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CAPITULO XV

Un muerto que resucita

El rico reloj de pared colocado en el frente del comedor de la suntuosa morada de don Luis, acababa de dar las once de un hermosísimo dia del helado Agosto.

El miserable asesino casi persuadido de la solidez de su fortuna y con la seguridad de la muerte de Santillana y Margarita, almorzaba alegremente en compañía de una joven hermosa si se quiere, pero de facciones un tanto ajadas y repugnantes. Aquella mujer era de pequeña estatura, mas bien gruesa, rostro ligeramente moreno pálido; con cabellos negros, boca rosada, juguetona y provocativa, dientes blanquísimos: tenia grandes ojos de un negro intenso adornados por cejas del mismo color, espesas y unidas sobre el nacimiento de una nariz pequeña, graciosa y ligeramente respingada. Llevaba un traje de casa, de color lila abierto sobre el seno dejando descubierta con malicia la turjente forma de su pecho. Tenia el cabello recojido con una cinta granate anudada á un lado y que en forma de moño caía por detrás de su cabeza.

Don Luis apuraba una copa de Oporto, saboreándose decía:

—¿No es verdad que me amas?

—¡Oh! sí, ¡te amo como nunca he amado!

—Ahora vamos á ser felices, ya no hay obstáculos, toda mi fortuna es tuya, tendrás criados á tu disposición, ricos carruajes y… D. Luis fué interrumpido por un criado.

—Señor —dijo— un caballero os busca.

—¡Que hombre tan importuno[1]! —esclamó don Luis —dile que pase á mi despacho.

El criado salió y don Luis tornó á acariciar con sus labios el rostro de Inés. En tanto un hombre entraba á su despacho. Aquel hombre joven, pero cuyo rostro estaba ya cruzado por una que otra prematura arruga, en cuyo negro y ensortijado cabello brillaban algunas hebras de nieve, aquel hombre era ni mas ni menos que Plácido Santillana. Entró resueltamente y aproximando una silla al bufete de don Luis, comenzó á revisar los papeles de éste que estaban esparcidos; sus ojos ansiosos se fijaron en un libro ó cuaderno manuscrito en cuya tapa se leía: “Diario de Andrea”. Plácido tomó aquel manuscrito y lo guardó en su gabán, sin darse cuenta de su acción; aquello le interesaba, creía descubrir una nueva infamia de don Luis, esperó cinco minutos y ya impaciente se disponía á ajitar el cordon de la campanilla, cuando apareció don Luis.

Al ver á Plácido, lanzó un rujido mas bien que grito humano, tembló su miserable cuerpo, sus manos vacilantes se apoyaron en el marco de la puerta y murmuró con acento bronco por la ira:

—¡Infame, me ha vendido!

El rostro de Plácido no sufrió la menor alteración, irguió su elegante talla y dando un paso dijo con un acento marcado, imponente y cuya entonación suprema acabó de helar á don Luis.

—Miserable, tú me has despedazado el corazón, te has complacido en arrebatarme una por una todas mis afecciones, te has cebado en los dolores, en las lágrimas de mi pobre Margarita, has hecho desaparecer á mi hijo, ¡quizá le has quitado su inocente vida! ¡bárbaro! todavía no te parecía bastante y has añadido un asesinato mas al catálogo de tus crímenes, ya te creías feliz saboreando tu infame obra, pero la Providencia que siempre vela por el inocente, detuvo el brazo del crimen y hoy me envía ante tí para ser tu juez, tu verdugo implacable para aplastarte con mi brazo como á un reptil ponzoñoso.

Don Luis, convulso de rabia y de impotencia, reunió sus fuerzas y dominando su profunda emoción dio un paso hacia Plácido.

—Vos me probareis todo eso —dijo— vos me lo repetiréis ante un Tribunal donde seréis delatado por mí como asesino de mi hijo. Plácido se sonrió con desprecio.

—No temo tus amenazas, antes que tú puedas urdir una nueva infamia yo sabré hacerte enmudecer para siempre.

