porque es tal; el individuo –así se conciba como absoluto, tal es el caso de Stirner– sigue siendo relativo a otros. De hecho, este autor anula a Dios, pero postula la asociación de individuos ¡egoístas![73] Esto es: postula la mediación. Repitámoslo una vez más: el milagro es absoluta inmediatez y anula la efectividad de la mediación, y es por ello la operación por excelencia de la subjetividad ilimitada, de ahí que el primer milagro sea la creatio ex nihilo.

Así, el hombre como imagen del creador de todas las cosas se sustrae a la conexión del todo de la naturaleza: no niega dicha conexión (en lo que hace a la providencia como orden del mundo), sino que se declara en estado de excepción ante la regularidad –y la consecuente limitación– por su alta dignidad; esto es, por ser imagen y semejanza de la subjetividad absoluta e ilimitada. Por ello, el verdadero creador de la nada –en una lectura en clave antropológica como verdad de la teología, supuesto inicial del escrito– es el hombre, puntualmente la subjetividad (V 202)[74]:

El creador del mundo es, pues, el hombre (die Subjektivität), que, mediante la demostración o la conciencia de que el mundo ha sido creado, de que es obra de la voluntad es decir, que es dependiente, impotente y nulo, se da la certeza de su propia importancia, verdad e infinidad […]. Niegas, entonces, subjetivamente al mundo; te representas a Dios por sí mismo, es decir, como subjetividad absolutamente ilimitada (unbeschränkte Subjektivität), el alma (Subjektivität) que goza únicamente de sí misma, que no necesita del mundo, que no sabe nada de los vínculos dolorosos de la materia. En el fondo más íntimo de tu alma deseas que no exista ningún mundo, pues donde existe el mundo, hay materia, y donde existe la materia, allí hay presión y choque, espacio y tiempo, límite (Schranke) y necesidad[75] (el destacado es del autor).

El punto es el siguiente: en la afirmación de la subjetividad ilimitada, se niega la objetividad limitada. Y viceversa: asumiendo el límite objetivo –lo que implicaría la vuelta a la naturaleza proclamada por Feuerbach al final de Aportes (IX 61)–, se negaría el carácter ilimitado de la subjetividad. Negar no quiere decir hundir –por decirlo– al hombre en la materia y eliminar la subjetividad, siquiera neutralizarla, de ser posible, sino reconstruir la relación del hombre con la naturaleza y consigo mismo a partir del reconocimiento de la objetividad. Como bien dice Feuerbach: “Donde existe la materia, allí hay presión y choque, espacio y tiempo, límite y necesidad”. Estos pares de elementos podemos nuclearlos en uno solo, a saber: el límite (Schranke). Puesto que actúan como oposición a la subjetividad[76]. Pero no solo opera el límite sobre ella, en la modalidad de objeto, sino que se pone en cuestión a partir de allí la pretendida efectividad de la actividad, ilimitada, absoluta. Cuando el hombre trabaja recreando el mundo, transformándolo, lo primero que reconoce es el límite de la materia, su presión y choque; asimismo, su necesidad. La subjetividad se reformula, y de algún modo se reconduce, al transformar el tipo de actividad que el sujeto tiene con el objeto. No puede darse un paso en pos del reconocimiento de la objetividad de la naturaleza sin antes reformular el vínculo que la une a ella. Y ese vínculo es la praxis.

En la creatio ex nihilo, se otorga el ser desde la nada. Aquí no hay oposición, puesto que la nada no se opone, ya que no presiona ni choca con la subjetividad, no tiene tiempo ni espacio, ni límite ni necesidad. Es la pura indeterminación que no ejerce absolutamente oposición a la subjetividad. Hay algo aquí a tener en cuenta: la subjetividad absoluta no responde solamente al carácter excepcional de crear a partir de la nada, sino que, en la negación absoluta de cualquier tipo de objeto (puesto que la nada es la pura indeterminación), solo queda en pie la subjetividad que por cierto es ilimitada y absoluta. En su absoluta soledad, no es más que sí misma, absoluta identidad de sí. ¿Qué se le opone? Si hubiera oposición, habría por lo mismo un algo (Etwas). Pero, de ser así, no sería creación de la nada, sino a partir de algo. Nos queda entonces analizar el concepto de “actividad” (Tätigkeit) ilimitada y absoluta propia de la divinidad antes de pasar a la humana, en que el punto de partida es el límite objetivo de la naturaleza.

En el capítulo veintitrés, Feuerbach estudia la contradicción en la esencia de Dios. Uno de los puntos que aborda es el de la actividad, específicamente la actividad ilimitada (unbeschränkte Tätigkeit) (V 365). Y encuentra que es el concepto que resuelve ilusoriamente la pregunta por el “cómo”, por la modalidad en que Dios hizo absolutamente todo de la nada. Es la pregunta clave de la creatio ex nihilo. Porque hacer, dice Feuerbach, es una actividad de carácter particular. Solo quien tiene una actividad absoluta –no relativa–, que es por lo mismo ilimitada –puesto que toda actividad, en el hacer mismo, está enmarcada en el límite de las cosas–, puede haber hecho, producido el mundo. Veamos el siguiente pasaje (V 365):

Dios no ha producido, como el hombre, algo particular, esto o aquello, sino que ha producido todo, su actividad es absolutamente universal e ilimitada (unbeschränkte). De ahí que sea lógico y evidente que el modo como Dios ha producido todas las cosas sea incomprensible, porque en este caso la pregunta por el “cómo” es absurda, es una pregunta que se desestima en y por sí misma, mediante el concepto fundamental de actividad ilimitada[77] (el destacado es del autor).

Entonces, a esta falta absolutamente de límite de la nada –en la creatio ex nihilo–, responde también la no oposición a la voluntad de la subjetividad absoluta. Por eso entiende Feuerbach que la actividad a la que nada se opone expresa alegría, una “ilimitada alegría” (unbeschränkten Freude). Ya que, al no existir oposición, lo que significa un pesar para la subjetividad y un obstáculo para la actividad, el sentimiento puede dar rienda suelta de sí en la lógica desenfrenada del corazón (V 365):

El concepto de actividad, del hacer, del crear, es un concepto divino en y por sí mismo; se aplica a Dios sin vacilar. En la acción el hombre se siente libre, ilimitado, feliz; en la pasividad, limitado, agobiado, desgraciado. La actividad es un sentimiento positivo de sí mismo. Positivo, en general, es lo que en el hombre se acompaña con alegría; Dios, por consiguiente, como decíamos anteriormente, es el concepto de la alegría pura, ilimitada[78] (el destacado es del autor).

La actividad ilimitada que crea de la nada no conoce oposición alguna y por ello es manifestación irrestricta de alegría. La alegría expresa la pura realización de los deseos del corazón, que no padece, sino que actúa. Y actúa, agrega Feuerbach, al realizar su esencia[79]. ¿La esencia del hombre? No, de la subjetividad. Pero de la pura subjetividad, no afectada por objeto alguno, a la que nada se opone, sino, al contrario y en sentido fichteano, pone (setze).

La contradicción en la esencia de Dios bajo el aspecto de la pura actividad ilimitada radica en que el hacer es un hacer siempre sobre algo, nunca sobre nada; asimismo, hacer desde algo, nunca de la nada[80]. Y hacer todo supone a la vez hacer algo, la universalidad supone la particularidad[81], so pena de no poder explicar el pasaje de uno a otro, de la identidad pura de la idea o el mundo de las esencias a la materialidad del mundo real, de la naturaleza. El supuesto feuerbachiano de toda actividad va unida a un contenido determinado, es decir una materia (V 366), da por tierra cualquier intento de explicación de la creatio ex nihilo. Claro, habría que agregar, desde una concepción racional y objetiva de la actividad[82], desde “un punto de vista natural” (natürlichem Wege), tomando la expresión feuerbachiana.

Partiendo entonces de la idea de que la actividad determinada siempre es limitada y parte desde algo, es particular y no universal o indeterminada, Feuerbach pone en evidencia la operación de abstracción de los elementos de determinación de la actividad divina, para distinguirla no solo de la actividad del hombre, sino de cualquier vestigio que la vincule a la sensibilidad. Pero entendamos esta distinción última: no es tan relevante a los fines de la teología que el hombre actúe de manera similar a Dios, pues en definitiva está hecho a su imagen y semejanza; así como Dios crea de la nada, el hombre puede crear, producir, por ser su imagen. El problema es que este mismo grado de semejanza da pie para un incipiente antropomorfismo. Si el hombre actúa como Dios, este actúa como el hombre. A un paso de la inversión, se elimina todo parecido entre la actividad humana y divina mediante el montaje de incomprensibilidad propio de la actividad ilimitada. Veamos el siguiente pasaje (V 368):

Pero, al mismo tiempo, el fin fundamental de esta incomprensibilidad es también el hacer extranjera la actividad divina de la humana, de eliminar la semejanza, la conformidad o, mejor dicho, la esencial unidad de la misma con la humana, a fin de convertirla en una actividad diferente. Esta diferencia entre la actividad divina y la humana es la nada. Dios hace, hace algo fuera de sí, como el hombre. Hacer es un concepto pura y fundamentalmente humano. La naturaleza genera, no produce, el hombre hace[83] (el destacado es del autor).

La nada (das Nichts) opera, entonces, como clave de bóveda de la actividad ilimitada. En su incomprensibilidad no solo se refleja lo imposible desde el punto de vista natural (natürlichem Wege), a saber: la determinación, la particularidad, el límite, siendo todo lo contrario. La nada es indeterminada, universal e ilimitada. Pero hay algo más en este pasaje que nos dará pie para el apartado siguiente. Señala Feuerbach que hacer “es un concepto puramente humano”, y distingue a continuación la generación natural de la actividad humana. La generación (generatio) o la emanación (emanationem) tomista asignan rasgos de similitud a la creación con respecto a la generación natural: el símil de la creación a partir de la nada en el pasaje del no-ser al ser en relación con el hombre. Pero la introducción de la nada (das Nichts), entiende Feuerbach, conlleva a concebir la creatio ex nihilo por fuera absolutamente no solo del hombre, sino de la naturaleza. Pero, sobre todo, de esta última. El dilema es el siguiente: si la analogía es en virtud de la actividad humana, se cae en el peligro de antropomorfismo y, por ende, en ateísmo, ya que el ateísmo feuerbachiano parte de la idea de que Dios es una proyección humana; la actividad divina, por consiguiente, sería asimismo una modalidad de tal proyección. Por otro lado, si se concibe la creatio desde la emanación o generación, a un paso se está del panteísmo. Porque el naturalismo no es otra cosa que, en este razonamiento, una forma de panteísmo. Aquí caemos, de nuevo, en el ateísmo. Nos falta entonces un elemento para pensar la actividad ilimitada que nos conduzca a superar el dilema, más allá del velo de misterio de la creatio (su incomprensibilidad). La forma de superarlo, sin caer de nuevo en el misterio y el absurdo, no es otra que hacer hincapié en uno de los dos elementos del dilema. Este elemento es la personalidad. Solo la persona actúa, hace. Pero la personalidad nos conduce a la negación de la naturaleza.

