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5 Naturaleza y crianza en una sociedad de normalización

El tratamiento biopolítico dado a la maternidad en Argentina permite ser leído desde el concepto foucaultiano de “normalización”, el cual, referido al proceso de regulación de la vida de los individuos y de las poblaciones, describe el funcionamiento y la finalidad del poder. De ahí la necesidad de ahondar en las características presentadas por nuestra sociedad de normalización, teniendo presente el funcionamiento integrado de la ley a la norma y el sistema jurídico con el médico (Castro, 2011, pp. 281-282).

Partiendo de esta mirada, corresponde, pues, recordar la profunda inclinación de las elites locales hacia la adopción de políticas semejantes a las europeas y estadounidenses en diversas materias, entre las cuales las innovaciones planteadas desde esos lugares fueron adoptadas aquí sin mayores debates. Esta característica ideológica contribuyó, como anticipamos, a la conformación de un ambiguo discurso eugénico donde se mixturaron ideas de las cuales en algunas se daría preeminencia al factor naturaleza (o, para ser más precisos, genética) y en otras se consideraría más trascendente intervenir sobre la crianza (factor denominado “ambiental”). Ambas estrategias mixturadas sirvieron de base, y actuaron sinérgicamente, para organizar el impulso a una maternidad en la cual la responsabilidad de la mujer en la mejora de la raza ocuparía un lugar protagónico. De manera que, recuperando los fundamentos esgrimidos en la polémica suscitada hacia 1874 entre Francis Galton y Alphonse de Candolle respecto al eventual predominio de una u otra de las variables nature y nurture en el favorecimiento buscado, se organizaría en el país un pensamiento hibridado, sustentado en la necesidad de compatibilizar doctrinas opuestas.[1] En efecto, si liberalismo y medidas intrusivas en la vida privada resultaban tan incompatibles entre sí como catolicismo e intervención en los cuerpos individuales y en la sexualidad, en algunos contextos, como el local, se requirió de conjugar tesis geneticistas con ambientalistas.

En este sentido, corresponde traer a la memoria las hipótesis centrales de la eugenesia, en cuanto parten de una incansable búsqueda de individuos dotados de características preconcebidas como deseables, en una lógica inscripta en la dicotomía normalidad-anormalidad inclusiva tanto de los actualmente enfermos, como de quienes se prevé, desde la dicotomía salud-enfermedad, capacidad genésica de procrear enfermos. Sin embargo, como es sabido, el tema de la normalidad en biología no constituye una cuestión menor. Esta noción, según algunos pensadores, subyace aun en la tesis de Darwin, quien no concibió la adaptación sin relación con la normalidad; la normalidad de los seres vivos era, para el autor de El origen de las especies, “aquella cualidad de la relación con el medio que permite a estos seres permitir a su vez, a través de las variaciones individuales de sus descendientes, nuevas formas de relación con un medio nuevo, y así sucesivamente” (Canguilhem, 2005, p. 167). Sería, no obstante, en la eugenesia donde el concepto de “normalidad” alcanzara mayor notoriedad. De ahí que, en la ciencia del cultivo de la raza, los pares antitéticos influidos por una fuerte carga valorativa normalidad-anormalidad y salud-enfermedad jueguen de manera caprichosa en las dimensiones presente-futuro, hasta articular un engranaje cuya debilitada lógica científica requiere de manera imprescindible la búsqueda de sustento en el mandato de la autoridad, es decir, Dios, el gobernante o las elites ilustradas. Y en este simbiótico ensamblaje entre poder y saber, será el poder –al cual, precisamente, ese particular saber denominado eugenesia le debe su legitimidad– el que oriente la dirección a seguir por la disciplina galtoniana para retroalimentar, a la vez, la legitimación de las decisiones políticas sobre el cuerpo.