Don Luis se puso pálido, miró en derredor buscando un medio con qué esterminar á su enemigo pero Plácido, que espiaba todos sus movimientos, comprendió la intención de aquel malvado y lanzándose á la puerta la cerró guardándose la llave, luego sacó un revólver de ocho tiros y mirando á don Luis que temblaba lívido de espanto persuadido de que era llegada su última hora, dijo:

—Yo te podia esterminar, bastaba apoyar sobre tu sien el canon de mi rewólver, pero esa seria una muerte demasiado tranquila, para tí te reservo un género de muerte mas a propósito, tengo sed de tu sangre ¿lo oyes? mi venganza no tiene límite, todos los tesoros del mundo no bastaría para hacerme desistir de mi intento y á mas estoy harto de mi vida y cuando haya concluido contigo iré á reunirme con Margarita; pero sin embargo, á pesar de esto te queda un medio, todavía puedes vivir y aún yo te puedo perdonar en parte el mal que me has hecho. Don Luis respiró.

—¡Ah! sí, os daré toda mi fortuna y dejadme la vida.

—No te he dicho que no quiero dinero, miserable, mi perdón no lo has de comprar con tus talegas robadas, pero en cambio una sola palabra tuya bastará para darme algún apego á la vida y para mas tarde perdonarte.

—Hablad —esclamó don Luis— estoy pronto á deciros todo lo que queráis.

—Está bien, si me dices la verdad mejor, si me engañas peor para tí, no te tendré compasión y cumpliré lo prometido.

Don Luis ansioso de curiosidad esperaba anhelante.

La voz de Plácido grave y sonora, volvió á resonar, pero mas dulce si se quiere, con la modulación casi mágica que le era peculiar.

—Don Luis, dijo, si tú me dices que mi hijo ó hija vive, si me lo devuelves, aún puedo ser feliz y olvidar mi venganza.

Don Luis de pálido se tornó lívido.

—Vuestro hijo —balbuceó— ¿qué sé yo de vuestro hijo?

—¡Ah!, ¿con que no sabes de mi hijo?

—No, siempre he creído que murió al nacer.

—Mientes infame, tú sabes lo que fué de él y de mi Margarita.

—¿Y cómo queréis que yo lo sepa? ella nunca me lo dijo, me aborrecía, luego se enloqueció y poco después murió maldiciendo vuestro abandono.

—¡Infame!, ¡infame! —murmuró Plácido ocultando el rostro entre ambas manos y luego poniéndose de pié rodeó con sus dedos como con un anillo de acero el brazo de don Luis y sacudiéndolo con fuerza:

—Si no me dices qué hiciste de mi hijo —esclamó fuera de sí— te mato ahora mismo, y apoyaba el cañón del rewólver en la frente de don Luis. Este creyendo que iba á disparar.

—Perdón —gritó— yo os daré á vuestro hijo.

El infame, en medio del espanto que le causó el furor del desdichado padre, concibió una idea diabólica, se dijo; engañándolo me salvo y al fin y al cabo cualquier muchacho de buenas condiciones puede hacer el papel del hijo de Margarita. Plácido al oir el grito de don Luis, bajó el arma lentamente y le dijo agitado todavía por tantas emociones.

—¡No mientas! ¿es verdad que vive?, ¿qué no le has muerto?

—No, no miento, vive y es hermoso como Margarita.

—Gracias Dios mio! —esclamó Plácido— si este hombre no me engaña habréis oido mi eterna súplica, mas sí me hace concebir esta bella esperanza para después hacerme aún mas infeliz, tenedlo en cuenta Señor, para el dia de la espiacion. Plácido estaba profundamente conmovido, la idea de ver á su hijo, de sentir sus inocentes caricias, le tenia trastornado.

Don Luis comprendió el efecto que habían hecho sus palabras.

—No me digáis mas nada —dijo á Plácido— yo os daré á vuestro hijo y vos ¿qué garantía me daréis de mi vida?

—Mi palabra de caballero, de respetarte siempre y olvidarme de tí ante el mundo tal cual si no te hubiera conocido, aunque interiormente te maldiga como al asesino de mi amada.

—Eso no es bastante.

—¿Qué mas quieres?

—Vos debéis tener en vuestro poder algo que pruebe mi crimen.

