Revelacion
Tres meses han transcurrido despues de la escena descrita en el capítulo anterior. Plácido y Margarita, olvidados del mundo, veían solo á través de su dicha y llegaron á persuadirse de que el universo estaba encerrado en su amor, y ambos, viviendo solo el uno para el otro, se lanzaron en brazos de la felicidad presente sin recordar el porvenir. Cuando el reloj del suntuoso comedor de Saavedra dejaba oir la última vibracion de las doce de la noche, un hombre saltaba las tápias, y Margarita, siempre enamorada, siempre bella, esperaba á su amante sentada bajo un árbol en lo mas oculto del jardin.
La noche se deslizaba rápidamente y cuando la luz crepuscular del un nuevo dia teñia de ténue sonrosado el firmamento, los amantes se despedian tiernamente, renovando sus juramentos de constancia eterna. En una de estas noches en que la jóven volvía á sus habitaciones despues del paseo nocturno, al cruzar la galeria que conducia al cuarto de su padre, sintió la voz de éste que hablaba despácio; detúvose y oyó murmullo de voces sin comprender de lo que se trataba.
—Es en el cuarto de mi padre —se dijo— ¡cosa estraña!, ¡mi padre despierto y hablando á estas horas! quizá estará enfermo.
La jóven se dirigió á las habitaciones de Don Luis y al llegar á ellas su mano iba á oprimir el pestillo de la puerta, cuando llegó á su oido su nombre, pronunciado por una voz ronca y aguardentosa que no era la de su padre; se detuvo confusa y escuchó; aquella voz decia:
—¿Y acaso creeis que haya pensado yo por un momento que era vuestra hija?
—Pues bien, ella lo ignora, se crée hija mia y me quiere con ternura; cuando su amante haya desaparecido, yo le reemplazaré y á la fuerza, si se resiste, será mia; las mujeres todo lo olvidan, y al fin acabará por amarme.
La jóven conoció la voz del que creía su padre y la infeliz, aterrada, volvió los espantados ojos en derredor y creyó soñar; pero una fuerte carcajada lanzada por el primero que hablara, le hicieron ver la realidad con todo lo espantoso de su situacion.
—¡No es mi padre y me ama! murmuró. Y luego, mirando á través de la cerradura y conteniendo el aliento, observó lo que pasaba en el interior de la habitacion.
—Es preciso separarlos, si nos descubre es muy capaz de huir con él y yo quiero poseer á Margarita, ¿lo oyes, Jacobo?
Jacobo, inclinado, parecia no escuchar; al fin alzó la cabeza y miró a Don Luis.
—¿Y para qué quereis hacer desgraciada á esa pobre niña? —le dijo—¿qué necesidad teneis de hacerla vuestra víctima? Si tanto aborreceis al amante, matádlo en buena hora; pero á ella dejádla en libertad, arrojádla á la calle, si así os place; pero no la sacrifiqueis.
—¡Qué imbécil eres, Jacobo! ¿No te he dicho que quiero poseer á Margarita?, ¿qué es una venganza que satisfaré, aunque sea en su cuarta generacion?
El viejo hizo una pausa y repuso:
—Santillana, tú mataste á mi hijo, ¡ah! tú tambien morirás!
Jacobo callaba.
Don Luis se quedó pensativo un momento y luego exclamó dirijiéndose á Jacobo:
—Y bien; ¿quieres encargarte del negocio, si ó no?
— ¿Y qué es lo que tengo que hacer?
—Primero despachar á Santillana y después entregarme á Margarita.
—En cuanto al mocito, está bien, pero lo que es la niña encargaros vos de ello. Con niños y mujeres no me gusta luchar.
—Acepto —dijo Don Luis— ella será mia, ya era tiempo.
Y los ojos del infame viejo brillaron con un rayo de repugnante pasion. Los ojos de la desdichada jóven tambien brillaron en la oscuridad; pero con un destello de cólera suprema, como el juramento de una lucha de muerte, ante las sacrílegas palabras de aquel miserable.
