Origen de la religión y sentimiento de dependencia
En este capítulo abordaremos la necesidad de superación del carácter limitado de la existencia humana y el saberse limitado por parte del individuo. Si en el último apartado del capítulo anterior hicimos referencia al desgarramiento en el seno del corazón humano partiendo de la lectura que del origen de la religión hace Ernst Bloch en su comentario sobre Feuerbach, en este capítulo abordaremos la identificación del individuo con el Dios absoluto. A modo de analogía, si en el apartado anterior transitábamos el divorcio del individuo con Dios, indagando los problemas que surgen de semejante vínculo, en que se pierde la referencialidad de lo otro de sí –ya que Dios es también individuo, pero de carácter absoluto–, aquí nos remontaremos al momento inicial, a saber: el “enamoramiento” entre dos individuos, dos modalidades de la individualidad, el individuo limitado y el ilimitado, el relativo y el absoluto, el dependiente y el independiente.
Como señalamos en el capítulo anterior, el límite está presente en el origen de la religión. Así, en los pasajes en que Feuerbach profundiza sobre este punto, nos interesa no tanto qué idea tiene al respecto, o específicamente cuál es la esencia de la religión, sino más bien qué vínculo halla entre sentimiento de dependencia y religión, partiendo del carácter limitado del individuo y su dependencia al Dios ilimitado. Aunque son cuestiones diferentes, veremos que están vinculadas en el tratamiento feuerbachiano. Analizaremos, de acuerdo a esta propuesta, los capítulos trece, catorce y veintidós de La esencia del cristianismo (V 217-240 y 346-355).
Ahora bien, partiendo de la analogía sobre el matrimonio y consiguiente divorcio entre el individuo y Dios, veamos cómo se origina el “romance” (V 219):
El concepto supremo, el Dios de una comunidad política, de un pueblo, pero cuya política se expresa en forma de religión, es la ley, la conciencia de la ley como un poder absoluto y divino; el concepto supremo, el Dios del sentimiento humano, que no participa ni en el mundo ni en la política, es el amor, el amor que sacrifica por el amado todos los tesoros y todas las glorias en el cielo y en la gloria, el amor cuya ley es el deseo del amado y cuya fuerza es la fuerza ilimitada de la imaginación y de la actividad intelectual creadora de milagros[1] (el destacado es del autor).
En la distinción del Dios de la comunidad política y el del individuo humano, radica la diferencia entre el hombre como género y el individuo absolutizado[2]. El género, como veremos más adelante, se articula y realiza en la comunidad, por lo cual implica pluralidad de individuos, representado en la dogmática cristiana mediante la Trinidad. Pero el individuo quiere a Dios para sí, en exclusividad. En la comunidad política, hay procedimientos mediatos, procesos. En el vínculo individuo-Dios solo encuentra su lugar la plegaria, cuya satisfacción a través del milagro supone inmediatez, con la anulación de las mediaciones: sean del mundo, sean de la naturaleza. Pero, como dice Feuerbach, el Dios del sentimiento humano “no participa ni en el mundo ni en la política”, y este Dios es amor. El amor aquí es entendido como identidad absoluta. Veamos sus marcas: deseo del amado, fuerza ilimitada, imaginación, carácter creador del milagro. No estamos hablando aquí del amor del hombre, del amor que puede sentir un yo por un tú (otro yo), sino de la identificación plena entre el individuo y Dios. Aquí Dios es otro yo (absoluto, como dice Bloch) y opera como un tú. Pero no olvidemos que es el tú del yo. No el tú radicalmente otro del yo, el verdadero alter ego. Si fuera un verdadero alter ego, limitaría al yo, constituiría su barrera, y, por ende, se conformaría a partir de él una verdadera comunidad.
El Dios amor al que hace referencia el pasaje citado no es el amor en sí, sino el amor cristiano[3], pues el amor que reivindica el filósofo de Bruckberg es de carácter racional (V 425, 437)[4]. Y, claramente, poner el acento en la intimidad del amor por sobre el mundo y la comunidad implica sumir al ser amante en identidad total: en el amor a Dios, el sujeto no sale de sí, sino que se encuentra con el objeto más íntimo (V 45)[5], precisamente. Pero que Dios sea amor significa que el Dios del hombre es el sentimiento humano[6]. Lo primero conlleva a renunciar a la razón en pos de identificarse plenamente con el objeto[7]; lo segundo es que, en este identificarse plenamente individuo y Dios, en el sentimiento se lo sacraliza, el sentimiento se diviniza y, como tal, se constituye en Dios del hombre. Pero notemos que son expresiones diferentes: una refiere a una relación del individuo consigo mismo; la otra, a la ponderación de una facultad como fundamento de la divinidad.
Ahora bien, la identificación plena se ve facilitada por la afectación que el Dios singularizado y personal ejerce en el sentimiento (V 269), pero también –al ser el objeto más íntimo, y al no admitirse como un verdadero alter ego, tal sería un tú (otro individuo, otros hombres), sino más bien como una extensión de la potencia del individuo– este vínculo amoroso es sólido en el sentido de que no encuentra oposición alguna (nada lo limita, nada se le opone) y neutraliza, por lo mismo, el efecto del mundo (V 219):
Dios es el amor que satisface nuestros deseos y nuestras necesidades de sentimiento. Es el deseo realizado o elevado del corazón, para el que por la certeza (Gewissheit) de su cumplimiento y de su validez, para cuya certeza indudable no existe ninguna contradicción del entendimiento, [no opera] ningún obstáculo de la experiencia o del mundo exterior […]. Dios es el amor; esta sentencia suprema del cristianismo es la expresión de la autocerteza del sentimiento humano, de la certeza de su poder como el único autorizado, es decir, del poder divino; es expresión de la certeza que posee el hombre de la validez y verdad incondicionada de los deseos íntimos del corazón, de que no hay ningún límite (Schranke), ninguna oposición (Gegensatz) al sentimiento humano, que el mundo con toda su gloria y magnificencia es nada frente al sentimiento humano. Dios es el amor, es decir, el sentimiento es el Dios del hombre; más aún, es Dios absolutamente, el ser absoluto. Dios es la esencia del sentimiento que se objetiva ante sí mismo, puro sentimiento liberado de límites (schrankenfreie)[8] (el destacado es del autor).
