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8 En torno a la segunda edición
de El Libro de las Madres

Con la cita “El futuro del niño es siempre obra de una madre”, atribuida a P. M. Fontana, se inicia la portada de la segunda edición del emblemático texto El Libro de las Madres (Aráoz Alfaro, 1922). Este libro recibiría cálidos elogios que destacaban su utilidad para innumerables hogares, considerándoselo por ello una guía para la crianza de los niños (Garrahan, 1951, p. 50). Presenta, en la edición ahora analizada, sustanciales modificaciones que, más allá de estar concentradas formalmente en el primer capítulo, implican en sí mismas un cambio más radical en relación con la perspectiva de análisis de su antecesora.

A su vez, al tiempo de esta nueva versión, su autor detentaba meritorios antecedentes curriculares, entre los cuales puede mencionarse que era profesor titular de la Facultad de Medicina de Buenos Aires y miembro de la Academia de Medicina, jefe del Servicio de Niños del Hospital Ramos Mejía, exdirector de los Consultorios del Patronato de la Infancia, miembro honorario de la Academia de Medicina de Río de Janeiro, miembro correspondiente de las Academias de Medicina de México, Caracas y Lima, miembro de la Sociedad Ginecológica Española, de las Sociedades de Pediatría de Madrid y de Montevideo, entre otros cargos y honores, en cuyo desempeño siempre privilegió la ciencia de Galton (Aráoz Alfaro, 1922, s/d). Tal como hemos referido antes, la mayoría de sus inquietudes –plasmadas en la gestión pública y privada, así como en diversos reconocimientos académicos– estuvieron focalizadas en la higiene infantil y la puericultura, constituyéndose en uno de los más acérrimos defensores de la trascendencia de la madre desde el plano familiar hacia el ámbito social. Precisamente, en este sentido confluirían sus intereses epistemológicos, que se integraron en la segunda edición de El Libro de las Madres mediante una significativa particularidad: la incorporación al texto de 1899 de un nuevo capítulo, ubicado en primer lugar, denominado “Preparando el porvenir-Algunas palabras sobre higiene preconcepcional y eugénica” (Aráoz Alfaro, 1922, pp. 1-5). En esta reformulación de su tradicional obra, quedaría incorporada de manera expresa al concepto de gestión pública de la maternidad una consigna excedentaria de la higiene individual para procurar el control poblacional de las generaciones venideras.

Sin embargo, hay que destacar que estas cuestiones ya estaban en ciernes en el texto de 1899, en cuanto su autor se dirigía a las madres como depositarias de esa “fuerza obscura y latente hoy, visible y poderosa mañana”, denominada “niño”, puesto que ellas debían modelar “esa blanca masa que, tanto en la organización física como en la textura moral definitivas depende, generalmente, del impulso de los primeros años”. Las madres, “aleccionadas y dirigidas” por el médico, “mentor autorizado de la familia y de la sociedad”, eran quienes podían darnos “gérmenes sanos y vivaces de que la Escuela y el Estado [sacarían] más tarde el hombre fuerte de físico, sano de alma, flexible y abierto de inteligencia”. De esta manera, el autor reforzaba la responsabilidad materna en la fructificación o no de la “semilla” ínsita en el libro, “pequeño y sencillo en sí mismo, grande y noble en sus anhelos” atento a su carácter de “humanitarios y patrióticos” (Aráoz Alfaro, 1922, prefacio de la primera edición, s/d).

