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7 Maternidad y saberes disciplinares involucrados

Merced al pasaje de la maternidad del ámbito privado al público, y su consecuente administración biopolítica mediante la eugenesia, serían más que usuales las indicaciones y consejos sobre nutrición y crianza de los niños, dados por médicos y difundidos en diversos medios, del país y del exterior, e indefectiblemente dirigidos a las madres. En ese tránsito se destaca Gregorio Aráoz Alfaro, un médico tucumano graduado en la Universidad de Buenos Aires en el año 1892. Su reconocida trayectoria profesional lo constituyó en una figura emblemática en cuanto fiel articulador de la eficaz integración de la lábil brecha divisoria entre las premisas de una consolidada higiene y las de una novel eugenesia.

Aráoz Alfaro expresaba ya tempranamente su significativa preocupación por lo que podríamos denominar “maternidad intervenida” en cuanto espacio público que el Estado se encargaría de tutelar. Publicó en 1899 su texto titulado El Libro de las Madres. Pequeño tratado práctico de higiene del niño con indicaciones sobre el embarazo, parto y tratamiento de los accidentes, obra que sería luego objeto de diversas reediciones. Esa primera edición tuvo amplia repercusión aun fuera de las fronteras del país; fue, por ejemplo, reseñada casi de manera inmediata en la Revista Iberoamericana de Ciencias Médicas de Madrid (Marco, 1900), que la caracterizó en esa oportunidad como una “obra muy simpática”, que vulgarizaba la higiene infantil para “uso de las madres, conveniencia de los hijos y beneficio de las naciones que desean ser fuertes y sanas”. Y, aludiendo al refrán que refería que una madre que no cría a su hijo, pudiendo hacerlo, sólo es media madre”, el autor del comentario publicado en España afirmaba que la que no sabe cuidar y educar a su prole “es un cuarto de madre”. En este sentido, destacaba que los “sabios [en clara referencia a Aráoz Alfaro] bajan de la cátedra y departen familiarmente con las madres, adoctrinándolas con sencillez acerca de la salud, la vida, la crianza y la educación de los hijos” (Marco, 1900, p. 229).

El impacto favorable de El Libro de las Madres en el ámbito europeo –al menos, como veremos más adelante, en el de habla hispana– da cuenta del reconocimiento internacional detentado por este médico, ya desde muy joven. A su vez, a partir de su entusiasmo en llevar a la práctica estas cuestiones, se incentivó la instalación, en 1904, de una Gota de Leche en el Hospital San Roque (hoy Hospital Ramos Mejía) de la Ciudad de Buenos Aires. Como es sabido, esa institución, similar a las que con el mismo nombre existían en Francia y Alemania, procuraba socorrer a los niños pobres y dotarlos de una buena alimentación. Para ello, se contaba con mujeres que daban el pecho gratuitamente a los niños que lo necesitaban, atento a que sus madres estaban enfermas o bien no poseían recursos suficientes para alimentarlos (“La Gota de Leche”, 1904).

Ahora bien, luego de la primera edición de su icónico libro, Gregorio Aráoz Alfaro continuaría con una prolífica producción escrita sobre la materia. Entre ellas, por ejemplo, en un texto denominado Cuestiones universitarias, insistiría en la conveniencia de incluir en el espíritu reformista de entonces la enseñanza superior de estudios sobre higiene infantil y puericultura (Aráoz Alfaro, 1914). Mientras que, al año siguiente, canalizaría sus preocupaciones hacia el tema racial en dos conferencias de extensión universitaria dictadas en la Universidad de Tucumán, las que fueron publicadas en otro libro y bajo el sugerente título La acción social de la Universidad. Por la salud y el vigor de la raza (1915). En la primera de estas charlas, y considerando que la principal función de la universidad era la de formar la clase dirigente, el médico tucumano recurrió a Gustave Le Bon para enfatizar que “la fuerza de una nación no se mide por la cifra de su población, sino por el valor de las élites que ella ha sabido formar” (Aráoz Alfaro, 1915, p. 23); y concluyó la disertación con una significativa reflexión que denota su firme expectativa de que las nuevas generaciones fueran “instruidas, capaces y vigorosas”, y cuyas mujeres estuvieran “versadas en todos los conocimientos útiles pero que al mismo tiempo sean de su casa y de su familia” (Aráoz Alfaro, 1915, p. 44). En la segunda de esas conferencias, denominada precisamente “Por la salud y el vigor de la raza”, expuso su criterio respecto a que la “mezcla constante de sangre nueva, venida de Europa y generalmente de las poblaciones más sanas y vigorosas del viejo mundo”, era un factor que contribuía poderosamente a “mejorar nuestra población”, siempre y cuando sobre esa mezcla se ejerciera “una constante y activa vigilancia”, recomendando aceptar solo a la “sana, vigorosa y trabajadora” (Aráoz Alfaro, 1915, p. 46). Y, advirtiendo sobre el valor de la eugenesia, en cuanto “ciencia nueva, destinada a dirigir la buena y bella formación humana, ciencia cara a todos los hombres de alto pensamiento social”, reafirmaba la necesidad de mejorar y seleccionar el factor inmigratorio (Aráoz Alfaro, 1915, p. 47), destacando, además, la necesidad de evitar que una gran masa poblacional ya hecha se bastardeara y cayera en decadencia.

