El encuentro
La hora fijada por Medina había sonado y este, en compañía de Andrea y Edgardo, se presentó en casa de Saavedra.
El rostro de Medina estaba mortalmente pálido y una ansiedad inmensa ajitaba el corazón de ambos esposos.
Plácido y Margarita, también llamados por don Luis, debían concurrir á la cita. Margarita llevaba el rostro cubierto por un espeso velo que la ocultaba casi por completo, pero ésta que al través del calado antifaz habia reconocido á los bienhechores de Octavio, guardábase en cubierta por efecto de las circunstancias especiales de aquel momento.
Sin embargo, si Andrea menos preocupada hubiera fijado un instante su mirada en aquella figura esbelta y enlutada, de seguro que habria reconocido á la hermana Providencia, en quien sin darse cuenta ella misma fijaba en aquel instante su pensamiento.
Margarita abismada dulcemente en la contemplación de los esposos, se preguntaba asombrada el objeto que podría traerlos á aquella casa maldita, y descubría en el aspecto estraño y doloroso de ambos alguna obra de Saavedra.
La puerta contigua á la habitación de Don Luis se abrió y el padre Miguel presentándose ante nuestros personajes, murmuró.
—Señores, podéis pasar.
Augusto se puso de pié, dio la mano á Andrea, esta quiso levantarse, pero sus piernas vacilaron y dando un paso se dejo caer sin fuerzas sobre un sillón.
—Vén—dijo Medina— apóyate en mi brazo.
—No puedo —murmuró Andrea con voz devil— no puedo déjame.
—Imposible haz un esfuerzo supremo, piensa que ese miserable puede morir llevándose nuestro secreto á la tumba.
Aquellas palabras obraron una súbita transformación en el abatido espíritu de la pobre madre, probó á pararse y poniéndose de pié se apoyó en el hombro de Augusto.
Plácido y Margarita les precedían.
Don Luis en tanto mas postrado que el dia anterior, esperaba con una ansiedad desesperada, que sonara la hora en que debía apurar toda la hiél que antes el vertiera en el corazón de sus inocentes víctimas.
Aquella hora habia llegado: Andrea y Augusto de pié frente al lecho de Saavedra, lo miraban asombrados dudando fuera aquel cadáver inmundo, el audaz, el atrevido aventurero Luis Rizzio. La mirada de los esposos caia sobre Don Luis como un rayo de la justicia divina.
Ríjido, cadavérico, ante aquel examen, hasta el latido de su corazón se había paralizado, revolvía sus enturbiados ojos y luego los cerraba lanzando un gemido.
Augusto pasó su mano por la ancha frente, inundada de helado sudor.
—Luis Rizzio —murmuró con acento entero y casi tranquilo— Luis Rizzio, vuélveme á mi hija y morirás en paz.
—Si —articuló el moribundo— si, te la volveré y vos Medina, vos Andrea ¿me perdonareis después?
—¡Oh! si, danos á nuestra hija, á esa hija adorada —esclamó Andrea, adelantándose hacia Rizzio— á esa hija inocente que arrebataste de mis brazos, llevándome con ella el alma y la felicidad, ¡oh! yo note habia hecho nada Rizzio, yo ni mi pobre Augusto te ofendimos jamás, ¿porqué te gozaste en nuestras lágrimas?, ¿porqué nos quitaste nuestro tesoro, á nuestra Andrea?, ¿porqué me privaste de sus infantiles caricias, del encanto de su dulce media lengua? ¡Oh! Rizzio —prosiguió Andrea con los ojos inundados por el llanto— Veinte años ha, que el lloro mas amargo llaga diariamente nuestros ojos, veinte años ha que con la máscara de la mas retinada maldad, te cobijó el techo hospitalario de nuestro hogar, invocaste el título de amigo y el noble Medina te dio su mano, creyéndote caballero. No lo has olvidado Rizzio, tu violaste todo lo que el hombre de honor respeta, hiciste mas, nos arrancaste el corazón, ¡llevándonos a la hija de nuestro casto amor! ¿porque no nos mataste?, ¿porque no despedazaste nuestro cuerpo con tus propias manos, antes de quitarnos la luz de nuestra vida, la felicidad ele nuestro hogar?
La voz de Andrea cesó un instante y los sollozos de Plácido y Margarita se mezclaron con los jemidos de Rizzio.
Augusto, pálido y convulso, escuchaba estático la voz de Andrea, hasta el sacerdote pasmado ante la digna y dolorosa actitud de aquella madre infeliz, parecía sumido en un dulce arrobamiento.
La voz de Andrea volvió á resonar mas grave aún, pero fuerte y sonora, aunque algunas veces balbuciente por el dolor.
—Ha llegado tu última hora, Rizzio, tal vez un arrepentimiento sincero te vuelva la tranquilidad del justo, devuélveme mi hija y oirás mi acento pedir á Dios por ti.
Don Luis se incorporó, buscó con avidez en la habitación y luego haciendo un esfuerzo sobre humano:
—¡Margarita! —balbuceó.
La joven estremeciéndose adelantó.
—Aquí me tenéis Don Luis —dijo.
