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2 Formulaciones hibridadas de la eugenesia argentina

Desde las primeras décadas del siglo XX, y a partir de su amplia difusión a nivel internacional, fueron perfilándose los rasgos distintivos entre la eugenesia anglosajona y la eugenesia latina. Acontecimientos tales como los distintos eventos que sucedieron al Primer Congreso Internacional de Eugenesia celebrado en Londres en 1912, organizado por Leonard Darwin en conmemoración al primer aniversario de la muerte de su tío, Francis Galton, hasta el desarrollo de la Gran Guerra y la irrupción del fascismo en Italia, signaron la consolidación de un constructo bien delimitado que permitió asentar el distanciamiento entre ambas vertientes.

A partir de entonces, la Iglesia católica desplegó un destacado rol que amerita ser analizado considerando dos perspectivas: la que hace a la incidencia del dogma religioso en las características ontológicas de la versión eugénica latina, por una parte, y la que remite a una instrumentación a través de su inserción en la praxis evangelizadora, por otra. Si bien es cierto que Galton pensó su disciplina como una religión del futuro y muchos de sus seguidores creyeron en la potencia unificadora de un saber que podía trascender la esfera de lo científico, sería la posición vaticana la encargada de introducir una particular cisura dentro de la eugenesia en el plano internacional. Precisamente, de ahí puede identificarse una particular problemática e indagar los mecanismos de su apropiación y difusión merced al accionar de ámbitos católicos (Vallejo y Miranda, 2014b).

Una figura central en el entramado tejido entre ciencia y religión que confluiría en la eugenesia latina fue Agostino Gemelli en Italia, médico socialista que, tras renunciar a esa filiación, se convirtió al catolicismo y en 1921 fundó la Universidad Católica del Sacro Cuore. Gemelli rápidamente accedió a las más altas esferas del Vaticano y desde allí impulsó la relación entre el movimiento eugénico internacional y la Iglesia católica, asumiendo una participación central en el diseño de las políticas demográficas implementadas por el fascismo. Al respecto, cabe recordar su intervención en el 1º Congreso Italiano di Eugenetica Sociale, celebrado en 1924 en Milán, donde planteó una problemática sobre la que se terminaría conformando el núcleo constitutivo de una vasta corriente de pensamiento. Allí disertó sobre eugenesia y religión, sosteniendo que el catolicismo era “también una doctrina eugénica” y reclamando la colaboración entre los médicos y la Iglesia para servirse de la eugenesia a los fines de disciplinar la moral sexual. Se revelaba, así, la armonía fundamental que, según él, debía existir entre fe y ciencia, mientras que, a la vez, se diferenciaba de la otra modalidad de eugenesia, la anglosajona, ya por entonces administrada en los Estados Unidos.[1] Contra los que proponían la esterilización obligatoria de los criminales, Gemelli propiciaba la instauración de una “eugenética social católica. En ella, la complementariedad entre Iglesia y eugenesia imponía a la norma eclesiástica impulsar la castidad de “quienes traerían al mundo seres fatalmente afectados de una enfermedad hereditaria” (Gemelli, 1924, pp. 735, 747-748).

Asimismo, la gestión de este sacerdote en el plano político coadyuvaría al fortalecimiento de las relaciones entre su país y España, donde intentó dar un cursillo para estudiantes, durante la primavera de 1935. Este plan concreto fue abortado ante el inicio de la guerra civil, circunstancia que también le habría impedido a Agostino ir a la Universidad Católica de Verano de Santander en 1936 según estaba proyectado. Sin embargo, los lazos biopolíticos entre ambos países ya estaban consolidados. Precisamente sobre los acontecimientos de España, ese milanés converso, de obligada cita y frecuente participación en los Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social de Argentina, insistió en destacar la misión de todos los italianos católicos de “determinar el carácter de la guerra”, en la cual aseveraba estaban involucradas “ideologías filosóficas, políticas y sociales elaboradas por algunos pensadores nórdicos –judíos por añadidura”, enlazándose así la mano de España con la de Italia, para empuñar la “defensa de Cristo”.[2]

De esta manera, la postura de Gemelli dotada del debido nihil obstat definía la complementariedad intrínseca entre Iglesia y la nueva forma de eugenesia latina, encontrando en Pende un referente científico ideal. La biotipología sostenida por este retomaba desde la endocrinología el principio aristotélico tomista de la unidad sustancial entre cuerpo y alma, procurando detectar alteraciones individuales de tipo hormonal y moral capaces de transmitirse a la esfera social. Para exhumar la verdad que podían ocultar las apariencias, hacía falta analizar de forma individual a cada uno de los integrantes de toda la población, proponiéndose para ello un fichaje biotipológico en el que se cruzaba información sanitaria y confesional, y dónde el médico y el religioso confluían en el examen particularizado, pero, a la vez, totalizante de la población.

