Separacion
Margarita, al entrar en su habitacion, iba sin duda á llorar toda la enormidad de su desgracia; pero la figura dulce y risueña de Teresa la contuvo; se arrojó en los brazos de ésta y sin omitir ningun detalle le contó la entrevista que acababa de tener con el que hasta la noche anterior creia su padre.
Teresa, la inocente y candorosa vírgen, horrorizada ante tanta infamia y tanta maldad, no halló qué decir á su amiga, no pudo consolarla, porque la desgracia de Margarita era de un género que no admite consuelos; se limitó sólo á llorar con ella y acabó por hablarle de Plácido. Este nombre querido obró una súbita transformación en la amante. Enjugó los hermosos ojos y preguntó á Teresa:
—¿Le has visto?
—Sí, lo he visto, y está mas enamorado que nunca.[1]
—¡Ah!, ¿te ha dicho que me ama?
—¿Qué te extraña? Siempre me lo dice.
—Es verdad, ¡pero me hace tanto bien ahora saber que te lo ha repetido!
La joven se detuvo, luego pasó la mano por su frente y añadió con voz insegura:
—Él no me engañará y tú tampoco. ¿Es verdad, hermana mía?
—Él te adora y al perder á tu padre y quedar sola en la tierra, Dios te ha dado en Plácido una alma capáz de resumir en sí sola todo el afecto y ternura de padre, de amante y de esposo.
—Y tú, Teresa mía, ¿cómo me amas tú?
—Yo siempre he sido tu hermana, pero desde hoy seré tu madre, ¿lo oyes? Te amo con esa abnegacion de las madres, con esa locura que sólo ellas poseen.
—¡Oh! gracias —murmuró Margarita estrechamente unida á su amiga— Dios es inmensamente bueno y créeme, Teresa querida, Él te recompensará en bien que hoy haces á esta desgraciada huérfana.
Una corta pausa se siguió á las últimas palabras de Margarita; después esta alzó la cabeza, fijó sus ojos en el rostro de Teresa y con las mejillas encendidas de rubor, dijo:
—Amiga mía, guardo un secreto en mi corazon, pero para una madre no debe haberlos nunca; voy, pues, á comunicártelo; no olvides al juzgar mi falta que el principal atributo de las madres es la indulgencia y el perdon.
La joven se detuve, respiró con fuerza y luego prosiguió:
— Teresa, si yo hubiera cometido una falta, de cualquier género que ella fuere ¿me perdonarías tú?
Teresa no vaciló; miró con complacencia la redonda cintura de Margarita y estrechando entre sus manos las de esta, le dijo:
—Ya sé lo que vas á decirme.
— ¡Cómo! ¿tú sabes que ? …
—Sí, Margarita, hace tiempo que me pareces mas bella, mas pálida y ojerosa que nunca; caminas con languidez y te desvaneces con frecuencia; al principio dudaba, pero ahora no. ¿Me miras asombrada, éh?, ¿me crees adivina? La pobre pecadora, feliz con su desgracia, no acertaba á levantar la noble frente teñida de rubor, ante su casta amiga; su labio, sellado por la vergüenza, estaba mudo.
—Vaya —prosiguió la hermosa niña alzando con sus manos la inclinada cabeza de Margarita— levanta esa frente querida que para Plácido y para mí siempre será pura y digna, levanta esa linda cabeza, mas linda ahora
que ya parece circundada por los rayos de la maternidad y no pienses en avergonzarte de una falta disculpable, puesto que el que hoy es tu amante, mañana será tu esposo. Vén, añadió en son de broma, ponte de rodillas y pídeme perdón por haber guardado para tí sola un secreto que me pertenecía en parte. Margarita se puso de rodillas.
—Sí, perdóname —murmuró, oprimiendo entre las suyas la mano de la joven— perdóname, porque ante tí, tan pura, no me atreví á hacer la revelación de mi deshonra; ha habido momentos, créeme Teresa, en que me parecía un crimen mi falta y que manchaba tu castidad con mi contacto.
—Calla, Margarita, eres una loca, si alguien te oyera, juzgaría á la mas pura y digna de las mujeres como un ser despreciable y prostituido; no pronuncies jamás esas palabras.
—Tienes razón, Teresa, yo soy pura, soy digna, porque si no lo fuera así, Plácido, tan noble, tan caballero, no me amaría. ¿No es verdad, hermana mia?
—Sin duda, querida; él te ama y te venera como si fueras su propia esposa.
