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CAPITULO V

Planes y delirios

Volvamos á D. Luis: sentado frente á su rica mesa de escribir estaba Saavedra intensamente pálido y con las pupilas irritadas por el exceso del odio y malignidad que rebosaba su alma. Tenía en una mano un pequeño medallón de oro con un retrato en miniatura, de una mujer joven y hermosa. Aquel retrato se parecía mucho á Margarita y don Luis lo contemplaba con una expresión feroz en el gesto y en la mirada. De pronto sus enjutas mejillas se encendieron, y con voz conmovida por la ira, murmuró en alta voz:

—¡Ella! ¡ella también me desprecia! ¡miserable de mí! pero no; esta no encontrará un atizador para arrojarlo sobre mi cabeza, como lo arrojaste tú; en esta me vengaré del oprobio de que cubrió mi nombre la abuela, y el odio y el insulto de la madre. Si, yo me vengaré, la haré mia, y luego, prostituida, envilecida, la arrojaré á tus pies. Y el infame, quizá respondiendo á la oculta voz de su negra conciencia, lanzó una carcajada. Luego, como si hablara con alguien, como si aquel retrato pudiera escucharle y comprenderle, prosiguió:

—Mira, á esta la amo, con mayor empeño del que me inspiraste tú, si, porque es mas bella, mas voluptuosa, y cuantas veces al despertar en mi corazón un sentimiento de ternura compasiva hacia ella, tan buena y pura, he tenido que llamar en auxilio de mi propia debilidad todo el odio, toda la hiél de los recuerdos pasados, para odiar también á esa pobre huérfana, como á un vastago aborrecido de tu maldita raza, y mira, si ella me amara, si correspondiera á mi ternura, lo olvidaría todo por su cariño y la haria mi esposa; pero no, ella me aborrece, me ha amenazado, ama al asesino de mi hijo Fernando; ahora queda sola, va á ser madre y yo tengo que cumplir mi venganza y la cumpliré. Una galería secreta me llevará á sus habitaciones, está sola, aislada en medio del jardin, ¿quién puede defenderla? nadie, porque nadie oirá sus gritos y tendrá que sucumbir á mis deseos. ¡Oh! yo quisiera que tú presenciaras esa escena; pero es imposible; mi brazo no puede alcanzarte hoy, sin embargo te juro contártela con todos sus detalles. Y aquel miserable volvió á sonreírse complacido; luego guardó el retrato en un cajón de su secreter[1] y cambiando de tono dijo:

—¡Como favorece mis planes esa galería! Ayer la utilicé por vez primera, vi y oí desde mi escondite cuanto deseaba oir y saber. La negativa de Margarita para ser esposa de Santillana ha salvado mis planes de venganza, y ella misma, guiada por su orgullo hereditario, se entrega en mis brazos favoreciendo por completo mi única ambición, hacerla mia y satisfacer mi odio. Margarita va á ser madre, y ese hijo ó hija será el instrumento de que me valga para martirizar su alma y envenenar su existencia. Si se resiste y se obstina en rechazarme, ese hijo, que ella espera con ansia, pasará de la cuna á mis brazos y luego á la tumba. El malvado se sonrió satisfecho, y restregándose las manos comenzó á recorrer la desierta alcoba á grandes pasos. Aquel hombre de pasiones repugnantes y mezquinas, era el ser mas audaz y despreciable de todos los seres. Su rostro, de una expresión siniestra y fuertemente repelente, se hacia antipático y detestable á primera vista; tenía el color amarillento, ajado el cutis, pequeños los ojos y de mirada recelosa y torva, la frente angosta, chata y calzada, estaba adornada de una mata de cabellos lijeramente canos y gruesos; las cejas finas, arqueadas y juntas terminaban en el nacimiento de una nariz de forma aguileña, corva; las mejillas secas y enjutas, parecian los pómulos salientes de la chata fisonomía de un californiano. La expresión de aquel conjunto, era la expresión del crimen y del cinismo, de la avaricia, en una palabra, de todas las malas pasiones. La mirada que abrillantaba aquellos ojos, tan pronto era la mirada de la hiena hambrienta é insaciable, tan pronto la recelosa expresión de los ojos de un judío, como el rayo mortecino del hipócrita consumado que trata en balde de velar sus ojos con expresión de santidad y beatismo[2] impenetrable. Sin embargo de todo esto[3], don Luis era respetado; su nombre gozaba todo el aprecio y privilegio que goza el nombre del hombre honrado. El mundo se deslumbra fácilmente, basta para ello poseer algunos millones, un poco de astucia y gastar gran tren y boato[4]. Saavedra poseía todo esto, y sobre todas sus riquezas brillaba en su suntuosa casa una joya de gran valor y hermosura, su hija ó su víctima, mejor dicho, pero ignorado por todo el mundo, que veia en la bella joven, un ser inmensamente feliz y era envidiada en todos los círculos sociales, por su bienestar y lujo. La desaparición de esta en el gran mundo fué por algunos dias el tema de todos los salones que frecuentaba, pero bien pronto todos olvidaron el nombre de Margarita; sus amigas se hastiaron de visitarla sin lograr jamás hallarla en casa y los jóvenes dandys que concurrían á los salones de Saavedra, hicieron exactamente lo mismo, inventando algunos mil cuentos y novelas mas ó menos creídas en los círculos sociales donde se contaban con profusión y se escuchaban con asombro.