Gemelli y Pende o Pende y Gemelli se convertirían en los principales referentes de la eugenesia latina, afianzada, desde diciembre de 1930, mediante la Encíclica Casti Connubii, dictada por Pío XI. Mediante este documento eclesiástico, se procuró diferenciar conceptual e instrumentalmente ambas vertientes eugénicas. En efecto, si bien ese documento fue visto como una afirmación de la oposición vaticana a la política eugénica, cabe advertir que constituyó, en verdad, una declaración concentrada en contrariar los procedimientos esterilizadores, mas no la selección de futuros cónyuges, dado que procuraba garantizar una prole sana, física y moralmente, mediante consejos prematrimoniales. Allí se destacaba la conveniencia de desalentar, por vía de intervención sacerdotal, las uniones matrimoniales de aquellos que no harían más que “engendrar hijos defectuosos” (Pío XI, 1930); es decir, se planteaba otra estrategia eugénica. Sin embargo, lo sinuoso de un texto que se prestaba a la recepción ambigua de sus mandatos condujo al Vaticano a dictar el Decreto del Santo Oficio fechado el 21 de marzo de 1931. La nueva norma buscó precisar los criterios enunciados en la Casti Connubii, dejando en claro una condena a la eugenesia, que, en verdad, debe ser interpretada como impugnación al neomalthusianismo, asociado por entonces a la educación sexual y a los métodos de control de la natalidad, ya fuera voluntario o compulsivo (Osés, 1931a).

Paralelamente, desde España, el influyente cardenal Isidro Gomá publicaba la denominada Explicación dialogada de la Casti Connubii, destacando en ella la finalidad eugénica del matrimonio cristiano,[3] atento a que todo cuanto fuera a “mejorar la naturaleza del hombre, tanto en su aspecto físico o corporal como en su parte espiritual o moral”, merecía la “aprobación de la santa Iglesia”; tarea para la cual la religión no podía “desentenderse de una legítima preocupación por la procreación de hijos sanos, física y moralmente, y por la transmisión de la vida en las mejores condiciones posibles”. Gomá dejaba bien en claro, pues, la posición eclesiástica cuando afirmaba que lo reprobable por la Iglesia no era “un eugenismo normal y legítimo, sino este otro que ha pactado con el neomaltusianismo una alianza desdichada, y que emplea medios contrarios al verdadero fin del matrimonio, tal como lo define la moral católica” (Gomá, 1943 [1931], p. 153). Esta lectura autorizada de la Encíclica en cuestión sería complementada por nuevas precisiones que Gomá haría públicas en su visita a la Argentina en 1934. Durante los festejos del Día de la Raza, dictó una conferencia bajo el título “Apología de la Hispanidad” en el Teatro Colón de Buenos Aires (Gomá, 1934), disertación que, a su vez, integraría las actividades comprendidas en el multitudinario Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en esta ciudad entre el 10 y el 15 de octubre de ese año y que tuvo como protagonistas a Gemelli y al cardenal Eugenio Pacelli –posterior Papa Pío XII–.

Ahora bien, la vertiente eugénica avalada por el Vaticano originaría en la Argentina intensas reflexiones dirigidas a darle una precisa instrumentación, las que quedarían reflejadas, por ejemplo, en la revista católica Criterio. Entre otras colaboraciones sobre el particular, se aprecia en esta publicación un texto enviado desde Roma donde también se enfatiza sobre la oposición a las esterilizaciones y, en general, al control de la natalidad sustentado por la “propaganda de la eugenética, engañosamente conceptuada” (Sanvisenti, 1931). Afianzando así su resistencia a la eugenesia en cuanto a su instrumentación esterilizadora –y solo a ella–, la doctrina de Galton sería considerada un “ataque contra la familia” (Osés, 1931b), en cuanto contrariaba los principios católicos que se oponían a los “procedimientos contrarios a la naturaleza y a la libertad y santidad del matrimonio con el pretexto de mejorar la raza humana y de disminuir la natalidad, sobre todo en los matrimonios pobres”; procedimientos que, asentados en “el egoísmo humano y la soberbia seudocientífica”, causaban más crímenes que “la Gran Guerra europea o la mayor de las pestes que han afligido a la humanidad” (Franceschi, 1932).

