La lectura de la eugenesia realizada desde la óptica biotipológica encontró en la endocrinología fascista de Nicola Pende su fundamental legitimación; y, a partir del ensamblaje simbiótico entre biología y política sobre el cual fue gestada, resultó de indudable utilidad para idear el control de las poblaciones.
La tesis de Pende, médico formado en la escuela constitucionalista italiana de Achille de Giovanni y Giacinto Viola, consistía en una propuesta disciplinar de características correlacionalísticas y unitarias (Cosmacini, 1984, p. 1262), cuya aplicación se preveía a partir de cuatro consignas. La primera, una reforma en la medicina clínica, en la que se debía abandonar lo reduccionístico y partir del “principio unitario correlacionalístico del hombre enfermo”; la segunda, dada en el marco de la medicina preventiva y ortogenética y por la higiene individual, requeriría de la implementación de una “cartilla biotipológica para una ortogénesis racional del individuo” que luego sería utilizada para obtener un fichaje capilar de la población; la tercera pauta estaba orientada por la biología y la bonificación de la raza, finalidad promovida desde el Instituto Biotipológico Ortogenético de Génova, inaugurado en 1926; y, merced a la cuarta consigna, sociología y política se afirmaban como campo de aplicación de la biotipología. Medicina e higiene debían convertirse, entonces, en medicina nacional e higiene nacional (Israel y Nastasi, 1998, pp. 138-140).
Una de las principales preocupaciones de esta formulación italiana de la eugenesia fue la resolución del conflicto moderno entre “calidad” y “cantidad” de la población, dotando de nuevas bases teóricas a un planteo pronatalista de características selectivas. Si bien el poblacionismo subyacente al discurso biotipológico en el cual la reproducción humana se convirtió en razón de Estado –y, por ende, se mantuvo fuera de la autonomía de la voluntad de los particulares– no alcanzó el paroxismo nazi, tampoco implicó, empero, la eliminación de fortísimos dispositivos de exclusión. Desde esta economía poblacional, solo debían engendrar descendencia –y, más aún, estaban compelidos a ello– quienes, previsiblemente, podrían procrear a los “mejores ejemplares de la raza”, mientras que se les limitaba la reproducción al resto de los mortales. En este sentido, el programa demográfico selectivo enunciado en la Italia de Mussolini, articulado en clara sintonía con el de la España franquista y admirado en la Argentina de entonces, insistió sobre el diseño de políticas de fomento de la procreación de quienes eran considerados “mejores” (Miranda, 2005); se advierten, claramente, significativas homologías entre las propuestas locales de índole poblacionista, que mantuvieron su continuidad durante gran parte del siglo XX, y las instrumentadas en aquellos Estados. En todos ellos se reforzarían discursos y praxis caracterizados por premios y castigos para la reproducción, en los cuales resultaría fundamental el rol impuesto a la mujer, en cuanto madre o futura madre, sostenido en el principio de función social de la maternidad.
Así, y a partir del consolidado sustrato ideológico asentado en la constante labor del Museo Social Argentino, organismo fundado en 1911 y cuyos miembros formaban parte de la clase dirigente, se afianzaron en el país los postulados vinculados al poblacionismo y antimalthusianismo –o más precisamente, antineomalthusianismo– desde una perspectiva que, necesariamente, rescataba la tradicional “división de esferas” entre varón y mujer, observables, también, en el diseño de las viviendas (Ballent y Liernur, 2014). Mientras que el primero debía dedicarse de lleno al trabajo y a la guerra, la segunda tenía a su cargo el cumplimiento de la conocida premisa de las tres “K” –kinder, kirche, küche–, es decir, hijos, iglesia y cocina, utilizada hasta el hartazgo por el nazismo.[1] Creyendo identificar entre los principales problemas eugénico-demográficos de entonces a la inmigración y la reproducción, el Museo Social –institución que ya había organizado en 1919 una encuesta sobre la inmigración “deseable”– se ocupó en profundidad de ambas cuestiones, teniendo activa participación en la reunión anual de la Unión Internacional para la Investigación Científica de los Problemas de la Población, celebrada en Londres en 1931, así como en el Congreso Internacional para el Estudio de la Población, llevado a cabo en Roma en septiembre de ese mismo año. Evento, este último, que también contó con la presencia de Pende (Pende, 1933b), quien, a su vez, durante ese mismo año publicara un libro suyo dedicado al Duce.[2]
Entre 1932 y 1933, el Museo Social incorporó la Sección Higiene y Medicina Social, la cual cobijó en su seno a la Asociación Argentina de Higiene y Medicina Social, con la expresa misión de estudiar todos los factores que afectasen a la biología y la patología sociales (Pelosi, 2000, p. 168). Su comisión directiva estaba integrada por profesionales de amplia militancia eugénica y miembros, algunos de ellos, de la novel Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social. Entre otros, cabe señalarse Telémaco Susini, Alberto Zwanck, Germinal Rodríguez, Carlos Carreño, Mercedes Rodríguez, Emilia Dezeo, Ramón Girona Ribera, Teodoro Tonina, Manuel V. Carbonell, Arideo E. Costa, Ciro Durante Avellanar, Mauricio Ottolenghi, Angel Roffo, Juan A. Cameirone, Luisa E. F. de Petersen y Roberto Fraser (Vallejo y Miranda, 2004).