El Dios personal anula la naturaleza. La diferencia con ella se hace patente en el elemento de la personalidad (IX 282)[84], no respecto a la actividad: vimos cómo la imprecisión en el tipo de acto que implica la creatio ex nihilo (generatio, emanationem) nos lleva a un dilema. Es preciso distinguir entonces la actividad humana –y, por ende, divina– de la generación natural. Solo la persona hace[85]. Pero, si el hacer es humano y no se lo debe pensar desde el plano espiritual (V 369)[86], he aquí que su marca es la sensibilidad. Dios puede hacer el mundo y este hacer no es más que un hacer sensible. Por ello la subjetividad ilimitada es también sensibilidad ilimitada. Así, Dios es el ser sensible ilimitado (V 360)[87]. Pero no solo en su representación, como parece afirmar Feuerbach, para quien el hombre proyecta un ente cuantitativamente superior a sí, ya que la imaginación no puede sino ampliar indefinidamente las aptitudes humanas de manera cuantitativa; sino que en su hacer ilimitado Dios deviene un ser sensible también ilimitado. Pero en ello debe distinguirse de la naturaleza, y lo hace a través de la personalidad. La personalidad es la marca de la subjetividad. Queda por ver qué relación tiene semejante subjetividad absoluta con el individuo. Empero, adelantamos lo siguiente: el Dios individuo tiene su correlato en el individuo Dios. Ambos niegan la naturaleza, ambos afirman su dominio sobre ella; asimismo, en semejante fórmula la objetividad carece de sentido. Y Dios se hace persona en Cristo, por lo cual Feuerbach toma a este por la verdadera persona que concentra en sí la esencia trinitaria (V 260)[88] y centra en la personalidad la distinción del cristianismo como la religión por antonomasia de la individualidad. Pero señalemos algo: el sentimiento necesita de la unidad de la personalidad para realizarse (V 269)[89]. Por ello Cristo es más efectivo que la trinidad, al fin y al cabo, una fórmula que responde más al dogma que a la necesidad del creyente, independientemente de que se sacralice en dicha fórmula la comunidad como esencia humana, el ser social del hombre divinizado (V 136)[90]. Pero el creyente precisa una persona divina, un hombre Dios. Y lo encuentra en Cristo: por eso decimos que el cristianismo es la revelación del individuo Dios, y la religión de la individualidad. Veamos el siguiente pasaje (V 257):

El anhelo es la necesidad del sentimiento; y el sentimiento anhela un Dios personal. Pero este anhelo de una personalidad de Dios sólo es verdadero, serio y profundo, si desea una personalidad única, si le basta esta unicidad. Con la pluralidad de personas desaparece la verdad de la necesidad, la personalidad se convierte en un artículo de lujo de la imaginación. Pero lo que actúa con la fuerza de la necesidad, actúa con la fuerza de la realidad sobre los hombres. Lo que es necesario para el sentimiento es también para él inmediatamente ser real […]. El sentimiento necesita, pues, un Dios subjetivo, íntimo y personal, conforme al sentimiento. Pero sólo es necesaria una personalidad y necesariamente es una personalidad histórica, real. Sólo en la unidad de la personalidad se satisface y se concentra el sentimiento; la pluralidad dispersa[91] (el destacado es del autor).

Pero la personalidad única es el individuo. En Cristo se aúnan a la par la individualidad y el género, puesto que es el individuo que representa en sí al género humano. El hombre Dios, el Dios persona, el Dios individuo tendrá su extensión en el individuo Dios. Por tanto, el egoísmo práctico es la consecuencia del cristianismo (V 217, 237)[92], como sostiene Feuerbach: y si el principio supremo del judaísmo es la creatio ex nihilo (V 205)[93], siendo la naturaleza nada creada, el individuo Dios es el héroe del relato, el sujeto absoluto. Así, la personalidad es –como dice Feuerbach– el único remedio contra el panteísmo (V 372)[94]. La personalidad hace a través de la voluntad, la naturaleza carece de ambas (V 188)[95]. Por ello es que –retomando la polémica sobre el spinozismo (Pantheismusstreit)– Jacobi sostiene que Dios solo puede ser concebido como persona (contra el deísmo y el panteísmo spinozista): esta lectura es la que recupera Feuerbach (V 188)[96]. Si hablamos de voluntad, hablamos de hacer. Y el problema justamente del hacer a través de una voluntad opuesta a la naturaleza es que esto deriva en un vínculo despótico frente a ella, precisamente frente a su no reconocimiento. O bien: en su lectura de la naturaleza como nada. Por ello pasamos del terreno teológico al antropológico, en esta descripción del Dios personal en relación con la naturaleza, y por ello no hay posibilidad de conciliación entre ellos: aut, aut. La praxis que deriva del personalismo divino –expresado en la doctrina del egoísmo práctico, que desarrollaremos en el capítulo siete– tendrá la marca de la personalidad absoluta. Feuerbach, para ser precisos, nunca es tan spinozista como para poner al hombre en una relación de ser –tal como las otras criaturas y todo lo existente – una combinación de modalidades extensa y corporal que expresa –de una manera particular– los atributos divinos. El hombre es la posibilidad –única, por cierto– de realizar la personalidad en la naturaleza. El problema es cuando esta diferencia específica es por sí divina e ilimitada respecto a otras cualidades de lo humano: el hombre es también un ser sensible, aspecto que comparte con los animales. Pero estos carecen de religión no solamente porque no tienen conciencia de su esencia, sino porque no pueden “personalizar” una determinación esencial, tal como el hombre lo hace[97]. La personalidad no es, pues, la sola característica distintiva de lo humano, de manera tal que Dios es, sobre todo y ante todo, persona, sino que, en la distinción y consecuente personalización de determinaciones esenciales proyectadas, radica –desde nuestra perspectiva– la alienación. Siempre entendemos “alienación” en Feuerbach como desequilibrio de la esencia. La persona en su contraposición con la naturaleza –y no en su referencia a ella, como su contrario, pero que le permite ser, justamente, persona– halla en el egoísmo práctico su modo de ser social, su expresión ética y moral.

El desgarramiento del individuo limitado frente al Dios absoluto

Tomemos como punto de partida de nuestro análisis el siguiente pasaje (V 269):

Precisamente en razón de esta inmediata unidad del género y la individualidad, de esta concentración de todas las generalidades y esencialidades en un ser personal, Dios es un objeto que afecta profundamente al sentimiento y que excita la imaginación, mientras que la idea de humanidad no afecta al sentimiento, porque la humanidad se nos presenta simplemente como una idea, o en cambio, en cuanto real, a diferencia de esta idea, se presenta como una multitud innumerable de individuos aislados, limitados. En Dios, por el contrario, se satisface inmediatamente el sentimiento, porque en este caso todo se concentra en la unidad, todo es simultáneo, es decir, porque aquí el género es inmediatamente existencia, individuo. Dios es el amor, la virtud, la belleza, la sabiduría, el ser perfecto, universal, como un ser que es la infinita extensión del género, como un contenido en compendio. Pero Dios es la esencia propia del hombre: los cristianos se distinguen de los paganos porque para ellos el individuo se identifica inmediatamente con el género, porque en ellos el individuo tiene la significación del género, el individuo por sí mismo es considerado como la existencia perfecta del género; además se distinguen también porque divinizan al individuo humano, lo convierten en el ser absoluto[98] (el destacado es del autor).

Es en este pasaje donde, creemos, con mayor intensidad el filósofo de Bruckberg expone el problema del desgarramiento del individuo frente a Dios. Dios es la unidad personal, el individuo absoluto proyectado, y al ser el ápice del género, de la totalidad de la esencia y de lo humano, por esta radical concentración afecta al sentimiento. Este no puede hallar el género, pues, como tal, es más propio de la razón, no del sentimiento[99]. Y la religión responde a las demandas del sentimiento, no de la razón. La religión de la razón es la teología; por ello expresa la esencia falsa. El sentimiento es el origen de la religión. Es precisamente el deseo de dependencia lo que da forma al vínculo entre sentimiento y religión; y es por la indefensión y limitación del individuo por lo que existe Dios en la conciencia usurpando el género, la esencia genérica (Gattungswesen). Así, en tanto la toma de conciencia del individuo se constituya sobre su limitación, allí es donde más precisa a Dios (V 332)[100]. Como afirma Feuerbach en el pasaje objeto del análisis (V 269): el género humano presenta a la conciencia la idea de un compuesto de individuos limitados, mas no infinito, puesto que la infinitud no puede entenderse como un conjunto, por abarcativo que sea, de limitaciones particulares[101]. A esta perspectiva parece responder Bloch con su análisis de la religión en Feuerbach, citado con anterioridad: ella expresa la tensión, la escisión entre un individuo limitado y relativo (dependiente, agregamos) y un individuo absoluto (el yo divinizado)[102]. Y esta es la lectura que retomamos para este apartado. Por ello entendemos esta escisión como desgarramiento (Zerrissenheit). Se trata de un desgarramiento porque la tensión es absoluta: no hay un reconocimiento del género en la autoconciencia del individuo, en la toma de conciencia de sí como limitado, sino una contraposición absoluta con lo mismo de sí, desde la proyección de la identidad, desde la mismidad: del individuo limitado al ilimitado; del finito al infinito; del dependiente al independiente; del relativo al absoluto. La referencia es, entonces, imposible; o bien se resuelve en una contraposición absoluta que desgarra el alma del individuo. En la omnipotencia divina, se refracta la impotencia individual. Es esta suma concentración de la noción de Dios único (individuo) en que se sella la pérdida en lo que hace al vincularse con lo otro de sí[103]: el individuo no puede salir del aislamiento mediante otro individuo por absoluto que sea, puesto que la referencia es a lo otro de sí del aislamiento, esto es, la multiplicidad, la comunidad (V 264)[104]. El carácter dependiente del individuo debe mediarse, entiende Feuerbach, con lo otro de sí: más adelante estudiaremos la noción de tú para superar el solipsismo cristiano (V 165)[105]. Por lo pronto, señalamos, siguiendo a Feuerbach, que con el cristianismo la identidad absoluta pasa a constituirse en simultaneidad de lo divino, única fórmula que azuza el sentimiento, anulando al individuo para afirmar a Dios. Si en el género, como veremos más adelante, el individuo forma parte de la humanidad, de la especie humana, en Dios el individuo encuentra su alter ego, su negación (V 66)[106]. Pero detengámonos un poco y reformulemos: ¿conlleva a la negación o a la afirmación de sí del individuo?; ¿por qué el individuo no podría afirmarse en la existencia limitada que tiene merced a su vínculo con Dios, siendo él existente ilimitado? Pongamos a consideración el siguiente pasaje (V 268):

Dios es el concepto del género en tanto que individuo, el concepto o la esencia del género, que, en cuanto género, en cuanto esencia universal, es la suma de todas las perfecciones, de todas las propiedades purificadas de los límites (Schranken) reales o supuestos del individuo, y que al mismo tiempo es un individuo, un ser particular[107] (el destacado es del autor).