Desde esta postura se contribuía a idealizar la familia en la cual el esposo y la esposa se casaban bajo los ritos del catolicismo y dedicaban su unión a fines religiosos, encajando, además, con uno de los propósitos del nacionalismo, descriptos por Manuel Gálvez, como era el de reproducir la raza (McGee Deutsch, 2005, p. 128), ahora validados desde la eugenesia. En efecto, el telos de esta versión eugénica se asentaba en las “uniones deseables”, es decir, aquellas que incluían la obligación moral que debía asumir todo padre “prudente y razonable” de indagar los “antecedentes familiares, en lo tocante a la salud de su futuro yerno o de la novia de su hijo”, porque con ello, en verdad, se estaba haciendo una obra de “eugenesia legítima” (Ochoa, 1931a, p. 147). En este sentido, y si entendemos por catolicismo tanto la postura del Vaticano como a las culturas católicas y pueblos creyentes, cabe advertir su insistencia en que no había nada de irrazonable ni de ilegal en la eugenesia, ya que el amor, en sí mismo, era visto como un proceso de selección, enfatizándose que normalmente nadie se enamoraba “de un cretino, de un loco, de un fenómeno, sino, por el contrario, de quien, a sus ojos, es bien parecido y adornado de bellas cualidades”. De ahí se lamentaba de que la “imperfecta e instintiva selección del amor” fuera “neutralizada en inmensidad de casos por el interés o por las conveniencias sociales” y donde la selección natural era “vencida en medios sociales secos y estériles afectivamente” (Ochoa, 1931b, p. 309).

Este eje eugénico latino incluyó como otro de sus protagonistas al psiquiatra franquista Antonio Vallejo Nágera.[4] En efecto, tanto Gemelli como Vallejo Nágera, en cuanto voces autorizadas del fascismo y franquismo, confluyeron en un programa común que implicaba el ataque a la esterilización, entendiendo que se apartaba de la verdadera eugenesia, pues consideraban que bastaba la Encíclica de 1930 para que “la medicina y en especial la eugenesia moderna vieran al gran Pío XI como su gran bienhechor” ya que la ciencia confirmaba como postulado biológico lo que él, con una “ciencia mucho más alta”, había aconsejado y ordenado antes (Petrus Canisius, 1936).

Este programa quedaría integrado, a su vez, con las recomendaciones del sacerdote húngaro Tihamér Tóth volcadas en su libro Eugenesia y catolicismo (1940) y retomadas en la Argentina por Bernaldo de Quirós, quien, sosteniendo su tesis aún durante el tardoeugenismo, se valía de las enseñanzas del catolicismo sobre la eugenesia y condenaba la versión que denominaba “meramente materialista” por pretender “aplicar a los valores de la vida humana la medida con que se mide la cría de animales y pregonar “el colectivismo” y “la esterilización de hombres inocentes”. En cambio, había otra eugenesia que, para regocijo del Vaticano, se basaba en “el gran esfuerzo que intenta asegurar una generación humana más valiosa, más sana, más fuerte, más resistente en el trabajo” (Bernaldo de Quirós, 1966). En definitiva, la verdadera eugenesia que debía ser impulsada era aquella que pregonaba “la vida completamente pura hasta el matrimonio” y, a la vez, exigía “a los cónyuges una vida moral” (Bernaldo de Quirós, 1966).

Lo hasta aquí referido denota una clara postura no esterilizadora de la eugenesia latina, vertiente muy bien recibida en la Argentina. Sin embargo, y teniendo presente el punto de vista católico respecto a las intromisiones en los órganos de la sexualidad, eran más que esperables enfáticas críticas desde el campo local al dictado de las leyes alemanas de 1933. Críticas que, empero, estuvieron en general ausentes.

En efecto, lejos de altisonantes reacciones, la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social publicaba, en sus Anales del 15 de octubre de 1934, bajo el título “La legislación racista del Tercer Reich”, el discurso del ministro del Interior del régimen nazi, Wilhelm Frick, que fuera remitido por el presidente de la sección alemana de la mencionada asociación local, Justus Brinckmann, calificándolo como un “documento de actualidad” (Brinckmann, 1934). El artículo en cuestión refiere el conocido y trágico lema: “Alemania para los alemanes bajo una dirección alemana”. Se destaca más abajo que “la idea motriz de la revolución nacionalsocialista era el anhelo del pueblo alemán de volver a ser señor de su propia casa en todos los aspectos de su vida nacional”. Desde esta perspectiva, se declamaba el sentimiento de paz manifestado por el gobierno nacionalsocialista y, a la vez, se reafirmaba la idea de que los judíos constituían una “raza extraña” al pueblo alemán (Brinckmann, 1934, p. 12). En cuanto a las medidas eugénicas nazis, el mismo Frick afirmaba que la legislación racista de Alemania no podía “reducirse a la liberación de influencias étnicas extrañas en el organismo nacional alemán”, sino que sus aspiraciones debían conducirla a la “multiplicación, a la depuración y al estímulo del pueblo en su peculiariedad racial”. Para ello, y en paralelo a la higiene racial genocida, se planteaba la necesidad de fomentar los matrimonios y la prolificidad de las familias “sanas”, instrumentada a partir de políticas impositivas y salariales. Así, la proclama nacionalsocialista subordinaba el interés individual al social, expresado como la pureza del “manantial de donde miles, millones, un pueblo entero, extraen salud, vida y futuro” (Brinckmann, 1934, pp. 13 y 15).