—Una sola prueba tengo, pero esa es suficiente para perderte; figúrate que es una firma tuya al pié de una declaración de asesinato que debía de perpetrarse en la persona de Plácido Santillana.

Don Luis se agitó; si Jacobo hubiera estado allí se hallaria arrojado sobre él como un tigre.

Luego serenándose un tanto, esclamó dirijiéndose á Plácido:

—¿Y le traéis ahora?

—No soy tan tonto, al venir aquí he dejado esa prueba en manos seguras, para que si yo no volvia á la hora fijada fueras ser delatado como asesino dos veces en mi persona.

Don Luis estaba perdido, él lo comprendía así: este hombre tiene que morir se decia á sí mismo, pero yo no encargaré el golpe a nadie, yo mismo lo daré.

—¿Qué piensas don Luis? —dijo Santillana viendo la inmovilidad de éste.

Don Luis pasó la palma de la mano por la frente y luego murmuró:

—Pensaba que solo os entregaré á vuestro hijo si vos me dais esa firma que tiene mi cabeza suspendida del hacha del verdugo.

—No tengo inconveniente, te la daré cuando esté persuadido de que el niño que me presentes es mi hijo.

—¿Y cómo os vais á asegurar no habiéndolo conocido antes?

—El corazón de un padre no engaña jamás.

—Luego vos solo contais con el sentimiento de vuestro corazón.

—Nada más.

—Está bien —dijo don Luis— pasado mañana es dos de Agosto, ese dia os espero yo con el niño, y á vos con la garantía que di á Jacobo, en el paseo de Marte hacia la izquierda de la estatua, á la orilla del rio.

—¿A qué hora?

—A las ocho de la noche.

—Te prevengo que tomaré mis medidas por si me tiendes alguna emboscada.

—Perded cuidado, señor Santillana, sois mas fuerte que yo y no trataré de luchar mas; solo os advierto que irá conmigo la buena muger que ha criado al niño.

—Piénsalo Saavedra, si me devuelves á mi hijo creo que hasta me olvidaré de veras de tus crímenes.

Y Plácido abriendo la puerta salió murmurando: “¡Hasta el dos de Agosto!”.

Plácido, al llegar á su habitación y al sacarse el paleto, sintió el manuscrito que sustrajera del bufete de don Luis y sentándose miró la esfera del reloj:

—Las dos —dijo— tengo tiempo de buscar á Teresa.

Y comenzó su lectura.

DIARIO DE ANDREA.

LÁGRIMAS DE UNA MADRE.

Aquí habia arrancado algunas hojas y empezaba en la página 18.

Vivimos en el campo. Augusto se levanta temprano, se despide de mi con un beso y parte á la ciudad donde ejerce su profesión de abogado: el dia para mi es interminable sin mi amable y querido compañero, me visto con aquellos trajes que mas le gustan á él, luego limpio las jaulas de mis canarios, arreglo mi linda casita, riego las flores de mi jardin y corto las mas preciosas y fragantes para adornar mi nido de amor, esto es, mi gabinete.

Después leo á Lamartine el poeta favorito de Augusto, otras veces escribo un rato sino tengo que hacer labor ó apuntar la ropa.

¡Ah! que placer indescriptible es el de zurcir y componer la ropa del hombre querido, del esposo tierno y enamorado. Soy tan feliz, mi vida es tan tranquila que no se que escribir en este diario. ¡Mi diario! este el amigo querido de mi corazón. Llegó la hora en que él vendrá, siento el trote de nuestro noble Rubí. ¡Ah! voy á ponerme esta flor del aire, escondido su tronco en el cabello á ver si me dice que le parezco bien.

Augusto es rico, ha recibido una grande herencia de un tio que ha muerto en Chile y quiere irse á vivir á la ciudad yo me he negado con dulzura… hasta he llorado por no abandonar mí casita de S. El persiste: dice que este es un sentimiento pasajero, que luego me agradará mas la Capital, que soy bella, que es Un egoísmo de parte de obtenerme desterrada en este desierto. ¡Ah! pero nó, es imposible, yo no puedo dejar mi casa, mis flores, mi alegre jardincito puesto por mi misma, mis limoneros cubiertos de azahares, mis gallinas con sus pollitos que comen en el hueco de mi mano, los jilgueros y cardenales, las torcacitas y las viudas que vienen á buscar el alpiste que yo esparramo; imposible yo no quiero salir de mi retiro donde solo he respirado felicidad.