Si Dios es un ser individual sumamente perfecto, ¿qué mejor correlato para el individuo particular, imperfecto, limitado y dependiente? Feuerbach mismo nos da la respuesta: que Dios se plasme en un tipo de individuo (Cristo, por caso) conduce al fin de la historia (V 270)[108]. Eso por un lado. Por otro, la relación inmediata del individuo con Dios elimina la validez de otro tipo de mediación distinta a ella (V 266)[109]: este lo ve todo desde Dios, y se vincula al todo –de hacerlo– desde él y a partir de él. Pero hay más, la inmediatez es la relación más pobre por ser efecto de la mismidad. El vínculo inmediato del individuo con Dios no es otra cosa que el recurrir a sí mismo. ¿Podría cuestionarse el supuesto de entender la inmediatez en relación con la mismidad? Pero, si ya hay un alter, existe por ello mediación; esto lo aprendimos con Hegel en su lectura crítica del “esto” de la certeza sensible. Pero, si Dios es individuo, ¿cómo podría ser lo otro del individuo, en cuanto que individuo? Aquí el problema no está en poner el alter en el carácter absoluto, ilimitado, infinito de Dios, sino en seguir considerándolo individuo, particularidad.


  1. Partimos para este análisis de Amengual, G., op. cit., p. 102. “Bajo este concepto de ‘subjetividad ilimitada’ Feuerbach subsume todo aquel material de fenómenos y objetos religiosos que precisamente no pueden ser reducidos a razón, sino que son expresión del sentimiento, ánimo (Gemüt), fantasía, imaginación, arbitrariedad, expresión de los deseos del corazón y sentimiento, que son satisfechos de manera inmediata, arbitraria, prescindiendo de las leyes de la naturaleza y de la razón”.
  2. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 227. “La esencia divina es la esencia humana subjetivamente humana en su absoluta libertad e ilimitación”.
  3. Ibidem, p. 174.
  4. Véase Fabro, C., Ludwig Feuerbach: La esencia del cristianismo, tr. Pedro Rojas-Melero, Magisterio Español, S. A., 1977, p. 114. “Estamos siempre parados en el principium principiorum, o sea en la clavis universalis de que la antropología es la verdad de la teología: el ser divino es el ser humano y, de modo preciso, el ser subjetivamente humano considerado en su absoluta libertad e ilimitación”.
  5. Ibidem, p. 175. Rectifiquemos un error que, creemos, tiene el traductor. En efecto, traduce subjektiven Welt (V 231) por “mundo confortable”. Pero aquí de lo que se habla es de la pérdida de objetividad al instaurar su reino el sujeto desde sí, en el aislamiento de la fe. Por ello consideramos la expresión “mundo subjetivo”, que refleja el sentido literal, más adecuada.
  6. Sobre el pasaje de teología a antropología, Löwith valora la aspiración feuerbachiana de transformar la filosofía absoluta en filosofía humana, del hombre (Cf. Löwith, K., op. cit., p. 430).
  7. Véase Amengual, G., op. cit., p. 102. “La reducción de la teología a antropología ha sido hasta ahora considerada desde la identidad de sujeto y objeto, de sujeto y predicado. Ahora en cambio vamos a ver cómo Feuerbach considera la subjetividad, que se ha escindido en teología y antropología, que se ha objetivado en un mundo religioso. Esta bajada al nivel de la subjetividad supondrá para Feuerbach un nuevo nivel en la consideración de la religión y la enriquecerá con nuevos modelos explicativos del mundo religioso; será además la bajada a la observación del comportamiento religioso dejando el nivel de la pura argumentación conceptual, como era el caso en la fundamentación por la identidad. Bajo este concepto de ‘subjetividad ilimitada’ Feuerbach subsume todo aquel material de fenómenos y objetos religiosos que precisamente no pueden ser reducidos a razón, sino que son expresión del sentimiento, ánimo (Gemüt), fantasía, imaginación, arbitrariedad, expresión de los deseos del corazón y sentimiento, que son satisfechos de manera inmediata, arbitraria, prescindiendo de las leyes de la naturaleza y de la razón”.
  8. Ibidem, p. 131. “La pérdida de la objetividad y de la universalidad, propia del pensamiento, afecta a la subjetividad convirtiéndola en pura forma, sin objeto propio y adecuado, indiferente frente a y capaz de cualquier contenido; la subjetividad es reducida a sentimiento”.
  9. Fabro, C., op. cit., p. 211. “Hay que declarar en seguida que el Dios criticado en el Das Wesen des Christentums, e igualmente el Cristo, no son ni Dios ni Cristo –que es Hombre-Dios– tal como lo cree y anuncia el Cristianismo, sino dos fantoches de la fantasía de Feuerbach: en términos existenciales, Dios y Cristo en Feuerbach no tienen el carácter de ’persona’ que vive y obra fuera y dentro de la historia, ni lo pueden tener porque han sido disueltos en el juego de sentimiento-sensibilidad-fantasía”. En relación con esto, debemos recordar a Fabro que Feuerbach no es teólogo, y, por lo tanto, parte de un método que es el genético-crítico, así pues es válida tal “disolución”. La crítica solo sería pertinente entre teólogos, ya que –como sostiene Tomás de Aquino (t. 1, q. 1, art. 2)– “la ciencia se basa en principios evidentes. Pero la doctrina sagrada se apoya en artículos de fe, que no son evidentes, puesto que no todos los admiten: No es de todos la fe, como dice el Apóstol. Por tanto, la doctrina sagrada no es ciencia” (Cf. Tomás de Aquino, Suma Teológica, tr. Raimundo Suárez, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1964, p. 262).
  10. Bloch, E., El pensamiento de Hegel, tr. Wenceslao Roces, México, Fondo de Cultura Económica, 1949, p. 379. “La religión nace por el hecho de que el hombre se desdobla de sí mismo, se duplica, de una parte como lo limitado (el individuo), de otra parte como ilimitado, lo exaltado hasta el infinito (Dios), poniéndose a adorar este yo divinizado”.
  11. Para ser más exactos, Kant distingue entre el espíritu de la oración –el acto de ensimismarse espiritualmente el individuo con el objeto de dirigir su intención al bien, a la moralidad– y la oración como medio de intercesión de la gracia divina, lo que entiende como una modalidad de la ilusión religiosa: “El orar, pensado como un servicio de Dios ceremonial interno y por ello como medio de gracia, es una ilusión supersticiosa (un fetichismo); pues es un deseo meramente declarado cara a un ser que no necesita de una declaración de la intención interna del que desea, mediante lo cual nada se hace y por lo tanto no se ejecuta ninguno de los deberes que nos incumben como mandamientos divinos; Dios, pues, no es efectivamente servido. Un deseo cordial de ser agradable a Dios en todo nuestro hacer y dejar, esto es: la intención, que acompaña a todas nuestras acciones, de ejercerlas como si tuviesen lugar en el servicio de Dios, eso es el espíritu de la oración, el cual puede y debe tener lugar ‘sin cesar’ en nosotros” (el destacado es del autor) (Cf. Kant, I., La religión dentro de los límites de la mera razón, tr. Felipe Martínez Marzoa, Madrid, Alianza Editorial, S. A., 1969, p. 191).
  12. Ibidem, p. 162. “El antropomorfismo, que en la representación teorética de Dios y de su esencia es apenas evitable para los hombres y, por otra parte, bastante inocente (con tal que no influya en los conceptos del deber), es atendiendo a nuestra relación práctica a la voluntad de Dios y para nuestra moralidad sumamente peligroso; pues en él nos hacemos un Dios en el modo en que creemos poder con la mayor facilidad ganarlo para nuestro provecho y ser dispensados del oneroso esfuerzo ininterrumpido de obrar sobre lo íntimo de nuestra intención moral” (el destacado es del autor). Claro que halla en el antropomorfismo un recurso de apelación individual a la debilidad humana en la persistencia del obrar según deber, pero Feuerbach ve mucho más que eso, como analizaremos. Dios, para este último y en cuanto subjetividad absoluta, realiza los deseos del corazón. No lo concibe desde la voluntad, sino más bien desde el sentimiento humano, precisamente el sentimiento de dependencia (Abhängigkeitsgefühl).
  13. El capítulo se titula: “El misterio de la fe, el misterio del milagro” (“Das Geheimnis des Glaubens – das Geheimnis des Wunders”).
  14. Disentimos con la lectura de Fabro, para quien el milagro sucede independientemente de la falta de justificación acerca de lo que acontece en la realidad, y solo termina confirmando, desde una posición teológica, la relación de interdependencia entre fe y milagro. Véase Fabro, C., op. cit., p. 214. “Hemos observado ya no sólo la simplificación, sino la mistificación de esta presentación del milagro tal como es considerado en la religión y fe cristiana: por ejemplo, el milagro de la resurrección de Lázaro, así como los que en el Nuevo Testamento se presentan como hechos reales y objetivos y como los que continúan en la Iglesia hasta nuestros días, son hechos evidentes e innegables y cualquiera está en condiciones de constatarlos. Pero para aceptarlos como milagros, como una intervención especial de Dios en este punto particular de la historia, es necesaria la fe (en Dios, en Cristo Hombre-Dios, en el Santo, amigo de Dios)” (el destacado es del autor). Una palabra más respecto a lo expuesto. Entiende que los hechos que se constatan y que solo habría que “aceptarlos” como milagros dependen de la aquiescencia del creyente, pues precisan para ello de la fe. Pero percibir un hecho –y en esto el autor considera que cualquiera puede constatarlo, y cuando dice “cualquiera” se entiende que tenga o no fe, de lo contrario no se trataría de, estrictamente, cualquiera– lo puede hacer un sujeto cognoscente. La fe transmutaría el percibir en aceptar, en tal aceptación residiría la fundamentación del “hecho religioso” (V 349) (véase Feuerbach, L., op. cit., p. 252: “[…] un hecho es todo deseo representado como cumplido; en una palabra, es todo aquello de lo que no se duda, por la sencilla razón de que no es puesto en duda, ni debe serlo”). Pero es un hecho, no precisa por tanto ser considerado como extraordinario, “es” simplemente para cualquiera. Y, si cualquiera lo percibe, lo acepta, consecuentemente, como hecho. Tal aceptación no cambia el carácter de su ser percibido, porque aceptar algo y atribuirle un carácter extraordinario no modifica el hecho de que exista, y porque existe si se lo percibe, no si se cree en él. Pero hay más, la aceptación de algo que cualquiera puede constatar, pero que a la vez se le atribuye cualidad milagrosa, responde –según Fabro– a una necesidad “en este punto particular de la historia”. No está clara la relación contingente de la historia con la cuestión fenomenológica de la percepción. El autor, como mínimo, mezcla planos y, como hace a menudo, responde como teólogo, lo que no está mal, pero para ello debe ser cauteloso en el plano gnoseológico, al menos si pretende argumentar sobre la constatación de un hecho empírico.
