¿Eres su sombra?
Plácido acusado por D. Luis habíasele formado causa é instruido el sumario. Se tomó declaración á los dos reos que se suponían cómplices de Santillana resultando de ella ser este inocente, y víctima de Saavedra por quien dijeron los dos haber sido pagados espléndidamente con el objeto de sacrificar á Plácido, declararon también las últimas palabras de Don Luis cuando espirante les arrojaba su estoque, envenado en cuyo puño se leía grabado sobre su propio nombre. Luego la esposicion del facultativo examinador declarando ser cierto el envenenamiento de la hoja del estoque de Saavedra, y por último el careo de ambos presos con Don Luis á quien anonadaron con solo su presencia seguidos de la autoridad. La causa se instruyó en horas y Plácido resultando inocente fué trasladado de Fernando siguiéndole Margarita en clase de enfermera.
En un pequeño gabinete pobremente alhajado aunque con un gusto esquisito se veia un lecho sobre cuyas suaves almohadas y blanquísimas sábanas descansaba su cabeza y su cuerpo dolorido nuestro interesante amigo Plácido Santillana.
A su lado, tenuemente iluminada por el rayo mortecino de una lámpara á media luz se veia á Providencia, sentada é inmóvil como una estatua de alabastro con los grandes é intelijentes ojos, fijos sobre el rostro pálido de su amante. La joven velaba.
La gran gorra y escapulario de Caridad, estaban sobre un mueble inmediato, y su cabeza descubierta parecía transfigurada con un tinte de belleza nueva y mas fuerte si se quiere.
El estado del herido era grave pero ofrecía á Fernando grandes esperanzas. Una postración completa, mas que del cuerpo, del alma, habíanlo sumido en un letargo de cuyo fin esperaba el facultativo la benéfica reacción. Aquel corazón fuerte y vigoroso, aquella naturaleza de fierro habia sucumbido ya debilitada por el sufrimiento, por lucha tenaz y desesperada, por un combate desigual en que las violentas emociones del espíritu tenían que superar á la materia.
Plácido solo, sin afecciones, llorando á su querida, á su hijo, con el corazón deshecho por su primer amor, era casi huérfano sobre la tierra; su alma noble y generosa hasta lo inverosímil no podia concebir, solo concebir la idea de dar forma y vida á otro sentimiento nuevo y amoroso donde habia vivido y latido con infinita pureza y lealtad el amor á su perdida Magarita; examinó su alma y la encontró seca, pequeño en medio de su propia grandeza, solo tuvo un pensamiento, morir y encerrar en la tumba sus recuerdos de pasada felicidad y sus aspiraciones tronchadas por la mano de Don Luis.
Plácido pensando en la muerte, esta le salió al encuentro pero no de un solo golpe como él lo habia saboreado, sino traidora y alevosamente en medio las tinieblas, en momentos que su alma piadosa se disponía á hacer el bien, llevando un consuelo al seno de una familia cuya miseria y difícil situación habíasela narrado el día anterior un mendigo cojo y haraposo que hallara en el atrio de San Miguel…
Santillana se quejaba fatigosamente entreabriendo los secos labios lívidos y calenturientos. De tiempo en tiempo alzaba las manos y como si algo quisiera apartar ajitábalas un instante y luego dejábalas caer inertes, murmurando frases incoherentes efecto del desvario. Margarita dobló abatida la cabeza sobre las almohadas. Plácido se estremeció, y como si la proximidad de aquella cabeza querida hubiera comunicado á su corazón un rayo de vitalidad magnética:
—¡Margarita! —murmuró con voz leve pero suavemente modulada— vén te amo… ¿y nuestro hijo?… recuerdas la noche veinte y nueve de Mayo…—que bella estabas, tenias el cabello suelto y destrenzado, bañado por los rayos de la luna, ¡oh! ¡que hermosa eres amada mia.
Margarita había caido de rodillas á la cabecera del lecho y escuchaba el tierno acento del enfermo, pálida de amor.
Plácido alzó las manos, hizo á un lado las sábanas precipitadamente y levantando la voz, entera aunque algo fatigosa.
—Aparta —murmuró— no la toques, no me la robes, es mia, es mi esposa Don Luis mi venganza es aun mayor de lo que tu crees, en la lista de tus víctimas también figuran otros padres desgraciados. ¡Oh! yo no soy Augusto —en las costas del Pacífico suelen salvarse los criminales, pero en las llamas de una estrecha hoguera no te salvarás tú— y luego haciendo un esfuerzo supremo añadió con tono casi suplicante:
—Dame á mi hijo, dame á mi hijo y te perdonaré.