La publicación de este artículo provocó muy fuertes reacciones provenientes del exterior del país más que de la Argentina. Por ejemplo, Franz Boas, reconocido antropólogo y ferviente opositor a las ideas racistas, enviaría, desde Nueva York, una carta de queja a los Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (Vallejo, 2012, p. 209). La traducción de la misiva fue realizada por David Efrón, un científico argentino que trabajaba en la Universidad de Columbia y que oficiaría como interlocutor entre Boas y la dirección de los Anales. Ante este reclamo, la revista argentina insiste en la inclusión de aquel discurso nazi, “sin comprometer opinión al respecto” (Rossi, 1935b, p. 6). Sin embargo, en el número siguiente de la revista y en ocasión de transcribirse de manera íntegra la nota enviada por Efrón, se aclara que Arturo Rossi, en cuanto director de los Anales, “había determinado no volver a ocuparse, en lo más mínimo, de las diversas y apasionadas impresiones” derivadas del discurso del ministro alemán, reiterando que el cuestionado artículo solo tenía valor como “documento oficial” (Rossi, 1935a). Luego de diversas idas y venidas, finalmente el episodio fue silenciado y, de ahí en más, los Anales se abstuvieron de divulgar discursos de funcionarios del Tercer Reich.

En este mismo sentido, un artículo publicado en La Semana Médica reafirmaba la validez de las ideas nazis considerando a Mein Kampf como discurso autorizado, puesto que quien no era “sano y digno de cuerpo y espíritu” no debía “eternizar su mal en el cuerpo de su hijo”, de donde el Estado debía “vigilar que sólo el sano [pudiera] procrear”. Para llevar a cabo el plan, se propuso la sanción en la Argentina de una legislación análoga a la ley de esterilización alemana, entendida como un “sabio acto legislativo” (Stocker, 1935).

Paralelamente, se celebraba en el país el V Congreso Nacional de Medicina, ámbito en el cual se promoviera la utilidad de la teoría biotipológica de Pende en el campo de los estudios criminológicos argentinos, tomándose como ejemplo de su valía la reforma legislativa del fascismo, organizada a través de la sanción de un nuevo Código Penal, donde esas ideas tuvieron concreción (Bosch, Rossi y Rodríguez, 1935). En ese mismo evento, José Belbey recuperó el tema de la esterilización humana compulsiva por parte del Estado, tratando de echar luz sobre sus ventajas y desventajas. En una disertación no carente de ambigüedades, sobre la legislación del Tercer Reich, afirmó: “Si esos que así piensan tienen razón o no, es harto arriesgado decirlo. El porvenir de la ley, lo dirá”. Los motivos de dudas estaban más en las preocupaciones que invadían al disertante por la falta de consentimiento del candidato a esterilizarse que por el acto esterilizador en sí mismo, advirtiendo que, de la lista de enfermedades enumeradas por la ley alemana de esterilización de anormales, no todas ellas tornaban incapaz jurídicamente a sus padecientes. En su razonamiento, este médico se valdría de diversas variables sociales para imputarles influencia en la adquisición de tal o cual enfermedad incapacitante. Entre ellas, la guerra, donde se daba, según él, una selección al revés, ya que los inferiores, siendo exceptuados de ir al frente de batalla, tenían más tiempo para multiplicarse; aun cuando también se detendría en focalizar sobre cuestiones tales como la desnutrición, la miseria y la fatiga (Belbey, 1935, pp. 325-327).