Entre tanto la infeliz joven, objeto de las conversaciones del desocupado mundo y de los siniestros planes de Don Luis, yacia ignorándolo todo en un encierro voluntario, pero necesario á sus circunstancias; triste y llorosa veia transcurrir los dias, después de la partida de su amante. Teresa la acompañaba durante el dia; pero la noche la pasaba en la mas profunda soledad y aislamiento; su sueño, violento é intranquilo, le producía con frecuencia el insomnio y un temor vago y cruel atormentaba sus sentidos tenazmente.

El cambio brusco é inesperado de su vida había convertido su carácter naturalmente jovial y risueño en melancólico y profundamente taciturno. Algunas veces se la veía bajar al jardin tan amado para ella, y buscando el sitio querido que encerraba todos sus recuerdos, sentarse bajo aquel mismo árbol que tantas veces fué testigo de sus juramentos, de sus tiernas promesas y otras tantas cobijó con sus ramas, la figura gallarda y gentil de su querido. Sus ojos, algo hundidos por la fuerza del pensamiento, habían adquirido una expresión inmensamente triste y dulce á la par; cuando aquellos grandes ojos miraban, todo el dolor de su alma se reflejaba en el rayo de su azulada retina; su palabra era ahora breve, y su andar lánguido y tardo, denotaba un cansancio del alma inexplicable á los diez y siete años. Margarita, doblemente bella con su languidez poética y el prestigio que emanaba de su propio martirio, interesaba mil veces mas al corazón, que antes con su fresca y espléndida hermosura. Teresa amaba á la infeliz huérfana cuál si fuera su hermana, proveía su bolsillo con toda la delicadeza de su elevado carácter y trataba inútilmente de hacer mas llevaderas las penas de esta.

Algunos meses después de la partida de Plácido, Margarita dio á luz un hermoso niño, al cual se le llamó Plácido, como su padre, y la pobre madre con el alma anegada en toda la purísima ternura de que es susceptible el corazón de una madre, se desprendió del fruto de su amor y lo entregó al cuidado de una nodriza, buena, pero al fin nodriza.

Era la hora del crepúsculo de la tarde; era quizá la hora mas poética que tiene la naturaleza en que el sol ya pálido y sin fuerza recoje la orla de su dorado manto, apenas alumbrando con sus postreros rayos las copas de los altos árboles. Margarita, vestida de luto, con el hermoso rostro velado por una gasa ó crespón negro la hallamos quince meses después de la partida de Plácido[5]. Vá acompañada de Teresa y se detiene ante una casa pequeña, blanca y aseada, pero de pobrísima apariencia; la joven entró allí seguida de Teresa, se detuvo indecisa un momento y luego descubriendo lo que buscara con afán se fué en derechura hacia un corpulento sauce llorón, de cuyas ramas pendia una rústica cuna dentro la cual dormia su hijo. Una joven campesina de pura y fresca belleza se veía sentada al lado del niño, hacía cribo[6] correntino, y de tiempo en tiempo mecia suavemente la hamaca con su mano.

—Buenas tardes, Isabel —dijo Margarita tendiendo su diestra á la nodriza, y luego, corriendo á la cuna sacó el niño y comenzó á acariciarle con vehemencia.

Este sin sorprenderse y cual si comprendiera á la autora de sus dias abrió sus grandes ojos turquí y miró á su hermosa madre, alzando sus rosadas manecitas y enredando en ellas los largos rizos de Margarita.

