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CAPITULO VIII

Contrato de un crimen

D. Luis se paseaba por su bufete. De tiempo en tiempo levantaba sus pequeños ojos á un monstruoso reloj que descansaba sobre un pedestal de bronce, en un ángulo de la habitación. El miserable se paseaba agitado, con las rugosas manos metidas en los bolsillos de su descolorido gabán; á veces deteniéndose en la puerta de escape, aplicaba el oido y luego una profunda contrariedad hacia más horribles sus facciones color de aceituna.

—¿Vendrá? —se preguntaba, y volvía á su interrumpido paseo.

El reloj dio las doce de la noche y D. Luis se dejó caer abatido en un sillón, pero en el mismo momento, la puerta giró y un hombre de andrajosa facha, embozado basta los ojos en su raida capa, apareció ante Saavedra.

—¡Ah! ¡ya creia que no vendrías! exclamó poniéndose de pié.

—¿Por qué, D. Luis? apenas son las doce, hora en que se cierran cafetines y bodegones.

—Tienes razón, no habia pensado en ello; era tanta mi impaciencia…

—¿Luego me necesitáis mucho?

—Muchísimo, Jacobo.

—¿Habrá buena propina, eh?

—Si te portas á medida de mis deseos, habrá algo más que buena propina.

—Estoy impaciente, decidme de qué se trata.

—De robar un niño.

Jacobo se estremeció.

—¿Y qué debo hacer con ese niño?

—Simplemente matarle —y el asesino sonrió, saboreando una venganza que no habia obtenido aún.

—¿Y por qué queréis matar á ese niño? —dijo Jacobo.

—Para vengarme.

—Pero, permitidme D. Luis que os diga, que creo que esa criatura no os habrá ofendido, y…

—Pero me han ofendido sus padres.

—Luego vengaos de ellos.

—Precisamente es lo que quiero; matando á su hijo, sufrirán un infierno, como Andrea, como Augusto.

Saavedra lanzó una carcajada hueca y sonora como la risa de un condenado: luego, volviéndose á Jacobo;

—¿Quieres encargarte del negocio? sí ó no.

—Pues bien, sí; este negocio con niños no me gusta mucho, pero allá veremos como me las compongo.

D. Luis respiró.

—Me alegro —dijo— que te decidas, porque no quería dar á otro participación en el asunto; estamos, pues, arreglados.

—No del todo; aún no hemos arreglado la paga.

—¿Cuánto quieres?

—Poned precio arreglado á la empresa.

—Te daré ciento cincuenta onzas de oro y quedarás contento.

—Por esa friolera no me espongo yo.

—¿Y cuánto quieres?

—Sí no son quinientas, no os sirvo.

El avaro abrió espantado sus pequeños ojos.

—¡Quinientas onzas de oro! —dijo— ¡quinientas onzas de oro! ¿sabes tú lo que son?

—Tan bien como vos, D. Luis.

—¡Pero, desdichado! ¡ese es mucho dinero!

Jacobo, sin cuidarse del asombro que manifestaba el avariento viejo, murmuró por lo bajo levantándose:

—Pues señor, si no son quinientas, encargad á otro el negocio.

Púsose el sombrero y se encaminó hacia la puerta.

—¡Te daré trescientas cincuenta! —exclamó el viejo poniéndose de un salto al lado de Jacobo.

—Yo no soy mercachifle —dijo este con una gravedad que en otras circunstancias habría hecho reír á D. Luis.

Jacobo entreabrió la puerta y Saavedra le detuvo.

—Está bien —le dijo— te daré lo que pides, pero esta noche misma tienes que averiguar el paradero de mi supuesta hija, á quien tú conoces.

—Luego, ¿no está aquí?

—Eres un imbécil; ¿no te estoy diciendo que hay que indagar y saber dónde se oculta?

—Entiendo, ahora sí, proseguid, ¿y una vez hallada por, mí?….

—Espiarla, seguir todos sus pasos, hasta que des con el niño; con su hijo.

—¿Y después?

—Robarlo, aunque sea arrebatándolo de sus propios brazos; y después…

—Sí, sí —dijo Jacobo precipitadamente, sin dejar concluir al miserable infanticida la horrible frase que sonriendo complacido iban á pronunciar sus labios— Ya sé lo demás; ahora dadme un pagaré ó garantía cualquiera que asegure mi dinero.

—¡Oh! no tengas cuidado, te pagaré lealmente.

—Sin embargo, yo quisiera…

—Nada, nada, una vez terminado todo, te pago.

—Y si no me pagáis, ¿qué hago yo sin una garantía vuestra?

—Delatarme é ir ambos á la cárcel.

Jacobo calló.

—Adiós —dijo, alargando á su cómplice una mano negra y callosa, pero más digna todavía que las delicadas de Saavedra.

—Adiós —murmuró este, y cerró la puerta tras de Jacobo.

D. Luis, una vez solo, hundió su infame cabeza entre ambas manos, y un rujido hinchó su pecho.

—¡Oh! sí, sí, me vengaré —dijo, con los ojos chispeantes de odio y de maldad.

Y luego, oprimiendo con su dedo un imperceptible botón de metal, incrustado en un cajón del escritorio, abrió y sacó de él un sobre con sello negro, que contenia una carta que leyó con diabólica complacencia. Nosotros también, lector querido, podemos, inclinándonos un poco sobre el hombro de D. Luis, leer detenidamente lo que este lee, y conocer una vez más la negra perfidia de aquella alma de demonio. Decía la carta:

“Mi tierna amiga:

¿Qué será mi vida sin ella? ¿crees tú que haya algo capaz de alegrar mi enfermo corazón? no, Teresa, ya todo ha concluido para mí en el mundo. Tomaré los hábitos tal vez; estoy tan desesperado, que no sé ni lo que hago, ni lo que pienso, ni qué será de mí. Tu carta es tan lacónica, que casi no te reconozco en ella. Nada me dices de sus últimos momentos; si fueron para mi, si murió amando y creyendo á su querido; nada me dices de mi hijo; no sé si debo creer que vive ó si tornó con ella al cielo; por Dios, dímelo todo; mi corazón ya está deshecho, no temas hacerme sufrir. Dime también qué papel ha representado el infame Saavedra, porque en la tuya solo me dices que él, por una venganza premeditada de muchos años atrás, ha sacrificado á y tal vez á mi inocente hijo. Escríbemelo todo sin omitir ningún detalle, por amargo y doloroso que sea; nada es tanto como haberla perdido. Adiós, estoy loco, no sé si la sobreviviré mucho tiempo.

Tuyo,

Plácido Santillana.”

Don Luis concluyó. Una sonrisa de triunfo arqueó sus enjutos labios y luego doblando la carta, exclamó:

—¡Qué imbécil! no sabes que papel ha representado Saavedra en los sucesos de tu vida; has caído en la trampa como caen los chingólos bajo las pajareras que fabrican los niños en el campo.

Y el viejo, frotándose las manos, añadió cual si se dirigiera á una persona invisible:

—Todo está envuelto en el misterio. Margarita muerta para él; su hijo muerto ó desaparecido para siempre, él no volverá ¿qué haría aquí? Ya no tiene nada, porque se lo he quitado todo, y luego es muy claro que mis dias serán tranquilos y habré satisfecho tres venganzas en una.

Pocos momentos después, D. Luis se habia acostado y su sueño, agitado é intranquilo, denotaba perfectamente el estado tempestuoso de su espíritu.



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