Hacia comienzos de la década de 1930, el contexto argentino facilitaría la adopción de la eugenesia biotipológica, fundamentalmente a partir de la referida visita de Pende al país. Por entonces, la ortodoxia del campo afianzaba su propuesta orientada a instrumentar una serie de medidas eugénicas, denominándolas “puericultura prenatal” y “posnatal”; entre ellas, aquellas que iban desde la legislación del matrimonio y la lucha contra las enfermedades sociales, hasta los hospitales especiales, pasando por las consultas obstétricas, los hogares maternales e infantiles, las maternidades, la asistencia domiciliaria del niño y de la madre, los dispensarios de lactantes y las denominadas Gotas de Leche.
La preocupación por la madre y la futura madre constituía una cuestión capital para la protección eficaz del niño; circunstancia que habilitaba a impulsar la conformación de un marco tuitivo inclusivo de medidas eugenésicas, como el, en ese momento tan debatido, examen prenupcial (Aráoz Alfaro, 1936c, pp. 115-116). En efecto, ya en los albores de la sanción, en 1936, de la Ley de Profilaxis Antivenérea que lo incorporaba, Aráoz Alfaro difunde un texto suyo, antes publicado en el diario La Prensa de mayo de 1935. En él, insiste en ampliar las iniciativas en torno al matrimonio eugénico y la educación popular, a las que consideraba insuficientes, con la pretensión de organizar un campo de acción similar al establecido en los Estados Unidos, país donde –según elogiaba el tucumano– existía una dirección y orientación de los poderes públicos que, además, contaba con la colaboración de instituciones privadas de beneficencia y de estudio (Aráoz Alfaro, 1936b, p. 179).
La gran admiración expresada por él hacia la política racial del país del norte lo condujo a describir en detalle las distancias que creía encontrar entre los problemas eugénicos norteamericanos y los argentinos, afirmando: “Nosotros somos, en cambio, una amalgama de razas o, mejor, una mezcla, o una superposición de razas, porque la amalgama, la fusión está muy lejos de haberse hecho”. Remarcó, a la vez, las diferencias existentes entre sendas realidades, advirtiendo que, en los Estados Unidos, “la fusión de los elementos de inmigración con los descendientes primitivos de Inglaterra [estaba] ya conseguida y el resultado es una raza americana, bella y fuerte”. Y aclaró a continuación que su referencia apuntaba a la “raza blanca” toda vez que la “negra” era allí “mantenida a distancia, en condiciones de inferioridad, sin mezcla con aquella”, recibiendo idéntico tratamiento al administrado sobre la “escasa porción de raza amarilla allí fijada”. Así, el argentino elogiaba a los norteamericanos, quienes habrían adoptado “una política de inmigración y de asimilación, sabia y constante, mientras que nosotros, en eso, como en casi todo por desgracia, hemos obrado precipitadamente, sin previsión y sin estudio suficiente” (Aráoz Alfaro, 1932, p. 516).[1] El perjuicio que creía encontrar en el caso local radicaba en la inmigración recibida de los pueblos meridionales de Europa y del oeste de Asia, dado que aquí se habrían aceptado a todos “los que venían sin la menor selección, sin excluir siquiera aquellos que llegaban cargados de taras y deformaciones físicas y psíquicas”. De esta manera, afirmaba que lisiados de toda clase, tuberculosos, granulosos, enanos, acondroplásicos, raquíticos, gibosos, alcoholistas, epilépticos, idiotas, criminales y psicópatas de toda especie habrían entrado durante decenas de años al país, y que muchos de ellos también procrearon y constituyeron familias. Si bien reconocía que todo ese inmenso mal ya estaba hecho, era necesario “evitar al menos que [siguiera] consumándose nuevas y graves faltas contra el futuro de la raza” (Aráoz Alfaro, 1932, p. 517). A partir de su hincapié en la importancia eugénica de elegir la composición étnica de los inmigrantes, así como de la educación de la población, Aráoz Alfaro proclamaba la necesidad de realizar una “vasta obra de saneamiento, de legislación social, de mejoramiento económico y de instrucción” con el fin de remover las “causas de degradación de la raza”; y, recién solo después de haber sido ella llevada a cabo, “realizar trasplantes, migraciones y, sobre todo, un amplio y adecuado injerto de pobladores europeos” con el objeto de lograr levantar el nivel étnico detentado (Aráoz Alfaro, 1932 p. 519).
