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CAPITULO XVII

Inés

Volvamos á Plácido, nuestro interesante amigo. Santillana persuadido de la maldad de Don Luis, temia una emboscada, y aunque una débil esperanza alimentaba su corazón de padre, no por eso se hacia ilusiones comprendiendo la perversidad de su enemigo. Aquel malvado no se saciaba con nada. Cuando Plácido hubo salido de su despacho, el miserable buscó con avidez el manuscrito que el amante de Margarita le sustrajera, y al no hallarlo una desesperación inaudita se apoderó de él.

—Me ha robado, gritó convulso, estoy perdido, completamente perdido, maldito, maldito sea, y una baba asquerosa é hidrofóbica[1] cubrió su repugnante boca.

Inés, su querida que no hacia mucho acariciaba con fingida ternura su escuálido rostro, todo lo habia escuchado oculta tras la barandilla del escritorio. Inés horrorizada de tanta infamia, miró con repugnancia á aquel miserable asesino, y el único sentimiento, quizá, noble que había en su corazón, se despertó de repente ante la inmensa desgracia de Santillana, y mas perspicaz que el infame crápula:

—No importa —se dijo— lo engañaré por mas que esto sea un tormento y quien sabe, tal vez pueda ser útil á ese pobre padre.

Inés, una vez tomada esta resolución, cuando ya iba á marcharse, volvió sus pasos atrás y entró resueltamente en el bufete de Don Luis, rodeó con sus brazos el cuello de éste y con voz insinuante:

—¿Qué tienes, le dijo, sufres y no partes con tu querida los pesares?

—Déjame mujer, déjame en paz —gritó fuera de sí, enseñándole á Inés su rostro cadavérico y mil veces mas feo que de costumbre.

—¿Cómo —esclamó con la entonación humilde del que representa el papel de víctima— que ya no te puedo ayudar en nada?, ¿no me necesitas Luis? entonces me marcharé —y dio un paso.

Saavedra se volvió.

—Vén, dijo cayendo en la red, perdóname si soy duro contigo ¿que quieres? todos me venden, de todos desconfío.

—¿Y de mí también?

—De tí no, tú no eres capaz ¿es verdad?

—Dime que quieres y me sacrificaré por tí.

—¿Tu tienes un hijo Inés?

—Si, Luis.

—¿Qué edad tiene?

—Tres años cumplidos y es hermoso como un querubín.

— ¿Poco mas ó menos las facciones?

—Es blanco, rosado con ojos azules, con largos tirabuzones como el oro, es delicado como una niña y con una vocecita de verdadero ánjel.

—Bien, bravo —borbotó el viejo malvado, dulcificando su aspecto.

—¿Y por cuánto me cederás á tu lujo?

Inés tembló, su corazón de madre dio un vuelco en su pecho, pero repuso con serenidad:

—Dame trescientos mil pesos, y esta noche estará mi hijo á tu disposición.

—Corriente —dijo éste sin vacilar.

Inés no tuvo ya fuerza para acariciar á aquel hombre amasado con el crimen y salió apresuradamente en busca de su hijo…

Eran las ocho de la noche designada por Saavedra para entregar el hijo de Plácido. Una mujer de pequeña estatura, aunque de andar elegante y gracioso, caminaba apresuradamente por una acera de la calle de Rivadavia: llevaba el rostro cubierto por un espeso gipiur[2], y sus ojos negros y ardientes despedían rayos de inquietud á través del tupido velo. Aquella mujer cruzó con rapidez la calle de Reconquista, y se detuvo frente á la entrada principal del Hotel de…

El salon primero estaba desierto, jiró su cabeza á todos lados y se encontró sola, entonces unió sus pequeñas manos y una fuerte palmada hizo asomar la soñolienta cabeza de un gallego dormilón, que á falta de parroquianos á quien servir se entregaba en los brazos del Dios del sueño.

—¿Qué se os ofrece señora? —dijo restregándose los ojos pesadamente.

—¿Tenéis un huésped —dijo Inés, pues era ella —que se llama Plácido Santillana?

—Oh! sí, sí, un guapo mozo por cierto y generoso a no haber otro, ¿queréis que le pase algún recado?

—-Si tenéis la bondad —dijo Inés— me haríais un gran servicio.

—Bien, decid linda niña, en que os puedo servir.

—Entregando esta tarjeta á esa misma persona y volviendo pronto, porque estoy impaciente.

—Perded cuidado señorita, voy y vuelvo como el telégrafo, y salió rápidamente.

Inés en tanto se paseaba inquieta. Las pisadas del mozo volvieron á resonar en la escalera, y luego la voz de éste que gritaba desde el primer descanso:

—Subid Señorita, el señor Santillana os espera arriba.

Inés no se hizo repetir, subió de dos en dos los escalones y pronto se halló frente á Plácido que, pálido y contraído por la indignación apenas saludó á Inés. Esta se inclinó lijeramente, y alzando su pesado velo dijo, mirando á Plácido fijamente.

—¿Habéis leido la tarjeta que os hé enviado, señor Santillana?

—Dispensad —murmuró éste volviendo en sí del anonadamiento en que estaba sumido— dispensadme señorita, ni siquiera sé lo que me habéis dicho.

—¿Cómo, que no habéis leido la tarjeta?