Augusto cree complacerme trocando mi sencillo y poético albergue por la suntuosa morada de un príncipe: — iremos á la Capital, me dice, tu eres bella y con una fortuna á tu disposición ¿qué mas se necesita para lucir y ser la reina de la moda? las mujeres mas hermosas se inclinarán ante tí deslumbradas por tanto brillo y hermosura.

¡Pobre Augusto! al hablarme así cree alhagar mi vanidad, despertando en mi sencillo corazón el deseo del lujo y la molicie, pero Augusto se engaña; yo jamás seria dichosa en esos grandes círculos donde solo se aprende el fingimiento y la mentira, donde se vicia la pureza del sentimiento y hasta las santas afecciones de la esposa suelen ser una farsa infamante, no. ¡Mi corazón, mi carácter, mis costumbres, se resisten á ese género de vida,—allí en esos centros del gran mundo se necesita egoísmo, vanidad é hipocresía en todo y yo enteramente agena á ese juego social no me prestaría jamás á desempeñar un papel indigno de la mujer honrada. Mi deseo es amar y ser amada, formar la familia y cuidar del hogar; mis aspiraciones agradar á mi esposo hacer dulce y alegre su vida personificando nuestras dos almas en una sola. El lujo es una frase hueca sin sentido para mí, es un monstruo de colosales dimensiones pero que huye espantado cuando la sencillez y la filosofía le rechazan del hogar doméstico. Mi atavio es de poco costo y no trocaría mi blanco vestido de cambrai ajustado solo á mi talle con una cinta escocés ó azul, por el pesado y espléndido vestido de terciopelo y blondas que ni siquiera lo sabré llevar. Mi cabello dividido en trenzas ó en largos rizos tampoco podría cambiarlo en piramidal peinado de forma artística y elegante si se quiere, pero para nada pesado y enojoso; mis hábitos é inclinaciones son otras y en lo que Augusto cree darme la vida de los placeres, seria para mi un martirio insoportable, mejor dicho la muerte del corazón. Me parece oir una carcajada satírica y burlesca lanzada por una bella dama del gran mundo esclamando “que tonta y ridicula es esta mujer, tiene los gustos de una ignorante campesina.”

Y yo mi á vez dirijo una sonrisa de desprecio diciendo: no me dirijo á vosotras, no podéis comprenderme, ¡á que hablaros de la vida del corazón si la desconocéis por completo!

¡Que feliz soy! Augusto me ha dicho rodeando con su brazo mi cintura: “tú eres mi reina y señora, si tanto te empeñas en que nos quedemos, sea ángel mio, yo aquí soy mas feliz que en otra parte …

Ahora soy mas dichosa: ya no saldré de mi pequeño edén: no puedo esplicarme el miedo que me sobrecoje al concebir solo la idea de vivir en la ciudad, será quizá el recuerdo siempre fijo de ese hombre, de ese maldito italiano, que como una nube ele luto lo veo siempre en el cielo de mi felicidad. Augusto se rie de mis temores, me dice fatalista, pero lo cierto es que, los pequeños ojos de ese hombre están fijos en mi imajinacion, y los veo hasta entre las hojas de la cortina de madreselva que cubre mi ventana. . .

No estoy buena, me siento lánguida, tengo pesadez, se me desvanece la cabeza con frecuencia y ni siquiera riego mis pobres florecillas. Estoy profundamente triste, mi fiel Elisa se aflije y me ruega le diga á Augusto mi estado. No me atrevo, me encuentro avergonzada en su presencia no sé porqué, me parece que él tiene la culpa de lo que me pasa…

Voy á ser madre, que felicidad! Augusto no sabe que hacer de gozo: cuando llega la noche Augusto lee, y yo alegre y feliz, como no lo he sido nunca, confecciono prolijamente las gorritas de mi hija, sí, mi hija, porque yo quiero que sea niña, y allí al rededor de la mesa de labor alumbrados por la suave luz de una rústica lámpara de aceite, dobladillo sus pañalitos, y á todos les pongo una letra A. Soy rica, pero prefiero hacer por mis propias manos el canastillo de mi hija.