Cabe destacar, sin embargo, que el sustrato ideológico del cual Aráoz Alfaro fue un fiel exponente, lejos de constituir un acervo aislado, integró un corpus de pensamiento ampliamente compartido por el establishment argentino, tal como queda acreditado, entre otros ámbitos, en los debates habidos durante la referida Segunda Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura. En este evento, celebrado en Buenos Aires en 1934, quedaron sintetizadas las preocupaciones básicas de todo programa de mejoramiento racial a partir del control y la normalización de la maternidad y la infancia, por lo cual adquirieron en él fuerte presencia diversos obstetras y pediatras (AA. VV, 1934).
De esta manera, parecía ya no haber vuelta atrás en la construcción de una maternidad intervenida por la eugenesia, de donde su tutela era fundamentada en el impacto ejercido por la madre sobre el porvenir de la patria. Y, de ahí también cabe leerse la compilación editada por Aráoz Alfaro en 1936, bajo el título Por nuestros niños y por las madres. Protección, higiene y asistencia social. En ella incluyó diversos artículos de su autoría antes publicados en el diario La Prensa de Buenos Aires, englobando en él un conjunto de principios eugénicos orientados a optimizar la crianza del hijo, en los cuales la madre y el niño eran vistos como un binomio inseparable, y donde la madre era valorada en cuanto eslabón imprescindible en la formación de un pueblo fuerte, y, por ende, en la consolidación de la raza (Aráoz Alfaro, 1936f). Un capítulo de ese libro, titulado “El mejoramiento de la raza humana y la protección del niño antes del nacimiento”, está conformado por dos contribuciones hechas por Aráoz Alfaro a La Prensa, en mayo de 1935. En ellas, el médico tucumano afianzaba la tesis de que una eficaz protección a la infancia debía comenzar “antes del nacimiento, o, mejor aún, antes de la concepción” (Aráoz Alfaro, 1936a, p. 168), dejando en claro, no obstante, que la puericultura prenatal o preconcepcional constituía tan solo una parte (aunque importante) de la doctrina enunciada por Galton. Desde ahí sostuvo que la eugenesia aspiraba a “un ideal más universal, tal vez más trascendente; el de la selección de la raza humana, de su perfeccionamiento constante en salud, en vigor, en poder, en belleza” (Aráoz Alfaro, 1936a, p. 168). Así, y pretendiendo distanciar discurso y praxis eugénica,[2] destacaba la necesidad de no confundir la eugenesia como objeto de estudio, como disciplina científica, con los procedimientos eugenésicos que algunos de sus adeptos entusiastas habían adoptado (Aráoz Alfaro, 1936a, p. 169). Luego de afirmar que las propias familias eran quienes tendrían un mayor interés en ahorrarse los sufrimientos y cargas producidas por una mala descendencia, refirió la confluencia de un interés privado y de un interés colectivo que, actuando en armonía, debían impedir la unión de seres cuyos productos corrieran “un gran riesgo de venir al mundo con taras o enfermedades graves”; y reiteró, una vez más, su postura respecto a la necesaria intervención estatal prohibiendo el matrimonio entre personas afectadas por taras o dolencias cuyas consecuencias impactarían en la descendencia, aspecto que, además, debía ser complementado con la educación eugénica (Aráoz Alfaro, 1936a, pp. 171-175). Estas argumentaciones encontraban apoyatura en la tesis del abogado Carlos Bernaldo de Quirós vertidas en su Delincuencia venérea (1934), autor con quien, años más tarde, Aráoz Alfaro compartiría el espacio institucional de la Sociedad Argentina de Eugenesia.
