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CAPITULO XII

Un rasgo noble

La tarde tocaba á su fin y la selva, muda en esa hora tristísima de profundo silencio, parecía dormida. El crepúsculo vespertino difundía sus oscuros tintes y la media luz, quebrando sus últimos reflejos en las vastas planicies, proyectaba mil sombras fantásticas y caprichosas.

El casco vigoroso de un caballo resonó a lo lejos y un ginete sudoroso y lleno de polvo apareció subiendo una pequeña ladera: las pisadas de aquel caballo poblaron la desierta selva y mil écos misteriosos parecieron brotar del seno de cada espeso matorral; un perro; magnífico Bov-dog de respetables colmillos, seguía al caballero.

A medida que este avanzaba, la maleza crecida en el camino ocultaba por completo la senda haciendo imposible la marcha.

Nuestro hombre se detuvo, se irguió sobre los estribos y alzando con la punta del látigo la ancha ala de su sombrero Jipijapa[1], tendió su mirada sobre la desierta llanura, y luego hablando consigo mismo, murmuró:

—Aqui concluye la senda, ésta parece no haber sido jamás hollada por la planta humana.

En el mismo instante en que Santillana, á quien tal vez habrán conocido nuestros lectores, concluía su reflexión no sabiendo qué dirección tomar, el caballo, inquieto, aguzó las orejas y relinchando espantado dio una fuerte tendida.

Santillana volvió la cabeza y el perro, deteniéndose, olfateó y luego mirando hacia un lado de la cubierta senda, lanzó un feroz ladrido. Plácido también se detuvo, su perro y su caballo le decían bien claro que alli habia alguien, echó pié á tierra y después de ajustar la cincha á su montura volvió á subir sacando la baqueta á su rewólver con la mano derecha y sujetando con la izquierda la brida del espantado caballo.

El perro gruñía sordamente, de pronto un ligero ruido llegó al oido de Plácido, aquel ruido era semejante al que produce la serpiente al arrastrarse sobre la seca yerba; Plácido se detuvo de nuevo, miró en torno de sí recelando una emboscada, y no descubrió mas que pequeñas matas de duraznillo blanco y de yerba mora.

—¡Bah! —dijo— ahí no puede esconderse un hombre, te has engañado, Topacio, añadió dirijendose al perro.

Este miró á su amo y enseñándole sus agudos dientes gruñó amenazador, y olfateando entre la yerba en derredor de Santillana tomó la vanguardia, dispuesto sin duda á avisar á su amo del peligro, si lo descubría.

Plácido, una vez avisado, siguió á buen trote siempre precedido del perro y en dirección á una población de miserable apariencia, que se veía á corta distancia. Cuando llegó echó pié á tierra y desensillando con cuidado su caballo, se lo entregó á un mozo de caballeriza y seguido de Topacio entró en el comedor general. La posta del “Cóndor” era uno de tantos miserables albergues en que el viajero de esos caminos tiene que pasar la noche ya en una mala cama, ya acurrucado en un rincón. Plácido entró, se instaló en una mesa desocupada y pidió de cenar. El mozo trajo un mantel, algunos fiambres, una botella de vino Mendozino y una enorme cafetera llena de mal café, que á Plácido le pareció delicado en fuerza del frió y del cansancio. Luego que hubo comido y arrojado á su Topacio algunas gruesas tajadas de lengua y de ternera, limpió sus labios con un rico pañuelo de batista y encendiendo un aromático habano se acomodó en un rincón y trató de dormir.

Un individuo de extraña figura y misterioso aspecto que hacia largo rato observaba á Plácido, se embozó en la capa, agachó el ala de su mugriento sombrero y levantándose de allí fué á sentarse en el mismo banco en que fumaba Santillana. El perro, con ese instinto especial de su raza Bov-dog, alzó la cabeza y fijando sus ojos inyectados de sangre en el casi oculto rostro del desconocido, gruñó de una manera sorda y amenazadora, y luego, acercándose á los pies de su amo, se tendió cuan largo era Jacobo, pues era él, comprendió que tenia en Topacio un enemigo implacable.

—¿Es bravo vuestro perro, caballero? —dijo dirijiendose á Plácido.

Este alzó su varonil cabeza llena de magestad y dulzura y contestó al bandido:

—No os podéis figurar de que manera, estoy seguro, pues solo con que me tocarais la capa os saltaría al cuello de una manera feroz y con sus garras, mas fuertes que las de un tigre, os despedazarían antes que yo pudiera evitarlo.

Jacobo se estremeció. Acaso tuvo miedo ó mas bien el timbre triste y cariñoso de aquella voz llegó á su corazón despertando en su alma ennegrecida ya con la idea del crimen, algún sentimiento noble y generoso hacia su víctima.

Plácido cruzó una pierna sobre la otra y no se ocupó mas del sucio personaje que tenia á su lado; Jacobo, por el contrario, se puso de pié y comenzó á pasearse agitado; su conciencia luchaba de una manera desesperada.

—¿Qué me ha hecho este hombre? —se decia— yo voy á matarle, Don Luis me ha dado un puñado de billetes; pero, no, yo no puedo ser asesino, imposible; si ella lo supiera ¡oh! jamás me lo perdonaría, y nuestro ángel, no, no, jamás, jamás, imposible, yo no puedo matarle, no

puedo manchar mis manos con sangre inocente.