Ojalá que Dios al hacerme madre me conceda también la lactancia de mi hijo. Qué encanto indefinible es éste para una madre cariñosa! Dicen que las madres del gran mundo no crian á sus hijos, que encomiendan el cuidado de éstos á una nodriza cualquiera, porque dicen ellas que se pierde la belleza del rostro y la hermosura del cabello; yo, en mi rústica ignorancia, creo al contrario de lo que creen esas ilustradas damas: nunca me parece mas bella, mas interesante la mujer que dando el pecho á su hijo, prescindiendo por completo de la sociedad, y entregándose de lleno á la inefable dicha de ser madre. Sí, yo criaré á mi hija; cuando se despierte, su primer sonrisa será para mí; no me robará una nodriza sin corazón, los tesoros de inocencia y de candor que solo pertenecen á la maternidad. Y luego si me pongo fea ¿qué importa? teniendo á mi hija sana, fuerte y hermosa.

Ya no me acuerdo del italiano, tenia razón Augusto, era solo una superstición mia: no debo pensar en él, ya hace año y medio que no le veo, ¿se habrá olvidado dj mí? Imposible, él me juró no olvidarme, seguirme siempre y ¡Dios mio! qué horror! me dijo que me haría suya. Nunca le he dicho á Augusto esto, él se reiría, pero quizá llegaría á odiarle y entonces seria peor; mejor será que me calle y olvide.

Ayer fué dia de fiesta, Augusto y yo salimos á dar un paseo, cuando volvimos hallamos en nuestra casa un enfermo; un caballero estranjero ha sido mal herido en la cabeza y fracturada una pierna por su propio caballo, frente á la puerta de nuestra quinta: Octavio y Elisa nuestros- criados de confianza, lo habian socorrido ya, curando sus heridas, y llamando en el acto al médico inmediato. Desde el momento en que llegamos Augusto se ha constituido á la cabezera del enfermo, cuidando de él con una constancia admirable.

Yo no conozco al estranjero, Augusto no me permite entrar, dice, que me haria mal efecto, pues delira y grita desesperado: mi hijo! mi hijo!—pobre hombre, nada podemos hacer por él mas que cuidarlo.

Un mes hace que no tomo este pobre diario depositario de mi felicidad; mi pulso está débil, tengo la cabeza desvanecida, pero es preciso que yo cuente á mi diario todo lo feliz que soy.

Tengo un ánjel, es decir, una niña preciosa, blanca, rubia como el oro, con ojitos celestes y la carita como un botón de flor del aire.

¡Como me ha cuidado Augusto! de rodillas á la cabecera de mi lecho ha pasado tres dias, yo debo haber estado muy mala, he pasado como un letargo.

Solo recuerdo una visión, que dice Augusto que habrá sido delirio: he visto al maldito italiano sentado á la cabecera de mi lecho, con sus pequeños ojos fijos en mi hija, luego so. h a inclinado sobre mí y he sentido oprimir con su boca mi boca, yo creo haber lanzado un grito, que dice Augusto es verdad haberlo oido, y que ha volado á mi lado, y me ha encontrado desmayada, pero que nadie habia: le he preguntado si alguien habia entrado á mi habitación: dice que él solo, que ni Elisa, ni Octavio, ni el estranjero, han entrado á pesar de haberle suplicado que le permitiera velarme para que descasara.

A propósito del estranjero, hace un mes y medio que está en mi casa y yo no lo conozco; dice Augusto que es el hombre mas agradecido que puede existir, no ha querido irse hasta que yo no estuviera enteramente buena; ha pasado noche á noche en la puerta contigua á mi habitación sin querer acostarse, suplicándole á Augusto que se fuera á acostar, que él deseaba ser útil; efectivamente, que yo pienso como mi esposo, este hombre es una escepcion y es digno del afecto que le profesa Augusto, y de todo el que le dispensaré yo, así que lo conozca

Dios mio! que sufrimiento tan atroz es el que deshace mi corazón, ayer tan tranquilo y lleno de gozo! no era, nó, una alucinación de mis sentidos. Era sí una fatal realidad de mi destino.