El autor se encarga de explicitar su acercamiento a la disciplina victoriana, resaltando la necesidad impostergable de enfocar la cuestión de la maternidad desde la óptica de la eugenesia, “nueva ciencia destinada a asegurar la salud y la belleza de las generaciones venideras” (Aráoz Alfaro, 1922, p. XI). Advirtió, además, sobre la necesidad de que la nación realizara un proceso selectivo de los futuros progenitores, evitando la reproducción de quienes tuvieran enfermedades manifiestas, taras ocultas o anomalías físicas o mentales, que fueran capaces de transmitirse por herencia o de dar origen a seres débiles, valetudinarios o atrasados; y sostuvo sus ideas, ahora con mayor énfasis que otrora, merced a una invocación explícita a la eugenesia (Aráoz Alfaro, 1922, p. 1). Recomendaciones que adquieren relevancia si y solo si recordamos la ausencia de control estatal sobre las uniones legítimas desde donde prever una reproducción humana también legítima, puesto que hacia 1922 aún no estaban legislados en la Argentina los impedimentos matrimoniales de orden eugénico, requiriéndose aguardar algunos años más para su instauración efectiva.[1] Ni el Código Civil originario (promulgado en 1869 y puesto en vigor en 1871) ni la Ley de Matrimonio Civil, sancionada en 1888, obligaban a la presentación de certificado médico prenupcial para la celebración de un matrimonio válido; recaudo cuya imposición sería sostenida tempranamente por el prestigioso higienista Emilio Coni, quien intentó instrumentar estas ideas al menos desde la primera década del siglo XX. En efecto, Coni ya estaba dispuesto a proponer la exigencia de un certificado médico de aptitud nupcial durante su participación en el Cuarto Congreso Científico y Primero Panamericano, celebrado en Santiago de Chile, hacia fines de 1908. La iniciativa de Coni (retirada antes de la votación por discrepancias con un delegado extranjero) procuraba que la Ley de Registro Civil prescribiera a ambos contrayentes la presentación de un certificado de salud firmado por un facultativo, que acreditara que al momento de efectuarse el matrimonio no padecían ninguna tara física importante que les impidiera celebrarlo, entre las cuales mencionaba alcoholismo, sífilis, blenorragia, tuberculosis y cáncer (Coni, 1918, pp. 617-619).

El anclaje de estas ideas estaría basado en su ostensible preocupación por la disciplina inaugurada por Pinard, lo que condujo a Coni a publicar un texto –casi de manera coetánea con la reedición de El Libro de las Madresen el cual expuso, de manera muy crítica, las vicisitudes por las que había pasado la protección materno-filial en la Argentina. En él remarcaba, a la vez, su interés en la inclusión, por parte del Consejo Nacional de Educación, de cursos de puericultura en la enseñanza femenina, considerando esta formación como indispensable en las mujeres (Coni, 1921, p. 8). No obstante, en las páginas de este texto queda denotada la fuerte decepción experimentada por Coni ante la poca trascendencia adquirida por sus iniciativas planteadas ante el Patronato de la Infancia, circunstancia que lo induce a publicar una carta abierta ubicada en el apéndice del trabajo de 1921, dirigida a su joven colega brasileño, A. Moncorvo Filho, a la sazón hijo de otro pediatra amigo de nuestro higienista, quien, inspirado en la obra argentina, fundó el Instituto de Protección y Asistencia de la Infancia, en Río de Janeiro. Coni, visiblemente molesto por la situación, relató su crítica impresión de que los diversos directivos del Patronato de la Infancia, que se sucedieran durante 28 años, o bien “no [habían] sabido o no [habían] querido sujetarse al plan aprobado por una comisión competente de higienistas, demógrafos y sociólogos”; plan que, en cambio, fuera “realizado al pie de la letra por los Estados Unidos de América” (Coni, 1921, p. 138).

Más allá de esto, la ausencia de un dispositivo legal comprensivo de las diversas cuestiones vinculadas a organizar la maternidad y la infancia desde la perspectiva eugénico-biotipológica predominante en el país condujo a diversos representantes del establishment a aportar ideas al respecto. En este sentido, se encuentra la propuesta de Aráoz Alfaro de incentivar una especie de acuerdo tácito entre los novios y las familias a los efectos de consultar a sus médicos habituales respecto a la “posibilidad o conveniencia del casamiento y aun someterse a especial examen cuando aquellos lo crean necesario. ¡Cuántos amargos sufrimientos podrían así evitarse!” (Aráoz Alfaro, 1922, p. 2). En efecto, el autor de El Libro de las Madres se constituiría en un férreo propulsor de una incipiente campaña en favor de legislar impedimentos matrimoniales de orden eugénico, entre los que pretendió incluir desde la tuberculosis en actividad, las enfermedades orgánicas y avanzadas del corazón y las arterias, los tumores malignos, las anemias graves, el alcoholismo y las afecciones mentales serias, hasta las afecciones venéreas no curadas, males que sostenía debían ser considerados una “causa disolvente del matrimonio, una causa de divorcio si, ocultadas anteriormente, fueran descubiertas después de consumado aquél” (Aráoz Alfaro, 1922, p. 3). Asimismo, este abordaje de la cuestión de la selección matrimonial de impronta eugénica en un libro destinado a la maternidad le permitiría al autor reforzar su listado de impedimentos para quienes tuvieran “defectos físicos grandes”, mencionando entre ellos a los enanos y contrahechos, a los que recomienda abstenerse de tener sucesión, así como los que sufrieran “taras mentales manifiestas, sin llegar a ser verdaderas enfermedades (impulsivos, hipocrondríacos, etc.)”. Y, si bien en tales casos existía la posibilidad de una descendencia “feliz y normal”, había “muchas probabilidades de que, en parte al menos, [fuera] anormal, inferior, atrasada o netamente enferma” (Aráoz Alfaro, 1922, p. 4).[2]