Asimismo, reitera en la ocasión lo dicho por él en otra conferencia dada en 1912, también en su Tucumán natal, que entre las principales causas de la excesiva mortalidad infantil observada en la región estaba “la falta de asistencia adecuada a las madres y los niños en los primeros días de vida de estos”, circunstancia que lo llevó a proponer crear maternidades y asilos-talleres para las madres necesitadas, antes y después del nacimiento del niño (Aráoz Alfaro, 1915, pp. 53-55). Paralelamente, reclamaba la coetánea creación de una verdadera conciencia popular sobre estas cuestiones, tarea que, encabezada por la escuela, debía ser reforzada mediante conferencias, folletos populares, hojas volantes, concursos y premios, donde se divulgaran nociones elementales de puericultura entre las futuras madres o las mujeres que, en todo caso, oficiarían como auxiliares de madres o de hermanas (Aráoz Alfaro, 1915, pp. 55-56).

Al igual que otros de sus contemporáneos, este médico se mostraba muy interesado en vincular los cuidados de la madre con los del niño, y a estos, con el futuro de la nación. Perspectiva desde la cual resultaba fundamental “preparar generaciones más fuertes, más sanas, más inteligentes y más instruidas” que fueran capaces “de resistir victoriosamente la acción de tantas causas deletéreas, determinantes de enfermedad, de vicio y de crimen” (Aráoz Alfaro, 1915, p. 58). De ahí que la gestión de la cuestión inmigratoria debiera hacerse mediante una gestión eugenésica, proponiendo regular un cruzamiento dirigido con el fin de obtener una “raza nueva y homogénea”. Para ello sugería escoger cuidadosamente “los factores que [habían] de mezclarse para formarla” y cultivar “con esmero los nuevos productos que [nacieran] en este suelo bendecido”. En efecto, según él, bien valía la pena de que se le dedicara a la “planta humana” “tantos o mayores cuidados que a los cereales o a la caña en nuestros campos, que a los rebaños que pacen en nuestras inmensas praderas” (Aráoz Alfaro, 1915, pp. 89-90).