Un tanto reiterativo en el mismo pasaje resulta la valoración suprema que para el hombre religioso tiene el sentimiento humano, verdadero Dios del hombre. Y es que nada se puede oponer al sentimiento, pero porque no hay nada fuera de él[9]. En eso consiste la esencia de la religión: Dios, objeto más íntimo del hombre, es su primera conciencia (V 45), y, en cuanto Dios-persona, halla su molde en la individualidad (V 270)[10]. El mundo exterior, su reconocimiento podrían erigirse en límite, pero para ello hay que poner entre paréntesis la validez del objeto divino, de la intimidad del vínculo, y la del sentimiento en cuanto fundamento de divinidad.
El enamorado que se pierde en el objeto no puede ver más allá de él. Por ello, si Feuerbach hubiera sostenido que el amor es irracional, ¿qué diferencia tendría con la fe? Y, además, ¿cómo podría ser racional y no mediarse con lo otro de sí? El amor que se pondera –y que se distingue del amor cristiano– valora como organon la sensibilidad, y esta no puede operar sino reconociendo la exterioridad e interioridad del hombre, el cuerpo y el espíritu, por decirlo. Pero la razón particular, única, del amor al que nada se le opone, porque es el puro sentimiento de sí libre de toda limitación, se identifica con la fe (V 230)[11].
La imaginación como organon de la religión
“La imaginación (die Phantasie) es el organon y la esencia originaria de la religión” (V 360)[12]. Hay dos ideas aquí, pero veremos que están íntimamente ligadas. La imaginación como organon[13], instrumento, y la imaginación como esencia de la religión. Pero, y ante todo: ¿qué entiende Feuerbach por “imaginación”?, ¿y cómo la vincula con la religión, sea como organon o como esencia originaria (ursprüngliche Wesen)?
La imaginación anula los límites de la sensibilidad y, como tal, es lo opuesto a la intuición (V 184)[14]. La intuición (Anschauung) determina la subjetividad, la limita, la condiciona. La imaginación, por el contrario, anula los límites de la sensibilidad sin dejar de ser sensible (V 361)[15]; por eso la extensión de la sensibilidad en la percepción del objeto divino es siempre de carácter cuantitativo, no cualitativo (V 362)[16]. Así, define Feuerbach la imaginación (die Phantasie) como “sensibilidad absoluta e ilimitada” (die schrankenlose, die unbeschränkte Sinnlichkeit) (V 361)[17], cuya función radica en anular los límites de la sensibilidad (V 362)[18] y sellar la individualidad del objeto personal que es Dios, unidad de individuo y género (V 269, 271)[19]. La imaginación entonces separa y une lo que es objeto del sentimiento, modificando la sensibilidad, anulando su condicionalidad, para tornarse incondicionada. Nada distingue mejor la sensibilidad del sentimiento que la operación de la imaginación (V 362), cuyos elementos sustanciales son el límite (en una) y su anulación (en la otra).
Ahora bien, retomemos la cita inicial del apartado: la imaginación es organon y esencia originaria de la religión. Pero ¿la imaginación es a la vez esencia e instrumento?, ¿qué se mienta con la expresión “La imaginación es la esencia originaria (ursprüngliche Wesen) de la religión?”. Entendemos que es un instrumento en pos de la eliminación de los límites propios de la sensibilidad, y también en la unificación del individuo con el género, ilusoria, desde luego. Pero consideramos que Feuerbach concibe otra cosa como la esencia originaria de la religión: en cuanto tal, se trataría de la identificación inmediata e ilusoria entre individuo y género[20], a través de la imaginación. Estamos en un momento central del análisis del fenómeno religioso. Feuerbach piensa que el individuo se realiza a través del género, en mediación con él. La alienación (Entäusserung) consiste en sustituir el género humano por un tipo de individuo absolutizado, a saber, Dios. Esta idea, como venimos diciendo, es la que arraiga en el cristianismo. Por eso mismo se erige en ella en su grado máximo la salvación individual. Ahora bien, ¿por qué inmediatamente? Si respondemos a esta pregunta, desplegamos ante nosotros una serie de elementos, esencialmente vinculados entre sí: imaginación, fe, oración, milagro. Todos responden a lo mismo: anulación del límite e inmediatez. Por eso mismo la imaginación es organon de la religión. Pero ¿cuál es la modalidad por la que se identifica ilusoriamente individuo y género? O ¿cómo realiza, cómo lleva a cabo o cómo satisface la imaginación la esencia originaria de la religión?
Antes de responder estas preguntas, tomaremos a consideración la postura de Cabada Castro en su crítica a la distinción entre intuición y fantasía en Feuerbach. Entiende que eliminar la fantasía de la representación humana deriva en un recorte del objeto, sometiéndolo al Lecho de Procusto de la sensibilidad, lo que implicaría empobrecerlo, encarecer el ámbito de la experiencia humana[21]. Pero para Feuerbach, al contrario, la fantasía –tal como opera en la religión, uniendo el género con un individuo y anulando los límites de la sensibilidad– empobrece al hombre, porque lo aísla del género: la identificación del individuo particular con el Dios absoluto en su inmediatez no enriquece la vida, puesto que, para el filósofo de Bruckberg, la vida solo se realiza en comunidad. Supone Cabada Castro que, si el hombre proyecta, imagina, es porque algo diferente a él mismo, que no puede ser concebido con los cánones de la sensibilidad, sino más bien del sentimiento, actúa, por decirlo, en él, y este es Dios[22]. Su razonamiento es el siguiente: si la proyección fantástica es irreal, basándose en Dios, que no es más que el género hipostasiado, ¿por qué sabiéndola tal sigue operando en el hombre?[23] Y aquí nos lleva a un planteo más interesante, pero al que Cabada Castro con su análisis nos deja en la antesala. Si Dios actúa en la proyección fantástica, y el hombre no puede más que proyectar su esencia en el objeto, siendo a la vez que Dios no es otra cosa que el género humano individualizado, la proyección fantástica –la imaginación– lo que hace es proyectar la esencia humana[24], sirviéndose de la sensibilidad, pero transformándola; de ahí que, al introducir la esencia, precisa abolir sus límites. Pero este planteo nos lleva a otra lectura, que presentamos a continuación.