Margarita, con la frente lívida de indignacion y las mejillas rojas de vergüenza ante aquella horrible revelacion, permanecia de pié, apoyadas sus manos en la pared, debilitada por la emocion, sin mas accion ni fuerza que para sentir su propia desventura. Poco á poco su cabeza se serenó un tanto, alzó sus hermosos ojos á Dios y murmuró suavemente:
—Gracias, Dios mio, porque me concedéis amarle sin remordimientos. Ahora, á la faz del mundo, puedo enorgullecerme de mi amor, si engañada había de vivir, acariciando al mónstruo que yo creia mi padre, para ser su víctima más tarde, gracias te doy, Señor, que habeis sido indulgente con esta desgraciada huérfana, descorriendo á sus ojos el velo que cubría su existencia.
La jóven volvió á su habitacion; en vano llamaba el sueño, éste huia de ella y sus ojos se cerraban con un sopor misterioso, efecto de su calenturienta imaginacion. Los confusos recuerdos de la infancia se agolpaban á su mente y recordaba con la vaguedad de un sueño, una forma de mujer tierna y cariñosa que creía haberla visto algun dia, una época que no recordaba, que no podia fijar, pero que vivia adherida á sus recuerdos de niña. Luego, entre las sombras de mil escenas misteriosas, le parecia sentir frio y, oprimida entre los brazos de un hombre mas joven, pero de la misma fisonomia de D. Luis, llorar amargamente diciendo:
—Madre mia, padre mio, tengo frio, tengo hambre.
La imaginacion de Margarita, entorpecida por tantas ideas encontradas y envueltas en una sombra de verdad y mentirosa duda, no podia conciliar el dulce y único descanso del cuerpo y aun del alma: el sueño.
Los primeros rayos de la aurora le sorprendieron levantada; dos horas después alisó sus cabellos y echando sobre sus vestidos un abrigo robe de chambre[1] de cachemira azul, salió de su gabinete y se encaminó á las habitaciones de Don Luis. Margarita estaba interesante, pálida y cambiada, pero se notaba en su frente agobiada por el peso de su desventura, un sello profundo de la más enérjica voluntad y entereza.
Tocó la puerta del bufete de Saavedra y cuando la vibracion de la campanilla se hubo extinguido, un criado se presentó.
—¡La señorita! —murmuró, asombrado al ver allí á la jóven á tales horas.
Don Luis, que arrellanado[2] en una rica butaca leía un viejo manuscrito, al ver á su hija tan pálida y cambiada, se estremeció; mas luego, dominando la emocion que no habia pasado desapercibida de la jóven, corrió á su encuentro y quiso estampar en la frente de ésta el beso de costumbre. Margarita se hizo atrás, rechazándolo con sus pequeñas manos.
—¿Estás enojada conmigo, hermosa mia? —murmuró Don Luis—vaya, será uno de tantos caprichos de niña mimada.
—Sentaos, señor —dijo la jóven con ademan imperativo— vengo no á que beseis mi frente, sino á pediros esplicacion de cierto asunto que ignoraba tuviera pendiente Don Luis Saavedra.
Don Luis palideció lijeramente y luego, reponiéndose, murmuró riendo:
—He ahí lo que uno saca con criar á los hijos mimosos; ven acá, niña, y no vuelvas á hablar así á tu padre.
—¡Mi padre! —gritó Margarita convulsa de indignacion— no manchéis esa santa palabra, mónstruo, ¡vos no sois[3] mi padre!
—¡Qué no soy tu padre! —exclamó[4] Don Luis, dando un paso hácia la jóven.
—No, no sois mi padre, sois un infame, un miserable, un asesino, tal vez un…
—¡Cálla, víbora! —gritó Don Luis, pálido y convulso— ¡cállate ó te mato!
—No, no me callaré —exclamó Margarita— no me callaré jamás porque os ódio, porque os aborrezco y os maldigo.
Don Luis comprendió su situacion, comprendió que la jóven lo sabia todo, pero intentando el último esfuerzo se acercó á ésta sonriendo:
—Mira, hija mia— la[5] dijo con fingida dulzura, —yo te perdono, porque quizá te habrá informado mal algun enemigo mio; tú eres mi hija, no lo dudes nunca.