—¿La tarjeta..? ¡ah! ¿luego es vuestra?

—Si, señor, es mia.

—Y decís que no es mi hijo el niño que debe presentarme ese miserable de Saavedra.

—Nó; no es vuestro hijo.

—Y decidme señora, ¿que nueva infamia se propone ese malvado, con hacerme juguete de sus inicuas maquinaciones?

—Y qué, ¿acaso no comprendéis que quiere por cualquier medio librarse de vuestra venganza?

—Tenéis razón, presentándome á ese niño y cayendo yo en la red, como hubiera caido si no fuerais vos señora, habria ahogado mi odio y mi venganza, y habría vivido engañado acariciando mi supuesto hijo, y Plácido lívido de rabia se paseaba á grandes pasos.

De pronto se detuvo.

—Y decidme señora —dijo dirijiéndose á Inés— ¿vos sabéis quién es Don Luis de Saavedra, sabéis sus crímenes sus infamias, sus delitos sin fin?

—Nó. Solo sé lo que he oido de vuestro labio y del suyo el dia que os presentasteis en su despacho, donde la curiosidad me hizo sin saber porqué, ocultarme tras la barandilla del escritorio. Sé que os habia robado á vuestra amante, que habia hecho desaparecer á vuestro hijo, y creí descubrir en su repugnante rostro el pensamiento de una nueva maldad; entonces sin pensar me interesé por vos y me dije: yo haré el papel de su querida, y poseyendo su confianza quizá pueda ser útil á ese buen señor tan desgraciado como generoso y noble con este malvado, y desde entonces me di tanta maña, que me creyó tan adicta que no tuvo inconveniente el miserable en proponerme una venta infame de mi hijo, comunicándome su plan; yo acepté; pronta á velar por mi hijo y á daros aviso de la trama que urdía para engañaros, y aquí me teneis señor Santillana, dispuesta á serviros en todo, porque vuestra desgracia me interesa de veras.

Santillana tendió la mano á Inés profundamente conmovido.

—Yo sabré recompensaros —le dijo— desde hoy en adelante vuestro hijo tendrá un padre en mí, y vos volvereis á ser honrada y tendréis un hermano en Plácido Santillana.

Inés se puso de rodillas y sollozando de gozo:

—Gracias señor —esclamó dando mil besos á la mano de Plácido y luego levantando los ojos hacia éste añadió de pronto profundamente impresionada:

—Yo no sé señor que timbre mágico tiene vuestra voz; parece que hubiera salido de repente de la vida de vicio y lodo en que he vivido hasta aquí y que vuestro acento semejante á la voz de Cristo al convertir á Magdalena hubiera purificado mi alma y la voz del deber llamado á mí extraviada conciencia, ah! gracias señor —repitió la pobre pecadora impresionada como jamás lo habia estado y enjugando sus lágrimas se puso de pié.

Plácido miraba á aquella muger con asombro. Pobre joven, se dijo, asi son la mayor parte de estos seres prostituidos. Casi todos á pesar dé la corrupción de su cuerpo y sus costumbres conservan innata la pureza de sus sentimientos y cuando su conciencia llega á despertarse son susceptibles de todo lo noble y generoso.

En efecto, Inés en aquel momento se habría estrellado contra todo por salvar á Plácido, se habría sacrificado por ahorrarle uno solo de sus sufrimientos; había en su rostro una espresion tan noble que Plácido la contempló estasiado algunos segundos, luego pasó la mano por su ancha frente.

—Es necesario —le dijo— que vayáis en busca de vuestro hijo.

—¿Es decir —esclamó Inés un tanto calmada— que ya no acudiréis á la cita?

—No, ¿para qué? si voy quizá tendría que manchar mis manos con la sangre de ese miserable que no sé como destruirlo.

—¡Ah!, señor no le tengáis compasión, si no lo aplastáis con vuestro brazo, creed que mas tarde semejante á una víbora ponzoñosa ha de recompensar vuestra jenerosidad con una mordedura de su maldita lengua.

—Tal vez tengáis razón Inés, yo debo destruirlo sin compasión y vengar á todas sus víctimas.

—Sí, yo tampoco se la tendré —dijo Inés alzándose— él ha querido sacrificar á mi inocente Adolfo en aras de un nuevo crimen— Y alargando su pequeña mano á Plácido:

—Adiós señor, esclamó, me habéis hecho mucho bien con vuestras palabras, me habéis dicho que sea honrada y lo seré, vos seréis el protector de mi hijo y yo seré vuestra esclava.

—Andad tranquila Inés —dijo Plácido— yo soy fuerte para luchar con ese malvado y pronto seréis enteramente libre.

Inés salió y echándose el velo sobre el rostro se encaminó á casa de Don Luis.


  1. Desconcierta el uso de este adjetivo aquí. Creemos que podría interpretarse como un elemento más en la demonización del villano, indicando que ni siquiera su baba era humana (y, por tanto, de consistencia acuosa).
  2. “Gipiur” por “guipur” (Del fr. gipure). Dibujo bordado sobre un tejido basamento muy fino que luego se elimina, obteniéndose así una puntilla bordada. Se emplea para vestidos de noche, de boda y también para accesorios. (http://www.aitpa.es/glosario.html#p8).


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