Esta organización, autodefinida publicitariamente como “una institución patriótica y humanitaria” (“¿Qué es el Museo Social Argentino?”, 1938), contribuiría de manera significativa a la imbricación entre los conceptos de “población” y “raza”, enmarcados en un liberalismo nacionalista. Y, a través de la conjunción de la propuesta realizada por su Comisión de la Juventud que aconsejaba la realización de una conferencia nacional para estudiar el problema de la reducción de la natalidad con otra iniciativa destinada a abordar el tema inmigratorio, el Museo Social convocaría a la realización de una conferencia nacional de la población, que quedaba cristalizada en octubre de 1940 como Primer Congreso de la Población, a imagen y semejanza del celebrado en Italia en 1931 (AA. VV., 1941b, p. 3). Evento del cual participaron personalidades fuertemente involucradas en la gestión institucional del referido museo, tales como Guillermo Garbarini Islas (Garbarini Islas, 1933), Enrique Ruiz Guiñazú y Carlos Brebbia, de los cuales estos dos últimos aportaron cinco exposiciones realizadas en conjunto (Ruiz Guiñazú y Brebbia, 1933a, 1933b, 1934a, 1934b, 1934c).
El Congreso de la Población argentino, reunido en sesión inaugural el 26 de octubre de 1940 en el Salón de Actos del Concejo Deliberante de Buenos Aires, contó con la participación del vicepresidente de la nación en ejercicio del Poder Ejecutivo, Ramón S. Castillo, y del ministro de Agricultura, Daniel Amadeo y Videla (h), quienes expresaron la postura oficial de estimular la natalidad, considerándola una cuestión moral y advirtiendo sobre lo alarmante de la disminución de la natalidad en la Argentina (AA. VV., 1941b, p. 8). Desde este Congreso se recomendaría al Poder Legislativo sancionar normas que, entre otros beneficios, otorgasen préstamos oficiales de nupcialidad haciendo especial énfasis en beneficiar a las parejas que se instalaban en zonas rurales, proponiéndose largos plazos para su devolución, así como disminución de primas según la prolificidad de sus miembros; entrega de asignaciones o salarios familiares fijos y sobresalarios a los casados; primas a la natalidad; premios y estímulos bancarios a las madres multíparas; otorgamiento de preferencia de los padres de familia sobre los solteros en los puestos públicos, en la industria y en el comercio; mejoras en las condiciones ordinarias de vida de los trabajadores; exenciones o disminuciones de impuestos a familias numerosas; implementación de un gravamen progresivo a los célibes, de ambos sexos, según su edad, sin distinción de profesión ni ocupación además de un impuesto a los matrimonios sin hijos (AA. VV., 1941b, pp. 143-144).