—¡Ah! yo no sé, Teresa, qué convicción, qué fé tan profunda y abnegada me inspiró Plácido desde el instante en que le vieron mis ojos, cuando en una noche inolvidable, por vez primera sentí su voz dulcísima que me decia ¡te amo! perdóname, nada pensé, no quise luchar ni un instante mas con mi conciencia, olvidé á quien yo creía mi padre, rechacé la sombra roja de Fernando y solo tuve sentimiento y palabras para decirle ¡te amo y te perdono! Luego, cuando él con su ternura digna, pero no menos ardiente, en sus inefables desvarios inició mi virgen corazón en todos los deleites del amor, pensé con dolor que jamás seria su esposa y al mismo tiempo una felicidad inmensa inundó mí corazón; ¡qué importa! dije, si no soy su esposa, seré su querida, y así sacrificándolo todo por el hombre amado, todo, con una espontaneidad sublime, seré mil veces mas dichosa, y no vacilé, Teresa mia.
El rostro de Margarita, animado por un santo entusiasmo, tenia en aquel momento un tinte de fé y de pasión inconcebible; era la personificación de la nobleza y abnegación mas hermosa que pueda existir en el corazón de la mujer. Teresa la contemplaba con mudo respeto; Margarita era tan superior en su modo de sentir, que la pobre niña, candida y tímida, se sentía ante ella humillada, como la modesta violeta ante la reina de las flores. Margarita iba á proseguir, pero un ligero golpe dado con los nudillos dé los dedos en el vidrio del balcón, detúvola voz en su garganta y corriendo hacia allí,
—Es él —exclamó.
En efecto, era Plácido, que se inclinó ante su amada y besando su mano tendió la diestra á Teresa.
—¿No me esperabas, amada mia? —la dijo[2] con toda la ternura de su alma.
—No, Plácido, á esta hora jamás has venido, cometes una imprudencia en ello, por la situación en que estamos colocados ambos. Pero tú estás triste, ¿qué tienes?, ¿sufres acaso?, ¡oh! dímelo para sufrir contigo.
—Si, vida mia; sí, estoy triste y como me amas tanto, tienes que sufrir con tu querido.
—¿Tú no has dejado de amarme?
—¿A qué esa pregunta, Margarita?
—¡Oh! dímelo, ¡dímelo pronto!
—Para dejar de amarte, luz de mi vida, seria necesario que antes negara la existencia de Dios.
—Pues entonces no tengo miedo á nada, desafio todos los peligros, todos los dolores, por grandes que sean; teniendo tu amor me siento mas fuerte que un coloso. Ahora cuéntame porque sufres.
Plácido sacó de su paleto[3] una cartera de cuero de Rusia granate[4], y desdoblándola tomó de ella un sobre pequeño que dio á Margarita. Esta abrió aquella carta temblando, y palideciendo intensamente leyó en voz bájalo que sigue:
Santiago de Chile, Octubre 25 de 18…
Sr. D. Plácido Santillana.
Hijo mio:
Los últimos acentos de tu padre moribundo, te llaman
á su lado; vén á cerrar mis ojos y á recoger con tus labios
mi última voluntad, mi última bendición. No me
dejes morir solo. Te espera tu padre:
Federico Plácido Santillana.
Margarita nada dijo, alargó la carta á su amiga y fijando sus ojos arrasados de lágrimas en Plácido;
¿Cuándo partes? —articuló con voz temblorosa y con el rostro pálido por el dolor.
—Mañana —murmuró Santillana.
Y aquel hombre tan enérjico, tan valiente, llevó el pañuelo á los ojos y dejó caer la cabeza en las faldas de su amada.
Margarita trató en balde de consolar aquel dolor estremado, enlazó con sus delicados brazos el cuello de Santillana y con el afán de las últimas caricias le prodigó los nombres mas dulces y tiernos. Plácido se incorporó.
—Tú eres capaz de todo por mi, ¿no es verdad, ángel mio? la dijo.
— Sí —contestó la joven sin vacilar— si, soy capaz de todo por tí.
—Entonces parte conmigo, sé mi compañera en la desgracia, como lo has sido en la felicidad.
—Imposible, tú no puedes presentarte con tu querida ante el lecho mortuorio de tu padre.
—Te haré mi esposa esta misma noche, y si mi padre aún vive, bendecirá dos hijos en lugar de uno.
Los ojos de la joven brillaron con un destello de alegría, pero luego una expresión desesperada se pintó en su semblante.
—No puedo ser tu esposa —dijo— soy menor de edad y no habrá un solo sacerdote que quiera unirnos.
— ¡Ah! tú no me amas—repuso Plácido en el colmo de la desesperación.
