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CAPITULO VII

El Juramento

Teresa, habiendo vuelto de su paseo, recibió la esquela de Margarita y con una expresión de asombro y placer indefinible, leyó las señas de la nueva vivienda de aquella casa, sin dar crédito á lo que allí le decia; mil conjeturas hizo la joven y sus pensamientos se embrollaron tanto á fuerza de discurrir sin acertar con la verdad, qué se quedó dormida soñando intranquila con dramas tenebrosos y trajedias inverosímiles, en las que figuraba Don Luis ora iluminado fantásticamente por las llamas rojizas de una hoguera, ora destacándose en medio de la densa oscuridad, llevando en la diestra un puñal y en la izquierda la cabeza pálida y hermosa de Santillana.

La joven, fuertemente exaltada, pasó aquella noche, y cuando las primeras luces de la aurora penetraron en la estancia con toda la fuerza de nuestro hermoso sol, la joven saltó del lecho, envolvióse en un vestido, cubrió con un blanco chal sus hombros y con un sombrero de paja su linda cabeza y luego de visitar las habitaciones de su padre y dar á este el beso de costumbre, se encaminó presurosa é impaciente á la casa de su amiga. Teresa, esta interesante niña que tan dulce, tan suave aparece, aún no es bien conocida de nuestros lectores; vamos, pues, á decir algo relativo á su pasado y aun á su presente.

Don Víctor Figueroa era padre de Teresa; perdió su esposa al dar á luz aquella niña[1], fruto de un año de matrimonio. Figueroa, que adoraba á su esposa, viola con indescriptible dolor bajar al sepulcro, y en medio de la espantosa soledad y abatimiento en que se halló sumido, amó á su hija hasta el delirio, reconcentrando en aquel tierno vastago todos los tesoros de ternura que guardaba su noble y sensible corazón.

Las amarguras que pasó aquel buen padre durante la época de lactancia, fueron tantas y tan crueles, que su carácter, naturalmente bondadoso, se sensibilizó de tal manera, que la niña, mas tarde mujer, no echó de menos jamás á su madre, porque Don Víctor siempre tierno, cuidadoso y solícito, era la viva encarnación del cariño maternal. Teresa creció y al cumplir doce años entró en calidad de pensionista en el colegio de la Merced, donde conoció á Margarita. Ambas se vieron y se amaron; una viva simpatía se despertó en sus corazones y al verse solas, huérfanas y aisladas, se interrogaron mutuamente, se hablaron, se comprendieron y un afecto imperecedero y puro germinó en sus almas infantiles. En la hora del recreo se unían, y apartándose de sus demás compañeras se perdían solas entre las grandes avenidas de naranjos que adornan las alamedas y huerta del colegio de Huérfanas. Cuando D. Víctor visitó á su hija por tercera vez, encontró á ésta, —antes triste y pesarosa con la ausencia del hogar y las caricias del autor de sus dias—casi dichosa. Saltó sobre las rodillas de su padre y echando sus brazos al cuello de aquel:

—Padre querido, le dijo, ¿sabes que tengo una hermana, una hermana muy linda y cariñosa? ¡Ah! si la vieras, padre mio, si la vieras la amarías.

—Sí, si, hija mia, hija de mi alma —murmuró Figueroa, mirando embelesado á su candida hija— sí, la amo; basta que tú la ames y la llames hermana.

Teresa suplicó á la sócia directora principal del establecimiento permitiera á la bella Margarita pasar al salón de recibo, donde esperaba su padre. La sócia accedió y Don Víctor admiró á la tierna niña, feliz y complacido ante la elección que habia hecho su hija.

Abrazó á la hija de Saavedra y la amó porque su hija la amaba y porque aquella hermosa criatura, con sus grandes ojos turquí, puros y diáfanos como el azul del éther, parecía implorar ternura, mendigar amor, revelando en el reflejo eme animaba y embellecía sus facciones un tinte de pureza y candidez indefinible. Teresa, gozosa con el beneplácito de su padre, se entregó enteramente al afecto eme le inspiraba su amiga y desde aquel dia se vincularon sus corazones de una manera indisoluble y que debía de ser eterna ……………………………………….…………………

Tres años después, Margarita y Teresa hacían unidas su entrada en el gran mundo. Los triunfos de la primera, halagaban á la segunda cual si fueran tributados á ella. La belleza de Margarita, enérgica[2] sin

ser audaz, magestuosa, casi réjia sin ser impertinente, contrastaba con el candor suave y poético de la hija de Figueroa.

