El niño de las violetas
Era una hermosa tarde de uno de los primeros dias del mes de las violetas y junquillos, Julio. Un carruaje de elegante apariencia, tirado por dos magníficos caballos oscuros de raza y manejados por un bizarro moreno criollo, de abotonado abrigo de cochero, guantes de gamuza y gran escarapela en la izquierda del sombrero alto, cruzó la calle de Juncal, y dobló por la de Esmeralda, haciendo trotar los caballos de una manera poderosa. Los asientos de aquel carruaje forrados en brocatela de seda española, color caña, estaban ocupados por dos personas de distinto sexo. El uno era un caballero quizá en el estío de la vida, y decimos quizá, porque su rostro era fresco todavía, aunque de un fuerte pálido; en aquel rostro no habia ni una grieta que demostrara vejez, y sin embargo su luenga barba casi blanca, y su brillante cabello de nieve contrastaban admirablemente, y prestaban á su semblante un tinte de belleza augusta y simpática, sus ojos grandes ó intensamente azules tenían un reflejo especial de tristeza y melancolía indefinibles, la nariz era fina y aristocrática, la frente ancha y despejada parecía velada por una sombra de dolor perenne, era alto, esbelto y vigoroso sin ser grueso, contaría á lo sumo cuarenta y dos años. Su compañera era un tipo enteramente opuesto, tenia el rostro moreno, con grandes y rasgados ojos negros, boca pequeña de labios gruesos y sonrojados; el cabello también negro y brillante, descendía de las sienes en rizadas ondulaciones hasta el nacimiento de su redondo seno; aquellos rizos prestaban una espresion de admirable belleza á la tristeza pensativa de aquel rostro tan simpático y lleno de bondad; tenia la nariz recta y la frente elevada y de una forma perfecta, parecía cruzada por una línea ó surco que solo lo marca el cansancio del alma; debia ser joven, pero era imposible determinar su edad, por efecto de esa mezcla estraordinaria de juventud y de sufrimiento que se notaba esparcido en su semblante.
Ambos profundamente abatidos parecían sumidos en idénticos y dolorosos pensamientos. De pronto el caballero alzó la cabeza y murmuró dirijiéndose á su esposa.
—Ya veis mi pobre Andrea, creíamos distraernos, y solo hemos agregado un dolor más á nuestro despedazado corazón.
—Sin embargo, Augusto —dijo Andrea, volviendo el rostro a su esposo— yo no sé, pero te aseguro que a pesar de la impresión dolorosa que he sufrido, una especie de consuelo ha llenado mi corazón; si yo pudiera encontrar otra vez ese niño de las violetas, si oyera su vocecita de ánjel, si pudiera siempre acariciar su rubia y blonda[1] cabecita, creo que seria menos desgraciada, dime ¿no es verdad que á tí te consolaría?
—Quien sabe, pobre compañera mía, yo no sé si seria menos desdichado, pero el recuerdo de mi pequeña Andrea jamás se apartará de mí, por mas que ese niño se le parezca tanto.
Dos lágrimas se desprendieron de los ojos de Augusto, Andrea también enjugó los suyos.
—Hija mia —murmuró, y un sollozo que hinchaba su pecho fué sofocado por un alarido tremendo, unísono y prolongado que arrojó la multitud y por la brusca detención del vigoroso trote de los caballos de su carruaje.
El carruaje una vez detenido fué suspendido por una ola inmensa de gente y un lloro infantil y lastimero vino á desgarrar el corazón de ambos esposos. Augusto, inclinado hacia afuera, no comprendió por el momento cual fuera el oríjen de aquel tumulto, pero un grito angustioso de: “Socorro! al niño lo han muerto los caballos”, los hicieron palidecer y saltando con Andrea del carruaje, apartaron a la gente con sus brazos y se arrojaron los dos sin temor de sí mismos, entre ruedas y carruajes. Augusto, con una fuerza prodigiosa y una destreza admirable, sacó milagrosamente en sus brazos, el cuerpo ensangrentado del niño de las violetas.
—¡¡¡Es él!!! ¡Augusto! —gritó Andrea.
—¡Dios mio!—murmuró Augusto, alzando los ojos al cielo, y con el niño, que parecía dormido en sus brazos, corrió seguido de su esposa, hasta la botica inmediata: allí fué hecha la primera curación y una vez examinado por el médico, y luego después de haberles asegurado este que no era grave, el niño fué llevado en brazos de Augusto.
El magnífico lecho de los esposos fué el lecho del niño; allí su rubia cabecita todavía aletargada por la falta de sangre, descansaba sobre finísimos encajes y una de sus manecitas blancas como la leche de la almendra estaba sacada de su lugar y se apoyaba en una pequeña almohadita de algodón, improvisada por Andrea. La herida hecha en la cabeza del niño, no era en sí tan grave, pero estaba espuesto, según el facultativo á una congestión. Andrea y Augusto, rodeados del mayor silencio estaban á la cabecera y solo ellos administraban los medicamentos por su propia mano.