Por entonces, la adscripción de Aráoz Alfaro a la naciente eugenesia lo llevaría a idear la creación, liderada algo conflictivamente con Víctor Delfino, de la primera institución en el país concentrada en la cuestión, la Sociedad Eugénica Argentina en 1918 (Vallejo, 2018), así como, unos pocos años más tarde, a participar como miembro de la Junta Consultiva de la Liga Argentina de Profilaxis Social, fundada en 1921 por Alfredo Fernández Verano, organización que, a través de su lucha antivenérea, también se involucró decididamente con la difusión de la eugenesia. Aráoz Alfaro quedaba comprometido, desde entonces, en diversas iniciativas vinculadas a la protección de los niños de muy corta edad, ya fueran provenientes de familias pobres o adineradas, en una tarea compartida con sus maestros, colegas y discípulos. En ese contexto se gestaría, por ejemplo, el cambio de nombre de la cátedra de Clínica Pediátrica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires por el de Clínica de Pediatría y Puericultura, y, durante las décadas de 1920 y 1930, la creación de instituciones específicas sobre la materia, como la Sociedad Argentina de Nipiología y la Sociedad de Puericultura (Armus, 2007, pp. 82-83). Además, recuperando la importancia fundamental dada a la medicina infantil por los higienistas Guillermo Rawson y Emilio Coni, Aráoz Alfaro también tendría un papel protagónico en la fundación, en octubre de 1911, de la Sociedad Argentina de Pediatría, a partir de una informal reunión de médicos pediatras llevada a cabo, precisamente, en su domicilio particular. En esa oportunidad, se designó una comisión compuesta –además de por el anfitrión– por Genaro Sisto y Ernesto Gaing, que redactaría los estatutos y reglamentos de la novel sociedad. Estos avances luego fueron discutidos en una asamblea realizada en la Sociedad Médica Argentina, tras lo cual se aprobaron, finalmente, tanto la constitución de aquella institución, como su comisión directiva, cargos que, elegidos por voto secreto, fueron ocupados por Ángel Centeno (presidente), Gregorio Aráoz Alfaro (vicepresidente), Genaro Sisto (secretario general), Ernesto Gaing (secretario de actas), Mamerto Acuña (bibliotecario), y N. Arraga, M. Castro y M. Viñas (vocales) (Colángelo, 2012, p. 57).[1] Este acto sería recordado, años más tarde, por el mismo Aráoz Alfaro en un discurso pronunciado durante los festejos por un aniversario de la Sociedad Argentina de Pediatría, fastos en los cuales fue designado presidente honorario de esta institución, cuyo principio rector era el de “salvar y preservar la infancia, que es la fuerza y el porvenir de nuestra América”; por entonces, renovó su compromiso de trabajar hasta el fin de sus días “por el mejoramiento físico, intelectual y moral de los niños argentinos”, con el fin de que generaciones cada día más sanas, más fuertes y más capaces condujeran a “nuestra querida patria a la culminación de sus grandes destinos” (Aráoz Alfaro, 1936e, p. 1469).

En la misma línea de pensamiento y acción, la Liga para los Derechos de la Mujer y del Niño, presidida por Julieta Lanteri de Renshaw, se encontraba consagrada, por entonces, a la organización del Primer Congreso Nacional del Niño, evento que sería dividido en cinco secciones de trabajo.[2] La Primera Sección, sobre derecho, presidida por Carlos Octavio Bunge; la Segunda Sección, sobre higiene, presidida por Antonio Vidal; la Tercera, de psicología infantil, por Horacio Piñero; la Cuarta, sobre Educación, por Clotilde Gillén; y la Quinta Sección, sobre asistencia y protección a las madres y al niño, a cargo del mismísimo Gregorio Aráoz Alfaro (Begino, 1912). Más allá de algunos cambios realizados respecto al plan original en las presidencias de las respectivas secciones, el mentado Congreso del Niño se inauguraba el 12 de octubre de 1913, siendo Aráoz Alfaro reemplazado en la presidencia de la sección mencionada por Eliseo Cantón (“Primer Congreso Nacional del Niño”, 1913, p. 362). Entre los principios esgrimidos en la ocasión, se encuentra lo sostenido por Enrique Feimann respecto a que la defensa social de la infancia residía en la enseñanza pública y popular de la puericultura, resumiendo en ella los conocimientos elementales de anatomía fisiología e higiene infantil (p. 369), proponiendo para coadyuvar al cumplimiento de este objetivo la creación en Buenos Aires de un Instituto Nacional de Maternidad y Puericultura (p. 377). Mientras tanto, Cantón recomendó la creación de maternidades refugio, a partir de la afirmación de que era “tan estrecha la vinculación de sangre y vida, entre la madre y el hijo, que se impone como medida previa la amplia protección a la madre para alcanzar a la puericultura del hijo” (p. 386). De esta manera, se afianzaba cada vez más la tesis de que solo mejorando las condiciones con las que la mujer daba a luz sería una realidad la puericultura intra y extrauterina, como “único medio de contribuir a formar una población sana y robusta capaz de labrar la grandeza de la Nación” (p. 388).