—¡¡Que no te amo!! Pluguiera al cielo que no te amara tanto.
—Entonces, ¿qué te detiene? ¿No eres mia? ¿No me perteneces en cuerpo y alma? ¿temes acaso á tu padre?
—¡Mi padre! —gritó la joven mirando con ojos extraviados á su amante— no, Plácido, ese hombre no es mi padre.
Un rayo que hubiese caido á los pies de Santillana, no le habría causado mayor estupor que las palabras de Margarita. La joven contó á su amante en breves palabras la escena habida entre D. Luis y ella y cuando ésta hubo terminado, Plácido, con el rostro iluminado por inefable dicha:
—Ese miserable no es tu padre —dijo— creo que no llorarás la horfandad en que te deja el afecto de D. Luis, por el contrario, ahora somos realmente felices, somos libres, no tendrás escrúpulos y serás mia, eternamente mia; en mi hallarás al amante mas tierno y respetuoso.
—Gracias, amado mio, conozco toda la nobleza de tu alma, pero ahora menos que nunca puedo ser tu esposa.
—Díme porqué, dímelo, Margarita; tu extraña negativa me hace sufrir mucho.
—Bien, Plácido, voy á decírtelo, ¿dónde hallarás un sacerdote que nos quiera unir esta noche?
—¡Oh! ¿es ese el inconveniente?
—Contéstame.
—Yo le daré á un fraile cualquiera, con tal de que pueda archivar nuestra partida en una iglesia, yo le daré toda mi fortuna; tú profesas las mismas creencias y comprendes el matrimonio como lo comprendo yo; haremos el contrato social para el mundo, y el contrato del alma lo haremos nosotros mismos.
Una sonrisa tristísima rizó los labios de la joven, alzó sus rasgados ojos al cielo, y luego dijo á Plácido:
—No puedo, cuando tenga un apellido lejítimo seré tu esposa; mientras me llame Margarita á secas, seré tu querida.
En la bella frente de la joven estaba impreso el sello de una voluntad suprema. Su acento noblemente altivo hacia traslucir el orgulloso timbre de una raza pura. Margarita, luchando con dos pasiones poderosas, el amor y el deber, no podia confundírsele con la vulgaridad de una plebeya.
¡Imposible! aquella mujer cuyo rostro deslumbrante de hermosura tenía un tinte de delicadeza y distinción indescriptible, debia ser uno de tantos seres alejados del seno de la madre ó de la dorada cuna en que se mecieron los primeros dias de su infancia, por la mano del crimen ó la venganza. Margarita, mas hermosa con la negativa que pronunciaran sus labios, sintió inundarse sus ojos por el llanto; la ausencia de su amante iba á dejar un vacío amargo, profundo, ¡alienable en su triste existencia. ¿Qué haría sin él? Quedaba entregada é las inicuas maquinaciones de Don Luis. ¿Y su hijo? ¿Qué seria de su hijo?
La joven sollozaba amargamente. Plácido y Teresa escuchaban aquellos sollozos sin poderlos consolar, y ambos sufrían á la par de la joven, una angustia infinita desgarraba el corazón de Plácido.
—¡Oh! no, no quiero que llores así —esclamó atrayendo sobre su pecho á la desconsolada amante— no quiero que llores así, porque soy capaz de desobedecer la voz postrera de mi padre, por ahorrarte una sola de tus lágrimas.
—¡Eso jamás! —dijo Margarita enjugando sus hermosos ojos y conteniendo sus amargos sollozos— mañana parte; si faltaras á la voz de tu padre moribundo no serias digno de mí, por mas que sea, como dice D. Luis, una expósita, una miserable huérfana, el fruto de un crimen tal vez; mañana partirás y si así no lo hicieras, olvídame, Plácido, porque no serás digno de Margarita.
—Está bien, mañana partiré, seré digno de tí, aunque para ello tuviera que sacrificar la vida. Seré digno de tí, generosa criatura, y en cerrando los ojos á mi virtuoso padre, volaré á tu lado para ser tu esposo y el padre lejítimo de nuestro hijo.
Si Teresa ó alguno de los amantes, menos preocupados, hubieran fijado sus ojos en aquel momento en la pintada tela que en forma de tapiz cubria la pared del salón de Margarita, habría notado una ligera oscilación en los bastidores, producida por el roce del vestido de una persona que sin duda se ocultaba allí; pero tanto la primera como los segundos estaban enteramente ajenos al espionaje de que eran objeto. Plácido se puso de pié.
—¿Estás absolutamente resuelta á dejarme partir sin ser mi esposa? —dijo.