  15. Feuerbach, L., op. cit., p. 56. “A través del objeto viene el hombre a ser consciente de sí mismo: la conciencia del objeto es la consciencia de sí mismo del hombre. Por el objeto conoces tú los hombres; en él te aparece su esencia; el objeto es su esencia revelada, su yo verdadero, objetivo” (el destacado es del autor).
  16. Ibidem, p. 57. “El ser absoluto, el Dios del hombre, es su propia esencia. El poder que el objeto (Gegenstandes) ejerce sobre él es, por lo tanto, el poder de su propia esencia” (el destacado es del autor).
  17. Ibidem, p. 65. “Vale aquí, sin restricción alguna, la proposición el objeto del hombre es su esencia misma objetivada. Tal como el hombre piensa y siente, así es su Dios; lo que vale el hombre, lo vale su Dios y no más. La conciencia de Dios es la autoconciencia del hombre; el conocimiento de Dios el autoconocimiento del hombre. Conoces al hombre por su Dios, y viceversa, conoces su Dios por el hombre; los dos son una misma cosa. Lo que para el hombre es Dios, es su espíritu, su alma, y lo que es el espíritu del hombre, su alma, su corazón, es su Dios. Dios es el interior revelado del hombre, el hombre en cuanto expresado; la religión es la revelación solemne de los tesoros ocultos del hombre, la confesión de sus pensamientos más íntimos, la declaración pública de sus secretos de amor” (el destacado es del autor).
  18. Ibidem, p. 175.
  19. Ibidem, p. 176. “El deseo no se vincula a ningún límite, a ninguna ley, ni a ningún tiempo; quiere ser cumplido sin demora, en el instante y tan rápido como el deseo es el milagro. La fuerza milagrosa realiza los deseos humanos instantáneamente, de un golpe y sin obstáculos” (el destacado es del autor).
  20. Ibidem. pp. 176 y 178. “[…] el milagro se diferencia de la naturaleza y de la razón en el modo de satisfacer los deseos y necesidades humanas, en que satisface los deseos del hombre de una manera que corresponde a la esencia del deseo, de la manera más deseable”. Y, más adelante: “El milagro es cosa de la imaginación; precisamente por esta razón es tan agradable, porque la imaginación es la actividad que corresponde al sentimiento, porque elimina todos los límites, todas las leyes que causan dolor al sentimiento, y así objetiva para el hombre la satisfacción inmediata y absolutamente ilimitada por sus deseos más subjetivos” (el destacado es del autor).
  21. Ibidem.
  22. Este aspecto es central, no solo para pensar la inmortalidad –siempre de carácter personal, individual–, sino en lo que hace al vínculo del hombre con el mundo. Léase, en este contexto, el egoísmo práctico.
  23. Ibidem, p. 269. “Sólo la representación de la personalidad es tal, que puede eliminar la unidad de la naturaleza”. El término que emplea aquí Feuerbach no es “unidad”, sino “identidad” (Naturidentität) (V 375).
  24. Osier, J-P., op. cit., p. 25. “[…] estas nociones [de sujeto o de subjetividad] son siempre en Feuerbach sinónimos de religioso, teológico o especulativo”.
  25. Profundizaremos esta idea en el último apartado.
  26. Feuerbach, L., op. cit., p. 179. “El espíritu clásico, el espíritu de la cultura, es el espíritu objetivo que se limita por leyes, determina el sentimiento y la imaginación por la contemplación del mundo, por la necesidad y la verdad de la naturaleza de las cosas. En el lugar de este espíritu puso el cristianismo la subjetividad ilimitada, desmesurada, trascendente y sobrenatural; un principio que en su esencia más íntima se opone al principio de la ciencia y la cultura” (el destacado es del autor).
  27. Osier, J-P., op. cit., p. 34. “Así, para Feuerbach, el primer movimiento de la religión, originario, es siempre bueno; el segundo momento de la especulación, es decir la teología, es siempre malo, en la medida en que es la inversión del primero. Pero, remarquemos, Feuerbach no va a decir que lo originario de la religión es lo verdadero, lo deduce sólo constituyendo un error: la teología es un error en el sentido en que enmascara invirtiendo la verdad de la religión originaria; pero a su vez esta es más verdadera que la teología, puesto que ella misma es fundamentalmente errónea, en razón de su estructura misma. Es decir, la teología es el redoblamiento de un error, en que la variedad simple es la religión originaria” (el destacado es del autor).
  28. Por ello, sostiene Cabada Castro, Feuerbach concibe la inmortalidad en la realización del género, es decir, desde el plano ético-político. Véase Cabada Castro, M., Feuerbach y Kant: dos actitudes antropológicas, p. 160: “Feuerbach intenta, en efecto, desdramatizar el hecho de la muerte individual y particular. Lo importante es que la vida siga: ‘después de la muerte quedan todavía otros, quedan tu esencia, tu humanidad, que no se deterioran o empequeñecen con tu muerte. Eterno es el hombre, eterno es el espíritu, imperecedera e infinita es la conciencia, y eternamente existirán, por tanto, hombres, personas, seres con conciencia’. Esta inmortalidad o inagotabilidad del ‘género humano’ es la única que merece verdaderamente ser creída”. Y concluye: “A los individuos humanos en particular, Feuerbach les concede, únicamente, y de manera consecuente con su negación de la inmortalidad personal, una supervivencia en la conciencia o el recuerdo de los hombres posteriores”.
  29. Spinoza, B., Ética demostrada según el orden geométrico, tr. Oscar Cohan, México, Fondo de Cultura Económica, S. A., 1958, pp. 14 y 227. Véase primera parte, proposición VII y cuarta parte, proposición LXVII. Empero, Spinoza entiende que el hombre libre debe procurar por la vida, no cavilar sobre la muerte: “El hombre libre en ninguna cosa piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”.
  30. Feuerbach, L., op. cit., p. 182. Retoma la cuestión de la inmortalidad en el capítulo 19, titulado: “El cielo cristiano o la inmortalidad personal” (“Der christliche Himmel oder die persönliche Unsterblichkeit”), no sin hacer una referencia al pasar en el capítulo 16 (“El misterio del Cristo cristiano o del Dios personal”) (“Das Geheimnis des christliche Christus oder des persönlichen Gottes”). En él, volviendo a la diferencia entre paganismo y cristianismo, introduce la subjetividad y personalidad ilimitadas, como garantía de inmortalidad. Esta idea se verá reforzada en el capítulo diecinueve del modo siguiente: la personalidad en relación con la inmortalidad (capítulo 16) tendrá como propiedad esencial la ilimitación, el carácter ilimitado (capítulo 19). Véase, Küng, H., ¿Vida eterna?, tr. José María Bravo Navalpatro, Madrid, Editorial Trotta, S. A., 2007, p. 58. “La primera parte de ‘La esencia del cristianismo’ (1841), que trata de ‘La verdadera, o sea, antropológica esencia de la religión’, culmina en el capítulo 19, bajo este título: ‘El cielo cristiano o la inmortalidad personal’. Feuerbach, sin embargo, desarrolla este capítulo –en buen estilo hegeliano– partiendo de lo anteriormente dicho sobre el significado cristiano del celibato y monacato voluntarios. La vida célibe, la vida ascética en general es para los cristianos el camino más directo hacia la vida celeste inmortal; pues el cielo no es otra cosa que la vida absolutamente subjetiva, sobrenatural, sin género, manifiestamente asexual”.
  31. Feuerbach, L., op. cit., p. 190. “Sin embargo, en Cristo ha desaparecido toda la angustia del alma; el gemido se transforma por su cumplimiento en canto de victoria; jubilosa certidumbre del sentimiento de la verdad y realidad de sus deseos ocultos en Dios, la victoria efectiva sobre la muerte, sobre toda la violencia del mundo y de la naturaleza, la resurrección no sólo esperada, sino ya completamente realizada; él es el corazón, el sentimiento feliz, libre y separado de todos los límites (Schranken) que oprimen y de todos los sufrimientos, la divinidad visible”. Y más adelante: “Que Dios, que no es más que la esencia del hombre, sea también realizado en cuanto tal, y que como hombre llegue a ser objeto para la conciencia, constituye el fin de la religión. Y esto lo alcanzó la religión cristiana en la encarnación de Dios, que no es, en absoluto, un acto pasajero, pues Cristo permanece siendo hombre, aún después de su ascensión al cielo, hombre de corazón y de forma, sólo que ahora su cuerpo ya no es terrenal, sometido al sufrimiento” (el destacado es del autor).
  32. Ibidem, p. 191. Señalemos de paso lo siguiente: Feuerbach entiende que, a través de la inmortalidad personal, se limita la imaginación (V 257), puesto que, de lo contrario, se desvanece la diferencia específica de la persona en toda una serie de posibles e imaginarias encarnaciones. La persona inmortalizada es el modo de articularse a partir del límite de la imaginación, identidad e individuo. Por otro lado, al principio del pasaje citado (V 256), donde el traductor utiliza el término “fundamental”, Feuerbach expresa otra cosa, la humanidad de Dios. Así, la expresión es Die Menschheit Gottes ist seine Persönlichkeit, en vez de “lo fundamental de Dios es su personalidad”. Señala Cesa, por último, que la personalidad de Dios es el punto de llegada, no de partida, de la religión (Cf. Cesa, C., Introduzione a Feuerbach, Bari, Editori Laterza, 1978. p. 79).
  33. Pero este límite de la imaginación, no olvidemos, es acotado a la inmortalidad personal; por lo demás, el sentimiento y el ámbito religioso implica este no reconocimiento de la determinación y objetividad. Véase Amengual, G., op. cit., p. 113: “La construcción por la subjetividad de un cielo dotado de una riqueza pletórica de pensamientos e imágenes, presencia ultraterrenal de la esencia divina, en el que ella se siente libre e ilimitada, responde a aquella necesidad por la que el espíritu, tan pobre como el peregrino en el desierto, parece suspirar tan sólo por una gota de agua, por el tenue sentimiento de lo divino”.
  34. No olvidemos que Feuerbach entiende la naturaleza como una totalidad tanto de subordinación y sucesión como de coordinación y subsistencia (IX 17). Véase Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 17: “Siempre la naturaleza agrega a la tendencia monárquica del tiempo el liberalismo del espacio”.