Sin embargo, otro sería el tratamiento dado al siempre cuestionado matrimonio entre parientes, instando a dejar según criterio del médico de la familia la consideración, en cada caso en particular, respecto a la conveniencia de esas uniones consanguíneas (Aráoz Alfaro, 1922, p. 5). De aquí podría hipotetizarse que el compromiso eugénico de este médico lo condujo a exacerbar la característica endogámica a la cual, en definitiva, tiende la ciencia de Galton.

Finalmente, el nuevo capítulo sobre eugenesia agregado en la segunda edición de El Libro de las Madres concluye ocupándose de otras problemáticas a tener en cuenta antes de la celebración del matrimonio, entre las cuales ubica a los factores económicos. En este sentido, afirma que, para “producir niños sanos y bien desarrollados”, se requería un mínimo de tranquilidad y seguridad, puesto que “la excesiva estrechez, las privaciones continuadas y las angustias constantes” ocasionaban en los padres, y “especialmente en la madre”, trastornos nerviosos que repercutían, a menudo, sobre el producto de la concepción, lo que originaba en él “debilidad, insuficiente desarrollo, cuando no [determinaban] su nacimiento prematuro o su muerte antes del parto” (Aráoz Alfaro, 1922, p. 5).[3]

En cuanto al éxito editorial de esta nueva versión, cabe señalar que esta seguiría la buena suerte de su antecesora, detentando excelente repercusión en Europa. Así, por ejemplo, una publicación madrileña de gran impacto en el Viejo Continente destacaba la atinada incorporación en el texto de un capítulo sobre eugénica (El consultor bibliográfico, 1925, p. 501). Y, a su vez, la gestión institucional de Aráoz Alfaro, tanto en el país como en el exterior, sería también un coadyuvante para fortalecer su reconocimiento como autoridad nacional e internacional en materia de cuidados de la madre y el niño en favor de la raza. Al respecto, cabe recordar que en el ámbito público fue presidente del Departamento Nacional de Higiene durante los períodos 1918, 1923-1928 y 1930-1931, y, en el ámbito privado, participó en instituciones científicas locales de renombre. Asimismo, en ocasión de su intervención en la Tercera Conferencia Sudamericana de Higiene y Reunión de Pedagogía, celebrada en Montevideo en 1923, insistiría en su postura de acercar hasta llegar a indiferenciar la higiene y la eugenesia, considerando a esta última como aplicación de la “síntesis de todos los conocimientos etiológicos, patogénicos y nosográficos” que conformaba la higiene. En la misma sintonía, sostuvo que la eugenesia, en cuanto rama nueva de las ciencias sociales, no era bacteriología, ni parasitología, ni patología general y patologías especiales puras, sino que era todo eso y más, pero aplicado directamente al objeto de prevenir las enfermedades, de evitar todo daño al organismo humano, alejando todo obstáculo al crecimiento vigoroso y feliz de la planta humana y concurriendo a mejorar, a fortalecer, a perfeccionar la estirpe en las generaciones futuras (Aráoz Alfaro, 1923, p. 345). A su vez, también durante ese año tendría lugar la Primera Conferencia Panamericana de la Cruz Roja, evento que, previsto en sus inicios para llevarse a cabo en Caracas, luego fue realizado en Buenos Aires. La delegación de la Cruz Roja Argentina estuvo integrada, entre otros, por Gregorio Aráoz Alfaro, quien tendría a su cargo la Comisión de Sanidad y Asistencia Social (Lozano, 1932, pp. 48-49). Y, poco tiempo después, este médico tucumano gestionaría ante el presidente de la nación, Marcelo Torcuato de Alvear, la creación de la Dirección de Eugénica, Protección y Asistencia de la Infancia, dependencia que, luego de creada, recibiría el nombre de Dirección y Asistencia de la Infancia (Aráoz Alfaro, 1947, p. 12).

