Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

CAPITULO IX

El Rapto

Margarita, en compañía de su hijo, se creía feliz. Sin embargo, la pobre madre estaba muy lejos de serlo; su rostro pálido y cambiado, demostraba bien claro la lucha constante y angustiosa de su enfermo corazón. Por otro lado, el trabajo penoso de cada día y las mil privaciones á que está sujeta la miseria, minaban lentamente aquella naturaleza antes fuerte y vigorosa y hoy debilitada por los sufrimientos del alma y del cuerpo.

La joven, en medio de su pobreza y tristísima condición, era orgullosa. Ocultaba á su generosa amiga el estado real de su posición y hacia creer á esta, valiéndose de mil medios ingeniosos y convincentes, la holgura y bienestar de su vida actual.

Tres meses hacia que Margarita, separada de D. Luis, vivia en compañía de su hermoso hijo. Su vida aislada y solitaria, se reducía á la única sociedad de Teresa y la buena Isabel, nodriza que fué del pequeño Plácido. Se levantaba al rayar la aurora; aseaba su hijo[1], arreglaba su lecho y su vivienda y luego de tomar un ligero desayuno, entreabría el balcón y allí sentada en una pequeña silla, comenzaba su labor teniendo el niño sentado á los pies y fijando á cada instante sus ojos impregnados de una ternura intensa en el infantil y rosado rostro de su pequeño ángel.

La pobre madre, ajena á su desgracia, miraba á aquel niño como enviado por la providencia, para aliviar en parte su miserable vida. Uno de los muchos dias en que la joven trabajaba como de costumbre, un presentimiento horrible vino á estremecer su corazón, haciéndola temblar, sin darse cuenta de ello, por la vida de su hijo; tomó el niño en brazos y gruesas lágrimas corrieron de su ojos y con voz balbuciente comenzó á acariciarle, prodigándole mil nombres cariñosos y diciéndole: ¡pobre, pobre hijo mio! ¿Qué seria de mi vida sin tí? ¡Oh! tu eres el solo, el único consuelo en el desamparo horrible que rodea mi corazón. Luego, cambiando de voz y con acento sarcástico y entonación cruel y dolorosa, añadió:

—Pobre, si, pobre hijo mio; no tienes padre; tu madre infeliz, ¿qué puede darte? ni un apellido: ¿qué contestarás á la sociedad cuando te pida un nombre?, ¿inclinarás tu pura frente avergonzado? y el mundo sin compasión, la sociedad sin piedad, te apellidará hijo del oprobio; ¡pobre!, ¡pobre hijo de mis entrañas!

Y la desconsolada madre tornó á llorar, acariciando al niño. Este con sus grandes ojos turquí, fijos en el semblante de la joven, parecía comprender el dolor que la embargaba y estendiendo sus pequeñas manecitas, comenzó á acariciarla sonriendo dulcemente.

Margarita lo olvidaba todo ante la sonrisa infantil del niño y besando su entreabierta boquita, y luego pasando la mano por su frente, cual si quisiera arrancar de ella la última sombra de pesar que la velaba aún, pareció tranquilizarse y acabó por sonreírse casi feliz.

En la tarde de éste mismo dia, Margarita se disponía á salir; llevaba un atado bajo del brazo, é inclinándose sobre la cuna, iba á depositar un beso en la frente del dormido niño, cuando un casi imperceptible ruido llegó á su oido; volvió la cabeza y nada vio; entonces, sin desechar un temor extraño y misterioso que abrigaba siempre en su corazón, tomó al niño en brazos y cubriéndolo con su pañuelo, dio un paso para salir; pero entonces un segundo ruido fué seguido de la presencia de un hombre, que entreabriendo la colgadura del lecho apareció ante la joven, haciendo lanzar á esta un grito de terror:

—¿Quién sois? ¿qué queréis? —balbuceó oprimiendo el niño en sus brazos.

El miserable se sonrió;

—¿Quién soy? no os importa, en cuanto á qué quiero, vais á verlo.

Y el infame ladrón se lanzó sobre ella y tapando con su nervuda y callosa mano la boca de Margarita, trató con la otra de arrancarle el niño, suspenso y aterrado ante aquella lucha horrible.

La infeliz madre, privada de la voz, habia enlazado á su hijo con ambos brazos cual si fuera en un anillo de acero y con el rostro pálido de dolor y la mas horrible desesperación pintada en él, luchaba heroicamente, aunque sintiendo agotarse sus fuerzas por momentos; el bandido también luchaba, pero ya cansado del poco éxito de sus esfuerzos, alzó el brazo con que cubría la boca de la víctima y teniendo con el otro al aterrado niño, dejólo caer brutalmente sobre la delicada cabeza de Margarita.

La desdichada madre arrojó un grito, abrió los brazos y lanzando un ¡ay! doloroso, cayó de bruces sobre el desnudo suelo. ………………………..

Algunos dias habían transcurrido después de la dolorosa escena que tuvo lugar entre Jacobo y Margarita.

La infeliz madre no pudo resistir al peso de su desventura, cuando vuelta en sí por los cuidados de Teresa é Isabel, se incorporó sobre el lecho y preguntó por su hijo, las dos mujeres solo la contestaron con lágrimas y gemidos. Entonces, presa de una incertidumbre horrible, llevó las crispadas manos á la frente; se irguió pálida y convulsa sobre sus rodillas y lanzando un grito de frenético delirio, saltó del lecho, llamando entre sollozos á su hijo.

Isabel y Teresa trataron de detenerla.

Ambas ignoraban las causas de aquella situación, sin tener más dato que el estado en que hallaron á la joven, y después, las vagas palabras y horrible desesperación de la infeliz, luciéronlas comprender el orígen de todo.

Margarita estaba de pié; sus ojos siempre dulces y tranquilos, brillaban con una expresión siniestra; su rostro estaba lívido y cambiado hasta el punto de ser imposible conocerla.

Los pómulos de las mejillas, horriblemente marcados, parecían desprenderse, sus ojos desmesuradamente abiertos, giraban á todos lados, cual si buscaran algún objeto.

De repente volvió la cabeza:

—Y mi hijo, ¿dónde está? —exclamó— tú lo tienes, dámelo; no me lo quites, es mio.

Teresa sollozaba en silencio.

Margarita se llevó la mano á la frente; alzando el dedo sobre el labio, añadió muy quedo, cambiando por completo la entonación de su voz:

—Nó, nó, está durmiendo; no le despertéis…

Y la infeliz madre se dirijió de puntillas hacia la desierta cuna; entreabrió el blanco mosquitero, y buscando con avidez al niño, revolvió almohadas y colchón.

Su hijo no estaba allí.

Se oprimio con ambas manos las sienes, y con un grito del alma;

—¡No está! —murmuró— ¡Me lo han robado! ¡me lo han robado!

Y al espirar la última palabra en sus labios, cayó de rodillas lanzando una carcajada seca y nerviosa como un preludio de demencia.

Desde aquel dia Margarita, completamente loca, se encerró en un silencio absoluto. No hablaba á nadie, y solo de tiempo en tiempo, se la oia lanzar un grito desgarrador y luego quedar sumida en un marasmo de profundo indiferentismo[2].


  1. Omisión de la preposición “a”: “aseaba a su hijo”.
  2. Por “indiferencia”.


Deja un comentario