Las protestas hechas por Bernaldo de Quirós ante la ONU en 1948 mediante las cuales propiciaba una reformulación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, incorporando el derecho eugénico del hijo, no tendrían la suerte esperada por su mentor. De hecho, el libelo enviado desde la Argentina no fue tan siquiera respondido por las autoridades del organismo internacional, circunstancia más que comprensible en atención al clima de ideas imperante, el cual, si bien no implicó necesariamente la refutación absoluta de los principios de la eugenesia en la totalidad del mundo occidental, a partir de la Segunda Guerra Mundial, sí provocó que Estados e instituciones privadas tuvieran mayores reparos en aceptarlos. Sin embargo, desde la escuela de Quirós se interrogaba si los asambleístas de la Carta de 1948 no sabían que entre los primeros derechos humanos se encontraba el “derecho eugenésico a la vida, a la nascencia y al perfeccionamiento del hombre”, derechos que, si bien son innatos, “si no se los forma, ni educa, ni cultiva, ni dirige, viven inermes y mueren en cualquier tiempo”. Y, reforzando la faz ambiental-educativa en la cual fijaron sus iniciativas los eugenistas tardíos locales, emergía un interrogante central, orientado a resolver si alguna institución u organismo les habría hecho conocer a los mentores de aquella Declaración todo lo aportado desde el ámbito local, y, en su caso, si hubiera sido bien “asimilado lo explicado” y hubiera logrado cambiar la mentalidad de los asambleístas. El temor que invadía a la autora del artículo estaba sostenido en su afirmación de que aquellos no habrían poseído ni desarrollado las cualidades intrínsecas necesarias para ello (Bercseúrzi, 1963, p. 62); y puede ser leído, en verdad, como una reacción lógica ante el debilitamiento del paradigma sobre el que se sustentaba su doctrina.
Argumentaciones análogas seguirían articulándose ininterrumpidamente en el campo eugénico local, y el fundador de la Sociedad Argentina de Eugenesia entendería que por entonces solo se preparaba al hombre para la adquisición de técnicas que le permitieran en corto plazo su liberación económica. Según él, la UNESCO, por ejemplo, como organizadora del “movimiento cultural de todos los continentes”, solo difundía la enseñanza de los técnicos, es decir, “adquisiciones objetivas, exteriores, para el exterior del hombre” y no “cultivos interiores, subjetivos, activos, para el perfeccionamiento de las facultades esenciales”. Desde ahí, afirmaba que merced al conocimiento científico y técnico proporcionado, así como a la voluntad aplicada a esos fines, el hombre triunfaba socialmente, pero carecía de ética, principio exclusivo de quienes poseían formación eugenésica. Ante esta descripción, sobre la cual se responsabilizaba de manera directa a los padres, cuya concepción de la vida les habría venido, además, de sus mayores y de las tradiciones heredadas, el niño solo podía adaptarse, imitar. Para evitarlo, es decir, para reordenar esa “administración mental” cuestionada, era menester valerse del saber de los profesionales formados como consejeros y licenciados humanólogos egresados de la Facultad de Eugenesia. En efecto, ellos serían los únicos capacitados para trabajar sobre los cultivos interiores, para los cuales se requería una acción perseverante de muchos años, dinámica activa y sistemática que permitiera dar a la sociedad “un perfecto padre, un buen ciudadano, un hombre con cultura fundamental, un buen vecino, un dirigente social, un dirigente político, un gobernante ejemplar” (Bernaldo de Quirós, 1972, p. 20).