Considerando, pues, desde esta perspectiva, que la determinación concreta de los indicadores más eficaces para evaluar el grado de normalidad o anormalidad no es sino la resultante de valoraciones culturales, puede inferirse que, a mayor estratificación social, más significativas serán las influencias ejercidas por las elites intelectuales y políticas para definir esos rasgos. Entonces, si el concepto de “normalidad” en sentido eugenésico (no como ausencia de enfermedad, sino como dotación de nobles cualidades cuya transmisibilidad hereditaria resulta deseable) tiene su génesis en el contexto del poder –y se halla imbricado con él–, resulta ineludible ahondar en ciertas características de este para comprender a aquel. Características que, además, incidirían en la elección de recursos argumentativos en el contexto de justificación de determinada tesis.

Así, y deteniéndonos en la ansiedad predictiva como rasgo constitutivo de la eugenesia, se advierten los dos caminos desde donde se han articulado imputaciones más o menos determinantes, diseñándose mecanismos para enmarcarla y satisfacerla. Nos referimos, claro está, al peso otorgado por el poder a la influencia de lo heredado (nature) o de lo ambiental (nurture). Herencia y contexto constituyeron, entonces, sendos pilares que permitieron construir sofisticados marcos interpretativos de rasgos anatómicos, psicológicos o funcionales, calificados culturalmente como valor o disvalor. En este plano, y sin solución de continuidad, encontramos tanto a la eugenesia, en general, como a su vertiente biotipológica, en particular. De manera que la vieja polémica decimonónica, lejos de ser superada, coadyuvaría a la demarcación, profundizada con el devenir del siglo XX, entre sendas vertientes eugénicas, que, más allá de su calificación como geneticistas y ambientalistas, pueden ser identificadas con las denominadas “eugenesia anglosajona” y “eugenesia latina”, respectivamente. A su vez, se advierten en nuestro medio hibridaciones demostrativas de disputas de poder dadas en el interior del campo local, en las cuales subyacía una evidente preocupación de sus integrantes en torno al espacio disciplinar detentado por la medicina y el derecho en los programas de mejora de la raza. En este sentido, la recepción de la eugenesia en el país, producida en las primeras décadas del siglo XX, coincide con la consolidación de las disputas entre médicos y juristas, tanto en el área de la higiene como de la criminología, fundamentalmente a partir del impacto generado en el ámbito local por la teoría lombrosiana del criminal nato. Sin embargo, la eventual conversión de los médicos en jueces, afianzada a partir del énfasis dado al determinismo absoluto de la biología, dejaba traslucir la incapacidad de los primeros para realizar una acción reformadora del medio social. De ahí que resultó necesaria una reevaluación de la teoría de la degeneración congénita promoviéndose de manera complementaria la teoría de la regeneración adquirida, desde donde se sostuvo que, por ejemplo, en la etiología de las enfermedades mentales el medio era tanto o más importante que la herencia (Salessi, 1995, pp. 264-265).

De esta forma, fue adquiriendo mayor entidad un discurso eugenésico tendiente a resaltar la influencia del medio en cuanto modelador de la carga genética, que influyó en la creación y fortalecimiento de la tesis del biotipo mítico argentino, en el cual serían, además, bien delimitados los prototipos de género: varón y mujer. Asimismo, una mirada bipolar –herencia y medio, o genética y ambiente, o naturaleza y crianza, o medicina y sociedad– permitió a galenos y abogados encarar un proyecto conjunto, aunando enfoques, esfuerzos y estrategias, de manera que se generó un espacio fundamental caracterizado por el ensamblaje entre biología y política, en coincidencia con las previsiones hechas por la fórmula eugénica. Una integración teórico-práctica entre las ciencias de la vida y las ciencias de la sociedad que ampliaría el universo de los legitimados para el ejercicio del control social de base biológica. Esto explica, en parte, la conformación de un campo eugénico local integrado, de manera asociada, por representantes de la medicina y el derecho. Esta disputa permitió, a la vez, la integración entre los espacios disciplinares involucrados, la cual quedaría emblematizada en dos figuras clave del campo local. Nos referimos a los ya mencionados Arturo Rossi y Carlos Bernaldo de Quirós.