Partimos de la lectura, en lo que hace al mecanismo de la imaginación, de Wartofsky[25] por considerar que hay en ella un análisis de la imaginación en cuanto organon de la religión, a diferencia de los demás comentadores (a excepción de Cabada Castro), en que se hace hincapié ora en la anulación de los límites de la sensibilidad, ora en la identificación de individuo y género. Wartofsky toma esto último como constitutivo de la imaginación. Y, en función de ello, se anulan los límites de la sensibilidad. Para este autor, la imaginación, en principio, es “un instrumento de la conciencia que representa sentimientos bajo la forma de una imagen”[26]. La imagen es una representación de carácter particular, un tipo de representación sensible y concreta, con caracteres a su vez sensibles, particulares, propios de los objetos de la percepción sensible. De no contar con tales caracteres, perdería esta su aptitud de representar la particularidad. En síntesis, la imaginación es, en efecto, “la representación de un ente individual, con cualidades particulares que lo caracteriza como un objeto de la facultad sensible”, pero también –y aquí está el punto– de la apetencia, del deseo, del sentimiento[27]. Y agrega: el objeto percibido por la intuición sensible es indiferente a su carácter de ser deseado, apetecido, querido[28]. En suma, la imagen es una representación, y como tal es un signo de otra cosa que sí misma. Lo que está detrás de ella es lo que el sujeto que imagina quiere ver, teme, añora, sufre, desea, anhela. Es la lógica del deseo la que lo atraviesa, en que en última instancia juega un papel relevante la ausencia del objeto o, más bien, la presencia ilusoria en medio de la ausencia. Este carácter de ausencia-presencia del objeto representado por la imaginación será clave para concebir a Dios, como veremos a continuación.
Destaquemos, por lo pronto, que la imagen obedece a un operación del sujeto, es su producto. Como dice Wartofsky, la imagen es una representación de un ente individual, pero también desde el sentimiento de un sujeto, de un individuo. Este detalle no es menor, porque, a partir de lo que sufre, desea, anhela tal individuo y no otro, construye la imagen[29]. Por ello, aclara que a la percepción sensible le es indiferente lo que siente el sujeto percipiente, al primar el carácter objetivo y entrar en juego solo las propiedades de la cosa objeto de la intuición. No olvidemos que la intuición sensible, al suponer la permanencia del objeto[30], opera como límite de la subjetividad: como decía Feuerbach en Aportes (IX 45), el árbol limita (begrenzt) mi espalda, me despoja de mi lugar. Así, en la percepción suponemos la permanencia del objeto que opera contra mí o ante mí como sujeto. Pero el sentimiento concibe a un objeto particular como un tú[31], esto es, como una persona. Y esto último responde a estas preguntas: ¿qué es lo que le falta al ente individual que la imaginación satisface?, ¿qué es lo que está detrás de la condición del sentido al imaginar un objeto, al producir una imagen, una representación desde el sentimiento? Así, lo que mienta el objeto imaginado, lo que está ausente en la presencia del deseo es la especie, la esencia, lo que Feuerbach denomina: el “género” (Gattung)[32]. Solo el sentimiento construye una imagen particular como un tú, como una persona, de un ente individual[33]. Decir “persona” es decir “esencia humana”. Veamos el siguiente pasaje[34]:
La condición para imaginar no es sólo que se representa con ella un objeto individual, sino un carácter especial (como esencia) en este individuo. La imagen es por lo tanto más que el signo de un objeto percibido, como si se envolviese en ella la simbolización de una esencia. En este sentido, Feuerbach habla de ella como de una “sensación estética”. Es diferente en el caso de la mera representación sensorial, en que el particular es representado sólo bajo la modalidad de su particularidad.
Y más adelante:
En esta función, la imaginación media entre la representación abstracta de la esencia como un universal y la representación de una existencia particular, de una individualidad. En efecto, ella encarna la esencia en una imagen particular, tomándola como existente (el destacado es del autor).
En la estructura misma de la imagen, como aquello que mienta a la vez la particularidad y la universalidad, el individuo y el género, mientras la intuición sensible solo percibe individuos particulares, el sentimiento agrega, produce, recrea en el individuo el género[35]. Lo que falta, lo que se echa de menos entonces y responde al sujeto que imagina es el género. Pero ¿por qué el género es lo que puntualmente agrega la imaginación en el producir la imagen? Porque al individuo –y aquí entendemos el sujeto como individuo– solo lo satisface la unión con el género. Ya lo había dicho Feuerbach (V 273)[36], lo que no sabíamos es qué es lo que específicamente tiene la imaginación para unir ilusoriamente al individuo con la especie, más allá de abolir los límites de la sensibilidad[37]. Respecto a esto último: los límites en la sensibilidad tienen que ver con la particularidad de la cosa percibida. Pero, al irrumpir en ella el deseo de la esencia genérica, de la especie –tal parece ser la interpretación de Wartofsky–, la particularidad modifica su carácter: de determinada (no olvidemos que el vocablo latino para expresar “límite” es terminus) pasa a constituirse en indeterminada, ilimitada. Pero tal indeterminación no se traduce en abstracción; muy por el contrario. Por ello entiende este autor la percepción feuerbachiana como “sensación estética” (aesthetic sensation). En ella, el deseo y la esencia serían mediadores de la cosa percibida, tal es la perspectiva del arte (IX 322)[38]. Y toda contemplación genuina –ya desde V 205 y ss.–, a la vez que es teórica, es estética. Por ello, la cosa imaginada es sensible, pero mediada por el deseo de la esencia ausente en la percepción de la cosa. Por esta irrupción del género, la imaginación es activa y no pasiva, y, en cuanto tal, es ilimitada[39], puesto que el límite instaura la pasividad en el sujeto percipiente, la particularidad en la intuición.
La imaginación es el organon por el que se realiza la esencia de la religión. La imagen es la respuesta del individuo ante la insuficiencia de la sensibilidad, que solo hace patente la particularidad. Ella no colma al individuo: este solo se realiza en el trato con el tú, con la persona. Decir “persona” es decir “esencia humana”, “género”. Dios, entonces, es la respuesta inmediata al requerimiento de completitud del individuo. Sin imaginación, este no sería posible, pero tampoco el género. La imaginación solamente encuentra en la figura de Dios la unidad inmediata de individuo y género (V 269), pero también se puede hacer del género un Dios y –tal es una de las críticas de Stirner– presentar al hombre como el nuevo Dios que ahogaría todo tipo de singularidad. La única manera de superar al ente absoluto, se trate de Dios o el Hombre, es mediar la subjetividad por la naturaleza.