No obstante, el carácter pronatalista de la propuesta no incluía a todo el espectro poblacional. Un pronatalismo que fuera precedido por una firme selectividad, la cual, también a semejanza de la política italiana y española, recaía sobre los matrimonios legítimamente constituidos, los que, para ser tales, debían cumplir algunos requisitos de índole eugénica, entre ellos el certificado prenupcial obligatorio (Miranda, 2003). La Sección “Natalidad, nupcialidad, morbilidad y mortalidad” del referido Primer Congreso de la Población local se hizo eco de las tendencias instaladas en Italia y España y propuso estudiar las prácticas influyentes en la reducción de la natalidad.[3] Para ello, se haría particular hincapié en la “deficiente educación moral, social, maternológica, ciudadana o religiosa de algunos sectores”, destacando la influencia que tenían al respecto los recursos económicos, la inmigración, la superpoblación urbana e industrial, el trabajo de la mujer, el bienestar individual y familiar, los deportes esterilizadores, así como la descendencia no eugénica (AA. VV, 1941b, p. 12). Y, en la ocasión, Carlos Bernaldo de Quirós instaba a la creación de la “gran lucha nacional de la población”, enfatizando la obra demográfica desarrollada por Italia y Alemania (AA. VV., 1941b, pp. 65-66). Reforzando la idea de lo imprescindible de “asentar a la mujer en su hogar”, desde este Congreso también se impugnarían los llamados “obrerismo” y “empleomanía” que originaban que las mujeres perdieran su verdadera “femineidad”, procurando instaurar una rígida reglamentación en la cual las féminas solo pudieran competir con los varones en circunstancias muy puntuales, como lo eran el ejercicio de profesiones liberales, en los casos en que ellas resultaran el único sostén de la familia (y no fuera posible un subsidio del Estado), o bien cuando carecieran de “capacidad de concebir y hayan dejado de representar un valor genético para la Nación”, o si el trabajo fuera “específicamente femenino”, o bien, si se tratara de “mujer soltera indigente, sin familia y sin otro amparo económico” (AA. VV., 1941b, pp. 172-173).
Ahora bien, el rechazo a la limitación de la progenie sería, además, ensamblado con una propuesta de optimizar el ambiente humano con la finalidad de lograr el “mejoramiento de las condiciones raciales” a través del “mejoramiento de la condición de la familia y del medio social y la educación con especial referencia a la educación humana integral, a la verdadera formación moral y religiosa de los espíritus” (AA. VV., 1941b, pp. 258-259). De ahí precisamente que la Comisión del Congreso de la Población encargada de la “solución moral, social y familiar del problema demográfico” encomendara a las autoridades ocuparse del problema moral e higiénico del país a través de “la educación psicoética de la niñez y de las juventudes”, cuya solución debía ser “la obra continua y patriótica del hogar y la escuela”, dignificando, a partir de allí, “a la mujer como madre, como esposa, como novia” y al hombre como padre, con la finalidad de espiritualizar y fortificar la familia, y valorizando, también, al hijo en cuanto valor futuro de la república. Mediante esto se lograría afirmar “la Patria en su grandeza y para que se exalte la humanidad fecunda en obras de bien y de generosa solidaridad” (AA. VV., 1941b, pp. 149-150). Y, teniendo en cuenta que esta tarea hallaba su fundamento en la defensa social, resultaba menester dotarla de las fórmulas de derecho preventivo y represivo, que mejor se ajustaran a dichos fines (Bernaldo de Quirós, I, 1943, p. 53).
De esta manera, según las expresiones del eugenismo argentino, la higienización material y espiritual del país –equiparable a la cristianización social pregonada por Vallejo Nágera en su Política racial del Nuevo Estado (1938b)– comprendía la revaloración humana del niño, en su desarrollo armónico perfectible desde el seno de la madre, como hombre que venía al mundo engranado en el progreso económico, social y universal, y como padre, después, de un “hogar eugénicamente constituido”, y de la “mujer, como madre o futura madre, capacitada y responsable de la conservación y defensa de los bienes fundamentales del hogar y de la sociedad” (Bernaldo de Quirós, I, 1943, p. 71). Esta impronta impregnaba, paralelamente, la calificación de “delictivas” de las prácticas anticoncepcionales influyentes en la dinámica demográfica, vinculando a la responsabilidad procreacional, de filiación netamente eugenésica con la política moral y religiosa de las costumbres sociales.
Se alentaba, así, la necesidad de acudir a los saberes existentes sobre herencia, descendencia y evolución para formar la “unidad de consciencia nacional” respecto a la “prevención y defensa racial de la sociedad”. Para ello, quien luego fuera fundador de la primera y única Facultad de Eugenesia del mundo propondría incentivar la difusión sostenida y sistemática –por vía oficial y privada– del conocimiento elemental en los individuos de diversos factores, tales como los vinculados a la sangre (en cuanto carga genética), al nacimiento, desarrollo, salud, vivienda y educación, alimentación, trabajo, costumbres, medios materiales, higiene moral y sexual y a la gimnasia mental y neuropsíquica, complementados con infaltables indagaciones sobre política y religión. Todo ello organizado en torno a una rígida regulación de la institución matrimonial. En efecto, el matrimonio eugénico era visto como una cuestión de moralidad, ya que se requería una reeducación espiritual, psicoética y sexual de las masas, lo cual, conjuntamente con otros estímulos demográficos, permitiría lograr una política propulsora del “mejoramiento racial”, visto como directamente relacionado con la “reconstrucción nacional del país” (Bernaldo de Quirós, I, 1943, pp. 137-138, 158-159).