Según estas ideas, la selección conyugal orientada al perfeccionamiento de la raza humana debía ser realizada con criterio, método e inteligencia. Sin embargo, pese a ello, y por mucho que se cuidara el matrimonio a través de la legislación, se advertía que igual podían nacer niños tarados física o mentalmente. Y, sobre estos seres cuya procreación debía impedirse, pesaba, además, el estigma de la ilegitimidad, toda vez que, según auguraba el eugenismo argentino, dejaban “la mala semilla, fuera de toda regla y orden, al azar de encuentros fortuitos o en uniones irregulares” (Aráoz Alfaro, 1936b, p. 181). Panorama ante el cual la esterilización eugénica era vista como una medida viable, tanto desde la faz científica como social, sosteniéndose empero que, más allá de lo indiscutible del derecho del Estado a imponer ese género de medidas en defensa de la salud y el bienestar de la comunidad, solo podía justificarse en caso de “absoluta necesidad”, si no hubiera otro medio “más humano, menos cruel, de conseguir los mismos resultados”, y se contara con “la seguridad de que el sujeto a ella sometido [hubiera] de transmitir una herencia altamente perjudicial para la colectividad” (Aráoz Alfaro, 1936b, p 183).[3] En este sentido, se veía quizás como una opción superadora a la esterilización la separación de la sociedad de los idiotas, débiles mentales, locos, criminales, toxicómanos, quienes debían ir a establecimientos especiales, ya desde su infancia. Y, trayendo a colación el ejemplo de políticas eugénicas llevadas a cabo en el exterior, este pediatra expresa su ferviente deseo de lograr la creación en la Argentina de institutos de eugenesia, análogos a los instrumentados, por ejemplo, en los Estados Unidos, con la finalidad de estudiar a fondo todas esas cuestiones e ilustrar constantemente al público y brindarle su consejo en casos individuales (Aráoz Alfaro, 1936b, pp. 186-187).[4]
Quedaba en claro, pues, que la tensión calidad-cantidad poblacional constituía una preocupación muy arraigada en la Argentina, habilitando las reflexiones del médico tucumano vertidas en una conferencia en 1939 y luego publicadas como artículo en la Revista de Pediología. Allí se ubicaba al factor numérico poblacional en un lugar menos importante que lo cualitativo, evaluado este tanto física, como intelectual y moralmente. Y se destacaba que no era “el número de los habitantes” lo que constituía la “fuerza de una nación, sino las cualidades de aquéllos: su robustez, su capacidad, su inteligencia, su energía, su patriotismo” (Aráoz Alfaro, 1940a, pp. 6-7). Ahora bien, llegados hasta aquí, cabe advertir que los discursos de este galeno argentino se moverían en un sinuoso trayecto, característica que lo condujo a oscilar, en el mismo texto, entre el tratamiento de autocrático con que calificó a Mussolini y Hitler y sus calurosos elogios a la obra italiana de protección de las madres y los niños (Aráoz Alfaro, 1940a, p. 7); y a sostener que, merced al espíritu imperialista detentado por esos Estados, se habría hecho carne en Italia el “deber” asumido para con la patria, dado que únicamente “imperativos de orden moral, religioso o patriótico” serían capaces de detener el descenso de la natalidad en la Argentina (Aráoz Alfaro, 1940a, p. 15).
Este artículo formaría parte del primer número de la nueva entrega de la Revista de Pediología, publicado en 1940. En cuanto propuesta destinada a “la formación del hombre superior” (Siri, 1940b, p. 1), la reciente edición de esa revista, fundada por Jorge Romero Brest en 1937, estaba ahora dirigida por Luis Siri y editada por la Asociación por los Derechos del Niño. Autodefinida como una expresión del pensamiento nuevo respecto de los problemas inherentes a la vida, a la salud y a la formación integral del niño y del adolescente, contaría con colaboraciones de reconocidísimas figuras del campo médico y educativo, quienes además compartían su interés por la eugenesia. Entre las preocupaciones que desvelaban la nueva aparición de esta revista, se encuentra una temática no menor para el campo eugénico, como lo era la de instalar el problema de la reducción de la natalidad en el país para luego buscarle una solución cuali y cuantitativa. Situación por demás expuesta en los diversos trabajos que componen esta publicación, entre los que se destaca, por ejemplo, el extenso artículo de su director, en el cual, a partir de un análisis exhaustivo de la Ley de Creación de la Dirección de la Maternidad e Infancia, se detiene en las características que debía detentar un plan general aplicable a todo el país, con el propósito de lograr la formación de un “tipo étnico superior” que constituiría la “nacionalidad del futuro” (Siri, 1940a, p. 75). Advirtiendo distingos entre las diversas regiones del país, su autor propone “llegar al conocimiento del niño argentino en su condición de ente biológico y social”. Tarea en la cual la eugenesia adquiría una envergadura fundamental (Siri, 1940a, pp. 80-83).