Estas ideas serían retomadas por él dos años más tarde en una publicación de la Universidad Nacional de La Plata, institución de la que era profesor. En efecto, en el primer tomo de los Anales de esa casa de estudios, este médico se valdría de la doctrina eugénica sostenida desde el franquismo por Vallejo Nágera (Belbey, 1937). Al respecto, cabe recordar que este psiquiatra y eugenista español se ocuparía, en 1932, de realizar una acalorada crítica a las esterilizaciones eugénicas tal como las venían desarrollando algunos países, entre ellos los Estados Unidos, por considerarlas atentatorias al derecho natural, y diría que “la aplicación de utópicos principios eugénicos, con merma de los más sagrados derechos morales y físicos”, repugnaba a “los espíritus no endurecidos por un bárbaro” (Vallejo Nágera, 1932, p. 142). Corresponde destacar, sin embargo, que, al ser editado este trabajo en España, el nazismo aún no estaba en el poder, mientras que Hitler ya tenía bien desplegada su política racial cuando Vallejo Nágera es referido por Belbey, quien reflexionaba sobre la eventualidad de sanción en la Argentina de un proyecto de esterilización similar al promulgado en Alemania. Precisamente sobre el tema, aseguraba: “Nuestro pueblo, joven como es, no tiene largas tradiciones que cuidar; la xenofobia está limitada a círculos sin importancia, puesto que no poseemos ni verdadera elite ni problemas raciales firmes” (Belbey, 1937, p. 283). Luego de detenerse en examinar la ley alemana, Belbey afirmaba que el gran argumento de sus defensores radicaba en el aumento grande de alienados en el Reich y el gasto asociado a su mantenimiento; relativizaba, de este modo, el valor otorgado a la herencia mórbida. Sus recomendaciones sobre los alienados no prohijaban, empero, la administración inmediata de políticas esterilizadoras. La propuesta se limitaba a la internación obligatoria de todo alienado hasta su completa curación; la vigilancia de todo exalienado, visitas y consejos por parte de visitadores oficiales; la autorización del aborto, cualquiera sea el cónyuge alienado; la sanción de leyes de estado peligroso pre y posdelictual; la previsión del divorcio de los alienados incurables, así como la del delito de contagio venéreo (Belbey, 1937, pp. 291-292).

Por otra parte, también tradicionales publicaciones del campo jurídico promocionarían las leyes esterilizadoras. Por ejemplo, desde Jurisprudencia Argentina se recordaba que, en cumplimiento del concepto del bien común, el Estado alemán esterilizaba “gente enferma”, quienes se multiplicaban “en forma excesiva”, y, explicando el procedimiento esterilizador como un “simple acto de higiene pública”, procuraba darle legitimidad, bajo la argumentación de que su finalidad era “asegurar la vida del individuo y velar por la salud física y moral del pueblo”, prevista por la “sana política sobre población” instrumentada por la ley alemana de esterilización (“Ley de esterilización”, 1933). Asimismo, pocos años más tarde, otra revista jurídica argentina, La Ley, obra de consulta obligada, antes y ahora, en el ámbito profesional de la abogacía, recogería el texto del Real Decreto-ley del 17 de noviembre de 1938 mediante el cual el gobierno italiano convalidó su persecución a los judíos iniciada con el Manifiesto de la Raza de julio del mismo año y en el cual precisamente Pende tuvo protagónica presencia (“Italia. Real decreto-ley de noviembre 17 de 1938, sobre adopción de medidas relativas a la defensa de la raza”, 1939).

Los elogiosos juicios a la ley de 1933 expresados por el reconocido doctrinario del derecho Enrique Díaz de Guijarro, en un folleto de veintidós páginas publicado en Antología Jurídica, generarían cierto impacto desfavorable en la revista La Literatura Argentina. En ella se advierte sobre la finalidad política que conllevaba la legislación transcripta, “la de esterilizar a los judíos y, tal vez, a los enemigos políticos del hitlerismo en general, confundidos entre los degenerados y deficientes mentales” (“Esterilización y matrimonio eugénico, por Enrique Díaz de Guijarro”, 1934). No obstante, este autor continuaría con su defensa a las esterilizaciones, afirmando que una ley que la previera era a todas luces “más humana” que un sistema que les impedía la celebración de las nupcias a los “tarados”, festejando alborozado la promulgación de las Leyes de Nüremberg de la siguiente manera: “Bienvenida sea la ley de esterilización: bienvenida porque es arma de paz, de paz del cuerpo y del espíritu. ¡Basta de cuerpos castigados por herencia! ¡Basta de espíritus rebelados contra faltas paternas!”. Prosiguió presagiando: “El amor será más firme y más noble en la familia que no sufre el tormento de un degenerado, cuya sola presencia es un reproche –toda una acusación– contra quienes le engendraron por debilidad, por ignorancia o por negligencia culpable” (Díaz de Guijarro, 1938, pp. 39-40). Y, aun luego de conocidos los horrores del Holocausto, este autor siguió sosteniendo su básico desacuerdo con la “eugenesia voluntaria” propiciada por la Iglesia, afirmando: “¡Pero qué caos sería la sociedad si, en los diversos órdenes de la convivencia, tuviera que quedar librada sólo a la voluntad incondicionada de cada hombre!” (Díaz de Guijarro, 1948, p. 28). Mientras tanto, el fundador de la Liga Argentina de Profilaxis Social, el médico Alfredo Fernández Verano, instaba a no construir más asilos, sino a imponer la “esterilización de los tarados” (Fernández Verano, 1941, p. 1315).