  35. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 216.
  36. Küng, H., op. cit., p. 59. “De modo que para Feuerbach la fe en la vida celeste o –lo que para él es lo mismo– la fe en la inmortalidad personal es una doctrina típica del cristianismo, en cuanto que coincide con la fe en un Dios personal”.
  37. Sin embargo, alude ciertamente a ello en V 255. Feuerbach, L., op. cit., p. 190. Véase también p. 218 (V 301): “Si nosotros no resucitamos, entonces Cristo tampoco ha resucitado, y todo se reduce a nada”.
  38. Ibidem, p. 216. El cielo representa en imagen lo que el hombre espera de sí en el futuro en pos de su salvación. Como dice Küng, Dios es el cielo existente. Véase Küng, H., op. cit., p. 29. “Así, cuando el hombre habla de su propia vida celeste ilimitada, ello no es más que el sueño que el hombre sueña de sí mismo. Mas el hombre quisiera ser la personalidad absoluta, libre de todas las limitaciones terrenas. Y así se transporta imaginativamente el cielo representándose la idea de Dios. Lo que el hombre ahora aún no es, pero quiere un día llegar a ser, eso lo supone ya ahora existente en el cielo. De este modo, ilusoriamente, en la idea de Dios anticipa su propio futuro, de lo cual, a la inversa, también cabe concluir: la negación de Dios y la negación de la inmortalidad del hombre son necesariamente la misma cosa”.
  39. La idea de esencia ilimitada (unbeschränkte Wesen) (V 235) anima buena parte del escrito feuerbachiano, incluso el pasaje citado de V 296. El punto es que, y esto será objeto de análisis en el capítulo veintitrés (“La contradicción en la propia esencia de Dios”) (Der Widerspruch in dem Wesen Gottes), Dios como esencialidad es una abstracción, justamente, de la personalidad, del individuo; he ahí la contradicción, puesto que la personalidad nos lleva a pensar en un Dios sensible, persona, no desde la indeterminación de la esencia, incluso desde su simplicidad, como lo presenta –por ejemplo–Tomás de Aquino (1, q.3, art. 3), para quien Dios no está individualizado por la materia, principio de individuación, porque, en caso de que la individuación venga de la mano de la materia, la divinidad absoluta estaría en potencia y no sería, por ello, puro acto. Dios es esencia individualizada por su forma, su esencia está concebida desde la individualidad de la forma, no de la materia (Tomás de Aquino, op. cit., p. 340). En esta misma demostración teológica de la esencia individual del ser absoluto en cuanto acto puro, hallamos elementos para distinguir la esencia de la personalidad. Personalidad esencial sería, por tanto, una contradictio in adjecto. Véase Amengual, G., op. cit., p. 117. “La aporía en el concepto de la personalidad en Dios es que por una parte se afirma de Dios la infinitud, espiritualidad y todas las determinaciones en grado infinito, y por otra parte se afirma que es persona, lo cual por el contrario implica que sea un sujeto singular, determinado, concreto, sensible, corporal, de un determinado sexo. La noción de persona se ha desespiritualizado y concretado tanto, precisamente por el descubrimiento de las relaciones dialógicas yo-tú que ya afloran en La esencia del cristianismo, que se hace imposible aplicarlas a Dios, pues se ha convertido en una noción de la persona finita”.
  40. Feuerbach, L., op. cit., p. 219. “Como el hombre piensa que es su cielo, del mismo modo pensará que es su Dios; el contenido determinado de su cielo es el contenido determinado de su Dios, sólo que en el cielo está desarrollado sensiblemente lo que en Dios es sólo bosquejo, concepto. El cielo es, por lo tanto, la clave para los misterios más íntimos de la religión”.
  41. Ibidem, p. 267. “Todos los predicados, todas las determinaciones de la esencia divina son fundamentalmente humanos; pero como determinaciones de un ser personal existente, es decir, otras, diferentes e independientes del hombre, parecen ser realmente otras determinaciones distintas, pero de tal manera que, sin embargo, permanece como base la unidad esencial. De ahí se origina, mediante la reflexión, el concepto de los llamados antropomorfismos. Los antropomorfismos son semejanzas entre Dios y el hombre. Las determinaciones de la esencia divina y humana no son las mismas, pero se parecen unas a las otras […]. Por eso la personalidad es el antídoto contra el panteísmo; es decir, por la representación de la personalidad la reflexión religiosa niega la no diferencia [Identität] de la esencia divina y humana” (el destacado es del autor). Donde dice “unidad esencial”, la expresión feuerbachiana es “identidad esencial” (wesentliche Identität).
  42. Ibidem, p. 193. “Es, pues, superficial decir que el cristianismo no es la religión de un Dios personal, sino de tres personalidades. Estas tres personalidades existen, es cierto, en la dogmática; pero en este caso la personalidad del espíritu santo es una arbitraria cacicada [salida] (Ausgang) refutada por las determinaciones impersonales, como, por ejemplo, que el espíritu santo es el don, donum, del padre y del hijo. Ya el origen del espíritu santo plantea respecto de su personalidad un pronóstico desfavorable, pues un ser personal es producido sólo por generación, pero no mediante un origen o aparición indeterminada, o aun mediante un soplo, spiratio. Y hasta el padre, en cuanto representante del concepto riguroso de divinidad, es un ser personal solamente según la imaginación y la afirmación, pero no según sus determinaciones: es un concepto abstracto, un ser simplemente pensado. Sólo Cristo es la personalidad plástica. A la personalidad pertenece la forma; la forma es la realidad de la personalidad” (el destacado es del autor). Sobre esta crítica a la dogmática de la trinidad, véase Fabro, C., op. cit., p. 86. “¿Y el Espíritu Santo? En esta deducción no hay lugar para él: puesto que aquí la procesión del Padre al Hijo es una procesión de voluntad y de amor y no de inteligencia y conocimiento distinto; en la antropología no hay lugar para el Espíritu Santo. Para Feuerbach, la tercera Persona de la Trinidad es imposible (!): ésta, en efecto, no expresa más que el amor recíproco de las Personas divinas, es la unidad del Hijo y del Padre, el concepto de Comunidad (Gemeinschaft) puesto de un modo bastante absurdo, como un ser particular y personal”. Pero, justamente, si la tercera persona expresa la comunidad, no podría ser ni particular ni personal.
  43. Feuerbach, L., op. cit., p. 227. “La fe en el más allá es, por lo tanto, la fe en la liberación de la subjetividad de los límites de la naturaleza –es decir, la fe en la eternidad e infinitud de la personalidad y no en su concepto genérico, que se desplegaría en individuos siempre nuevos, sino en individuos ya existentes–, por consiguiente la fe del hombre en sí mismo. Pero la fe en el reino celestial es idéntica con la fe en Dios –ambos tienen el mismo contenido–: Dios es la personalidad pura, absoluta, desligada de todos los límites de la naturaleza, es absolutamente lo que los individuos deben ser y seránla fe en Dios, por consiguiente, la fe del hombre en la infinitud y verdad de su propia esencia–. La esencia divina es la esencia humana subjetivamente humana en su absoluta libertad e ilimitación” (el destacado es del autor).
  44. Véase Lutero: “[…] el hombre, al ignorar a Cristo, no conoce al Dios escondido en los padecimientos. Así, prefiere las obras a los sufrimientos, y la gloria, a la cruz; la potencia, a la debilidad; la sabiduría, a la estulticia; y en general, lo bueno, a lo malo. Son los que el apóstol llama ‘enemigos de la cruz de Cristo’. Quienquiera que fuere, por odiar la cruz y los sufrimientos, ama, en verdad, las obras y la gloria de ellas. Y así llaman al bien de la cruz, mal y al mal de la obra lo declaran bien. Empero, como ya dijimos, no se puede hallar a Dios sino en los padecimientos y en la cruz” (Cf. Lutero, M., “La disputación de Heidelberg”, en Obras de Martín Lutero, tomo I, tr. Carlos Witthaus, Buenos Aires, Editorial Paidós, 1967, p. 42). Asimismo, Osier, J-P., op. cit., p. 35: “[…] la obra de Lutero es una cristología, es decir, una imaginación del Hombre-Dios o del Dios-Hombre”.
  45. Es de interés para nuestro objeto de estudio, a saber, el límite en Feuerbach, su interpretación del argumento ontológico de Anselmo (V 338). Ibidem, p. 244: “Lo que es el ser supremo para el hombre, de lo que no puede prescindir, lo que constituye el límite esencial de su razón, de sus sentimientos, de su convicción, esto es para él Dios, id quo nihil maius cogitare potest”.
  46. Por cierto que el supuesto aquí es que la religión es la respuesta a los deseos del corazón, sobre todo al de la vida después de la muerte. Pero la esencialidad absoluta como absoluta potencia es una construcción teológica, no religiosa. Objeto de la plegaria es el Dios personal, aquel que tiene corazón al cual apelar, no así la esencia absoluta, que como tal no deja de tener un matiz abstracto. Véase Tomás de Aquino, op. cit., p. 398 (t. 1, q. 7, art. 2): “El poder operativo de una cosa guarda proporción con su esencia. Si, pues, la esencia de Dios es infinita, también habrá de ser infinito su poder. Luego puede producir un efecto infinito, pues la capacidad operativa de un poder se conoce por sus efectos”.
  47. Ibidem, p. 169. “Dios es la esencia del sentimiento que se objetiva ante sí mismo, puro sentimiento liberado de límites (das schrankenfreie, reine Gemüt). Dios es el optativo del corazón humano transformado en el seguro y bienaventurado ‘existe’ en el tempus finitum, es la omnipotencia sin restricciones del sentimiento, la oración que se escucha a sí misma, el sentimiento que se autoescucha y el eco de nuestros gritos de dolor” (el destacado es del autor). Obsérvese que el sentimiento se enmarca en el tempus finitum, no tiende a la abolición de la limitación espaciotemporal como en el caso del carácter eterno y omnipresente (V 361). Ibidem, p. 260: “La eternidad y la omnipresencia son propiedades sensibles, porque en ellas no se niega la existencia en el tiempo ni en el espacio, se niega exclusivamente la limitación a un determinado tiempo y a un determinado lugar” (el destacado es del autor). Feuerbach no confunde eternidad e inmortalidad, tienen tratamiento distinto: el primero aborda en el capítulo veintitrés; el segundo, en el diecinueve. La eternidad refiere a la esencialidad divina; la inmortalidad a la personalidad divina; el primero es propio del padre, el segundo, del hijo.