Esta especie de resistencia, en ocasiones negadora del estado de cosas, también quedaría expresada en el episodio vivido por Pende, quien, luego de la caída del régimen de Mussolini, debió afrontar una acusación de antisemitismo promovida desde su tierra natal (Miranda, 2013), juicio del cual fue absuelto por el Tribunal de Casación italiano, en 1948, y a partir del decisivo apoyo que le dio al endocrinólogo la Unione delle Comunitá Israelitiche Italiane. Ahora bien, más allá del curioso argumento esgrimido por su defensa durante el proceso judicial, donde se afirmaba que Pende había curado a varios “niños judíos”, el antisemitismo subyacente a la heterofobia dominante en sus tesis quedaría nuevamente expresado ya desde el primer párrafo de un libelo reivindicativo publicado por él mismo en 1961 titulado Documenti contro l’accussa di antisemitismo. Allí, el exsenador sostiene, de manera provocativa: “E’ per l’ennesima volta che mi tocca difendermi con argomenti inoppugnabili dall’accusa di ebrei-cumunisti d’essere io stato sostenitorie in Italia nel periodo fascista del razzismo antiebraico”(Pende, 1961, p. 1).[1] No obstante, y aún en la actualidad, la teoría de Pende es considerada por algunos como algo distanciada de la biopolítica fascista, y se llegó a asegurar que él no firmó el Manifiesto de la Raza, es decir, que se habría tratado de un “strano caso della firma fantasma” (Messina, 2007), postura que recibió apoyo también en diversos ámbitos de su Noicàttaro natal. Mientras tanto, su hijo, Vito Pende, asegura que la razón por la cual su padre no habría sido honrado con el Premio Nobel en 1951 fue por “la cuestione di quella maledetta firma” (Miranda, 2013), y sostuvo, además, que los avances en materia de endocrinología hechos por el italiano habrían constituido una fuente directa para las investigaciones del argentino Bernardo Houssay, quien lo obtuviera en 1947.[2]
Aun tomando distancia de las resultas de este debate, parece difícil, empero, desconocer la participación de Pende en la biopolítica antisemita del fascismo (De Grazia y Luzzatto, 2005, pp. 87-88), así como la funcionalidad de su doctrina al régimen de Mussolini.[3] Sin embargo, en la Argentina sería nulo el impacto del proceso judicial entablado en contra suya, de modo que perduró su influencia en diversos campos del saber hasta décadas recientes. Su tesis biotipológica (indudablemente anclada en la idea de desigualdad humana) fue sostenida en este país hasta después de su muerte, acaecida en 1970. En este sentido, cabe destacar la publicación en Buenos Aires, en simultáneo con Roma, de su texto Dova vai, uomo? (Pende, 1958), teniendo también en el país buena circulación el libro escrito por Pende con la colaboración de un sacerdote (Pende y Spiazzi, 1967).
La pervivencia de estas ideas durante la posguerra de la Segunda Guerra Mundial amerita ser leída en armonía con otras estrategias biopolíticas sostenidas en el país, como lo fuera la antes mencionada propuesta de eugenización legislativa efectuada por Quirós al gobierno peronista (Miranda, 2007). Otro ejemplo de esa pervivencia es el constituido por la iniciativa presentada al Ministerio de Salud Pública de la Nación en 1952 por el odontólogo rosarino Ramón Riba, que propició la creación de un Ministerio de Eugenesia. Los argumentos oficiales desde donde se justificó la no aceptación de la iniciativa fueron que dentro del Ministerio de Salud Pública ya existían “numerosas dependencias” cuyas funciones entrañaban fines eugénicos, tales como el Instituto de Biotipología y Materias Afines y las consagradas a “servicios de protección a la madre y al niño” (Ministerio de Salud Pública de la Nación, 1952).