Queda en pie, entonces, la tarea de educar la intuición sensible[40], en vistas a desarrollar una aptitud “naturalista espiritual” (geistiger Naturforscher) asumida por Feuerbach en el prólogo a la segunda edición de La esencia del cristianismo (V 15):
Es en virtud de este título (naturalista espiritual) por lo que he escrito este libro que no contiene más que el principio pero ya prácticamente confirmado, ilustrado, desarrollado y empujado hasta el extremo sobre un ejemplo concreto particular (objeto de ámbito universal, por otra parte): la religión, el principio de una filosofía nueva diferente en su esencia de la filosofía anterior, una filosofía adecuada al ser verdadero real y total del hombre, y que, es necesario decirlo, está en contradicción, por esa razón precisamente, con todos los hombres corrompidos y atrofiados por una religión y una especulación sobrehumanas, es decir, antihumanas y antinaturales[41].
- Ibidem, p. 168.↵
- Véase la reflexión al respecto de Osier, J-P., op. cit., p. 40: “Así, por una suerte de juego de espejos deformantes, la conciencia cristiana se encuentra investida de las mismas cualidades y del mismo substrato que su producto. La operación es, en efecto, circular: se pasa de Dios como género existente al cristiano como género existente, es decir, como subjetividad infinita, por tanto liberada de todos los límites. Ya que Cristo es el género como individuo, el cristiano será a su vez el individuo como género. Su aislamiento, donde no hay más lugar que para él y para su Dios, esto es: por sí mismo, debe entrañar, prácticamente y teóricamente (en sentido negativo), la desaparición de toda vida genérica, es decir, de toda vida que implica finitud y existencia sensible. Es por esto que la vida cristiana se debe oponer a la vida natural, mejor aún, al paganismo”. ↵
- Amén de tal identificación feuerbachiana que daría lugar al ateísmo, encumbrando al amor por sobre Dios y estableciendo por ello su divinidad, Cabada Castro halla similitud entre la opción feuerbachiana y la expresión de San Juan. Véase Cabada Castro, M., El humanismo premarxista de Ludwig Feuerbach, p. 48: “La postura feuerbachiana ante el amor y su relación con Dios, la religión o el egoísmo, es nítida y constante. Ante ello habría que preguntarse por el sentido y el valor de la visión feuerbachiana de la primacía del amor sobre Dios, en la que Feuerbach fundamenta su análisis. Pese a la inversión del ‘Dios es amor’ de la primera carta de San Juan (4, 16) por ‘el amor es Dios’ feuerbachiano, no es difícil ver una oculta relación entre el pensamiento ateo de Feuerbach y el del discípulo a quien amaba Jesús. En San Juan es de un radicalismo impresionante la descripción o ‘definición’ de Dios por el amor, por una parte, y la constatación de la mutua interdependencia (‘es mentiroso quien dice que ama a Dios y odia a su hermano’: 1 Jn 4, 20) entre el amor al prójimo y el amor a Dios, por otra parte. El peligro tanto de desligar el amor a Dios del amor al prójimo, como de desvirtuar la radicalidad de la definición de San Juan de Dios como amor, teniendo que mantener, por lo demás, la integridad del mensaje concreto que se expresa en la fe, no es fácil de ser conjurado. Sostener que el cristianismo no ha sucumbido nunca, en ninguna de sus manifestaciones, a dicho peligro, sería una afirmación difícil de probar. Feuerbach, por su parte, tiene el mérito de haberse adelantado a su época en la proclamación de la libertad de conciencia y de la importancia del amor universal y sincero, pese a haber generalizado y universalizado demasiado ciertas desviaciones históricas de la religión o del cristianismo de su tiempo. Pero estas desviaciones fueron, por otra parte, las que ocultaron a Feuerbach el verdadero rostro de la religión o del cristianismo y motivaron su opción atea. Pese a todo, el Amor universal, radical, superior a todo por una parte y cercano, íntimo al hombre, a los hombres todos, por otra parte, de Feuerbach, conserva rasgos fundamentales de la dialéctica del amor bíblico y cristiano, que incluye en sí Dios y hombre”. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., pp. 299 y 306. “Sólo donde existe la razón domina el amor en general; la razón es el amor universal mismo. La fe ha descubierto el infierno, no el amor ni la razón”. Y más adelante (V 437): “La única limitación que no contradice la esencia del amor es la auto-limitación (Selbstbeschränkung) del amor por la razón, por la inteligencia. El amor que desprecia el rigor, la ley de la inteligencia, es, teóricamente, un amor falso y, prácticamente, un amor funesto” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, p. 64. “El objeto sensible es exterior al hombre, el objeto religioso está en él, le es interior; por eso es un objeto que no le puede abandonar, como tampoco le abandona su autoconciencia o su conciencia moral. Es un objeto íntimo, el más íntimo y próximo de todos los objetos” (el destacado es del autor).↵
- Cabada Castro entiende que esta transmutación consistente en convertir al sentimiento en dios del hombre a través de la religión conlleva a la desaparición del objeto (Dios) y, por ende, al ateísmo: “Feuerbach, influido fuertemente por las tendencias pietistas del protestantismo, lleva hasta sus últimas consecuencias la insistencia en el ‘sentimiento’ (‘das Gefühl’) como esencia y órgano de la religión; el objeto o la causa de dicho sentimiento pierde, consecuentemente, cada vez más importancia; lo decisivo es el sentimiento mismo, que prescinde ya de su objeto. El sentimiento mismo se hace así ‘indiferente’ y ‘ateo’ con respecto a todo lo que no sea él mismo. La única referencia hacia algo fuera de sí mismo sería la que va implícita en la misma especificación de dicho sentimiento como ‘sentimiento de dependencia’, pero aun así el objeto o el origen de tal dependencia es secundario e indiferente” (Cabada Castro, M., op. cit., p. 71). ↵
- Por ello Hegel critica el método empírico al postular el sentimiento como fundamento de la religiosidad. Véase Hegel, G. W. F., op. cit., p. 165: “Entonces expresamos lo que hay en nuestro sentimiento, y decimos: nosotros sabemos acerca de algo y esto es Dios. Así el sentimiento recibe el rango de fundamento. Lo primero en la forma del saber –nosotros y el objeto–, y con ello aparecen las diferencias entre ambos y la reflexión de que el ser es mi ser, de que me compete, de que yo soy. Y ahí reside, pues, la necesidad de que este ser que asumo para mí esté también en el objeto, esté en Dios; éste es, pues, el sentimiento –el lugar en donde mi ser y el ser de mi objeto existen como uno solo. Aquí mi ser y el ser están puestos como uno solo. El sentimiento es el lugar en donde, por así decirlo, dos seres han coincidido –el ser de Dios en cuanto algo absolutamente cierto, como lo que está ligado con mi ser, [es], por tanto, un ser en el que se suprime la divisibilidad del ser […]”. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 168.↵