En este contexto, las crecientes preocupaciones por la salud del niño motivaban una mayor especificidad disciplinar. De ahí que, además de la ya establecida pediatría (ocupada del tratamiento médico de todo el periodo de la infancia), adquirieran entidad institucional la nipiología y la puericultura. La primera de ellas, la nipiología, constituye una disciplina creada por el napolitano Ernesto Cacace con el fin de lograr una solución integral al problema de la tutela higiénica de niños de la primera edad, es decir, de los que todavía no hablaban, convirtiéndose en la ciencia integral del lactante. Cacace, quien fundó su primer instituto nipiológico en Capua, en 1905, ya hacia 1915 había creado otro similar, aunque superador, en Nápoles (Álvarez Peláez, 2004, p. 164). Esta nueva disciplina se convertía, según palabras de su mentor, en “la scienza della prima età, cioè dell’età in cui non si parla, ossia lo studio integrale del lattante da tutti i punti di vista: biologico, psicologico, antropologico, clinico, igienico, giuridico, storico, sociologico, pedagógico (Cacace, 1934).

La nipiología tendría su bautismo científico en 1922, en oportunidad del III Congreso Panamericano del Niño y del I Congreso Brasilero para la protección de la infancia, donde se afirmó la utilidad de su autonomía y se hicieron votos para la fundación de un instituto universitario, así como de diversos institutos nipiohigiénicos (Cacace, 1934). Entretanto, cabe recordar la notable recepción que tuviera en el fascismo la disciplina de Cacace, habiendo integrado el proyecto de protección a la maternidad y la infancia ideado por el Duce. De entre los eventos organizados en Italia para afianzar este nuevo campo disciplinar, se encuentra el III Congresso Nazionale di Nipiologia, realizado en septiembre de 1932 y obviamente presidido por el médico napolitano, evento al cual adhirieron, entre otras instituciones del exterior, las Sociedades Argentinas de Pediatría y de Nipiología (Atti del III Congresso Nazionale di Nipiologia, 1932, p. 16). Años antes, ya se había fundado la Sociedad Argentina de Nipiología, teniendo lugar un acto que contó con la presencia del mismísimo Cacace, y del cual fuera designado presidente Mamerto Acuña (Álvarez Peláez, 2004, p. 166), mientras que, hacia 1930, esta sociedad, en una labor conjunta con la Sociedad de Higiene, celebraría la Semana de Nipiología e Higiene, trabajando sendas temáticas de manera integral y complementaria (Asociación Médica Argentina, 1931, p. 5). Por su parte, la disciplina ideada por Cacace sería muy bien recibida en la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, institución que rápidamente identificó a la nipiología como otra aliada científica (“La nipiología. La fecunda obra del Prof. Ernesto Cacace”, 1936). Años más tarde, el país también se haría eco de los homenajes ante la muerte de Cacace, ocurrida en 1956, con lo cual se afirmaba la directa influencia de la nipiología en el pensamiento de Aráoz Alfaro y de Mamerto Acuña, entre otros reconocidos pediatras locales (Vázquez, 1956).

Por su parte, la puericultura, entendida como el arte de criar y educar a un niño, fue popularizada hacia comienzos del siglo XX por el profesor Adolphe Pinard, detentando una rápida y excelente recepción en la Argentina, donde Emilio Coni, Ernesto Gaing y Aráoz Alfaro serían sus más entusiastas divulgadores (Nari, 2004, pp. 114-115). En este sentido, es de destacar la publicación, en 1915, del libro Higiene y puericultura de Mariano Etchegaray, jefe del Servicio de Niños del Hospital Pirovano y médico inspector de Escuelas Normales, texto que, en 1926, ya iba por la cuarta edición (Etchegaray, 1926), y que había sido ideado como insumo en las escuelas normales y colegios nacionales. En él se definía la puericultura como el “conjunto de conocimientos higiénicos, necesarios para que los niños nazcan y crezcan vigorosos y sanos”, advirtiendo que esta nueva disciplina conllevaba a “la formación de pueblos numerosos, constituidos por hombres fuertes y normales”, cuestión considerada de trascendental importancia para el porvenir de la república (Etchegaray, 1926, p. 149). Si bien estos saberes fueron pensados para ser utilizados por la educación formal, el autor destacaba, empero, lo indispensable de multiplicar ese impacto a través de su difusión por parte de las alumnas, si se quiere, aun antes de ser madres, valiéndose de ellos para con sus hermanos menores o trasladando los aprendizajes obtenidos hacia otras madres que no hubieran tenido la posibilidad de adquirirlos. De esta manera, al momento de ser ellas madres, podían aplicar “estos conocimientos sin oír consejos, ni prejuicios de los ignorantes” que las rodeaban, “para bien de ella, de su hijo, de la patria y de la humanidad” (Etchegaray, 1926, p. 151).

