La traición
Eran las diez de la noche pero de una noche horrible, oscura y tormentosa. Un fuerte pampero ajitaba con fuerza las altas copas de los árboles y hacia crujir amenazante las derruidas paredes de una vieja casucha de negro aspecto y antiquísima fachada, único edificio que se veia á esa altura en la calle larga de la Recoleta.
Dos individuos de andrajosa facha y receloso aspecto hablaban en voz baja parados ambos en el ángulo que formaba una de las altas ventanas del edificio abandonado. Aquellos dos hombres de siniestra apariencia rondando cautelosos aquel lugar solitario y ya entrada la noche, indicaban alguna intriga misteriosa ó un crimen oculto que era preciso fuera cubierto por las sombras de una noche horrible; los dos individuos se detuvieron.
—¡Cuanto tarda! —dijo uno hablando muy bajo
—¿Y estás seguro que esta es la calle indicada?
—Si, Don Luis me ha dicho debes estar apostado en la esquina de la calle cortada que vá hacia el cementerio, allí esperarás un silvido que debe indicarte el momento oportuno para el golpe.
—¿Y no te señaló hora?
—Mas ó menos las diez, me dijo.
—¿Las oyes dar en la Recoleta?
—¡Voto al Diablo! el maldito viento no deja oir nada.
—Silencio, escucha.
—Alguien se acerca.
El oido atento, el puñal en guardia.
En efecto, el paso de dos hombres se sintió y la voz de uno que decía:
—Vives lejos, ¿éh?
—Ya vamos á llegar señor, ¿no veis aquella casita de la esquina?
—¡Que diablos quieres que vea si ni á una vara alcanza la vista!, es una noche sin ejem…
Plácido no concluyó. Sonó un silvido y dos bultos avanzaron hacia él.
Santillana los percibió, sacó la baqueta á su riquísimo rewolver y se detuvo.
—Si no queréis ser muertos deteneos cualquiera que seáis —dijo.
Una carcajada diabólica se confundió entre el silvido del viento y el murmullo de las hojas. Plácido se estremeció, pero en el mismo instante los dos brazos del supuesto mendigo, enlazaron su cuello queriendo dar fin.
Plácido era valiente y con una musculatura prodijiosa. Alzó los brazos y, volviendo lijeramente el cuerpo, oprimio hasta triturar los dedos del bandido con su mano.
El miserable se apartó lanzando un grito de dolor mientras que Santillana acosado por otros dos guardaba las espaldas contra la pared.
Santillana se defendía economizando las balas de su rewolver, de pronto un relámpago iluminó la escena y á su reflejo pudo ver á Don Luis, de pié, á corta distancia de él. Tenia en la diestra un estoque y en la otra un bolsillo sin duda de dinero.
Un grito de coraje salió de su pecho, y loco, frenético casi ebrio por el odio, olvidó el peligro, despreció á los asesinos y de un salto se puso aliado de Saavedra, arrojóse sobre él y haciendo fuego:
—¡Asesino!, ¡cobarde!, ¡muere! —dijo con una voz que dominó á la tempestad.
Dos balas una tras otra fueron á enterrarse en el corazón de Don Luis.
Una blasfemia horrible salió de sus labios, flaquearon sus rodillas y fué á caer espirante repitiendo y azuzando con su acento:
—Matadlo, no lo dejéis vivo, el puñal, el puñal entero en su corazón; —y ya jadeante de dolor y con la vista nublada— Mi estoque, —añadió— está envenenado, con él últi…mad… lo… no…quie…ro… que… .vi…va… mal…di…to… se…a y un silencio de muerte se siguió.
Plácido se inclinó, arrebató de las manos de su enemigo el acero que este ofrecía á sus cómplices, y blandiéndolo en el aire comenzó á batirse de nuevo. En la otra mano sostenía el rewolver ya descargado defendiéndose también con el acerado cabo de éste.