Y Jacobo, anhelante y casi vencido, tornaba á pasearse precipitadamente.

Plácido, enteramente ageno á todo aquello, tenía los grandes y rasgados ojos fijos en las oscilaciones del moribundo quinqué; aquella mirada tristísima y brillante con que devoraba el espacio, era tal vez el recuerdo de mil esperanzas y emociones pasadas. Margarita, esa sombra adorada que iba siempre unida á su alma, y que giraba constantemente en torno de él, envolviéndole en un éxtasis delicioso de felicidad pasada, pero que vivía pura y eterna en su amante corazón.

De pronto se irguió, sus ojos vieron toda la realidad de su presente y apretando con ambas manos las sienes:

—¡Margarita! —gritó— ¡mi hijo! ¡Dios mio! Dios mio! y un sollozo de inmensa desesperación salió de su garganta.

Jacobo escuchó aquel grito, cesó la lucha de su conciencia y acercándose á Plácido:

—Señor Santillana —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, quizá para ahogar el último eco de criminal avaricia que se alzaba dentro de su alma; —Señor Santillana, perdonadme todo lo que os voy á revelar.

Plácido se puso de pié, miró asombrado á Jacobo y trémulo de emoción;

—¿Qué dices, buen hombre? —exclamó.

Jacobo, por toda respuesta, introdujo la mano en su cinturón de cuero y sacando de él un papel doblado cuidadosamente, lo alargó á Plácido; éste, ya repuesto de su primera sorpresa, tomó el papel y al leer su contenido una expresión de fiereza y odio implacable se pintó en su rostro.

Cuando hubo concluido miró fijamente de pies á cabeza al que tal vez debia ser su asesino y dijo sin dejar de observar los rasgos de aquella fisonomía vulgar, pero franca y simpática:

—¿Qué te ha inducido á ser generoso conmigo?

—Primero vuestra desgracia y después mi horror á la sangre, pues yo nunca he sido asesino.

—¿Y quién te ha dicho que yo soy desgraciado?

—¡Oh! señor, basta veros para decir; he ahí un hombre con mas magestad que un rey, pero que lleva pintado el dolor del alma en la cara.

Plácido miró á Jacobo con asombro.

Este prosiguió:

—Creédme, señor; yo nunca fui asesino, he aceptado la infame proposición de Don Luis para proporcionar á mi mujer un poco de descanso y bienestar, pero os he visto, he escuchado el timbre májico de vuestra voz y como si el dedo de Dios hubiera llamado á mi extraviada conciencia, he renunciado á todo por salvaros la vida.

Los grandes ojos de Plácido brillaron á través de una lágrima con una mirada de inmensa gratitud; dio por fin un paso y abriendo sus brazos:

—Vén —dijo á Jacobo, hondamente conmovido.

Pero Jacobo se hizo atrás.

—No —dijo— no somos iguales; vos sois un caballero y yo soy un picaro que he estado á punto de matar al mas noble de los hombres.

—Vén —repitió Plácido —tú tienes un corazón noble y el que es generoso es caballero.

Jacobo no esperó mas, se arrojó en los brazos de Plácido y este le estrechó en ellos; luego, sacando una cartera del bolsillo;

—Toma —le dijo— eso es para que proporciones algún descanso á tu mujer.

—¡Oh!, no —exclamó Jacobo conmovido y desinteresado ante la generosa actitud de Santillana— no quiero que me paguéis el servicio.

—Este servicio no se recompensa con dinero, amigo mio, toma y díme tu nombre; puede ser que algún dia yo te sirva á tí.

Jacobo alargó su mano temblando y tomando el abultad rollo;

—Gracias, señor —dijo— mi nombre es Jacobo Retamares y mi oficio es el de changador de equipajes en el muelle de pasajeros.

—¿Y tu casa?, ¿dónde vives?

—Perdonad, señor, pero no puedo deciros mi casa.

—¿Y por qué?

—Porque tengo miedo de que sepa mi mujer que Jacobo ha estado á punto de ser asesino y yo me moriría de vergüenza.

—Está bien, no lo exijo, pero si alguna vez me necesitas, toma.

Y Plácido alargó á Jacobo una tarjeta con las señas de la habitación que iba á ocupar en Buenos Aires. Jacobo guardó aquella tarjeta con supersticioso respeto y saludando á Plácido, salió, despidiéndose hasta el dia siguiente.

Cuando hubo desaparecido, la expresión del rostro de Santillana varió por completo, sus mejillas palidecieron intensamente y sus ojos, todavía húmedos, brillaron con un rayo de inmenso coraje.

—¡Asesino!, ¡cobarde! —murmuró con voz airada— yo sabré aplastar tu infame cabeza como se aplasta un reptil venenoso, sí, yo te mataré con mi mano y vengaré á todas tus víctimas.

Y Plácido, dominado por completo por el recuerdo odiado de Don Luis, comenzó á pasearse á grandes pasos sin que sus ojos pudieran cerrarse con la agitación de su espíritu, aún receloso de las maquinaciones de su enemigo.


  1. Jipijapa. (De Jipijapa, pueblo de la república del Ecuador). f. Tira fina, flexible y muy tenaz, que se saca de las hojas del bombonaje, y se emplea para tejer sombreros, petacas y diversos objetos muy apreciados. 2. m. Sombrero de jipijapa. (DRAE).


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