Durante ese mismo año, Aráoz Alfaro también publicaría el libro Política demográfica. Natalidad y mortalidad, donde aprovecha para reiterar su simpatía hacia un poblacionismo de las características del implementado por entonces en Italia y Alemania (Aráoz Alfaro, 1940b, p. 12), expresando, una vez más, su malestar sobre aspectos cualitativos de la inmigración recibida en la Argentina. En este sentido, reflexiona sobre cierta imposibilidad de la dirigencia local de lograr “en la medida que habría sido conveniente” la llegada de “hombres del norte de Europa” (Aráoz Alfaro, 1940b, p. 16). De ahí el énfasis puesto por este amigo del reconocido médico eugenista español Gregorio Marañón en la “inconveniencia de fomentar la natalidad sin asegurarnos de la calidad de los niños por nacer” (Aráoz Alfaro, 1940b, pp. 51-52).
Prosiguiendo con su compromiso para con la eugenesia, este médico argentino dictaría una conferencia en ocasión del primer acto público realizado por la recién fundada Sociedad Argentina de Eugenesia, celebrado el 15 de noviembre de 1946 en el Ateneo Ibero-Americano de Buenos Aires; intervención que llevaría por título “La Eugenesia y su importancia en nuestro país” (Aráoz Alfaro, 1947). En la oportunidad, Carlos Bernaldo de Quirós, en su carácter de presidente de la entidad más representativa del tardo eugenismo local, destacaría que Gregorio Aráoz Alfaro había dedicado “casi medio siglo a la práctica social, en sus más variadas manifestaciones, de esa Eugenesia Integral”, estrategia que procuraba el “mejoramiento y perfeccionamiento del hombre, de la familia y de la sociedad” (Bernaldo de Quirós, 1947b, p. 3). Y recordaría, a su vez, la profusa actividad del disertante en pos de la eugenesia, iniciada formalmente en su participación en la primera Sociedad Eugenésica, que se había fundado en Tucumán (Bernaldo de Quirós, 1947b, p. 4).
Puesto que por entonces ya era evidente la instrumentación de la eugenesia por el régimen nazi, Aráoz Alfaro trataría en la ocasión de distinguir la eugenesia biológica de la eugenesia social, optando por la aplicación de esta última en la Argentina, aun cuando su argumentación estuviera basada en que la eugenesia biológica pura era “una flor delicada que sólo puede cultivarse en tierras muy abonadas, en jardines muy cuidados, porque pretender plantarla en tierra pobre, o en medio de la maraña del bosque salvaje, es perderla” (Aráoz Alfaro, 1947, p. 10). Teniendo en cuenta la realidad local, prefería la denominada “eugenesia social”, en atención al mayor peso dado por ella a los factores ambientales, sosteniendo respecto a la versión denominada “biológica”: “¿De qué serviría que naciera una generación de niños eugenésicamente concebidos y perfectamente nacidos, si han de criarse en un medio miserable, carente de los cuidados higiénicos necesarios y carente de ilustración?” (Aráoz Alfaro, 1947, p. 11).