—Sa…ca…os…el…ve… lo —volvió á decir con la voz muy débil.
Margarita alzó el tul que ocultaba su cara, y Andrea juntando las manos:
—¡La hermana Providencia! —esclamó.
—No, tu hija, esa es vuestra hija, Andrea, Augusto.
Los esposos lanzaron un agudo grito.
—¡Mi hija!, ¡nuestra hija! —murmuraron— y Andrea apenas corrió á la atónita joven, descubrió el pecho de ésta, y allí en la nivea blancura de su seno encontró la señal que buscaba, que consistía en un pequeño lunar azul deforma triangular y que la joven llevaba como herencia de su padre.
Andrea dio un grito y rodeando con sus brazos el cuello de Margarita.
—¡Mi hija!, ¡mi hija de mis entrañas! —gritó.
—¡Mi hija!, ¡nuestra hija! —repitió Augusto.
Y Margarita recibiendo en sus brazos el cuerpo desfallecido de sus padres:
—¡Padre mio!, ¡madre mía! —murmuró, y sollozando de gozo mientras que apretaba contra su corazón la cabeza desmayada de Andrea enlazaba con el otro brazo el cuello de Medina.
Plácido á corta distancia, también lloraba, aquello era un sueño, sin saber porqué le pareció por un momento que la felicidad de su esposa ante Dios, debía robarle en parte la suya puesto que el corazón de la joven, antes todo de él, ahora se ligaba por un afecto lejítimo é inmenso al corazón de los autores de su vida, una amargura sin nombre inundó su alma y enjugando sus ojos dio un paso, pero en aquel mismo instante un grito de angustia indefinible llegó á sus oidos y aquel grito era de su amada. Se volvió á ella y vio á ésta que de rodillas á los pies de su madre alzaba apretando en sus manos un objeto, y que procurando levantarse se negaban sus rodillas á sostenerla.
Plácido se lanzó á ella, la alzó en sus brazos y sosteniéndola por el talle, percibió en la mano de la joven un cordón negro del cuál pendía una almendra de oro, la misma que Catalina entregara á Andrea y que esta llevaba anudada á su cuello, con la esperanza de hallar por ese medio á la madre de Edgardo.
Andrea, al desmayarse en los brazos de su hija, fue arrastrada por ésta y Medina hacia un sofá inmediato, allí la joven desprendió solícita el oprimido vestido de su madre y al aflojar el corsé, saltó el medallón que fué reconocido en el acto, por la hija de Medina. Las manos trémulas de la joven no acertaban á abrir el secreto y Plácido comprendiendo por la espresion desesperada de ésta, que algo estraordinario pasaba por su alma, trató de ayudarla.
Tomó el medallón y abriéndolo como objeto conocido, se quedó asombrado ante el retrato de su amada.
—¡Oh!, madre, madre de mi alma, padre mío —gritó la joven casi demente de esperanza— no me ocultéis la verdad, algún dia os contaré mi triste historia, pero decidme ¿quien os ha dado este medallón? Augusto no escuchaba á su hija, todo lo habia comprendido.
—Es su hijo, es mi nieto —se dijo, y corrió á la pieza inmediata en busca del niño.
Andrea repuesta un tanto de su desmayo, cubrió de besos la frente de su hija, y ésta con la razón casi estraviada ante su felicidad y esperanzas repetia:
—Mi hijo, mi hijo, ¿donde está madre mia?, vos debéis saberlo, porque vos tenéis un medallón que yo con mi propia mano anudé en su gargantita. Oh! decidme madre querida ¿vive mi hijo?
—Sí, sí, mi hija, mi querida Andrea, ¡si vive y vas á verlo en tus brazos!
Margarita arrojó un grito inarticulado y ambos amantes como impelidos por una misma fuerza, se arrojaron el uno en brazos del otro.
En tanto el padre de Margarita corría con Edgardo en los brazos y penetrando en la alcoba de Don Luis, lo presentó á los amantes diciéndoles:
—He ahí á mi nieto.
Margarita oyó la voz conmovida del autor de sus dias y se precipitó con los brazos abiertos hacia Edgardo, pero Plácido mas dueño de si mismo, que la dichosa madre la detuvo.
—¡Detente! —le dijo— ¿no ves, pobre madre, que un desencanto nos mataría? ¿Qué justificativo tienes para creer que ese niño sea nuestro hijo?
La puerta del centro del gabinete de Don Luis se abrió y antes que el timbre sonoro del acento de Santillana se hubiera estinguido, Jacobo dando la mano á Catalina seguidos de Fernando y de Teresa, se precipitaron en él. Margarita fijó sus ojos en el primero de los cuatro nuevos personajes.
Jacobo pálido y convulso cayó de rodillas á los pies de la joven y esta reconociendo al ladrón de su pequeño Plácido lanzó un grito, sus ojos lanzaron una mirada estraviada y sus labios pálidos y helados se contrajeron por una sonrisa estraña y dolorosa.
—Mi hijo, ¿donde está mi hijo? —murmuró balbuciente la desgraciada madre, ¿donde está mi hiio, miserable? ¡Oh! devuélvemelo y te perdono.
Teresa de rodillas sollozaba, orando en su rincón.