Aquel niño les inspiraba á ambos una ternura que, sin poder darse cuenta de su origen, era inmensa. Era tan lindo y angelical aquel rostro infantil, que hasta los criados se interesaban por él. Nadie al mirar aquella cabeza encantadora, apoyada en la almohada con toda la magestad con que debió apoyarse la cabeza del Mesías en las pajas del pesebre de Belén, creería que su traje era de andrajosa sarga y que
su lecho habitual era tal vez un miserable catre de baqueta. Dormido, con su tranquila respiración pura é igual, parecia un ánjel celestial descendido del cielo y detenido allí por una voluntad divina para consuelo de aquellos padres desgraciados.
Al dia siguiente, en cuya noche anterior apenas habían cerrado sus ojos algunos momentos, fueron avisados por un criado de que una mujer de aspecto pobre, pero aseada, lloraba y quería ver al niño, el que decia ser su hijo. Una contrariedad inmensa se pintó en los ojos de Andrea.
—Tenia que suceder, amiga querida —dijo Augusto— yo mismo he hecho poner el aviso en un diario de la mañana.
—Has hecho muy bien —dijo Andrea, avergonzada de su egoísmo, que éra la vez primera se despertaba en su alma— has hecho bien, era nuestro deber —y luego, reponiéndose por completo, añadió, volviéndose al criado:
—Dile á esa infeliz señora que pase.
El criado salió y dos minutos después entraba aquella madre desolada.
—Oh! Señora —fué lo primero que acertó á decir— ¿se muere el nene?
—No se aflija V. —dijo Andrea, verdaderamente afectada— el niño —y no se atrevió á decir su hijo porque era imposible que aquella mujer de tan vulgar apariencia fuera madre de aquel ser tan delicado y distinguido— no tiene hoy peligro, está completamente salvo; por el momento, lo creímos grave, pero hoy estamos casi tranquilos. Andrea al espresarse así parecia ser algo allegado al niño.
—Vos no me engañáis Señora ¿no es verdad? no querríais hacerme sufrir mas.
—¡Oh! no, de ningún modo, ahora lo veréis.
Y Andrea, poniéndose de pié, invitó á aquella mujer á pasar á la pieza inmediata.
El niño casi aliviado por completo de los dolores que hasta entonces lo atormentaron habia abierto mas tranquilo los ojos y miraba azorado á todos lados. Cuando vio á entrar á Catalina volvió la cabeza con indiferencia y luego mirándola con empeño.
—¿Dónde me has traido Catalina? —le dijo interrogando con toda la autoridad de un príncipe.
La buena mujer volvió á besar sus manecitas y respondió complaciente.
—Esta Señora tan bella como caritativa te ha traído aquí á su casa porque te halló enfermo y sólito en la calle, ¿no lo recuerdas?
—A esta Señora sí, á ella sí, yo le vendí violetas —y como si no pudiera espresar algún pensamiento, el niño se incorporó en el lecho y tomando la mano á Andrea:
—¿Quieres ser vos también mi madre Señora? —le dijo.
—¡Oh! si precioso niño —esclamó esta profundamente conmovida, yo soy tu madre desde ayer, ¿me querrás tú como si fueras mi hijo?
—Yo os adoraré como adoro á la virgen Maria.
Y el niño sin acordarse de su verdadera madre llenó de besos y monadas el rostro radiante de dicha de su nueva madre. Catalina miró con envidia aquella escena y recordó con estrañeza el despego de su hijo para con ella, recordó que este jamás le habia hecho una caricia y que por el contrario solo habia sabido desde que su media lengua le permitió, reconvenirla y mandarla con superioridad y aspereza.
Andrea enteramente ocupada del niño preguntó sin notar la distracción de Catalina.
—¿Y cómo te llamas hijo mio?
—Me llamo —dijo este sonriendo mientras que en su redondo y rosado carrillo se formaba un oyito encantador— me llamo Edgardo Retamares, ¿y vos como os llamáis, madre mia? —añadió en seguida.
—Yo me llamo Andrea.
—No, ¡vuestro apellido! —replicó impaciente.
—¡Ah! mi apellido ¿para qué quieres saberlo?
—No queréis decírmelo —dijo Edgardo tristemente.
—¡Oh! no llores, me llamo Andrea Bremot de Medina.
—Ahora sí —esclamó gozoso oyendo el nombre de su nueva madre— yo no quiero ser ya Retamares, quiero ser Edgardo Bremot de Medina.
Y el niño batió las manos en señal de contento. Andrea quiso hablarlo pero él prosiguió.
—Yo no soy Retamares porque no quiero ser changador como Jacobo, yo quiero ser rico.
Andrea y Catalina animadas de distintos sentimientos miraron asombradas al niño y la última dijo medio amostazada.
—¿Con que no quiere ser changador el caballereo? Entonces que será de tí, porque tu padre es muy pobre.
— ¡Ah! no tengas cuidado —añadió el niño con uno locuacidad admirable— yo seré rico y á vos y á Jacobo os daré mucho dinero, pero me dejareis vivir esta otra mamá ¿eh? ¡contéstame!— y el niño alzó con sus manecitas la inclinada cabeza de Catalina.
—Sí —dijo esta con desaliento— si, yo haré todo lo que tu quieras, niño querido.
Y una escena larga y semejante se sucedió durante la visita de la madre de Edgardo.
- Esta adjetivación es un caso de redundancia, dado que ambos adjetivos en este contexto significan lo mismo.↵