Rossi era un médico seguidor de la teoría constitucionalista enunciada en la época de Hipócrates y Galeno, que luego fuera actualizada merced a la Escuela Italiana de Aquiles de Giovanni, Giacinto Viola y Nicola Pende (Rossi, I, 1944, p. 14). El fundador y director del Instituto de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social de Buenos Aires (1931) era un aventajado “discípulo argentino del maestro Pende” (Rossi, I, 1944, p. 39), con quien tanto él como su padre mantuvieron estrechos vínculos. Fruto concreto de estas relaciones lo constituye la traducción del italiano al español –realizada por Rossi junto a Donato Boccia– del Tratado de Biotipología Humana individual y social, publicado en Barcelona por el endocrinólogo fascista (Pende, 1947).

Por su parte, el abogado Carlos Bernaldo de Quirós, sin perder de vista al endocrinólogo italiano, trataría de ensamblar su tesis con la del psiquiatra franquista español Antonio Vallejo Nágera, haciendo prevalecer más fuertemente que Rossi los principios de la doctrina tomista. De ahí que Quirós creyera encontrar una eugenesia ambiental en el paso de una eugenesia genetista, una variación evolutiva propia de la disciplina.

Ahora bien, siendo ambos referentes de la integración de la eugenesia a sus respectivos campos profesionales, cabe advertir una mayor tendencia del cuerpo médico a inclinarse por la inevitabilidad de lo heredado, y una mayor tendencia de los representantes del campo jurídico a ver al entorno como potencial corrector de conductas perniciosas. Ambos sesgos, confluyentes en la ortodoxia eugénica local, convivieron pacíficamente en el campo. En efecto, Rossi rescataba la complementariedad entre la biometría de Galton y la biología de Mendel, subrayando, a la vez, el valor fundamental que tenía para el biotipólogo el diagnóstico de la herencia. Así, afirmaba que la herencia era la base esencial de la medicina social y de la eugenesia, toda vez que la concepción disgenésica y la continuidad hereditaria podían convertir a la familia y la sociedad en un “conjunto humano débil, pobre y abyecto, incapaz de realizar sus destinos, estorbados por el estigma ancestral que se manifiesta por la invalidez o la enfermedad” (Rossi, I, 1944, pp. 109-110). Una carga hereditaria que, empero, también admitía su lectura como el producto resultante de la mixtura entre genética y ambiente, tal como lo hace Rossi cuando apela al valor eugénico o disgénico de la influencia del entorno, fundamentalmente en lo que respecta al ambiente que rodea a la madre gestante, a quien era necesario proteger de “la acción del alcohol o de radiaciones cósmicas sobre los genes” (Rossi, I, 1944, p. 108). Rossi llega a afirmar, de manera contundente, que la acción de los genes y sus efectos hereditarios, así como su potencialidad, estaban subordinados al ambiente en el que actuaban luego de la fecundación del huevo, idea que cerró con la consigna de que herencia y ambiente eran “elementos indesglosables, constituyentes del fenotipo” (Rossi, 1944, p. 117).