Luego, con el devenir del siglo, y ya en línea directa con los conocimientos dados desde la novel eugenesia, la nipiología y la puericultura concentraron sus esfuerzos en ocuparse de disciplinar la crianza con el fin de asegurar, además, la calidad del acervo hereditario de las generaciones venideras. Una obra tradicional es el Catecismo de Puericultura, escrito por el médico español Juan Bosch Marín, figura muy reconocida en el ámbito eugénico argentino, con el cual estableció fructíferas relaciones científicas. Ese texto, de amplia difusión también en nuestro medio, tuvo su primera edición en 1933 y hacia 1963 ya iba por la undécima. Uno de sus capítulos estaba íntegramente dedicado a la puericultura preconcepcional o eugenesia (Bosch Marín, 1963, pp. 25-31).[3]

Entrada la década de 1930, tanto en países europeos como en la Argentina, el ensamblaje entre puericultura y eugenesia era un hecho, comprendiéndose desde ahí el sesgo dado por Octavio López a un libro suyo, que viera la luz en 1939 (López, 1939). Por entonces, este médico ya estaba de regreso en el país luego de un largo año en el cual visitó Europa como encomendado oficial del gobierno argentino, junto a Rossi, para especializarse en el Instituto de Pende, y había tenido una activa participación en el Congreso de la Población celebrado por Mussolini en 1933 (López, 1934). Además, corresponde destacar que López había impresionado muy bien en España, país donde dictó una conferencia en la Academia de Medicina de Barcelona. Fue presentado en la ocasión por el reconocido pediatra hispano Andrés Martínez Vargas, quien, no escatimando loas hacia el disertante, lo denominaría “apóstol argentino de la moderna ciencia eugénica” toda vez que traía consigo “una brillante aureola, por haber trabajado en el Instituto italiano de Pende” (López, 1939, p. 10). Cabe recordar que Martínez Vargas también elogiaría la intervención del argentino en el Congreso de la Población fascista, advirtiendo a sus oyentes españoles los logros a los que había llegado, relacionando todos los problemas vinculados a la vida humana, comprensivos desde “la selección de la raza antes de la concepción, hasta la prevención de la delincuencia infantil y del adulto, pasando por esa vasta gama de la puericultura, durante la gestación, durante el nacimiento y en la primera infancia”. Estas ideas procuraban dirigir “el desarrollo normal del niño y protegiéndole contra los ataques de las taras hereditarias y las agresiones de las enfermedades adquiridas” (López, 1939, p. 9).

Ahora bien, tal como es de suponer, la publicación de López en 1939 tenía un destinatario bien definido: las madres, toda vez que sobre ellas recaía una responsabilidad que iba desde la lactancia materna hasta la orientación psicopedagógica de sus hijos. Y, notoriamente influido por lo aprendido en Italia, el argentino apelaría a las tesis de Pende, para articular su texto en torno a la “puericultura a la luz de la biotipología” (López, 1939, pp. 3-5); aun cuando también denotaba haber quedado muy impactado con Martínez Vargas, en cuanto eximio exponente de la eugenesia española que había redactado el Código de la Madre, corpus dotado de notable sesgo eugénico, y, a la vez, fundado el primer Instituto Nipiológico en España, concretamente en Barbastro (Huesca) (López, 1939, p. 12). Martínez Vargas sugería, además, propiciar el matrimonio eugénico “por respeto y homenaje a la madre, y como un servicio a la raza” (Palacios Lis, 2003, p. 39);[4] y, sería, junto a sus coterráneos Gregorio Marañón y Santiago Pi y Sunyer, miembro honorario corresponsal de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (Álvarez Peláez, 2012, pp. 221-223).

La puericultura quedó constituida en una de las principales preocupaciones del eugenismo argentino, y era entendida desde aquí como la “ciencia que tiene por objeto el estudio relativo a la reproducción, conservación y mejoramiento de la raza humana” (Beruti, 1934, p. 3), distanciándose así de aquel concepto de Mariano Etchegaray antes referido, mediante el cual esta disciplina tenía a su cargo proporcionar los conocimientos higiénicos, necesarios para que los niños nacieran y crecieran vigorosos y sanos. Distancia conceptual que solo cabe ser leída en atención a la introducción de la eugenesia en la puericultura.