No obstante, uno de los aspectos centrales desde donde se validarían los debates sobre la legitimidad de esta biopolítica eugénica sería la esterilización de delincuentes. Las reflexiones del Congreso de Criminología celebrado en la Universidad de Chile en 1941 grafican muy bien el estado de actualidad de la cuestión, toda vez que el tema decimocuarto del evento llevaba por título “Eugenesia y Criminología”. Esta sesión contó con la participación, entre otros, de un reconocido grupo de eugenistas latinoamericanos, tales como el colombiano Guillermo Uribe Cualla; los chilenos Waldemar Coutts, Carlos Hamilton, Eduardo Brücher, Jorge del Valle, Alfredo Cárdenas, M. Francisco Beca Soto y Juan Garafulic, y el argentino Alfredo J. Molinario. En este ámbito quedaría planteado el debate en torno a la oportunidad y conveniencia de instrumentar la eugenesia a partir de medidas esterilizadoras, una praxis que también estaría plagada de dudas en cuanto a su efectividad social (AA. VV., 1941a).

Por entonces, Molinario resumió la doble finalidad con la que era encarada la esterilización. Por un lado, como una sanción por el delito cometido y, por otro, como un medio de prevención de nuevos delitos; este último caso apuntaba a una “prevención individualizada respecto de la persona del delincuente y con miras a evitar su descendencia”, es decir, para evitar que “un delincuente [llegara] a tener una descendencia de delincuentes”. Respecto al primero de los supuestos, es decir, la esterilización, en cuanto sanción por un delito ya cometido, no era, según este jurista, “siquiera concebible en países de civilización cristiana. La esterilización es, en definitiva, una mutilación” (AA. VV., 1941a, p. 281). Sobre el segundo supuesto, el representante argentino estimaba que “aplicar al hombre delincuente la esterilización como un medio de prevención individualizada” era, en ese momento, “por demás aventurado”. Molinario requería previamente “haber probado la absoluta fatalidad de la herencia fisiopsíquica, principio éste que, en el estado actual de las investigaciones biológicas, está muy lejos de haber sido demostrado”. Dicha fatalidad, que pertenecería al “mundo de las hipótesis”, era contrarrestada por la generalizada aceptación de que la fuerza de la herencia era “susceptible de ser desviada en uno u otro sentido por los factores ambientales y, sobre todo, por la educación”; concluyó que “la esterilización, por su condición de irreparable, no puede ser incluida ni como sanción ni como medida de prevención, en el Código Penal de los países civilizados” (AA. VV., 1941a, p. 282).

A su vez, el jurisconsulto local Ricardo Levene también le dedicaría a la esterilización de delincuentes un detenido estudio, realizado en coautoría con el chileno Raúl Marante Cardozo, en el cual entendieron a la esterilización como “la supresión deliberada de la concepción natural en la mujer, y en el hombre, la capacidad de procrear”. Sostenían que la medicina había demostrado que, si se conservaban las glándulas sexuales con sus secreciones internas, en algunas mujeres esterilizadas padecientes de “inquietudes con evoluciones mórbidas” se notaba una “mejoría en la nerviosidad y en la ansiedad”, toda vez que, según entendían, la castración constituía en ciertos sujetos “un procedimiento capaz de modificar su tendencia al impulso agresivo del orden sexual” (Marante Cardozo y Levene, 1941, pp. 7-8). Desde ahí recordaban el trabajo de José C. Angulo publicado en 1912 en Archivos de Psiquiatría y Criminología, donde su autor afirmaba: “Sólo con ridículas sensiblerías o líricos liberalismos podrá combatirse la operación de vasectomía obligatoria para todo degenerado”; puesto que, si la libertad individual era coartada por el Estado, cuando los actos encuadrados por esa libertad perjudicaban a un tercero, “con mayor motivo ese Estado tutelar [debía] poner los medios para que las generaciones venideras no sean víctimas inocentes de males, que ni cometieron, ni les será dado evitar” (Marante Cardozo y Levene, 1941, p. 22). Profundizando, además, sobre la legislación de diversos países entre los cuales la Alemania nazi constituía una cita obligada, consideraron que la ley del 14 de julio de 1933 tenía por objeto “medidas de existencia sanitaria e higiene racial, para impedir una descendencia patológica y el fomento del matrimonio mediante los préstamos matrimoniales”, toda vez que “las familias sanas y prolíficas [debían] ser preferidas en el futuro”. Asimismo, los autores creyeron encontrar en Hitler uno de los más ardientes preconizadores del “mejoramiento biológico del pueblo alemán”, recordando que la única causa por la cual perecieron las viejas culturas era la “fusión de sangre” y el consecuente descenso de nivel que determinaba en la raza, “pues los hombres no perecen por guerras, sino por la pérdida de aquellas fuerzas de resistencia, propias de la sangre pura”; según ellos, el motivo principal de la ley de esterilización era el peligro de que en el tiempo “estos seres inferiores superen a los normales” (Marante Cardozo y Levene, 1941, pp. 50-52). Estas aseveraciones serían graficadas con un particular ejemplo: partiendo de suponer que en el año 1630 la composición étnica de Alemania fuera de un 50 % de blancos y otro igual de negros, y si en los 300 años transcurridos los negros se hubieran reproducido en forma continua cada 25 años en 4 niños y los blancos cada 30 años en 3 niños, aseveraron que “el pueblo alemán estaría hoy compuesto más o menos por un 90 % de negros y la reducida proporción de la otra parte de blancos”. Proponiendo continuar este razonamiento a partir de cambiar “los negros por tarados hereditarios, asociales, idiotas, perezosos, imposibilitados y en lugar de blancos, seres sanos, hacendosos, inteligentes y valientes”, Marante Cardozo y Levene advirtieron sobre la posibilidad de obtener, a partir de aquel ejemplo, una “visión rápida de la degeneración de un pueblo” (Marante Cardozo y Levene, 1941, p. 52).