- Por eso es correcta la utilización del término “certeza” (Gewissheit). Este carácter indisoluble es el objeto de la certeza. Hegel se centra en este aspecto para considerar el saber inmediato de Dios desde el método empírico como el más abstracto. Hegel, G. W. F., op. cit., p. 159: “Lo que sé es certeza subjetiva, con la determinación de que eso es. Su ser y mi ser son idénticos, y es cierto para mí que el objeto existe; decimos ‘eso es tan cierto como que yo existo’; el ser del objeto es a la vez mi ser; lo que es cierto para mí está en mi ser; yo distingo el contenido, pero este ser y mi ser son inseparables. ‘La verdad’ recuerda que la certeza y la objetividad pueden estar separadas. Yo digo ‘esto es, esto es para mí’. Lo objetivo puede ser diverso de este ser que el objeto posee en mí”. ↵
- Ibidem, p. 199. “[…] los cristianos se distinguen de los paganos porque para ellos el individuo se identifica inmediatamente con el género, porque en ellos el individuo tiene la significación del género, el individuo por sí mismo es considerado como la existencia perfecta del género; además se distinguen también porque divinizan al individuo humano, lo convierten en el ser absoluto” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, p. 175. “Para la fe sólo existe Dios, es decir, la subjetividad libre de sus límites (schrankenfreie Subjektivität)” (el destacado es del autor). ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 259.↵
- Esta forma de entender la imaginación (Phantasie) como organon de la religión nos lleva a Kant, quien critica la dialéctica por ser organon y no canon de la razón. Además, el problema es similar: mientras que este cuestiona que algo pueda ser intuido intelectualmente, esto es, sin la sensibilidad, en Feuerbach la imaginación elimina los límites de la sensibilidad, como veremos en este apartado. Véase el siguiente pasaje: “Sin embargo hay algo tan seductor en la posesión de esa aparente arte de darles a todos nuestros conocimientos la forma del entendimiento, aunque uno esté muy vacío y pobre, por lo que respecta al contenido de ellos, que aquella lógica general, que es un mero canon para la evaluación, ha sido usada como si fuera un organon para la efectiva producción de afirmaciones objetivas, o al menos para [producir] la ilusión de afirmaciones objetivas; y por tanto, en verdad, con eso se ha hecho abuso de ella. Ahora bien, la lógica general, como presunto organon, se llama dialéctica” (el destacado es del autor) (Kant, I, Crítica de la razón pura, (A 61) p. 131.↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 144. “Es decir, en el cielo están los mismos árboles y flores, pero los árboles que existen en el cielo son los árboles que perfuman y florecen en mi imaginación (meiner Imagination), sin ejercer sobre mí groseras impresiones materiales; los árboles sobre la tierra son los árboles en mi percepción (Anschauung) sensible y real. La diferencia es entre imaginación e intuición” (el destacado es del autor). Feuerbach utiliza indistintamente Einbildung, Imagination y Phantasie, con preeminencia de esta última, para referirse a la imaginación. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 259. “Dios es un ser sensible, pero separado de los límites de la sensibilidad; es el ser sensible ilimitado. Pero ¿qué es la imaginación?: la sensibilidad absoluta e ilimitada” (el destacado es del autor). Veamos cómo completa la misma idea Osier en su lectura sobre la imaginación: “Para Feuerbach, filósofo del entendimiento (Wir Verstandesmenschen!), la imaginación es el lugar propio, natural de la subjetividad. Esto último implica en efecto la superación de lo finito, de lo determinado, en tanto aquello se funda sobre la identidad y la permanencia, atestiguado por la percepción, comprobado por el entendimiento. Imaginar es entonces liberarse de lo idéntico y lo permanente, alterando cualitativamente los datos sensibles, por la supresión de su carácter sensible determinado: esta supresión expresa también el pasaje de lo sensible finito a lo imaginario infinito. La imaginación, en efecto, no es solamente, para retomar una expresión célebre, la reina del mundo, sino más bien la reina de todos los mundos, sobre todo de aquellos que no existen, porque ella no es objetiva, sino subjetiva e ilimitada” (Osier, J-P., op. cit., p. 56). ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 259. “En el sentido original de la religión, entre Dios y el hombre sólo hay, por un lado, una diferencia según la existencia, en cuanto que Dios, como ser independiente, se contrapone al hombre; por otro lado, hay sólo una diferencia cuantitativa, es decir, una diferencia según la imaginación, pues las diferencias de la imaginación son sólo cuantitativas. La infinitud de Dios en la religión es una infinitud cuantitativa; Dios es y tiene todo lo que es y tiene el hombre, pero lo tiene en una medida infinitamente aumentada. La esencia de Dios es la esencia objetiva de la imaginación” (el destacado es del autor). Empero, como señala Amengual, el pasaje de la infinitud cuantitativa a la cualitativa implica el pasaje de la religión a la teología: “La fantasía no llega a una diferencia cualitativa entre Dios y el hombre (V 360, 364), no alcanza más que una ‘infinitud cuantitativa’ (V 361). Pero la fantasía cede el puesto a la reflexión cuando la religión se convierte en teología, es decir, cuando el objeto de la religión es hecho objeto de la reflexión, entonces la diferencia se convierte en cualitativa, la teología abre en su profundidad y consuma la sima entre Dios y el hombre; lo que en la religión no era más que una ampliación, una abolición de límites, se convierte, en teología, en una contraposición” (Amengual, G., op. cit., p. 88).↵
- El destacado es del autor. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 260. “[…] lo que siento como límite (Schranke), lo suprimo en mi imaginación (Phantasie), que garantiza a mis sentimientos espacio libre”. Y más adelante: “La imaginación sólo elimina los límites cuantitativos, no los cualitativos”. ↵