La convicción de Aráoz Alfaro de la necesidad de administrar conjuntamente eugenesia y maternidad para el bien de la patria tendría una nueva expresión en un discurso dado en 1924 en el Instituto Popular de Conferencias. En la ocasión, refiere que los principios eugénicos debían presidir la denominada “puericultura prenatal”, tarea en la cual resultaba fundamental propiciar la “unión de ascendientes escogidos”, por una parte, mientras que, por la otra, impetraba evitar los factores desfavorables de origen hereditario y ambiental. Y, como medida para incentivar la protección de la infancia desde antes del nacimiento, insistía en su recomendación sobre el dictado de leyes que impidieran, a semejanza de lo hecho en Estados Unidos, “la unión de seres enfermos, viciosos o tarados, capaces de hacer pesar su desgraciada influencia sobre las futuras generaciones” (Aráoz Alfaro, 1936d, pp. 13-14).

Signado por estas ideas, Aráoz Alfaro viajó a La Habana para participar, en carácter de delegado por la Argentina, en la Primera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura, celebrada en 1927; oportunidad en la cual, además, fue enaltecido como miembro de honor (AA. VV., 1927). Se destaca la coincidencia de este evento, en lugar y tiempo, con el V Congreso Panamericano del Niño (Miranda, 2012b). Esta Primera Conferencia de Eugenesia regional fue impulsada por un naciente panamericanismo político e impactó en ámbitos académicos y gubernamentales de diversos países americanos, los cuales no dudaron en ser allí representados. Los tres delegados de la Argentina fueron, además del mencionado Aráoz Alfaro en su carácter de presidente del Departamento Nacional de Higiene de Buenos Aires, Sergio García Uriburu, como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, y Raúl Cibils Aguirre, como presidente de la Sociedad de Pediatría y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ya por entonces, el tucumano había sido designado integrante del nuevo Consejo Directivo de la Cruz Roja Argentina, en cuanto delegado del Poder Ejecutivo Nacional, atento al ejercicio de la mencionada presidencia del Departamento Nacional de Higiene (“Segunda Conferencia Panamericana de la Cruz Roja”, 1926).

Uno de los productos más relevantes gestados en aquella reunión de Cuba lo constituye la propuesta de sancionar un Código Panamericano de Evantropía (Eugenesia y Homicultura), el cual, si bien finalmente no tuvo sanción efectiva, posee, empero, un significativo valor discursivo. En él se planteaba la instrumentación de drásticas medidas que incluían la clasificación de los individuos conforme a sus condiciones biológicas, dejando abierta la posibilidad de su eventual esterilización.[4]

Más allá de esto, y en atención al protagonismo asumido por la Argentina en el plano eugénico internacional, se designó a Buenos Aires como sede de la Segunda Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura, la cual tuvo lugar en 1934 (AA. VV., 1934). En ella, Raúl Cibils Aguirre actuaría como presidente de la Comisión Organizadora, y Gregorio Aráoz Alfaro, como vicepresidente. Nuevamente referentes de las disciplinas vinculadas a la niñez, se hacían cargo de la gestión de la raza. Pocos meses antes de su viaje a Cuba, Aráoz Alfaro intervendría, en cuanto autoridad máxima del Departamento Nacional de Higiene, en el acto celebrado en ocasión de la inauguración de la Casa del Niño en La Plata, ciudad capital de la Provincia de Buenos Aires; visita que sería muy comentada en los medios gráficos locales (“Ayer fue bendecida e inaugurada oficialmente la Casa del Niño”, 1927; “Se inauguró ayer la Casa del Niño”, 1927). No obstante, cabe señalar que este médico también se mostraba muy preocupado por enfermedades tales como la peste bubónica, el paludismo y la tuberculosis, y no constituye un dato menor la donación que le hizo a la Liga Popular contra la Tuberculosis del inmueble sito en calle 48 entre 5 y 6, pleno centro de la ciudad de La Plata, propiedad donde tenía fijado su domicilio y consultorio profesional su yerno, el fallecido médico Juan Guglielmetti, a la sazón esposo de su hija, también fallecida (“El dispensario de la Liga contra la Tuberculosis. Ha sido cedida una propiedad para su instalación”, 1927). Esta actitud fue calurosamente destacada durante la referida celebración de la Casa del Niño (“La donación de un local para el dispensario de la Liga”, 1927).