  48. Ibidem, p. 226. “La fe en el más allá es, por lo tanto, la fe en la liberación de la subjetividad de los límites (Schranken) de la naturaleza” (el destacado es del autor).
  49. Véase Küng, H., op. cit., p. 61. “En otra palabras: La fe en el más allá no es sino la expresión de la fe del hombre en su yo idealizado, en la infinitud y verdad de su propia esencia” (el destacado es del autor).
  50. Ibidem, p. 149. Donde se traduce, al final del pasaje, “la nada del mundo”; Feuerbach expresa, precisamente, “la nihilización del mundo” (Nichtigkeit der Welt).
  51. Véase Amengual, G., op. cit., p. 103: “El principio subjetivo encuentra su expresión más alta en la idea de la creación ex nihilo del mundo. Ahí se hace patente el principio subjetivo en primer lugar por hacer del mundo un producto de la voluntad, que mostrándose tan omnipotente no puede ser tenida por voluntad racional, sino por imaginación. La voluntad situada en el plano subjetivo equivale a capricho, arbitrio; es voluntad singular individual a diferencia de la racional que está determinada por la naturaleza y sus leyes, y por el género, encarnación de la razón misma […]. La creación es la expresión más alta de la omnipotencia. La omnipotencia no es más que la subjetividad desligada de todas las determinaciones y limitaciones objetivas. La subjetividad como omnipotencia no es más que el poder de la imaginación y de la arbitrariedad. El principio de la creación –concluye Feuerbach– no es más que el principio de la subjetividad que en el cristianismo se ha erigido en principio universal”. Amengual distingue entre una voluntad singular, subjetiva, y un tipo de voluntad mediada por la objetividad, las leyes de la naturaleza. Feuerbach también distingue –no así en relación con la voluntad, pero sí con la intuición– entre una intuición subjetiva (subjektiv intellektuellen Anschauung) (IX 40) y otra de carácter objetivo (empirisch-konkreten Verstandesanschauung) (IX 42).
  52. Feuerbach, L., op. cit., p. 150. “La creación de la nada como una obra de la voluntad omnipotente concuerda, por esta razón, en la misma categoría que el milagro o, más bien, es el primer milagro, no sólo según el tiempo, sino también según la importancia: es el principio a partir del cual todos los demás milagros se producen” (el destacado es del autor).
  53. Por ello afirma: “El comienzo del mundo es el comienzo de su fin”. Ibidem, p. 149.
  54. Tomamos esta distinción en la noción de “objeto” de Althusser. Feuerbach, L., Manifestes philosophiques, tr. Louis Althusser, Paris, Presses Universitaires de France, 1960. p. 7.
  55. Coincidimos, en parte, con Mondolfo, para quien en el subjetivismo arbitrario se intenta abstraer el sujeto del objeto: como decimos, no es más que la substitución de un tipo de objetividad por otra. Véase Mondolfo, R., op. cit., p. 31: “[…] la posición de Feuerbach es de lucha contra la forma del subjetivismo arbitrario que quiere abstraer el sujeto del objeto. El hombre que se extraña de la naturaleza, dice Feuerbach, se forja un modo de ser arbitrariamente subjetivo, sobrenatural, que está contra la naturaleza, porque quiere destruir la relación necesaria con el objeto”. Y más adelante: “Ella [la religión] viene a sustituir los objetos reales por una pura imagen subjetiva; y cree con ello hacerse independiente de los objetos; pero la exigencia íntima del conocimiento la impele más allá del concepto de la creación”. Tal “imagen subjetiva”, entendemos, es un objeto (Gegenstand). Véase el siguiente pasaje de Feuerbach, L., op. cit., p. 64 (V 45): “Con relación a los objetos sensibles la conciencia del objeto es separable de la conciencia de sí; pero en el caso del objeto religioso coincide inmediatamente la conciencia con la autoconciencia. El objeto sensible es exterior al hombre, el objeto religioso está en él, le es interior; por eso es un objeto que no le puede abandonar, como tampoco le abandona su autoconciencia o su conciencia moral. Es un objeto íntimo, el más íntimo y próximo de todos los objetos” (el destacado es del autor). De modo que no habría subjetividad sin objetividad, y viceversa. La imagen proyectada del sujeto es objeto; pero, sin objeto, no puede concebirse sujeto alguno.
  56. Véase Feuerbach, L., op. cit., p. 150 (V 192): “Pero este principio sobrenatural [la creatio ex nihilo] no es más que el principio de la subjetividad que adquirió en el cristianismo dominio universal sin límites, mientras que los antiguos filósofos no fueron tan subjetivos como para concebir el ser absolutamente subjetivo, como el ser absoluto, exclusivamente, porque limitaban la subjetividad por la intuición del mundo o de la realidad: porque para ellos el mundo era verdad” (el destacado es del autor).
  57. Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, tr. Laureano Robles Carcedo y Adolfo Robles Sierra, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1968. T. II, p. 404. “Toda criatura requiere para su operación un sujeto en que obrar, porque únicamente Dios es capaz de hacer algo de la nada, como antes se demostró. Mas todo lo que en su obrar requiere un sujeto sólo puede hacer aquello para lo cual dicho sujeto se encuentra en potencia, pues el agente obra sobre un sujeto para sacarlo de la potencia al acto. Según esto, ninguna criatura, así como no puede crear, tampoco podrá obrar en una cosa sino aquello que hay en la potencia de la misma”.
  58. Ibidem, p. 375: “[…] será imposible que un agente impida la ejecución de la divina providencia obrando contrariamente. Y tampoco es posible que ella sea impedida por el defecto de algún agente o paciente, porque cuanto hay de potencia activa o pasiva en las cosas ha sido causado según la disposición divina”.
  59. Feuerbach, L., op. cit., p. 151.
  60. No queremos decir con esto que no tienen relación (la providencia y el milagro), sino que, cuando se expone en los autores citados sobre providencia, se hace hincapié en el orden de lo creado respondiendo al plan divino. Cuando abordan el milagro, se lo concibe como la intercesión divina en dicho orden, de manera excepcional. Así, luego de tratar la providencia, Tomás de Aquino continúa tematizando la oración y el milagro. Cf. Tomás de Aquino, op. cit., pp. 378 y ss.
  61. Ibidem, p. 399. “[…] con mayor razón la virtud divina podrá alguna vez hacer algo sin perjuicio de su providencia, fuera del orden natural que Dios impuso a las cosas, porque algunas veces lo hace para manifestar su poder, ya que no hay mejor manera de manifestar que toda la naturaleza está sujeta a la voluntad de Dios que realizando algo al margen del orden natural; pues esto demuestra que el orden de las cosas procede de El no por necesidad de naturaleza sino por libre voluntad”.
  62. Ibidem, p. 382. “Por tanto, las oraciones son eficaces ante el Señor y no derogan el orden inmutable de la divina providencia, porque el que se conceda una cosa a quien la pide está incluido en el orden de la providencia divina”.
  63. Tanto Agustín como Tomás niegan que exista la fatalidad tal como la entendía el paganismo, y a la que tanto los dioses como los hombres estaban igualmente sujetos. Véase Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, tr. José Cayetano Díaz de Beyral, Buenos Aires, Club de Lectores, 2007, p. 293: “Nosotros confesamos sinceramente contra esta sacrílega e impía presunción, que Dios sabe todas las cosas antes que se hagan, y que nosotros ejecutamos voluntariamente todo lo que sentimos, y conocemos que lo hacemos queriéndolo así; pero no decimos que todas las cosas se hacen fatalmente, antes afirmamos que nada se hace fatalmente”. Véase, asimismo, Tomás de Aquino, op. cit., t. II, p. 370: “Mas, como con los infieles no debemos ni tener nombres comunes, para que la coincidencia de nombres no sea ocasión de error, el nombre de fatalidad ni siquiera debe ser usado por los fieles, porque no parezca que estamos de acuerdo con ellos, que interpretaron mal la fatalidad, sometiéndolo todo a la necesidad de los astros” (el destacado es del autor).
  64. Agustín y Tomás concilian la presciencia de Dios con la oración. Véase Agustín de Hipona, op. cit., p. 299: “[…] las oraciones sirven para alcanzar las gracias que [Dios] sabía ya había de conceder a los que acudiesen a él con sus ruegos”. Asimismo, Tomás de Aquino, op. cit., t. II, p. 384: “Pero si las oraciones se incluyen en el orden universal, así como por otras causas se siguen algunos efectos, también se seguirán por ellas. Y entonces el excluir el efecto de la oración equivaldría a excluir el efecto de todas las otras causas. Mas, si la inmutabilidad del orden divino no priva a las demás causas de sus efectos, tampoco restará eficacia a la oración. En consecuencia, las oraciones tienen valor, no porque cambien el orden de lo eternamente dispuesto, sino porque están ya comprendidas en dicho orden”.
  65. Feuerbach, L., op. cit., p. 157. “La nada a partir de la cual ha sido producido el mundo es su propia nada. Cuando dices: el mundo ha sido hecho de la nada, te representas al mundo mismo como nada, eliminas de tu cabeza todos los límites (Schranken) de tu imaginación de tu sentimiento; únicamente el mundo obliga tu alma; únicamente él es el tabique divisorio entre tú y Dios, que es tu esencia perfecta y feliz” (el destacado es del autor).
  66. Tomás de Aquino, op. cit., t. II, p. 402. “Y esto significa la palabra milagro, a saber, lo que de sí está lleno de admiración”. (El destacado es del autor).
  67. Ibidem., p. 397. “Como los accidentes siguen a los principios sustanciales de la cosa, es preciso que quien produce inmediatamente la sustancia pueda efectuar de modo inmediato respecto de esa cosa todo cuanto se sigue a su sustancia, porque el que engendra, al dar la forma, da también todas las propiedades y movimientos consiguientes. Pero ya hemos demostrado que Dios, cuando produjo en su principio las cosas, las produjo todas de modo inmediato en el ser por creación. Por tanto, puede mover inmediatamente a cualquier cosa para un efecto determinado sin contar con las causas intermedias”.