—Mejor que yo sabeis, Don Luis, que no soy vuestra hija; inútil es que queráis ocultarme lo que anoche he oido de vuestra propia boca; sé todos los planes que habeis forjado con Jacobo, vuestro amigo, respecto á Santillana y aun á mi persona, pero me atrevo á aseguraros que no saldréis bien en la empresa. ¡Sois demasiado infame para que dios pueda ayudaros!
Don Luis se oprimio la frente con ambas manos, y al extinguirse la voz solemne y acentuada de la jóven, se puso de pié.
—Todo es cierto —dijo, con el rostro lívido y los ojos inyectados y vidriosos— no eres mi hija, pero serás mi amante, que tanto vale.
Margarita midió á aquel miserable, que le era tan fácil adoptar el papel de padre como el de amante, con una mirada de indescriptible desprecio, en aquella mirada iba envuelta toda la repugnancia, toda la indignacion de su alma. El viejo no se intimidó; por el contrario, se acercó hácia la jóven y con la voz inflamada por la pasion:
—¡Te amo!—le dijo— ¡y tú llegarás á amarme tambien!
Margarita hizo un movimiento amenazador.
—Os aborrezco —gritó indignada— esas palabras son un sarcasmo irrisorio en vuestra boca, Don Luis, y creedme, si permanezco en esta casa, es solo porque antes quiero saber quién soy, á quiénes debo el sér y lo que habéis hecho de mis padres.
Don Luis, mas pálido y demudado que la vez anterior, respondió á la jóven esforzándose en aparecer sereno:
—¡Quiénes son tus padres!, ¿acaso yo lo sé?, ¿acaso sé yo quién eres tú? una espósita, una miserable huérfana, el fruto de un crimen, tal vez…
—¡Yo!, ¡mientes, asesino! —exclamó Margarita, con el rostro rojo de vergüenza ante tan sangriento ultraje—. ¡Mientes! tú sabes quién soy, quiénes son mis padres, víctimas quizá de tu cobardía y de tu maldad. ¡Oh! dímelo y te perdono todo el mal que me has hecho, dímelo y llegaré á olvidar tu infamia.
—Sí, Margarita, sí, te lo diré, pero será cuando hayas sido mia… cuando yo te haya poseido.
—Jamás, ¿lo oyes, miserable? ¡Jamás seré tuya! Tarde ó temprano te arrancaré ese secreto, sabré quién soy, y yo te juro que aunque sea á costa de tu vida, lograré mi objeto.
El acento de la jóven, al tutear á Don Luis, era amenazador y resuelto; el infame se sonreía. Margarita volvió la cabeza; aquel traje azul suelto y de gran cola le daba[6] la apariencia de una reina. Estaba soberbia. Dio un paso hácia la puerta y luego se detuvo.
—Sabe—le dijo, con una entonacion de profundo desprecio— que si llegas a hacer la menor tentativa contra la vida de Plácido Santillana, en el acto serás delatado á la justicia, como ladron de niños, ladron de honras y por apéndice[7], asesino cobarde y alevoso[8].
Don Luis nada contestó, sus dientes rechinaron. Cuando alzó el rostro, contraído por la rábia y el despecho, ya no encontró á la jóven; ésta habia desaparecido.
Se puso de pié y tomando en sus manos el manuscrito que antes leyera, sonrió diabólicamente y una mirada feroz dilató sus pequeños ojos.
—Andrea, murmuró sordamente, mi venganza se acerca; tu orgullo me provocó, vé ahí el fruto de ése desprecio, de ese encono tenáz y altanero con que respondiste siempre al enamorado Luis; tú lo has querido, sea en buena hora.
Y el infame lanzó una carcajada hueca y sonora como la risa de un condenado.
- “Robe de chambre”: bata de alcoba, “salto de cama” en español rioplatense. ↵
- A: “arrellenado”.↵
- Nótese la conjugación verbal “sois” como forma que preanuncia el voseo.↵
- En otras ocasiones se usa “esclamar”. Esta es sólo una de las oscilaciones ortográficas del texto.↵
- caso de laísmo: “la” en vez de “le”.↵
- A: “daban”.↵
- “por apéndice”: por añadidura.↵
- Nótese la convivencia en la misma oración del tratamiento formal para la segunda persona (usted “sabe”) y del tratamiento informal (“llegas”, “serás”). ↵