- Ibidem, pp. 198 y 200. “Precisamente en razón de esta inmediata unidad del género y de la individualidad, de esta concentración de todas las generalidades y esencialidades en un ser personal, Dios es un objeto que afecta profundamente al sentimiento y que excita la imaginación (Phantasie)”. Y más adelante (V 271): “Porque la unidad inmediata de género e individuo traspasa las fronteras de la razón y de la naturaleza, era completamente natural y necesario explicar este individuo ideal y universal como un ser sublime, sobrenatural y celestial. Es por lo tanto erróneo querer deducir de la razón la unidad inmediata de género e individuo; sólo la imaginación (Phantasie) realiza esta unidad, la imaginación para la que no hay nada imposible: la misma imaginación que es también creadora del milagro; pues el milagro más grande es el individuo que, en cuanto individuo, es al mismo tiempo idea, género, la humanidad en la plenitud de su perfección e infinitud”. A raíz de ello, Osier entiende que la imaginación hace del individuo un pálido reflejo del género: “En efecto, sobre el imperio del sentimiento de la finitud, la imaginación inviste el género pensado por el entendimiento y le da la única riqueza con la que cuenta el sujeto finito: la existencia real. Esta operación entraña naturalmente de rebote la desvalorización de la existencia individual, relegada al rango de pálido reflejo, mejor aún sub-producto, criatura del ser genérico” (Osier, J-P., op. cit., p. 25).↵
- Seguimos en esta lectura a Xhaufflaire, M., op. cit., p. 184. “El fundamento antropológico del fenómeno religioso y cristiano consiste en último análisis en la distancia existente entre el individuo y el género. Para la religión, el hombre intenta unirse a su esencia genérica de manera ilusoria, es decir, objetivándose en un Dios. Es verdad, el hombre no se puede realizar más que genéricamente, lo hemos visto, pero en la religión él lo intenta ilusoriamente, puesto que inmediatamente, imaginariamente. Es, en efecto, sólo por la representación de la divinidad que el particular tiende a superar los límites naturales e individuales y no por una relación sensible a la naturaleza y al amor de los hombres”. Respecto al fundamento antropológico de la separación entre individuo y género, en función de esto el análisis feuerbachiano se realiza en términos de reducción (Amengual), pero también de inversión (Osier). Así, para este último, la antropología no es otra cosa que inversión de la religión. Véase Osier, J-P., op. cit., p. 27: “Sin embargo, la religión es la antropología invertida. Por ello, a la ascesis religiosa debe necesariamente corresponder una ascesis inversa, es decir, una práctica de la vida fundada sobre la teoría científica del hombre”. Asimismo, Amengual, G., op. cit., p. 42: “Por religión se entenderá el comportamiento humano que es respuesta a determinadas necesidades y por tanto para comprender la religión hay que seguir el proceso genético de la misma hasta llegar al sujeto humano: el sentimiento, el corazón, el ánimo. No se trata de restaurar el ‘verdadero’ cristianismo, el de los tiempos clásicos, sino de explicarlo por su determinación antropológica”. Para Kamenka, por último, aunque no habla en términos de inversión, sí opone a la religión la antropología: “Lo distintivo en la religión, lo que la distingue de la antropología (sea en sentido teórico, como ciencia del hombre, o en su aplicación práctica, como política), lo que la pone en conflicto con ella, es que en la religión las potencialidades humanas, cualidades y caracteres propios, son proyectados, alienados, arrojados del hombre, haciendo que existan independientemente y fuera de él” (Cf. Kamenka, E., The philosophy of Ludwig Feuerbach, Nueva York, Praeger Publishers, 1970, p. 46).↵
- Cabada Castro, op. cit., p. 66. “Feuerbach contrapone expresamente la ‘fantasía’ a la ‘intuición’, dando a entender de este modo que mientras la intuición se fundamenta en la realidad y tiene de ella su origen, la fantasía, en cambio, no se fundamenta en nada real. Pero ¿por qué dividir la actividad intelectual e interior del hombre en real o fundamentada e irreal o sin fundamento? ¿No será la ‘fantasía’ el reflejo impreciso de algo muy profundo y muy real que el hombre experimenta, pero que no se puede expresar en unos modelos conceptuales claros y precisos? ¿No es gratuita e irracional, en definitiva, la discriminación en cuanto a realidad u objetividad entre ‘intuición’ y ‘fantasía’, si es que no se quiere restringir o recortar ya a priori la realidad total?”. ↵
- Ibidem. “Pero una cosa es que el hombre no pueda expresar nada sino a base de sus propios conceptos, humanos, por tanto, y otra cosa muy distinta es que el hombre no pueda –aun utilizando únicamente conceptos y expresiones que son propios suyos– experimentar en sí mismo el peso y la profundidad de la realidad total y aun expresarla de algún modo, al menos de forma negativa, como algo que supera continuamente al mismo pensar humano; dicha expresión negativa no es meramente negativa, sino a una mirada superficial; ella es en definitiva la afirmación de la infinitud […] que envuelve al hombre y en la que éste vive; en definitiva, la afirmación de Dios” (el destacado es del autor).↵
- Ibidem, p. 67. “Ante la continua presuposición feuerbachiana de que el hombre no puede proyectar nada por encima de sí mismo, habría que decir: pase, pero, si resulta que de hecho el hombre realiza dicha proyección, habría que admitir que existe algo o alguien superior al hombre (y no sería superior al hombre si fuera meramente finito) que suscita y causa en el hombre la proyección indicada, y no contentarse únicamente con calificar de ilusoria o meramente objetiva dicha proyección, pues eso no explica la realidad misma del fenómeno proyectivo” (el destacado es del autor). Estamos de acuerdo con el planteo del autor, pero, si consideramos que el hombre proyecta lo infinito, este es el género humano; e introduce en la imagen, como dirá Wartofsky, la esencia humana, el género (Wartofsky, M., Feuerbach, Cambridge, University Press, 1977, pp. 280 y ss.). Y, en ese sentido, es correcto su argumento de fondo, pero habría que agregar: reemplazando a Dios por la esencia humana: “Lo infinito de la religión y de la filosofía es, y jamás fue otra cosa, algo finito, es decir, determinado, aunque adulterado, porque es algo finito con el postulado de no ser finito, o sea, de ser in-finito. La filosofía especulativa es culpable del mismo error que la teología; es decir, convirtió en determinaciones de lo infinito a determinaciones de la realidad finita, con sólo negar el carácter determinado de las últimas y por las cuales, justamente, la realidad es lo que es” (el destacado es del autor) (Löwith, K., op. cit., p. 113).↵
