Proposición y amenazas
Era un frió y lluvioso dia de Agosto; Margarita, como siempre, sola con sus tristes pensamientos, hacia labor cerca de un pequeño costurero colocado frente al balcón principal del saloncito. Sus grandes ojos turquí[2], húmedos y tristísimos, contemplaban con amorosa expresión un pequeño medallón con el retrato de su amante que la joven llevaba pendiente de su cuello por una delgada cadenita de oro, la misma que Santillana pusiera en su garganta la noche de su primer encuentro. Margarita contemplaba el retrato y su temblorosa mano iba á llevarlo á sus labios, cuando la voz ronca y destemplada de Don Luis se dejó oir.
—Margarita, ¿estás sola?
La joven se estremeció.
—Podéis pasar —dijo, ocultando precipitadamente el retrato en su seno. La figura repugnante de Saavedra apareció ante Margarita y esta, alzando su altiva frente;
—¿Qué queréis? —le dijo enérjica y resuelta— ¿á qué venis?
—Vengo —dijo el viejo, sin desconcertarse ante aquella brusca interpelación— á decirte por última vez que te amo y que si no consientes en ser mia, mi venganza será espantosa.
—Véngaos en buena hora, Don Luis.
—Mira que tú no puedes imaginar la extensión de mi venganza.
—¡Ah! yo os conozco demasiado bien, sé de todo lo que sois capaz, en vos nada me asombrará, Don Luis.
—Aun no me conoces bien, Margarita —dijo el viejo sonriendo diabólicamente, como si aquella sonrisa respondiera á la voz de su pérfida conciencia— todavía no conoces á Luis de Saavedra.
—Acabemos —exclamó la joven poniéndose de pié, trémula, pero resuelta— acabemos ¿creéis que me intimida vuestra amenaza?
—Por ahora nó, pero mas tarde, quizá.
—Luego, ¿pensáis hacerme sufrir mas?, ¡qué!, ¿no os parece bastante mi llanto constante y la amargura eterna con que habéis saturado todo el resto de mi vida?
—Aún es tiempo; todavía puedes ser feliz.
—¿De qué modo?
—Consintiendo en mi amor, y…
—¡Que consienta en tu amor! —gritó Margarita, pálida de indignación—¡Miserable!, te detesto, me horrorizas como un leproso y á través del odio que me inspiras, te miro mas detestable que un monstruo infernal!
—Está bien, tiembla, vastago maldito de una raza orgullosa, tiembla, porque no tendré compasión.
—Sea, véngate en buena hora, en tanto solo hallarás desprecio á ese decrépito amor.
—Margarita, Margarita, no me hables con esa insolencia —rugió el viejo, rojo de ira y acercándose á la joven con un movimiento amenazador— no me hables así porque puede que tu altivez se sujete á mi decrépita voluntad.
Y Don Luis lanzó al rostro de la joven una carcajada irónica y soez. Margarita se irguió lívida, sus ojos azules lanzaron una mirada de coraje que tocaba en el delirio.
—¿Qué dijiste miserable? —dijo— ¿quién te dio derecho para insultarme así? di, miserable, ¿quién, cuando con solo delatarte á la justicia te arrancaría esa máscara hipócrita con que ocultas la podredumbre de tu alma envilecida y amasada con el crimen, esa falsa careta de virtud que jamás conociste y por la que el mundo te respeta sin imaginar que le engañas con la mas repugnante de las farsas? ¿Quién te ha autorizado, —prosiguió la joven creciendo en indignación— quién te ha dado derecho para hablarme así, cuando con solo hablar una palabra puedes vivir el resto de tus días en un calabozo?
Don Luis miraba á Margarita y una expresión indefinible se pintaba en su rostro. La joven dio un paso retrocediendo y Don Luis le preguntó:
—¿Has concluido?
—Vete, respondió esta señalando al viejo la puerta.
—¡Oh! no, no me iré sin decirte antes algo que tú crees que yo ignoro y que sin embargo, estoy tan al corriente de ello como tú misma. Escucha ¿dices que puedes con una palabra tuya hacerme vivir mis últimos dias en un calabozo? ¿que puedes delatarme á la justicia y arrancarme la máscara con que, según tú, engaño a la sociedad? y díme: ¿has pensado que si eso hicieras tu traición quedaría sin revancha?, ¿crees tú que yo no te arrancaría ese antifaz de falsa virtud con que engañas al mundo, esa atmósfera de pureza y castidad con que quieres rodearte, diciéndole á ese mundo que te venera —es una prostituta— mirad la prueba… ?
—¿Y qué probarias? —balbuceó Margarita, con la voz temblorosa y anhelante, á pesar suyo.
—Que has tenido un amante y que tienes un hijo…
La jóven dio un paso, alzó el brazo con el ademan y la majestad de una reina y sin que su rostro sufriera la menor alteración.
—Vete —dijo con acento breve, pero fuertemente imperioso.