Unos pocos años más tarde, la tradicional Imprenta Coni publicaría el volumen titulado Octogenario de Aráoz Alfaro (AA. VV., 1951). Haciéndose eco del pedido del agasajado, quien habría solicitado brevedad en el texto, tan solo se transcriben en él los discursos de dos de sus exalumnos: el pronunciado por Osvaldo Loudet en el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa, y el de Juan P. Garrahan en la Sociedad Argentina de Pediatría. A ellos se agrega el libelo escrito en el Boletín del Instituto Americano de Protección a la Infancia por el profesor uruguayo Roberto Berro. En las tres contribuciones que componen el libro, sería muy elogiada la actuación de Aráoz Alfaro en diversos campos del saber, aun cuando en el relato predominó su faz de pediatra y puericultor y quedó, sin embargo, llamativamente invisibilizado su perfil como eugenista.
Finalmente, el 26 de agosto de 1955 se apagaba en Buenos Aires la vida del ya anciano Aráoz Alfaro. Y los más importantes periódicos del país se harían eco de su desaparición, destacando su inclinación política, que lo llevaría a la presidencia de la Institución Mitre, así como la adhesión a los homenajes por reconocidas entidades del país.[5] La bandera izada a media asta en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires confirmaba, una vez más, el prestigio detentado por Aráoz Alfaro en el ámbito académico, político e intelectual argentino.
Ahora bien, si nos detenemos en el impacto generado por las ideas de Aráoz Alfaro respecto a la maternidad eugénica, así como en su inserción en espacios institucionales clave, podemos identificar en él a un intelectual faro que iluminó la biopolítica de diversos países de la región durante gran parte del siglo XX. En efecto, su poblacionismo selectivo, adunado a su aval a la caprichosa vinculación entre ilegitimidad concepcional y salud de la descendencia, lo constituyó en uno de los máximos referentes del eugenismo argentino, lugar desde donde también contribuyó a la formulación de una propuesta hibridada entre herencia y ambiente. A su vez, la enfática promoción de la eugenesia realizada por este “apóstol de la puericultura”[6] durante su extensa trayectoria debe asociarse, sin más, al rol clave puesto en cabeza de la mujer. Según su tesis, ella era quien definía el tema de la calidad y cantidad poblacional, recordando en Política demográfica que, en ocasión de los debates habidos por entonces sobre el descenso de la natalidad en la Argentina, algunas mujeres expresaban los móviles de su resistencia a la maternidad o, por lo menos, a la familia numerosa, argumentando su rechazo en la denominada “esclavitud del hogar”. De ahí, sostenía que la “evidente inferioridad impuesta a la mujer entre nosotros por la desconsideración y la incomprensión de buena parte de los hombres” habría sido la causa de la aparición en muchas mujeres de “un espíritu de disconformidad y hasta de rebeldía” (Aráoz Alfaro, 1940b, pp. 38-39).
No obstante, ya hacia finales de la década de 1930, las preocupaciones vinculadas a la gestión del binomio madre-hijo trascenderían al país y a su campo eugénico, integrándose a un clima de ideas que había adquirido fundamental presencia en el contexto regional. Para dar cuenta de ello, cabe recordar, por ejemplo, que fue en la Segunda Jornada Peruana de Nipiología celebrada en 1937 en la cual se recomendó la organización de la Primera Jornada Peruana de Eugenesia, reunida en Lima entre el 3 y el 5 de mayo de 1939. El objetivo fundamental de este evento era procurar que “los amantes de la eugenesia se reuniesen, para cambiar opiniones, concretar anhelos y definir, si fuese posible, el plan eugénico que necesita Perú” (AA. VV., 1940, p. 4). La importancia regional de esta jornada fue tal que, siendo presidida por el reconocido eugenista peruano, de notable influencia en nuestro medio, Carlos Bambarén, e inaugurada por el alcalde de Lima, Eduardo Dibós Dammert, contó con el aval de un amplio abanico de miembros de honor extranjeros, entre quienes se encontraban renombradas personalidades de la Argentina, Brasil, Chile, México, Cuba, Estados Unidos, Francia e Italia.