La lucha se prolongaba y Plácido rendido de fatiga y de pequeñas heridas, sentia que las fuerzas le abandonaban por momentos.
Sus asesinos también rendidos y heridos ambos por Santillana se arrojaron de pronto sobre él. Una puñalada feroz cruzó el costado izquierdo de Santillana.
Ni un ¡ay! exhaló su boca, solo un nombre querido murmuró suavemente cayendo medio incado. Todavía su mano firme empuñaba el estoque de Saavedra y con el se defendía heroicamente.
La sangre manaba á torrentes de la ancha herida, su cabeza desvanecíase por momentos y el acero temblaba en su diestra; su vista se nubló, un estremecimiento helado recorrió su cuerpo, se escapó de entre sus manos el arma y cayó inerte lanzando un jemido. Los asesinos lanzaron un grito de júbilo y ambos arrojándose sobre él alzaron sus puñales sobre el indefenso pecho de su víctima, pero en aquel mismo instante y sin que los criminales tuvieran tiempo de dar el golpe mortal, apareció la patrulla que atraída por los tiros de rewolver se dirijia al sitio de la lucha. Los dos asesinos quisieron huir pero estaban cercados y ambos maldiciendo á Saavedra fueron tomados.
En tanto seis hombres echaron pié á tierra.
—Aquí hay un muerto —dijo uno.
—Y aqui hay otro medio vivo —dijo el Oficial de la ronda, dando con el pié al cuerpo de Don Luis.
—¿Como, medio vivo?
—Si, ¿no ves que se queja débilmente?
—Es preciso auxiliarlo —dijo el oficial— porque éste nos podrá quizá aclarar el hecho, é inclinándose puso la mano sobre el corazón de Don Luis.
—Ay! —gimio queriendo en vano incorporarse— ¡ay! no me toquéis.
—¿Estáis herido? —le dijo el oficial.
—Si.
Volvió á jemir haciendo un esfuerzo supremo para hablar. Don Luis estaba moribundo, casi agonizando, pero aún alentaba, aún su cabeza discurría pensando en la venganza; quiso darse cuenta del final de aquella horrible escena y nada comprendió, ignoraba el estado de espantosa mutilación en que se hallaba su víctima; pensó que quizá vivía y un pensamiento diabólico germinó en su cabeza. Nada le importó comparecer ante el augusto tribunal eterno, nada agregar una culpa mas negra y repugnante al largo catálogo de sus innumerables crímenes, nada un fin la demolida de Dios y la salvación de su perversa alma. Se incorporó trabajosamente sobre un brazo y con voz reconcentrada:
—¿Quien sois? —dijo al oficial.
—Soy el oficial de la patrulla y deseamos socorreros.
—No —articuló— no quiero que me socorráis porqué de todos modos sé que coy á morir, el miserable se ha vengad o matándome.
—¿Como, conocéis á vuestro asesino?
—Si, me ha traído engañado diciéndome que…era…un…men…di…go.
Don Luis gimio. La vida se le escapaba, tomó aliento y luego prosiguió débilmente:
—Creí aliviar su miseria y vine en su compañía. Al llegar á la casucha de la calle cortada, cuatro hombres se arrojaron sobre mi atravesándome el corazón con dos balas de su rewolver que puso él á mi pecho.
—¿Pero quien es él?, ¡decid su nombre!
—Plácido San…ti…lla…na.
Don Luis se desplomó, una sonrisa indefinible vagó en sus cárdenos labios y luego, ríjido como la muerte, se estiró cuan largo era.
El Oficial apunto rápidamente el nombre del asesino y la falsa declaración de Don Luis.
Después por orden suya ambos heridos fueron llevado en brazos hasta el cuartel inmediato para de alli ser llevados al dia siguiente al Hospital ó á su domicilio si alguno lo tenía.
Los dos miserables pagados por Saavedra desde alli fueron conducidos á la cárcel donde quedaron en seguros calabozos.