Las dos eran bellísimas, pero enteramente opuestas. Margarita, con su naturaleza ardiente y ávida de impresiones, á los quince años forjó su ideal y amó una ilusión que no tardó en realizarse. Plácido fué el amor de su alma, el único amor de su vida, pero la noble joven llevaba impreso en su frente el sello negro de una horrible fatalidad y fué la víctima, la mártir sublime del odio implacable de un malvado. La estrella que debia alumbrar el camino de Teresa, era por el contrario, benigna y clara como sus propias pasiones: á su corazón, virgen todavía, no le llegaba la hora; ella debia amar, pero amar sin deseo, sin ardor, con un amor purísimo, enteramente espiritual, con un afecto noble y divino como sin duda lo sienten los ángeles.

Teresa era bella; tenía esa dulce expresión que deben poseer los querubines; todo era celeste en aquella angélica criatura. Muchas veces su padre, al contemplarla, retenia extasiado hasta el aliento, temiendo que el mas leve soplo desvaneciera aquella emanación del cielo. Cuando los dias de fiesta, con su blanco vestido y su velo de nieve sobre el rostro, se dirijia al templo, manera indisoluble y que debia de ser eterna jóvenes y ancianos, mujeres y niños se detenían asombrados y juntando las manos la bendecían, maravillados de tanta gracia é inocente hermosura. Jamás llamaba en vano la miseria á la puerta de su casa, porque su noble corazón era el amparo del pobre, del desvalido, del huérfano, del menesteroso: siempre dispuesta al bien, se habia conquistado el dulce nombre de ángel de caridad. Dejemos á Teresa para volverla á hallarla[3] muy en breve y veamos á Margarita, un instante antes de la visita de su hermana.

De pié, al lado de la cuna de su pequeño Plácido, contemplaba arrobada el dormido rostro del niño y una lágrima gruesa y ardiente corria por su pálida mejilla, yendo á perderse entre los finos pliegues de su blanca camisola de encaje.

¿Por qué lloraba la joven?

Oigamos su dulce voz, cuya vibración suave y tristísima impresiona profundamente al que la escucha.

—Santillana, Santillana, ¿dónde estás? te busco, te llamo y tu voz no me responde nunca, ¿acaso estás en el cielo? Sí, si, has muerto, amado mío, porque el perjurio no cabia en tu gran corazón, en tu alma noble y elevada. La tierra falta bajo mis pies, mis ojos empapados en llanto, se niegan ya enardecidos á consolarme con el rocío bienhechor de las lágrimas. ¡Plácido, Plácido mio!, ¿por qué aliento, por qué vivo sin tí? ¡Oh! llámame hacia donde tú moras, y allí nuestras almas, unidas en el infinito, formarán un solo espíritu divinizado y eternamente purificado del torpe polvo de la vida ¡Llámame, llámame á tu seno y conmigo al hijo de tu amor!

Y la joven, con las manos estendidas, la mirada fija en el cielo y los labios entreabiertos, parecía próxima á exhalarse en una emanación impalpable y vaga, para subir confundida con el aire hasta el amado de su corazón.

Un sollozo inmenso levantó de pronto la bóveda de su pecho, y con voz triste y quejumbrosa como un lamento, entonó, siempre de rodillas, las estrofas que siguen y que pertenecen á nuestro malogrado Cuenca[4]:

Yo sí que he apurado cuanto hay de precito,

de horrible en la pena del odio maldito

que acosan la vida que amor no endulzó;

yo sí que he tenido la bárbara suerte

de ver de una en otra la irónica muerte

que á todas mis dichas Satán preparó:

¡Más bien que no hubiera gozado un instante

fugaz de ilusiones, de amor delirante

y eléctrico arrobo que ansié con afán!

¡Más bien que no hubiera probado mi labio

la copa de néctar; lo dijo ya un sabio

Que en pos de las risas las lágrimas van.

—¡Margarita, hermana mía! —gritó Teresa que, sin ser sentida, se habia acercado á la joven madre— ¿A qué ese canto tan triste?, tu canto me hace daño.

Margarita, sacada bruscamente del doloroso éxtasis en que se hallaba, miró á su amiga casi aterrada.

—¡¡Teresa!! —dijo poniéndose de pié.

—Sí, Teresa, tu amiga, tu hermana; Teresa, que daría gustosa su vida por verte feliz.

Las jóvenes se confundieron en un abrazo y sus corazones latieron unidos largo rato.

—¡Ah, Margarita! —dijo al fin Teresa— ¿por qué no has ido á casa de tu hermana?

—No me culpes, hermana querida —respondió la joven enjugando sus lágrimas—. Un sentimiento de natural delicadeza, me ha alejado de la casa de tu padre.

—¡Delicadeza! —dijo Teresa sonriéndose con amargura; —delicadeza, no; es orgullo, si, es orgullo, lo que te ha alejado de la puerta de nuestra casa.