Paralelamente, proseguía incólume la difusión masiva de esa propuesta eugénica con pretensiones innovadoras, aun cuando ya por entonces estaba sustentada en anacrónicos principios devenidos en inaceptables prejuicios. Un ejemplo de ello lo constituye la entrevista concedida a la revista El Hogar en 1953 por el fundador de la Sociedad Argentina de Eugenesia. En la ocasión, desde esta publicación de gran tirada y dirigida a las mujeres, Quirós sería interrogado respecto a la obra que él calificaría como más saliente de la “nueva eugenesia argentina”, respondiendo que estaban elaborando (nosotros diríamos, continuaban) la “conciencia eugénica nacional” procurando el “mejoramiento de las condiciones integrales del matrimonio y la familia”. Asimismo, Quirós enfatiza su oposición a “todos los procedimientos de la llamada eugenesia negativa, como la esterilidad provocada y la eutanasia”, a los que identifica con “tendencias falsas de la eugenesia meramente biológicas”, distanciados de razones utilitarias, que importaban “una mofa y un desafío a la ciencia eugenésica positiva, a la cultura humanista y a la moral” (Bernaldo de Quirós, 1953, p. 119).[4]
Años después, en un intento vano de diferenciarse de la tesis de Pende, Quirós sostuvo que la disciplina ideada en la Argentina detentaba un mayor contenido de ideas “neolamarckianas” que la italiana, entendiendo que solo a partir de aquella se obtendrían “cruzamientos conscientes y responsables” (Bernaldo de Quirós, 1957, p. 13). En efecto, para este entrerriano la eugenesia era la “ciencia positiva, humanista, vital e integral, de aplicación, para una óptima previsión biológica hereditaria y la regulación de todos los factores exógenos que impidan o alteren una descendencia armónica y feliz” (Bernaldo de Quirós, 1957, p. 16). Ahora bien, más allá de este discurso, en algún modo, políticamente correcto, Quirós continuaba en el mismo texto destacando las vinculaciones directas entre su tesis y la biotipología pendeana (Bernaldo de Quirós, 1957, pp. 24-25). De esa comunión con las hipótesis endocrinológicas del italiano (Bernaldo de Quirós, 1947a, p. 7), deviene el interés –ya reconocido desde 1945 en los estatutos de la Sociedad Argentina de Eugenesia– en establecer los “caracteres del biotipo argentino”, cabiendo destacar que, en el currículo de la carrera de licenciado eugenista organizada en la Universidad del Museo Social Argentino, también se dictaba la asignatura Biotipología (Bernaldo de Quirós, 1957, p. 35). Y, desde esta óptica, la invocación a un proceso selectivo propio de toda eugenesia no se hizo esperar; de tal manera que Bernaldo de Quirós afirmaba que su propuesta fomentaba “la selección libre, instruida, consciente y responsable” realizada por el “sujeto sano, del cónyuge eugenésico, como norma ideal para los cruzamientos antropológicos”, propiciando, a la vez, “la selección del medio ambiente físico, ético y social”, “la selección de los educadores y de un tipo más conveniente de educación” (Bernaldo de Quirós, 1957, pp. 36-37).
A su vez, y más allá de la selección consciente de los cónyuges, en cuanto prerrequisito ineludible para el logro de una maternidad eugénica también impactarían sobre la tesis de Quirós, hacia la década de 1960, los reclamos hechos por la mujer respecto a su igualdad de derechos. Reclamos que serían rechazados de plano, lo que provocó en el eugenista un enfático pedido de que la mujer volviera al hogar, donde encontraría su realización plena, “aunque le desagrad[ara]”, y, de esta manera, lograría embellecer su “eterno femenino”, serenar su “espíritu creador” y ejecutar “su obra maestra de madre educadora, de trabajadora llena de honduras morales y de consejera social en los cambios fecundos de la acción creadora de los hombres” (Bernaldo de Quirós, 1965, pp. 132-133). Estas consideraciones se verían reafirmadas, además, durante las tres Jornadas de Eugenesia Integral organizadas por la Sociedad Argentina de Eugenesia en los años 1955, 1961 y 1970. En el último de estos encuentros, participaría el eugenista norteamericano Paul Popenoe, quien presentó un trabajo con el sugerente título “La pregunta olvidada”. Esa pregunta, en evidente crisis según este consejero, tenía como objetivo sostener su postura de “fortalecer la vida en familia”, entendiendo que la “supervivencia y el progreso de la raza y de la nación” eran inseparables de una “vida familiar productiva y sana” (Popenoe, 1971, p. 7).