Aráoz Alfaro, quien fuera condecorado por el régimen fascista como comendador de la Corona de Italia (“Falleció el Doctor Gregorio A. Alfaro”, 1955), convalidaba su lugar, de manera cada vez más firme, en la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, organismo del cual había sido cofundador. Y cada vez estaba mejor preparado para el diseño de políticas eugénicas. En este sentido, por ejemplo, su libro Educación y política, publicado en 1929, comienza con el capítulo “La formación de un pueblo fuerte”, trabajo que, si bien constituía la transcripción de una disertación suya brindada en agosto de 1917, expresaba una marcada continuidad de ideas entre las cuales se advertía (nuevamente) la de seleccionar a los inmigrantes (Aráoz Alfaro, 1929, pp. 16-17). Este texto también incluía preceptos eugénicos, expresando su autor profundos elogios hacia la disciplina galtoniana por procurar “fijar las leyes y los principios de la perfecta generación, de la generación sin taras ni defectos, físicos o mentales, del nacimiento y crianza de seres humanos sanos de cuerpo, equilibrados de alma, claros de inteligencia”. Según él, la eugenesia, si bien tomaba sus elementos de muchas ciencias humanas, reconocía fundamental influencia de la puericultura, de la higiene y la medicina infantil, de la embriología, de la zootécnica y de la higiene y medicina generales”; de donde, teniendo en mira dirigir el futuro de la generación, era menester comenzar por la selección de los padres, excluyendo a quienes tenían taras o defectos transmisibles, asegurar a las madres el bienestar, el relativo reposo y la alegría necesarios para el feliz nacimiento y para una crianza perfecta e higiénica del niño. En esta sintonía, enfatizaba la necesidad de sancionar leyes protectoras de la maternidad y la infancia, restrictivas, a la vez, de todo lo que podía “ser perjudicial a la especie”; ello, con el objetivo de asegurar el “crecimiento armonioso y perfecto de esa frágil planta humana tan digna de interés y tan descuidada antes de ahora”. Para redondear sus ideas exclamaba: “¡Salvemos los niños, cuidémosles, cultivémosles!”, toda vez que en ellos radicaba “el secreto del porvenir”, es decir, que en el futuro nuestra suerte estaba en sus manos, y por eso creía encontrar, en definitiva, en su fuerza y en su salud la fuerza y la grandeza de la patria (Aráoz Alfaro, 1929, pp. 50-51).

Educación y política también incluye otra disertación en la cual, en 1928, Aráoz Alfaro se ocupaba del desarrollo físico y la formación espiritual de los niños; y a partir de definirse como un sostenedor de la tesis de Herbert Spencer, entendió que, para tener éxito en el mundo, había que ser, ante todo, un “buen animal” (Aráoz Alfaro, 1929, p. 66), mientras que, recuperando una tesis eugénica de sesgo hibridado, destacaba la importancia que en ese buen animal tenían la herencia, la crianza y la escuela (Aráoz Alfaro, 1929, p. 76). En este sentido, refiere que en la Argentina “los sujetos afectados por enfermedades contagiosas, los degenerados, los ebrios consuetudinarios” se casaban sin obstáculo alguno y “las pobres mujeres, (excepcionalmente los hombres), a quienes ha tocado en suerte un cónyuge de esta calaña no [tenían] ni siquiera el recurso del divorcio y [quedaban] legalmente condenados por la vida entera” (Aráoz Alfaro, 1929, pp. 77-78).

Así las cosas, autorizadísimas reflexiones de miembros del campo científico local vinculado a las ciencias de la salud, entre las cuales las de Aráoz Alfaro constituyen un referente impostergable, incorporaban a su marco la perspectiva eugénica, signada, a la vez, por su transversalidad disciplinar.


  1. El primero de ellos, el de lepra, fue reglamentado de manera muy laxa en 1926, mientras que el de venéreas quedó establecido por ley recién una década después. No obstante, la iniciativa de las consultas prenupciales optativas para ambos contrayentes, sería enfáticamente sostenida desde la Liga Argentina de Profilaxis Social, fundada en 1921.
  2. La cursiva es de Aráoz Alfaro.
  3. La cursiva es de Aráoz Alfaro.
  4. El proyecto se encuentra transcripto de manera integral en García González y Álvarez Peláez (1999, pp. 501-508).


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