  68. Feuerbach, L., op. cit., p. 154. “Dios es la personalidad del hombre liberada de todas las determinaciones y límites de la naturaleza (Begrenzungen der Natur). De donde parte el interés íntimo por la creación y el horror respecto de las cosmogonías panteístas. La creación no es, como tampoco el Dios personal en general, asunto científico, sino personal, no es objeto de la inteligencia libre sino del interés del sentimiento. Se trata de la creación, solamente de una garantía, la última prueba pensable de la personalidad o subjetividad, como de una esencia absolutamente separada y que no tiene nada en común con el ser de la naturaleza, esencialidad supra y extramundana” (el destacado es del autor).
  69. Ibidem, p. 152.
  70. Ibidem, p. 186.
  71. Ibidem. […] “la diferencia consiste solamente en que durante la vigilia el yo se determina a sí mismo, mientras que en el sueño se determina a sí mismo como si lo fuera por otro. Yo me pienso: he ahí algo sin sentimientos, racionalista; yo soy pensado por Dios, y me pienso como pensado por Dios: he aquí algo religioso y lleno de sentimiento. El sentimiento es el soñar con los ojos abiertos, la religión es el soñar de la conciencia vigilante; el sueño es la llave de los misterios de la religión”. (El destacado es del autor).
  72. Ibidem, p. 187. […] “el hombre Dios satisface inmediatamente los íntimos deseos y necesidades en oposición a la misma actividad moral del hombre natural y racionalista, en cuanto dispensa al hombre de la actividad de toda actividad de mediación”.
  73. Cf. Stirner, M., El único y su propiedad, tr. Pedro González Blanco, México, Sexto Piso Editorial, 2003. p. 345. “Procurando la asociación una suma mayor de libertad, podrá ser considerada como “una nueva libertad”; uno escapa, en efecto, a la violencia inseparable de la vida en el Estado o en la sociedad; sin embargo, las restricciones a la libertad y los obstáculos a la voluntad no faltarán. Porque el objeto de la asociación no es precisamente la libertad, que sacrifica a la individualidad, sino esta individualidad misma”.
  74. Iglesias traduce Subjektivität por “hombre”, pero el término empleado por Feuerbach es más específico, y más preciso para la temática que estamos trabajando en el presente apartado. Lo mismo sucede en la línea seis del pasaje citado a continuación, traduce Subjektivität por “alma” (Cf. Feuerbach, L., op. cit., p. 157).
  75. Ibidem.
  76. Véase la lectura que hace Tomás de Aquino sobre la noción de “infinito”, y cómo la materia limita a la forma y viceversa, teniendo en cuenta que todo cuerpo es un compuesto de materia y forma. Tomás de Aquino, Suma teológica (t. 1, q. 7, art. 1), p. 397. “[…] llamamos infinito a lo que no tiene límites, y que, en cierto modo, la materia está limitada por la forma y la forma por la materia. Lo está la materia por la forma, porque antes de recibir una forma determinada está en potencia para recibir otras muchas; pero, recibida una, queda limitada por ella. La forma, a su vez, está limitada por la materia, ya que, considerada en sí misma, puede adaptarse a muchas cosas; pero, recibida ya en una materia, no es más que la forma concreta de esta materia determinada”. La ausencia de limitación es propia también de la infinitud para Hegel. Véase el siguiente fragmento de la introducción a las lecciones de 1824: a estas lecciones asistía Feuerbach, de ahí nuestro interés: “Cuando consideramos a este objeto [Dios] en relación con lo demás, entonces podemos decir que Él es absolutamente para sí mismo, que carece de aquella relación, Él es absolutamente, en sí y para sí, lo incondicionado, libre, ilimitado, es fin y fin último exclusivamente para sí mismo” (Cf. Hegel, G. W. F., Lecciones sobre filosofía de la religión, tr. Ricardo Ferrara, Madrid, Alianza Editorial, S. A., 1987, T. 1, p. 30).
  77. Feuerbach, L., op. cit., p. 262.
  78. Ibidem.
  79. Ibidem. “Una actividad alegre es aquella que coincide con nuestra esencia, la que nosotros no experimentamos como límite (Schranke) y, por consiguiente, tampoco como obligación”.
  80. Sobre ello, véase el siguiente razonamiento de Tomás de Aquino, op. cit. (t. II, q. 45, art. 1), p. 508: “Esta preposición ‘de’ (‘ex’) implica una relación de causalidad, principalmente de causalidad material como cuando decimos que una estatua se hace de bronce. Mas la ‘nada’ no puede ser materia del ente ni la causa de él de modo alguno. Luego crear no es hacer de nada algo”. No obstante ello, asevera que este “de” (“ex”) puede significar orden, y en ese caso expresaría el pasaje del no-ser al ser, de la nada al ser (p. 509).
  81. Feuerbach, L., op. cit., p. 262. “En esta cuestión [sobre cómo ha hecho Dios el mundo], entre el sujeto que produce la actividad y el objeto, lo producido, se intercala de modo irregular un intermediario que no pertenece a la cuestión y que es por lo tanto excluido: el concepto de particularidad (Besonderheit). La actividad se refiere sólo a lo colectivo: el todo, el mundo”. Y más adelante: “Dios, según la representación religiosa, ha creado cada cosa particular, porque está ya contenida en el todo; pero sólo indirectamente, porque él no ha producido lo individual, individualmente, como tampoco lo determinado determinadamente; de lo contrario, sería él también un ser determinado. Ciertamente es incomprensible cómo de esa actividad general e indeterminada puede ser producido lo particular y lo determinado; pero solamente porque introduzco subrepticiamente lo particular en los objetos de la percepción sensible y natural, porque subordino a la divina actividad un objeto diferente del que le conviene” (el destacado es del autor).
  82. Ibidem. “Todas las cosas resultan de otras desde un punto de vista natural; son algo determinado y tienen, en cuanto tal, lo que es pura tautología, una causa y un fundamento determinado. Dios no ha producido el diamante, sino el carbón; esta sal debe su origen a la combinación de este ácido determinado con una base determinada, no a Dios. Dios ha producido todo, de manera global, indistintamente” (el destacado es del autor).
  83. Ibidem, p. 264. Véase, asimismo, Agustín de Hipona, op. cit., t. I, p. 653: “Pero, ¿por qué quiso Dios eterno e inmutable hacer entonces el cielo y la tierra, proyecto que hasta entonces no había realizado? Los que hacen esa pregunta, si son de los que entienden que el mundo es eterno sin ningún principio, y por lo mismo quieren y opinan que no lo hizo Dios, se apartan infinito de la verdad, y alucinados con la mortal flaqueza de la impiedad, desvarían como frenéticos, porque además de las expresiones y testimonios de los profetas, el mismo mundo, con su concertada mutabilidad y movilidad y con la hermosa presencia de todas las cosas visibles, entregándose al silencio en cierto modo, proclama y da voces que fue hecho, y que no pudo serlo sino por la poderosa mano de Dios, que inefable e invisiblemente es grande, e inefable e invisiblemente hermoso; pero si son los que confiesan que le hizo Dios, y, con todo, quieren que no haya tenido principio de tiempo, sino sólo de creación, de manera que con un modo apenas concebible haya sido siempre hecho, éstos dicen lo bastante como para defender a Dios de una fortuita temeridad”. A la incomprensibilidad de base, Tomás le agrega el argumento de que lo creado –que implica el pasaje del no-ser al ser– es tal por generación o emanación: “Como ya se ha dicho, debe considerarse no sólo la procedencia de un ser particular con relación a su causa particular, sino también la emanación de todo ser procedente de la causa universal, que es Dios; y esta emanación es precisamente lo que designamos con el nombre de ‘creación’. Lo que se origina por la emanación particular, no se presupone a tal emanación; como, al engendrarse un hombre, no era antes tal hombre, sino que de no hombre se hace hombre, y blanco de no blanco. De igual manera, si se considera la emanación de todo el ser universal respecto a su primer principio, es imposible presuponer algún ser a esta emanación. Ahora bien, la ‘nada’ es lo mismo que la negación de todo ser. Por lo tanto, como la generación del hombre se hace del no-ser que es no hombre, así la creación, que es emanación de todo el ser, se hace del no-ser que es la nada”. Aquí la incomprensibilidad de la actividad divina se manifiesta no solo en la emanación, sino en la modalidad que expresa el pasaje del no-ser al ser, partiendo del supuesto de la generación.
  84. Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 78. “Por consiguiente, Dios es distinguido del mundo, de la totalidad de la naturaleza y de la humanidad, únicamente por su personalidad y existencia pero no por sus determinaciones o esencia (Wesen)”.
  85. Véase Amengual, G., op. cit., p. 117: “Consecuentemente con la aporía entre infinitud y determinación, la personalidad de Dios no puede ser más que una concreción en un individuo de la infinitud de determinaciones que se dan en una infinita multiplicidad de seres existentes, y por tanto una contradicción intrínseca, que solamente la ilimitada y omnipotente imaginación puede realizar. La personalidad de Dios no será, pues, más que la personificación del género humano en toda su multiplicidad individual y de determinaciones. Al contrario del panteísmo, la representación de la personalidad es la representación imaginaria de la diferencia entre Dios y la naturaleza. La afirmación de la personalidad en Dios es sin duda la afirmación de la propia personalidad y subjetividad humana, su objetivación, pero precisamente por eso es al mismo tiempo la afirmación de la diferencia, es la negación de comunidad, la cual es afirmada por el panteísmo; aunque en la personalidad de Dios se incluye toda realidad (precisamente porque debe ser pensada como divina), se le afirma como ser aislado, en sí sin comunicación con los demás; como objetivación y por tanto como pérdida de la propia personalidad humana. La personalidad de Dios no es relación, sino aislamiento, la concentración de todo (infinitud) en un individuo, que así intenta distinguirse de los demás”.
  86. Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, p. 265. “Las obras del espíritu no son hechas –el hacer es una actividad exterior–, nacen en nosotros” (el destacado es del autor).