Reafirmando las sugerencias del Congreso de la Población, este abogado daría más detalles sobre la política a seguir en la materia. De ahí, recomendaba organizar los préstamos oficiales a la nupcialidad, destinándolos a favorecer el matrimonio entre criollos o entre criollos y extranjeros domiciliados en el campo, que se cancelaran automáticamente al nacer el tercer hijo vivo, siempre que todos fueran argentinos; mientras que, a la vez, propiciaba denegárselos a las personas que no estuvieran en “condiciones fisiológicas, eugénicas, morales de propagar la especie”, como los enfermos, los débiles orgánicos, los anormales, los ancianos y viejos prematuros, los que no quisieran tener hijos (o solo quisieran uno), los que no tuviesen hábito sólido de trabajo remunerado, ni sosiego ni espíritu hogareño, los no enraizados definitivamente en el país los caducos (sic), los impotentes, los castrados, y, en general, los “indeseables para la Nación”, puesto que ellos no representaban “un valor positivo para la especie” (Bernaldo de Quirós, 1942, p. 48). La fuente de inspiración de la propuesta quirosiana era, claramente, la política italiana, dado que en ella se daba trato preferente en los empleos a los padres con muchos hijos y se había establecido una escala especial de salarios a favor de las personas con familias numerosas, resaltando, a su vez, que las medidas implementadas por Mussolini estaban orientadas a mejorar la protección o ayuda de que disfrutaban las familias más fecundas, concediéndose créditos para matrimonios legítimos y pólizas de seguro a los trabajadores fuertes y jóvenes. Además, Quirós valoraba muy positivamente la actitud del Duce, quien, en diciembre de 1938, premiara monetariamente a las madres más prolíficas, actitud que complementaba el galardón dado en 1937 al estímulo a la crianza de hijos. El propósito fascista de combatir la declinación de la fecundidad bajo el argumento de proteger a la población del imperio –fundamentalmente luego de la conquista de Etiopía, en 1936– había quedado sintetizado a comienzos de aquel año previendo políticas análogas al modelo adoptado por la Alemania nazi y que parecía haber tenido un efecto positivo en la fecundidad. En esta sintonía, el eugenista argentino también elogiaba el otorgamiento –en 1933– de préstamos para matrimonios jóvenes carentes de recursos y la sanción de una ley –en 1938– mediante la cual se prohibió en todo el Reich la celebración de matrimonios por “diferencia de sangre entre los contrayentes y por la incapacidad marital (incluso genética)”, bajo la argumentación de que estos seres habían “perdido todo valor para la nación” (Bernaldo de Quirós, 1942, p. 67).
De esta manera, la política diseñada desde el Museo Social Argentino, propuesta por el Congreso de la Población, y legitimada mediante los discursos provenientes de los máximos referentes de la ortodoxia eugénica local, quedaba fijada en marcada armonía con las estrategias demográficas establecidas en Italia por Mussolini, quien era considerado en el país “uno de los estadistas más respetados de Europa” (Bernaldo de Quirós, 1934, p. 47). En este contexto, el Duce era aquí admirado por haber organizado la “lucha racial de la población italiana”, siendo un referente permanente en el ámbito local, aun luego del Manifiesto de 1938, documento en el que queda explicitado con crudeza el antisemitismo fascista.
A su vez, también desde la España franquista se propiciaba la celebración de nupcias tempranas mediante la instrumentación de mecanismos de fomento a fin de facilitarles a los contrayentes “la lucha por la vida y la prosperidad del hogar”. Para ello, se les permitía el acceso a viviendas baratas y confortables, equipos de novia regalados por el Estado, mobiliarios baratos a plazos no onerosos y cancelación de ciertos impuestos hasta que el varón cumpliera treinta años, así como se estimulaba a los jóvenes para que contrajeran matrimonio en determinadas fiestas nacionales. Pero la selectividad subyacente a su propuesta poblacionista quedaba expuesta al referirse a las condiciones personales del pretendido beneficiario toda vez que, al momento de decidirse el otorgamiento del estímulo, se debían exigir “aptitudes y laboriosidad para el desempeño del cargo, pues los ineptos y holgazanes [era] preferible que [continuaran] solteros”, a quienes además se proponía “restarles medios de vida” para evitar, de este modo, que “enviciaran” el ambiente social (Vallejo Nágera, 1938b, p. 52).