Esa tendencia unificadora de la eugenesia con las diversas disciplinas médicas ocupadas de la infancia se aprecia, además, en la Tercera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura, llevada a cabo en Bogotá en septiembre de 1938. Este encuentro tuvo lugar en el marco de la Décima Conferencia Sanitaria Panamericana, habiéndose decidido celebrar aquella Tercera Conferencia el último día de las sesiones de la reunión sanitaria, y, a la vez, retomar la iniciativa durante el Congreso Panamericano del Niño por celebrarse en Costa Rica en 1939. De ahí en más, las conferencias de eugenesia y homicultura se integrarían a los congresos panamericanos del niño (AA. VV., 1939, pp. 720, 787-788), decisión que, al resultar atentatoria de la autonomía disciplinar de la ciencia de Galton, sería muy criticada por Bambarén (1940, p. 23). En aquel evento, previsto en sus inicios para llevarse a cabo en Costa Rica en 1939 y finalmente celebrado en Washington durante el año 1942, se advierte una notable translocación de las temáticas, en un tránsito desde la especificidad eugénica hasta su integración con la puericultura y pediatría; aun cuando ello no habilita a pensarlo como su debilitamiento, sino más bien como un movimiento dentro del campo o, mejor aún, si se quiere, como la introducción definitiva de los principios eugénicos en el núcleo disciplinar de las ciencias dedicadas a los niños.
Al respecto, cabe recordar que la tradición panamericana en este tipo de congresos databa de años antes, como así también sus netas preocupaciones por la eugenesia. Por ejemplo, ya desde el II y el III Congreso Panamericano del Niño, celebrados en Uruguay (1919) y en Brasil (1922), se recomendaba la realización de un “amplio estudio de los factores básicos de la herencia normal y patológica” y, en general, del “perfeccionamiento integral de la raza” (OEA-Instituto Interamericano del Niño, 1965, pp. 98), mientras que el IV Congreso (Chile, 1924) patrocinó la creación de una oficina central de eugenesia y el V Congreso del Niño (Cuba, 1927) instó a los gobiernos a tener en cuenta que la eficacia de la defensa de los infantes radicaba en preocuparse de la “calidad de los seres, y, por lo tanto, de los elementos que intervienen en la fecundidad espermatozoide y óvulo”, proponiendo para tal fin una amplia y positiva profilaxis preconcepcional. Asimismo, cabe recordar que, durante la celebración del VII Congreso Panamericano del Niño, llevado a cabo en México en 1935, se le dio forma al proyecto de creación de la Federación Latina de Sociedades de Eugenesia (Reggiani, 2019, p. 253), secundando, a la vez, la moción de la Sociedad Mexicana de Eugenesia en lo referente a recomendar a todos los países la constitución de sociedades análogas, “dada la importancia que los estudios biológicos y sociales tienen en relación con los problemas del niño, especialmente en los países latinos” (OEA-Instituto Interamericano del Niño, 1965, p. 98).
- La cursiva es del original.↵
- Reflexiones sobre la verdadera entidad (discursiva o práctica) de la eugenesia constituyen aun hoy día materia de debate historiográfico. Ver, por ejemplo, Armus (2016).↵
- La cursiva es de Aráoz Alfaro.↵
- Estas expresiones denotan la admiración de Aráoz Alfaro a la labor del eugenista estadounidense bien conocido en la Argentina, Paul Popenoe, quien atendía a parejas blancas y de clase media que lo consultaban para resolver cuestiones de sexualidad. Popenoe fue autor, junto a E. S. Gosney, de Sterilization for Human Betterment (1929). Para ampliar, puede verse Stern (2005).↵
- Entre ellas, el Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento; la Liga Argentina contra la Tuberculosis; el Ateneo de Tuberculosis; el Instituto Cultural Argentino-Germano; el Centro de Alumnos y ex Alumnos Dr. Fritz Braumüller; y el Instituto Argentino-Brasileño de Cultura (“Dr. Gregorio Aráoz Alfaro. Ayer falleció en esta capital”, 1955).↵
- Expresiones entrecomilladas correspondientes a Osvaldo Loudet en ocasión del homenaje que le hiciera al tucumano la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires al cumplir 50 años en la profesión (AA. VV., 1942, p. 18).↵