El italiano ó sea Luis Rizzio está en mi casa, él se ha introducido miserablemente, haciendo farsa hasta de la evangélica caridad, con que mi Augusto le ha cuidado. Ha urdido una trama digna de él, y hoy el extranjero como le dicen todos, es casi el amo de casa, porque es el amigo de mi esposo. Ayer al levantarme teniendo á mi inocente hija en los brazos, entró Augusto, y dándome un beso me dijo.

—Querida amiga, deseo que te conozca mi buen amigo Luis.

—Voy á sentarme en aquel sillón y puedes hacerle pasar, le contesté.

En efecto, Augusto salió y dos minutos después apareció dando el brazo á Luis Rizzio. Al verle lanzé un grito.

—¿Qué tienes? esclamó Augusto asustado.

—No es nada murmuré, haciendo un esfuerzo supremo.

—¿Has tenido algún dolor? insistió mi pobre esposo.

Sí, un dolor le contesté pero ya pasó, preséntame á tu amigo y huésped.

Augusto me lo presentó y el infame oprimio mi mano entre sus infames manos. Su mirada de águila cayó sobre mi hija, aterrada cubrí con el pañuelo la carita inocente de mi Andrea, entonces alzó los ojos y los fijó en mi con una espresion provocativa y ardiente. Yo estaba confusa, en mi ofuscada imaginación preveía el funesto desenlace de aquella situación desesperada para mí. En aquel hombre siniestro debia de haber un plan horrendo, oprimí á mi hijita en los brazos, comprendiendo sin saber porque, un peligro para ella. Augusto feliz y gozoso conversaba alegremente, y ni siquiera puso atención en mi ajitacion. El italiano por el contrario, saboreaba miserablemente su obra infame, y me miraba con una complacencia inicua. Por fin aquella visita terminó y Luis alargándome su impura mano, me comprometió á darle la mia; un billete pequeño como una hoja de almendro quedó entre mis dedos. Augusto estaba delante, yo no tuve resolución para descubrir la nueva infamia del que creia su mejor amigo. Cuando hubieron salido ambos, convulsa y sollozando abrí aquel billete, solo decia esto: “He cumplido: si no queréis perder á vuestra hija, no digáis nada á vuestro esposo. Mi amor y mi empeño por haceros mia, es mas fuerte que nunca. Ya no sois tan pura, la huella de mi boca está en vuestro orgulloso labio. Luis Rizzio”. Cuando hube leido no tenia miedo á aquel miserable: una súbita enerjía llenó mi corazón, y sin duda mas que mí honra y la felicidad de mi pobre Augusto, la vida de mi hija, me dio un coraje supremo y me propuse luchar ó morir. Luchar ó morir! hé ahí la última palabra que he escrito en ese diario; sin embargo, soy muy débil, ya flaquea mi pobre espíritu, hay momentos en que recobro mi energía, pero luego el infame cinismo de ese malvado acaba por anonadarme. Muchas veces pensé en revelar todo á mi pobre Augusto, pero luego la amenaza de ese miserable me hace temblar y sello mi labio.

Ayer Augusto se fué temprano y como yo manifestara mi deseo de abandonar este sitio, donde tan feliz he sido, se sorprendió, pero accedió gustoso á que nos trasladáramos á la ciudad. Rizzio le acompañó. Mas tranquila por verme sola, di vuelta al jardin, luego volví á mi habitación é inclinándome sobre el rostro puro é infantil de mi pequeña Andrea, deposité un beso en su boquita. En aquel instante dos brazos vigorosos rodearon mi cintura y el miserable Rizzio, atrayéndome sobre su infame pecho, trató de oprimir con su boca mi labio, un grito de inaudita desesperación salió de mi pecho, hice un esfuerzo violento y logré desasirme; busqué con la mirada un arma y me lancé hacia la estufa, cojí el atizador entre mis manos y blandiéndolo de nuevo en el aire:

—Tócame de nuevo, grité fuera de mí, tócame y te mato.