—Sí —repuso la joven— estoy resuelta, porque no quiero que llegue un dia de arrepentimiento para tí, por haberte unido á un ser que ni siquiera sabe él mismo quién és, y de vergüenza y dolor eterno para mí, por haber accedido á una súplica, hija de la situación tirante y cruel de este momento.
A Santillana, en la lealtad de sus sentimientos, ni siquiera se le había ocurrido la idea que acababa de manifestar Margarita, así que entre asombrado y profundamente resentido, dio un paso y tendiendo su mano á esta;
—Adiós —dijo— yo debia[5] exijirte, no suplicarte, que fueras ahora mismo mí esposa, pero no soy capaz de hacerte sufrir con una imposición que rechaza tu alma. Tal vez no me vuelvas á ver, mi travesía será larga; además, tengo enemigos que desean mi esterminio. Si muero, solo dejaré un bastardo que si hereda el orgullo de su madre será un desgraciado, como esta por una mal entendida delicadeza. Margarita se puso de pié. Plácido prosiguió:
—Adiós, quizá para siempre, Margarita querida, no olvides que me has herido en mitad del corazón; de este corazón que es tuyo, tuyo eternamente.
Un sollozo alzó el pecho de la joven, dio un paso y cayó de rodillas á los pies de Plácido que se hallaba profundamente conmovido.
—Perdóname, amado mio, no seas cruel, no me juzgues así, tú me conoces, tú sabes cuánto te amo y que todo espontáneamente lo he sacrificado á tu amor.
—Vén —esclamó Plácido, alzándola en sus brazos— vén, ante un hombre no está de rodillas un ángel como tú. Yo nada te exijo—prosiguió Santillana— yo solo apelo á tu conciencia; olvida esas vanas preocupaciones y consultando la fuerza de tu cariño hacia mí, díme por última vez si serás mi esposa.
—No —dijo Margarita resueltamente— no seré ahora tu esposa, porque no puedo serlo; te repito lo que antes te he dicho, mientras no tenga un apellido, seré tu querida; si algún dia descubro á mis padres, seré tu esposa.
—Está bien, no insisto, porque estoy convencido de que tu voluntad es superior á los impulsos tiernos y amantes de tu corazón; respeto, amada mia, esa extraña voluntad que me hace desgraciado, la respeto porque todo lo que emane de tí tengo que respetarlo y aceptarlo, aunque mi corazón y mis ideas lo rechacen.
—Si, Plácido, si, es preciso que la respetes y la aceptes aunque sea á pesar tuyo, entre ambos no cabe ofensa puesto que yo llevo la peor parte, dudar de mi amor, tampoco, porque te he dado mi corazón y mi honra, sin vacilar un momento, pues ni siquiera he pensado en que podía ser engañada; por el contrario, te he creído sin conocerte y he confiado en tí como se confía el niño en brazos de la tierna madre. Tú me amas mucho, Plácido mio, prosiguió la joven acariciando con sus dedos los negros cabellos de Santillana, tú me amas mucho, pero mira, lo que el amor niño y ciego perdona y olvida, no lo perdona la ancianidad severa y reflexiva y lo que tú, amado mio, no ves en una pobre huérfana, lo verá tu padre; sí, estoy segura de ello.
—Tú ofendes á mi noble padre, Margarita, su alma noble y generosa es incapaz de la injusticia, él santificaria mi unión y estimaría á la pobre huérfana, como tú dices, como á la mujer digna y perfecta, y no preguntaría jamás si esa mujer tenia ó no un apellido ilustre ó plebeyo.
—Si tú has heredado el alma de ese anciano, no pongo en duda lo que me dices; pero ¿qué quieres? soy orgullosa y cuando renuncio á ser tu esposa, cuando rechazo con lágrimas en los ojos el ilustre apellido que quieres dar á mi desconocido nombre, es porque mi orgullo como lo llamas tú, y mí delicadeza, como le llamo yo, es superior á todas mis pasiones, y se rebela ahora con mas fuerza que nunca. Por otro lado, —prosiguió la joven— no comprendo tu empeño en una unión que ya nuestras almas la han efectuado; un sacerdote unirá nuestras manos, nos dirá algunas frases sin sentido para nuestros corazones ya eternamente unidos en la tierra y mas tarde en el cielo, y luego, muy satisfecho se retirará creyendo que con aquella estúpida forma social, que con aquella irrisoria imposición de los hombres, no de Dios, que ha unido nuestras almas por medio de dos palabras. No comprendo, te repito, qué empeño te guía al desear ardientemente esta unión que yo no creo tan necesaria como á tí te parece.