Desde esta óptica, si bien la postura de Rossi le otorgaba cierta prevalencia a la herencia por sobre el ambiente, destacaba, a la vez, la conveniencia –avalada por la autoridad de Pende– de “escoger una vía de término medio, justipreciando en todo su valor tanto el factor puramente hereditario como el puramente ambiental, o sea el genotípico y el paratípico, en la génesis fenotípica individual” (Rossi, I, 1944, p. 123). De ahí que su versión de la eugenesia debiera fundar sus conclusiones en los principios y reglas de la herencia biológica de los caracteres, para aplicarlos “como lógica consecuencia, a la perfección de la especie, es decir, de la raza, mediante la generación seleccionada y la eliminación de los incapaces y de los ineptos” (Rossi, I, 1944, p. 129). Sin embargo, esta apelación de Rossi a la influencia del factor ambiental, lejos de constituir un planteo optimista que viera que las modificaciones en el entorno permitían mejorar las cualidades de los individuos, se sustentaba sobre un fundamento teórico caracterizado por un fatalismo irreversible. Rossi sostenía que el ambiente en el cual nacía el nuevo ser era determinante en su futuro, no solo social, sino biológico y psíquico. Así, no resultaba indiferente para el individuo haber nacido “en un ambiente hogareño”, lleno de lujo y comodidad, en una sala de maternidad, en la casa humilde pero confortable del obrero o del campesino, o “en la inmunda barraca del barrio bajo donde todo traduce la falta absoluta de los elementos más indispensables para el desenvolvimiento normal e higiénico de la vida”. Tampoco lo era “el haber nacido y crecido en una familia rica o pobre, en la abundancia o en el pauperismo, en la higiene o en la suciedad”, o ser hijo “legítimo, natural o ilegítimo” (Rossi, I, 1944, p. 179).[2] De manera que el hijo era considerado algo más que el fruto de las entrañas de su madre, era visto como el resultado del ambiente familiar en que daba sus primeros pasos y balbuceaba sus primeras sílabas cuando aún no tenía conciencia de su propia personalidad; influencia ambiental que se acrecentaba cuando adquiría percepción de su existencia y el hijo advertía “las circunstancias reprobables de su origen”, por lo que se conformaba en él un complejo de inferioridad que tendría una “indiscutible resonancia física” (Rossi, I, 1944, p. 179). Al respecto, este médico adoptaba la tesis del belga de adscripción neolamarckiana, René Sand,[3] referida a la “herencia social” del individuo, desde donde el argentino procuró dar legitimidad a su idea de la diferencia entre dos profesionales, de los cuales uno de ellos era, a su vez, hijo de un profesional universitario que le habría inculcado desde pequeño el amor por su carrera, y el otro, un selfmade man proveniente de un hogar humilde. Para el primero, su adaptación social a la vida sería casi insensible, pues poco le costaría esgrimir las armas que, bien o mal templadas, heredó de sus progenitores. En cambio, el segundo, estigmatizado con una tacha ancestral, acuñaría en su seno profundos complejos psíquicos que devendrían, tarde o temprano, en problemas relacionales y sociales con implicancias eugenésicas (Rossi, I, 1944, p. 185). Según el discípulo de Pende en la Argentina, en el propio psiquismo de estos últimos se daba una especie de lucha, toda vez que llevaban a cuestas un “sentimiento de inferioridad”, originado durante el tiempo de la infancia, que los dotaba de un “afán de dominio o poderío” exacerbado por ellos mismos para contrabalancear ese complejo. Actitud motivada para evitar la manifestación de un estado de neurosis latente que emergía cuando no se lograba equilibrar estas dos fuerzas en función del “sentimiento de comunidad”. De ahí, se pregunta: “¿Cómo no admitir entonces que existe una profunda diferencia entre el profesional universitario, hijo de progenitores intelectuales o acomodados, y aquel otro cuyo tronco familiar radicó en un hogar humilde o proletario?”. Y advirtiendo sobre las dificultades originadas por “el querer salirse de su propia profesión o ambiente para adaptarse a una vida nueva”, remarcaba que la profesión y la posición social desempeñaban un valor de indiscutible importancia en la génesis y el desenvolvimiento de la constitución individual (Rossi, I, 1944, pp. 185-186).