Rizzio se rió con una risa satánica, dio un paso y mirando siempre á mi hija avanzó hasta ponerse á corta distancia de mí.

Es inútil, me dijo es inútil que quieras huir, estas en mi poder y voy á cumplir mi promesa, voy á vengarme de ti. Yo estaba perdida, aquel miserable no me tendría, compasión.

Una fuerza misteriosa sin dúdame prestó resolución, alzé el atizador y desafiando al infame con una mirada esperé dispuesta el golpe. Rizzio no tardó, midió con la mirada con que mide el tigre la distancia que lo separa de su víctima y luego arrojándose violentamente sobre mí, trató de asirme las manos, murmurando: No te resistas, eres mia. Yo que esperaba aquel golpe, me hice atrás y agitando el atizador lo dejé caer sobre su cabeza. Dos chorros de sangre saltaron instantáneamente de la nariz y boca de Rizzio y abriendo los brazos arrojó un grito inarticulado cayendo de espaldas en el suelo. Espantada, me creí por un momento asesina de aquel miserable y tomando mi hija en los brazos, huí de allí aterrada.

Plácido profundamente conmovido é interesado suspendió su lectura y murmuró por lo bajo. ¿Si será Don Luis? Luego tornó á leer, algunos renglones escritos con mano insegura: estaban borrados aunque ligeramente, quizá por las lágrimas de la víctima.

Augusto ha llegado, todo se lo he revelado, todavía no es tarde, ha murmurado, yo sabré esterminar esa víbora.

La sangre fria de mi esposo me aterra, no sé hasta donde llevará su venganza. Me ha abrazado en silencio y dando un beso á su hija, ha salido.

Augusto ha vuelto: Andrea mia, me ha dicho con un acento casi siniestro que ha helado la sangre en mis venas, voy á matar á ese miserable. El infame ha hollado todo lo mas sagrado que existe para un hombre de honor y no me ha hecho tan desgraciado gracias al valor heroico que te presto á ti la virtud, pobre ángel mío, pero en cambio solo con su sangre podremos lavar la afrenta y restituirla felicidad á nuestro hogar ayer tan risueño y alegre. No temas por mi, ha añadido, estoy seguro que lo mataré, adiós, si no vuelvo mas huye de este país Andrea mia y busca un refugio seguro para tí y para nuestra desdichada hija.

Algo mas me ha hablado Augusto pero yo no lo he escuchado ya; recuerdo solo que al abrir los ojos después de un sueño pesado y fatigoso me he encontrado tendida en el suelo, sola y en silencio profundo, he vuelto hacia mi hija y he visto á Elisa, á mi noble Elisa que sollozaba de rodillas con mi Andreita en sus brazos. ¡Augusto Augusto, de mi alma!, ¿donde estás?

¡Dios mio! ocho dias hacen hoy y no he tenido fuerza para escribir una sola palabra en este diario. Augusto ha vuelto después de dos dias de tormento superior para mi corazón. Pálido y siniestro como la venganza no me ha hablado ni una silaba; duerme intranquilo y á veces en medio de’ su agitación murmura con voz opaca y reconcentrada: —El Pacífico, el mar, los tiburones, si… ya estoy vengado.—Luego se dispierta sobresaltado y me pregunta si ha soñado fuerte: no, le respondo, pero dime ¿donde está ese miserable, que has hecho de él?

—¿Donde está? no me lo preguntes, ¿que ha sido de él? solo te puedo decir que ores como cristiana porque su alma perversa necesita de la oración de un ángel como tú; la venganza de los hombres es sin límite Andrea mia y tú llegarías á espantarte si supieras hasta donde he llevado la mia; no me preguntes mas á este respecto y volvamos á ser felices con nuestra amada hija. Si alguna vez descubres en mi frente alguna sombra de pesar sella tu labio Andrea y no me preguntes nada.

Al hablarme asi Augusto todo lo he comprendido aunque confusamente, he obedecido á mi pobre esposo y he respetado su secreto.