—Interpretas mal mi pensamiento ó no me quieres comprender.

—Ni lo uno ni lo otro; te comprendo perfectamente.

—Pues mira, te equivocas, porque el orgullo que tu me supones, seria ridículo tratándose de dos hermanas.

—Pero entonces, yo no comprendo eso que tú llamas delicadeza, porque la creo inconcebible en nuestra confianza sin límites.

—¡Por Dios! —exclamó Margarita, realmente afligida.

—No me acuses, no me trates así, escúchame y créeme Teresa, porque yo jamás he mentido. Si hubiera estado enferma, si llego á estarlo, no tendré inconveniente en llamar á tu puerta, hoy única que puede abrirse para mí, diciéndote: “hermana mia, necesito tu apoyo, tu caridad y tu amor; socórrame, socorre al hijo de mis entrañas”; pero mientras Dios no me prive de mi buena salud, mientras mis manos puedan manejar la aguja, no esperes, no, que jamás vaya á implorar la limosna del día, porque me creería indigna de tu afecto, y hasta despreciable á mis propios ojos. Teresa estrechó en silencio la diminuta mano de la joven.

—Tienes razón —dijo— ese es el deber de una mujer digna. Yo no puedo, no debo reprenderte por un acto que yo habría cometido, si me hallara en el caso escepcional en que tú te encuentras; pero ahora, ven, y sobre la frente de tu hijo, júrame que cumplirás lo que me has dicho; júrame con la mano puesta sobre su inocente frente, que no pasarás una miseria, una sola necesidad; júrame, añadió haciendo inclinar á Margarita sobre el borde de la cuna, que á la menor tentativa de D. Luis, vendrás á mi casa y te pondrás bajo el amparo de mi buen padre.

—Te lo juro —dijo Margarita, haciendo sobre la rubia cabeza de su hijo la señal de la cruz.

—Ahora, estoy casi satisfecha —dijo Teresa— ven, que tienes que hacer.

—Voy á concluir un trabajo.

—¿Quieres que te ayude?

—No, hija mia, tú quizá te habrás olvidado de estos primores que nos enseñaron á entrambas[5].

—Es verdad que no estoy muy ducha, pues hace buen tiempo que no bordo tan delicado.

—Entonces no lo toques, trae.

Y la lujosa señorita de Saavedra, la elegante dama, la niña mimada de los aristocráticos salones de Buenos Aires, comenzó su bordado con una prontitud y limpieza admirables.

Teresa la contemplaba extasiada; mientras que á veces una lágrima brotaba de sus lindos ojos, que presurosa enjugaba, por temor de que la hermosa bordadora la descubriera. Las dos amigas conversaron largo rato y Margarita contó detalladamente á Teresa la escena habida entre ella y D. Luis. La candida niña, lívida de espanto ante tanta perversidad, preguntó á Margarita.

—¿Y no le temes?

—¡Y cómo no temerle!

— Entonces, vén conmigo, vén á nuestra casa.

—Imposible, allí como aquí, me perderá si se le antoja; no insistas, pues; agradezco y comprendo todo el buen deseo que te anima, pero ya te he manifestado mi resolución y no la quebrantaré por nada.

Teresa calló. Margarita siguió su labor y poco rato después se despidió la hija de Figueroa y se alejó de allí, pensativa y silenciosa, discurriendo quizá un medio salvador para alejar el peligro que entreveía para su amiga.


  1. Por: “perdió a su esposa cuando ésta dio a luz a aquella niña”.
  2. Se detecta una vacilación ortográfica en esta palabra, que luego aparece escrita con “j”: “enérjica”.
  3. Duplicación del pronombre de objeto directo.
  4. Posible referencia al poeta y dramaturgo español Carlos Luis de Cuenca y Velasco (Madrid, 1849 – Ávila, 1927), autor contemporáneo de Pelliza que publicaba asiduamente en la prensa española y de piezas teatrales (zarzuelas, entre ellas) de gran difusión en los teatros de habla hispana del Siglo XIX. Se sabe que utilizó los seudónimos de “Luis de Charles”, “Fulano de Tal” y “Mefistófeles”. Colaboró en Heraldo de Madrid, ABC, Blanco y Negro, El Domingo, Buen Humor y El Debate, con artículos de temática variadísima, y en El cuento semanal y La novela de hoy. De sus obras teatrales, escritas a veces en colaboración con otros autores, destacan: el drama La herencia de un rey (1874), la comedia Entregar la carta (1877), las zarzuelas Franceses y prusianos (1872), Fama inmortal (1874), La tarjeta de Canuto (1876), Un nudo morrocotudo (1879), La divina zarzuela (1885), entre otras. (Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, 412).
  5. Arcaísmo por “ambas”.


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