A su vez, según Bernaldo de Quirós, existían dos tendencias complementarias para medir la dimensión eugénica: la biológica y la sociológica, originadas en la evolución del concepto mismo de la ciencia del cultivo de la raza, de su extensión y su legitimidad. A partir de sostener que primitivamente la herencia patológica era de “causalidad biológica pura”, advertía que ya hacia principios del siglo XX la doctrina era conteste en afirmar que “todo lo que producía la herencia desde el punto de vista patológico lo podía producir también el medio”. En sintonía con Rossi, y valiéndose, al igual que él, de la influencia de la tesis de Sand, el fundador de la Sociedad Argentina de Eugenesia diferenciaba la herencia propiamente dicha de la “herencia social” o falsa herencia o paraforia o herencia congénita, “producida por la influencia tóxica, infecciosa o meramente psíquica del medio en que se vive y el comportamiento social”. Así, a partir de una revisión de las leyes biológicas, se podía reducir a límites precisos “el fantasma de la herencia degenerativa, aquella potencia misteriosa, ciega y caprichosa de antaño, evidente foco de preocupación para médicos, biólogos, sociólogos, educadores, criminólogos y economistas. En este orden, Quirós consideraba probada, pues, la importancia de los factores psicológicos, morales y materiales, en aquellas degeneraciones hereditarias, por lo que la eugenesia adquiría “un contenido integral, una legitimidad científica, un basamento biológico, una super-estructura eminentemente social” (Bernaldo de Quirós, 1947a, pp. 5-7). Línea de pensamiento que este abogado mantuvo durante toda su extensa trayectoria, señalando, aun una década después, que la aspiración de una herencia óptima o eugenésica debía ser el resultado de un proceso previo pensal, conductal, moral, vital de dos personas ya “humanizadas, es decir: sanas, instruidas, conscientes y responsables”, de donde, según él, la herencia tenía una base genética o estructura genotípica, detentando también, no obstante, una “superestructura psicosocial (económica, educacional, moral, política) y biofísica”, o sea, “genotípica, paratípica y fenotípica, equivalente a herencia, medio ambiente, educación y vida” (Bernaldo de Quirós, 1957, pp. 15-16). En este sentido, la eugenesia integral positiva (tal el nombre con que designaba Quirós a su tesis) debía tener en cuenta una serie de factores que influirían decididamente en el logro de sus fines. Y, por ende, en su organización disciplinar resultaba menester administrar diversas medidas orientadas a aplicarse en las más variadas esferas de la vida privada. Ellas abarcaban un amplísimo espectro de ámbitos a custodiar en pos de la patria, entre los que se puede señalar la lucha contra la prostitución, la ilegitimidad, la vagancia, la fatiga, la ignorancia, las enfermedades degenerativas, el pauperismo, la delincuencia, la explotación, la esclavitud, la tuberculosis, el alcoholismo, los estupefacientes, el mal venéreo, la inmoralidad, el charlatanismo, la desocupación y la vivienda mórbida. Y fomentar, en paralelo, la formación de la conciencia eugenésica, individual y social, la continencia sexual, la educación sexual eugenésica, la educación demoeugénica, la educación para el matrimonio y la familia, los exámenes prenupciales y los certificados de salud, los exámenes médicos periódicos, el registro sanitario nacional, el derecho de nascencia eugénica, el cultivo de la “profesión” humana en todo el período de la prescolaridad. Para fortalecer estos objetivos, se requería contar con una buena ley de maternidad e infancia, así como de lactarios, de trabajo digno, de juegos infantiles y ejercicios y, fundamentalmente, de armonía social (Bernaldo de Quirós, 1957, p. 20).