La voz se ahogó en su garganta, se incorporó lijeramente, y luego se desplomó dando un ¡ay! doloroso. Margarita se levantó, se inclinó sobre el rostro de Santillana, y tomando una de sus manos la llevó á sus labios con adoración. Plácido abrió ios ojos, miró á Margarita un instante, y sonriendo dulcemente, murmuró muy quedo:
—Sombra querida, ¿vienes á buscarme?
—Plácido mio —dijo la joven— amado de mi corazón, ¿no me conoces ya?
—¿Que si te conozco? ¡Ah! ¿no ves aquí? —y el enfermo señaló la herida en el pecho— ¿no ves tu imájen dibujada con lágrimas sobre mi corazón? no lees en mi alma el tesoro de fanático amor con que adoro tu sombra purísima é impalpable?
—¡Oh! tú, que superior a todas las miserias de la humana vida, habitas el infinito, implórale al criador deje descansar este miserable cuerpo en un solitario sepulcro, y que mi espíritu purificado á fuerza de tanto amar y sufrir, se una á tu espíritu confundiéndose en una sola emanación, y así inmortalizadas nuestras almas, llegarán á divinizarse con el amor de los alíjeles. ¡Oh! llévame contigo, por Dios sombra querida, no te desvanezcas, no te alejes, ¡me haces tan feliz!
Plácido delirando por efecto de la calentura, asió los pliegues de la negra túnica de Margarita, y cerrando los ojos murmuró.
—Amada mia, vela mi sueño y cuando raye la aurora, huye en el primer rayo de sol que descienda á la tierra, pero que nadie sepa que viniste á arrullar el sueño triste y doloroso de tu querido.
Fatigado por el desvario de su calenturienta imajinacion, quedó en silencio y pareció dormir.
Margarita aun de pié, permanecía llorando en silencio, y cuando la respiración de Plácido dormido, aunque inquieto llegó á sus oidos, la joven besó repetidas veces su frente y su varonil y hermosa cabeza, sentóse después á la cabecera del lecho, velando el resto de la noche.
En esta misma noche en que Plácido deliraba con la sombra de su amada, otra escena parecida, aunque de distinta especie por el jénero de los personajes, tenía lugar en la estancia de D. Luis. Este, mortalmente herido, como lo dejamos en el capítulo XXI, veía ante sus ojos la puerta de fuego del infierno entreabrirse para él y retorciéndose desesperado en el lecho maldecía como un condenado y renegaba hasta del sagrado nombre de Dios. Inés estaba á su cabecera.
En la estancia inmediata velaban algunos amigos de D. Luis.
La joven temiendo el delirio, tenia buen cuidado de no permitir la entrada en la alcoba del enfermo, por temor de que fueran escuchadas sus horribles declaraciones, y bajo el pretesto de que el médico había ordenado el absoluto despejo y silencio en aquella habitación, velaba sola, sin otra compañía que un viejo y antiguo servidor de la casa.
Oigamos el delirio de D. Luis.
—¿Leonor —decia con voz cansada— Leonor porqué me has engañado? Venganza, venganza, hé ahí el lema que voy á imprimir en mi frente, escritos sus caracteres con tu sangre. Sí, yo te mataré, á tí y al hijo de tu amante, y luego con el corazón desgarrado por tu pérfida mano, emprenderé solo y empapada el alma en odio al camino sabroso de la venganza; semejante al judío maldito llevaré como llevaba aquel el azote de las pestes á los pueblos, yo llevaré la desolación al seno de cada familia, y la perfidia de una mujer, me la pagará la humanidad entera. Y luego variando de tono gritó:
—Me quemo, agua, trae agua.
La joven se levantó, vació de una pequeña redoma algunas gotas de licor en un vaso y aproximándolo á los labios de D. Luis, éste lo apuró jadeante, luego cayó su cabeza sobre la almohada, y una respiración ó estraño ronquido levantó la bóveda de su pecho.
Las heridas de D. Luis eran de muerte, pero los médicos aseguraban que aun viviría algunos dias, aunque siempre martirizado por el proyectil que era imposible estraer, por haberse internado en las túnicas del estómago. Inés era el único ser que por un rasgo noble de su corazon, no se atrevió á abandonarlo.