—¡Mi hijo!, ¡mi hijo! —murmuró la pobre madre, feliz en medio de su desgracia, y estrechándolo contra su pecho le prodigaba esos tesoros de amor que solo el cariño maternal abriga. Luego se volvió hacia Teresa, y presentándole al pequeño Plácido;

—¿Verdad —dijo— que es muy hermoso? ¡Dios mio! ¡Qué lindo está! te aseguro que ni aún pintado he visto un ángel mas bello.

El niño miraba azorado tan pronto á Teresa, tan pronto á su madre como á la rolliza campesina. Teresa besó la rosada entreabierta boquita del pequeño Plácido, y devolviéndolo á Margarita;

—Es como todos los hijos del amor —dijo— el retrato perfecto del padre.

La joven madre recibió á su hijo y oprimiéndole sobre su enfermo corazón:

—Plácido, Plácido —murmuró sollozando sobre la frente del pequeño ángel.

Un momento después la joven se perdió entre las grandes avenidas de árboles que rodeaban la casita de Isabel.

—¡Pobre señorita! —murmuró la nodriza, cuando Margarita hubo desaparecido— ¡qué desgraciada debe ser!

Teresa inclinó la frente y una lágrima de dolor surcó su pura mejilla.

Isabel prosiguió:

—¿Que cree V., señorita Teresa? ¿Volverá el Sr. Santillana?

—Solo Dios lo sabe, hija mia; su silencio es un misterio para esa pobre mártir, y para mí una duda horrible á través de la cual no acierto á comprender la realidad….

Margarita apareció trayendo al niño dormido en sus brazos, y la joven calló por temor de que aquella escuchara sus palabras.

—Isabel —dijo con voz dulce, pero tristísima— ¿dónde acuesto á mi hijo?

—Aquí, señorita, aquí —contestó la nodriza entrando en su pobre habitación, seguida de Margarita.

Acostó al niño en la cuna, y besando su frente repetidas veces;

—Adiós, mi amor, mi ángel, hijo mio —repitió separándose, mientras de sus ojos corrían gruesas lágrimas.

—No llore V., señorita, no llore así —se atrevió á decir la buena nodriza profundamente conmovida— quizá llegue un dia en que vuelva V. á ser feliz.

—¡Feliz! —repitió Margarita— ¡Ah!, pobre Isabel, ¡tuno sabes que Margarita ya no puede ser feliz!

—¿Y por qué no, señorita? cuando uno menos piensa todo cambia en la vida, y nuestros males, por incurables que parezcan, se truecan en alegrías y volvemos á ser felices sin dar crédito al milagro.

—Tienes razón —dijo la joven— un milagro, tal vez un milagro, solo así; pero imposible; yo estoy olvidada de Dios, sola, enteramente sola con mi propia desventura; el amor de mi hijo me sostiene y él forma la única esperanza de mi vida. Y tendiendo su diestra á Isabel.

—Hasta mañana —la dijo[7]— cuida á mi Plácido. Ámalo, que quizá llegue un dia en que puedas ser recompensada como mereces.

—Adiós, señorita, hasta mañana —contestó Isabel— yo cuido y amo al niño con la ternura de una madre, esté V. tranquila que hago sus veces como mejor puedo.

—Gracias, gracias, Dios te lo pague, estoy satisfecha —dijo Margarita— y solo tengo que agradecerte y admirarte.

—¡Oh! señorita, V. me avergüenza, ¡bueno estaría que sobre ser V. tan desgraciada[8] teniendo que separarse de su único consuelo, no cuidara al angelito para hacer á V. mas infeliz! al contrarío, le quiero, le cuido y

me sacrificaré por él si es preciso.

Margarita abrió sus brazos á aquella noble joven y la estrechó en ellos, enjugó sus ojos en silencio y se alejó en compañía de Teresa.


  1. Secreter. (Del fr. secretaire). m. Mueble con tablero para escribir y con cajones para guardar papeles (DRAE).
  2. Por “beatitud”.
  3. Por “A pesar de todo esto…”.
  4. “Gastar gran tren y boato”: vivir dispendiosamente.
  5. Hipérbaton o alteración del orden sintáctico convencional.
  6. Criba (De cribo). Cuero ordenadamente agujereado y fijo en un aro de madera que sirve para cribar. También se hacen de plancha metálica con agujeros, o con red de malla de alambre (DRAE).
  7. Laísmo.
  8. Estructura arcaica y coloquial. Hoy diríamos: “Lo único que faltaba es que, además de ser usted desgraciada por tener que separarse de su hijo, yo no cuidara bien del angelito”.


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