  87. Ibidem, p. 259. “En el sentido original de la religión, entre Dios y el hombre sólo hay, por un lado, una diferencia según la existencia, en cuanto que Dios, como ser independiente, se contrapone al hombre; por otro lado, hay sólo una diferencia cuantitativa, es decir, una diferencia según la imaginación, pues las diferencias de la imaginación son sólo cuantitativas. La infinitud de Dios en la religión es una infinitud cuantitativa; Dios es y tiene todo lo que es y tiene el hombre, pero lo tiene en una medida infinitamente aumentada. La esencia de Dios es la esencia objetiva de la imaginación. Dios es un ser sensible, pero separado de los límites de la sensibilidad; es el ser sensible ilimitado (unbeschränkte sinnliche Wesen). Pero ¿qué es la imaginación?: la sensibilidad absoluta e ilimitada (unbeschränkte Sinnlichkeit)” (el destacado es del autor).
  88. Ibidem, p. 193. “Ya el origen del espíritu santo plantea respecto de su personalidad un pronóstico desfavorable, pues un ser personal es producido sólo por generación, pero no mediante un origen o aparición determinada, o aun mediante un soplo, spiratio. Y hasta el padre, en cuanto representante del concepto riguroso de divinidad, es un ser personal solamente según la imaginación y la afirmación, pero no según sus determinaciones: es un concepto abstracto, un ser simplemente pensado. Sólo Cristo es la personalidad plástica. A la personalidad pertenece la forma; la forma es la realidad de la personalidad” (el destacado es del autor).
  89. Como veremos en el pasaje que da inicio al próximo apartado.
  90. Ibidem, p. 118. “Sólo la vida en comunidad es la verdadera vida divina que se satisface en sí misma; este simple pensamiento, esta verdad natural e innata al hombre es el secreto del misterio sobrenatural de la trinidad” (el destacado es del autor).
  91. Ibidem, p. 191.
  92. Ibidem, pp. 167 y 179. “Israel es la definición histórica de la naturaleza particular de la conciencia religiosa, a pesar de que aquí permanecía todavía afectada por los límites de un interés particular, del interés nacional. Basta abandonar esos límites para obtener la religión cristiana. El judaísmo es el cristianismo mundano; el cristianismo, el judaísmo espiritual. La religión cristiana es la religión judía purificada del egoísmo nacional”. Y más adelante: “El espíritu clásico, el espíritu de la cultura, es el espíritu objetivo que se limita por leyes, determina el sentimiento y la imaginación por la contemplación del mundo, por la necesidad y la verdad de la naturaleza de las cosas. En el lugar de este espíritu puso el cristianismo la subjetividad ilimitada (unbeschränkten Subjektivität), desmesurada, trascendente y sobrenatural; un principio que en su esencia más íntima se opone al principio de la ciencia y de la cultura” (el destacado es del autor).
  93. Ibidem, p. 159. “La doctrina de la creación proviene del judaísmo; es la doctrina característica y fundamental de la religión judaica”.
  94. Ibidem, p. 267. “Por eso la personalidad es el antídoto contra el panteísmo; es decir, por la representación de la personalidad la reflexión religiosa niega la no diferencia [Identität] de la esencia divina y humana. La burda pero típica expresión del panteísmo es: el hombre es emanación o parte del ser divino; por el contrario, la típica expresión religiosa es: el hombre es una imagen de Dios o, también, un ser emparentado con Dios; pues el hombre procede, según la religión, no de la naturaleza, sino de raza divina, de ascendencia divina”. (El destacado es del autor).
  95. Ibidem, p. 147. “La necesidad de un Dios personal tiene en general su fundamento en que el hombre personal se halla y encuentra en la personalidad como en sí mismo. La sustancia, el espíritu puro, la sola razón no le satisfacen por demasiados abstractos, es decir, no le expresan, no le reconducen a sí mismo. El hombre sólo está satisfecho y feliz en sí mismo, en su ser. Por consiguiente, cuanto más personal es un hombre, tanto más fuerte es para él la necesidad de un Dios personal. El espíritu abstracto y libre no conoce nada más alto que la libertad; no necesita ligarse a un ser personal; la libertad; la libertad es para él por sí misma, en cuanto tal, un ser real y verdadero”. (El destacado es del autor).
  96. Ibidem. “Un matemático o un astrónomo, un entendimiento puramente humano, un hombre objetivo que no está prisionero de sí mismo, que sólo se siente libre y feliz con la percepción de relaciones objetivamente racionales, en la razón que reside en las cosas mismas; semejante hombre celebrará la sustancia spinozista, o una idea semejante, como ser supremo, lleno de antipatía frente a un Dios personal y subjetivo. Por esta razón Jacobi fue un filósofo más clásico, porque fue más consecuente consigo mismo (por lo menos, en este aspecto). Como su Dios, también fue su filosofía personal y subjetiva. El Dios personal no puede ser fundado científicamente de otra manera que como fue establecido por Jacobi y sus discípulos. La personalidad sólo se demuestra de una manera personal”. (El destacado es del autor).
  97. Por supuesto que la personalización no reúne solamente la posibilidad de distinguir una determinación esencial y proyectarla como absoluta, o no solo eso. Pero la similitud entre el distinguirse el hombre de la naturaleza por su conciencia de la personalidad es un principio de negación de su ser natural. Feuerbach busca recuperar lo perdido merced a dicha negación.
  98. Ibidem, p. 198.
  99. Kant es quien, con su noción de “especie humana”, dará lugar a pensar el vínculo con la humanidad, a saber, el género humano, visto desde la realización de la razón, del reino de los fines. Véase Cabada Castro, M., op. cit., p. 160: “Al que conoce un poco los rasgos fundamentales de la concepción feuerbachiana de ‘género humano’ no le puede extrañar que Feuerbach haya hecho referencia a los escritos mencionados de Kant, en los que se apunta claramente hacia una concepción del ‘género humano’ distinta de la simple adición de individuos particulares, superior a los mismos y meta, consciente o inconsciente, de las aspiraciones y deseos de cada hombre concreto”. Asimismo, dice Kant: “En el hombre (entendido como la única criatura racional de la tierra) las disposiciones originarias, que se refieren al uso de la razón, no se desarrollan completamente en el individuo, sino en la especie (Gattung)” (el destacado es del autor) (Cf. Kant, I., Filosofía de la Historia / Qué es la Ilustración, tr. Emilio Estiú y Lorenzo Novacassa, La Plata, Terramar, 2004. p. 19).
  100. Feuerbach, L., op. cit., p. 241. “Dios es su otro yo [del hombre], su otra mitad perdida; en Dios él se completa, en Dios es ya hombre perfecto. Dios es para él una necesidad (Bedürfnis); le falta algo sin saber lo que le falta; Dios es ese algo que falta; Dios es para él indispensable; Dios pertenece a su esencia” (el destacado es del autor).
  101. Esta lectura de Feuerbach coincide con Tomás de Aquino, para quien –como señalamos en el apartado anterior– la infinitud no es otra cosa que la ausencia de límites (Cf. Tomás de Aquino, Suma teológica, t. I, q. 7, art. 1, p. 397). La cantidad indefinida de individuos limitados no constituye infinitud. Por ello Feuerbach pone en evidencia en la noción de Dios la simultaneidad en la unidad existente. Y, como existente, no es otra cosa que un individuo absoluto. Lo relevante de esta interpretación es la reducción, sea de Dios o del género, al plano individual.
  102. Bloch, E., op. cit., p. 379. “La religión nace por el hecho de que el hombre se desdobla de sí mismo, se duplica, de una parte como lo limitado (el individuo), de otra parte como lo ilimitado (Dios), poniéndose a adorar a este yo divinizado”.
  103. No olvidemos que esta referencia a lo otro de sí es criterio de validez para Feuerbach desde Aportes (IX 37 y ss.); se trate de un pensamiento, de un filósofo o de una facultad.
  104. Véase Feuerbach, L., op. cit., p. 196: “Los paganos consideraban al hombre no sólo en conexión con el universo; consideraban al hombre, es decir, al individuo, al particular, en conexión con otros hombres, en relación con una comunidad. Diferenciaban estrictamente, por lo menos en cuanto filósofos, el individuo de la especie, el individuo como parte de la totalidad del género humano, y subordinaban el ser individual a la totalidad […]. El cristianismo, por el contrario, abandonaba la especie y consideraba sólo al individuo”. Y más adelante: “Los antiguos sacrificaban el individuo al género; los cristianos, el género al individuo, o también: el paganismo pensaba y concebía el individuo simplemente como parte, a diferencia de la totalidad del género; el cristianismo, en cambio, en inmediata e indiferenciada unidad con el género” (el destacado es del autor).
  105. Ibidem, p. 132. “La conciencia del mundo es una conciencia que humilla –la creación fue un “acto de humillación”– pero la primera piedra de escándalo en la que se quiebra el orgullo del yo es el tú (Du), el otro yo. El yo templa su mirada en el ojo de un tú, antes de soportar la intuición de un ser que no refleja su propia imagen”.
  106. Ibidem, p. 77. “El hombre afirma en Dios lo que niega en sí mismo” (el destacado es del autor).
  107. Ibidem, p. 198.
  108. Ibidem, p. 199. “La expresión inequívoca, el símbolo característico de esta unidad inmediata de género e individuo en el cristianismo es Cristo, el verdadero Dios de los cristianos. Cristo es el modelo, el concepto existente de la humanidad, la suma de todas las perfecciones morales y divinas, con exclusión de todo lo negativo e imperfecto; hombre puro, celestial y sin pecado, es el hombre del género, el Adán Kadmon, pero no como la totalidad del género, de la humanidad, sino inmediatamente como un individuo, una persona. Cristo, es decir, el Cristo cristiano, no es, por lo tanto, el centro sino el término de la historia”. Por último: “La historia se apoya en la diferencia de individuo y especie. Allí donde termina esta diferencia se acaba la historia, se pierde el sentido y la inteligencia de la historia” (el destacado es del autor).
  109. Ibidem, p. 197. “Para el cristianismo el individuo era objeto de una providencia inmediata, es decir, objeto inmediato del ser divino. Los paganos creían en una providencia en relación con el particular mediatizada por el género, por la ley, por el orden del mundo, es decir, una providencia mediata, natural, no milagrosa; los cristianos abandonaban la mediación, se ponían en relación inmediata con el ser general que provee y abarca todo; es decir, identificaban inmediatamente el ser particular con la esencia en general” (el destacado es del autor).


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