Al respecto, corresponde recordar que, ya anticipada la influencia de Popenoe sobre Aráoz Alfaro, también resultaría notoria sobre Quirós, y, por lo tanto, sobre el derecho eugénico argentino; esta última se advierte, por ejemplo, en los consultorios ideados a imagen y semejanza de los que funcionaban en los Estados Unidos desde la década de 1930 y que, con el avance del siglo, hacia los años 60 habían perdido receptividad en su país, encontrando no obstante Popenoe nuevos aliados en la cristiandad (Stern, 2010, p. 185).
Ahora bien, entre los múltiples elogios dados por Quirós a aquella institución californiana, se encuentra el beneplácito con que recordaba que había sido la primera organización dedicada a ayudar, valiéndose de todos los recursos de la ciencia moderna, a la consecución de “óptimos matrimonios” (Bernaldo de Quirós, 1957, p. 29). Y, a imagen y semejanza del emprendimiento de Popenoe décadas antes, Quirós instalaba en la Argentina, hacia 1966, el primer consultorio de este tipo, integrado indefectiblemente por él y acompañado de seis licenciados eugenistas humanólogos. Ello, fortaleciendo la idea de que el “hombre común” estaba atrapado por autoritarismos y factores que le “planificaban la vida, la sexualidad, el sexo, las ilusiones, la instrucción, las posibilidades y hasta su pensamiento y futuro”; y se sostenía a continuación la imperiosa necesidad de disciplinar la procreación, afirmando que “de padres improvisados salen hijos irresponsables, infrahumanos” (Bernaldo de Quirós, 1971, pp. 44-45).
Así, y conforme al paradigma eugénico de fuerte impacto en la Argentina, sexo y género constituían las dos caras de una misma moneda, anclada tanto en lo biológico como en lo ambiental. El sexo anatómico, fisiológico, genético y hormonal era aquel que determinaba el género (el ser-hombre y el ser-mujer social) y, desde ahí, la heterosexualidad, predefinida como única sexualidad normal. En este marco, quedaba establecida una relación mimética entre sexo y género (el sexo físico limita y determina el género, y este refleja a aquel) y una relación de correspondencia entre ellos (al cuerpo de hembra le correspondía, de manera indefectible, el género femenino y al cuerpo de macho le correspondía el género masculino). En esta concepción, si bien el sexo determinaba el género, este también podía alterar e introducir cambios a nivel sexual.
Claramente, esta postura se afirmaba en –y producía un– desdibujamiento de la mujer como sujeto, como individuo con capacidad de decisión y autonomía sobre su cuerpo, su pensamiento y accionar. Y ello se mantuvo pese a ciertos cambios que, durante el siglo, se fueron dando respecto a sus derechos políticos y sociales (Giordano, 2004). En efecto, desde esta perspectiva, la subjetividad femenina debía continuar limitada al rol maternal; es decir, pensar, actuar y sentir como madre, en definitiva, cumplir con la misión primordial a la que estaba destinada por naturaleza, debiendo ejercerse esa función respetando al pie de la letra los principios eugénicos, sin los cuales el proyecto de perfeccionamiento de la estirpe no podía concretarse. Ante la eventualidad de una amenaza de insurrección a las leyes naturales que establecían sus roles y deberes sociales –poniendo, consecuentemente, en peligro la concreción de este plan–, emergían las diversas estrategias disciplinarias, tanto del cuerpo como de la mente, que se constituían en un adecuado muro de contención.
- El destacado nos corresponde.↵
- Nicola Pende fue propuesto a Premio Nobel de Medicina en 1937, 1943 y 1951, aunque nunca obtuvo el galardón.↵
- Para un panorama del impacto negativo que generó entre sus admiradores la firma del Manifiesto, recomendamos ver Finzi (2003).↵
- Por otra parte, el entrevistado no huelga halagos hacia la tarea desarrollada por Popenoe en el Instituto creado en los Estados Unidos, como tampoco hacia la Sociedad Americana de Eugenesia, con asiento en Nueva York, integrada por sociólogos, biólogos, economistas, psicólogos, demógrafos y educadores. El vínculo entre Popenoe y el tardoeugenismo argentino fue trabajado en Miranda y Bochicchio (2020).↵