Esta política desarrollada por Franco, obtendría cálidos elogios del eugenismo argentino, desde donde se enfatizaba que tanto Italia como España y Alemania eran ejemplos a seguir si se trataba de poblar el país de seres “aptos” (Bernaldo de Quirós, 1942, p. 67). En efecto, la estrategia poblacionista de conceder asignaciones familiares para asegurar al trabajador y a sus familiares inmediatos una ayuda económica mínima capaz de satisfacer sus necesidades básicas con el expreso propósito de mejorar el supuesto vigor racial de la población fue también una iniciativa instaurada por esos Estados de manera coincidente. Por ejemplo, en Italia se instituyó hacia 1934 el salario familiar para el trabajador de la industria contemporáneamente a la reducción de la semana de trabajo, y, en 1936, las asignaciones familiares a favor del trabajador dependiente y jefe de familia. En España se coincidió sobre la conveniencia de aumentar los nacimientos, disminuir la mortalidad infantil y subsidiar a las familias numerosas. Y en la Argentina se propuso completar esta normativa con una ley de seguro contra la desocupación e invalidez por embarazo, sin que deba ser pensada en el marco del emergente constitucionalismo social, sino como coadyuvante a la “higienización” del país, cuya necesidad era planteada como un neto imperativo eugénico. Medidas que, además, serían acompañadas por un reajuste eximitorio o reductivo de los impuestos principales (Bernaldo de Quirós, 1942, p. 48), para procurar la progresiva eliminación del gravamen sobre el rédito para la familia que tuviera seis o más hijos, tal como hiciera una ley italiana de 1928. [4]
A fin de lograr la implementación de las diversas iniciativas eugénico-demográficas planteadas, desde el Instituto de Maternidad de la Sociedad de Beneficencia de la Capital argentina, a la sazón dirigido por otro eugenista, Alberto Peralta Ramos, se pensó imponer, de forma “más integral” que la que venían llevando a cabo el nazismo y el fascismo, la “profilaxis de seres indeseables”, para impedir que tuvieran descendencia y favorecer, de este modo, el crecimiento de los “más aptos”. Esas medidas debían instrumentarse mediante prohibiciones a la reproducción del enfermo, del ignorante de su función paterna, del no preparado técnica y moralmente para la vida, así como del “económicamente incapacitado”, desalentándose la conservación de seres cuyos padres no constituían un “tipo representativo” de la especie, ya que auguraban como muy probable que sus hijos padecieran “múltiples fallas” (Di Fonzo, 1942, p. 35). La sugerencia para administrar esta biopolítica estaba centrada en la esterilización y el aborto eugénico, aun cuando, en paralelo a desanimar la reproducción disgénica, era también menester forzar la procreación eugénica. De ahí que se pensó en implementar sanciones a quienes, debiéndose reproducir, no lo hacían, marco en el cual adquirió cuerpo una reforma impositiva tendiente a la exención de cargas fiscales a los aportantes de “recursos raciales” a los regímenes, que requería ser implementada a partir de un amedrentador tributo a los célibes “aptos”, es decir, a los que, teniendo las características óptimas para tener descendencia, decidían no hacerlo y privaban, por ello, de valiosos recursos humanos a la nación. En esta sintonía, es legítimo pensar que, al igual que el impuesto italiano a los solteros, el diseño local hallaría su fundamento, más que en la necesidad de contar con un mayor número de soldados en el futuro, en un ideal de familia premoderno en el cual todo hombre adulto debía estar casado para que las mujeres permanecieran en casa, ocupándose del trabajo doméstico manual y evitando “quitar el pan” a los hijos de los hombres casados (Tannenbaum, 1975, pp. 160 y 186). Corresponde destacar, sin embargo, que este gravamen, implantado por Mussolini a fines de 1926 a quienes no hubieran contraído matrimonio al cumplir veintiséis años de edad, no tuvo en su tierra los resultados procurados; y, hacia 1934, el Istituto Nazionale di Statistica (ISTAT) había advertido a la dirigencia italiana sobre la imposibilidad de evaluar la influencia ejercida por ese tributo sobre el estado demográfico de la población, en general, y sobre la nupcialidad, en particular (Ipsen, 1997, p. 241; De Grazia, 1993, p. 72; Dogliani, 1999, p. 242). En España, por su parte, también se insistiría en la necesidad de emprender una “persistente y activa campaña contra la soltería” –excepto la de los enfermos y deformes físicos– penándosela “moral y materialmente”. En este contexto, se advirtió, empero, sobre la posibilidad de celebración de “bodas egoístas” a las que podría conducir el recargo progresivo de los impuestos a los solteros, o la postergación en los ascensos si se trataba de funcionarios públicos, o tributos especiales sobre la renta e inhabilitación para ejercer cargos políticos (Vallejo Nágera, 1938b, pp. 52-53). Para evitarlas, se propuso actuar sobre la mujer moderna, quien, volcada al espíritu de independencia y vida estudiantil, vería más ligero el ejercicio de una profesión que los “pesados deberes impuestos por la maternidad y el hogar” (Vallejo Nágera, 1965 [1946], p. 127).