Ya mi Andrea tiene un año. ¡Que linda es Dios mio! Su rosada boquita se sonríe con un candor é inocencia que nos encanta, se detiene algunos minutos sola haciendo pininos y luego abre sus redonditos brazos y los estiende pidiendo apoyo como si temiese caer; luego llama á su padre y hace mil monadas que satisfacen mi orgullo y vanidad de madre.

Augusto vive casi tranquilo, hay momentos en que lo creo otra vez realmente feliz: ama á su hija con una especie de adoración, satisfaciendo gozoso el mas insignificante de sus caprichos.

¡Pobre esposo mio! después de tanto luchar con una idea fija y tenaz, quizá con la extraña desaparición de Rizzio ha vuelto á su antiguo estado, es decir á la dulzura de su carácter y de sus hábitos; ha vuelto á animar su rostro la sonrisa bondadosa que tan simpático é interesante le hace. Sus palabras no ha mucho breves y escasas, hoy son de nuevo tiernas y cariñosas, repercutiendo en mi enamorado corazón de una manera vaga y deliciosa como en los primeros dias de nuestro amor.

¡El y nuestra hija! he ahi los amores que llenan mi corazón y mi alma. Nada tengo que escribir, soy tan feliz! Hace algún tiempo que mi existencia antes tan borrascosa ha cambiado rápidamente y hoy resbala mi vida con una igualdad llena de dulzura, soy dichosa y creo firmemente que ha cambiado la faz de lo que antes creia mi destino ¡Mi hija! mi hija de mis entrañas ¿donde está? ¿que ha sido de ella? Dios mio! mis ojos en llaga no pueden llorar mas. He perdido mi hija! me han robado mi ¿hija! ¿Qué vá á ser de ella pobre ángel mio, sin el seno de su madre, sin las caricias de su infeliz padre? ¡Andrea, Andrea de mi corazón ¿donde estás? ¡Augusto mio, ya no tenemos hija!

Plácido suspendió la lectura y enjugó con el dorso de su blanca mano una lágrima bija de la impresión dolorosa que el grito desesperado é impotente de aquella madre infeliz le arrancaba. Volvió la hoja, allí estaba escrito pero cambiada la letra. Era una carta pegada sobre el papel del manuscrito y concebida en estos términos:

A Andrea y Augusto.

En medio de las olas del Pacífico y casi moribundo, mi único pensamiento fué la venganza. Dos años he cruzado á vuestro lado, dia á día, mas de una vez he estrechado la mano de mi asesino y con el nombre de Guillermo Preen, he entrado á vuestros salones y he acariciado á la pequeña Andrea como al instrumento de mi venganza. He llenado mis deseos en América y me vuelvo á Rusia donde dejaré á vuestra hija p a r a presa de los hambrientos lobos. Ah! vosotros no sabéis el manjar que es la carne humana para un lobo, les gusta tanto como á los tiburones del Pacífico, já… Já… já… já… já… como van á rechinar los tiernos huesos de la niña bajo las mandíbulas de un lobo! Cómo vá á espantarse la pequeña Andrea al sentir el frió de la nieve y al oir el ahullido de las fieras! al sentir el fuego de sus pupilas como faroles rojos! Va á llamaros, y yo como el genio de la venganza y el esterminio le contestaré con una carcajada y azuzaré á los lobos para que la devoren pronto. En los desiertos de Rusia no hay quien oiga el ¡ay! del moribundo, y en las costas del Pacífico suele haber navegantes. Adiós—hasta el infierno.

Rizzio.

Plácido concluyó aquella carta horrenda y lanzando un grito de indignación.

—Es él —esclamó pálido como la muerte— es él, no me cabe duda, es su letra, habrá variado el nombre nada mas. ¡Oh!—añadió poniéndose de pié y haciendo una cruz con la mano derecha, levantó los ojos al cielo y esclamó con una entonación firme y resuelta:

—Margarita, mi hijo, Andrea, Augusto y vuestra hija: yo os juro por las cenizas de mi progenitor vengaros á todos, no arrojarlo en las olas del Pacífico, pero si ahogarlo en su propia sangre.


  1. Por “inoportuno”.


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