De esta forma, a partir de un discurso inclusivo de variables tan disímiles como ingobernables, gestionadas (o pretendidamente gestionadas) muchas veces mediante intrusiones en la vida privada, la tesis de Quirós subsistió y logró consolidación institucional, luego de la Segunda Guerra Mundial, ya una vez conocidos los horrores del nazismo generados desde la eugenesia. Precisamente sobre la cuestión, cabe destacar que Arturo Rossi sostuvo, en coetáneo con la implementación de la eugenesia hecha por Hitler, que el estudio del racismo no era “ni tan simple ni tan privado de fundamentos científicos como muchos por ignorancia pretenden”, y que constituía “un problema social”, actualizado en atención a las “vicisitudes de la historia, pero fundamentalmente es un argumento esencialmente biológico –o si se quiere de biología social o sociología política– (Rossi, I, 1944, p. 237). Por su parte, la reacción de Bernaldo de Quirós respecto al régimen europeo resultaría demasiado tardía. En efecto, recién en 1957 se expresaría de manera elocuente contra la tesis eugénica de base geneticista. Según él, desde Galton (muerto en 1911) hasta aquel año, habría primado el concepto de que la herencia “era la causa de las causas en la degeneración humana”. Y sobre esta falacia se había aconsejado favorecer la multiplicación de los superdotados y proclamado la influencia exclusiva del factor raza en la evolución, rechazando el cruzamiento entre razas y tipos inferiores, considerados una desgracia para los Estados. Así, denunciaba Quirós, “todos los pueblos de Europa y América se inspiraron en esos conceptos, menos la Sociedad Argentina de Eugenesia (de Buenos Aires)”, entidad, como vimos, creada por él; “y ellos no han sido ajenos, asimismo, a otras teorías totalitarias de los últimos años, como las de Hitler en Alemania, Mussolini en Italia y Stalin en Rusia” (Bernaldo de Quirós, 1957, p. 15).[4]

No obstante, y pese a estas expresiones, el distanciamiento de Pende no fue tal; en efecto, se advierten, páginas más abajo del mismo texto, las expresiones de orgullo con las que se remarca la influencia del italiano en la eugenesia integral positiva planteada en la Argentina. En esta sintonía, Quirós destaca la valía de la moderna biotipología (de Pende) que completaba la antropología, estudiando al hombre, a partir de una estructura piramidal, donde la base sería el patrimonio hereditario y cuyas cuatro caras estarían compuestas por la cara morfológica (masa corporal global, proporciones de largo y ancho, tonismo y caracteres raciales dominantes), la dinámico-humoral (grupo sanguíneo, temperamento o modo de ser u orientación neurovegetativa, energía y velocidad funcionales, fórmula endócrina, irritabilidad o estabilidad, la metéreosensibilidad y la diátesis morbosa dominante o terreno patológico congénito o constitución premorbosa, como en el tuberculoso), la moral o carácter y modo de actuar (esferas instintiva y sentimental, biotono psíquico, emotividad, velocidad en las reacciones, velocidad del autodominio, criticismo, intra y extraversión personal), y la intelectiva, vinculada con parámetros de atención, memoria, concentración mental, inteligencias fantástica, concreta, abstracta e inventiva, imaginación, pensamientos sintético y analítico, intuición y lógica. El vértice de la mencionada pirámide sería la “síntesis vital total de la personalidad” (Bernaldo de Quirós, 1957, pp. 24-25).

Se advierte así que las discursividades provenientes de sendas instituciones eugénicas representativas de la ortodoxia del campo, es decir, la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (encabezada por Rossi) y la Sociedad Argentina de Eugenesia (gestionada por Quirós), estuvieron caracterizadas por hibridaciones teóricas entre herencia y ambiente, que, lejos de constituir una excepción, conformaron la regla que caracterizó al campo eugénico argentino del período. Asimismo, existían fundamentales coincidencias entre ambos sobre los planteos educativos. En este contexto, Rossi propició estudiar, al lado de una eugenesia biológica, una eugenesia jurídica y social, puesto que las consideraba a ambas complementarias e indispensables desde el punto de vista integral en que la teoría eugénica debía ser encarada. El mejor ejemplo de esto lo constituía, para él, la Escuela de Biotipología del Instituto Nacional de Biotipología y Materias Afines, donde ambas eugenesias se dictaban en cátedras separadas pero sincronizadas dentro de una necesaria unidad de criterio. Allí convivían Samuel Madrid Páez, profesor de Eugenesia Biológica, y el mismísimo Carlos Bernaldo de Quirós, a cargo de la cátedra de Eugenesia Jurídica-Social. Este último también se valdría de análogos argumentos que los que utilizó Rossi al fundar la Sociedad Argentina de Eugenesia, caracterizándola como una sociedad que, destinada a profundizar las indagaciones sobre la ciencia de Galton, y estando dotada de finalidades tan humanas y superiores, partía del concepto, absolutamente cierto, de que tanto la influencia de la herencia biológica, cuanto la influencia material y moral del ambiente eran realidades estadísticas en la evolución del individuo, y de que todo lo que podía hacer la herencia en sentido peyorativo también lo podía producir el medio social (Bernaldo de Quirós, 1947b, p. 2).