—Yo estoy del todo conforme con tus ideas y creo, como tú, que la forma nada vale, nada absolutamente, pero sí la creo necesaria, por ser el único medio de legitimar á nuestro hijo; la creo innecesaria para nuestros corazones indisolublemente unidos ante un testigo supremo ó infinito, pero también la creo indispensable como un requisito, sin valor para nuestras almas, pero imprescindible para obtener el aprecio social, y sostener el buen nombre que llevarán mas tarde nuestros hijos.
—Tienes razón, hasta cierto punto —dijo Margarita— pero estoy con el matrimonio civil; sentiría con mas respeto la bendición digna y pura de un padre ó una madre, que la bendición siempre retribuida de un sacerdote, por mas que éste sea muy digno. ¡Qué quieres! me repugna este acto por una intuición natural que no acierto á comprender.
—¿Qué no aciertas á comprender? —exclamó Santillana satisfecho con las ideas manifestadas por la joven— ¡Que no aciertas á comprender esa intuición, cuando su descifracion perfecta está en la elevación de tus sentimientos! Y rechazas con repugnancia esa institución porque la espontaneidad natural de tu alma no comprende que pueda imponerse á otra voluntad, á otra alma, un deber ú obligación que .coarta las puras y naturales espansiones de los sentimientos espontáneos, mil veces mas hermosos y duraderos que aquellos que nos son obligatorios, haciendo siempre una víctima y un verdugo, ó cuando menos una esclava sumisa, y un amo que aunque sea tierno y condescendiente, al fin es amo. La joven miró á su amante entre asombrada y risueña y luego dijo:
—¡Oh! no, no te digo eso; porque yo soy tu esclava, y como tal me considero, y soy feliz con que tú seas mi amo.
—Si, pero eres esclava por tu libre voluntad, y esclava de un amo tan bueno, que á veces él se convierte en el esclavo verdadero y tú eres su reina adorada con fanatismo y veneración.
Una sonrisa de satisfacción dibujóse en los labios de Margarita, que agregó:
—Los delicados sentimientos que supones en mí, te agradan ¿no es verdad?
—¡Como no! ellos me muestran trasparente como un cristal tu alma entera, y amar á una mujer que piensa así en esta época de fanatismo relijioso, á mas de ser una felicidad es un orgullo.
—Acepto todas tus lisonjas, porque como dice la Bogotana[6]: “Lo que venga de tí, bendito sea”, pero quiero saber si estás convencido respecto á lo innecesario de nuestro matrimonio por ahora.
—Sí, amada mia. Mañana parto, y en cerrando los ojos á mi buen padre, volveré inmediatamente para ser entonces tu esposo…
Plácido se puso de pié.
—Adiós, Teresa querida —dijo a la joven que hacia largo rato se habia apartado hacia un lado é inclinada sobre el antepecho de un balcón Ajaba melancólicamente sus ojos en el desierto jardín.
—Adiós, amigo mio —respondió esta, tendiendo su mano á Plácido,pero este rechazó aquella mano suavemente y le abrió sus brazos. Teresa se arrojó en ellos, diciendo á Santillana:
—Vuelve pronto, amigo querido, piensa que nuestra Margarita no tiene ó no le queda aquí mas que mi pobre apoyo.
—Cúidala mucho, Teresa, hermana mía —balbuceó Plácido.
Y oprimiendo á Margarita contra su pecho, salió precipitadamente.
…………………………………………………………………
- Nótese la vacilación en estas líneas entre el leísmo y el loísmo. ↵
- Laísmo.↵
- Paletó. (Del. fr. paletot). m. Gabán de paño grueso, largo y entallado, pero sin faldas como el levitón. (DRAE).↵
- Granate: Color rojo oscuro. (DRAE). Este adjetivo debería estar, según el orden sintáctico convencional, inmediatamente después del sustantivo “cuero”, al cual modifica. ↵
- Por “debería”.↵
- Conjeturamos que se trata de una referencia a la escritora bogotana Josefa Acevedo Gómez, nacida en 1803 y cuya obra narrativa y poética se destaca por su fuerte contenido moral y su costumbrismo. Otros temas recurrentes en su obra son el amor filial, el amor matrimonial, la historia colombiana. Podría también tratarse de una referencia a Soledad Acosta de Samper, otra escritora colombiana del siglo XIX, autora de numerosas novelas, narraciones breves y cientos de artículos. Entre ellos: Cuadros de la vida de una mujer, La Monja, Un chistoso de aldea, Los piratas en Cartagena, El corazón de la mujer, Luz y sombra e Historias de dos familias. ↵