Saavedra, como impelido por una fuerza magnética, obedeció sin replicar á aquel acento supremo, á aquel mandato irresistible y lanzando á la joven una mirada implacable, una especie de promesa de odio y exterminio, salió precipitadamente.
Margarita se vio sola; la expresión de su rostro varió, llevóse la mano á los ojos y dos gruesas y ardientes lágrimas corrieron por sus pálidas mejillas; un sollozo inmenso alzó la bóveda de su seno y con acento sublime exclamó:
—¿Qué me importa si la sociedad me desprecia, si ella me arroja de su corrompido seno? El recuerdo de Plácido, el amor de mi hijo y el afecto puro y desinteresado de Teresa, valen por un mundo entero y ellos me bastan para el resto de mi triste existencia.
Dos horas después de la escena anterior, Margarita, sin más equipaje que un lío de ropa, algunas alhajas, obsequios que le fueron hechos en el dia de su natalicio y en los que no tenía absolutamente parte Don Luis, abandonaba para siempre el palacio de Saavedra.
La infeliz joven, al descender las escaleras de sus antiguas habitaciones, lloraba amargamente. Allí, en aquel pequeño nido, tan querido para su corazón, habia pasado parte de su infancia. Mas de una vez habia coronado su infantil cabeza con ramas de madre-selva y multi-flor[3], cojidas de la cortina natural que velaba los balcones de la alcoba; todos sus sueños de inocencia y de pureza habían sido forjados bajo aquel mismo techo; luego, el primer latido de amor que despertó su corazón de virgen á las sensaciones de la mujer, fué allí también. Allí, sin darse cuenta ella misma, amó á Plácido; mas de una vez en su puro y blanco lecho, desvelada por la lucha cruel entre el deber y su amor escepcional, le pareció oir la voz de su amado y el calor tibio y perfumado de un ósculo en su frente; mas de una vez estendió sus brazos en medio de la oscuridad, creyendo percibir la sombra de su amado. Mas tarde, bajo aquel mismo techo, vio triunfante su amor, perdonó y fue inmensamente feliz; luego, cuando olvidándolo todo ante su amor inconcebible, la pobre joven fué madre, allí sintió por vez primera el latido primero del retoño feliz de sus amores, y allí, en fin, sufrió y gozó todo lo que se puede sufrir y gozar en el mundo, algo mas de lo que nos da el mundo quizá, porque aquel corazón tan extraño, tan distinto y aparte de todas las imperfecciones humanas, se entregó todo y por completo, amó sin término medio; en su pureza de sentimientos, ni siquiera comprendía el significado de esta palabra, símbolo siempre de la ruindad del alma; ella, en medio de la ignorancia purísima de su corazón, de la hermosa espontaneidad que reflejaba en todos sus pensamientos y acciones, creía que amar era dar su alma y su vida entera, sin recompensa y solo obedeciendo á un sentimiento noble y generoso, superior á todas sus facultades.
Su corazón solo sin afecciones, sin familia, enteramente huérfano, se aferró al alma, al espíritu de su amante, como se adhieren esas plantas parásitas en los fondos de los mares á la raiz imánica del coral.
Margarita, al descender para siempre aquellas escaleras tan queridas, lloraba uno á uno todos sus recuerdos de niña, de amante y de madre. Por fin salió de allí y sus pasos lentos y vacilantes se dirijieron á una miserable tienda de prenderos, ó como vulgarmente se dice á un Monte-pío[4], y deteniéndose un instante á su puerta, echó el tupido velo de la mantilla sobre el rostro y entró resueltamente. Cruzado de brazos, con las verdes gafas caladas y casi echado sobre la barandilla del mostrador, estaba el usurero vejete de fisonomía enjuta, calva frente y ojos vivaces, que brillaban á través de los anteojos con toda la expresión avarienta del judío[5].
—¿Queréis comprarme ésto? —dijo la joven sin mas preámbulos, poniendo ante el usurero un estuche abierto conteniendo un riquísimo aderezo[6] de brillantes rosas, esmaltados en el engarce con filigrana negra.
El prendero miró asombrado las maravillosas alhajas y luego restregándose los ojos, deslumbrado por el reflejo de las piedras preciosas;
—Comprarlo, no —dijo— pero puedo daros el dinero arreglado á tasación y con un interés módico.
—¡Oh! no, eso me repugna. ¡Compradlo! ¿si ó nó? responded y acabemos.
El miserable miraba el estuche y temblaba de codicia.
—¿Cuánto pedís, linda joven? —dijo por fin.
La jóven iba á contestar, cuando repuso él interrumpiéndola.
—¿Y si no fuera vuestro?
—¿Cómo creéis que yo pudiera vender una cosa ajena?
—¡Se venden tantas alhajas robadas! Luego las multas…
La jóven no escuchó mas, tomó el estuche y envolviendo al miserable en una mirada de profundo desprecio, se encaminó á la puerta.