La sanción económica y divina –no olvidemos la fuerte correspondencia entre soltería, donjuanismo y pecado planteada por estas doctrinas– hallaba su fundamento terreno en la reducción progresiva de los índices demográficos de nupcialidad y natalidad en todos los países de raza blanca. Sobre estos aspectos, el eugenismo argentino rescata nuevamente la advertencia del Duce, quien, valiéndose de los aportes de Corrado Gini, entendía que el mayor problema de la ciencia de la población radicaba en la “muerte” de la raza blanca.
Así las cosas, mientras la tesis neomalthusiana sobrevivía, especialmente en Inglaterra, la condena latina a la reducción de la natalidad era prácticamente unánime. Y el problema demográfico parecía implicar algo más que una decadencia general de la raza blanca, como lo sostenían Oswald Spengler y Richard Korherr; en efecto, en él estaba involucrada también una reducción del poder militar, económico y político de la patria, así como la desintegración de la familia y de los valores familiares (Ipsen, 1997, p. 304). Contexto en el cual la eugenesia constituiría un fundamental recurso para su resolución.
Logo utilizado en el Segundo Congreso Internacional de Eugenesia (Nueva York, 1921), que de inmediato se constituyó en una representación icónica de la ciencia de Galton.

Plus Ultra era un suplemento mensual de la revista semanal Caras y Caretas que se distribuyó entre 1916 y 1930, y estaba orientado principalmente a las clases más altas. En la tapa aquí reproducida, correspondiente al número del 15 de septiembre de 1930 –publicado luego de tan solo 9 días del primer golpe de Estado de la historia argentina–, se advierte la apelación a la patria al momento de presentar en sociedad el gobierno dictatorial, en cuyo contexto tendría suficiente abrigo el proyecto eugénico latino (Plus Ultra, 174, Buenos Aires, 1930).
Homenaje a la Mujer realizado por el presidente de facto José Félix Uriburu, a pocos días del golpe de Estado (Plus Ultra, 174, Buenos Aires, 1930).
- Para ampliar desde un enfoque excedentario del ámbito local, remitimos a Nash (1983). ↵
- La dedicatoria en cuestión reza: “A BENITO MUSSOLINI, che con i principî sani della politica biologica tesse un abito fisico, morale ed intellectuale nuevo per una nuova grande Patria” (Pende, 1933a).↵
- En efecto, por entonces, Italia estaba decidida a afrontar el problema de la “salud de la raza” apostando a una política demográfica que privilegiara el desarrollo cuantitativo por sobre el cualitativo, aun cuando a la vez instrumentó una reglamentación de la función procreativa de neto corte eugénico (Maiocchi, 1999). Estas ideas también fueron sostenidas en España, cuyo interés por fomentar la natalidad reposaba sobre la previa exclusión de los combatientes del bando republicano, quienes –se aseguraba– padecían una patología mental que los acercaba a las izquierdas. El matrimonio ideal, con su principal misión de continuidad de la raza y la formación de la familia (Vallejo Nágera, 1938a, p. 5), resultaba incompatible con la “malvada táctica marxista” responsable de difundir las “ideas malthusianas en el pueblo”, procurando desmoralizar a la sociedad y socavando sus cimientos básicos (Vallejo Nágera, 1938b, p. 39).↵
- Al respecto, cabe recordar que algunos países anglosajones, como Gran Bretaña, también impulsaron algunas propuestas vinculadas a reformas impositivas tendientes a incentivar la natalidad (Soloway, 1995).↵