—¡Dios mío, Dios mío, conservadle su razón! —decia.
Y en efecto, la joven parecía perderla á cada minuto por la rápida variación de su semblante.
Plácido sacudió el brazo de Jacobo y con la voz llena de resolución y fiereza:
—Devuélvenos á nuestro hijo —gritó— ó te mato ahora mismo, miserable.
—Perdón, perdón —artículo Jacobo— yo solo fui un instrumento de Don Luis, yo robé el niño por su orden y mediante una suma de dinero, que ese asesino puso en mis manos, despertando en mi un sentimiento de codicia que no lo habia sentido jamás; yo debí asesinar a ese niño, pero no habia sido nunca asesino, su llanto, su hermosura, su inocencia me conmovieron y olvidando la promesa hecha á Don Luis, juré salvarlo, aun á costa de mi vida; desde esa noche vuestro hijo se crió á nuestro lado, mi pobre muger creyó cuanto yo le dije, pero la voz de la conciencia no me dejó dormir tranquilo, ahora voy á devolveros el hijo que os robé, después si queréis sea en buena hora, aquí estoy pero sabed antes que no me daréis mayor tormento que separarme de Edgardo.
Jacobo alargó su brazo y cojiendo al niño por la mano:
—¡Mirad á vuestro hijo! —esclamó.
Margarita anhelante de felicidad se arrojó con los brazos abiertos hacia su hijo, pero las fuerzas la abandonaron, un segundo vértigo, mas fuerte que el primero, embargó su débil cabeza y cayó desmayada oprimiendo contra su seno á Edgardo y repitiendo entre sollozos
—¡Hijo mío!, ¡Plácido mío!
La escena mas conmovedora y patética se sucedió al encuentro de la hija de Medina y del hijo de Margarita.
Andrea y Augusto felices, después de veinte años de incesante llanto, prodigaban á su hija cuantas tiernas palabras inventa la ternura suprema de una madre. Los nombres mas dulces y cariñosos no eran suficientes para espresar á su hija todo el tesoro de amor purísimo que se habia encerrado en sus corazones durante tantos años de privaciones y de dolor.
Miraban á la joven, la palpaban y luego que se convencían de que todo era realidad, que no era engañadora pesadilla, tornaban á acariciarla y á contarla uno por uno desde el día que fué arrebatada de sus brazos, sus tormentos, sus lágrimas sin fin.
Margarita ó sea Andrea, escuchaba á sus nobles padres, y su corazón rebosando ternura, se ligaba á ellos con una confianza íntima y profunda, cual si desde su infancia hubiera sido guiado por aquellos, en los primeros pasos de su vida.
Cuando la joven, repuesta un tanto, volvió en si de tan fuertes é inesperadas emociones, se halló feliz, con su hijo en brazos, con sus padres milagrosamente encontrados, con su amante, con sus hermanos, en fin.
Teresa llena de gozo ante la increíble dicha de su amiga, no osaba mas que mirar tan pronto á ella, tan pronto á Plácido, como á los esposos Medina ó al suspenso Edgardo que aturdido ante aquellos transportes de ternura parecía de piedra por lo quieto que estaba.
Entre tanto Don Luis, agravado por tan violentos sacudimientos, siendo testigo ocular del desenlace de todos sus criminales planes, se sintió verdaderamente arrepentido, y sus ojos por vez primera, después de largos años de existencia, se enrojecieron por el llanto, su alma de demonio llegó á conmoverse profundamente y en la reaparición del hijo de Santillana, creyó ver el brazo divino de la justicia eterna.
Un ronquido seco y gutural como el estertor de la agonía, levantaba su pecho, haciendo entreabrir sus labios ardientes por la calentura, y con los ojos fijos en la imagen del crucificado que le presentaba el padre Miguel, parecía próximo á abandonar este mundo, inspirado por una dulce promesa, para el otro.
De repente un lijero temblor ajitó su cuerpo, alzó una mano y con voz hueca y debilitada:
—Padre —dijo— a… cer… ca… os.
El padre Miguel se aproximó.
—¿Que dices hijo mio? —le dijo.
—No puedo —repitió el moribundo— mas… cer… ca… pa… dre…
El sacerdote se acercó hasta rozar su oido con la boca del enfermo.
—Bajo mi al… mo… ha… da… ha… hay… un… ma… nus… crito… padre… pa… ra… pa… ra… An… dre… a… de… cid… les… que… me… per… do…nen… mi… tes…. ta… men… to… to… da… mi… for… tu… na… pa… ra… Margarita… pa… ra… su…, hi… jo… padre… en… en… men… dad… mi… al… ma… á… Di…os.
Y Rizzio lanzando un leve suspiro, espiró, solo, sin mas afecto que la conmiseracion del piadoso sacerdote.
Allí todo habia concluido, y después de un breve espacio, aquella alcoba, donde acaba de representarse una escena de novela, estaba casi desierta. El cadáver aun permanecía en el lecho, y á su pié, puestos de rodillas, se veia á Inés de un lado y al padre Miguel del otro, ambos oraban implorando al Criador, perdón para aquella alma arrepentida.