- Incluso la analogía con el reflejo del sol que ofrece Cabada Castro consideramos acertada, con la salvedad de entender el sol por la esencia humana y no por Dios: “Utilizando una comparación vulgar, el hombre es como el espejo que proyecta en una superficie oscura el reflejo o la imagen del sol; la imagen proyectada está condicionada por las virtualidades específicas del espejo, pero el espejo no se proyecta a sí mismo, sino que ‘expresa’ de una forma concreta, real, aunque imperfecta, la impresión, la experiencia de algo que supera y está por encima del mismo espejo, el sol”. No obstante, en este modelo explicativo de Cabada Castro, como en Wartofsky, falta determinar el vínculo con la intuición. Si bien la comparación del espejo y el reflejo del sol es pertinente para el análisis de la fantasía, falta determinar la relación con la sensibilidad. Cabada Castro cuestiona la valoración positiva que hace Feuerbach a despecho de la fantasía, pero, si bien critica esta diferenciación, no la explica tampoco. Wartofsky, como veremos, incluye en la imagen la percepción sensible, puesto que en ella se representa la particularidad; pero, Dios, por caso, ¿se percibe?, ¿el género? O más bien, ¿se percibe en un individuo el género humano a través de la imaginación? Pero, de ser así, ¿cómo es que existe Dios en la representación?, ¿se trataría de un individuo particular pero ilimitado?, ¿qué individuo concreto sería el puntapié del que la imaginación partiría para la representación concreta de Dios?, ¿sería, acaso, una introspección o una experiencia del sentido interno que daría la materia de la particularidad para operar sobre ella la esencia, el género? Vemos, entonces, que aquí también falta un desarrollo teórico más acabado acerca del vínculo entre intuición e imaginación, entre sensibilidad y sentimiento. ↵
- Wartofsky, M., op. cit., pp. 280 y ss. ↵
- Ibidem, p. 280. ↵
- Ibidem.↵
- Ibidem. “Los objetos percibidos, como tales, no son objeto del sentimiento. Para ver algo no es necesario quererlo, temerlo, o amarlo” (el destacado es del autor).↵
- En este punto el sentimiento religioso sería el más íntimo, particular y personal que tiene el hombre, más bien, el individuo. Así interpreta Hartmann el sentimiento de dependencia en Schleiermacher: “La referencia a la unidad es el sentimiento de dependencia absoluta, el cual no sólo constituye el remate, sino también la base de toda cultura. La vida religiosa no es cosa relativa a la comunidad, sino al individuo, pues atañe al corazón. En la hondura de su yo, allí donde eternamente está solo consigo mismo, donde nadie puede participar o imitar su sentimiento, allí el hombre es religioso. De aquí que, en el fondo, sea en cada uno algo diferente, es decir, una relación pura y del todo personal con Dios” (Cf. Hartmann, N., La filosofía del idealismo alemán, tr. Hernán Zucchi, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1980, p. 316).↵
- Este supuesto, de la permanencia del objeto, en que la imaginación altera dicha permanencia aboliendo los límites, lo encontramos en Osier, J-P., op. cit., p. 25.↵
- Wartofsky, M, op. cit., p. 281. “Sentir es, entonces, sentir un objeto entendido como un tú (thou), esto es, como una persona” (el destacado es del autor). ↵
- Ibidem. “El objeto del sentido es un objeto real tomado como un Tú, o el objeto representado, en la forma de una imagen, y por tanto de una imagen que representa el carácter esencial”. Y más adelante: “Sentir, luego, es tomar la imagen sensorial de un objeto individual pero, a la vez, esta entidad individual se la toma como persona, esto es: investido con el carácter de la especie”. ↵
- Entendemos que Wartofsky separa a Feuerbach de las tradiciones cartesiana y kantiana respecto al lugar que tiene en ellas la imaginación en la aprehensión sensible. En tales perspectivas no se introduce en la percepción ni el tú ni la persona. En Feuerbach, en cambio, la imaginación no me permite la configuración mental de un objeto (Descartes); sí de una síntesis sensible, pero con la característica –a diferencia de Kant (A 123)– de que lo que pone el sentimiento con la imagen es el tú, la esencia genérica. Véase Descartes, R., Meditaciones metafísicas, tr. Manuel García Morente, La Plata, Ediciones Terramar, 2004, p. 160: “Además, la facultad de imaginar, que está en mí y que por experiencia veo que uso, cuando me aplico a la consideración de las cosas materiales, es capaz de convencerme de su existencia [de las cosas materiales]; pues cuando atentamente considero lo que sea la imaginación, hallo que no es otra cosa sino cierta aplicación de la facultad de conocer al cuerpo, que le es presente íntimamente y que, por lo tanto, existe […]. Y para que esto sea vea bien patentemente, haré notar primero la diferencia que existe entre la imaginación y la pura intelección o concepción. Por ejemplo, cuando imagino un triángulo, no sólo concibo que es una figura compuesta de tres líneas, sino además contemplo las tres líneas como si las tuviera presentes, por la fuerza y aplicación interior de mi espíritu; y esto es propiamente lo que llamo imaginar”. Asimismo, Kant, I., op. cit., (A 123), p. 190: “La imaginación es, pues, también una facultad de una síntesis a priori, y por eso le damos el nombre de imaginación productiva, y, en la medida en que no tiene, con respecto a todo el múltiple del fenómeno, otra intención que la unidad necesaria de la síntesis de éste, ésta puede llamarse la función trascendental de la imaginación. Por eso, es ciertamente extraño, pero por lo dicho hasta aquí es evidente, que sólo por medio de esta función trascendental de la imaginación es posible la afinidad misma de los fenómenos; con ella, la asociación; y mediante ésta, finalmente, la reproducción según leyes, y, en consecuencia, la experiencia misma; porque sin ella los conceptos de objetos no confluirían en una experiencia”. ↵
- Ibidem. ↵