Sin embargo, los mencionados participantes del Congreso de Chile entendían que la esterilización eugénica era mejor admitida por los países anglosajones que por los países de origen latino, y emitieron en la ocasión un llamativamente ambiguo voto, donde sostuvieron que el ser humano tiene derechos inalienables sobre su integridad corporal, y que, si se considera que, a la par de la herencia, el medio ambiente influye en igual o mayor proporción en la formación del delincuente, “la esterilización debe ser en principio rechazada”. Y, aun para el supuesto de admitirse en el campo del derecho penal ese procedimiento, limitado a casos excepcionales, bien estudiados y comprobados, debía contarse con el consentimiento del interesado, expresado en el contexto de una junta de médicos y juristas especializados (Marante Cardozo y Levene, 1941, apéndice, s/p).

A dos años de la celebración de este trascendente congreso, se publicaba en Buenos Aires el primer número de la revista Obstetricia y Ginecología Latino-Americanas, donde un renombrado médico uruguayo, Juan Pou Orfila, expuso su propuesta respecto a la necesidad de considerar la conjunción, en materia de eugenesia, entre herencia y ambiente, destacando que en América resultaban de difícil aplicación las ideas de Charles Richet sostenidas en la obra La Sélection humaine. Ello, en atención a que la teoría de este médico francés defendía decididamente el concepto de la existencia de razas superiores y razas inferiores, así como el de la superioridad de la raza blanca sobre las demás, cuya práctica resultaba muy difícil de llevarse a cabo aquí, considerando la mezcla de razas que caracterizaba a la región. El uruguayo dejaba planteada aquí una cuestión medular en el campo: “El porvenir dirá si la política racial futura en Latino-América deberá tender a la mezcla de todas las razas […] o si las distintas razas deberán evolucionar lado a lado, tendiendo a conservarse más o menos puras” (Pou Orfila, 1943, p. 53). Ahora bien, ya fuera por la búsqueda de pureza o por la justificación del mestizaje, la cuestión fundamental a la que nos conduce esta exhumación radica en su lectura biopolítica. En este sentido, se destaca la exigua cabida que tenía en esta tesis –basada, como toda eugenesia, en la desigualdad humana– el concepto mismo de “democracia”. Al respecto, desde una pretendida aristodemocracia, refería que nuestra democracia se hallaba ante una encrucijada, debiendo elegir el buen camino, dejando “de ser considerado como un dogma intangible, y ser objeto de crítica severa, siendo juzgada, entre otros frutos, por su capacidad de producir el mayor número de buenos conductores (Pou Orfila, 1943, p. 55). Así, invocando el futuro, Pou aspiraba a lograr que fueran “¡Todos eugenistas!”, aun cuando, para ello, fuera fundamental crear el “sentimiento eugénico en las masas populares latino-americanas” (Pou Orfila, 1943, pp. 55-57). La propuesta de este ginecólogo propiciaba que cada persona se formase una idea de su propia capacidad eugénica o disgénica,[5] siendo este el gran deber de todo hombre y de toda mujer, puesto que el matrimonio debía ser un “medio de crear seres nuevos, que sean superiores a sus progenitores”, destacando para ello el valor cultural de consignas de la sabiduría popular, tales como: “Elije la hija de una buena madre”, “Busca tu futura esposa en el seno de una buena familia”, “Cásate joven, con una compañera sana y educada” (Pou Orfila, 1943, p. 60). No obstante, el énfasis puesto por Pou en materia de control poblacional cuali-cuantitativo no se limitaba a la promoción de medidas concientizadoras del valor de la elección eugénica de pareja, sino que enfatizaba sobre la conveniencia de la introducción en Latinoamérica de las leyes de esterilización de elementos indeseables, mediante la resección parcial, en la mujer, de los oviductos, y en el hombre, de los espermiductos. La salpingectomía tanto como la vasectomía parcial constituían, según él, “un medio seguro de impedir la fecundación, sin dañar en lo más mínimo la parte somática del individuo”, tal como lo establecieran diversos Estados norteamericanos y algunas naciones europeas (Pou Orfila, 1943, p. 61).