—Yo no os he querido ofender —exclamó alarmado el prendero salvándola distancia que le separaba de la jóven y deteniéndola por la blonda de su mantilla.
—Os juro, señora, que no he querido ofenderos; le pasan á uno tantos chascos…. ¿qué queréis? hay que tomar precauciones para no ser engañado.
—Y bien —dijo Margarita visiblemente contrariada— acabemos ¿queréis darme por ello diez mil pesos?
—Imposible, os daré seis.
—Dadme ocho y concluyamos, y si no despachad, porque llevo prisa.
El avaro tomó el estuche y destapando un pequeño frasquito, aplicó sobre las piedras una dosis imperceptible del líquido que contenía la redomita[7] y una vez desvanecida su duda de si eran ó no falsas las alhajas, se apresuró á contar los billetes que entregó á Margarita.
Los ojos del prendero brillaban avarientos y aún recelosos cual si temiera que la joven, desistiendo de la venta, quisiera deshacer arrepentida el negocio que acababa de terminar.
Esta, por su parte, guardó el dinero, volvió la espalda al miserable y se alejó sin cuidarse de él; á algunos pasos de allí se detuvo, entró en una mueblería ó bazar y compró en él todo lo mas imprescindible para su nueva vida é hizo conducir todo aquello á una pequeña, pero alegre
y ventilada habitación que habia alquilado aquel mismo dia, en una casa de inquilinato de la calle del Temple.
Aquella habitación no se parecía á su antigua vivienda, pero era limpia y con hermosos balcones; en otra época habia sido lujosa, estaba estucada y tenía una pequeña estufa. Margarita, feliz en su pobreza, distribuyó sus pobres muebles de tal manera, que si en verdad alli no
habia lujo, en cambio se notaba á primera vista un gusto esquisito[8] y un sentimiento de poesía y belleza que solo el alma tierna y poética de una mujer de su género sabe imprimir á todo lo que toca.
Una vez instalada, la joven pensó solo en su hijo. Tener á su hijo, mecerlo en sus brazos, recibir su primera sonrisa, su primera mirada, oir al despertar el tierno y encantador gorjeo de su infantil y balbuciente vocecita de ángel, todo lo pensó, todo lo acarició y le pareció un sueño.
Nada tenía que ocultar ya. Don Luis, su enemigo implacable, conocía su falta, le temia, pero fuerte en medio de su debilidad, se proponía luchar protejiendo á su hijo.
La cuna del niño fué el primer objeto de que se ocupó la joven madre; con increíble gracia y elegancia plegó con sus propias manos la cortinilla de crespón celeste y blanco[9]; luego, sujetándola sobre las doradas alas de una águila de metal que descansaba sobre el pabellón del pequeño lecho, la aseguró por medio de un largo lazo de cinta rosa; el colchón de finísimas plumas y la diminuta almohada de blanco encaje, quedaron listas y Margarita, echando sobre sus hombros un pañolón de cachemir, salió á la calle y se encaminó á casa de Teresa. Llegó allí, preguntó por ella y le dijeron que no estaba; entonces pidiendo recado de escribir, dejó á su amiga escrito en una hoja de papel lo siguiente:
Hermana mia.
Vivo en la calle del Temple, número 18 y allí te espera
tu
Margarita.
Entregó la esquela á un sirviente y salió de allí precipitadamente, en dirección a la casita de Isabel.
- Por un error que suponemos de imprenta, en el original este capítulo aparece bajo el número VII (aunque es el sexto) y, de aquí en más, todos los capítulos subsiguientes arrastran el error de numeración.↵
- Azul turquí: El más oscuro. Es el sexto color del espectro solar. (DRAE). En la novela, tanto la protagonista como Augusto Medina y sus ancestros tienen ojos “turquí”. ↵
- Multifloro, ra. (Del lat. multiflorus). adj. Bot. Que produce o encierra muchas flores. (DRAE).↵
- Montepío. (De monte pío). m. Depósito de dinero, formado ordinariamente de los descuentos hechos a los individuos de un cuerpo, o de otras contribuciones de los mismos, para socorrer a sus viudas y huérfanos. 2. establecimiento público o particular formado por este objeto. 3. Pensión que se recibe de un montepío. (DRAE).↵
- Son varias las veces en que Pelliza se refiere peyorativamente a los judíos, siempre asociados en la novela con la codicia y la mezquindad.↵
- Por “engarce”. ↵
- Redomita: diminutivo de “redoma”. Redoma: (del ár. ruduma, botella de cristal, frasco) f. Vasija de vidrio ancha en su fondo que va estrechándose hacia la boca (DRAE).↵
- Por “exquisito”.↵
- Los colores, nada casuales, de la cuna del pequeño Plácido confirman aquella idea planteada por Beatriz Curia en torno a la voluntad argentinizadora de las novelas de la época.↵