Las interrelaciones entre sendos sectores de la ortodoxia eugénica argentina denotan una especie de integración epistemológica del constitucionalismo pendeano con las tesis de Antonio Vallejo Nágera. En ambos, tanto la herencia como el ambiente eran trascendentes en la conformación de la raza, y era menester, según el español, sumergir al individuo de manera continua en una atmósfera sobresaturada de moralidad y a “gran tensión ética, con el objeto de que sus emanaciones se [incrustrasen] en el fenotipo y se [transformasen] en fuerzas instintivas susceptibles de transmitirse hereditariamente” (Álvarez Peláez, 1998: 93).

Así, la reactualización en el ámbito local de la polémica nature vs. nurture (y su solución merced a una básica interpretación integradora) no hizo más que pretender otorgar legitimidad a un discurso sustentado en un marcado determinismo, ya genético, ya ambiental, en el cual los conceptos de normalidad-anormalidad y, por ende, salud-enfermedad fueron conformados a partir de una intencionada lectura de la sociedad y asentados, en consecuencia, en los beneficios coyunturales que la exclusión-inclusión de tal o cual sector le proporcionara al establishment. Y, precisamente, en esa conjunción herencia y medio intentada desde el poder médico y jurídico, ergo también religioso, el control de la mujer y su maternidad ocuparía un lugar protagónico. En efecto, a partir de la instalación de dispositivos biopolíticos de control de su herencia, y, más aún, de su ambiente, se pretendía asegurar la salud física, moral, espiritual y política de la progenie, con la mira puesta en la patria. Una patria en la cual la orientación sexual hétero era la considerada normal, es decir, la norma, mientras que la homosexualidad, vista indefectiblemente como patológica, o sea, anormal, era atribuida al factor hereditario (ya sea genético o ambiental, o a ambos en conjunto) y entendida como una desviación de la normalidad, y se recomendaba evitarla a cualquier costo, también en nombre de la patria.[5]


  1. El referido debate decimonónico puede sintetizarse en la postura de Galton respecto a que, si bien “la educación podía compensar una situación de dotes naturales estacionarias o incluso en retroceso”, sus investigaciones con historiales de gemelos probaban, según él, “la vasta preponderancia de los efectos de la naturaleza sobre los de la crianza”. Contrariamente, el botánico Alphonse Louis Pierre Pyrame de Candolle remarcaba la importancia de los factores ambientales en el desarrollo de los organismos vivos (Álvarez Peláez, 1988, p. 126).
  2. Ver Miranda (2017).
  3. Sand, uno de los fundadores de la Sociedad Eugénica de Bélgica, publicó en París (1941) su obra principal, editada en Argentina dos décadas más tarde por la Editorial de la Universidad de Buenos Aires bajo el título La economía humana (Sand, 1961).
  4. La cursiva es de Bernaldo de Quirós.
  5. En la materia, existen marcados puntos de contacto con las discusiones habidas en el mundo ibérico sobre la influencia de los tópicos herencia/ambiente en la homosexualidad. Ver: Cleminson, (2008), Cleminson y Vázquez García (2007) y Vázquez García y Cleminson (2011).


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