Por otra parte, y paralelamente a la neutralización de las corrientes de pensamiento alternativo –como la anarquista– operada en la Argentina desde principios de siglo XX, fue opacándose, también, el peso de un inicial componente eugénico de corte progresista que pretendió articular la nueva disciplina con el logro de mejoras ambientales para los sectores más oprimidos (Barrancos, 1990, 1996). De ahí se explica, quizás, la menor visibilidad detentada en el campo eugénico local por el reconocido anarquista Juan Lazarte.[6] Este médico rosarino advertía sobre la existencia de enfermedades que se proyectaban a la especie, para lo cual apelaba al conocido ejemplo de las familias Juke y Kallikak, los dos casos “famosos y sumamente claros de las relaciones entre degeneración y herencia”, para convalidar desde ahí las ventajas a nivel social vinculadas a la esterilización de los “tipos degenerativos”, aun cuando no ahorraba críticas a la biopolítica nazi en la materia. Consideraba que, en Alemania, la eugenesia, revolucionaria en la ciencia, era aplicada de manera reaccionaria, convertida en un “arma de lucha política, un instrumento de intereses partidarios y un medio de venganzas esgrimidos contra los que no participan de la barbarie hitlerista”, utilizada para esterilizar fundamentalmente “a judíos, a comunistas, a socialistas” (Lazarte, 1936, pp. 115, 119, 122). Este ácrata, muy molesto por las prácticas eugénicas del Tercer Reich, pedía que ellas quedaran en manos de médicos cuya única misión fuera la de velar por “la ciencia y el alto beneficio de la humanidad, y no el capricho o el arbitrio de la autoridad”, y alertaba respecto a la enseñanza que dejaba la experiencia alemana, recomendando no confiar la eugenesia a regímenes dictatoriales. En este marco, el rosarino se permitía leer las esterilizaciones allí llevadas a cabo desde una perspectiva de clase (“La eugenesia sólo la irán a hacer con los pobres”), valiéndose de un ejemplo desgarrador sucedido en una ciudad alemana donde se esterilizaban niños. En la ocasión relatada, una madre que se negaba a que operaran a su hijo gritaba entre las manos de tres agentes que la arrastraban: “Nuestros hijos no son tarados. Ellos tienen hambre”. Un conmovido Lazarte concluía: “Efectivamente, aún hay gentes para quienes todos los hambrientos son tarados, y ¡pobre de la eugenesia y de la ciencia en general cuando se cae en dichas manos!” (Lazarte, 1936, pp. 123-124). No obstante, y más allá de tomar evidente distancia de las intervenciones nazis, hay que destacar que este médico fue, hasta sus últimos años, un firme precursor del control cuali-cuantitativo de la natalidad, posición reafirmada en un evento celebrado en el país sobre eugenesia, durante el período tardoeugénico (Lazarte, 1956).

Así, como se ha visto, la esterilización eugénica, lejos de ser rechazada de plano, ameritó un amplio debate en el ámbito local, involucrando de lleno a los campos médico y jurídico. Una especie de trabajo interdisciplinario caracterizado por una fundamental división de tareas: los médicos se preocuparían por decir/anticipar quién debía reproducirse y quién no, mientras que los abogados tendrían la responsabilidad de diseñar los instrumentos legales para fomentar o impedir esa reproducción. Puede convenirse, pues, que estas estrategias de mejora de la raza, más que como un parteaguas entre sendas vertientes eugénicas, operaron en la Argentina como un punto de conflicto teórico-práctico en lugar de bioético. Y sus postulados convivieron, sin grandes inconvenientes, con el mayor protagonismo de la versión latina, avalada sin reticencias por la Iglesia católica, de donde la responsabilidad eugénica fundamental recaía, claramente, en la mujer en cuanto madre o futura madre.


  1. Para ampliar, véase Stern (2005).
  2. Discurso leído el 8 de diciembre de 1937 en la fiesta anual de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán (Gemelli, 1938, p. 51).
  3. En el presente libro los vocablos “cristiano” y “católico” son utilizados como sinónimos, procurando respetar, de este modo, las fuentes primarias referidas.
  4. Sobre la adscripción de este médico nacido en Palencia a ese régimen, pueden verse: Huertas García-Alejo (2002) y Medina Doménech (2013).
  5. Por oposición a la eugenesia, se utilizó el vocablo “disgenesia” (del griego δυσ-, prefijo que significa ‘dificultad o anomalía’, y γένεσις, sustantivo traducido al español como ‘génesis, origen o principio de algo’).
  6. Para profundizar respecto a Lazarte, ver Ledesma Prietto (2016).


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