- No obstante ello, el hecho de que la imagen sea signo queda vedado a la conciencia del creyente; este propiamente es consciente de sí solo a través de Dios, esto es: de la imagen por excelencia, en cuanto unidad de particularidad y universalidad. Amengual, en cambio, afirma que en la religión la imagen no es signo, sino la realidad misma: “La crítica de la religión de Feuerbach parte de que el plano de la religión es el de la representación (Vorstellung), y que Feuerbach entiende como imagen (Bild), y su método objetivo-analítico va a consistir no en convertir la imagen en pensamiento como la filosofía especulativa, ni en convertirla en la cosa misma, tal como hace la teología, sino en considerar las imágenes tal como se presentan, es decir, como imágenes, y en cuanto imágenes son la cosa misma. No se trata de considerar la imagen como signo de otra realidad, sino que en sí es la realidad. La religión pretende que su contenido es sólo expresable en imágenes y por tanto como expresiones e indicios humanos de la realidad divina. La reducción consiste en negar esta duplicidad de la imagen religiosa y tomar la imagen en su inmediatez” (Amengual, G., op. cit., p. 141). Ahora bien, si son expresiones, indicios, son signos, representan otra cosa, como dice el mismo autor: la realidad divina. Pero signos al fin. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 200. “Los hombres se complementan mutuamente, tanto en lo moral como en lo filosófico (Physischen) e intelectual, de tal manera que tomados en conjunto son como deben ser, representan el hombre perfecto, y por eso el trato mejora y eleva; involuntariamente, sin disimulo, el hombre es diferente en el trato que cuando está solo”. Y más adelante: “En el amor reside la verdad del género, de lo contrario, sólo sería una cosa de la razón, un objeto del pensamiento, una cosa y una verdad del sentimiento, pues en el amor expresa el hombre la insuficiencia de su individualidad, postula la existencia del otro como una necesidad del corazón; considera al otro como su propia esencia; interpreta su vida como verdaderamente humana por el amor con el que está unida, que corresponde al concepto del hombre, es decir, al género. El individuo es deficiente, imperfecto, débil, necesitado; pero el amor es fuerte, perfecto, satisfecho, sin necesidades, autosuficiente e infinito, porque, en él, el sentimiento de sí mismo de la individualidad es el sentimiento de sí mismo de la perfección del género” (el destacado es del autor). Señalamos un error en la traducción: en vez de traducirse Physischen por “físico”, el término empleado es “filosófico”; empero, además de no ser fiel al original, Feuerbach ya hace referencia al ámbito intelectual: veremos luego la importancia que da a la diferencia sexual al hablar de género, sobre todo en la última parte del periodo estudiado. ↵
- Debemos señalar, asimismo, que Feuerbach no asigna este rol a la imaginación tal como parece ser la lectura de Wartofsky, sino a la intuición sensible; y ello no solo en La esencia del cristianismo, en que la intuición es de carácter estético (V 205 y ss.), sino también en las Tesis (IX 246 y ss.) y en Principios (IX 322 y ss.). A través de la dimensión estética de la percepción sensible, la intuición será tratada en el periodo 1842-1843 en estrecha vinculación con el arte (IX 246, 322). ↵
- Feuerbach, L., La filosofía del futuro, p. 130. “La antigua filosofía absoluta ha echado a los sentidos únicamente en el dominio de la aparición, de la finitud y, sin embargo, en contradicción con esto, ha determinado a lo absoluto, a lo divino como objeto (Gegenstand) del arte. Pero el objeto (Gegenstand) del arte –mediatamente en el arte literario, inmediatamente en las artes plásticas– es objeto (Gegenstand) de la vista, del oído, del sentimiento. Por tanto, objeto (Gegenstand) de los sentidos no es sólo lo finito, lo fenoménico, sino también el ser (Wesen) verdadero y divino: los sentidos son el órgano de lo absoluto. El arte ‘representa la verdad en lo sensible’, lo cual significa, comprendido y expresado correctamente: el arte representa la verdad de lo sensible” (el destacado es del autor).↵
- Wartofsky, M., op. cit., p. 282. “La libertad, o la actividad creativa de la imaginación, está regulada enteramente por el sentimiento, esto es, por el puro sentimiento que es infinito en su propia modalidad”. ↵
- Creemos que ello es función del arte. No es azaroso el lugar que ocupa en las Tesis. Véase el siguiente pasaje (IX 246): “Según Hegel, el espíritu absoluto se revela o se realiza en el arte, en la religión y en la filosofía. Esto significa en alemán: el espíritu del arte, de la religión y de la filosofía es el espíritu absoluto. Pero el arte y la religión no pueden separarse de la sensación, de la fantasía y de la intuición humanas, ni la filosofía puede separarse del pensar: en una palabra, el espíritu absoluto no puede separarse del espíritu subjetivo o esencia (Wesen) del hombre sin que se vuelva a reponer el antiguo punto de vista de la teología, sin que se reponga el espíritu absoluto como otro espíritu, distinto de la esencia (Wesen) humana, es decir, sin simular un espectro de nosotros mismos existente fuera de nosotros” (el destacado es del autor) (Cf. Feuerbach, La filosofía del futuro, p. 30). En la primera edición, vincula solo el arte a la intuición; en la segunda edición, agrega “y la religión”. Ya en Aportes el arte restablece los lazos con la naturaleza (IX 17): “Por cierto que la naturaleza ha hecho del hombre el amo de los animales, pero ésta le ha dado no sólo mano para domarlos, sino también ojos y oídos para admirarlos. La independencia que la mano cruel usurpa al animal, los ojos y los oídos caritativos se la devuelven. Por obra del arte el amor destruye las cadenas a las que el egoísmo de las técnicas fija al animal. El caballo destrozado por los azotes del jinete, el pintor lo eleva a la dignidad de un objeto estético; esa cebalina a la que mata el peletero para hacer de su piel un accesorio de adorno al servicio de la vanidad humana, las ciencias de la naturaleza la conservan con vida para estudiarla en su integridad” (el destacado es del autor) (Feuerbach, L., Aportes para la crítica de Hegel, p. 16). La función del arte reside en hacer surgir la infinitud a partir de la finitud del ser determinado, real y efectivo. La percepción sensible solo me da particularidad: ir más allá de esta particularidad de lo finito, el pasaje a la infinitud en la percepción solo es posible por el arte. ↵
- Feuerbach, L., op. cit., p. 39. ↵