A partir de las primeras décadas del siglo coexistirían en el país dos organizaciones profesionales específicas: la Sociedad Argentina de Pediatría (fundada en 1911) y la Sociedad Argentina de Nipiología (creada en 1922), a la que luego se agregaría una tercera, en 1934, la Sociedad de Puericultura de Buenos Aires; Aráoz Alfaro fue un referente ineludible en todas ellas. Y, en este contexto, su pensamiento integrador de pediatría, nipiología, puericultura y eugenesia quedaría reflejado en una nueva edición de su emblemático Libro de las Madres, que, más enfocado en la responsabilidad materna respecto a las generaciones venideras, sería publicado en 1922 (Aráoz Alfaro, 1922). Advirtiendo que la puericultura constituyó el resultado de una empresa sistemática y continua de regulación de la vida (Boltanski, 1974), cabe incluir entre sus tecnologías biopolíticas y, al menos, en países del mundo latino, como la Argentina, España e Italia, también la pediatría y la nipiología. Aun cuando, claro está, las discursividades organizadas en torno suyo tendieron a legitimar dichas intervenciones en el bienestar individual (y actual) del niño y de la madre, en cuanto vehículo para su desarrollo y crianza, detentando como fin último, en verdad, la protección de la raza. Línea de trabajo a la cual adscribiría, en sus inicios profesionales, el médico Florencio Escardó, quien luego durante la década de 1950 experimentó una transición hacia la denominada “nueva pediatría”, formando parte de una iniciativa liderada por su esposa, Eva Giberti, entre 1957 y 1973, denominada Escuela para Padres. La pedagogía promocionada desde aquí era diametralmente opuesta a la hegemónica, circunstancia que motivó (o contribuyó a motivar) la finalización abrupta del proyecto en 1973 y la destrucción en 1976 del espacio en el que funcionaba la Escuela en el contexto de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (Darré, 2013, p. 155).

Llegados hasta aquí corresponde echar luz sobre un aspecto a veces relativizado por cierta historiografía de la salud concentrada casi exclusivamente en la abnegada actividad de los médicos para mejorar las condiciones sanitarias y de crianza de la niñez. En efecto, la opción epistemológica que proponemos ampliar facilitó cierta invisibilización de otra faceta de su labor, imbricada con la eugenesia, y desde donde se pensó el cuidado de la maternidad e infancia como un bien para la patria.


  1. Por el prurito de haber sido el iniciador y verdadero fundador de la asociación, Aráoz Alfaro no habría aceptado el ofrecimiento de constituirse en presidente de la novel sociedad, considerando más adecuado nombrar para ese cargo al profesor de pediatría Ángel Centeno, por entonces de viaje por Europa. Para profundizar, ver Berri (2011).
  2. Julieta Lanteri fue una médica socialista y feminista italo-argentina que, casualmente, sería la demandada en el juicio por una cuestión contractual privada que, tal como hemos visto, facilitara desde 1922 una hermenéutica constitucional amplia respecto al ejercicio del poder de policía, legitimando la intromisión estatal en amplias esferas, otrora consideradas solo vinculadas a la vida personal de los habitantes.
  3. Al momento de destacar la influencia religiosa en la ciencia de entonces, resulta gráfica la dedicatoria del texto que Bosch le hiciera a su fallecida esposa, afirmando: “Ella es coautora del libro, pero sobre todo, ella nos dio la mayor lección de Puericultura, como madre ejemplar, con la entrega total y exclusiva a la formación de los hijos, nuestra mejor herencia y gloria. Y… Dios premia a las madres buenas, que cuidan del cuerpo y moldean el alma infantil; que enseñan a vivir en a Tierra pero con amor a Dios y con amor al prójimo. ¡Dios premia a la Santa maternidad!” (Bosch Marín, 1963, p. 1).
  4. Este médico sería nombrado por Francisco Franco como caballero de la Orden de Alfonso X el Sabio, con la categoría de Gran Cruz, mediante un decreto fechado el 8 de noviembre de 1941, precisamente el mismo día en el cual Vallejo Nágera fue designado consejero nacional de Educación del régimen (Boletín Oficial del Estado, p. 9111).


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